La Confesión de mi Madrastra | Capítulo 4

Portada de La Confesión de mi Madrastra | Capítulo 4: mujer adulta elegante y sensual, de vestido corto y escote profundo, en el interior de una casa lujosa al atardecer.

La Confesión de mi Madrastra

«Nunca quise desearla. Nunca pude dejar de hacerlo.»

Capítulo IV

La Confesión de mi Madrastra

Capítulo IV…

El sol caía sin tregua.

De esos días en los que el calor no se siente solo en la piel, sino que se mete en el cuerpo, pesado, constante. El jardín brillaba demasiado, cada hoja, cada superficie reflejando la luz como si no hubiera descanso.

—Cuidado ahí, muchacho.

La voz de don Anselmo me sacó del ritmo automático en el que estaba.

—Eso —señaló con la pala—. Si afloja más la tierra, la raíz se jode.

—Sí, sí.

Aflojé la presión, ajustando el movimiento.

El viejo observó un segundo más, luego asintió, satisfecho.

—Así.

Seguí trabajando, clavando la pala con más control esta vez. La tierra estaba dura por el calor, pero cediendo poco a poco.

Llevaba ya un buen rato ahí.

La camiseta pegada al cuerpo, húmeda. El sombrero bajado lo suficiente para cubrirme los ojos del sol directo.

No era un trabajo que me molestara.

Al contrario.

Había algo en eso… simple. Directo. Hacías fuerza, veías el resultado. No había que pensar demasiado.

Y eso ayudaba.

—¿Y usted siempre viene estos días? —pregunté, más por romper el silencio que por curiosidad real.

—Tres veces a la semana —respondió, sin dejar de cortar unas ramas secas—. Lunes, miércoles y viernes.

Asentí.

—¿Desde hace mucho?

Soltó una risa corta.

—Más de lo que usted lleva vivo.

Eso me hizo sonreír apenas.

—Tiene sentido.

—Este jardín lo vi crecer —añadió—. Y cambiar.

Clavé la pala otra vez.

Cambiar.

Sí.

—¿Y le gusta cómo está ahora?

Se tomó un segundo antes de responder.

—Está bonito.

No dijo más. Pero no hacía falta.

Seguí trabajando en silencio.

El ritmo ayudaba. Pero no lo suficiente. Porque igual…

Volvía.

El fin de semana. Miguel. La piscina. Su voz.

“Ese culo es ilegal.”

Apreté la mandíbula, clavando la pala con más fuerza de la necesaria.

—Con calma —dijo don Anselmo, sin levantar la voz.

Aflojé.

—Sí.

Exhalé lento.

No quería pensar en eso. Pero estaba ahí. Pegado. La forma en que la miraba. Como si no hubiera límites. Como si no importara nada.

Y ella…

Cerré los ojos un segundo, apoyándome en la pala.

Ella no lo frenaba. Eso era lo que más jodía. No el hecho de que Miguel fuera Miguel. Eso era predecible.

Era ella. Respondiendo. Siguiéndole el juego. Sonriendo. Acomodándose. Como si le gustara.

—¿Está bien?

Abrí los ojos. Don Anselmo me miraba.

—Sí.

—Está clavando esa pala como si fuera otra cosa.

Solté una risa corta.

—Perdón.

—No piense tanto.

Fácil decirlo.

Volví al trabajo.

Pero ahora no era solo Miguel. Era ella. Isabella. Los días después de eso. Distintos. Más… silenciosos.

Yo había dejado de buscarla. O eso intentaba. Respuestas cortas. Distancia. Evitar espacios.

Ella no dijo nada. No preguntó. No insistió. Solo… se mantuvo al margen.

Como si supiera. Como si entendiera que había cruzado algo.

Pero eso no quitaba la imagen. Ni la sensación. Ni la molestia. Porque aunque no la viera tanto…

La seguía pensando.

Demasiado.

—Bueno —dijo don Anselmo, estirándose—. Con eso queda por hoy.

Miré el trabajo hecho. La tierra removida, las plantas ajustadas.

—¿Seguro?

—Seguro.

Se limpió las manos en el pantalón.

—Usted ayudó bastante.

Asentí.

—Gracias.

—Gracias a usted.

Nos quedamos un segundo en silencio.

—Le hace bien esto.

Lo miré.

—¿Sí?

—Sí.

No explicó. No hacía falta.

En ese momento, la puerta del jardín se abrió.

Martha. Con una bandeja en las manos.

—Descansen un momento.

