Yo te Quiero | Capítulo 14

Portada - Yo te Miro

Yo te Quiero

Trilogía de los Sentidos III

«El amor solo existe cuando te atreves a sentirlo todo.»

Capítulo XIV

Yo te Quiero

Trilogía de los Sentidos III

Capítulo XIV…

Es el primer día de verano y el cielo de Roma, visto desde la terraza de nuestra casa, parece una cúpula azul infinita.

Antes de volver de Messina Leonardo me pidió que me mudara a su casa, a su ático en el Trastévere. Es el primer piso que compartimos y aún no acabo de creérmelo; ahora somos oficialmente una pareja. Casi me da miedo pronunciar esa palabra. No hemos dejado de ser unos amantes que desafían las reglas, con Leonardo ni siquiera es una opción, pero lo que resulta magnífico es que ya no debemos escondernos, ni siquiera de nosotros mismos. Podemos decirnos «te quiero» delante de todos, por fin, y eso es precisamente lo que estamos haciendo estos días, en una suerte de ritual liberador.

Esta noche damos una fiesta para nuestros amigos más queridos. Me he pasado toda la tarde cocinando con él y preparando la terraza como si se tratase de un gran evento: por todas partes hay festones de flores y tul, guirnaldas de hierbas aromáticas, farolillos que encenderemos cuando oscurezca y el cielo esté tachonado de estrellas.

Mientras compruebo que todo está en su sitio, oigo el zumbido inconfundible de la Ducati. Dejo en el suelo la maceta que estaba moviendo y me asomo por la barandilla para saludar con la mano a mi Leo. Él aparca en la explanada que hay delante del edificio, se quita el casco y me mira regalándome una de sus sonrisas de vértigo. Parece increíble, pero cuanto más tiempo pasa más me gusta ese hombre. Y más lo deseo.

—¿Me abres la puerta? —grita bajando de la moto y descargando unas bolsas de
papel.

—¿Has comprado el vino? —le respondo yo.

—Por supuesto… —Si bien no puedo verlo bien desde aquí, intuyo una sonrisita misteriosa en sus labios. ¿Qué me estará escondiendo? Entro corriendo para abrirle.

Leonardo entra, deja la carga alcohólica en el suelo y, rodeándome la cintura con un brazo, me da un sabroso beso en los labios.

—Tengo una sorpresa para ti.

¡Así que no me equivocaba! Me suelta y saca algo del bolsillo de su cazadora de motorista. Es un libro.

—¡Dios mío! —exclamo—. ¡Tu libro de recetas!

—Nuestro libro —me corrige él—. Es solo un adelanto, un ejemplar en pruebas, como me han dicho en la editorial; dentro de un mes estaremos en las librerías, amor mío.

—Es precioso. —Lo cojo como si fuese un valioso manuscrito medieval, incrédula, observándolo por todas partes, hasta el menor detalle.

La cubierta es sencilla, pero produce su efecto: en un fondo claro aparece la imagen de una granada con un corte rojo vivo del que caen unos cuantos granos. El símbolo de nuestra historia, el fruto con el que comenzó todo, ese día hace un año y medio que ahora me parece sumamente remoto.

Lo abro y veo que en la portada aparece mi nombre bajo el de Leonardo, el autor. «Con ilustraciones de Elena Volpe», leo en voz alta, boquiabierta.

Él me abraza por detrás y apoya la barbilla en mi hombro.

—Tus ilustraciones son preciosas —me dice invitándome a mirarlas.

Hojeo las páginas y examino mis dibujos uno a uno; gracias a la impresión, que es magnífica, los colores han ganado en viveza. Al lado de cada uno de ellos figura la descripción del plato que representan.

—Caramba…, qué bien lo hemos hecho —digo risueña.

—Más que un libro de recetas parece un catálogo de arte —comenta él.

Me vuelve a besar empujándome contra la mesa de la cocina, donde, hasta hace poco, estaba preparando un tiramisú de coco. Me he convertido en una cocinera autónoma. Leonardo se separa de mí y mira el caos de sartenes y utensilios que yacen en la encimera.

—Has sido muy mala, Elena —me susurra al oído—. No hay manera de meterte en la cabeza la regla del orden en la cocina… Me veo obligado a castigarte por eso — me reprocha.

