La Confesión de mi Madrastra | Capítulo 3

Portada de La Confesión de mi Madrastra | Capítulo 3: mujer adulta elegante y sensual, de vestido corto y escote profundo, en el interior de una casa lujosa al atardecer.

La Confesión de mi Madrastra

«Nunca quise desearla. Nunca pude dejar de hacerlo.»

Capítulo III

La Confesión de mi Madrastra

Capítulo III…

El ruido de la licuadora llenó la cocina, rompiendo el silencio habitual de la casa.

Era sábado.

Se notaba.

La luz entraba más directa, más limpia, como si todo estuviera más expuesto de lo normal. No había prisa en el ambiente, pero tampoco tranquilidad. Era una calma rara, como si algo estuviera esperando.

Apagué la licuadora y me quedé un segundo con la mano apoyada en el botón, escuchando cómo el zumbido se apagaba del todo.

Silencio otra vez.

Serví el batido en un vaso alto, sin apurarme. La mezcla espesa cayendo lenta, uniforme.

No tenía hambre, pero necesitaba hacer algo. Cualquier cosa.

Me apoyé contra la encimera y di un primer sorbo. Frío. Neutral.

Saqué el celular del bolsillo. Tenía un par de mensajes nuevos.

De él. Mi padre.

“¿Cómo vas?”

“¿Todo bien en la casa?”

“Date tu tiempo. No te presiones con lo de la universidad o el trabajo.”

Deslicé la conversación hacia arriba. Había más de lo mismo en los últimos días. Preguntas cortas. Respuestas más cortas todavía.

Mi dedo se quedó suspendido sobre la pantalla. No sabía qué contestar. Nunca sabía.

“Bien.”

Eso era lo que siempre terminaba escribiendo.

“Todo bien.”

Mentira simple. Suficiente.

Bajé un poco más en el chat.

“Podrías venir a la oficina un día de estos.”

“Ver qué hago, si te interesa.”

“Es bueno que empieces a moverte.”

Solté una exhalación leve. Miré el vaso en mi mano.

¿Ver qué hace?

Ni siquiera sabía exactamente a qué se dedicaba. Siempre había sido así. Sabía que era un ejecutivo en una empresa, de algo con China, negocios, reuniones… cosas que lo mantenían fuera casi todo el tiempo.

Siempre fuera. Y ahora… ¿yo tenía que encajar ahí?

Le di otro sorbo al batido.

Podría hacerlo. Supongo. Meterme en eso. Aprender. Seguirle el ritmo. Pero solo de pensarlo ya me cansaba. No por el trabajo en sí. Por lo que implicaba. Ser como él. Ausente. Eficiente. Frío.

Apreté un poco el vaso.

—No sé…

Lo dije en voz baja, más para mí que otra cosa.

Apoyé el celular sobre la encimera, boca abajo. No iba a responder todavía.

Me quedé ahí, en silencio, terminando el batido sin pensar demasiado en nada concreto.

Hasta que escuché pasos.

Levanté la vista de inmediato. Sabía quién era.

—¿Desayunando solo?

Martha.

Asentí apenas.

—Sí.

Ella entró con ese ritmo suyo, firme pero sin hacer ruido de más. Traía una lista en la mano, doblada.

—Voy a salir a hacer unas compras —dijo, revisando algo en la hoja—. Falta de todo.

Di otro sorbo, sin mucho interés.

—Ajá.

Se detuvo un segundo, levantando la mirada hacia mí.

—¿Me acompañas?

No respondió solo con palabras. Había algo más en el tono. Como si no fuera solo una invitación.

La miré.

—¿Para qué?

—Para que salgas un rato —respondió sin rodeos—. Te hace falta.

No sonó como consejo. Sonó como hecho.

Bajé la vista al vaso.

No tenía ganas. Pero tampoco tenía ganas de quedarme.

—Bueno.

Ella asintió, satisfecha.

—Termina eso y nos vamos.

No discutí.

Subí a cambiarme rápido. Jeans, camiseta, nada complicado. Cuando bajé, Martha ya estaba en la puerta con las llaves en la mano.

—¿Listo?

