Mi Ardiente Suegra | Capítulo 6

Portada de la historia Mi Ardiente Suegra | Capítulo 6: María, mujer madura caminando por la orilla de la playa en un día soleado al atardecer. Lleva un bikini floreado de dos piezas con pareo ligero, sandalias de playa, sombrero de ala ancha y gafas de sol. Su figura es curvilínea, con caderas amplias, y su cabello rubio oscuro llega hasta los hombros. El mar y la arena iluminados por la luz cálida del atardecer crean un ambiente veraniego y relajado.

Mi Ardiente Suegra

«La tentación no me quitó lo que tenía… me obligó a elegir quién quería ser.»

Capítulo VI

Mi Ardiente Suegra

Capítulo VI…

Volver a la rutina no había sido suficiente. Llevaba varios días intentándolo. Funcionar como siempre. Llegar a la oficina, sentarme, abrir el computador, revisar pendientes, avanzar. Pero no era limpio. Había algo que se quedaba. Algo que no terminaba de acomodarse.

Esa mañana estaba frente a la pantalla, revisando unos documentos técnicos. Tablas, cifras, proyecciones. Lo habitual.

O al menos… lo que debía ser habitual.

La pantalla del computador lleva veinte minutos con el mismo correo abierto. Sin leer. Sin responder. Solo ahí, como un testigo mudo de mi incapacidad para concentrarme.

Afuera, la oficina suena con la misma rutina de siempre: teclados, llamadas, la máquina de café escupiendo su néctar marrón. Pero yo estoy en otro lado. En esa mesa de madera. En esas plantas colgando del techo. En el sabor a limón y culpa.

Pasaron días. Cuatro. Quizá cinco. Los suficientes para que la normalidad quisiera imponerse, pero no los bastantes para que mi estómago dejara de apretarse cada vez que sonaba el teléfono.

Mis ojos recorrían las líneas, pero mi mente no sostenía el ritmo. Se iba. Volvía. Se volvía a ir.

Siempre al mismo punto.

El beso.

No había sido largo. Ni planeado. Ni siquiera… lógico. Pero había pasado. Y eso era suficiente.

Apoyé los codos sobre el escritorio. Junté las manos frente a la boca. Respiré lento.

¿Qué iba a pasar ahora?

La pregunta llevaba días repitiéndose. Sin respuesta. María no había dicho nada. Eso era evidente. Lisa seguía igual. Natural. Tranquila. Sin cambios en su comportamiento. Sin dudas. Sin preguntas. Rodrigo también.

Quizá prefirió tragarse la rabia, la vergüenza, la cachetada que aún me duele cuando cierro los ojos. O quizá está esperando el momento justo. El cuchillo bien afilado. La cena familiar donde todos estén reunidos y ella pueda soltar la bomba con un par de copas encima.

Miro el celular. No hay mensajes de Lisa fuera de lo habitual. “Llegó temprano”. “¿Qué quieres para comer?”. Nada sobre su mamá. Nada sobre un beso. Nada sobre un escándalo familiar que me deje en la calle con una maleta y la reputación hecha mierda.

Todo… seguía funcionando como si nada hubiera ocurrido.

Y eso, en lugar de tranquilizarme del todo…

me mantenía en una especie de espera incómoda.

Apoyo la cabeza en el respaldo de la silla.

Unos golpes en la puerta me despiertan.

—¿Nelson? —la voz de Laura, mi compañera de piso, se cuela por la puerta—. Venía entregarte estos papeles —los dejó encima de mi escritorio—. ¿Estás bien?

—Sí, sí. Concentrado.

Miente mejor.

Laura se encoge de hombros y se va. Me quedo solo otra vez con mis demonios, con mis preguntas, con ese nudo en el pecho que no se deshace.

¿Y si simplemente no había hablado todavía?

¿Y si estaba decidiendo cómo hacerlo?

¿O cuándo?

¿O a quién?

¿Por qué no me odia? Eso me desconcierta más. Porque si ella hubiera ido corriendo donde Lisa, ya lo sabría. Ya estaría durmiendo en el sofá de algún amigo, o preparando el divorcio, o llorando sobre una pizza fría mientras mi suegra disfruta del espectáculo.

Apreté los labios. La posibilidad estaba ahí. Latente. Silenciosa. Pero presente.

¿Se lo diría a Lisa?

¿A Rodrigo?

Negué levemente con la cabeza. No encajaba. No con lo que conocía de ella. María no rompía estructuras. No confrontaba. No destruía lo que había construido durante años. Eso lo tenía claro. Pero aun así… el riesgo existía. Y no dependía completamente de mí.

Pero no ha pasado nada.

El silencio de María es peor que un grito. Es como una puerta entreabierta. Una invitación a asomarme. A preguntarme qué está tramando, qué siente, qué piensa cuando se queda sola en su casa y recuerda que su yerno la besó en un bar de pueblo y ella, por un momento, le devolvió el beso.

Exhalé despacio. Me recosté en la silla. Miré al techo unos segundos. Otra pregunta apareció. Más incómoda.

¿Qué iba a pasar ahora… entre nosotros?

Porque eso tampoco era claro.

¿Todo iba a volver a lo de antes?

¿Miradas?

¿Silencios?

¿Nada más?

O…

¿ese beso había sido otra cosa?