Se acercó, dejando los vasos sobre una mesa pequeña.

—Está haciendo demasiado calor.

—Gracias, Martha —dijo don Anselmo.

—Con gusto.

Tomé el vaso de limonada. Fría. El primer sorbo me cayó como un golpe.

—Eso —dijo ella, mirándome—. Algo útil al menos.

Levanté una ceja.

—¿Algo?

—Algo.

Pero había una leve sonrisa.

Don Anselmo soltó una risa baja.

—El muchacho trabaja bien.

—Sí, eso veo.

Me miró un segundo más de lo necesario.

—Debería hacerlo más seguido.

—Lo pensaré.

No insistió. Pero tampoco se fue de inmediato. Se quedó ahí, observando. Como siempre.

—Ya termino —dije, dejando el vaso.

—No hay afán.

Pero ya estaba moviéndome. Necesitaba salir de ahí. Entrar. Ducharme. Limpiarme el calor… y todo lo demás.

Me despedí de don Anselmo y entré a la casa.

El cambio de temperatura fue inmediato. El aire más fresco. Más contenido. Subí las escaleras sin detenerme.

Y justo al girar en el pasillo—

Ella.

Isabella.

Se detuvo también. Como si hubiera calculado el momento. Llevaba una blusa ligera. Clara. Más abierta de lo normal. No exagerada. Pero suficiente.

El escote dejaba ver más de lo que debería. O de lo que solía. El cabello suelto, cayendo sobre los hombros.

Todo… en su sitio.

—Hola.

Su voz fue suave. Controlada.

—Hola.

Intenté mantener el tono neutro. No funcionó del todo.

—¿Estabas afuera?

—Sí.

—Hace mucho calor.

—Bastante.

Silencio breve.

La miré. Error. Porque bajé la mirada sin querer. Directo. El escote. La forma en que la tela se abría más cuando respiraba. Sus pechos abultados. Apretados en esa pequeña blusa, como si se fueran a salir.

Subí la vista de inmediato. Tarde.

Ella lo notó. Claro que lo notó. Sus labios se curvaron apenas.

—Te ves cansado.

—Un poco.

Se movió un paso. Acercándose. No mucho. Lo suficiente.

—Deberías darte una ducha.

—Eso iba a hacer.

Su mirada no se apartaba. Ni la mía.

Otro segundo.

Y entonces—

Se acomodó el cabello. Lentamente. El movimiento hizo que la blusa se desplazara un poco. Su escote se profundizó. Más. Sus senos mostraron más de su proporción. Casi se veía su areola.

Apreté la mandíbula.

—Bu… Bueno…

Mi voz se trabó apenas.

—Voy a…

—Sí.

Ella no se movió. Yo sí. Pasé a su lado. El espacio era estrecho. Más de lo necesario. El roce fue mínimo. Pero estuvo. Claro. Sus pechos rosaron mi brazo cuando pasé por su lado.

Llegué al baño y cerré la puerta con más fuerza de la necesaria. Me apoyé un segundo. Respirando.

—Joder…

Abrí la ducha sin pensar más. El agua fría cayó de golpe. Directa. Sobre la cabeza. El cuerpo reaccionó al instante.

Pero no borró nada. Al contrario. Lo intensificó.

Cerré los ojos.

Error. La vi. Otra vez.

La piscina. El bikini. La forma en que se movía. La forma en que lo miraba a él, tan descarada.

La forma en que se había acomodado recién. El escote. La piel. El roce.

—No…

Apoyé la mano contra la pared.

Intentando anclarme. Pero no funcionaba. Porque ahora no era solo recuerdo. Era reciente. Demasiado reciente.

Y el cuerpo…

Respondía. Sin pedir permiso. Sin lógica. Sin filtro.

Tragué saliva.

Intenté pensar en otra cosa. No pude. Porque todo volvía al mismo punto.

A ella. A cómo se movía. A cómo sabía lo que provocaba. A cómo…

No lo evitaba.

Apreté los dientes. La sensación que su cuerpo me generaba era muy fuerte.

Deseo.

—Esto no está bien…

Pero el pensamiento no frenó nada.

El agua seguía cayendo.

El cuerpo seguía reaccionando. Sentí cómo mi erección seguía creciendo. Tan dura como no la había sentido antes.

Y yo…

Ahí.

Sin poder cortar del todo lo que ya estaba empezando a ser imposible de ignorar.

Los días empezaron a mezclarse entre sí.

No pasaba nada concreto.

Y al mismo tiempo… pasaba demasiado.

