
Mi Ardiente Suegra
«La tentación no me quitó lo que tenía… me obligó a elegir quién quería ser.»
Capítulo V
Mi Ardiente Suegra
Capítulo V…
La rutina volvió a acomodarse sin esfuerzo. Los días pasaban con una normalidad casi precisa. Trabajo, horarios, pequeños ajustes en función del embarazo. Nada fuera de lo esperado. Nada que, desde afuera, indicara que algo se estaba moviendo debajo.
Esa noche llegamos juntos al apartamento. Lisa dejó el bolso sobre la silla de siempre y se recogió el cabello con un gesto automático.
—Voy a empezar con la cena —dijo.
—Yo te ayudo.
La cocina se llenó rápido de movimiento. El sonido del agua en el fregadero. Los utensilios chocando suavemente. El olor de algo calentándose en la estufa. Era una escena sencilla. Doméstica. Exactamente el tipo de momento que habíamos construido durante años. Lisa cortaba verduras con precisión. Yo me encargaba de lo demás.
—Hoy estuvo pesado —comentó sin dejar de mirar la tabla.
—¿Mucho trabajo?
—Sí… cierre de mes.
Asentí.
—Lo normal.
Hubo un pequeño silencio cómodo. Luego cambió de tema.
—Mamá me contó algo hoy.
La miré de reojo.
—¿Qué cosa?
—Lo de la feria.
—¿Qué feria?
—Una exposición de decoración y manualidades. El otro fin de semana.
Tomó un pedazo de zanahoria y lo dejó en el recipiente.
—Quiere llevar cosas de su emprendimiento.
Asentí lentamente. María y sus productos artesanales. Nada nuevo. Pero la imagen de ella apareció igual. Sin esfuerzo.
—Le puede ir bien —dije.
—Sí. Está emocionada.
Lisa sonrió levemente.
—Le gusta eso. Le da algo propio.
No respondí de inmediato.
—Está bien.
Ella siguió trabajando.
—De hecho me dijo que después te quería mostrar unas cosas.
—¿A mí?
—Sí. Tu opinión.
Solté una pequeña exhalación.
—Claro.
La conversación siguió fluyendo. Natural. Sin esfuerzo.
—Ah, y Arnold me escribió —añadió.
—¿Sí?
—Me mandó fotos.
Se limpió las manos y tomó el celular.
—Mira.
Se acercó a mí. En la pantalla aparecieron imágenes. Arnold con un grupo de personas. Riendo. En exteriores. Luego otras. Cámaras, luces, escenarios improvisados.
—Está en un proyecto audiovisual —explicó Lisa—. Algo de una serie.
Observé las fotos. Arnold se veía cómodo. En su ambiente. Seguro.
—Se nota que le gusta —dije.
—Sí.
Lisa sonrió.
—Siempre quiso eso.
Pasó otra imagen. Arnold sosteniendo una cámara, dando indicaciones, dirigiendo. Había algo en su postura, en la forma en que ocupaba el espacio. Firme. Natural. Apagué la pantalla cuando Lisa bajó el celular.
—Está bien que lo aproveche.
—Sí.
El silencio volvió. Pero esta vez fue distinto. Más lento. Más presente. Terminamos de preparar la comida sin hablar mucho más. Lisa apagó la estufa.
—Listo.
Comenzó a servir. Yo la observé un momento, desde atrás. La forma en que se movía ahora era ligeramente distinta. Más cuidadosa. Más consciente de su propio cuerpo.
Me acerqué, sin decir nada. Rodeé su cintura con los brazos. Apoyé el pecho en su espalda. Lisa soltó una pequeña risa suave.
—¿Qué haces?
No respondí.
Deslicé una mano lentamente hacia su abdomen. Apenas comenzaba a notarse. Un cambio leve, pero suficiente. La curva ya no era la misma. Apoyé la palma con suavidad. Sentí el calor, la firmeza distinta.
Lisa se quedó quieta.
—Está creciendo —dijo en voz baja.
—Sí.
Mi mano se quedó ahí. Un momento más. Sin prisa. Sin intención de ir más allá.
Solo… sintiendo.
—¿Qué crees que sea? —preguntó.
—No sé.
—Yo tampoco.
Hubo un silencio. Uno distinto. Más cargado. No incómodo. Pero sí… significativo.
—Sea lo que sea… —murmuró ella.
No terminó la frase. Pero no hacía falta. Apreté apenas el abrazo.