—Sí.

Salimos.

El contraste con el interior de la casa fue inmediato. Afuera hacía calor, pero no pesado. El sol pegaba directo, sin nubes que lo suavizaran.

El aire se sentía… real.

El trayecto fue corto. Martha manejando, yo mirando por la ventana sin prestar demasiada atención a lo que pasaba afuera.

—¿Has hablado con tu papá? —preguntó en un momento.

—Sí.

—¿Y?

—Lo de siempre.

Ella asintió, sin insistir.

—Quiere que vaya a la empresa.

—Es lo lógico.

—Supongo.

Silencio.

—¿Y tú qué quieres?

La pregunta quedó flotando.

Miré hacia afuera otra vez.

—No sé.

Y era verdad.

Martha no respondió de inmediato.

—Pues empieza por decidir lo que no quieres —dijo al final.

La miré de reojo.

—Eso ya lo sé.

—Entonces no estás tan perdido.

No respondí. No tenía sentido discutirle eso.

Las compras fueron rápidas. Martha sabía exactamente qué necesitaba. Yo me limité a seguirla, cargar bolsas, responder cuando me preguntaba algo.

Nada complicado. Nada que exigiera pensar demasiado.

Cuando salimos, el sol estaba más alto. Más fuerte.

Caminábamos hacia el carro cuando lo vi.

Apoyado contra una moto, gafas oscuras, camiseta ajustada, como si estuviera posando sin intentarlo.

¿Miguel?

Tardé un segundo en procesarlo.

—¿Damián?

Levantó la mano, quitándose las gafas.

La sonrisa fue inmediata. Abierta. Demasiado fácil.

—¿Qué haces acá, viejo amigo?

Solté una risa corta sin poder evitarlo.

—Volví.

Dejó la moto y se acercó, chocando su hombro contra el mío en un gesto automático.

—Ya vi —dijo, mirándome de arriba abajo—. Estás igual.

—Tú no.

—Mejor, obvio.

Rodé los ojos. Nada había cambiado.

—¿Hace cuánto llegaste?

—Unos días.

—¿Y no avisas?

—No sabía que tenía que reportarme.

—Claro que sí, idiota.

Sonreí apenas.

Martha estaba unos pasos más atrás, observando. Miguel la saludó con un gesto de cabeza.

—¿Cómo está, señora Martha?

—Bien, mijo —respondió ella—. ¿Y usted?

—Todo bien.

Miguel volvió a mirarme.

—¿Te quedas o qué?

—Sí.

—Perfecto.

No hubo pausa.

—Caigo más tarde a tu casa.

Así, directo. Como siempre.

—¿Hoy?

—¿Qué? ¿Tienes planes?

Negué.

—No.

—Listo. Paso al mediodía. Hace calor, nos metemos a la piscina, hablamos mierda.

Lo dijo como si fuera obvio. Como si nada hubiera cambiado. Y tal vez para él no lo había hecho.

—Bueno.

Acepté sin pensarlo mucho.

—De una.

Me dio otro golpe en el hombro, más fuerte.

—No te me pierdas otra vez.

—Sí, sí.

Se giró, volviendo a su moto.

—Nos vemos ahorita.

—Dale.

Se fue. Así de simple.

Me quedé un segundo mirando cómo arrancaba.

—Ese muchacho no cambia —dijo Martha, caminando hacia el carro.

—No.

—Y eso no siempre es bueno.

Abrí la puerta del copiloto.

—Depende.

—Depende de qué.

—De quién eres tú.

Martha no respondió.

Subimos. El camino de vuelta fue más corto de lo que recordaba. Tal vez porque iba pensando en otra cosa.

Miguel. La piscina. La casa.

Entramos.

El silencio de siempre. Pero ya no se sentía igual. Había algo distinto.

Dejamos las bolsas en la cocina. Martha empezó a organizar todo sin perder tiempo. Yo me quedé ahí, pasando cosas de una bolsa a otra, sin mucha atención.

Hasta que la sentí. Antes de verla. Ese cambio leve en el aire.

Levanté la mirada.

Isabella.

