La Confesión de mi Madrastra | Capítulo 6

Portada de La Confesión de mi Madrastra | Capítulo 6: mujer adulta elegante y sensual, de vestido corto y escote profundo, en el interior de una casa lujosa al atardecer.

La Confesión de mi Madrastra

«Nunca quise desearla. Nunca pude dejar de hacerlo.»

Capítulo VI

La Confesión de mi Madrastra

Capítulo VI…

El agua estaba más fría de lo que esperaba esa mañana, o tal vez era yo. Pero necesitaba ese frío. Necesitaba que el cloro y la temperatura me limpiaran la cabeza, que el esfuerzo de los brazos cortando el agua me cansara lo suficiente como para dejar de pensar en lo que había pasado el día anterior.

Me lancé sin pensarlo demasiado, nadando de un extremo a otro de la piscina con movimientos largos, constantes, como si pudiera vaciar la cabeza a fuerza de repetición.

No funcionaba. Cada vez que salía a tomar aire… Ahí estaba.

Isabella. En la tumbona. Inmóvil a primera vista, pero imposible de ignorar. Estaba ahí, tendida en la tumbona blanca a menos de tres metros del borde de la piscina, y cada vez que levantaba la cabeza para respirar en mi estilo de crol, mis ojos se iban directo hacia ella como imanes.

El sol de las diez de la mañana ya calentaba con fuerza. El jardín olía a césped recién cortado y a las flores de los jazmines que trepaban por la pérgola. El agua me rodeaba con su abrazo líquido, pero mi piel ardía por dentro cada vez que miraba a mi madrastra.

Isabella llevaba puesto el bikini más pequeño que le había visto hasta ahora. Bikini nuevo. Beige con detalles rosados. Pequeño. Demasiado.

La tela apenas cumplía su función. El contraste con su piel hacía que todo se notara más. Las curvas más marcadas, más definidas bajo el sol directo.

Ese beige con detalles rosas, un conjunto que apenas cumplía la función de cubrir lo necesario. El sostén era dos triángulos de tela sujetos por finas tiras que se perdían en su espalda, y sus pechos —Dios, esos pechos— se derramaban por los bordes como fruta madura que hubiera crecido demasiado para su recipiente. Grandes. Redondos. La piel morena del bronceado contrastando con la palidez de la parte que normalmente cubría la ropa. Y en el centro, marcando la tela, podía adivinar la forma de sus pezones, erectos quizás por el aire de la mañana o quizás por otra cosa.

Giré la cabeza rápido, volviendo a sumergirme. No debía mirar. No después de ayer. No después de lo que había pasado en la cocina. Ni de lo que había escuchado. Ni de lo que había hecho. Pero igual lo hacía. Siempre.

Cada vez que salía a respirar, la veía.

Estaba boca arriba, con los brazos estirados a los costados y los ojos cubiertos por unas gafas de sol oscuras. Su cabello castaño se extendía sobre la almohadilla de la tumbona como un abanico. Una pierna estaba ligeramente flexionada, la otra estirada, y entre sus muslos —no mires ahí, Damián, no mires— la parte de abajo del bikini era un triángulo ínfimo de tela beige que desaparecía entre la curva de su ingle.

Mi cuerpo reaccionó como siempre. Como cada vez desde hacía semanas.

La erección comenzó a crecer dentro del bañador de natación, esa tela ajustada que no dejaba nada a la imaginación y que ahora empezaba a resultarme incómoda, apretada, traicionera. Di dos brazadas más y me detuve en el centro de la piscina, con el agua hasta el pecho, fingiendo que descansaba. Pero solo estaba escondiendo lo que mi cuerpo no podía negar.

Control, me dije. Controla esto, tonto. Es tu madrastra. Está casada con tu padre. Todo lo que pasó ayer fue… un accidente. Una serie de accidentes.

Pero mis ojos no escuchaban a mi conciencia. Mis ojos seguían recorriendo sus pechos, el valle que se formaba entre ellos, la curva de su cintura, las caderas que se ensanchaban justo donde comenzaba la parte de abajo del bikini.

Di unas brazadas más, luego otras, hasta que los músculos de los hombros empezaron a quejarse. El sol me pegaba en la nuca. Necesitaba agua fresca, necesitaba la sombra de la cocina, necesitaba no estar a tres metros de ella con una erección que no podía ocultar ni debajo del agua.

Me acerqué a la escalerilla. El metal estaba caliente bajo mis manos. Subí los primeros escalones, el agua resbalando por mi torso, mis piernas, el bañador pegado a mis muslos y —mierda— la erección aún no se había ido del todo.

Salté del último escalón directo al piso de cemento, girando ligeramente el cuerpo para que no se viera. Iba a entrar corriendo a la casa, a encerrarme en el baño, a solucionar este problema como había hecho tantas veces pensando en ella.

El pecho subiendo y bajando más por otra cosa que por el esfuerzo. Me pasé la mano por el cabello, echándolo hacia atrás.

—Damián.

Su voz me clavó en el sitio.

—¿Ya te cansaste?

Su voz. Cerca. Demasiado.

La miré. Isabella se había incorporado ligeramente. Las gafas de sol ocultaban sus ojos, pero no hacía falta verlos para entender la expresión. Estaba recostada de lado, apoyada en un codo, el cuerpo apenas girado hacia mí.

—Un poco —mi voz sonó ronca, como si hubiera estado nadando horas en lugar de minutos.

—Ven un momento.

Me quedé quieto.

—¿Qué?

—Hazme un favor —se incorporó apenas, buscando algo a su lado. Estiró los brazos por encima de la cabeza en un movimiento que hizo que sus pechos se alzaran y la tela del bikini se tensara peligrosamente—. Me puse bloqueador hace un rato, pero creo que no llegué bien a la espalda. ¿Me ayudas?

Su tono era casual. Normal. Como si me pidiera que le alcanzara el periódico o que le acercara una toalla. Como si no hubiera pasado nada la tarde anterior en la cocina. Como si yo no me hubiera restregado contra su culo con una erección que casi rompe la cremallera.

Tomó el frasco de bloqueador y lo levantó en el aire, agitándolo un poco.

Tragué saliva.

—Sí… claro.

Isabella sonrió y se dio la vuelta sobre la tumbona, quedando boca abajo. Hizo a un lado las gafas de sol. Apoyó la mejilla sobre los brazos cruzados y cerró los ojos. El gesto tenía algo de confianza, de intimidad, como si supiera que yo no podía negarme a nada de lo que me pidiera.

Caminé hasta donde estaba, intentando mantener la respiración estable.

Ella ya se estaba terminando de acomodar. Se giró sin apuro, quedando boca abajo sobre la tumbona. Y ahí… No hubo forma de no verlo.

La espalda. Limpia. Extendida. La línea de la columna marcada por la postura. El bikini apenas cubriendo lo necesario, la tela tensándose en los puntos justos.

