Mi Hijo, mi Boxeador | Capítulo 1

Portada de Mi Hijo, mi Boxeador | Capítulo 1: Laura, mujer de 36 años con uniforme de porrista rojo y blanco, sentada en un diván dentro de un ring de boxeo iluminado, mirando fijamente a la cámara con expresión seria y pensativa.

Mi Hijo, mi Boxeador

«Todo lo que hice, fue por ella.»

Annie Zarel

Capítulo I

Mi Hijo, mi Boxeador

Sinopsis

Tengo veintiún años y un sueño: convertirme en un gran boxeador para darle a mi madre, Laura, todo lo que ella sacrificó por mí. Pero mientras mi carrera despega, nuestra relación comienza a cambiar de una forma que ninguno de los dos esperaba. Cuando el hombre que controla mi futuro amenaza con destruir nuestra vida, tendré que decidir cuánto estoy dispuesto a perder para proteger a la mujer que siempre ha sido lo más importante para mí.

«Todo lo que hice, fue por ella.»

Capítulo I…

El olor a sudor y vaselina se me mete en los pulmones como si respirara dentro de un guante usado. Llevo doce asaltos encima. Doce. Mi cuerpo ya no me pertenece; es una máquina que funciona por inercia, por costumbre, por esa cosa estúpida que los entrenadores llaman memoria muscular y que en realidad es solo miedo a caerse y no levantarse.

El público del gimnasio Municipal está de pie. No son miles, no hay luces de televisión ni cámaras que valgan un sueldo de seis meses. Pero gritan igual. Aquí la gente no paga entrada para ver un espectáculo; paga para ver a alguien como ellos salir del barro. Y yo soy ese alguien.

Me apoyo contra las cuerdas, respiro hondo, y siento cómo el aire entra quemando. Mi nariz sangra, eso lo sé por el sabor a metal en la boca y porque cada vez que giro la cabeza veo una mancha roja en mi hombro derecho. El árbitro nos separa, o intenta separarnos, porque mi contrincante todavía quiere pegar. Eso está bien. Yo también quiero.

Pero hay algo que me mantiene en pie cuando las piernas ya no responden, y no es el entrenamiento, no es la disciplina, no es siquiera el orgullo. Es ella.

Laura.

La veo en la primera fila, justo detrás de la lona, con las manos apretadas contra el pecho como si estuviera rezando. No lleva nada especial: un vestido azul oscuro que compró en una liquidación hace tres años, el pelo recogido en un moño que se deshizo hace un rato, algunos mechones castaño rojizo pegados a la frente por el calor. Sus ojos ámbar no parpadean. Me miran con esa mezcla de miedo y orgullo que conozco desde que tengo uso de razón, esa expresión que dice por favor, no te lastimes, pero también por favor, gana.

Yo le sonrío desde el ring. Es una sonrisa rota, con sangre en los dientes, pero le llega. Ella asiente. Eso es todo lo que necesito.

La campana suena y el mundo se detiene.

El tiempo en el ring no funciona como afuera. Afuera los segundos pasan normales, uno detrás de otro, sin prisa. Aquí dentro el tiempo se estira, se encoge, se rompe. Un asalto de tres minutos puede durar toda una vida si estás recibiendo golpes, o puede pasar en un parpadeo si estás conectando el ritmo.

Mi contrincante se llama Ramón, aunque en el cartel pusieron “El Martillo” porque suena más intimidante. Tiene veinticuatro años, tres más que yo, y una ventaja de peso que debería ser una desventaja pero que él ha convertido en su arma principal: es más lento, pero cada golpe que conecta pesa el doble. Ya me lo ha demostrado tres veces en este combate. Tengo el costado izquierdo amoratado y la mandíbula que cruje cuando la muevo.

Pero yo soy más rápido.

Y tengo una razón para ganar.

Me muevo, me muevo, me muevo. Eso es lo que hago mejor. Mis piernas están trabajadas por años de desplazamientos, saltos, entrenamiento de resistencia. Cuando tenía diecisiete años y los otros chicos se gastaban el dinero en cerveza o en motos, yo estaba en el gimnasio haciendo skipping hasta que las pantorrillas ardían. Laura me preguntaba por qué no salía con amigos, por qué no tenía novia. Yo le decía que el boxeo era mi novia. Ella se reía, pero yo hablaba en serio.

Ramón lanza un gancho de izquierda, lo esquivo girando el torso, y mientras lo hago siento el tirón en los oblicuos que todavía no se han recuperado del asalto anterior. Respondo con un jab rápido, directo a su guardia, y luego otro, y otro. Son golpes de molestia, de marcar territorio, de decirle estoy aquí, no me voy a mover. Él retrocede un paso. Yo avanzo dos.

—¡Eso, Ángel! ¡Eso! —grita alguien desde mi esquina. No sé quién es, no me importa.

El ruido del público es una masa informe, un zumbido que a veces se convierte en aplausos y a veces en abucheos. En el boxeo amateur la gente no es sutil. Cuando ven sangre, rugen. Cuando ven un buen golpe, rugen más fuerte. Cuando ven a uno de los dos tambalearse, rugen como animales esperando la caída.

No voy a caer.

Laura está viendo.

El gancho me llega de imprevisto. No lo vi venir, o lo vi demasiado tarde, y el puño de Ramón conecta con mi sien izquierda con un sonido seco que escucho más que siento. El mundo se nubla por un segundo. No es dolor, es como si alguien hubiera desconectado la televisión y la hubiera encendido de nuevo, pero la imagen llegara borrosa.