Yo seguía con la misma idea en la cabeza: mantener distancia. No mirarla más de lo necesario. No quedarme en los mismos espacios. No darle vueltas a lo del fin de semana.

En teoría.

En la práctica… fallaba.

Siempre.

Isabella no volvió a mencionar a Miguel directamente. No hizo falta. Su actitud cambió lo justo para notarse.

Más suave. Más… cercana.

Como si estuviera corrigiendo algo. Como si quisiera recuperar terreno. Y lo hacía bien. Demasiado bien.

—¿Desayunas aquí o allá?

—Aquí.

—Siéntate, ya te sirvo.

Ese tipo de cosas. Normales. Domésticas. Pero cargadas.

Porque no era solo lo que decía. Era cómo lo decía. El tono. La mirada que se quedaba un segundo más. La forma en que se movía alrededor mío. Siempre lo justo. Siempre medido.

Y yo…

Cediendo. Poco a poco. Sin darme cuenta cuándo dejé de resistirme tanto.

Los roces empezaron a aparecer. Primero accidentales. O eso parecían.

En la cocina, pasando uno al lado del otro. En el pasillo, al cruzarnos en espacios demasiado estrechos. En la sala, al inclinarse para tomar algo cerca de donde yo estaba.

Contacto leve. Pero constante. Y cada vez…

Más difícil de ignorar.

Una mañana, por ejemplo. Estaba sirviéndome agua cuando ella entró detrás de mí. No la escuché llegar.

—¿Me pasas un vaso?

Giré apenas. Demasiado cerca. Nuestros brazos se rozaron. Piel contra piel. Un segundo. Pero suficiente.

Sentí el impulso de apartarme.

No lo hice de inmediato. Ella tampoco. Sostuvo el espacio. Como si midiera mi reacción.

Le pasé el vaso. Sin hablar. Sin mirarla directamente.

Pero ya era tarde.

El cuerpo ya había reaccionado.

Y eso empezaba a ser un problema constante. Porque no era algo puntual. Era todo el tiempo.

Su forma de vestirse no ayudaba. Nada.

Era verano.

Y eso se notaba.

Vestidos ligeros, cortos, que terminaban a mitad de muslo. Telas suaves, que se movían con cada paso. Tirantes delgados que dejaban los hombros al descubierto.

Y los escotes.

Siempre los escotes.

Algunas veces iba tan escotada, que me parecía ver el asomo de sus areolas. Rosadas. Y sus senos abultados que parecían querer explotar.

A veces usaba shorts. Cortos. Más de lo necesario.

Con camisetas pequeñas, tops ajustados o blusas que parecían no contener del todo lo que tenían que contener.

Y yo…

Perdía. Siempre.

Mis ojos iban solos. A sus piernas. A sus caderas. Pero sobre todo…

A sus pechos.

Era automático. Como si no pudiera evitarlo.

Había momentos en los que la tela se ajustaba tanto que apenas dejaba espacio a la imaginación. La forma… demasiado clara. Demasiado presente.

Llegué a notar detalles que no debería haber notado. Y no pude dejar de verlos después.

Apreté la mandíbula más de una vez por eso.

Intentando controlar algo que ya no estaba del todo bajo control. Porque no era solo mirar.

Era la reacción. Constante. Incontrolable. Incómoda. Mis pantalones me apretaban constantemente. Era doloroso.

Había momentos en los que tenía que levantarme sin explicación, salir de donde estuviera, encerrarme en el baño o en mi cuarto solo para recuperar algo de control.

Respirar.

Bajar la intensidad. Bajar la tensión acumulada en mis pantalones. Desahogarme. Intentar que el cuerpo dejara de responder como si tuviera vida propia.

A veces funcionaba. A veces no. Y eso…

Empezaba a frustrarme. Porque por más que intentara racionalizarlo, poner límites, decirme que no…

El deseo estaba ahí. Claro. Directo. Sin filtros.

Tenía diecinueve años. Y eso pesaba. Más de lo que quería admitir.

Isabella lo sabía. No todo. Pero lo suficiente.

Lo notaba en sus miradas.

En la forma en que, a veces, se acomodaba sabiendo exactamente qué estaba haciendo. En cómo se inclinaba un poco más de la cuenta al tomar algo. En cómo cruzaba las piernas, lento, sin prisa. En cómo dejaba que el silencio durara justo lo necesario para que yo no pudiera apartar la vista.

Pero no siempre.

Había momentos en los que cambiaba. En los que algo en ella se activaba y frenaba todo. Se volvía más distante. Más… correcta.