Me quedé un segundo de más.

—¿Damián?

—Sí.

Reaccioné. El frasco del bloqueador solar estaba en el suelo, junto a la tumbona. Lo recogí. El plástico era cálido por el sol, y el líquido blanco se movía dentro como leche espesa cuando lo agité. Vertí un poco de crema en la palma derecha. Froté para calentarla.

Me arrodillé a su lado.

El olor del protector —coco, vainilla, algo almizclado que era solo ella— llenó mis fosas nasales antes de que vertiera una gota. Isabella tenía la espalda desnuda, solo las dos tiras finas del bikini cruzándole entre los omóplatos. Su piel brillaba ligeramente, ya untada en algunas zonas, pero en otras se veía mate, reseca, esperando mis manos.

Las manos tardaron un segundo en encontrar su lugar. Y cuando lo hicieron…

El contacto fue inmediato. Piel caliente. Suave. Real. Empecé por los hombros. Con la lentitud de quien teme quemarse, apoyé mis manos en sus hombros. Despacio. Extendiendo el bloqueador con movimientos largos, intentando mantener el control. Fingir que era solo eso. Un favor. Nada más. Pero no lo era. Y lo sabía. Porque ella también lo sabía.

Su piel era suave. Caliente por el sol. Mis dedos se hundieron apenas en la carne de sus trapecios, dibujando círculos lentos, extendiendo el bloqueador en una capa fina y brillante. Isabella suspiró —un suspiro largo, profundo, de esos que nacen desde el pecho— y vi cómo sus hombros se relajaban bajo mis manos.

Su respiración cambió apenas. Un poco más profunda.

—Está frío… —murmuró.

—Perdón.

—No importa… así está bien.

No sonaba molesta. Sonaba… cómoda.

Continué. Bajando por la espalda. Lento. Más lento de lo necesario. Las manos recorriendo la piel con más cuidado del que debería. El bloqueador se absorbía rápido, pero yo no aceleraba. No quería. O no podía.

Seguí bajando. Por la columna, vértebra a vértebra, sintiendo los pequeños nudillos bajo la piel. La espalda de Isabella era perfecta: ancha de hombros, estrechándose hasta la cintura, con esa V invertida que hacía que sus caderas parecieran aún más generosas en contraste. Pasé mis manos por sus omóplatos, por los costados, rozando sin querer el borde de la tela del bikini.

Ella no se quejó.

Al contrario. Cuando mis dedos se acercaron a las tiras que sujetaban la parte de arriba, arqueó ligeramente la espalda, como ofreciéndome más superficie, como pidiendo que no me detuviera.

Hice los brazos. Primero el derecho, desde el hombro hasta el codo, desde el codo hasta la muñeca. Su brazo era firme, tonificado, y cuando llegué a su mano, Isabella separó los dedos para que pudiera pasar los míos entre ellos, para que pudiera untar también esa piel olvidada. Luego el izquierdo. El mismo recorrido. La misma intimidad de tocar algo que no debería tocar.

Mi respiración comenzó a acelerarse.

Bajé otra vez a su espalda, esta vez más cerca de la zona lumbar. La piel allí era más sensible, más delgada, y cuando mis palmas se deslizaron por la curva de su cintura, Isabella emitió un sonido. Un gemido pequeño, contenido, que se perdió entre sus labios entreabiertos.

Me detuve.

Mis manos quedaron apoyadas justo en el borde donde comenzaban sus nalgas. La tela del bikini era tan pequeña que no cubría muchas de la hendidura de sus glúteos. El resto —esa carne redonda, firme, que se abultaba bajo la tela beige— estaba completamente expuesta, esperando.

Esperando mis manos.

Bajé un poco más. La línea se estrechaba. La curva empezaba a formarse. Subí otra vez. Como si no fuera a seguir. Subí de nuevo, fingiendo que iba a repetir la espalda. Pero Isabella habló sin abrir los ojos, con una voz más grave que antes, más densa.

—Sigue, Damián —su voz salió sin moverse—. Falta abajo.

Me quedé quieto.

—¿Abajo?

—Sí.

Giró apenas la cabeza, lo suficiente para hablar sin abrir los ojos.

—La idea es que me pongas en todo el cuerpo.

Tragué saliva.

El aire se volvió más pesado.

—Claro…

Volví a bajar. Más despacio. Más consciente. Las manos llegaron a la parte baja de su espalda. La piel más cálida. Más sensible. Me detuve apenas. Un segundo. Dos.

—Sigue… —lo dijo bajo. Sin apuro. Pero claro.

Todo el cuerpo.

Tragué saliva. Mis dedos temblaban ligeramente cuando volví a bajar, esta vez sin detenerme. Sobre la tela del bikini al principio, sintiendo la textura suave, y luego más abajo, donde la tela terminaba y comenzaba su piel.

No había vuelta atrás. Bajé. El primer contacto fue leve. Apenas. Pero suficiente.

Mis manos se posaron sobre sus nalgas.

Dios.

El cuerpo reaccionó solo. El mío. Y el de ella. Porque lo sentí, un pequeño cambio. Un leve movimiento. Un sonido bajo. No era queja. No era incomodidad. Era otra cosa, más suave. Más… receptiva. Eso fue lo que terminó de romper la barrera.

Era como tocar seda caliente. La piel de sus glúteos era suave, tersa, sin un solo defecto. Mis dedos se hundieron apenas en la carne y descubrieron que era firme, dura, pero con una elasticidad que prometía ceder si apretaba más. Vertí más bloqueador directamente sobre ellas y comencé a extenderlo.

Círculos lentos al principio. Mis palmas recorriendo la curva perfecta de cada nalga, separadas por ese surco que la tela del bikini apenas insinuaba. El bloqueador hacía que mis dedos resbalaran con facilidad, que cada movimiento fuera más fluido, más íntimo.

Isabella gimió.

Fue un gemido bajo, gutural, que salió de algún lugar profundo de su garganta. No pudo disimularlo. No quiso disimularlo. Sus caderas se movieron apenas, un ligero empuje hacia arriba que acercó sus nalgas a mis manos, que las ofreció más.

Mis dedos se atrevieron más.

Apreté. Firmemente, con toda la palma, hundiendo la carne contra el hueso, sintiendo cómo se recuperaba cuando soltaba. Isabella era puro músculo allí, pura fuerza femenina, pero también había algo blando, algo que cedía con placer bajo mi presión.

Las manos dejaron de ser tan cuidadosas. Se afirmaron. Se movieron con más decisión. Extendiendo. Presionando. Recorriendo. La textura cambió bajo los dedos. Más firme. Más llena.

Y yo… Dejé de pensar. O casi.

El ritmo se volvió más constante. Más… intencional. No era solo aplicar bloqueador. Ya no. Era otra cosa. Y los dos lo sabíamos.

Ella soltó un sonido más claro. Un suspiro que se alargó apenas.