Me encojo de hombros esbozando una sonrisita de culpabilidad. Leonardo hunde dos dedos en el cuenco de crema que ha sobrado y se los mete en la boca para probarla.

—Veamos cómo va el resto —dice arqueando una ceja.

—No te soporto cuando te haces el sabihondo —replico apoyando los puños en las caderas.

—Nada mal —sentencia después de haberse lamido los labios. ¿Cómo puedo enfadarme con un juez tan sexy?

—¿La has metido en la nevera?

—Claro que sí.

—Muy bien. —Me da una ligera palmada en el trasero—. ¿Y cómo vas con el resto? —pregunta mirando alrededor. La cocina está patas arriba.

—Vamos muy retrasados —confieso—. Los entrantes y el segundo están casi listos, pero aún queda por preparar la pasta. —Alzo los ojos al cielo mostrando una sonrisa socarrona—. Esperaba la llegada del chef para eso.

—Ya sabes que el chef se limita a dar el toque final —me provoca pellizcándome en un costado.

—Me temo que esta vez tendrá que encargarse también de los preliminares —replico pinchándome el costado con el índice.

En ese momento la radio emite las notas de un tango desgarrador de los Gotan Project. Leonardo ladea la cabeza, me sonríe diabólicamente y me tiende una mano. Lo secundo apoyándome en sus hombros musculosos, envueltos en la camiseta blanca, y me dejo transportar por su cuerpo sinuoso. No sé dónde ha aprendido a bailar, pero el caso es que lo hace muy bien, al punto que, guiada por él, tengo la impresión de ser menos desastrosa. Me obliga a hacer un ocho, después me acompaña en un casqué y me besa mientras me levanta. Nuestras lenguas se entrelazan a la vez que nuestras manos se estrechan con fuerza. Nos sonreímos, después nuestras bocas se separan y él me obliga a ejecutar un nuevo giro susurrándome al oído la letra de la canción. Su acento español es perfecto e irresistible.

Cuando la canción termina estamos sin aliento. Un silencio cargado de tensión erótica se instala entre nosotros. Leonardo me empuja contra la isla de mármol que hay en el centro de la cocina. Me mira a los ojos y no necesito que hable para comprender lo que debe decirme: me desea tanto como yo lo deseo a él.

—¿Ahora? —le pregunto aferrándome a su cuello—. Nuestros amigos están a punto de llegar. Y yo aún debo cambiarme, porque de esta guisa —tengo el vestido manchado de chocolate y el pelo lleno de harina— estoy impresentable.

—Eso significa que tendrán que esperar un poco —murmura.

Acto seguido hunde de nuevo el dedo en la crema del tiramisú y me la extiende por la boca trazando una línea horizontal que se apresura a borrar pasando la lengua por encima.

Mis labios, impacientes, se abren para acoger los suyos. Siento en el paladar el sabor de la crema mezclado con el de él, salvaje. Leonardo me levanta agarrándome los muslos y me sienta en la encimera. Me levanta el vestido dejando a la vista las bragas. Después, apretándome la espalda con una mano, me atrae hacia él. Rodeo su cintura con mis piernas y siento su erección cerca de mi sexo, mojado ya por el deseo que provoca en mí.

Nos volvemos a besar, esta vez con más ímpetu, como dos amantes que se conocen desde hace mucho tiempo pero que todavía tienen una infinidad de cosas que contarse con sus cuerpos. Un tirante del vestido resbala y Leonardo me aferra un pecho y lo chupa torturándome dulcemente el pezón con unos movimientos ligeros de la lengua y los dientes. Le desabrocho el cinturón y la bragueta liberando su apremiante deseo. Echo la cabeza hacia detrás, extasiada por esta agonía, y dejo caer la espalda en la isla de mármol. Aparto con una mano la cestita de naranjas rojas, que ruedan por el suelo, semejantes a unas bolas de fuego. Leonardo está encima de mí, sus ojos negros y ardientes se clavan en los míos. Su mano se insinúa bajo las bragas y se hunde sin vacilar en mi sexo a la vez que me sigue lamiendo el pezón con la lengua. El deseo me invade sin que pueda controlarlo. Le cojo la cabeza y la aprieto contra mi cuerpo.