Rodríguez, el árbitro, me mira con atención, los brazos ligeramente separados, listo para detener todo si ve que las piernas no responden. No me detiene. Yo muevo la cabeza, afirmo, y empujo a Ramón con el hombro.

—¿Eso es todo? —le digo, y es una estupidez porque las palabras me salen con un dejo de borracho, pero es parte del juego. En el boxeo también se pelea con la boca.

Él no responde. Solo se acerca otra vez.

Mientras me pongo en guardia, mientras levanto los brazos y siento el peso de los guantes como si fueran de plomo, la mente hace lo que siempre hace en estos momentos: se va a otro sitio.

Cinco años atrás.

Tengo dieciséis años y estoy en el gimnasio de Don Ricardo, un local con goteras que huele a pegamento y a pies. Laura está sentada en una de las sillas de plástico, las mismas que usamos en la cocina de casa, porque ella las trajo para no tener que quedarse de pie durante dos horas. Tiene las manos en el regazo, apretadas, y me mira mientras salto la cuerda.

—¿No puedes hacer algo que no sea tan peligroso? —me pregunta, y su voz tiene ese tono que conozco bien, el que usa cuando ya sabe que no le voy a hacer caso.

—Mamá, es boxeo, no una guerra.

—Pegarse con otra persona es una guerra.

Termino la serie de saltos y me acerco a ella. Estoy sudado, apestoso, y mis nudillos están en carne viva por los vendajes. Me siento en el suelo, a sus pies, y ella automáticamente pasa una mano por mi cabeza, apartándome el pelo de la frente.

—¿Por qué te gusta tanto esto?

Es una buena pregunta. No tengo una respuesta sencilla. Pero en ese momento, a los dieciséis años, ya sé que no me gusta solo el boxeo. Me gusta lo que representa. Me gusta la idea de convertirme en alguien que ella pueda mirar y pensar vale la pena, todo lo que hice valió la pena.

—Porque quiero comprarte una casa —le digo, y es tan sincero que suena ridículo.

Ella sonríe, pero es una sonrisa triste.

—Yo no necesito una casa, Ángel.

—Lo sé. Pero quiero dártela igual.

Ella no dice nada más. Solo me acaricia el pelo y me mira con sus ojos ámbar, y yo sé que está pensando en mi padre, en el hombre que se fue cuando yo apenas tenía un año, en el dinero que nunca llegó, en los turnos dobles en el hotel, en todo lo que ella hizo para que yo pudiera estar aquí sentado, sudado y apestoso, soñando con comprarle una casa.

—Yo no necesito una casa, Ángel —repitió aquel día ella, con la voz más baja—. Lo que necesito es que tú seas feliz. Que no tengas que pasar por lo que pasé yo.

Yo no entendía bien entonces. Ahora, en el ring, entendiendo que cada golpe que recibo es un golpe que podría haber recibido ella en forma de facturas, de noches sin dormir, de comida que no podía comprar, empiezo a entenderlo de verdad.

Mi padre se fue cuando yo tenía doce meses. No me acuerdo de él, y eso es lo peor: no hay recuerdo para odiar, solo un vacío donde debería haber una cara, una voz, un hombro. Laura nunca habla mal de él. Dice que era joven, que no estaba preparado, que ella también tuvo parte de culpa por elegirlo. Pero yo sé que ella miente para no hacerme daño.

Cuando crecí un poco, cuando empecé a entender el dinero, vi las facturas. Vi las horas que ella trabajaba. Vi las ojeras que no se iban aunque durmiera ocho horas. Vi los vestidos que siempre eran los mismos, los zapatos rotos que arreglaba con pegamento, las comidas en las que ella se quedaba sin comer para que yo pudiera repetir.

Eso es lo que me lleva a subir al ring.

Eso es lo que me mantiene aquí.

El árbitro vuelve a separarnos. Es el último asalto. Lo sé porque mi entrenador, un hombre de cincuenta años llamado Ernesto que ha entrenado a más boxeadores fracasados que exitosos, me lo ha gritado desde la esquina.

—¡Último! —grita, con los brazos en alto, sus dedos marcando el número—. ¡Tres minutos, Ángel! ¡Tres minutos!

Tres minutos.

Son ciento ochenta segundos. Son seiscientos cuarenta latidos de mi corazón si sigue al ritmo que lleva ahora. Son suficientes para ganar, para perder, para cambiar todo.

Ramón viene hacia mí con la guardia alta. También está cansado, puedo verlo en sus hombros caídos, en la forma en que respira con la boca abierta como un perro. Pero él no tiene a nadie mirándolo en la primera fila. No sé si tiene una madre, una novia, un hijo. No sé si tiene una razón para ganar que no sea el dinero del premio.

Yo sí.

Miro a Laura.

Ella está de pie ahora, sin poder contenerse, con las manos en el borde de la lona como si pudiera protegerme desde allí. Hay lágrimas en sus ojos, pero no llora. Laura no llora en público. Nunca lo hace. Es una mujer que aprendió a tragarse las lágrimas porque llorar no paga las facturas.

Su boca se mueve, y aunque no escucho lo que dice, sé que está repitiendo mi nombre.

Ángel. Ángel. Ángel.

Como cuando tenía cinco años y me caía de la bicicleta. Como cuando tenía doce y llegué a casa con el ojo morado después de mi primera pelea callejera. Como cuando me despertaba con pesadillas y ella me acunaba hasta que volvía a dormirme.