—Así está bien…

Pero no me detuve, no de inmediato. Las manos siguieron, un poco más. Un poco más de lo necesario. Apretando. Probando. Sin llegar a cruzar del todo, pero cerca, demasiado cerca.

Apreté otra vez. Y otra.

Mis manos se volvieron más audaces. Ya no era solo untar bloqueador; era tocar, era explorar, era aprender la geografía de un cuerpo que había imaginado mil veces y que ahora, por fin, tenía bajo mis dedos. Separé un poco sus nalgas sin querer, o queriéndolo, y vi cómo la tela del bikini se tensaba en el centro, cómo la carne se abría apenas para revelar…

No mires. No mires ahí. Todavía no.

Pero mis manos sí miraron. Mis dedos rozaron el borde de la tela, allí donde se metía entre sus glúteos, y Isabella arqueó la espalda por completo.

—Ah…

Su gemido fue más largo esta vez, más claro, más intencional. No había manera de confundirlo con un gesto de dolor o incomodidad. Era placer. Puro, descarado, placer.

Mi erección había vuelto con una intensidad que me asustó. El bañador de natación se estiraba al límite, y el roce de la tela contra el glande era casi doloroso. Cada vez que mis manos se movían sobre sus nalgas, un latido nuevo recorría mi pelvis, una oleada de sangre que me nublaba la vista y me secaba la boca.

Hasta que finalmente bajé. Las piernas. Más fácil, más seguro. O eso intenté convencerme. El recorrido fue más rápido ahí. Menos preciso. Porque la cabeza ya no estaba donde debía.

Bajé más.

Sus piernas comenzaban donde terminaban sus glúteos, y mis manos siguieron ese camino casi sin permiso de mi cerebro. Los isquiotibiales de Isabella eran largos, firmes, la piel suave y ligeramente vellosa en una forma que me pareció obscenamente hermosa. Vertí más bloqueador sobre sus muslos y los masajeé con lentitud, sintiendo la fibra muscular bajo la piel, la calidez de un cuerpo que sabía que estaba siendo observado.

Desde los muslos hasta las corvas. Desde las corvas hasta las pantorrillas. Desde las pantorrillas hasta los tobillos. Llegué a sus pies y los sostuve un momento, los dedos envueltos alrededor de sus empeines, y sentí que Isabella se estremecía.

Terminé. O eso dije.

—Listo. Ya terminé —dije, y mi voz era un hilo de aire. Sonó más seca de lo normal.

Mis manos se apartaron de su piel como si el contacto fuera eléctrico y adictivo al mismo tiempo. Isabella tardó unos segundos en moverse. Luego, con una lentitud que parecía calculada, se giró boca arriba. Despacio. Quedando boca arriba. Pero ahora estaba mirándome. Directo.

Sus ojos verdes me miraron directamente, sin filtros, y en ellos había algo que nunca había visto antes. Un brillo húmedo. Una intensidad. Hambre.

—Gracias —susurró.

Sonrió. No era una sonrisa cualquiera. Era… otra cosa. Más consciente. Más cargada.

—Gracias, Damián —dijo, y su voz era un susurro ronco, caliente—. Lo has hecho muy bien.

Me puse de pie. Rápido. Demasiado. Y ahí fue imposible ocultarlo. La tensión. Evidente. Directa.

Se incorporó sobre los codos otra vez. El movimiento hizo que sus pechos se juntaran, que el valle entre ellos se hiciera más profundo, que la tela del bikini se tensara hasta casi no contenerlos. Su mirada bajó lentamente desde mi cara hasta mi pecho, desde mi pecho hasta mi vientre, desde mi vientre hasta…

Allí abajo.

El bañador de natación no podía ocultar nada. La erección era tan evidente que parecía una burla, un cartel de neón apuntándome, aquí está lo que sientes, aquí está lo que quieres. No había manera de disimularla. No había manera de negarla.

Isabella vio.

Su boca se curvó en una sonrisa lenta, sabrosa, como si hubiera encontrado exactamente lo que buscaba. No apartó la mirada. No mostró vergüenza ni sorpresa. Al contrario, se demoró allí, en el bulto que deformaba la tela de mi bañador, y cuando volvió a subir a mis ojos, la sonrisa seguía ahí.

Complaciente. Triunfante.

—Qué calor, ¿verdad? —dijo, y el doble sentido era tan evidente que casi podía tocarse en el aire.

Bajé la mirada instintivamente. Error. Porque ella ya lo había visto, claro, sin duda. Sus labios se curvaron apenas más. Lento. Satisfecho. Sostenía la mirada hacia mí. Sonriendo. Sin decir nada. Pero diciendo todo. Sentí el calor subir de golpe.

—Yo… voy a—

Ni terminé la frase. Yo, sin poder responder, me giré. Caminé hacia la casa casi de inmediato. Cubriéndome como podía. Sin mirar atrás. Detrás de mí, escuché su risa. Baja. Cálida. Segura.

Mi garganta se había cerrado por completo. Solo atiné a dar un paso atrás, y luego otro, y luego girar sobre mis talones y caminar hacia la puerta de la cocina con pasos rápidos, desordenados, una mano tratando de cubrir lo que era imposible cubrir.

Entré a la casa con el corazón desbocado, la piel ardiente y las manos todavía oliendo a su piel, a su crema, a su deseo. Cerré la puerta de la cocina y me apoyé contra ella, respirando como si hubiera estado nadando contracorriente durante horas.

Mis manos temblaban.

Mis labios temblaban.

Todo temblaba.

Estaba totalmente sorprendido por su actitud. Nunca había sido así de directa. Subí a mi cuarto rápidamente. No estaba Martha por ahí. Me encerré. Mi cabeza era un caos. Y mi miembro aún seguía erecto, vaya que seguía erecto.

Bajé las escaleras todavía con el cuerpo cargado. No se había ido. Ni un poco. El calor, la sensación en las manos, la forma en que me había mirado… todo seguía ahí, como si no hubiera pasado tiempo.

El almuerzo había sido un ejercicio de fingimiento: Martha hablando de sus cosas, Isabella respondiendo con normalidad, yo asintiendo sin escuchar, con las manos todavía recordando la forma de sus nalgas, la textura de su piel bajo el bloqueador solar.

Necesitaba agua. Necesitaba aire. Necesitaba no pensar en ella. Mi idea era simple. Agua. Algo frío. Encerrarme un rato.

Pero al pasar por la entrada de la sala, un movimiento me detuvo.

La vi. Isabella estaba allí, arrodillada en el suelo de parqué, empujando la mesita del centro hacia la pared. El sofá ya estaba corrido, las alfombras enrolladas, y en medio de la habitación se abría un espacio vacío, despejado, como un pequeño escenario preparado para algo.

—¿Qué haces?

Se detuvo un segundo, apoyando las manos sobre el mueble. Levantó la vista y continuó moviendo los muebles. El esfuerzo le había encendido las mejillas y un par de mechones de cabello escapaban de la coleta que llevaba.