—Va a estar bien.
Lisa apoyó la cabeza hacia atrás, rozando la mía.
Nos quedamos así unos segundos. Sin movernos. Sin hablar. Solo… ahí.
Luego se separó. —Se enfría la comida.
Asentí. Tomamos los platos. Fuimos a la mesa. La rutina continuó. Como si nada se hubiera movido. Como si todo estuviera exactamente donde debía estar.
El viernes se sintió más largo de lo habitual.
Estaba en la oficina desde temprano, concentrado en unos cálculos que llevaba posponiendo toda la semana. La pantalla frente a mí estaba llena de cifras, fórmulas, proyecciones que debía ajustar antes del cierre.
Era el tipo de trabajo que exigía precisión. Atención completa. Y, por un rato, lo logré. Mi mente se mantuvo ahí, enfocada, ordenada, sin distracciones.
Hasta que el teléfono vibró sobre el escritorio.
Lisa.
Lo dejé sonar un segundo más de lo necesario antes de contestar.
—Hola.
—Amor —su voz llegó directa, sin rodeos—. ¿Estás ocupado?
Miré la pantalla del computador.
—Un poco. ¿Todo bien?
—Sí, sí… todo bien.
Hubo una pequeña pausa.
—Te llamo porque necesito pedirte algo.
Me recosté ligeramente en la silla.
—Dime.
—Mañana.
Esperé.
—Mamá tiene lo de la exposición.
Asentí, aunque ella no podía verme.
—Sí, la feria.
—Ajá. Pero… hay un problema.
Mi atención se ajustó de inmediato.
—¿Qué pasó?
—El carro de mi papá se averió.
Fruncí levemente el ceño.
—¿Otra vez?
—Sí. Parece que es algo del motor.
Exhalé despacio.
—Y él era el que la iba a llevar.
Ahí estaba. El punto.
No respondí de inmediato.
—Entonces… —continuó Lisa— necesito que tú la lleves.
El silencio se extendió un segundo más de lo normal. Miré la pantalla otra vez, pero ya no estaba leyendo los números.
—¿Mañana?
—Sí.
—¿A qué hora?
—Hay que salir temprano, porque son dos horas de camino. La exposición empieza a las once.
Hice el cálculo mental. Dos horas de camino. Eso significaba salir antes de las nueve.
—Es en otra ciudad —añadió—. Se llama San Jerónimo del Valle. No es tan lejos.
Asentí despacio.
—¿Y tu papá?
—Se queda. Va a ver lo del carro.
Volví a guardar silencio. La idea no me resultaba cómoda. Nada cómoda.
—Podrías ir con ella en bus —dije, buscando una salida lógica.
—Nelson…
Su tono cambió. No molesto. Pero sí firme.
—Va cargada con cosas. Cajas, productos… no es tan fácil.
Tenía sentido.
—Además —añadió—, es temprano.
Pasé una mano por la frente.
—Tengo cosas que hacer…
—Solo es mañana.
Me interrumpió.
—La dejas allá y se devuelven en la tarde. Cuando termine la feria, a las cinco.
No respondí.
—Por favor.
Esa palabra. Simple. Directa. Suficiente.
Cerré los ojos un segundo. Sabía que insistir no iba a cambiar nada.
—¿A qué hora paso?
Su respuesta fue inmediata.
—Ocho y media.
Asentí.
—Está bien.
—¿Sí?
—Sí.
Escuché cómo exhalaba del otro lado.
—Gracias.
No dije nada.
—Entonces mañana pasamos, yo te acompaño a la casa y me quedo ahí, con mi papá—continuó—. Mamá ya tiene todo listo.
—Listo.
La llamada terminó. Dejé el teléfono sobre el escritorio. Los números en la pantalla seguían ahí. Pero habían perdido sentido. Me quedé mirando sin ver realmente.
Mañana. Dos horas de camino. Solo María y yo. En un espacio cerrado. Sin interrupciones. Sin terceros.
Exhalé lentamente.
No había forma de evitarlo.
El sábado comenzó más temprano de lo habitual.
A las ocho ya estaba listo.
Lisa tardó un poco más. Se movía con cuidado, más lenta que antes, aunque todavía no fuera algo evidente para cualquiera.
Salimos del apartamento sin apuro.
El aire de la mañana estaba fresco, limpio. La ciudad aún no terminaba de despertar del todo.
Subimos al carro.
—¿Llevas todo? —pregunté.