Cerré los ojos un instante. Y entonces volvió. La sensación. No el acto. No la secuencia. La sensación. La cercanía. El contacto. Sus labios. Su boca. La forma en que había respondido.

Ella también correspondió.

Sus labios moviéndose contra los míos. Su mano en mi brazo. Ese segundo, ese único maldito segundo, donde el mundo pudo ser otra cosa. Donde María no era mi suegra, ni yo su yerno, ni existían Lisa, ni Roberto, ni las reglas ni las consecuencias.

No fue rechazo. No fue sorpresa pura. Hubo un segundo… en el que no se apartó. Ese segundo. Ese mínimo espacio… era suficiente para que mi cabeza lo repitiera. Una y otra vez.

Abrí los ojos. Miré la pantalla. Intenté volver. Pero no duró. Porque después del beso… vinieron las imágenes.

Cierro los ojos.

Y ahí está ella otra vez.

El bikini en la playa. El agua escurriendo por sus caderas. La forma en que se sacudió el cabello mojado y unas gotas llegaron hasta mí. Lisa estaba en la orilla, recogiendo conchas. Y yo no podía apartar la vista de las nalgas de su madre saliendo del mar como una maldita tentación de esas que mandan los demonios.

El bikini. La tela húmeda pegada a su cuerpo. La forma en que caminaba hacia la orilla. La piscina. El agua deslizándose por su piel. Su espalda. Sus caderas.

Y luego…

el baño.

Siempre el baño.

Las prendas. Las pantis en el baño.

El encaje rojo entre mis dedos.

El olor a hembra, a perfume, a algo que no debería oler.

La textura.

Mi verga dura mientras la restregaba contra mi cara, imaginándola puesta en ella, en ese culo que ahora veo cada fin de semana en las reuniones familiares.

La forma en que se ajustaban en mi cabeza a su cuerpo.

Tragué saliva.

Mi respiración había cambiado. Más lenta. Más pesada. Apreté el bolígrafo que tenía en la mano. Demasiado fuerte.

Siento el calor subir. El pantalón apretando. La sangre yendo donde no debe ir, especialmente ahora, especialmente aquí, en medio de la oficina, con Laura a unos metros y el jefe en su oficina con la puerta abierta.

Eso me hizo reaccionar.

Enderezo la postura. Abro los ojos de golpe. Respiro hondo. Apoyo las manos en el escritorio, los dedos presionando la madera como si pudiera aferrarme a algo sólido, a algo real, a algo que no sea esta calentura que me devora las entrañas.

Basta.

No puedo seguir así. Pensando en ella. En su boca. En sus nalgas. En el beso que me costará todo si algún día sale a la luz.

O si no sale.

Porque el silencio de María también es una pregunta abierta. Una que no sé si quiero responder.

Solté aire por la nariz. Bajé la mirada. Esto no ayudaba. No en ese momento. No ahí.

Enderecé la espalda. Volví a la pantalla. Obligándome a enfocar. Número por número. Línea por línea. Sin permitir que la mente se desviara.

Vuelvo al correo. Lo leo. Son cifras, plazos, entregas. Nada importante. Nada que me saque de este pozo donde me he metido solo, con las dos manos, empujando tierra hacia adentro.

Escribo una respuesta. La borro. Escribo otra. La envío sin releer.

Apago las notificaciones del celular. Enciendo la música en los audífonos. Algo fuerte, algo sin letra, algo que me golpee los tímpanos hasta que no pueda pensar.

Lo que tuviera que pasar… iba a pasar.

Eso era lo único claro. No podía anticiparlo todo. No podía controlar cada variable. Y seguir dándole vueltas… no cambiaba nada.

Ajusté un cálculo. Revisé una fórmula. Hice una anotación. Pequeños pasos. Concretos. Medibles. Ahí sí tenía control. Ahí sí podía avanzar.

El resto… quedaba en pausa.

Pero no desaparecía.

Solo… se quedaba al fondo.

Esperando.

El domingo llegó sin que lograra sentirme completamente preparado. Habían pasado varios días. Días en los que no volví a verla. No por falta de oportunidad. Sino por decisión. Excusas. Siempre había una. Trabajo. Cansancio. Cualquier cosa que evitara tener que enfrentar ese momento.

Pero esta vez no había margen.

El auto se movía al ritmo del asfalto, pero yo iba por dentro hecho una tormenta.

Lisa quería ir. Y no había una razón válida para negarme otra vez. Así que manejaba hacia la casa de sus padres con una tensión que no lograba disimular del todo.

Lisa hablaba. Comentaba cosas del embarazo. Ideas. Planes. Yo respondía lo necesario. Pero mi atención estaba en otra parte. En lo que iba a pasar cuando la viera. En cómo iba a reaccionar. En si ese beso… había cambiado algo. O si iba a fingir que no existió.

—¿Estás nervioso? —preguntó Lisa de repente.

—¿Por qué estaría nervioso?

—No sé. Te noto raro desde hace unos días.

—Trabajo. Mucha presión.

Sonrió. Me creyó. Y eso me hizo sentir peor.

Llegamos. La casa de María y Rodrigo. El mismo portón verde. Las mismas macetas. El mismo lugar donde había compartido cenas, navidades, cumpleaños. Ahora se me antojaba un campo minado.