—Voy a estirar un poco —dijo, con ese tono práctico que usaba para las cosas cotidianas La empujó un poco más, abriendo espacio—. Hace falta.

Entonces reparé en su ropa.

Llevaba un short de licra color gris claro, tan corto que parecía dos triángulos de tela unidos por una costura en el centro. La prenda se pegaba a sus caderas como una segunda piel, marcando cada curva, cada pliegue, la forma exacta de su pubis bajo la tela.

El top era igual: gris claro, ajustado, pequeño, dejando poco a la imaginación con un escote en pico que dejaba ver el nacimiento de sus pechos y las costillas marcadas bajo la piel morena.

El cabello recogido en una coleta alta, despejando completamente el cuello. La coleta alta le estiraba el cabello hacia atrás, dejando al descubierto su cuello, sus orejas, esa línea de mandíbula que se afilaba cuando sonreía.

Mi boca se secó por completo.

Otra vez, pensé. Otra vez vas a caer, idiota.

Todo en ella parecía… pensado. O eso me pareció.

Me quedé quieto un segundo de más. Recorriéndola. De arriba abajo. Sin disimulo esta vez.

—¿Vas a quedarte mirando o ayudas?

Su voz me sacó.

—Eh… sí. —tragué saliva—. Sí, claro.

Nos pusimos a mover lo que faltaba. Sillas, una lámpara pequeña, dejando el centro de la sala despejado. Corrimos el sillón restante entre los dos, y luego el mueble del televisor, hasta que el centro de la habitación quedó completamente despejado.

Demasiado espacio.

—Listo.

Ella asintió.

Tomó el control remoto, encendió el televisor y conectó su celular. En segundos, un video de estiramientos empezó a reproducirse. En la pantalla apareció una mujer con un body rosa haciendo poses imposibles sobre una colchoneta.

Música suave.

Una instructora en pantalla.

—Perfecto —Dejó el celular a un lado y se colocó en el centro.

Yo… no me fui. Me quedé ahí, de pie. Como si tuviera sentido. No lo tenía. Pero tampoco me movía.

Isabella empezó. Movimientos lentos. Controlados. Primero de pie.

El video continuaba con unos estiramientos básicos: cuello, hombros, brazos. Mientras yo seguía ahí de pie, sin saber bien si debía irme o quedarme. Mis piernas no querían moverse en dirección a la cocina. Mis ojos tampoco.

Luego Isabella fue bajando. Y cuando se apoyó en el suelo en cuatro. La espalda alineada. La cadera elevada. La tela del short tensándose al límite. Me pasé la mano por la cara.

—Joder… murmuré para mí.

Ya sabía cómo iba esto. Lo sabía perfectamente. Y aun así… No me iba. Me quedé, mirando. Resignado. Como si no tuviera opción. Como si ya estuviera metido en algo que no podía cortar.

Isabella siguió en cuatro patas.

El movimiento natural, parte de la rutina: apoyó las manos en el suelo, estiró la espalda, y luego hundió la zona lumbar mientras levantaba la cabeza. Su trasero quedó en alto, apuntando hacia arriba, ofrecida como una fruta madura en el centro del árbol.

El short gris se estiró sobre sus glúteos hasta casi transparentarse. Podía ver la línea donde terminaba la tela y comenzaba su piel. Podía ver la forma redonda, perfecta, de cada glúteo separado por ese surco que mis manos habían conocido horas antes.

Me llevé la mano a la cara. Me froté los ojos con fuerza, como si pudiera borrar la imagen.

—No —murmuré otra vez para mis adentros—. Otra vez no.

Pero no me fui. Ella siguió. Cambiando de posición. Estirando, girando. Cada movimiento más… abierto. Más expuesto. Y de vez en cuando me miraba, directo. Una fracción de segundo, lo suficiente, lo justo. Para confirmar que sabía, todo.

Pasó a un estiramiento de espalda baja que la obligó a echar el torso hacia atrás, los pechos empujando contra el top gris, los pezones marcando la tela como dos piedrecitas. Luego a una posición de mariposa, sentada en el suelo, las plantas de los pies juntas y las rodillas cayendo hacia los lados. El short se le subió, mostrando la piel blanca de la cara externa de sus glúteos, y yo tuve que apartar la mirada porque sentí el calor subiéndome por el cuello.

Ella sabía.

Lo sabía porque cada vez que cambiaba de postura, sus ojos verdes me buscaban. No era casualidad. Era una coreografía paralela: el video marcaba los movimientos, pero Isabella marcaba la mirada. Un segundo de más aquí, una inclinación de cadera allá, un suspiro que no venía del ejercicio sino de otra cosa.

Me estaba coqueteando. Descaradamente. Y yo estaba allí, como un idiota, con las manos sudorosas y la erección comenzando a despertar otra vez dentro del pantalón corto que me había puesto después de la piscina.

El ambiente se volvió denso. Pesado. Cada movimiento suyo parecía más lento. Más marcado. Más… dirigido. Yo ya no fingía. La miraba sin filtro. Sin intentar disimular demasiado.

—Ven.

Su voz me sacó otra vez.

—¿Qué?

—Ayúdame —dijo, interrumpiendo la rutina.

Se sentó en el suelo con las piernas estiradas hacia adelante y ligeramente separadas. El short se le había subido tanto que el borde de la tela casi desaparecía entre la curva de su ingle. Se le marcaba todo.

Me hizo una seña.

—Ponte ahí —se palmoteó el suelo frente a ella.

Dudé un segundo.

Después avancé. Me arrodillé frente a ella, como me pedía. Mis rodillas tocaron el parqué frío.

—Sujétame.

Isabella estiró las piernas hacia mí y yo las sujeté por los tobillos, con cuidado al principio, como si estuviera sosteniendo algo frágil. La piel caliente. Tensa. Viva. Ella abrió un poco más la postura.

—Así —dijo, y entonces dobló las rodillas.

Las acercó a su pecho, las abrió hacia los lados, y sus pies quedaron apoyados en el suelo a cada lado de sus caderas. Era la postura de un parto. Era la postura de algo más.

Y desde donde yo estaba, arrodillado frente a ella, mis manos todavía en sus tobillos, mi cara quedó a la altura de su entrepierna. No pude evitar mirar. Toda su vulva se marcaba perfectamente. El short se hundía en la línea de su vagina. Se veía una pequeña mancha de humedad.

Y entonces… Me comenzó a llegar un aroma extraño.  Sutil pero claro. El olor llegó antes de que pudiera apartar la mirada. Ese olor. Íntimo. Natural. Inconfundible.

Se me cortó la respiración un segundo.

Era ese aroma —su aroma— que ya conocía de la tanga rosada, pero ahora era fresco, vivo, cálido. Un olor a hembra, a hembra en celo, a algo que mi nariz reconocía antes que mi cerebro. Algo almizclado, algo dulce, algo húmedo que me recorrió la nuca y me erizó los brazos.