—Sí.
Se acomodó el cinturón. Arranqué. El trayecto hasta la casa de sus padres transcurrió en silencio al inicio. No incómodo. Pero sí… contenido.
Yo manejaba con la vista fija al frente. Pero mi mente no estaba completamente en la carretera. Sabía lo que venía. Todo el día, solo con María.
Ese pensamiento se repetía con una claridad incómoda.
Intenté concentrarme en algo más. En la ruta. En el tráfico. Pero no duraba mucho. La imagen regresaba. Su cuerpo. Su voz. Su cercanía. La forma en que me había mirado la última vez. La caricia en el brazo.
Apreté ligeramente el volante.
Lisa habló después de unos minutos.
—Mamá está emocionada con lo de hoy.
Asentí.
—Sí. Lleva días hablando de eso.
—Le va a ir bien —asentí.
Lisa sonrió levemente.
—Aunque dice que más que vender, quiere ver ideas.
—También sirve.
—Sí.
El silencio volvió. Pero esta vez no me ayudó, porque mi mente se llenó otra vez de lo mismo. De ella. De María. De todo lo que había pasado. De todo lo que no había pasado… pero estaba ahí, latente.
Cuando llegamos, Rodrigo y María ya estaban afuera. Esperando. Rodrigo tenía las manos en los bolsillos. María sostenía una caja pequeña.
Lisa bajó primero.
—¡Hola!
Caminó directo hacia ellos. Abrazó a su padre. Luego a su madre. La escena era cálida. Familiar. Rodrigo me saludó con entusiasmo apenas me acerqué.
—¡Hombre!
El abrazo fue fuerte. Con las típicas palmadas en la espalda.
—¿Listo para el viaje?
—Listo.
—Gracias por hacerme el favor —añadió.
—No hay problema.
Luego fue el turno de María. Se acercó. Más despacio.
—Hola, Nelson.
Su voz fue suave. Había una leve sonrisa en sus labios. Distinta. Más contenida.
—Hola.
El beso en la mejilla fue breve. Pero el contacto… no tanto. Un segundo más. Apenas. Cuando se separó, me miró. No sostuvo demasiado. Pero tampoco fue evasiva.
—Gracias por acompañarme.
—Claro.
Su tono era sincero. Bajó la mirada un instante. Luego volvió a levantarla. Había algo ahí. Algo que no terminaba de definir. Pero estaba.
Rodrigo interrumpió.
—Bueno, ahí está todo.
Señaló la caja. Era pequeña. Ligera.
—No es mucho —dijo María—. Solo algunas cosas.
—Ella va más a mirar que a vender —añadió Lisa.
—Sí —respondió María—. Quiero ver qué hay, cómo se mueve todo.
Asentí.
Tomé la caja, la llevé al carro, la acomodé en la parte trasera. No había mucho más. Todo estaba listo.
Volvimos a la entrada.
—Bueno —dijo Rodrigo—. Que les vaya bien.
Abrazó a Lisa otra vez. Luego a María.
—Cualquier cosa me llamas.
—Sí.
Lisa se acercó a su madre.
—Me cuentas todo.
—Claro.
Se abrazaron. Más largo esta vez.
—Cuídate —añadió María.
—Tú también.
Luego Lisa me miró.
—Maneja con cuidado.
—Sí.
Abrí la puerta del conductor. María rodeó el carro y se subió en el asiento del copiloto. Se acomodó con calma. Yo entré. Cerré la puerta.
El ambiente dentro del carro cambió de inmediato. Más cerrado. Más… notorio.
—¿Todo listo? —pregunté, mirando al frente.
—Sí.
Su voz fue tranquila. Pero baja. Asentí.
Rodrigo hizo un gesto con la mano desde afuera. Lisa también. Encendí el motor. El carro vibró suavemente. Miré por última vez por el retrovisor. Luego al frente.
Y salimos.
Los primeros metros fueron en silencio. El sonido del motor. La calle aún medio vacía. Y nosotros.
Solos.
Los primeros 45 minutos del viaje transcurrieron en silencio. No era un silencio incómodo en apariencia. Pero se sentía… más denso de lo normal.
El motor ronronea en la ruta. Dos horas por delante. La ciudad se quedó atrás hace rato, y ahora solo hay asfalto, campos verdes y ese sol de media tarde que entra por el parabrisas.