El carro apenas se detuvo cuando la puerta se abrió.

Rodrigo.

—¡Hombre!

Salió con esa energía de siempre. Abrazó a Lisa. Luego a mí. Fuerte.

—¡Nelson! —me dio una palmada en el hombro—. ¿Cómo estás, hombre? Te habías perdido. ¿Por qué no has vuelto?

La pregunta me atravesó como un cuchillo.

—Trabajo —dije, con la voz más firme de lo que me sentía—. Mucho trabajo. No me daba tiempo.

—Bueno, pero ya estás aquí. Eso es lo importante.

La excusa salió automática. Rodrigo me miró con media sonrisa.

Nos hizo pasar.

Entramos a la sala. La sala olía a café recién hecho y a esas velas de vainilla que tanto le gustan a María. El televisor encendido en un canal de fútbol. Rodrigo me llevó hacia el sofá.

Todo se sentía igual. El mismo olor. Los mismos muebles. La misma distribución. Pero para mí… no era igual.

—¿Y mi mamá? —preguntó Lisa.

—En la cocina.

Lisa no esperó. Caminó directo hacia allá. La escuché saludarla desde el fondo. Su voz más alta. Más cercana.

Me quedé en la sala con Rodrigo, viendo el televisor, un partido.

—¿Cómo va todo? —preguntó él, acomodándose en el sillón.

—Bien, bien.

—El bebé viene fuerte, ¿no?

—Sí, el doctor dice que está sano.

—¿Todo bien en el trabajo? —preguntó.

—Sí.

—¿Mucho movimiento?

—Lo normal.

Charlamos de eso. De futbol. De su equipo, que estaba jugando mal, y de mi equipo, que también. Hablamos de tonterías mientras mis oídos se mantenían atentos a cualquier ruido que viniera de la cocina. Voces bajas. Risas. Nada que sonara a confesión, nada que sonara a escándalo.

Pero mi atención no estaba en la conversación. Estaba en el fondo de la casa. En la cocina. Esperando. Escuchando pasos. Voces. Hasta que finalmente…

Al rato aparecieron ellas.

Lisa entró primero, con su sonrisa de siempre. María venía detrás. Y ahí estuvo. El momento. Nuestros ojos se encontraron. Directo. Sin preparación. Sentí el impulso de apartar la mirada. Pero esta vez… no lo hice de inmediato. Un segundo. Dos. Ella sostuvo. Y luego… sonrió.

La vi. Por primera vez en días. Y mi cuerpo entero se tensó. Esperaba una cara de piedra. Un desplante. Un silencio cortante que lo dijera todo sin palabras.

Pero María me saludó con normalidad.

—Hola, Nelson —dijo, y sus labios siguieron dibujando una sonrisa.

Una sonrisa normal.  Como si nada. Como si absolutamente nada hubiera pasado. Como si el beso no hubiera existido. Como si la cachetada no hubiera sonado en ese bar. Como si yo fuera solo su yerno, el esposo de su hija, el padre de su futuro nieto.

—Hola, María —respondí, y mi voz salió más estable de lo que esperaba.

Su mirada se desvió rápido, apenas un segundo, y luego volvió a posarse en mí como si nada.

Se acercó. El saludo fue normal. Un beso en la mejilla. Sin pausa extra. Sin tensión evidente. Pero su cercanía… se sintió más consciente. Más medida. Se separó. Y todo continuó. Como si el sistema hubiera decidido ignorar el error.

Nos sentamos. La conversación se centró en Lisa. Charlamos. Del embarazo. En los cambios. En lo que venía. De los antojos de Lisa, de las noches sin dormir, de los nombres que estábamos considerando. María opinaba con la sabiduría de quien ya ha parido dos veces. Recomendaba tés, posiciones para dormir, ejercicios. Todo normal. Todo demasiado normal.

María hablaba con entusiasmo. Genuino.

—¿Ya tienen fecha para la próxima cita?

—La otra semana.

—Ahí seguro ya les dicen.

Lisa sonrió.

—Ojalá.

Rodrigo intervenía de vez en cuando. Comentarios simples. Prácticos. La escena era… familiar. Normal. Pero yo seguía atento. Observando. Buscando. Y no encontraba nada evidente. Ni distancia. Ni molestia. Ni reproche. Solo… control.

Después de un rato, la conversación cambió.

—Tengo varias cosas nuevas —dijo María, refiriéndose a su emprendimiento—. Ya tengo una pequeña “bodega” —dijo María, haciendo la seña con sus dedos, sonriendo, y en sus ojos se encendió esa chispa que le conocía—. En una de las habitaciones. He estado organizando todo.

—¿En serio? —Lisa se emocionó al instante—. ¡Mami, muéstrame!

—Están en el cuarto.

—Vamos.

Se levantaron. Lisa tomó a su madre del brazo.

—Quiero ver todo.

Se fueron. El sonido de sus pasos se perdió en el pasillo. Rodrigo siguió viendo el partido. Yo igual.

—Ese negocio le ha servido —comentó.

—Se nota.

—La mantiene ocupada.

Asentí. Pero mi mente ya estaba en otra parte. Continué viendo el futbol sin verlo, contando los segundos

Minutos después, la voz de Lisa llegó desde el fondo.

—¡Nelson, ven a ver!

