La Confesión de mi Madrastra | Capítulo 12

Portada de La Confesión de mi Madrastra | Capítulo 12: mujer adulta elegante y sensual, de vestido corto y escote profundo, en el interior de una casa lujosa al atardecer.

La Confesión de mi Madrastra

«Nunca quise desearla. Nunca pude dejar de hacerlo.»

Capítulo XII

La Confesión de mi Madrastra

Capítulo XII…

El día estaba con una claridad que parecía burlarse de mí. El sol entraba por las ventanas con una generosidad insultante, y el canto de los pájaros, ese coro de criaturas que no sabían nada de culpa ni de secretos, llenaba el aire con una alegría que yo no compartía. La brisa, cálida y suave, se colaba por las rendijas como una caricia, y el jardín, visto desde la ventana de mi habitación, parecía un cuadro pintado por alguien que jamás había conocido la vergüenza.

Me lavé la cara con agua fría, como si el frío pudiera lavar algo más que el sudor de la noche. Las marcas de Isabella seguían en mis hombros, esas medias lunas rojizas que aún ardían cuando el agua las tocó esta mañana. Había acabado de terminar el primer bloque de las clases virtuales, en una hora continuaba el segundo. Me cambié con ropa limpia, una camisa de botones y unos pantalones oscuros, y me miré al espejo antes de bajar. Tenía el pelo revuelto, y una expresión que no supe interpretar. Parecía cansado. Parecía culpable.

Parecía un hombre que se acostaba con la esposa de su padre.

Bajé las escaleras con el estómago cerrado, no de hambre, sino de esa opresión que se instala en el pecho cuando sabes que estás a punto de enfrentarte a algo que no quieres enfrentar. La casa olía a café y a tostadas, y desde el comedor llegaban voces: la de mi padre, grave y pausada; la de Martha, cálida y práctica; y la de Isabella, que no distinguí bien, pero cuya sola presencia ya me hacía temblar por dentro.

Entré en el comedor y los vi.

Roberto estaba en la cabecera de la mesa, con su traje impecable y el periódico doblado junto al plato. Al verme, su rostro se iluminó con una sonrisa amplia, genuina, de esas que solo él sabía dar.

—¡Buenos días, campeón! —dijo, su voz resonó en la habitación como un trueno amable—. Siéntate, que Martha ha preparado un desayuno de campeones.

—Buenos días, papá —respondí, y me acerqué a la mesa.

Martha, que estaba sirviendo café, me sonrió con ese cariño suyo que siempre me hacía sentir un poco menos solo.

—Buenos días, Damián —dijo—. ¿Dormiste bien?

—Más o menos —admití, y me senté en mi sitio habitual.

Isabella estaba al otro lado de la mesa, frente a mí. Llevaba un vestido de lino color crema, sencillo pero elegante, y su cabello, suelto, caía sobre sus hombros en ondas suaves. Estaba comiendo, o al menos fingía comer, porque su plato apenas había sido tocado. Cuando entré, levantó la vista un segundo, solo un segundo, y luego volvió a concentrarse en su comida como si yo no existiera.

No me saludó. No me miró. No hizo nada.

…

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Este libro, ‘La Confesión de mi Madrastra‘, es de mi autoría, Annie Zarel.

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