Ella me nombró así porque su padre se llamaba Ángel. Me lo dijo una vez, cuando yo tenía catorce y ella estaba borracha por primera y única vez en su vida. Su padre murió cuando ella era joven, y ella quiso ponerle su nombre a su hijo, al único hombre que no la iba a abandonar.

Y aquí estoy. Intentando no abandonarla.

La campana suena.

El último asalto comienza.

Ramón sale como un toro, directo, sin sutilezas, porque sabe que su única posibilidad es conectar un golpe lo suficientemente fuerte para mandarme a la lona. No tiene resistencia para tres minutos más de boxeo técnico. Yo tampoco. Pero yo tengo algo que él no tiene.

Sangre. Sudor. Gloria.

Y esa promesa que me hice a mí mismo cuando tenía doce años, en la calle, mirando a Laura lavar ropa ajena para pagar mi comida.

Voy a ser alguien. Voy a sacarla de aquí. Voy a devolverle cada maldito segundo que ella me dio.

Ramón lanza un directo, lo esquivo girando, y siento el viento del puño en mi mejilla. No conecta, pero está cerca. Demasiado cerca. Respondo con un jab, conecto su guardia, y siento el impacto vibrar en mi brazo adolorido.

No me importa el dolor. El dolor es solo un mensajero. Puedo escucharlo y hacerle caso o puedo ignorarlo y seguir adelante.

Sigo adelante.

Ramón está cansado, lo veo ahora con claridad. La forma en que baja la guardia un segundo antes de atacar. La forma en que sus piernas se arrastran. La forma en que respira, cada vez más rápido, como un motor que se está sobrecalentando.

Yo también estoy cansado. Pero no voy a bajar la guardia.

Él ataca otra vez, un gancho de izquierda que yo veo venir desde lejos. No lo esquivo. En vez de eso, me agacho, paso por debajo de su brazo y conecto un gancho directo a su costado abierto. El impacto es seco, hondo, y él exhala con un sonido que no es humano, un gemido que sale de algún lugar profundo de su pecho.

Tropieza. Se recupera. Pero ya no es el mismo.

—¡Ahí! ¡Ahí! —grita Ernesto desde la esquina.

Sé lo que tengo que hacer. Acabar.

La combinación.

Jab. Directo. Gancho de izquierda. Directo de nuevo. Jab. Gancho.

Golpe tras golpe, conecto, y cada impacto que doy es una deuda que pago. Cada golpe que conecto es un día de trabajo que ella no tuvo que hacer. Cada puñetazo que aterriza en el cuerpo de Ramón es una factura menos en la cocina de aquel apartamento pequeño donde no cabíamos los dos.

Ramón se tambalea. Sus ojos se pierden, buscan algo que ya no pueden encontrar.

El árbitro se acerca, los brazos abiertos.

Yo sigo golpeando.

Directo. Directo. Gancho.

La sangre de Ramón salpica mi cara y no sé si es la suya, la mía o de los dos.

Ramón está contra las cuerdas. Lo tengo donde quiero. Lo veo en sus ojos, en esa forma de parpadear más lento de lo normal, en la manera en que sus brazos ya no suben del todo para protegerse. Su entrenador le grita algo desde la esquina, pero él no lo escucha. O no puede escucharlo. Los golpes que le he dado en los últimos segundos le han borrado el mundo.

Yo también estoy reventado. Mis brazos pesan como si llevara años colgando de ellos, y la respiración me quema los pulmones. Cada vez que inspiro, el aire entra con un silbido que no sé si es normal o es mi cuerpo diciéndome que ya no puede más.

Pero no voy a parar.

No puedo parar.

Laura está ahí. En la primera fila. Viéndome.

Y mientras avanzo hacia Ramón, mientras mis piernas se arrastran por la lona como si estuviera caminando sobre arena mojada, la veo a ella con claridad. Sus manos apretadas contra el pecho. Sus labios moviéndose en silencio. Sus ojos ámbar brillando bajo las luces del gimnasio, brillando con esa luz que solo tienen cuando está orgullosa, cuando está asustada, cuando está rezando.

—Vamos, Ángel —susurro para mí mismo, y mi voz suena ronca, rota—. Vamos.

Ramón baja la guardia por un segundo. Solo un segundo. Pero es suficiente.

Veo el hueco.

Es pequeño, apenas un espacio entre su brazo izquierdo y su costado, pero está ahí. Abierto. Vulnerable.

Mi cuerpo se mueve antes de que mi cerebro decida hacerlo. Es puro instinto, pura memoria muscular, pura necesidad. Mi puño derecho viaja desde mi cadera hasta su mandíbula en un arco perfecto, y siento el impacto antes de escucharlo, siento cómo mi nudillo encuentra el hueso y cómo el hueso cede, cómo la cabeza de Ramón gira como si estuviera montada en una bisagra.

Y entonces cae.

Es lento, o tal vez es rápido y solo a mí me parece lento porque estoy viéndolo desde algún lugar fuera de mi cuerpo, desde algún sitio donde el tiempo se estira como un chicle caliente. Ramón se dobla por la cintura, sus brazos caen a los lados como si alguien hubiera cortado las cuerdas que los sostenían, y sus rodillas tocan la lona primero, suavemente, casi con delicadeza, y luego su pecho, y luego su cara.

El ruido del impacto de su cuerpo contra la lona es el sonido más hermoso que he escuchado en toda mi vida.

El árbitro se interpone entre nosotros, los brazos extendidos como si pudiera detener algo que ya se ha detenido. Yo doy un paso atrás, y luego otro, y mis manos caen a los costados porque ya no necesito pelear. Mi pecho sube y baja como un fuelle y el sudor me corre por la frente y se mezcla con la sangre de mi nariz y todo es una mierda caliente, y pegajosa, y maravillosa.