Él me lanza su respiración excitada y me tortura sin cesar el encaje de las bragas, tirando y frotando mi sexo con él.

Suelto un pequeño grito.

—¡Arráncalas! —le ordeno mordiéndome el labio.

—¿Qué? —Leonardo tira del encaje con más fuerza, fingiendo que no me ha entendido.

—Arráncalas, te lo ruego —repito gimiendo.

Una sonrisita endemoniada se dibuja en sus labios a la vez que el tejido se desgarra en sus manos y las bragas caen al suelo.

Leonardo se quita los calzoncillos y los vaqueros a la vez y, tirando de mis rodillas, me penetra lentamente. Estoy húmeda y caliente, como él me desea y como estoy, de forma inevitable, cada vez que se acerca a mí.

Nos besamos de nuevo. Pone una mano bajo mis nalgas y, con un impulso, me levanta de la encimera. Lo tengo dentro de mí y, agarrándome a su cuello, dejo que me coja en brazos. Me mantiene así unos minutos, con su mirada en la mía, su sexo en el mío. Sus besos son ahora más dulces, delicados, de una ternura atormentadora.

—Eres guapísima, Elena.

De repente, me empuja contra la pila. Mi culo resbala por el acero frío, pero no me importa, porque mi carne solo siente el calor que emana de él.

Se separa de mí de golpe.

—Lámeme, siente tu sabor —me suplica.

Y yo no puedo por menos que arrodillarme y acogerlo en mi boca; lo chupo, a él y al deseo que me suscita este hombre al que adoro por encima de todo.

Lo lamo con ardor hasta que sale de mis labios para regresar a mi interior. Me rodea la cintura por detrás con una mano y apoya la otra en la encimera como si pretendiese conferir un poco de estabilidad a nuestro equilibrio precario. Los impulsos aumentan, seguros y potentes. Intento aferrarme a la pila, pero, de improviso, mi mano tropieza con el grifo. El chorro de agua fría me azota la espalda. Soy estremecimientos y pasión.

—¡Ay! —gimo con fuerza debido a la sensación inesperada que recorre mi cuerpo. Frío y calor, agua en la piel, fuego ardiendo en mi interior.

Leonardo coge un poco de agua con una mano y me la pasa por la cara y los senos regalándome una emoción celestial. No voy a poder resistir mucho más. Lo aparto por un instante y resbalo al suelo.

—Ahora por detrás —digo resuelta; me giro y apoyo las manos en la pila arqueándome como una gata.

—Oh, sí, Elena, así me gustas —gruñe atrayéndome hacia él. Su voz me atraviesa los oídos y me llega directa al corazón.

Me levanta rápidamente el vestido mojado y entrelaza su mano con la mía apretándola contra el mármol. Luego me lame la espalda, arañándome la piel con el pendiente, y mete su sexo duro en el mío, líquido y abierto.

—Muérdeme —le imploro conteniendo un gemido. Quiero sentir su deseo en mi piel.

Hunde los dientes en mi cuello, a continuación en el hombro y aumenta la velocidad de su empuje.

Grito sin poderme dominar.

—Me voy a correr —le digo susurrando.

—Aún no —dice él saliendo de repente de mí y dejándome aturdida e insatisfecha.

Me acaricia de nuevo las nalgas, después me arranca el vestido, me coge en brazos y me lleva a nuestra habitación. Me echa sobre las sábanas de seda. Es nuestra primera cama y a mis ojos sigue envuelta en esa especie de sacralidad que reviste todas las cosas importantes.

Leonardo se tumba sobre mí, guiñando los ojos y con un deseo irrefrenable que liberar. Me penetra con un impulso rudo y perfecto.

Lo miro, miro su cara, tan agraciada, miro la Anunciación que cuelga de la pared, el cuadro que nos trajimos de Messina. Después cierro los ojos y dejo que nuestros sexos combatan una lucha que es puro amor. Nos besamos con intensidad. Leonardo empuja, resbala dentro y fuera, arriba y abajo, luego en profundidad, cada vez más fuerte. Gime. Siento que su sexo golpea mi piel y que naufraga en mi interior. No lo resisto más. Un orgasmo llega como una ola misteriosa que, partiendo de lejos, sube hasta alcanzar mi cabeza y hace temblar todo mi cuerpo. Su semen se difunde caliente por mi carne húmeda y yo estallo, me despedazo bajo sus brazos en unas invisibles esquirlas de éxtasis.