Se detuvo en la entrada de la cocina. Y por un segundo… se me olvidó todo lo demás.

Llevaba un bikini. Distinto al otro día. Más claro. Más pequeño. No exagerado. Pero suficiente. Demasiado.

El cabello suelto, seco, cayendo sobre los hombros. La piel… marcada por la luz que entraba desde el jardín.

Todo estaba ahí. Sin filtro. Sin distancia.

—Hola —dijo, con naturalidad.

Como si no hubiera nada raro. Como si yo no estuviera mirándola así.

—Ho… la.

Mi voz salió más seca de lo que quería.

Se acercó un poco, lo justo para entrar en el espacio.

—¿Salieron?

—Sí.

Respuesta automática. No dejaba de mirarla. No podía. No con eso. No así. Mi vista bajaba a sus pechos, apunto de salirse del sujetador, que apenas cubría lo suficiente. Y volvía a subir, tratando de disimular.

Se inclinó apenas hacia una de las bolsas, mirando lo que había.

El movimiento…

Apreté los dedos sin darme cuenta.

—Voy a estar en la piscina un rato —dijo, sin mirarme directamente—. Hace demasiado calor.

Asentí.

No dije nada. No pensé en nada. Nada coherente.

Isabella levantó la mirada entonces. Directo a mí. Y lo vio. Claro que lo vio.

La forma en que la estaba mirando. La forma en que no estaba pensando en otra cosa.

Sus labios se curvaron apenas. Una sonrisa mínima. Corta. Pero suficiente. No dijo nada. No hizo ningún comentario. Solo sostuvo ese segundo.

Y luego—

Se giró.

—Al rato nos vemos Martha— Le dijo a modo de saludo, volteándola a mirar.

Y salió.

Como si nada. Como si no hubiera pasado nada.

Me quedé ahí. Quieto. Embobado. Mirando su trasero.

—Damián.

La voz de Martha me trajo de vuelta.

—¿Ah?

—Las bolsas.

Miré mis manos. No estaba haciendo nada.

—Sí.

Volví a moverme. Automático.

—¿Qué te pasa? —dijo ella, sin levantar la vista.

—Nada.

—Ajá.

Su tono no cambió. Pero tampoco insistió. Seguía acomodando cosas, con esa calma que no era calma. Como si ya supiera. Como si estuviera viendo todo sin decirlo.

Me pasó una bolsa.

—Termina eso.

Asentí.

—Sí.

Pero mi cabeza ya no estaba ahí. Estaba en otra parte. En el jardín. En la piscina.

Y en algo que había olvidado decir. Que teníamos visita hoy. Miguel.

El timbre sonó justo cuando el silencio de la casa empezaba a volverse incómodo otra vez.

Mediodía.

La luz ya caía directa sobre todo, sin sombras que suavizaran nada. Todo estaba más expuesto. Más visible.

Martha dejó lo que estaba haciendo y se dirigió a la puerta sin apurarse. Yo ya sabía quién era.

No me moví de inmediato.

Pero cuando escuché su voz desde la entrada—

—¿Miguel?

—¡Martha!

Sonreí sin querer.

Salí de la cocina hacia la sala, encontrándomelo a medio camino. Venía entrando como si nada, como si siempre hubiera tenido derecho a hacerlo.

—¿Qué onda, Damián?

Nos chocamos los hombros otra vez. Igual que antes. Igual que siempre.

—Todo bien —dije.

—Ya veo —respondió, mirando alrededor—. No ha cambiado tanto esto.

No respondí.

—Bueno… sí ha cambiado —corrigió, fijándose mejor—. Está más… fino.

—Ajá.

Martha apareció detrás, cerrando la puerta.

—¿Quieres algo de tomar? ¿Una limonada?

—Una limonada estaría brutal —respondió Miguel sin pensarlo.

—Ya te traigo una.

Se fue hacia la cocina.

Miguel se dejó caer en el sofá como si fuera suyo, estirando las piernas.

—Hace un calor de mierda.

—Sí.

Me quedé de pie, sin saber muy bien dónde ponerme.

—¿Y qué? ¿Cómo vas con todo esto?