María acomodó el cinturón con cuidado, cruzando las manos sobre su regazo después. Miraba al frente, atenta a la carretera, como si eso le diera algo en qué concentrarse. Piernas rectas. La falda le quedó un par de centímetros más arriba de lo necesario cuando se subió.
Yo mantenía ambas manos en el volante. Demasiado consciente de su presencia.
Encendí la radio.
El primer intento fue una emisora cualquiera. Música suave, casi ambiental. La dejé unos segundos. Luego cambié. Otra emisora. Algo más movido. Duró menos. Finalmente volví a una tercera opción. Clásicos en español. Canciones conocidas, seguras, sin sobresaltos. La dejé ahí.
—Está bien —dijo María en voz baja.
Asentí.
—Sí.
No hubo más comentarios.
La música llenó el espacio que ninguno de los dos parecía querer ocupar del todo.
Avanzamos unos kilómetros así.
—¿Has ido antes a San Jerónimo del Valle? —preguntó ella después de un rato.
—No.
—Es tranquilo.
—Mejor.
Una pausa.
—Para lo que vas a hacer hoy, sí —añadí.
María asintió.
—Quiero ver qué están haciendo los demás. Cómo presentan… qué materiales usan.
Hablaba con calma. Medida.
—Tu emprendimiento ha crecido —dije.
—Un poco.
Su tono no era de orgullo. Más bien de control.
—Todavía estoy probando cosas.
La miré de reojo. Tenía la vista fija al frente. Las manos juntas. Demasiado quietas.
—Lisa dice que te está yendo bien.
—Lisa exagera.
Una leve sonrisa. Pero breve. Luego volvió a desaparecer.
El silencio regresó. Más largo esta vez. Más presente.
La música seguía sonando de fondo, pero ya no lograba cubrirlo del todo.
Mi mirada volvió a desviarse. Primero al camino. Luego… a ella. Disimuladamente. El perfil de María recortado contra la ventana. La línea de su cuello. El movimiento leve de su pecho al respirar. El vestido. Ajustado lo justo. Marcando. Sin ser evidente.
Apreté ligeramente el volante.
La imagen apareció sola. Sin esfuerzo. El baño. La repisa. Las prendas. El encaje entre mis dedos. El olor.
Cerré los labios.
—¿Llevas agua? —pregunta ella de repente.
—Sí, atrás.
Ella se gira para buscarla. La blusa se le tensa en el pecho. Miro la carretera. Pero la miro. De reojo. El perfil de su cara, el cabello recogido a un lado, la línea del cuello. Cuando ella vuelve a sentarse, nuestros ojos se encuentran. Un segundo. Dos. Demasiado.
Ella bebe. Yo trago saliva.
Desvié la mirada al frente.
Pero no se fue. Nunca se iba del todo. La playa. El pareo moviéndose con el viento. La piel expuesta al sol. La piscina. El agua deslizándose por su cuerpo.
Y luego…
La prenda roja. Ajustándose a sus caderas. Marcando la forma. Imaginándola. Llevándola puesta.
El calor subió de forma inmediata. Involuntaria.
Tragué saliva.
Intenté concentrarme en la carretera. Pero mi mirada volvió. Otra vez. Más rápida. Más precisa. A la curva de su cadera contra el asiento. Al movimiento mínimo cuando cambiaba de postura.
El silencio vuelve a caer. Y ahí, en medio del ruido de la goma contra el asfalto.
El baño.
La tanga roja entre mis manos.
El olor a hembra, a perfume, a algo más.
Mi propio miembro duro, la tela contra la piel, la calentura de saberme haciendo eso con la prenda de ella a dos metros de la fiesta.
Desvié la mirada hacia sus piernas. Siguen rectas. Los muslos apretados. Y pienso en esa playa, el verano pasado. El bikini negro. Su trasero cuando salía del agua, la forma en que se le marcaban los glúteos con la tela mojada. La piscina en esa cabaña, ese día que ella se agachó para recoger una toalla y casi me ahogo con la cerveza.
Los pantis.
Las malditas pantis diminutas que dejaba colgadas en el baño.
Las que me ponía en la cara mientras se me jalaba pensando en ella.
El pantalón comienza a apretarme.
María se movió apenas. Casi imperceptible. Pero suficiente. Sus manos se ajustaron sobre su regazo. Sus dedos se entrelazaron. Luego se soltaron. Y en ese momento… giró ligeramente el rostro. Nuestros ojos se encontraron. Un segundo. Dos. Demasiado tiempo.