Leonardo se derrumba sobre mí adhiriendo su cuerpo sudado al mío.

—Te quiero, Elena —susurra en mi oído.

Respiro.

—Te quiero, Leo. —Pese a que no me asusta decirlo, no deja de ser algo inmenso, algo que en cada ocasión me hace sentirme pequeña y me quita el aliento.

Permanecemos un rato en la cama, envueltos en la frescura y el aroma de las sábanas, disfrutando del ruido que nos llega de la calle y de la música de nuestras respiraciones. Después volvemos a buscarnos con las manos, con la boca, incluso con el sexo; la pasión que fluye entre nosotros es un fuego vivo que nunca se apaga. Cuando nos disponemos a hacerlo de nuevo, el timbre de un SMS nos detiene. Cojo mi iPhone de la mesilla y leo en voz alta:

¡Estamos en el taxi! Llegamos dentro de un cuarto de hora. Besos

—Son Gaia y Samuel —comunico a Leonardo. Acto seguido miro la hora en el teléfono y veo que son casi las ocho. Tengo que arreglarme —¡aún no he elegido qué vestido ponerme!— y además hay que cocinar la pasta. ¿Por qué perdemos siempre la noción del tiempo cuando hacemos el amor?—. ¡Es tardísimo, Leo! —digo con una expresión desesperada poniéndole el iPhone bajo los ojos.

Él parece divertido.

—Relájate, Elena… ¡Nada de angustias! Pareces Ugo, mi ayudante, que vive en un estado de pánico perenne —comenta riéndose—. Vamos, ve a arreglarte —dice en el tono más tranquilizador del mundo—. Yo pensaré en lo demás. —Me guiña un ojo como si quisiera decir: «Eres un desastre, pero también te quiero por eso».

Corro al cuarto de baño, me doy una ducha veloz y trato de secarme lo mejor que puedo el pelo, que, claro está, no se deja peinar. Así pues, no me queda más remedio que decantarme por un look mojado, entre otras cosas para ahorrar tiempo. Mientras Leonardo sale del otro cuarto de baño, ya vestido, afeitado y perfumado —¿por qué los hombres tardan siempre tan poco?—, me sumerjo en el guardarropa a la caza de un vestido adecuado y, al final, elijo un Lacoste a rayitas blancas y azules. Será una velada informal, la única que aparece siempre arreglada a más no poder es Gaia. Pero la reina de las tendencias ha sido advertida:

—¡No te presentes con los zancos o no te dejaré entrar! —la amenacé el otro día por teléfono.

—¡Iré con quince centímetros de tacón, Ele! —contestó ella antes de que nos echásemos a reír como locas. No veo la hora de volver a verla.

Mientras me pongo el rímel oigo sonar el telefonillo. ¡¿Ya?! Los recién casados se han dado prisa.

—¿Vas tú, Leo? Te lo ruego —le grito desde el baño.

—De acuerdo —dice mientras oigo un ruido de platos y sartenes de fondo. A saber lo que estará haciendo…

Cuando abre la puerta reconozco una voz femenina que no es la de Gaia; me asomo y veo a Paola con Monique, su novia. Pues bien, sí, ¡ya es oficial! Las acompaña una chica más joven. A juzgar por el parecido, podría ser la hermana de Monique.

—Llegamos con un poco de adelanto —se disculpa Paola—. ¿Hemos interrumpido algo? —me pregunta observándome con una mirada maliciosa.

¿Se me nota tanto en la cara que acabo de hacer el amor?

—De eso nada, estábamos cocinando. —Simulo el apuro esbozando una sonrisa.

—Te presento a Valérie —me dice ella señalándome a la recién llegada.

—Es mi hermana —explica Monique.

Valerie da un paso hacia delante y me estrecha la mano.

Bonsoir —dice a modo de saludo. Debe de tener unos veinte años, poco más. Es una morenita muy mona con la tez clara y las facciones finas. Lleva una melena de paje asimétrica y unos pendientes en forma de calavera.