Como si se recordara a sí misma quién era. Dónde estaba. Qué estaba haciendo. En esos momentos, la diferencia era clara.

El tono. La postura. La distancia.

Todo volvía a un lugar más seguro. Más lógico.

Pero duraba poco.

Porque después…

Volvía.

Esa otra parte.

Más suelta.

Más… peligrosa.

Y era esa la que dominaba la mayoría del tiempo. La que jugaba. La que sostenía las miradas. La que no retrocedía.

Yo ya no podía fingir que no lo notaba. Que no lo entendía. Porque lo hacía. Y aun así…

No me detenía. Al contrario. Empecé a provocar. Pequeñas cosas. Sin pensarlo demasiado.

Quedarme un segundo más en la cocina cuando ella estaba. Pasar por el pasillo aunque pudiera evitarlo. Buscar excusas mínimas para coincidir.

Nada evidente. Pero suficiente. Y ella…

Respondía.

Siempre medio paso atrás. Nunca cruzando del todo. Pero tampoco cerrando la puerta.

Una tarde, mientras ella revisaba algo en la mesa del comedor, me quedé más tiempo del necesario cerca.

—¿Necesitas algo?

—No.

Silencio. No me moví. Ella levantó la mirada.

—¿Seguro?

Asentí.

Pero no me fui. Ella sostuvo. Un segundo más. Y luego volvió a lo suyo. Pero sin cerrar del todo. Dejando el espacio.

Eso era lo que hacía. Siempre. Dejaba el espacio. Y yo lo llenaba. A mi manera. Mal. Pero lo hacía.

A veces incluso jugaba conmigo de formas más directas.

—¿Has hablado con Miguel?

La primera vez que lo dijo, me tensé de inmediato.

—No.

—¿No te escribió?

—No.

—Qué raro.

Su tono era ligero. Pero sabía. Sabía exactamente lo que hacía.

—No me interesa.

Ella levantó la vista.

—¿No?

Negué.

—No.

Una pausa.

—Es simpático.

Apreté la mandíbula.

—Sí —bufé.

Sonrió apenas.

Y ahí me di cuenta. Le divertía. Le divertía verme así. La molestia. La incomodidad. La reacción.

Pero no siempre. Porque a veces, justo después de eso, cambiaba. Como si se arrepintiera. Como si se diera cuenta de que estaba empujando demasiado.

Y entonces bajaba el tono. Se alejaba un poco. Me daba espacio.

Demasiado tarde. Porque el efecto ya estaba hecho. Y yo… Me quedaba con eso. Con la mezcla. La molestia.

Y algo más. Algo que crecía. Sin control. Cada día un poco más.

Hasta que dejó de ser algo que podía ignorar. Y pasó a ser algo que tenía que gestionar. Como fuera.

Porque si no…

Se iba a salir de control.

El calor ya era rutina.

Ese tipo de calor que no se va ni metiéndote a la piscina toda la mañana. Salí de ahí con la piel todavía húmeda, el cabello pegado a la frente, el cuerpo cansado de nadar sin parar.

Entré a la cocina directo.

—¿Otra vez? —dijo Martha sin mirarme—. Te vas a volver pez.

Abrí la nevera.

—Hace demasiado calor.

—Siempre hace calor.

Saqué la jarra de limonada y me serví un vaso lleno, sin medir. El primer trago me cayó de golpe, directo. Frío. Necesario.

Apoyé una mano en la encimera, respirando un poco más lento.

—¿Comiste algo? —preguntó.

—No.

—Después no se me vaya a marear.

—No me voy a marear.

Iba a darle otro trago cuando la sentí. No la escuché llegar. La sentí. Ese cambio leve en el ambiente.

Giré la cabeza. Error. Isabella.

Venía del gimnasio. Leggins, de color aguamarina. Apretados. Demasiado. Me pareció que se le marcaba el hijo de su tanga que estaba usando.

El top igual, pegado al cuerpo, marcando todo sin dejar nada suelto. Sus senos totalmente apretados en esa prenda. Redondos. La piel ligeramente húmeda, el cabello recogido en una cola alta.

Y…

No hizo falta mirar demasiado. Se marcaba. La línea. La tela. Todo. Su cuerpo.

El vaso se me fue un poco. La limonada entró mal.

Comencé a toser muy fuerte. Me había atorado.

—¿Qué te pasa? —Martha reaccionó de inmediato, acercándose.

Me dio unos golpes en la espalda.

