Pequeñas Cosas | Capítulo 6

Portada del libro Pequeñas Cosas | Capítulo 6: una pareja de unos 30 años en un rancho durante el atardecer. Diana, con cabello castaño y blusa clara, sonríe con ternura mientras Ethan la observa con mirada intensa en un paisaje rural de colinas y campos verdes.

Pequeñas Cosas

«A veces, lo que cambia tu vida empieza con algo pequeño.»

Ana F. Malory

Capítulo VI

Pequeñas Cosas

Capítulo VI…

A la mañana siguiente, cuando Diana consiguió abrir los ojos, el sol entraba a raudales por la ventana, el cielo parecía estar completamente despejado de nubes y ella había dormido del tirón toda la noche. Una sonrisa de satisfacción curvó sus labios y se estiró para desperezarse. Fue entonces cuando notó el mordisco de las agujetas. Se sentía tan descansada que se había olvidado de ellas, pero allí continuaban, como diminutos alfileres clavándose en sus músculos al menor movimiento. Y lo peor, no desaparecerían antes de dos días, calculó al salir de la cama y, despacito, se dirigía al cuarto de baño.

Con la cara lavada, pero todavía en camisola, bajó a desayunar. Acababa de comenzar cuando su abuela entró en la cocina.

—¿Qué haces desayunando a esta hora? —Diana masticó el trozo de bizcocho que se había metido en la boca sin comprender la pregunta—. Es casi la una.

—¡¿Tan tarde?! —Se sorprendió—. Jamás he dormido tanto. Con razón me he despertado con tanta hambre.

—Tú siempre tienes hambre —señaló Esther de buen humor.

—¿Te parece que como demasiado?

La melodía de una llamada entrante que comenzó a sonar en el piso de arriba impidió que su abuela le respondiera. Maldiciendo para sus adentros, apuró el café y se metió el último pedazo de bizcocho en la boca.

—¿Quieres que suba a buscártelo? —se ofreció la mujer al ver lo mucho que le costaba ponerse en pie.

Diana negó con un gesto de camino a las escaleras. Cuando por fin subió el último peldaño, el teléfono había dejado de sonar y, a la multitud de notificaciones que llevaba días sin atender, se sumaba la llamada perdida de Brenda, la preciosa rubia de ojos azules y metro ochenta que trabajaba como modelo publicitaria y que, desde hacía años, era una de sus mejores amigas.

Pulsó el botón de llamada, accionó el altavoz y se sentó en la cama, apoyada contra el cabecero.

—Hola, bombón —escuchó la cantarina voz al otro lado de la línea—. ¿Dónde te metes?

—Estaba… —No diría que desayunando—. Estaba en la cocina y me había dejado el móvil en la habitación y no he llegado a tiempo de cogerlo antes de que cortaras.

—¿Cómo te encuentras?

—De maravilla, salvo porque tengo agujetas hasta en el cielo de la boca.

—¡¿Agujetas?! —se sorprendió la otra—. ¿Qué has estado haciendo?

—Salí a cabalgar con Ethan y…

—¿Quién es Ethan? —la interrumpió sin poder ocultar su curiosidad. —El ayudante de mi abuela.

—El ayudante —repitió para procesar la información—. ¡Hum! Interesante. ¿Cómo es?

—Un tipo simpático y trabajador.

—¿Y el tipo en cuestión es joven o se trata de un carcamal?

—Joven.

—¿Y qué más? —la instó a continuar.

—Alto, muy alto; ojos y pelo castaños y una maravillosa sonrisa que nunca desaparece de su boca.

—Entonces, está bueno —afirmó, segura de no equivocarse.

—No está mal.

—¡Uy! Ese no está mal me ha sonado a que te gusta y no poco precisamente. Recuerda que tienes que regresar a Boston, así que, no te enamores, muñeca.

—Te recuerdo que aquí la romántica empedernida, que se enamora de todo bicho viviente eres tú.

Estaba segura de que si Brenda supiera cómo habían regresado a casa la tarde anterior se montaría su propia película con final feliz incluido.

—Cierto. —Se carcajeó la modelo—. Hablando de regresos, ¿cuándo vuelves?

—Posiblemente la próxima semana, aunque aún no he decidido el día.

—No tardes, te echo de menos.

—Seguro que sí. —Se rio con ganas, consciente de que, con la ajetreada vida que llevaba su amiga, era poco probable que le diera tiempo a extrañarla.