Me levanté. Rodrigo ni se inmutó, hipnotizado por el partido. Caminé por el pasillo, el mismo. El baño quedó a la izquierda. No miré. Seguí. Llegué a la habitación.  La puerta estaba abierta. Entré.

El espacio había cambiado. Era un cuarto pequeño. Estantes llenos de adornos, velas, marcos, flores secas. Cajas. Materiales organizados. Decoraciones terminadas y otras a medio hacer. Todo ordenado con una precisión obsesiva

—Mira —dijo Lisa—. Todo esto lo hizo mamá.

Me acerqué. Observé. Etiquetas que había diseñado.

—Está bien.

María estaba de pie junto a una mesa.

—He ido probando cosas —explicó. Su tono era técnico. Más seguro que antes. Tomó una pieza—. Esto es nuevo.

Nos mostró detalles. Materiales. Procesos. María estaba en el centro, explicando algo sobre los materiales, mostrando las etiquetas que había diseñado, hablando de costos y márgenes. Lisa la escuchaba fascinada.

—Te está quedando muy bien.

—Ahí voy.

La conversación fluía. Más natural. Más ligera. Hasta que Lisa se detuvo.

—Voy al baño —se llevó una mano a la vejiga—. Últimamente me dan ganas a cada rato.

María sonrió.

—Es normal.

Lisa salió. Rápido. Sus pasos se alejaron. Dejándonos solos.

El silencio cayó como un ladrillo. Inevitable.

María siguió acomodando unas piezas. Sin mirarme directamente. Sus manos temblaban un poco. Lo vi. Yo también estaba temblando por dentro. Di un paso más cerca de la mesa.

—Está bien organizado… Está muy bonito todo esto —dije, para romper el hielo—. Te ha quedado bien organizado.

—Gracias —respondió ella, sin mirarme—. He intentado.

Su voz era tranquila. Pero su ritmo… no. Había una ligera tensión.

—¿Esto lo compraste o lo hiciste tú?

Señalé un material.

—Eso lo compro.

—¿Y dónde?

—Un proveedor.

Asentí.

—¿El mismo de la feria?

—Si —afirmó levemente—. Ese.

Se detuvo un segundo. Luego añadió:

—Se llama Carlos.

Tomé una pieza. La observé.

—¿Y qué tal?

—Bien.

Se cruzó de brazos.

—Sabe mucho.

Su mirada se movía. No se fijaba del todo.

—Me ha ayudado bastante.

—¿Está aquí?

—No.

—¿Dónde?

—En otra ciudad, donde él vive.

Levanté la vista.

—¿Lejos?

—Sí… unas cuatro horas, creo —hubo una pausa—. Me ha dicho que vaya.

—¿Y no has ido?

—No —negó—. Es complicado.

—¿Por?

—Tiempo… distancia.

Se encogió apenas de hombros.

—Además él solo puede los sábados en la tarde.

Asentí lentamente.

—Después de las dos.

—Ajá.

—Llegarías de noche.

—Sí… —una breve pausa—. Carlos me ha invitado a conocer su bodega —continuó, casi de casualidad, mientras alineaba unos frascos—. Tiene mucha variedad. Pero como te digo, es en otra ciudad. Queda más lejos que donde fue la feria.

—¿Y quieres ir?

—Quiero. Pero me da cosa. Son como cuatro o cinco horas de camino. Y Carlos solo tiene tiempo los sábados después de las dos de la tarde. Atiende su negocio por la mañana y los fines de semana trabaja con sus empleados. Llegaría muy noche. Muy tarde… Además, Rodrigo no quiere sacar el auto. Dice que se puede volver a averiar.

Silencio.

La miré.

Esta vez sin disimular del todo.

—Si quieres te llevo.

La frase salió directa. Sin rodeos.

María levantó la mirada. Me miró fijo. Por primera vez en toda la tarde, me sostuvo la mirada sin desviarla. Sorpresa. Real.

—No…

Negó de inmediato.

—Es muy lejos.

—No importa.

—Son muchas horas, Nelson.

—No hay problema.

La sostuve.

Sin presión evidente.

Pero firme.

—Nos devolvemos en la noche.

Ella dudó. Se notó. Su mirada bajó. Luego volvió.

—Es muy tarde… volveríamos de noche. Muy noche.

—Te llevo —repetí, y esta vez mi voz sonó firme—. No es problema.

Otra pausa. Más larga. Más cargada. Estaba pensando. Evaluando. No solo la logística. Algo más.

—No sé…

—Solo es ir y volver.

Su respiración cambió apenas. Casi imperceptible. Bajó la mirada. Se mordió el labio. Ese gesto. Ese maldito gesto que me desarmaba.

—Lo pensaré…

—No hay nada que pensar. Dime qué sábado y vamos. Podrías aprovechar.

Ella levantó los ojos otra vez. Me estudió. Como en el bar. Como antes del beso. Evaluando.

Silencio. Un segundo más. Dos.

Finalmente…

asintió.

Despacio.

—Está bien —la respuesta fue baja. Pero clara—. Gracias.

No sonrió de inmediato. Pero tampoco se cerró.

Los pasos de Lisa volvieron por el pasillo. La puerta seguía abierta. La conversación se cortó ahí. Pero lo importante… ya había quedado dicho.