No aparté la mirada de inmediato. Ella tampoco. Había algo en su expresión. No era rechazo. No era incomodidad abierta. Era… tensión. Sus ojos parpadearon. Más rápido de lo normal. Bajó la mirada. Volvió al frente. Respiró más hondo. Yo hice lo mismo.
Volví la vista al camino.
El silencio ahora era distinto. Más cargado. Más evidente.
—¿Cuánto falta? —preguntó ella después de unos minutos.
—Una hora y media.
—Bien.
Su voz estaba controlada. Pero había algo debajo. Algo que no estaba al inicio del viaje.
Subí un poco el volumen de la música. No demasiado. Lo suficiente para llenar los espacios. Pero no para borrar lo que estaba pasando. Porque ahora… ya estaba ahí.
Cada vez que giraba ligeramente la cabeza… la veía. Y cada vez que la veía… recordaba.
Lo que había hecho. Lo que había pensado. Lo que había imaginado. En esa misma casa. En ese mismo espacio. Con sus cosas. Con su intimidad. Una parte de mí sabía exactamente lo que significaba estar ahí ahora. A su lado. Con ella. Sin intermediarios. Sin distracciones.
María nota algo. Lo sé porque ella cambia de postura. Se endereza. Se pasa la mano por el cuello, nerviosa. Sus ojos tiemblan, ese movimiento rápido que hace cuando está insegura, cuando quiere mirar pero no se atreve.
—¿Vas bien? —pregunto. La voz me sale ronca.
—Sí… —dice ella. Y se humedece los labios.
Cambio la canción. Pongo algo más lento. Más denso.
Ella no se queja.
La mira de reojo otra vez. Ella está viendo la carretera, pero su mano derecha descansa sobre su propio muslo. Los dedos se mueven. Un tic nervioso. O no.
El aire en el coche se vuelve espeso.
Acelero.
Volví a mirarla. Esta vez más breve. Pero suficiente para notar el cambio. Su postura era más rígida. Sus hombros ligeramente tensos. Sus ojos se movían más de lo normal. No estaba relajada. Lo estaba sintiendo. De alguna forma. No sabía cuánto. No sabía cómo. Pero lo estaba sintiendo.
—¿Te molesta el aire? —pregunté, señalando la ventilación.
—No… está bien.
Otra pausa.
—Gracias.
No supe si se refería al aire…
o a otra cosa.
El camino siguió. Kilómetros que se alargaban más de lo normal.
Y dentro del carro…
una tensión silenciosa que ya no se podía ignorar.
Porque esta vez…
no era solo mía.
Llegamos a San Jerónimo del Valle poco antes de las once.
El lugar era más pequeño de lo que esperaba.
Una plaza abierta, rodeada de locales bajos, con una carpa principal donde se distribuían los puestos. Colores, telas, madera, cerámica. Todo organizado con una estética artesanal que parecía repetirse con variaciones mínimas.
Aparqué cerca.
—Llegamos —dije.
María miró alrededor, atenta.
—Sí…
Había algo en su expresión. Curiosidad. Pero también… cautela.
Bajamos. Saqué la caja del asiento trasero. Ella se acomodó el vestido antes de caminar. Un gesto breve. Pero consciente.
Entramos. El ambiente estaba vivo. Personas caminando, observando, conversando. Algunos puestos ya tenían clientes. Otros apenas estaban terminando de organizarse.
María avanzó despacio. Mirando todo. Evaluando.
—Está bien montado —murmuró.
—Sí.
Nos detuvimos en el primer puesto. Una mujer mostraba piezas decorativas en madera. María observó con atención. Tocó una. Luego otra.
—¿Esto lo haces tú? —preguntó.
—Sí —respondió la mujer.
Comenzaron a hablar. Materiales. Precios. Procesos María escuchaba con interés, pero había algo en su postura. Una ligera duda. Una pausa antes de preguntar. Como si no quisiera exponerse demasiado.
Caminamos a otro puesto. Luego a otro.
La dinámica se repitió. Observaba. Preguntaba. Pero siempre con una pequeña contención.
En uno de los stands, un hombre explicaba el uso de resina en piezas decorativas. María tomó una de las muestras. La giró entre los dedos.
—Queda bien… —dijo, pero su tono no era seguro.
—Depende del acabado —respondió el hombre.
Ella asintió. Pero no insistió. Se quedó en silencio. Noté el gesto. La forma en que evitaba profundizar.