—Ha llegado hoy de París y se quedará unos días en Roma —prosigue Monique —. No quería dejarla sola en casa; espero que no haya problema…

—¿Bromeas? Me alegro de que haya venido. —No sé si Valérie entiende italiano, pero creo que ha captado el sentido de mi frase, porque a sus labios se asoma una tímida sonrisa.

—Venid, poneos cómodas. —Las guío hasta la terraza.

Dejo a las tres sentadas a la mesa que he puesto fuera. El telefonillo vuelve a sonar. Esta vez es Gaia, seguro: mi amiga aún no ha perdido el vicio de apretar el botón durante diez segundos ininterrumpidos.

Voy a abrir preparándome psicológicamente para el gran acontecimiento. Si pienso que la última vez que nos vimos ella iba vestida de novia y yo de testigo y que estuve en un tris de hacer naufragar para siempre la amistad de toda una vida, se me ponen los pelos de punta. Pero, después de que hablásemos por teléfono y nos reconciliásemos, parece que ese día —mejor dicho, mi comportamiento imperdonable de ese día— ha quedado enterrado en el olvido y que todo vuelve a ser como en los viejos tiempos. Seguimos siendo uña y carne, como siempre. Y seguiremos siéndolo.

Abro la puerta y me dejo embestir por el ciclón. Abrazo a Gaia con todas mis fuerzas; este abrazo contiene todo lo que no nos hemos dicho en los últimos dos meses. Nos miramos, emocionadas como dos crías, y casi nos echamos a llorar de alegría. Después ella me da una palmadita en un hombro.

—Nada de escenas lacrimógenas, ¿eh? ¡Mi maquillaje no es resistente al agua! — Nos reímos enseguida y la conmoción se desvanece por la euforia que nos produce volver a vernos.

Saludo a Samuel con dos besos en las mejillas. Los observo admirada: están guapísimos. Él lleva unas bermudas hasta la rodilla y un polo de color blanco; parece un golfista, en lugar de un as del ciclismo. Ella, con unas zapatillas de deporte, unos vaqueros pirata ceñidos, una camiseta de tirantes de rayas enorme y unas Ray-Ban de color rosa fluorescente metidas en el pelo, recuerda a una de esas modelos que aparecen en los reportajes de ambiente underground que conoce al dedillo, dado que está suscrita a todas las revistas de moda imaginables.

—Vamos, entrad. No os quedéis plantados en la puerta —digo.

—¡Qué casa tan bonita, Ele! —comenta Gaia.

—Es mérito de Leonardo, que tiene mucho gusto.

—¡Aquí está nuestro chef! —dice ella al verlo inclinado sobre los fogones—. ¡Debe de hacer más de un año que no nos vemos!

Leonardo baja el fuego y se acerca a nosotros. Saluda a Gaia besándole una mano y haciendo una pequeña inclinación.

—Señora… —dice en el tono que reserva para las grandes ocasiones. A continuación estrecha la mano de Samuel—. ¡Enhorabuena! ¡Es un gran honor tener a cenar a un maglia rosa! Eres el primer ganador del Giro que se sienta a mi mesa.

—Gracias. —Belotti esboza su sonrisa de portada—. Tú también eres más bien famoso, chef. Y creo que ya sé por qué —añade al ver la hilera de entrantes que hay sobre la mesa.

—Esto…, mira que eso lo he preparado yo —preciso con un toque de orgullo.

Gaia abre desmesuradamente los ojos.

—No me lo puedo creer… ¡¿Te has puesto a cocinar?!

—Digamos que intento robarle un poco el oficio. —Lanzo a Leonardo una mirada de complicidad, que él me devuelve de inmediato—. ¿Y tú, desgraciada, aún no te has hecho a la idea de convertirte en una buena mujercita de su casa? —bromeo dándole un pellizco en la cintura.

Samuel niega con la cabeza, desmoralizado.

—La última vez que intentó hacer un asado de carne estuvimos a punto de llamar a los bomberos.

—¡Exagerado! —le regaña Gaia—. Solo estaba demasiado hecho.

—Por supuesto, cariño —corrobora él condescendiente rodeándole los hombros con un brazo y dándole un beso en la frente. Después me hace una mueca sugiriéndome que no la crea.