Hizo un gesto amplio con la mano, señalando la casa.

—Normal.

—¿Normal?

Se rió.

—Te conozco, Damián. Esa cara no es de “normal”.

No respondí. No tenía ganas de explicarle nada.

Martha volvió con la limonada, dejándola sobre la mesa frente a él.

—Gracias, Martha.

—Con gusto.

Ni me miró.

Noté eso. Claro que lo noté.

Miguel tomó el vaso y dio un trago largo.

—Uf… esto sí es vida.

Se recostó de nuevo.

—Oye, ¿y la piscina?

—Atrás.

—¿Vamos o qué? Me quiero meter ya.

No esperó respuesta. Se puso de pie de un impulso.

—Vamos.

Lo seguí. Más por inercia que por ganas. Atravesamos la sala y salimos al jardín.

El calor golpeó de inmediato.

Y ahí estaba.

Isabella.

En una de las tumbonas, recostada, con un sombrero amplio cubriéndole parcialmente el rostro y unas gafas de sol oscuras. El cuerpo extendido, relajado, como si no hubiera nada más en el mundo que ese momento.

Miguel se detuvo.

Literal.

Se quedó quieto a mi lado.

—¿Quién es esa?

La pregunta fue en voz baja. Pero no hizo falta más. Estaba mirando. Sin disimulo.

—Mi madrastra.

Giró la cabeza hacia mí.

—¿Qué?

—Eso.

Volvió a mirarla. Más detenidamente.

—¿Estás jodiendo?

—No.

Soltó una risa corta, incrédula.

—Ufff…

Su mirada volvió a ella. Más fija. Más… directa. Sentí algo raro en el pecho. No sabía exactamente qué.

—Vamos —dije, más rápido de lo normal.

Él ni se movió.

—Espérate.

Él ya estaba caminando hacia ella.

—Miguel—

No me escuchó. O no quiso.

Llegamos hasta donde estaba.

—Hola —dije.

Ella giró la cabeza, levantando apenas las gafas.

Primero me vio a mí. Luego a él. Y en ese segundo… cambió algo.

Se incorporó un poco, apoyándose en los codos.

—Hola.

Su mirada se detuvo en Miguel. Lo evaluó. Rápido. Preciso. Yo no alcancé a decir nada.

—Hola —dijo él, adelantándose—. Miguel.

Extendió la mano antes de que yo pudiera presentarlos.

—Amigo de Damián.

Isabella se quitó las gafas por completo y se sentó, quitándose también el sombrero con un gesto fluido.

—Isabella.

Tomó su mano. Se puso de pie. Ahí fue peor. Porque Miguel no disimulaba. Nada.

—Mucho gusto —dijo, sosteniendo la mano un segundo más de lo normal—. La verdad… no me esperaba esto.

Sonrió. De esa forma suya. Directa.

—¿Esto?

—Sí —respondió, sin soltar del todo—. Que Damián tuviera una madrastra así.

Directo. Sin filtro. Apreté la mandíbula.

Isabella no se incomodó. Al contrario. Una sonrisa leve. Controlada.

—¿Así cómo?

—Así… —Miguel hizo un gesto con la mano, recorriéndola sin tocar—. Difícil de ignorar.

Ella soltó una pequeña risa.

—Gracias.

Lo dijo simple. Sin exagerar. Pero no lo rechazó. No lo frenó. Nada. Yo estaba ahí. Sin decir nada.

—¿Nos das permiso de ir a la piscina, preciosa? —preguntó él, como si nada.

—Claro —respondió Isabella sonriendo—. Es su casa.

Otra sonrisa. Medida.

Miguel soltó su mano finalmente.

—Perfecto.

Se giró hacia mí.

—¿Ves? Todo en orden.

No respondí.

Nos quitamos la camiseta ahí mismo y nos metimos a la piscina.

El agua estaba fría. Golpeó bien. Necesario. Nadamos un rato sin decir nada. Miguel se tiró de cabeza, salió riéndose, salpicando. Como siempre. Yo intentaba concentrarme en eso. En lo básico. Moverme. No pensar. No mirar. No funcionó.