—¡UNO! —grita el árbitro, alzando un dedo.

Ramón no se mueve.

—¡DOS!

Sus ojos están abiertos, pero no miran nada. O miran algo que yo no puedo ver.

—¡TRES!—

La gente está de pie. Todos. No hay una sola persona sentada en todo el gimnasio. Sus gritos son una pared de sonido que me golpea los oídos y me hace tambalear.

—¡CUATRO!—

Ramón intenta incorporarse. Lo veo. Sus brazos se mueven, sus guantes buscan la lona como un ciego busca un bastón. Pero su cuerpo no le responde. Está en otro lugar. Su mente está en otro lugar.

—¡CINCO!—

El árbitro se inclina, mira sus ojos, mira sus pupilas. Yo no sé qué busca. Solo sé que sigue contando.

—¡SEIS!—

Ramón levanta la cabeza. Un movimiento lento, torpe, como si su cuello pesara el doble que el resto de su cuerpo. Pero es suficiente. El árbitro lo ve.

—¡SIETE!—

Ramón se pone de rodillas. Una rodilla primero, y luego la otra. Su cuerpo tiembla, y por un momento creo que va a levantarse del todo. Y una parte de mí, la parte que todavía es un chico de doce años que empezó a boxear porque no tenía otra cosa que hacer, quiere que se levante. Quiere que la pelea siga. Quiere demostrar que puede ganar otra vez, que no fue solo suerte.

—¡OCHO!—

Pero Ramón no puede. Su rodilla derecha cede y él vuelve a caer, esta vez de costado, con la cara enterrada en la lona y los brazos extendidos como si estuviera abrazando el ring.

El árbitro levanta la mirada. Me mira a mí. O mira a alguien detrás de mí, o mira a la mesa de jueces, o mira al techo buscando a Dios. No lo sé.

—¡NUEVE!—

La cuenta es innecesaria. Lo sabemos todos. Ramón no se va a levantar. Puedo verlo en la forma en que respira, en la forma en que su espalda sube y baja con un ritmo que no es el de alguien que va a ponerse en pie.

—¡DIEZ!—

El árbitro levanta las manos. Las cruza por encima de su cabeza. Y luego agarra mi brazo derecho, mi brazo de pegar, mi brazo de ganar, y lo alza tan alto como puede.

—¡GANADOR POR NOCAUT, ÁNGEL!

La gente se vuelve loca.

No sé cómo describirlo. No hay palabras para el ruido que hacen doscientas personas cuando gritan al mismo tiempo, cuando aplauden y silban y patean el suelo y golpean las sillas. El gimnasio entero tiembla, o soy yo el que tiembla, o los dos.

Ernesto está en el borde del ring, con las manos en alto, gritando algo que no entiendo. El resto de los entrenadores, los que vi antes de la pelea pero cuyos nombres no recuerdo, también están allí, saltando, abrazándose, dándose palmadas en la espalda.

Pero yo no los veo a ellos.

Solo la veo a ella.

Laura está de pie, justo detrás de la lona, con las manos en la boca, llorando. No es un llanto discreto ni contenido. Es un llanto de esos que salen de algún lugar profundo, de algún lugar donde ella ha guardado todas las noches sin dormir, todas las facturas impagadas, todas las veces que se quedó sin comer para que yo pudiera hacerlo.

Sus hombros tiemblan. Sus mejillas están mojadas, y no importa cuántas veces se las seque con las manos, siempre vuelven a mojarse.

—Angelito —dice, y su voz apenas es un susurro, pero la escucho por encima de todo el ruido—. Mi Angelito.

Me muevo hacia ella sin pensar. Mis piernas apenas me sostienen, y cada paso que doy sobre la lona es un esfuerzo, como si caminara sobre colchones de algodón. Pero llego al borde del ring y me arrodillo, y miro hacia abajo y la veo allí, con los brazos abiertos, esperándome.

—Mamá —digo, y mi voz se rompe en la mitad de la palabra.

No sé quién me ayuda a bajar. No sé si fue Ernesto, o un desconocido, o ella misma. Solo sé que un segundo después estoy en el suelo, entre el público, y que sus brazos me envuelven y me aprietan tan fuerte que siento sus costillas contra las mías.

Huelo a sudor, a sangre y a victoria. Ella huele a su perfume de siempre, mezclado con el olor a detergente de su ropa, y con algo más, algo que no sé nombrar pero que reconozco desde que tengo uso de razón: el olor de mi hogar, de mi infancia, de todo lo que ella hizo por mí.

—Lo hiciste —susurra contra mi cuello, y siento sus labios calientes en mi piel—. Lo hiciste, mi amor.

—Lo sé —respondo, y es una estupidez, pero no sé qué más decir. No hay palabras para esto.

Ella separa la cara de mi cuello y me mira a los ojos. Sus manos suben a mi rostro, y sus dedos tocan mi frente, mis mejillas, mi nariz sangrante. Su pulgar limpia un poco de sangre, y luego su mano se queda allí, apoyada en mi mejilla, como si quisiera asegurarse de que soy real, de que estoy aquí, de que no soy un fantasma.

—Mira tu cara —dice, y su voz tiembla, pero también ríe—. Parece que te peleaste con un camión.

—El camión no ganó —bromeo, y ella suelta una risa entrecortada, y luego vuelve a llorar.