El auto devoraba kilómetros bajo un sol de justicia. Las dos de la tarde pegando fuerte en el parabrisas, el aire acondicionado forcejeando contra el calor que se colaba por las rendijas.

El sábado comenzó incluso antes que el anterior. Esta vez no había espacio para improvisar. Cuatro o cinco horas de camino exigían salir temprano.

María iba a mi lado. Otra vez. Como en aquel viaje a San Jerónimo del Valle. Pero todo distinto. Sin la tensión del beso pendiendo sobre nosotros como una espada. O quizá con ella más enterrada, más callada, pero igual de filosa.

Pasé por María a la hora acordada. No hubo mucho preámbulo. Rodrigo no estaba. Lisa ya sabía. Todo estaba… coordinado. Subimos al carro. Y arrancamos.

Habíamos salido temprano. Las diez de la mañana. Lisa me despidió desde la cama, todavía en pijama, con esa barriguita de embarazada asomando bajo las sábanas. Se sentía cansada.

—Cuídense —dijo, bostezando—. Y no vuelvan muy tarde.

Eso fue hace horas.

Ahora el paisaje era otro. Más seco. Más plano. Cerros pelados a lo lejos y carteles que anunciaban pueblos con nombres que nunca había escuchado. Villa Soledad, nos quedaban cuarenta kilómetros. Después de Villa Soledad, otros ochenta hasta Puerto Los Ángeles. Y después, San Aurelio del Río. Ahí vivía Carlos. Ahí estaba la famosa bodega.

El inicio del trayecto fue más limpio que la vez anterior. No había el mismo nivel de incertidumbre inmediata. Pero sí… otra cosa. Una conciencia distinta. Más asentada. Más difícil de ignorar.

Llevábamos cerca de dos horas cuando el teléfono de María sonó. Una melodía suave, de esas que ella misma programa.

Lisa.

—Hola, hija —su tono cambió de inmediato. Más cálido. Más suelto—. Falta un poco. Como una hora más.

Activó el altavoz. Levantó el teléfono, y la voz de Lisa llenó el habitáculo como si estuviera sentada atrás.

—¿Cómo van?

—Bien, ya vamos a mitad de camino.

—¿Todo bien en la carretera?

—Sí —María me miró un segundo—. Nelson está manejando bien.

Lisa soltó una risa leve.

—Eso espero. Nelson, maneja con cuidado. No te duermas.

—Tranquila —respondí—. Voy bien.

—Y no se vayan a devolver muy tarde, ¿sí? Ya está oscureciendo más temprano.

—Sí, hija —terció María—. No te preocupes.

—Todo bajo control —dije, sin apartar la vista del frente.

—Tengan cuidado —añadió Lisa—. Y no se vayan a devolver tan tarde.

—Vamos a intentar no demorarnos —respondió María.

—Sí, por favor.

Hubo una pausa breve.

—Me avisan cuando lleguen. Cuídense. Los quiero.

—Claro. Nosotros también —dijo María.

La llamada terminó. El silencio volvió. Pero esta vez no fue incómodo. Solo… más consciente.

María bajó la mirada al celular. Abrió algo. Mensajes. Fotos. Información.

—Es grande —murmuró.

—¿La bodega?

—Sí.

Giró ligeramente la pantalla hacia mí.

Alcancé a distinguir imágenes de una bodega enorme, estantes altos, cajas apiladas, una nave industrial con buena luz. Estructuras amplias. Estantes llenos. Material organizado.

—Carlos me mandó estas fotos para que viera el espacio. Tiene de todo.

—Se ve.

—Eso me dijo.

Su voz tenía otro tono ahora. Interés real.

—Podría conseguir mejores materiales allá.

—Y más baratos.

—Sí.

Se quedó mirando la pantalla unos segundos más. Luego escribió algo. Volvió a revisar. Anotaciones. Direcciones.

El resto del trayecto avanzó sin sobresaltos. Kilómetros largos. Tramos rectos.

Habló de él con naturalidad. Del proveedor. Del hombre que le ofrecía la oportunidad de crecer. Y yo escuchaba, asentía, preguntaba lo justo para no parecer desinteresado ni demasiado metido.

El calor empezó a sentirse más fuerte conforme nos acercábamos. El paisaje cambió. Más seco. Más abierto. Menos ciudad.

Cuando finalmente entramos a la ciudad, eran poco después de las dos. El nombre estaba en un letrero desgastado: San Aurelio del Río.

No era grande. Pero sí más extendida de lo que esperaba.

—Llegamos —dije.

—Sí.

María revisó el celular.

—Nos queda cerca.

Llegamos un poco después de las dos. El sol nos achicharraba. Carlos había dicho que lo viéramos a las tres. Apretados, pero alcanzaba. Seguimos las indicaciones. Un par de giros. Calles más estrechas. Zonas industriales mezcladas con comercio.

—Tenemos tiempo —comenté.

—Sí… la cita es a las tres —miró alrededor—. Podríamos comer algo.

Asentí.

Vimos un puesto en la calle. Sencillo. Sombras improvisadas.

—Ahí está bien.

Aparqué.

El calor era inmediato al bajar. Seco. Pesado. Nos sentamos en una mesa pequeña. Pedimos dos limonada bien frías. El calor se combatía con hielo y paciencia. María tenía los ojos puestos en el celular. Revisaba mensajes. Revisaba el mapa. Revisaba la hora.