Intervine.
—¿Qué tipo de resina usas? —pregunté.
El hombre respondió de inmediato. La conversación tomó otro ritmo. Más técnico. Más claro. María levantó la mirada hacia mí. Escuchaba. Ahora sí, más atenta, más involucrada.
—¿Y cuánto tarda en secar? —añadí.
—Depende de la mezcla…
La explicación continuó. María volvió a participar. Pero esta vez con más seguridad.
—¿Y el acabado brillante se logra con…?
El hombre asintió.
—Exacto.
La conversación fluyó mejor.
Cuando nos alejamos del puesto, María habló.
—Gracias.
La miré.
—¿Por?
—Por preguntar.
—Era lógico.
Ella negó suavemente.
—A veces… no sé cómo entrar en la conversación.
Su tono era honesto. Sin adornos.
—Lo haces bien.
—No siempre.
Seguimos caminando. El sol caía directo sobre la plaza. La gente aumentaba. El ambiente se volvía más activo.
Nos detuvimos en otro stand. Cerámica. Piezas más delicadas. María se inclinó ligeramente para observar una bandeja.
Y ahí… mi mirada se desvió otra vez.
Involuntaria. Automática.
La línea de su espalda. La forma en que el vestido se ajustaba al inclinarse. La curva que se marcaba con claridad.
Tragué saliva.
Aparté la vista.
Pero ya era tarde.
La imagen se había formado. La pregunta apareció sola.
¿Qué llevaba debajo?
¿Alguna de esas prendas?
¿Encaje?
¿Algo pequeño… como lo que había visto?
El pensamiento se sostuvo más de lo necesario.
Volví a mirarla. Esta vez más breve. Pero suficiente.
María se enderezó. Giró apenas el rostro. Nuestros ojos se cruzaron. Y lo notó. No hubo duda. Su expresión cambió apenas. Un parpadeo más rápido. Sus labios se tensaron un segundo.
Luego miró hacia otro lado. Como si nada. Pero su mano se movió. Ajustó el vestido a la altura de la cadera. Un gesto mínimo. Pero consciente.
El ambiente seguía igual alrededor. Personas. Voces. Risas.
Pero entre nosotros…
algo había cambiado otra vez.
Seguimos caminando.
—Mira esto —dijo ella, señalando otro puesto.
Su tono era normal. Controlado. Pero su ritmo… no. Era ligeramente más rápido. Como si necesitara ocupar el espacio. Como si quisiera empujar la atención hacia otro lado.
Me acerqué. Observé lo que señalaba. Comenté. Participé. Como antes. Pero ahora… con otra conciencia. Porque ya no era solo yo. Ella también lo estaba sintiendo. De otra forma. Desde otro lugar. Pero lo estaba sintiendo.
En otro momento, se detuvo frente a un puesto de textiles. Tomó una pieza. La observó.
—Esto podría funcionar…
—Sí.
—Pero habría que adaptarlo.
—Claro.
Hablamos un poco más. Técnico. Superficial. Seguro. Como si ambos estuviéramos de acuerdo en mantenernos ahí. En lo funcional. En lo visible. Pero debajo… la tensión seguía. Silenciosa. Persistente.
Y cada tanto… inevitable.
Mi mirada volvía.
Un segundo de más.
Siempre un segundo de más.
Y cada vez…
ella lo notaba.
Continuamos caminamos entre los stands. El sol pega fuerte sobre las lonas blancas. María va delante, medio paso adelante, deteniéndose en cada mesa, tocando muestras de tela, preguntando precios.
Yo la sigo. Pero no miro las decoraciones.
Miro su espalda. La línea de la blusa ajustándose a la cintura. El modo en que la falda se mueve cuando camina, ese vaivén que se pega a sus caderas y luego se suelta. Cada paso es una invitación que ella no hace y yo no merezco.
Ella se agacha para ver unas servilletas bordadas.
Ahí.
El borde de la ropa interior asoma por encima de la falda. Un centímetro. Algo blanco. Algo diminuto. El corazón me da un vuelco.
¿Será una de esas que vi en el baño? ¿La de encaje? ¿La que casi no tapa nada?
Se incorpora. Sonríe. Le pregunta algo a la vendedora.
Yo trago saliva. Las manos en los bolsillos para disimular lo que empieza a pasar ahí abajo.