—Tranquilo, tranquilo…

Isabella también se acercó.

—¿Estás bien?

Sentí su mano en mi hombro.

—Sí… —tosí otra vez—. Sí, fue… el trago.

—¿Seguro? —insistió Martha.

Asentí, limpiándome la boca con el dorso de la mano.

—Sí.

Respiré hondo. Intentando recuperar el control.

Pero ya era tarde. Porque la había visto. Y no podía dejar de verla.

Levanté la mirada.

Mal.

Porque mis ojos fueron directo. Otra vez. A su cuerpo. A cómo se ajustaba todo. A cómo no había nada que esconder.

Subí de inmediato.

Pero Isabella ya lo había notado. Claro que lo había notado. Y algo en su expresión cambió.

No mucho. Lo suficiente. Estaba sonriendo.

Martha seguía pendiente de mí.

—Tómate esto despacio —dijo, acercándome el vaso otra vez.

—Sí.

Di un sorbo más corto esta vez. Controlado.

—Ya estoy bien.

—Seguro.

Martha se quedó ahí, todavía mirándome bien. Preocupada.

Isabella tampoco se movió. Se quedó ahí. Cerca. Demasiado cerca.

—¿Entrenaste fuerte? —pregunté, más por decir algo que por otra cosa.

—Un poco.

Su tono era distinto. Más suave. Más… cercano.

Se apoyó levemente en la encimera. El movimiento hizo que el top se tensara un poco más.

Apreté la mandíbula.

—Hace calor para eso.

—Por eso.

Sonrió apenas.

Y entonces empezó. No fue directo. Fue sutil. Se acomodó el cabello. Levantando los brazos.

El top subió apenas. Lo suficiente.

Después cambió el peso de una pierna a otra. Lento. Marcando más las caderas.

No era exagerado. Pero no era casual. Y lo sabía.

Yo lo sabía. Y aun así…

No podía dejar de mirar. Intentaba disimular. De verdad. Pero era inútil.

Comencé a sentir cómo mi traje de baño se tensaba.

O no. Otra vez.

—¿Vas a salir otra vez? —preguntó.

—No… —tragué saliva—. Creo que no.

—Deberías.

—¿Sí?

—Sí.

Se inclinó apenas hacia adelante, como si fuera a tomar algo del mesón que estaba ubicado en la mitad de la cocina. Sus tetas se fueron hacia abajo, por la gravedad. Ajustadas. Apretadas en ese top diminuto. Se le marcaban los pezones.

No tomó nada. Pero el gesto quedó. Demasiado claro. Me miraba con esa sonrisa maliciosa.

Desvié la mirada. Tarde. Sentí mi cuerpo reaccionar. Otra vez. Más fuerte. Más duro.

—Voy al baño —dije de golpe.

Demasiado rápido.

Afortunadamente el mesón me tapaba. Pero igual llevé mis manos a la entrepierna para cubrirme.

—¿Otra vez? —Martha levantó la vista.

—Sí… un momento.

No esperé respuesta. Salí. Subí las escaleras casi sin pensar. Más rápido de lo normal. Sentía el pulso en el cuello. Fuerte.

Llegué al baño y cerré la puerta. Apoyé las manos en el lavamanos. Respirando.

—¡Joder!…

Miré mi reflejo. No ayudaba.

Bajé la vista. Tampoco. Tenía una gran carpa en mi entrepierna. Me dolía. Sentía que me palpitaba.

Me pasé la mano por la cara.

Tenía que bajar eso. Calmarme. Como siempre. Era rutina ya.

Me dispuse a bajar la pantaloneta de baño.

Cuando me dio por girar hacia la ducha. Y ahí…

La vi.

Colgada en la manija. Pequeña. Demasiado pequeña. Encaje. Rojo.

Una prenda íntima femenina.

Sufrí un corrientazo, desde mi vientre, hasta mi entrepierna. Que hizo que palpitara más.

Me acerqué.

Una tanga.

Me quedé quieto. Un segundo. Dos. Procesando.

No estaba ahí por accidente. No podía estarlo.

Me acerqué despacio. Como si alguien fuera a aparecer en cualquier momento. No pasó nada.

La tomé. Ligera. Casi inexistente en las manos. El encaje suave entre los dedos. Los hilos muy delgados.

Tragué saliva. El corazón golpeando más fuerte.

La llevé un poco más cerca. Sin pensar demasiado.

Y entonces—

El olor.

No fuerte. No invasivo. Pero claro.