El líquido frío de la limonada ayudó un poco.

—Voy a llamarlo —dijo María.

Marcó. Puso el celular en la mesa y el altavoz otra vez. Del otro lado, una voz grave, amable, la de un hombre de negocios acostumbrado a tratar con clientes.

—María, ¿cómo estás?

—Bien, Carlos. Ya estamos en San Aurelio del Río. Tomando algo rápido en un puestito.

—Perfecto. Terminen tranquilos. Yo aún estoy con unos clientes. En media hora estoy libre.

—¿A las tres, entonces?

—Sí, sí. Les escribo cuando termine.

Colgaron. María suspiró, aliviada. Bebió el resto de su limonada de un solo trago.

—Ya está.

Asentí. Bebí otro sorbo. El tiempo pasó rápido. Demasiado rápido. El sol seguía pegando duro. Estábamos sentados a la sombra de un árbol. Yo miraba el reloj. María miraba el celular.

Hasta que el teléfono volvió a sonar. María respondió de inmediato.

—Sí —escuchó. Asintió varias veces—. Ya vamos —colgó—. Listo.

Se levantó con rapidez.

—Ya terminó.

Pagamos. Subimos al carro. La dirección estaba cerca. Un par de calles más. Y apareció.

La bodega. Era más grande de lo que se veía en fotos. Estructura amplia. Portón metálico. Movimiento adentro. Gente trabajando. Descargando. Organizando. Era una construcción enorme, de esas que antes fueron fábricas o depósitos, ahora reconvertidas en un espacio comercial gigante. Fachada de metal oxidado, un letrero, y una puerta corrediza levantada hasta arriba.

—Es enorme… —murmuró María.

Aparqué. Bajamos.

Carlos nos esperaba en la entrada. Una sonrisa amplia que se extendió cuando nos vio.

Se acercó.

—¡María! —dijo, y le dio la mano—. Me alegra mucho que hayan venido.

—Gracias por recibirnos —respondió ella, sonriendo.

El saludo fue cordial. Profesional.

—Mucho gusto —dijo, extendiéndome la mano.

—Nelson.

—Pasen, por favor.

Entramos.

El interior era aún más amplio. Estantes altos. Material organizado por secciones. Madera. Resinas. Textiles. Herramientas.

—Aquí manejo todo —explicó Carlos.

María giraba la cabeza constantemente. Observando. Absorbiendo. La bodega era un laberinto de pasillos. Estantes metálicos de tres metros de alto, llenos de productos: velas, moldes, cintas, flores artificiales, jarrones, marcos, luces led, todo ordenado por categorías y colores. María caminaba como niña en juguetería, tocando las muestras, preguntando precios, anotando en su celular.

—Este es el área de velas esenciales —explicaba Carlos, señalando una sección—. Las traigo. Calidad premium.

—¿Y en cuanto a costos de envío? —preguntó María.

—Depende del volumen. Para emprendedores como tú tengo tarifas especiales.

La conversación tomó ritmo rápido. Técnico. Específico. Materiales. Costos. Proveedores. María preguntaba. Mucho. Más segura que antes. Más directa.

—¿Y esto cuánto cuesta?

—¿Y la diferencia con este otro?

—¿Cuál dura más?

Carlos respondía con paciencia. Con detalle. Nos movíamos por la bodega. Sección por sección. El tiempo se diluyó. Explicaciones. Ejemplos. Muestras. Cálculos. María tomaba notas en el celular. Volvía a preguntar. Comparaba. Se notaba. Estaba completamente dentro. En su elemento. Pero esta vez… sin la duda que había visto en la feria.

Aquí se permitía más. Interrumpir. Insistir. Corregir.

Así pasó la tarde. Recorrimos cada rincón. Carlos hablaba, María preguntaba, yo seguía detrás como una sombra, viendo cómo ella se iluminaba con cada nuevo producto, cómo su entusiasmo la hacía olvidar que yo estaba ahí.

Y en eso era hermoso.

Cuando se olvidaba de mí, dejaba de estar nerviosa. Reía. Gesticulaba. Se pasaba la mano por el cabello mientras escuchaba a Carlos explicar los plazos de entrega. Y yo no podía dejar de mirarla.

En un momento, Carlos nos llevó a una zona más interna.

—Aquí trabajo lo más delicado.

María observó con atención.

—Esto me interesa.

—Te puedo conseguir material así.

—¿En qué cantidades?

—Depende.

Siguieron hablando. Yo observaba. Participaba cuando era necesario. Pero mi rol era otro. Acompañar. Sostener. Estar.

Después de un rato, Carlos propuso:

—¿Quieren comer algo? —miró la hora—. Podemos hablar con más calma.

Aceptamos.

Una mesa sencilla en una zona lateral. Comida rápida. Pero suficiente. Sandwich de jamón, queso, unas papas fritas, bebidas frías. Comimos mientras seguían hablando. De números. De estrategias. De cómo dar el salto de las redes sociales a una tienda física. María tomaba notas. Carlos le mostraba gráficas en su tablet.

La conversación no se detuvo. María seguía preguntando. Más suelta ahora. Más cómoda. Más… segura.

El tiempo avanzó sin que lo notáramos. Hasta que la luz cambió. Más tenue. Más baja. El sol empezó a ponerse. La luz que entraba por la ventana cambió de blanca a naranja, luego a rosa, luego a gris.