—Pues sí —se fingió molesta—. Tengo que dejarte, me reclaman para la sesión de fotos. Avísame y organizamos una cena o algo.

—De acuerdo.

—Chao, bombón.

—Chao —se despidió también, con una sonrisa en los labios.

Dejó el teléfono sobre la mesilla de noche y continuó sobre la cama pensando que, de estar Brenda en su lugar, ya se habría enamorado perdidamente de Ethan; estaba convencida de ello. No era capaz de recordar las veces que le aseguró haber encontrado al hombre de su vida, al definitivo. Ninguno lo había sido, pero su amiga no perdía la esperanza de encontrarlo.

Ella, en cambio, no sabía si por falta de tiempo o por capricho del destino, continuaba sola. Quizá tendría que plantearse un cambio en su estilo de vida y, tal vez, aquel fuera el momento ideal para hacerlo. Aunque, por otro lado, se sentía a gusto tal y como estaba, sin ataduras ni complicaciones. Adoraba su trabajo, contaba con un buen número de amigos, disfrutaba leyendo en su tiempo libre, por poco que este fuera, y el sexo tampoco suponía un problema. Encontrar con quién mantener relaciones íntimas de manera esporádica era relativamente fácil. La imagen de Ethan se abrió paso en su mente. La eliminó de inmediato, junto con la idea que la acompañaba. No, no iba a tener un lio amoroso con un empleado del rancho por más apetecible que fuera el muchachote; se moriría de vergüenza si su abuela se enterara. Porque sobre su vida sexual era de lo único que nunca hablaba con ella. Además, resultaba hasta ridículo barajar la posibilidad cuando ni siquiera sabía si el vaquero tenía o no pareja, se dijo, olvidándose por completo del asunto.

Volvió a penar en ello dos noches más tarde, durante la cena, mientras lo escuchaba hablar con su abuela sobre el rancho; aunque no preguntó. No procedía, mucho menos con su abuela presente, que podría malinterpretar su curiosidad.

—¿Por qué no dais un paseo para bajar la cena en tanto yo recojo todo esto? —les propuso Esther al terminar.

—Te ayudaré antes de…

—De eso nada —la interrumpió Esther—. Solo me llevará unos minutos —aseguró, y sacudió las manos para indicarles que se fueran.

Se marcharon tan desconcertados como divertidos por la actitud de Esther que, por el motivo que fuera, parecía tener prisa por echarlos de la cocina. Diana no quiso ver doble intención en el comportamiento de su abuela ni se atrevió a indagar sobre la vida privada de su compañero de paseo, por más que le apeteciera hacerlo. Porque, cuanto más tiempo pasaba a su lado, más le atraía. Porque le encantaban sus modales, un poco anticuados, pero tan correctos; también lo ameno de su conversación y las notas de humor con las que siempre la aderezaba. Le gustaba que fuera tan atento, detallista y considerado. Le gustaba la facilidad con la que sus labios se curvaban hacia arriba para dar forma a una sonrisa y el modo en que esta se trasladaba a sus ojos. Sin olvidar que tenía un cuerpazo, pensó al tiempo que Ethan le preguntaba:

—¿Qué tal van las agujetas?

—Mucho mejor, gracias. Al menos ya puedo caminar sin tener la sensación de que me apuñalan las piernas cada vez que trato de dar un paso.

—Suena terrible —aseveró, conteniendo la risa a duras penas.

—Valeee. —Alargó la última vocal y puso los ojos en blanco mientras sus labios se curvaban ligeramente hacia arriba—. Tal vez no fueran puñales, pero sí miles de alfileres —sentenció al encaramarse sobre la valla.

—Sea como sea, me alegra que estés bien. —Se situó frente a ella y sonrió de aquella manera tan arrebatadora.

A Diana se le contrajo el estómago al verlo. Y estaba tan cerca de ella que, durante un instante, fantaseó con la posibilidad de que se colocara entre sus piernas y la rodeara con sus brazos. Casi ronroneó al imaginarse pegada a su pecho y uniendo sus bocas.

—Mañana da comienzo la feria del condado en Franklin y me preguntaba si… —hizo una breve pausa—, querrías acompañarme.

—¡¿A la feria?! —Se le iluminó el rostro—. Hace siglos que no voy a una, pero aún recuerdo que me encantaba ir con mi padre.