Perfume. Su perfume. Y algo más. Más íntimo. Más… real.

Cerré los ojos un segundo.

Error. Porque eso terminó de romper cualquier intento de control. La respiración cambió. Más pesada. Más corta.

—Mierda…

La sostuve con más fuerza.

El cuerpo ya no estaba respondiendo. Estaba reaccionando. Directo. Sin filtro. Sin pausa. Y esta vez…

No intenté detenerlo. No pude. No quise. Todo era demasiado.

El recuerdo. La imagen. Su cuerpo. Cómo se había movido. Cómo sabía lo que hacía. Cómo me miraba.

Todo se mezcló. En un solo punto. Más intenso. Más… crudo.

Me apoyé contra la pared. Cerrando los ojos. Dejándome llevar. Sin pensar. Sin medir. Solo… siguiendo.

La tela era tan pequeña que apenas pesaba en mi mano. Roja, de encaje, con esos hilos laterales que apenas son un adorno.

La llevé a mi nariz otra vez. Su perfume aún se resistía a desaparecer, mezclado con ese aroma más profundo, más íntimo, que reconocería entre mil.

Cerré los ojos y aspiré despacio, sintiendo cómo el aire se volvía denso en mis pulmones.

Estos días habían sido una tortura. Ella con esos vestidos cortos, inclinándose frente al refrigerador, dejando ver la curva de sus muslos. En el pasillo, rozándome con esa casualidad que ya no creía inocente. Sus pechos redondos asomándose por los escotes, y esa vez que juré ver el rosado de sus areolas. Y en la piscina… los bikinis diminutos, su cuerpo húmedo brillando bajo el sol.

Hace un momento, en la cocina, volviéndome loco. Los leggins que se le incrustaba en cada curva, marcando la tanga que lleva debajo con una precisión obscena. El top apenas contenía sus pechos, y los pezones, se marcaban contra la tela.

Saqué mi pene, ya duro como nunca lo había sentido. Con la urgencia de quien lleva días conteniéndose. Envolví la tanga alrededor de él, sintiendo el encaje áspero contra la piel sensible, y comencé a frotarme.

El aroma se intensificó con el calor, con la humedad de mi propia excitación.

La imaginé inclinada hacia adelante, esas nalgas redondas ofrecidas. Le bajaba los leggins despacio, corría los hilos rojos a un lado, y la veía. La sentía.

Comencé a moverme más rápido. Mis dedos apretaban la tela contra mi verga, restregándola, imaginando que era ella quien me envolvía. Pensé en empujar duro, en oír su respiración romperse, en agarrarle la cadera con fuerza mientras la penetraba sin delicadeza. La follaba. La cogía. La culeaba con esa necesidad animal que me había estado consumiendo día tras día.

El ritmo se volvió frenético. Mi respiración se convertía en jadeos que rebotaban en los azulejos del baño. El encaje rojo subía y bajaba, y yo solo podía pensar en su cuerpo, en sus ojos verdes mirándome desde abajo, en sus labios entreabiertos.

Llegó el momento en que ya no pude más.

Un gemido ronco se escapó de mi garganta mientras sentía cómo todo mi cuerpo se tensaba, cómo el placer se concentraba en un punto hasta estallar.

Me corrí en la tanga, en mi mano, en un espasmo largo e intenso que me dejó temblando, apoyado contra la pared.

Permanecí allí un momento, con la respiración agitada, mirando la pequeña prenda ahora manchada.

Su perfume ya no estaba. Solo quedaba el mío, y la certeza de que esto no iba a detenerse aquí.

Cerré lo ojos. Intentando calmar mi respiración.

El tiempo se volvió difuso. No sé cuánto pasó. Solo sé que no había vuelta atrás.

Cuando abrí los ojos otra vez, el aire se sentía distinto. Más pesado. Más denso.

La respiración todavía un poco irregular.

Miré la tanga en mi mano. Empapada.

Me quedé quieto un segundo. Pensando. O intentando.

Pero no había mucho que pensar. Porque en el fondo…

Lo sabía. Desde que la vi ahí.

No era casual. No podía serlo.

Levanté la mirada hacia la manija de la ducha. Y la colgué. Exactamente donde estaba.

Sin limpiarla. Sin cambiar nada.

Un gesto simple. Pero claro. Demasiado claro.

Me miré otra vez en el espejo.

—¿Qué estás haciendo…?

Y que negarlo… empezaba a ser inútil.

Este libro, ‘La Confesión de mi Madrastra’, es de mi autoría, Annie Zarel.

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