No era fuerte. Pero estaba ahí. Y no lo rechacé. Al contrario. El cuerpo reaccionó antes que cualquier otra cosa. Sentí cómo se me aceleraba el pulso. Cómo se tensaba todo otra vez. Sentí cómo se comenzada a endurecer mi miembro. Cómo la sangre comenzaba a bombear. Otra vez.

Levanté la mirada.

Ella me estaba mirando. Directo. Sin esconder nada. Su respiración también había cambiado. Más corta. Más irregular.

—Así… —murmuró, cerrando los ojos e inclinando su cabeza hacia atrás.

Pero no parecía estar hablándome solo del ejercicio.

Me incliné un poco más. Sin darme cuenta. O dándome cuenta y sin frenarlo. El espacio entre nosotros se redujo. El aire más caliente. Más pesado. Mis manos seguían en sus piernas. Pero la presión había cambiado.

No pude evitar respirar más hondo.

Isabella lo sintió. Lo supe porque sus muslos temblaron bajo mis manos, porque sus dedos se aferraron al suelo, porque su boca se entreabrió en un suspiro que no era de ejercicio.

Nos quedamos así.

Ella con las piernas abiertas, yo con la cara a centímetros de su sexo, separados solo por la fina tela gris del short. Podía ver la humedad oscura que empezaba a formar un círculo en el centro, podía oler cómo su deseo se hacía líquido, podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo como una brasa.

Mi erección era completa ahora, dolorosa, presionando contra la tela de mi pantalón. No intenté disimularla. No podía. No quería.

Isabella inclinó ligeramente la cadera hacia adelante. Un centímetro. Nada más. Pero suficiente para que su aroma se intensificara, para que yo viera cómo sus ojos se apretaban y sus labios se humedecían.

—Damián —susurró, y su voz era una caricia grave, temblorosa.

Ella tembló apenas. Lo sentí. Y eso solo empeoró todo.

Nos quedamos así. Un segundo. Dos. Demasiados. El tiempo se volvió raro otra vez. Como suspendido. Como si nada más existiera.

Mis manos subieron desde sus tobillos hasta sus pantorrillas. Mis pulgares trazaron círculos en la piel suave de sus espinillas. Subí más, hasta la corva, hasta el borde del short, hasta que…

Escuchamos un ruido. El sonido de la puerta principal. Abriéndose.

¡La puerta de entrada se abrió!

—¡Ya llegué! —cantó Martha desde el recibidor—. Traigo las cosas de la farmacia.

El golpe fue inmediato. El hechizo se rompió como un espejo golpeado. Los dos reaccionamos al mismo tiempo.

Isabella cerró las piernas de inmediato. Yo solté sus tobillos como si quemaran. Nos pusimos de pie en el mismo instante, casi en automático. Demasiado rápido. Demasiado evidente. Ella alisándose el short, despegándoselo de su vulva porque se marcaba demasiado. Yo girando medio cuerpo para ocultar lo que era imposible ocultar del todo.

—Ya vine —la voz de Martha desde la entrada.

—Aquí estamos —respondió Isabella, con un tono que intentaba sonar normal. Demasiado normal.

Martha apareció en la sala con unas bolsas en la mano. Nos miró. Un segundo. Dos.

—¿Interrumpo?

—No —respondió Isabella, y su voz era un milagro de normalidad—. Ya estaba terminando. Damián me estaba ayudando.

Se acomodó el cabello. Tranquila. Controlada. Como si nada.

Martha asintió, pero su mirada se detuvo un segundo de más en mi rostro encendido, en mi respiración agitada.

—Qué bien —dijo, y no agregó nada más. Se dirigió arriba.

—Gracias por la ayuda Damián —me dijo Isabella, y cuando la miré, sus ojos verdes brillaban con un fuego que Martha no podía ver, un mensaje cifrado que solo yo podía leer—. Ya casi termino sola.

Terminó de decir. Como si nada de lo anterior hubiera pasado. Pero sabiendo que sí.

—Sí… claro —mi voz salió baja.

Asentí. Sin sostenerle la mirada. Y me fui, directo a la cocina. Como si ese hubiera sido siempre el plan. Pero no lo era. Nada de eso lo era ya.

Salí de la sala con pasos medidos, controlando cada movimiento para que no se notara lo que llevaba entre las piernas. En la cocina, me apoyé en el fregadero y abrí el grifo de agua fría. Me mojé la nuca, las muñecas, la cara.

Pero el olor de Isabella seguía en mis fosas nasales. Y el temblor de sus muslos seguía vibrando en mis manos.

La noche cayó sin hacer ruido. Como todo en esa casa. Cayó sobre la casa como un terciopelo oscuro y pesado. Desde mi cama, con las manos entrelazadas detrás de la nuca, miraba el techo sin verlo. Los brazos me hormigueaban por la posición, pero no me movía. No quería moverme. El silencio de la casa era absoluto, roto solo por el zumbido lejano del aire acondicionado y los latidos de mi propio corazón.

Mi padre no estaba. Otra vez. Viaje. Trabajo. China. Exportaciones. Siempre lo mismo. Ya ni me sorprendía. Solo… estaba. Y eso dejaba la casa así. Vacía. O casi.

La excusa era siempre la misma: viaje de trabajo, reuniones con los proveedores chinos, una logística que no podía aplazar. Yo había dejado de creerle hacía meses, quizás años. Pero tampoco me importaba. Su ausencia se había vuelto parte del paisaje doméstico, como los muebles o los cuadros de las paredes. Y en las últimas semanas, esa ausencia había dejado un espacio vacío que Isabella y yo llenábamos sin querer, sin saber, sin poder evitarlo.

Cené sin hambre. Apenas crucé palabras con Martha. Isabella no bajó. O eso pensé. En realidad, no quise buscarla.

Subí temprano. Demasiado temprano para dormir.

Me tiré en la cama, boca arriba, las manos detrás de la cabeza, mirando el techo como si fuera a darme alguna respuesta. No lo hizo.

Lo único que volvió fue el día. Completo. Fragmentado. Desordenado.

La piscina. Su espalda bajo mis manos. La forma en que había reaccionado.

La sala. Sus movimientos.

El olor. Ese momento. Cerca. Demasiado cerca.

Cerré los ojos.

Error. Porque ahora era más claro. Más vívido. Más… real.

La sensación volvió primero. Después la imagen. Y después el cuerpo reaccionó. Otra vez. Una semi-erección que no tardó en volverse más firme.

Suspiré.

—Otra vez…

Me pasé la mano por la cara.

No había forma de apagarlo. No con todo lo que se había acumulado. No después de lo que había pasado. Ni de lo que… estaba pasando.

Giré la cabeza hacia la puerta.

Silencio. Toda la casa en silencio. Como siempre. Como casi todas las noches.