—Damián…

Se acercó, apoyando los brazos en el borde. Mirándola.

—Está muy buena tu madrastra.

Lo dijo bajo. Pero claro.

—Cállate.

—¿Qué?

Se rió.

—Es verdad.

No respondí.

—En serio… —insistió—. ¿Qué edad tiene?

—No sé.

—No jodas.

—Treinta y algo.

Silbó.

—Uf…

Volvió a mirarla.

—Qué cuerpo…

Se pasó la mano por el cabello mojado.

—Vaya par de tetas…

Apreté los dientes.

—Miguel.

—¿Qué? —se encogió de hombros—. Solo digo.

Se inclinó más hacia mí.

—¿No te molesta si le hablo?

Lo miré.

—Haz lo que quieras.

—Eso es un sí.

Se rió.

—Te voy a empezar a decir hijastro.

—Cierra la boca.

—¿Qué? —soltó una carcajada—. Imagínate… yo saliendo con tu madrastra.

Negué con la cabeza.

—Estás enfermo.

—No te gustaría?

Más risas.

—Una aventura… así, casual.

No respondí. No tenía ganas.

—Relájate, es broma.

Pero no sonaba como broma.

Nadamos más. Competimos un par de veces. Intenté meterme en eso. En el juego. Pero no me duraba. Porque cada vez que salía a tomar aire…

Ahí estaba. Isabella. En la tumbona. Cambiando de posición. Ajustando el cuerpo al sol.

Y Miguel…

Mirándola. Siempre.

Después de un rato, él apoyó los brazos en el borde otra vez.

—¡Oye, preciosa!

Le habló. Directo.

Ella giró la cabeza hacia nosotros.

—¿Sí?

—¿No te metes?

Isabella sonrió apenas.

—No, gracias.

—¿Segura?

—Sí.

Se acomodó las gafas otra vez.

—Prefiero quedarme aquí.

Miguel asintió. Pero no se quedó ahí. Salió de la piscina sin decir más. Yo me quedé.

Lo vi caminar hacia ella. Despreocupado. Seguro. Como siempre.

Se detuvo junto a la tumbona. Dijo algo que no escuché. Ella respondió. Se sentó un poco. Giró hacia él.

Empezaron a hablar. Normal. Fluido. Demasiado fácil.

Me quedé en el agua. Mirándolos. Intentando no hacerlo. Pero haciéndolo.

Miguel hablaba con las manos, riéndose, inclinándose apenas hacia ella.

Isabella respondía. Sonreía. Se recogía el cabello hacia un lado. Se acomodaba. Todo dentro de ese control suyo.

Pero no lo cortaba. No lo frenaba. Le seguía el juego. A su manera.

Sentí algo apretarse en el pecho. Otra vez. Más claro. Más directo.

—¿Qué haces…?

Murmuré.

Pero no aparté la mirada. Miguel se inclinó un poco más. Demasiado cerca. Ella no retrocedió. Solo sostuvo. Respondió.

Y en un momento—

Giró la cabeza. Hacia mí. Me estaba mirando. Directo. A través de las gafas oscuras. Pero sabía. Lo sabía. Que la estaba mirando. Que estaba viendo todo.

Y no apartó la vista. Al contrario. La sostuvo. Un segundo más. Y luego volvió a Miguel. Como si nada.

Pero no era nada. Nada de eso era nada. Y ahí fue cuando lo sentí. Claro. Incómodo. Molesto. Algo que no terminaba de aceptar. Pero que ya estaba ahí.

Me cansé. No de nadar. De estar ahí metido, como un idiota, fingiendo que no pasaba nada mientras ellos dos hablaban como si yo no existiera.

Salí de la piscina de un impulso, el agua escurriendo sin que me importara, y caminé directo hacia donde estaban.

Ni siquiera pensé qué iba a decir.

Solo… no quería seguir viendo eso desde lejos.

—¿Qué hablan?

Mi voz salió más seca de lo que pretendía.

Miguel levantó la vista primero.

—Nada, Dami. Ven.

Como si todo fuera normal. Como si no llevara rato ahí pegado a ella.