La gente nos rodea. Nos toman fotos con sus teléfonos, nos felicitan, nos dan palmadas en la espalda. Pero Laura no se separa de mí. Permanece a mi lado, con una mano sobre mi hombro, como si tuviera miedo de que alguien me robe. Como si pudiera sostenerme solo con su mano.

—¿Duele? —me pregunta, tocando mi costado izquierdo, donde el moretón ya está convirtiéndose en un mapa de colores que no quiero ver.

—Un poco —miento.

Ella no me cree. Lo sé porque sus ojos se entrecierran, porque su boca se tensa en esa línea que conozco tan bien, la que usa cuando quiere decir no me mientas, pero no quiere arruinar el momento. Pero no dice nada. Solo asiente y me abraza otra vez.

La euforia no se va.

Sigue allí, en mi pecho, en mi cabeza, en la forma en que la gente me toca y me habla, y me dice cosas que no escucho. Pero no me importa. Lo único que importa está aquí, en estos brazos que me sostienen.

Laura me suelta por un momento, solo para limpiarse los ojos con el dorso de la mano, y la veo tal como es: una mujer de treinta y seis años que ha trabajado toda su vida, que tiene las manos ásperas y la mirada dulce, que siempre se preocupa más por los demás que por ella misma. Tiene el cabello recogido en un moño que ya se está deshaciendo, y algunos mechones castaños le caen sobre la frente. Su rostro tiene esas pequeñas pecas que solo se ven de cerca, las que ella intenta ocultar con maquillaje pero que siempre terminan apareciendo cuando suda, cuando llora, cuando ríe.

Y está riendo ahora.

Con todo el rostro, con todo el cuerpo, con toda el alma. Su boca se abre en una sonrisa enorme, y sus ojos brillan como si estuvieran llenos de estrellas, y una parte de mí, la parte que todavía es el niño que siempre la vio como una superheroína, quiere que este momento nunca termine.

Pero entonces ocurre algo.

Sucede mientras me abraza.

No es un movimiento grande, ni siquiera es un movimiento consciente. Es solo un roce. Ella se inclina hacia mí para susurrarme algo al oído, y su pecho roza mi pecho, y su mano se desliza por mi nuca, y el contacto de su piel con la mía me golpea como un directo en el estómago.

Es solo un abrazo, me digo. Es tu madre. Es Laura. Es solo un abrazo.

Pero mi cuerpo no está de acuerdo.

Siento el calor de su cuerpo contra el mío. Siento la forma de sus caderas, el arco de su espalda, el peso de su pecho. Huelo su perfume, su piel, su sudor. En algún lugar de mi cerebro, en algún lugar que no debería existir, mi cuerpo responde.

No es sexual. No es nada de eso. Es solo…

Es solo que es la primera vez que la abrazo y siento que soy un hombre.

No sé por qué pienso eso. No sé por qué mi mano se queda un segundo más en su cintura. No sé por qué ella se separa y me mira, y hay algo en sus ojos que no había visto antes.

O quizá sí lo sé.

Quizá siempre estuvo allí, y yo nunca quise verlo.

Pero en este momento, con el gimnasio rugiendo a nuestro alrededor, el cansancio y la euforia nublándome la cabeza, no pienso en eso. Solo pienso en que está aquí, conmigo, y que esta victoria es suya tanto como mía.

—Te lo prometí —le digo, y mi voz es baja, apenas un susurro para que solo ella pueda escucharlo—. Te lo prometí cuando tenía doce años.

Ella me mira sin entender, y entonces le recuerdo:

—Que iba a sacarte de ahí. Que iba a devolverte todo lo que hiciste por mí. Y lo voy a cumplir.

Y su rostro se quiebra otra vez.

—Tonto —dice, pero no es un insulto. Es una caricia. Es un te quiero envuelto en papel de regalo—. Nunca te pedí que me devolvieras nada.

—Lo sé —respondo—. Pero quería hacerlo igual.

Ella se acerca y apoya su cabeza en mi pecho. La siento respirar, el aire que entra y sale de su boca. Sus ojos cierran, sus pestañas me rozan, por un segundo, por un maldito segundo, no hay gimnasio, no hay público, no hay victoria. Solo existe ella y yo, y el calor de su piel.

Entonces se separa.

Sonríe. Me da una palmada en el pecho, justo donde el corazón late más rápido de lo normal.

—Vamos —dice—. Tienes que ir al vestuario. Estás hecho un desastre.

—Tú también —respondo, y es verdad. Su maquillaje está corrido, sus ojos enrojecidos, su moño a punto de caerse.

Pero es la mujer más hermosa que he visto en toda mi vida.

Mientras camino hacia el vestuario, la gente sigue aplaudiendo. Alguien me dice que mi próximo combate será en un ring de verdad, en un estadio de verdad. Que esto no es nada comparado con lo que viene. Que alguien importante quiere hablar conmigo, con Ernesto, con mi equipo.

No sé quién es. No me importa.

Solo sé que Laura está a mi lado, con su mano apoyada en mi espalda, justo entre mis omóplatos, guiándome como ha hecho desde que tengo memoria.

Me guía hacia el vestuario. Por primera vez en mi vida, no sé qué va a pasar cuando lleguemos allí.

Pero algo ha cambiado.

Algo en la forma en que me mira.

Algo en la forma en que la miro.

Y no sé si es el cansancio, o la euforia, o que por fin he cumplido la promesa que me hice a los doce años…

O si es que ella siempre ha estado allí, esperando a que yo fuera lo suficientemente hombre para verla.

El vestuario está al final del pasillo. Las luces son más tenues aquí, y el ruido del público se escucha como si viniera de otro mundo. Laura abre la puerta y me hace pasar. El olor a desinfectante y a vendas usadas me golpea la cara.