Volví a cerrar los ojos. Intentando dormir. No funcionó.

Pensé en la tarde.

En la sala, con ella sentada en el suelo, las piernas abiertas, sus muslos temblando bajo mis manos. El olor. Dios, ese olor. Todavía lo sentía en mis fosas nasales, ese aroma profundo, húmedo, inconfundible de una mujer excitada. Era un olor que no se parecía a nada más. Algo animal, algo primitivo, algo que mi cuerpo entendía antes de que mi mente pudiera procesarlo.

Mi mano bajó sin pensar hasta mi vientre. La semi-erección ya era completa bajo el pantalón corto de dormir. La tela de algodón rozaba el glande sensible y cada respiración era un pequeño recordatorio de lo que necesitaba, de lo que quería, de lo que me estaba volviendo loco.

Cerré los ojos. La imaginé otra vez: la coleta, el short gris, la humedad oscura en el centro de la tela. Sus labios entreabiertos. Su voz susurrando mi nombre como un secreto.

Damián.

—Damián.

Entonces oí golpecitos suaves en la puerta.

Esa no era mi imaginación. Esa voz venía del pasillo, del otro lado de la puerta, y ahora había unos nudillos golpeando suavemente la madera. Tres golpes secos, después una pausa, después otros dos.

Abrí los ojos de inmediato. El pulso subió.

—¿Sí?

Me incorporé, sentándome en la cama con el corazón acelerado. Miré el reloj: las diez y media de la noche.

—Damián —oí en un susurro.

Su voz. Se me tensó todo.

—¿Isabella? —pregunté hacia la puerta, y mi voz sonó más ronca de lo que quería.

—Soy yo —respondió ella, en voz baja—. ¿Puedo pasar?

Me levanté de la cama de un salto. Mis pies descalzos golpearon el suelo de madera mientras me ajustaba el pantalón, tratando de disimular lo que era imposible disimular. La erección no había cedido; al contrario, solo escuchar su voz la había endurecido más.

Caminé hasta la puerta. Abrí.

Isabella. Ahí. De pie. Con una expresión que no terminaba de ser clara.

—Perdona la hora…

Negué con la cabeza.

—No… está bien.

La miré.

Apoyada en el marco, con una expresión que oscilaba entre la timidez y algo más oscuro, algo que no sabía nombrar. Llevaba puesto un camisón blanco, cortísimo, de una tela tan ligera que parecía flotar sobre su cuerpo. La luz del pasillo, tenue y amarillenta, atravesaba la prenda y dejaba adivinar la silueta de sus piernas, la curva de sus caderas, el bulto oscuro del pubis.

El camisón apenas le tapaba los glúteos. Cuando se movió, vi la parte inferior de sus nalgas, redondas y firmes, desafiando el borde de la tela.

Tragué saliva.

La tela caía sin esfuerzo, apenas cubriendo lo necesario. Transparente en algunos puntos, pegándose en otros.

—Lo siento por la hora —dijo, y su voz tenía un timbre diferente, más grave, más íntimo—. Es que… me duele un poco la espalda. El ejercicio de esta tarde, creo que me exigí de más.

Se llevó una mano a la zona lumbar y masajeó con gesto exagerado. El camisón se le subió otro centímetro.

—Y como esta mañana me ayudaste tanto con el bloqueador, pensé que quizás… no sé… ¿podrías darme un masaje?

Su propuesta colgó en el aire entre nosotros.

Recordé todo. El bloqueador en la piscina, mis manos en sus nalgas, sus gemidos bajo el sol. Los estiramientos en la sala, el olor de su sexo a centímetros de mi cara. Era evidente. Era demasiado evidente. Pero ella seguía allí, con los ojos verdes brillando en la penumbra, esperando mi respuesta.

Sabía que esto era una mala idea. Sabía que iba a ser otra sesión de tortura, de deseo contenido, de manos temblorosas y erecciones que no podía ocultar.

Me quedé quieto un segundo. Procesando. O intentando. Pero la respuesta ya estaba. Desde antes. Desde la mañana. Desde la tarde.

—Sí —respondí, demasiado rápido.

Tragué saliva.

—Sí, claro.

Isabella sonrió. Se giró. Sin esperar más, y empezó a caminar hacia el dormitorio principal, y yo la seguí como un perro detrás de su dueña, con la mirada clavada en sus glúteos que se movían bajo el camisón blanco, ese balanceo hipnótico de caderas que me tenía en vilo desde hacía semanas.

El pasillo se sintió más largo de lo normal. Porque no podía dejar de mirar. Su espalda. El movimiento. Y más abajo…

El camisón subía apenas con cada paso. Dejando ver más de lo que debería. O de lo que fingía no mostrar. Cada paso que daba, la tela se levantaba un poco más, dejando ver la parte inferior de sus nalgas, la piel ligeramente morena contrastando con el blanco de la prenda. Mis pantalones ya no disimulaban nada. La erección era tan evidente que cualquier mirada me delataría. Pero ella no miraba hacia atrás. O fingía no hacerlo.

Llegamos a su cuarto. Y entramos. El dormitorio principal. La cama estaba hecha, el cubrelecho beige inmaculado, dos lámparas apagadas sobre la mesita de noche. El aire olía a su perfume, ese aroma a vainilla y jazmín que me volvía loco, mezclado con algo más cálido, más reciente, más íntimo.

Entró. Yo detrás. Cerró la puerta. El sonido fue seco. Definitivo. Se acercó a la cama. Y sin decir nada más se subió.

Lo hizo en cuatro patas, apoyando las rodillas y las manos sobre el edredón, y en ese movimiento el camisón se le subió casi por completo, dejando al descubierto la parte baja de su espalda y —dios mío— sus glúteos enteros, cubiertos apenas por un tanga diminuto, un hilo rosa que se perdía entre sus nalgas.

El camisón subido. No poco. No sutil. Lo suficiente para ver todo. La tela mínima. El hilo. Marcado. Perdido entre la forma de sus glúteos.

Era el mismo color que el de la tanga que había encontrado en el baño. El mismo que había lamido, en el que me había venido. El pensamiento me incendió las entrañas.

Se me cortó la respiración. No disimulé. No pude.

Isabella se recostó boca abajo, acomodándose, estirando los brazos sobre la almohada y girando la cara hacia un lado. El camisón quedó subido, mostrando casi toda su espalda desnuda y la curva perfecta de sus nalgas, con ese hilo rosado atravesándolas como una promesa.

Ella ahí, esperando. Como si nada de eso fuera demasiado. Como si fuera… normal. Pero noté la tensión en sus hombros, la forma en que sus dedos se aferraron a la almohada.

Me acerqué. Me arrodillé a su lado en la cama. Mis rodillas se hundieron en el colchón. Mis manos temblaban cuando las apoyé sobre sus omóplatos, y sentí su piel caliente, tersa, cubierta por una fina capa de crema corporal que olía a coco y a almendras.