Seguimos caminando. Ella se detiene en otro puesto. Yo me quedo atrás, a un costado, como quien mira el sol. Pero miro sus piernas. Las pantorrillas marcadas por los tacones bajos. Las rodillas. La falda que sube un poco más cuando se inclina sobre una mesa.
Y pienso.
Pienso en su ropa interior. En lo que eligió ponerse esta mañana sabiendo que iba a pasar el día conmigo. ¿Será una tanga? ¿O de esas chiquitas que apenas le cubren las nalgas? ¿Será blanca? ¿O será roja?
Ojalá sea roja.
Ella gira la cabeza de repente.
Me atrapa mirando.
No sus ojos. Más abajo.
Sus ojos se abren un poco más. Las cejas se le levantan. Y hay un temblor en sus párpados, ese tic que le sale cuando algo la pone nerviosa. No dice nada. Solo sostiene la mirada un segundo más de lo normal. Luego desvía. Se pasa la mano por el cuello. Toma aire.
Sigue caminando.
Pero ahora camina distinto. Más tiesa. Más consciente.
Me mata.
Un par de puestos más adelante, ella se detiene frente a un hombre de barba, gorra y delantal de cuero. Tiene un stand lleno de moldes de madera, velas artesanales, cintas de colores. Habla con voz de vendedor experto.
—Yo soy proveedor —dice, mostrando un catálogo—. Trabajo con pequeños emprendedores. Les ofrezco precios por mayor y envíos a toda la región.
María se acerca. Le brillan los ojos. El hombre le explica los mínimos de compra, los tiempos de entrega, los descuentos por volumen. Ella escucha con atención. Asiente. Pregunta.
—¿Me das tu número? —dice ella. Su voz es profesional, medida.
—Claro —responde el tipo.
Se pasan los teléfonos. Ella anota en su celular. Le dice su nombre. María. El hombre se presenta. Carlos. Y ahí quedan, conectados, ella sonriendo, él ofreciendo más muestras, el sol calentándonos a los tres.
Yo miro a María. Pero miro su mano sosteniendo el teléfono. Sus dedos delgados. La pulsera que le regaló Lisa en alguna ocasión. Y pienso en esos mismos dedos abriendo el cajón donde guarda sus pantis diminutas. Sacando una. Dejándola en el baño después de haberla llevado puesta todo el día. Otra vez.
Ella me mira de reojo mientras guarda el celular.
Otra vez ese temblor en los ojos.
Otra vez ese silencio que dura demasiado.
—Sigamos —dice ella, y se aleja del stand.
Yo la sigo. Siempre la sigo.
La feria se apaga a nuestro alrededor. Los expositores guardan muestras, enrollan manteles, desarman estructuras de metal. El sol ya no quema tanto, pero la luz sigue siendo densa, esa luz de atardecer que todo lo vuelve naranja.
María camina a mi lado con una energía que no le había visto en semanas.
—¿Viste ese stand? —dice, los ojos brillando—. El de los moldes personalizados. Carlos dijo que podía hacer figuras especiales si le mandaba el diseño. Y los precios… Nelson, los precios son buenísimos.
Asiento. Me alegra verla tan contenta. Pensando en su emprendimiento. Calculando. Midiendo. Analizando todo para crecer su negocio.
El día fue entretenido. María estuvo como una niña, mirando todo a su alrededor. Caminado de acá para allá. Parloteando todo lo que le llamaba su atención. Nunca la había visto así. Siempre tan calmada. Tan ecuánime. Tan diferente.
Sin embargo, no fue lo único que vi de ella.
Seguimos caminado. Ella sigue comentando todo. Yo ahora finjo que escucho cada palabra. Pero lo que escucho es el sonido de su voz, la forma en que se le escapa una risa corta cada vez que recuerda algo, el modo en que se muerde el labio cuando está emocionada.
Salimos del predio. El aire afuera es más fresco.
—¿Vamos? —pregunto, señalando el auto.
Ella mira el estacionamiento. Pero antes de responder, sus ojos se van hacia la calle, hacia un local con macetas colgando del techo, luces tenues, un cartel de madera que dice “El Rincón de los Sueños”.
—Qué bonito —dice, casi para sí misma.
—¿Quieres entrar? Un trago antes de manejar.
Ella me mira. Me estudia. El silencio se estira un par de segundos.
—Está bien —dice, y hay algo en su tono que no logro descifrar.