María fue la primera en darse cuenta. Miró hacia afuera. Su expresión cambió.

—Ya está oscureciendo.

Revisó el celular.

—Se nos hizo tarde —dijo, y en su voz asomó una preocupación genuina. Su tono cambió.

Volvió la conciencia del tiempo.

—Tenemos que volver.

Carlos asintió, también miró el reloj.

—Cierto. El tiempo vuela cuando se habla de negocios.

—Carlos, todo esto es increíble —dijo María, cerrando su libreta—. De verdad. Me llevo muchísima información. De verdad, muchas gracias.

María se levantó.

—Me sirvió muchísimo.

—Cuando quieras volver, aquí estoy.

—Seguimos en contacto.

—Por supuesto.

El cierre fue rápido. Pero cordial. Nos despedimos. Un apretón de manos. Una sonrisa amplia. Un gracias sincero por parte de ella.

—Cuídense en el camino —dijo Carlos, acompañándonos hasta la entrada—. Ya está oscuro.

Salimos. El aire ya no era tan pesado. Pero sí más oscuro. Caminamos hacia el carro. En silencio. María caminaba rápido, con los brazos cruzados, el bolso apretado contra el pecho.

Sacó su celular y le marcó a Rodrigo para avisarle que ya íbamos para allá. Lo mismo hizo con Lisa.

San Aurelio del Río quedó atrás hace media hora. Las luces de la pequeña ciudad se perdieron por el espejo retrovisor, y otra vez solo carretera, oscuridad, el ruido de las llantas contra el asfalto. María iba en silencio, mirando por la ventana, el reflejo de su cara en el vidrio. No habíamos hablado de nada importante desde que salimos de la bodega. Solo del viaje. De la hora. De si alcanzaríamos a llegar antes de la medianoche.

Yo calculaba que sí. Cuatro horas de regreso. A esta hora de la noche, en la que no hay casi tráfico. Llegaríamos cerca de la media noche. Tarde, sí. Pero llegaríamos.

Salimos con la noche ya instalada. Las luces de la ciudad quedaron atrás rápido. El camino volvió a abrirse. Oscuro. Largo. Silencioso.

María iba mirando por la ventana. Más callada que antes. El cansancio empezaba a notarse en su postura. Yo manejaba con atención, manteniendo un ritmo constante. La idea era simple. Avanzar lo máximo posible. Llegar. Cerrar el día. Nada más.

Pasamos por Puerto de los Ángeles sin problema. Una de las pequeñas ciudades intermedias. Y después seguía Villa Soledad, otra pequeña ciudad. Las mismas por las que habíamos cruzado de ida.

Pero unos kilómetros después…

todo se detuvo.

Frené.

Una fila interminable de luces rojas se extendía hacia adelante.

—¿Qué pasó? —murmuró María, enderezándose en el asiento.

—No sé.

Entonces el tráfico frenó. Avanzamos unos metros. Nada más. El tráfico volvió a detenerse. Al principio fue un aviso. Las luces de freno del camión de adelante encendiéndose en rojo. Después una desaceleración larga, molesta. Hasta que nos detuvimos por completo.

El motor en ralentí. El aire acondicionado zumbando suave. El tiempo… detenido.

Pasaron varios minutos.

Sin movimiento.

—Esto no estaba antes —dijo ella, su tono ya no era neutro.

—No.

Esperamos. Un minuto. Cinco. Diez. El motor seguía en ralentí, el aire acondicionado echando todo lo que podía, pero el calor de la noche empezaba a colarse. El tráfico no se movía. Ni un centímetro. Al frente, una hilera interminable de luces rojas. Atrás, lo mismo. Estábamos atrapados.

María soltó un suspiro largo. Fuerte. De esos que anteceden a un mal humor.

—No puede ser —murmuró.

Apoyó la cabeza contra el asiento. Miró hacia adelante.

—¿Qué hacemos?

—Esperar.

No le gustó la respuesta. Se notó.

Esperamos otro rato. El tráfico avanzó unos metros. Luego se detuvo otra vez. Avanzó. Se detuvo. Intermitente. Irregular. María comenzó a moverse más en el asiento, inquieta, pasándose la mano por el cuello, mordiéndose el labio.

—Esto va a ser eterno. ¿Qué está pasando? —dijo, y ya no era una pregunta. Era un reclamo.

No respondí.

Un motociclista con chaleco reflectivo de tránsito pasó entre los carros, zigzagueando. Bajé el vidrio, le hice una seña. Se detuvo.

—¿Qué pasó, oficial?

—Accidente.

—¿Grave?

—Una tracto-mula se volcó más adelante. Están tratando de despejar, pero va para largo —señaló hacia adelante—. Puede que cierren el paso.

—¿Cerrar el paso? —María se inclinó hacia mi ventana, la voz alterada—. ¿Y cuánto tiempo?

El hombre se encogió de hombros.

—Señora, no sabría decirle. Horas. Tal vez toda la noche.

Arrancó y siguió su camino. Cerré el vidrio. El silencio que dejó fue más pesado.

—No… —murmuró María.

Se llevó una mano a la frente.

—No puede ser.

Golpeó suavemente el tablero.

—Esto no puede estar pasando.

—Calma —dije.