Las manos ya sabían qué hacer. Como en la mañana, como en la piscina. El contacto volvió. La piel caliente, suave, viva. Empecé a masajear por la espalda. Movimientos lentos. Pero esta vez… No había tanta contención. No después de todo.

Movimientos circulares al principio, firmes pero lentos, recorriendo sus hombros, sus trapecios, la larga extensión de su espalda. Bajo mis dedos sentía los músculos, la columna vertebral, las costillas que se expandían con cada respiración. Isabella suspiró —ese suspiro profundo que ya conocía de la mañana— y su cuerpo se relajó contra el colchón.

—Así —murmuró—. Justo ahí.

Bajé hasta la zona lumbar, donde el camisón comenzaba a subir. Mis dedos se deslizaron por la piel caliente, sintiendo la curva de su cintura, los hoyuelos que se formaban justo encima de sus nalgas.

—Si quieres —dijo Isabella, con voz lenta, como si estuviera saboreando cada palabra—, puedes bajar las tiras.

Lo dijo sin girarse. Sin abrir los ojos. Pero con claridad.

No dudé. Mis manos subieron hasta sus hombros. Encontré las tiras finas del camisón y las deslicé hacia abajo, una a una, con una lentitud que era casi ceremonial. La tela blanca se aflojó, cayó hacia los lados, dejando al descubierto toda su espalda alta y media desnuda. Con su camisón hasta la cintura, que ahora era solo un trozo de tela arrugado sobre sus costillas, y debajo, la piel morena por el sol, y brillante, de Isabella, se extendía como un paisaje que yo podía explorar.

Su espalda quedó más expuesta. Más libre. Más… disponible.

Continué masajeando. Bajando. Sin prisa. Sin excusas. La espalda baja, los riñones, esa zona sensible justo encima de sus glúteos donde la piel se volvía más delgada y más cálida. Mis dedos se detuvieron en el borde del tanga, en la línea donde la carne comenzaba a elevarse hacia sus nalgas.

El masaje dejó de ser solo eso. Rápido, las manos se afirmaron. Se volvieron más directas. Más conscientes. Más… cargadas. Su respiración cambió, otra vez.

—Mm…

Un sonido bajo. Contenido. Pero claro. Llegué a la parte baja de la espalda.

Allí me quedé.

Isabella notó mi duda. Volvió la cabeza ligeramente, apenas lo suficiente para que yo viera el rabillo de sus ojos verdes.

Me detuve un segundo.

—¿Puedo…? —pregunté yo, y mi voz era apenas un hilo de aire.

No terminé la frase. No hacía falta.

—Sí.

Simple. Directo. Sin dudas. Eso fue suficiente.

Bajé. El contacto fue distinto. Esta vez sin disfraz. Sin técnica. Sin intención de fingir. Las manos apretaron, recorrieron. Se quedaron.

Su reacción fue inmediata. Un suspiro más largo, más abierto. El cuerpo se acomodó. Se entregó, sin resistencia, sin pausa. Y yo…Ya no estaba pensando. En nada.

La presión aumentó. Los movimientos también. Ya no era masaje. No había forma de llamarlo así. Era otra cosa. Y los dos lo sabíamos.

Sus manos se aferraron a la almohada. Las mías bajaron.

Las palmas se posaron sobre sus nalgas, y esta vez no había bloqueador de por medio, no había excusa, no había tela que me protegiera de la realidad de su carne. Era piel contra piel. Mis dedos se hundieron en la curva perfecta de sus glúteos, sintiendo la firmeza, la elasticidad, el calor que emanaba de ella como una estufa encendida.

Esta vez no fue un masaje.

Fueron apretones. Lentos al principio, casi tímidos, mis manos abarcando toda la superficie de cada nalga, apretando, soltando, amasando como si estuviera moldeando arcilla. Isabella gimió —un gemido bajo, gutural, que salió de su garganta sin permiso— y su cadera se levantó apenas del colchón, ofreciéndose.

El aroma volvió.

Ese olor profundo, húmedo, inconfundible. Su excitación era líquida ahora, palpable, y yo podía olerla incluso a través de la tela diminuta del tanga. Era un olor que me enloquecía, que me nublaba los sentidos, que hacía que mi erección doliera contra el pantalón.

Mis manos se volvieron más atrevidas. Separé sus nalgas, vi cómo el hilo rosado se tensaba, cómo la carne se abría para revelar la humedad oscura que empapaba la tela. Mis dedos rozaron el borde del tanga, allí donde la tela desaparecía entre sus glúteos, e Isabella arqueó la espalda por completo, levantando el trasero hacia mí como una ofrenda.

—Damián… —susurró, y su voz era un ruego.

Me incliné. Sin darme cuenta, o dándome cuenta y sin detenerme. El cuerpo respondió. Por completo.

La erección ya no era disimulable. Ni intenté hacerlo. Me acerqué más. Hasta que el contacto fue inevitable. Directo. Contra ella.

No pude más.

Me subí sobre ella, colocando una rodilla a cada lado de sus muslos. Mi entrepierna presionó contra sus nalgas, y ella sintió mi erección. Cómo no iba a sentirla, dura, enorme, apretada contra la tela de mis pantalones.

Se tensó. Un segundo. Y luego… Se acomodó. Ajustándose. Buscando. En lugar de apartarse, empujó hacia atrás, restregándose contra mí.

Eso terminó de romper lo poco que quedaba. Me apoyé bien sobre ella.

Comencé a balancearme.

Ya estábamos demasiado dentro. Demasiado lejos. Ella respondió. No se apartó, no dudó. Al contrario, se arqueó, leve, luego más. Ofreciendo, arcando, guiando.

Eso fue todo. No hizo falta más. Todo se volvió directo. Instintivo. Sin filtros. Sin pausas.

Mis caderas se movían en un ritmo lento, hipnótico, deslizando mi miembro envuelto en la tela entre sus glúteos. El camisón estaba totalmente subido, arrugado sobre su espalda baja, sobre su cintura, ahora como si fuese un cinturón.

Gruñi.

La única barrera entre nosotros era el hilo rosado del tanga y la tela fina de mi pantalón de dormir. Pero aun así, la sensación era eléctrica, devastadora. Cada movimiento hacía que mi glande rozara la curva de sus nalgas, que la base de mi erección se apretara contra su entrada, aunque fuera a través de dos capas de tela.

—Mmmm…. ahh…

Isabella gemía abiertamente ahora, sin contenerse. Sus manos aplastaban la almohada, sus dedos se clavaban en el edredón. Acompañaba mis movimientos con su cadera, empujando hacia atrás cada vez que yo empujaba hacia adelante, encontrando el ritmo como si hubiéramos hecho esto mil veces.

Apreté sus hombros para impulsarme más. Mis dedos se hundieron en su piel morena. Mi respiración era jadeante, ronca, animal.

—Mmmm —gruñí, y mi voz no sonaba como la mía.

