Mi Ardiente Suegra | Capítulo 10

Portada de la historia Mi Ardiente Suegra | Capítulo 10: María, mujer madura caminando por la orilla de la playa en un día soleado al atardecer. Lleva un bikini floreado de dos piezas con pareo ligero, sandalias de playa, sombrero de ala ancha y gafas de sol. Su figura es curvilínea, con caderas amplias, y su cabello rubio oscuro llega hasta los hombros. El mar y la arena iluminados por la luz cálida del atardecer crean un ambiente veraniego y relajado.

Mi Ardiente Suegra

«La tentación no me quitó lo que tenía… me obligó a elegir quién quería ser.»

Capítulo X

Mi Ardiente Suegra

Capítulo X…

El apartamento estaba frío. O quizás era yo el que tenía la piel erizada, pero no por el frío precisamente. Había algo en el aire, una densidad que no tenía nada que ver con la temperatura. La luz del mediodía entraba por la ventana del balcón, esa ventana que Lisa siempre insistía en mantener abierta porque decía que el sol ayudaba a secar la ropa más rápido. Ahora esa misma luz caía sobre la espalda de María, sobre su vestido de flores naranjas, sobre ese trasero que tenía alzado hacia mí como una ofrenda.

Y yo sentía calor.

Un calor que subía desde los pies, que me apretaba el pecho, que me hacía temblar las manos. Me fui acercando a ella paso a paso, sin prisa, porque quería saborear cada centímetro de ese momento. La luz del día no perdonaba nada. En el hotel, todo había sido a oscuras, a tientas, con la urgencia de dos cuerpos que se encontraban en la clandestinidad de la noche. Pero ahora era distinto. Ahora podía verlo todo.

Y lo que veía me dejaba sin aliento.

Ese culo. Ese culazo que llevaba semanas imaginando, que había estado mirando de reojo en cada visita, que me había hecho caer una y otra vez en la trampa de su baño. Ahí estaba, en cuatro patas sobre mi sofá, con el vestido subido hasta la parte superior de sus nalgas, y la tira blanca de un tanga diminuto perdiéndose entre el valle de carne redonda y firme. Sus nalgas eran grandes, anchas, perfectamente redondeadas, con esa piel suave que contrastaba con la blancura de la prenda. Los muslos, gruesos y fuertes, se abrían ligeramente para mantener el equilibrio, y en la parte interna, donde la luz no llegaba del todo, se adivinaba la sombra de su sexo.

Mis ojos la recorrieron de arriba abajo. Desde la curva de su espalda, aún cubierta por la tela del vestido, hasta la parte posterior de sus rodillas. Cada detalle estaba grabado en mi memoria, pero verlo así, a plena luz del día, era otra cosa. Era como si la noche del hotel hubiera sido un sueño borroso y esto, esto fuera la realidad.

María no se movía. Estaba allí, en cuatro patas, esperándome. Su respiración era audible, un poco agitada, y de vez en cuando dejaba escapar un suspiro que no sabía si era de nervios o de anticipación.

…

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Este libro, ‘Mi Ardiente Suegra‘, es de mi autoría, Annie Zarel.

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