—Te he visto, ¿sabes? —lo amenaza ella, pero su atención ha recaído ya en otra cosa—. ¿Puedo echar un vistazo al piso, Ele? —pregunta después de haber entrado en la zona de los dormitorios.

—Por supuesto, te acompaño —contesto—. Pero deprisa, la comida está casi lista; comemos fuera.

Después de dar una vuelta por el apartamento, Gaia y su marido salen a la terraza y entablan conversación con las chicas. Entretanto llega también Antonio, el socio de Leonardo, con su nueva compañera, Marina, una rubia que, a primera vista, me parece muy simpática.

Poco después vuelve a sonar el telefonillo; es Martino, mi héroe romántico. Me alegro infinitamente de volver a verlo. Parece distinto de lo habitual, su aspecto es más sofisticado: se ha cortado el mechón, pero se ha dejado crecer un poco de barba y se ha hecho un nuevo piercing en la ceja que, si he de ser franca, le favorece mucho. Martino es una de esas personas que se encuentran pocas veces en la vida y que se llevan siempre en el corazón. En parte le debo también estar viviendo ahora en esta casa con Leonardo. Si él no lo hubiese llamado el día del accidente, quizá ahora todo sería distinto. O tal vez el destino habría encontrado de todas formas la manera de que nuestros caminos se volvieran a cruzar. Quién sabe… Sea como sea, Martino será para siempre mi amuleto y Leonardo lo sabe y lo respeta.

Entra en casa con su andar desgarbado, que me vuelve loca, saluda a Leonardo estrechándole la mano y a mí con dos tímidos besos en las mejillas. Tan cortado como siempre. Le echo los brazos al cuello y él, entonces, se relaja un poco y me abraza levantándome un poco del suelo. Cuando me vuelve a bajar parece más desenvuelto.

—¡Vamos, ven a hacerme un poco de compañía en la cocina! —le digo arrastrándole de una mano y sentándolo en un taburete.

—Es increíble, te has convertido en una experta cocinera —comenta mordiendo la croqueta que le he ofrecido.

—Creo que lo que mejor me sale son los dulces. Ya verás el tiramisú de coco, ¡es una bomba!

—No veo la hora de probarlo…

Después de tirarle de la lengua y de obligarle a contarme los últimos acontecimientos de su vida, que, por desgracia, en el terreno sentimental sigue siendo una página en blanco, voy a coger el libro de recetas y se lo enseño ufana.

—Vamos, sé sincero…, ¿qué te parece? —le pregunto. Estoy deseando saber lo que piensa sobre las ilustraciones. En el fondo, es del gremio.

Martino hojea las páginas sinceramente admirado.

—¿De verdad son tuyas?

—Sí. Empecé cuando estaba en Estrómboli, casi para pasar el rato, pero luego les cogí el gusto… Entonces, ¿qué piensas?

—Estoy asombrado. Eres muy buena, Elena.

—¿Puedo verlas yo también? —pregunta Gaia, que en ese momento llega procedente de la terraza. Es increíble: es capaz de contonearse incluso cuando va calzada con un par de zapatillas de deporte… ¡Cuánto debo aprender aún de ella!

—Te presento a Gaia, mi mejor amiga —digo conteniendo a duras penas una sonrisa.

—¿La que se casó en Venecia? —me pregunta Martino.

—La misma que viste y calza —se adelanta ella—. Y tú debes de ser Martino, ¿verdad? —le pregunta mirándome y guiñándome un ojo. «Qué bueno está», leo impreso en mayúsculas sobre su cabeza. Y a continuación: «Si este es el motivo por el que llegaste tarde a mi boda, ¡respect, baby!». Lo está pensando, no me queda la menor duda.

—Sí, encantado —dice Martino dándole dos besos en las mejillas.

Gaia me da un pellizco en el culo.

—Oye, ahí fuera piden más entrantes —me comunica. Luego dice a Martino—: Te conviene ir antes de que arramblen con todo.

—¡Enseguida! —Se precipita hacia la terraza, donde Valérie es la primera que lo saluda. Los tímidos se entienden entre ellos. Eso fue lo que pensé el día en que conocí a Martino.

—¿Quieres echarme una mano con los entrantes? —pregunto a Gaia…

—Si insistes…

—¡Insisto! —confirmo en tono amenazador.