Y entonces cierra la puerta detrás de nosotros.

Y estamos solos.

—Mamá —digo, porque no sé qué más decir.

—Ya no me llames mamá —me dice ella, y su voz es baja, un susurro, y hay algo en ella que nunca había escuchado antes.

—¿Qué? —pregunto, confundido.

—Ahora —dice ella, dando un paso hacia mí—, ahora ya no soy solo tu mamá.

Y su mano sube a mi mejilla, y sus dedos tocan la sangre seca de mi corte, y sus ojos se fijan en los míos, y de repente el vestuario es demasiado pequeño, el aire es demasiado caliente, y no sé qué va a pasar.

Pero quiero que pase.

Y eso me asusta más que cualquier golpe que haya recibido en el ring.

Sus dedos tocan la sangre seca de mi corte. No ha apartado la mirada de la mía desde que entramos, y el silencio entre nosotros es tan denso que casi puedo tocarlo.

—¿Qué quieres decir con eso? —pregunto, y mi voz suena más ronca de lo que debería, más baja.

Ella no responde inmediatamente. Solo me mira, y en sus ojos hay algo que no sé descifrar, algo que parpadea detrás del ámbar como una llama a punto de apagarse. Sus dedos se deslizan desde mi mejilla hasta mi mandíbula, y luego hasta mi cuello, donde siento su pulso contra mi piel.

—¿Qué crees que quiero decir? —responde finalmente, y su voz es un susurro que apenas logro escuchar.

No sé qué decir. Mi mente está en blanco, o está llena de demasiadas cosas, de imágenes, sonidos y sensaciones que no encajan. Hace unos minutos estaba en un ring, pegándole a un hombre que intentaba hacerme lo mismo. Ahora estoy aquí, con mi madre, y su mano está en mi cuello, y su cuerpo está tan cerca que puedo sentir el calor que desprende.

Algo ha cambiado. Algo no debería haber cambiado. Pero ha cambiado.

—Mamá… —empiezo a decir, pero ella niega con la cabeza y suelta un suspiro.

—No me llames así —dice, y su voz es suave pero firme, como cuando me decía de niño que no debía cruzar la calle sin mirar—. No ahora.

Entonces baja la mano. Da un paso atrás. Y por un momento, por un maldito momento, todo vuelve a la normalidad.

—Siéntate —dice, señalando la banca de madera que hay en el centro del vestuario—. Tienes que limpiarte esa cara antes de que se te infecte.

La obedezco porque no sé qué más hacer. Me siento en la banca, y el peso de mi cuerpo contra la madera me hace consciente de todo el dolor que he estado ignorando. Mi costado izquierdo late con cada respiración. Mis nudillos arden. Mi nariz sigue sangrando, aunque ya no es un chorro, solo un goteo lento y molesto.

Laura abre el botiquín que cuelga de la pared y saca gasas, alcohol, agua oxigenada. No me mira mientras lo hace. Siento su presencia, su silencio, como una manta pesada que se cierne sobre nosotros.

—Quítate la bata —me dice, refiriéndose a la bata que el entrenador me puso cuando terminó la pelea. Su voz es casi profesional ahora, casi normal.

Lo hago. El roce de la tela contra mis moretones me hace morder la lengua, pero no digo nada. Me quedo en pantalones cortos y vendas en los puños, con el torso desnudo, sintiendo el aire frío del vestuario en mi piel sudada.

Ella se acerca.

Sus manos están frías cuando tocan mi hombro, o quizá es mi piel la que está demasiado caliente. Humedece la gasa con alcohol y empieza a limpiar la sangre de mi cara. Sus movimientos son precisos, cuidadosos, como si estuviera tocando algo frágil. Cada vez que la gasa roza mi corte, ella acerca un poco más su cara, y su aliento roza mi piel, y no sé si es el dolor o el cansancio o qué, pero mis ojos se cierran.

—Duro —susurra ella, y sé que no habla de la limpieza.

—Tú también —respondo, y no sé si hablo de ella o de mí.

Ella no dice nada más. Sigue limpiándome la cara, y luego mi cuello, y luego mis hombros, donde la sangre de Ramón salpicó. Sus dedos se mueven con una lentitud que no es necesaria, con una precisión que no es profesional. Son las manos de una mujer que ha cuidado a su hijo toda su vida, pero ahora hay algo en ellas que no estaba antes.

O quizá siempre estuvo y yo no quería verlo.

Cuando termina de limpiarme, arroja la gasa sucia al cubo y busca un vendaje. Me lo coloca en el pómulo, y sus dedos rozan mi piel una vez más, y esta vez no aparta la mano inmediatamente.

—Angelito —dice, y su voz es un susurro, y su mano se detiene en mi mejilla, y sus ojos se encuentran con los míos—. Eres todo lo que tengo.

—Lo sé —respondo—. Tú también eres todo lo que tengo.

Y entonces ocurre.

Su mano en mi mejilla. Sus dedos en mi barbilla. Su cara acercándose a la mía. Mi corazón latiendo tan fuerte que lo escucho en los oídos.

Sus labios.

Son suaves. Son calientes. Son todo lo que he estado evitando pensar, todo lo que he estado ignorando durante años. Me besan como si hubiera estado esperando este momento desde antes de que yo naciera. Me besan como si el mundo se estuviera acabando y este fuera el único instante que importara.

Y yo la beso de vuelta.