Ella levantó el trasero más. Arqueó por completo la espalda, manteniendo el torso bajo recostado en la cama, ofreciéndome su culo en alto, abierto, listo. El tanga se había corrido un poco a un lado por sí solo, empujado por sus movimientos, y ahora veía su sexo húmedo, brillante, los labios rojos y separados, esperando.

No pensé.

Las manos en su cintura. El cuerpo alineándose. Probando. Midiendo.

Me quité los pantalones de un tirón. Mi erección saltó libre, dura, casi violeta de la sangre acumulada. La tomé con una mano, sentí el calor, la textura de la piel estirada al límite, y sin esperar un segundo más, hice a un lado el hilo rosado, tensándolo en una de sus nalgas. Y empujé.

Entré.

El gemido que salió de Isabella fue un aullido ahogado, contenido contra la almohada. Yo también gemí, porque sentí su calor, su humedad, su estrechez envolviéndome como un puño de terciopelo. Era profunda, caliente, y por un momento tuve miedo de correrme justo entonces, justo allí, al segundo de entrar.

Pero no. Me contuve. Respiré hondo y comencé a bombear.

Duro desde el principio.

El ritmo se volvió fuerte. Desde el inicio. Sin transición. Como si todo lo anterior hubiera sido solo preparación. Como si no hubiera otra forma.

No hubo caricias previas, no hubo suavidad. Isabella quería que la follara, y yo quería follarla, y el único lenguaje que importaba era el golpe seco de mi pelvis contra sus nalgas, el ruido húmedo de mi miembro entrando y saliendo de su vagina, los gemidos rotos que escapaban de su boca cada vez que llegaba al fondo.

—Ahhh, ahhh, ahhh, así, ahh —jadeó ella—. Así, duro, así, duro…

La nalgueé. Mi mano derecha bajó con fuerza sobre su glúteo, y el sonido de la palmada resonó en la habitación junto con el aullido de placer que Isabella dejó escapar. Su carne se onduló bajo el golpe, y una marca roja apareció en su piel morena. La nalgueé otra vez. Y otra. Cada palmada hacía que ella se apretara más a mi alrededor, que su vagina se contrajera como si quisiera atraparme para siempre.

Miré su culo rebotando contra mi pelvis. Era hipnótico: la carne blanda y firme al mismo tiempo, las ondas que viajaban desde el punto de impacto hasta la curva de su cadera, la forma en que sus nalgas se separaban y se juntaban con cada embestida. Mis dedos se clavaron en sus caderas, dejando marcas rojas junto a las de las palmadas.

Aceleré el ritmo. Los sonidos dejaron de ser contenidos. Más claros. Más inevitables. Las manos se afirmaron más. El cuerpo se impulsó. Buscando más. Más profundidad. Más contacto. Más todo.

Ya no era un bombeo medido; era una embestida frenética, desesperada, el sonido de nuestros cuerpos chocando como un aplauso obsceno que llenaba el dormitorio. Isabella había soltado la almohada y ahora gemía abiertamente, sin palabras, solo sonidos guturales que se ahogaban en el colchón.

Hasta que… el punto llegó. Sin aviso. Sin margen.

El cuerpo cedió. De golpe. Fuerte. Incontrolable.

Sentí el orgasmo acercarse como un tren de carga. Mis testículos se tensaron, la base de mi espalda se encendió, y supe que no podía —no quería— detenerme.

—Me vengo —gruñí, y mi voz era apenas un ronquido—. Me vengo dentro de ti.

—Sí —gimió ella, y su cuerpo comenzó a temblar—. Sí, dentro, lléname, papi…

Una última embestida, más honda que todas las anteriores. Sentí su cuello uterino, su fondo, el límite de su cuerpo. Y entonces me derrumbé.

La eyaculación fue explosiva, caliente, interminable. Chorro tras chorro de semen inundaron su interior, y cada pulsación de mi miembro hacía que Isabella se retorciera debajo de mí, que sus paredes vaginales se contrajeran en espasmos violentos. Ella también se vino —lo supe por el aullido largo y agudo que escapó de su boca, por los tirones de sus manos en las sábanas, por la forma en que su cuerpo se arqueó y se sacudió como si la electricidad la recorriera entera.

El sonido fue distinto. Más alto. Más abierto. El cuerpo tembló. Se tensó.

Y luego… Silencio.

Respiración, pesada, irregular. El peso cayó, literal. Me quedé ahí un segundo. Dos. Sin moverme. Sin pensar.

Nos quedamos así un momento. Yo encima de ella, mi miembro todavía dentro, mi pecho pegado a su espalda sudorosa. Nuestras respiraciones se mezclaban, rápidas, jadeantes, buscando el ritmo normal que tardaba en volver.

Me aparté lentamente. Mi miembro salió de ella con un sonido húmedo, semi-erecto todavía, brillante con una mezcla de sus jugos y mi semen. Miré.

Su vagina estaba roja, hinchada, abierta. Un hilillo blanco y espeso comenzó a escurrir por la cara interna de su muslo, mezclado con los fluidos claros de su propio orgasmo. El olor era abrumador: sexo, sudor, semen, todo mezclado en una fragancia primitiva que me mareó.

Isabella no se movía. Seguía boca abajo, con la cara enterrada en la almohada, los hombros subiendo y bajando al ritmo de su respiración.

Lentamente, como quien despierta de un sueño, se giró.

Hasta que reaccionó. Girándose apenas. Mirándome. Y ahí… La realidad volvió. De golpe. A sus ojos. A su expresión. Sus ojos verdes temblaban con una urgencia, como si temiera algo. Había confusión en ellos, miedo, y algo que parecía arrepentimiento.

—Damián…

Su voz no era la misma. No era la de antes. Había algo más. Algo que no estaba hace unos segundos. Se incorporó un poco.

—Tú… tienes que…

No terminó. Porque también lo vio. Mi cuerpo. Todavía reaccionando. Sin haber terminado del todo. Su expresión cambió. Dudó. Un segundo. Dos.

Abrió la boca para decir algo —quizás “vete”, quizás “esto no debió pasar”, quizás “lo siento”— pero su mirada bajó a mi entrepierna.

Mi miembro seguía erecto.

No había cedido. A pesar del orgasmo, a pesar de la eyaculación, seguía duro, apuntando hacia ella, exigiendo más. La sangre aún bombeaba caliente por mis venas, y mis ojos recorrían su cuerpo desnudo con el mismo hambre de hacía diez minutos.

Isabella dudó.

Su boca, se había empezado a formar una palabra, se cerró. Sus ojos subieron desde mi erección hasta mi cara, y en ellos ya no había confusión. Había algo más oscuro. Algo más rendido.

Algo que decía otra vez.

Y en ese espacio…

Todo quedó suspendido otra vez.

Este libro, ‘La Confesión de mi Madrastra’, es de mi autoría, Annie Zarel.

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