Ella levanta los brazos en señal de rendición y se aproxima a la isla de mármol.

—Vamos, deja ya de hacerte la tímida, que no te va, y cuéntame algo —insisto a la vez que divido en pequeñas porciones las berenjenas a la parmesana.

—¿Qué quieres que te cuente?

—No sé…, cómo es estar casada con un campeón, por ejemplo.

—El día de la última etapa del Giro fue increíble… ¡Deberías haber visto a Samuel llorando de alegría en el podio, vestido con la maglia rosa! Hasta yo, que tengo el corazón de piedra, me conmoví —sonríe enternecida—, pero a partir de ese momento se acabó la paz y empezó la pesadilla de las entrevistas, las fiestas y las reuniones con los patrocinadores. Ya sabes que no tengo un pelo de tímida…, pero cuando es demasiado es demasiado, y ya no aguanto más, te lo juro —me cuenta con aire atormentado, pero su cara se vuelve a iluminar enseguida con una sonrisa—. Pero ya queda poco, dentro de una semana nos vamos a una isla griega, los dos solos, a disfrutar de un poco de tranquilidad. Lo estoy deseando. —Tiene los ojos en forma de corazón—. Ahora que se han acabado las carreras y puedo pasar un poco más de tiempo con él me siento la mujer más feliz del mundo. Te lo juro, Ele.

Le guiño un ojo y luego me agacho para echar un vistazo al horno. Saco la bandeja y se la paso.

—Vamos, córtame este sfogghiu.

—¿Este qué? —pregunta Gaia estupefacta—. ¿Te estás volviendo sícula? — pregunta burlona remedando espantosamente el acento siciliano.

—Se llama así, idiota: ¡es una torta de queso!

—Hum, qué bien huele…

—También la he hecho yo —presumo haciendo ademán de pulirme el pecho.

—¿Ya no te acuerdas de que prometimos luchar por la causa de las feministas alejadas de los fogones, Ele? Eres una traidora ¡y no me has dicho nada hasta ahora!

—He sacrificado los grandes ideales al amor —me justifico como una actriz consumada.

Cuando salimos a la terraza con las bandejas de los nuevos entrantes, la atmósfera estival es mágica: en el cielo de Roma han aparecido las primeras estrellas y Leonardo ha encendido los farolillos. Está confabulando con Samuel, a saber qué se estarán contando con ese aire de conspiradores. Martino, por su parte, está sirviendo un poco de vino a Valérie, con la que no deja de hablar en francés, al punto que me parece percibir cierta sintonía entre ellos. Paola y Monique, seguidas de Antonio y Marina, me felicitan por el libro de recetas y, después de prometerme que lo comprarán, me piden ya que se lo dedique.

Es maravilloso estar aquí, con ellos y con Leo; casi tengo ganas de echarme a cantar, pero quizá sea mejor que no les haga sufrir con mi voz chillona de corneja.

—¡Hay que hacer un brindis! —propone Gaia, que, como de costumbre, me ha leído el pensamiento.

Los aplausos de los presentes me indican que es una idea estupenda, de forma que Leonardo descorcha la botella de las grandes ocasiones, un Feuillatte Palmes d’Or, y da la vuelta a la mesa llenando las copas.

—¡Por el verano, para que sea fantástico y esté lleno de sorpresas para todos! — exclama alzando la suya.

—¡Y por vosotros, que sois siempre magníficos! —respondo yo guiñando un ojo.

Mientras las copas tintinean al chocar, miro a mis amigos uno a uno: a Gaia, que ahora sonríe y le roba un beso a su marido; a Paola, que contempla una estrella abrazando estrechamente a Monique.

Y luego a Martino, quien por fin ha hecho acopio de valor y está mirando a Valérie a los ojos a la vez que le acaricia con timidez una mano. La felicidad de cada uno de ellos tiene el aroma del amor y se mezcla con la mía.

Dicen que cuando uno es feliz ve las cosas más bonitas y que su forma de mirar el mundo refleja los colores de su alma.

Es cierto, ahora tengo la prueba.

Miro a Leonardo. Nuestras bocas se rozan y nuestros ojos se sonríen.

Mi felicidad está aquí.

No puedo pedir más a la vida.

Este libro es de la autora Irene Cao.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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