No pienso. No puedo pensar. Solo siento. Sus labios contra los míos. Su mano en mi mejilla. Su cuerpo presionado contra el mío. El sabor a lágrimas, a sal y a ella. El olor a su perfume y a su sudor y a todo lo que siempre fue mío.

Es mi madre. Es Laura. Es todo.

Mis manos suben a su cintura y la atraigo hacia mí. Es un movimiento instintivo, animal, y ella corresponde, se sienta en mi regazo con una naturalidad que no debería tener. Su falda se sube, y siento el calor de sus muslos contra mis piernas, y todo mi cuerpo arde.

—Ángel —susurra contra mi boca, y su voz es un gemido, es una plegaria, es todo lo que necesito oír.

La beso más fuerte. Una mano sube a su espalda, la otra se queda en su cadera, y nuestros cuerpos se mueven juntos en un ritmo que ninguno de los dos ha practicado pero que los dos conocemos. Su pecho presiona contra el mío y sus brazos me envuelven. El vestuario gira a nuestro alrededor.

Esto está mal. Esto no debería estar pasando.

Pero no puedo detenerme. No quiero detenerme.

—Hijo… —dice ella, y la palabra se rompe en un suspiro.

—No me llames así —respondo yo, devolviéndole sus propias palabras.

Ella ríe, una risa baja y rota, y su frente apoya contra la mía.

—¿Qué estamos haciendo? —pregunta, y su voz tiembla.

—No lo sé —respondo, y es la verdad.

—Deberíamos parar —dice, pero no se mueve.

—Lo sé.

Ninguno de los dos se mueve.

Pero entonces, justo cuando sus labios están a punto de encontrar los míos otra vez, justo cuando mi mano comienza a deslizarse por debajo de su blusa, alguien golpea la puerta.

—¡Ángel! —es la voz de Ernesto, mi entrenador, y sus palabras llegan con un golpe de realidad tan fuerte como cualquier puñetazo—. ¡Ángel, hay gente que quiere verte! ¡Promotores! ¡Patrocinadores! ¡Todos quieren hablar contigo!

Laura se separa de mí como si la hubieran quemado. Se levanta de mi regazo con una rapidez que no es natural, que es casi violenta, y se alisa la falda con las manos temblorosas. Sus mejillas están encendidas, sus labios hinchados, sus ojos brillantes con algo que no sé nombrar.

—Dios mío —susurra, y no sé si es una plegaria o una maldición—. Dios mío, Ángel, ¿qué estamos haciendo?

No tengo respuesta. Solo la miro, y ella me mira, y el vestuario de repente se siente más pequeño que nunca.

—Un momento, Ernesto —grito, y mi voz suena extraña, como si no fuera mía—. Dame cinco minutos.

Los pasos de Ernesto se alejan por el pasillo, y el ruido de la puerta al cerrarse es un alivio y una amenaza al mismo tiempo.

Laura está de espaldas a mí. Sus manos están apoyadas en la pared, y sus hombros suben y bajan con una respiración que está intentando controlar sin conseguirlo.

—Laura —digo, y el nombre suena diferente en mi boca, más adulto, más real—. Laura, mírame.

Ella se da la vuelta lentamente. Sus ojos están húmedos, pero no llora. Laura no llora cuando no puede controlarlo. Solo llora cuando elige hacerlo.

—Esto no puede pasar —dice, y su voz es firme, aunque sus manos tiemblan—. ¿Me oyes? Esto no puede pasar.

—¿Por qué? —pregunto, y es una pregunta estúpida, pero necesito oírla decir la respuesta.

—Porque soy tu madre —dice ella, y cada palabra es un cuchillo—. Porque te crié. Porque tengo tu sangre. Porque todo esto está mal.

—Pero no te sientes así —respondo, y es mi turno de ser firme—. Lo sé. Lo sentí. Lo sentiste tú también.

Ella cierra los ojos. Cuando los abre, hay algo nuevo en ellos. Algo que no había visto antes.

—Lo sé —dice—. Y eso es lo que me asusta.

La puerta se abre antes de que pueda responder.

Ernesto entra primero, seguido de dos hombres que no conozco. Uno de ellos es bajo y gordo, con una sonrisa de comercial de dentífrico y un traje que debe costar más de lo que gano en seis meses. El otro es más joven, más delgado, y lleva una carpeta bajo el brazo.

—¡Ángel! —exclama el gordo, extendiéndome la mano como si fuéramos viejos amigos—. ¡Impresionante! ¡Absolutamente impresionante!

Le estrecho la mano porque no sé qué más hacer. Mi otra mano todavía está temblando, o quizá es todo mi cuerpo, pero él no lo nota, o no le importa.

—Soy Miguel Ortega —dice, y su voz es un torrente de entusiasmo—. Represento a varios boxeadores en la categoría de peso mediano, y déjame decirte que lo que has hecho hoy… eso… eso es material de campeones.

—Gracias —logro decir, y mi voz suena vacía.

—No me des las gracias todavía —ríe, dándome una palmada en el hombro que me hace morder la lengua—. Eres joven, tienes talento, pero te falta mucho. Lo bueno es que yo puedo ayudarte con eso.

El segundo hombre se acerca. No sonríe. No extiende la mano. Solo me entrega un sobre.

—La bolsa —dice, y su voz es plana, profesional—. Cuatrocientos dólares. Más el bono por nocaut.

Miro el sobre en mis manos. Cuatrocientos dólares. Es más de lo que Laura gana en dos semanas de trabajo. Es suficiente para pagar tres meses de alquiler. Es suficiente para comprarle el vestido que siempre mira en la tienda pero nunca se atreve a probarse.