—¿Calma?

Giró hacia mí.

—¿Cómo quieres que tenga calma? —su tono subió—. Tenemos que llegar.

—No depende de nosotros.

—Siempre hay algo. No puede ser —dijo María, pero esta vez su voz temblaba—. No puede ser que hayamos llegado hasta aquí para quedarnos varados.

—María…

—No, Nelson —me interrumpió—. Esto es ridículo.

Respiró más rápido. Miró hacia adelante otra vez. El tráfico no avanzaba. Los minutos se acumulaban.

Encendí el celular. Busqué rutas alternativas. Mapas. Nada. No había. Solo esa carretera. La misma que nos llevó hasta San Aurelio del Río era la única que nos devolvía a casa. Bloqueada. Cerré la aplicación.

La carretera era doble vía, en ambos sentidos, y miraba que algunos autos se devolvían. Debía estar bloqueada en ambas vías.

Exhalé.

—No hay otra vía.

—Tiene que haber.

—No la hay.

Silencio. Pesado. Denso.

—Entonces… ¿qué?

Miré hacia adelante. Luego a ella.

—Vamos a tener que esperar.

—¿Cuánto?

—No sé.

Otro silencio. Más corto. Pero más tenso.

Tomé aire.

—O… quedarnos.

Giró de inmediato.

—¿Cómo así?

—Buscar un hotel.

Me fulminó con la mirada.

—No —la respuesta fue instantánea—. No.

Negó con la cabeza.

—Eso no.

—María…

—No me voy a quedar aquí.

—No es aquí.

—Es lo mismo —su tono era firme—. No.

—Escucha—

—¡No! —volvió a interrumpir—. No voy a quedarme —su voz se quebró—. No pienso quedarme en un hotel contigo. No pienso—

Se detuvo. Se mordió la lengua. Pero el daño ya estaba hecho. Supe lo que iba a decir. ‘No pienso quedarme en un hotel contigo después de lo que pasó’. Lo pensó. Lo sintió. Y por poco lo suelta.

Respiró hondo. Intentando controlarse. Pero no lo lograba del todo.

—Esto se va a mover.

—Puede que no.

—¡Tiene que!

Su celular sonó.

Lisa.

María lo miró. Dudó.

—Contesta —dije.

Atendió.

—Hola.

La voz de María sonaba atenta.

—Bien… —respondió María—. Bueno… no tanto.

María dudó. Me miró. Buscó las palabras.

—Hay un accidente… estamos en tráfico.

Escuchaba atentamente.

—Sí.

Silencio breve.

—No sabemos.

La incomodidad se hizo evidente.

—Dame el teléfono —dije.

Dudó un momento. Activó el altavoz y me lo pasó.

—Lisa.

—¿Qué pasó, Nelson?

—Un oficial de tránsito nos dijo que una tracto-mula se había volcado. Y que posiblemente cierren el paso.

—¿En serio?

—Sí.

—Ay no, ¿Y qué van a hacer?

—Esperar… o buscar dónde quedarnos.

Silencio. Se notó el cambio en su respiración.

—Eso puede durar toda la noche.

—Lo sé.

Otro silencio. Largo. Del otro lado, Lisa procesando. María me miraba fijo, con el ceño fruncido, las manos retorciéndose sobre su bolso.

—Entonces quédense.

María reaccionó de inmediato.

—No.

Lisa no la ignoró.

—Mamá, escúchame—

—No.

—No tiene sentido quedarse ahí.

—Vamos a esperar.

—¿A qué?

—A que se mueva.

—¿Y si no?

Silencio.

María apretó los labios.

—No quiero quedarme.

Su voz bajó. Más tensa.

—No es lo que quieres —respondió Lisa—. Es lo que toca.

El argumento quedó en el aire.

—Mamá…

Más suave ahora.

—Es lo mejor.

María no respondía.

—Mami —la voz de Lisa se suavizó—, no te estreses. Mañana resuelven. No es el fin del mundo.

María cerró los ojos un segundo. Respiró. Lento. Forzado.

—Está bien…

La respuesta salió casi en un susurro.

—Busquen algo cercano —añadió Lisa.

—Sí.

—Los quiero. Avisen cuando estén en el hotel. Cuídense.

—Listo —respondí—. Tú también.

—Nelson.

—Sí.

—Maneja esto bien.

—Lo haré.

La llamada terminó. El silencio volvió. Pero ahora… distinto. Más resignado. Como si las palabras de Lisa hubieran sido un permiso tácito para algo que ninguno de los dos quería nombrar.

Encendí el celular otra vez. Busqué hoteles. Había uno cerca. Un par de kilómetros carretera atrás, en un desvío que no habíamos notado de ida.

—Encontré uno —dije—. Queda cerca.

No respondió. No me miró. Solo se recostó en el asiento, con la cara vuelta hacia la ventana, los brazos cruzados, el ceño todavía fruncido.

—A diez minutos.

Nada.

—¿Vamos?

Silencio. Mirada al frente. Rostro tenso.

Lo tomé como un sí.

Encendí las luces. Busqué salida. Después de maniobrar entre filas, logramos girar. Nos alejamos del embotellamiento.

Y emprendimos el camino hacia el hotel.

Este libro, ‘Mi Ardiente Suegra’, es de mi autoría, Annie Zarel.

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