Isabella giró la cabeza hacia mí, apoyada de lado en la tumbona. Las gafas seguían puestas, pero aun así sentí la mirada.

—¿Te cansaste?

—Un poco.

Mentira. No era cansancio. Era otra cosa.

Me quedé de pie, sin saber muy bien dónde ponerme. Miguel estaba en la tumbona de al lado, relajado, como si ese espacio ya le perteneciera.

—Estábamos hablando de viajes —dijo él—. Isabella ha ido a lugares brutales.

—Algunos —respondió ella, con una sonrisa leve.

Miguel se inclinó un poco hacia ella.

—Pero te falta uno importante.

—¿Ah, sí?

—Sí. Uno conmigo.

Directo. Sin vergüenza.

Isabella soltó una risa corta.

—¿Y por qué sería importante?

—Porque yo hago que cualquier lugar valga la pena.

Más risas. Su risa.

Apreté la mandíbula.

—Qué confianza —dije, sin poder evitarlo.

Miguel me miró.

—La que toca.

Isabella giró apenas el cuerpo, acomodándose en la tumbona. El movimiento fue lento, deliberado. Su pecho se elevó ligeramente al cambiar de posición, la tela del bikini ajustándose más.

Demasiado.

No aparté la mirada a tiempo. La vi. Claro. Vi cómo sus senos se elevaron. Mostrándose más de lo que ya se mostraban.

Y lo peor…

Es que sabía que lo estaba haciendo. Que no era casual. Que estaba midiendo.

Miguel tampoco disimuló.

—Joder… —murmuró, lo suficientemente bajo para que solo yo lo escuchara.

—Cállate —dije entre dientes.

—¿Qué? —se rió—. Tú también estás viendo.

No respondí.

Isabella volvió a intervenir, como si nada.

—¿Y tú, Damián? —preguntó—. ¿Te gustan los viajes?

La miré.

—Sí… supongo.

—“Supongo” no suena muy convencido.

—No he viajado tanto.

—Pues deberías.

Miguel se metió otra vez.

—Yo te llevo —dijo, mirándola a ella—. A donde quieras.

Ella lo miró. Sostuvo.

—Eres muy insistente.

—Funciona.

Otra sonrisa. Otra risa. Otra vez esa sensación en el pecho. Más fuerte.

Me pasé la mano por la nuca, incómodo.

No encajaba ahí. No así.

Intenté meterme en la conversación, decir algo, cualquier cosa, pero todo sonaba forzado en mi cabeza antes de salir.

Y cuando salía…

No tenía peso.

Miguel ocupaba todo el espacio. Con su voz. Con su forma de moverse. Con esa facilidad absurda para decir lo que fuera sin pensar en consecuencias.

—Además —continuó—, Damián no aprovecha.

—¿Qué no aprovecho?

—Esto.

Señaló alrededor.

Pero no era el jardín. No era la casa.

Era ella. Claro que era ella.

Isabella bajó apenas las gafas, mirándome por encima.

—¿No aprovechas?

No respondí. No sabía qué decir sin meterme en algo peor.

—Es que es muy serio —dijo Miguel—. Siempre lo ha sido.

—No parece —respondió ella, sin dejar de mirarme.

Sostuve la mirada un segundo. Dos. Demasiado.

Y otra vez…

Ese pequeño gesto. El pecho elevándose apenas al respirar más profundo. La tela tensándose. Exponiendo un poco más de esos pechos redondos.

No era exagerado. Pero era suficiente. Más que suficiente.

Desvié la mirada. Tarde.

Miguel soltó una risa baja.

—Te estás perdiendo de mucho, hermano.

—Déjalo —dijo Isabella, pero sin dureza—. Cada quien a su ritmo.

Pero no lo decía para frenarlo. Lo decía jugando. Se notaba. Y eso era lo que más molestaba. No lo estaba evitando. Lo estaba permitiendo.

Peor…

Lo estaba disfrutando.

El tiempo pasó así.

Entre comentarios de Miguel, risas de Isabella y mi intento fallido de no quedarme ahí como un tercero que sobraba.

Hasta que ella se incorporó.