Cuatrocientos dólares. Y esto es solo el principio.

—Tenemos otros combates —dice Ortega, y su voz se vuelve más seria, más negociante—. Peleas más grandes. Bolsas más grandes. Pero necesito saber si estás dispuesto a entrenar en serio. A dejar de lado las estupideces de los chicos y convertirte en un profesional.

—Estoy dispuesto —respondo, y esta vez mi voz suena más firme.

—Bien. Bien. —Ortega saca una tarjeta del bolsillo de la chaqueta y me la entrega. Es blanca, con letras doradas, y el nombre de una empresa que no reconozco—. Llámame mañana. Hablamos de contratos, de calendarios, de todo. Pero tengo que decirte algo.

—¿Qué?

—Esto no es un juego, Ángel. El boxeo amateur es una cosa. El profesional es otra. La gente que maneja este negocio no es gente de buen corazón. Hay dinero de por medio, mucho dinero, y el dinero cambia a las personas.

Laura, que ha estado escuchando en silencio desde la esquina, da un paso adelante.

—¿Qué quiere decir con eso? —pregunta, y su voz tiene un filo que no le había escuchado antes.

Ortega la mira, la evalúa, y en sus ojos hay algo que no me gusta. Algo que no puedo nombrar.

—Solo digo que su hijo tiene talento —responde, y su sonrisa vuelve a aparecer—. Mucho talento. Y el talento atrae a todo tipo de personas. Buenas y malas. Solo quiero que se cuiden.

La puerta se abre otra vez. Más personas entran. Más tarjetas. Más promesas. Más sonrisas que no son sinceras.

Pero yo solo miro el sobre en mis manos y la tarjeta de Ortega y todo lo que significan.

Cuatrocientos dólares.

No es una fortuna. Pero es la primera vez que el dinero que gano no es una limosna o un favor. Es mi dinero. Ganado con mis manos. Con mi esfuerzo. Con el sudor y la sangre que he dejado en ese ring.

Y pienso en Laura.

Pienso en las noches que trabajó doble turno en el hotel. En las veces que volvió a casa con los pies hinchados y los ojos cansados pero todavía tenía fuerzas para hacerme la cena. En las facturas que pagó a tiempo aunque tuviera que pedir prestado. En las veces que me dijo no te preocupes, todo va a estar bien cuando yo sabía que no estaba bien.

Cuatrocientos dólares.

Es solo el comienzo. Si sigo así, si gano más peleas, si consigo contratos mejores, esto va a multiplicarse. Puedo darle todo. Una casa. Un coche. Viajes. Todo lo que ella nunca pudo tener. Todo lo que sacrificó por mí.

Todo.

—Angelito —dice Laura desde la esquina, y su voz me saca de mis pensamientos—. Estás muy callado.

—Estoy pensando —respondo, y la miro.

Por primera vez en mi vida, la veo como algo más que mi madre.

Es una mujer. Es hermosa. Es inteligente. Es fuerte. Y se ha pasado los últimos veintiún años dedicándome cada segundo de su vida.

—¿Pensando en qué? —pregunta ella, y hay una chispa en sus ojos, algo que me dice que ya sabe la respuesta.

—En que esto es solo el principio —digo, y el sobre de dinero brilla en mi mano—. En que voy a hacerte muy feliz.

Ella sonríe, y su sonrisa ilumina todo el maldito vestuario.

—Ya soy feliz —dice—. Solo te necesito a ti.

Y mientras la gente entra y sale del vestuario, mientras me dan palmadas en la espalda y me prometen el futuro, solo hay una cosa que no se me va de la cabeza.

El beso.

Sus labios contra los míos.

El calor de su cuerpo.

La forma en que dijo mi nombre.

Mi nombre. No “hijo”. No “Angelito”. Mi nombre.

Ángel.

Y sé que nada va a ser igual nunca más.

El vestuario se vacía lentamente. Ortega y su acompañante se van. Otros promotores dejan tarjetas. Un periodista local me toma una foto y me pregunta por mis aspiraciones. Ernesto me da una palmada en la espalda y me dice que mañana empezamos a entrenar para la siguiente pelea.

Cuando finalmente la puerta se cierra y solo estamos Laura y yo, el silencio vuelve.

—¿Qué pasó aquí? —pregunta ella, y su voz es suave, como si tuviera miedo de romper algo.

—Lo que tenía que pasar —respondo, y no sé si hablo de la pelea, del beso, o de todo.

Ella asiente. No dice nada más. Solo se acerca a mí, me abraza, y apoya su cabeza en mi pecho. Siento el calor de su cuerpo contra el mío, su respiración, sus manos en mi espalda.

Y sé que esto no ha terminado.

Esto apenas está empezando.

El boxeo. El dinero. La fama.

Y ella.

Ella, que es todo lo que he tenido, todo lo que tengo, y todo lo que quiero tener.

La tarjeta de Ortega está en mi mano. El dinero está en el bolsillo de mi pantalón. Y el futuro es un lienzo en blanco esperando que yo lo pinte.

—Te lo prometí, mamá —susurro contra su cabello—. Te lo prometí cuando tenía doce años.

—Lo sé —dice ella, y su voz es apenas un susurro—. Y sé que vas a cumplirlo.

El ruido del gimnasio aún se escucha a lo lejos. La gente sigue celebrando. La pelea ya es historia.

Pero para nosotros, para Laura y para mí, la historia apenas está empezando.

Este libro, ‘Mi Hijo, mi Boxeador‘, es de mi autoría, Annie Zarel.

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