El bar es pequeño. Íntimo. Las plantas cuelgan de todas partes, helechos, hiedras, flores que no sé nombrar. La música es suave, una balada de esas que hablan de tiempos mejores. El camarero nos recibe con una sonrisa amable.
—Una gin-tonic para la señora —dice ella, refiriéndose a sí misma, antes de que yo pueda pedir.
—Para mí una Coca-Cola. Manejo yo.
Nos sentamos en una mesa junto a la ventana. Las luces de San Jerónimo del Valle empiezan a encenderse afuera. María bebe su trago. Yo bebo el mío. Y hablamos.
De verdad hablamos.
De su negocio. De sus planes. De cómo esto del proveedor puede cambiarle los números. Me cuenta cosas que no sabía, que lleva meses buscando a alguien así, que está cansada de los intermediarios. Asiento. Pregunto. Y mientras ella habla, no puedo dejar de mirarla.
Sus labios mojados por el gin.
El movimiento de su cuello cuando traga.
Sus pechos. La blusa que se tensa cuando se inclina sobre la mesa, cuando gesticula, cuando ríe. No puedo apartar los ojos. Los pechos de María. Su forma. Su peso imaginario en mis manos.
Ella se queda callada de repente.
La miro. Me está viendo. No a los ojos. A mis ojos sí, pero sabe que he estado mirando más abajo. Lo sé porque no se cubre. No cruza los brazos. No se ajusta el escote. Solo me mira, con una expresión que no entiendo. Pensativa. Como quien está haciendo cálculos. Evaluando.
El silencio se hace denso.
—María… —digo.
Ella no responde. Solo sigue mirándome. Fijamente.
Noto algo muy diferente en su mirada. Más contundente. Más penetrante. Me hechiza.
Sus labios están entreabiertos. Gruesos. Provocativos. Rojos.
Y entonces pasa.
No sé quién se mueve primero. Tal vez fui yo. Tal vez los dos. Le tomo el mentón con suavidad, con los dedos temblándome, y me acerco. Ella cierra los ojos. La beso.
Es suave. Muy suave. Sus labios saben a limón y a algo más, algo dulce, algo que no debería estar probando. Y ella corresponde. Por un segundo, por dos, por tres, sus labios se mueven contra los míos, su mano toca mi brazo, y el mundo entero se reduce a esa mesa, a esas plantas, a esa balada que suena de fondo.
Nos apartamos.
Nos miramos.
Abre los ojos suavemente. Se queda un momento con su mirada fija a los míos. Cuando de repente noto que los abre. Despavoridos. Despiertos. Demasiado despiertos. Y veo cómo algo cambia en su cara, cómo el momento se quiebra, cómo la realidad le cae encima como un balde de agua fría.
La cachetada me agarra desprevenido.
Suena seco. Fuerte. Los pocos clientes del bar nos miran.
—¡No! —dice ella. Y su voz tiembla. Se levanta de un golpe. Tira la servilleta al suelo. Camina hacia la puerta con pasos rápidos, cortos, furiosos.
Me quedo en shock. Instintivamente llevo mi mano a mi mejilla. Ahora no escucho la suave algarabía de antes. Solo la música. Me quedo mirando la entrada por donde salió.
Me quedo ahí, como un idiota, con la cara ardiendo. El camarero se acerca con cara de preocupación. Ahí es cuando reacciono. Le pago. Le doy propina. Salgo corriendo.
No la veo. Me dirijo a donde dejamos el auto.
Y ahí la veo de lejos.
La alcanzo en el parqueadero.
Está junto al auto. Brazos cruzados. La cara vuelta hacia otro lado. No me mira. Su mandíbula está tensa, los labios apretados, los ojos fijos en una mancha de aceite en el asfalto. Con cara de pocos amigos.
—María, escúchame…
Nada.
—Fue un error. No debí…
Nada.
Da media vuelta. Me da la espalda. No quiere escuchar. No quiere ni verme.
Me quedo ahí un momento, tragando saliva, sintiendo el golpe en la cara más que en la piel, más adentro. Me resigno.
Despacio, le abro la puerta. Ella entra. Me dirijo a la otra puerta. Me subo.
María sin mirarme, con los brazos todavía cruzados, apretando el bolso contra el pecho como un escudo, ya tiene puesto el cinturón.
Enciendo el motor.
Mis manos tiemblan en el volante.
La cagué.
La cagué pero bien.
Este libro, ‘Mi Ardiente Suegra’, es de mi autoría, Annie Zarel.