—Bueno…

Se quitó las gafas, dejándolas sobre la mesa.

—Creo que ya fue suficiente sol por hoy.

Miguel la miró.

—¿Ya?

—Sí.

Se puso de pie. El movimiento fue lento. Natural. Pero otra vez…

Todo en su sitio. Todo marcado. Su cuerpazo se enderezó, mostrando prácticamente todo.

—Con permiso —dijo, mirándonos a los dos.

—Claro —respondió Miguel—. Pero luego seguimos esa conversación pendiente.

Ella sonrió.

—Veremos.

Se giró. Y empezó a caminar hacia la casa. Moviendo las caderas. sabiendo que la estábamos mirando.

Miguel no disimuló. Nada.

—Joder…

La siguió con la mirada, y se mordió la mano. Sin vergüenza.

—Mira eso…

Negué con la cabeza.

—Miguel.

—¿Qué?

No apartaba la vista.

—Ese culo es ilegal.

Lo dijo tal cual. Crudo. Directo. Sentí algo apretarse otra vez. Más fuerte.

—¿No está bien buena?

No respondí.

—Dime que no.

Silencio.

—¿O qué? —se rió—. ¿No te gusta también?

Lo miré.

—Es mi madrastra.

—¿Y?

Se encogió de hombros.

—Sigue siendo mujer.

Apreté los dientes.

—Estás enfermo.

—Estoy siendo honesto.

Volvió a mirarla hasta que desapareció dentro de la casa.

—Yo me la levanto.

Lo dijo sin dudar. Como si fuera un plan. Como si fuera posible. Y lo peor…

Es que sonaba como si pudiera serlo.

Volvimos a la piscina. O eso intentamos. Pero ya no era lo mismo.

Martha apareció al rato, desde la puerta del jardín.

—¿Quieren almorzar ya?

Nos miró a los dos. Pero se detuvo un segundo más en mí.

—Vengan.

Salimos. Comimos. Miguel hablaba de todo, como siempre. Chistes, historias, cualquier cosa. Pero siempre volvía a lo mismo.

—¿Y Isabella siempre está así?

—¿Así cómo?

—Así…

No terminaba la frase. No hacía falta.

—No sé.

—Marica… —se rió—. Te sacaste la lotería.

No respondí. Martha estaba ahí. Escuchando. Sin decir nada. Pero presente.

El resto del día pasó entre eso. Piscina. Comida. Más comentarios. Más risas. Más incomodidad. Hasta que se hizo tarde y Miguel decidió irse.

—Nos vemos, Dami.

—Sí.

—Y salúdame a Isabella.

No respondí.

Se rió.

—Tranquilo.

Se fue.

La casa volvió al silencio. Otra vez. Pero no era el mismo silencio. Subí a mi cuarto sin decir nada. Cerré la puerta. Me dejé caer en la cama.

Y todo volvió. La tarde. Las risas. Las miradas. Los gestos. El cuerpo. Su cuerpo. Demasiado claro.

El bikini. La forma en que se ajustaba. Cómo se movía. Cómo se inclinaba. Cómo lo miraba a él. Cómo no lo frenaba. Al contrario.

Apreté los ojos. Molesto.

—¿Qué mierda…?

No era solo él. Eso era lo peor. No era solo Miguel siendo Miguel.

Era ella. Respondiendo. Siguiéndole el juego. Dejando que pasara.

Recordé su risa. La forma en que lo miraba. La forma en que se acomodaba, como si supiera exactamente lo que estaba provocando.

Y luego…

Otra cosa. Más incómoda. Más difícil de ignorar. Cómo la había mirado yo.

Apreté la mandíbula.

Porque ahí se mezclaba todo. La molestia. Y algo más. Algo que no quería admitir. Pero que estaba. Claro. Presente.

Miguel tenía razón en algo. Eso era lo peor.

—Sería un pecado no fijarse…

Lo dije en voz baja.

Y me quedé ahí. Mirando el techo. Sabiendo que ya no era solo incomodidad.

Y que negarlo… empezaba a ser inútil.

Este libro, ‘La Confesión de mi Madrastra’, es de mi autoría, Annie Zarel.

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