—¿Eso es un sí?

—No lo dudes.

—Estupendo —celebró—. Quizá a Esther le apetezca ir también — dijo sin pensar, arrepintiéndose de inmediato.

—Pudiera ser. —Ocultó su desilusión tras una sonrisa—. Se lo preguntaré.

Aunque había hecho la sugerencia y apreciaba a su patrona, Ethan rezó para que rechazara la invitación; deseaba estar de nuevo a solas con Diana. Se había prometido no hacerse ilusiones, pero le gustaba y disfrutaba de su compañía.

—Estoy deseando que llegue mañana. —Palmeó de repente con desmedido entusiasmo.

Lo pueril del gesto lo hizo reír con ganas.

—Para que conste en acta —dramatizó como tenía por costumbre—, por lo general soy una mujer seria y responsable, entregada al trabajo.

Ethan lo sabía; Esther, aunque se sentía orgullosa de su nieta, también lamentaba que no se permitiera disponer de tiempo libre.

—Eso está muy bien, pero no todo en la vida es trabajar, hay que aprender a disfrutar también de las pequeñas cosas.

—¿Tú lo haces? —preguntó mirándolo a los ojos.

—Sí —respondió al tiempo que fijaba su atención en los oscuros cabellos de la joven antes de atrapar un mechón entre sus dedos para acariciarlo; deseaba hacerlo desde el primer día—. Lo intento al menos — añadió y buscó de nuevo sus ojos.

Diana contuvo el aliento, a la espera de que le rozara la mejilla con el dorso de la mano. O, siendo más ambiciosa, que deslizara esta hacia su nuca y la besara. En lugar de eso, el vaquero liberó su pelo y se llevó los brazos hacia la espalda para hundir las manos en los bolsillos traseros del tejano.

—Deberías probar. —Recuperó la sonrisa.

—Tomo nota. —Sonrió también a pesar de la decepción—. Será mejor que regrese a casa.

—Te acompaño. —Se ofreció, y retrocedió para reprimir el impulso de ayudarla a bajar de la cerca.

Caminaron en silencio y Diana, al llegar, se detuvo en el porche, frente a él, para despedirse. Esa noche, sin embargo, se miraron durante unos segundos sin decir nada. Fue Ethan quien habló para no sucumbir a la tentación de besarla. No procedía, por más que la situación fuera propicia.

—Recuerda preguntarle a Esther si nos acompañará.

—Descuida, no lo olvidaré.

—Hasta mañana, entonces.

—Buenas noches, Ethan.

Su sonrisa se ensanchó al oírla pronunciar su nombre, y qué bien sonaba en sus labios. Mientras la veía entrar en la casa, se la imaginó pronunciándolo mientras él exploraba su cuerpo desnudo… Interrumpió el pensamiento para contener la oleada de deseo que comenzaba a gestarse en sus venas. Tal vez, después de todo, no sería tan mala idea que Esther los acompañara a la feria, se decía mientras Diana, en el interior de la casa, subía las escaleras enrollando entre los dedos el mechón de pelo que minutos atrás él había acariciado.

Tan solo había sido un leve roce, suave, delicado, pero suficiente para imaginarlo acariciando su cuerpo con aquella misma dulzura. Sacudió la cabeza para deshacerse de las imágenes que comenzaban a formarse en su mente y se obligó a pensar en la visita a la feria. Se preguntó si aún venderían aquellos enormes algodones de azúcar que comía siendo niña y si todavía se estilaban las barracas de tiro al blanco. Algún que otro peluche le había conseguido su padre en ellas, recordó con nostalgia.

Volvió a sacudir la cabeza; ponerse triste tampoco era una opción, se advirtió mientras se desnudaba. Fue en ese instante cuando se dio cuenta de que no disponía de ropa adecuada para salir. Porque no quería acudir a la fiesta en tejanos y deportivas. Tendría que ir de compras a Franklin por la mañana; con un poco de suerte, quizá consiguiera que la acompañara su abuela. Si lo hacía, podría invitarla a comer en alguno de los restaurantes que días atrás había visto en la calle principal del pueblo, decidió al meterse en la cama.

Pensando en las tiendas que también había visto durante su paseo y el estilo de ropa y zapatos que adquiriría, se quedó dormida.

Este libro es de la autora Ana F. Malory.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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