Los Secretos de Teresa, mi Abuela | Capítulo 5

Los secretos de Teresa, mi abuela | capítulo 5, retrato realista de mujer madura de 58 años, voluptuosa y segura, en su sala de estar al atardecer con vista al jardín.

Los Secretos de Teresa, mi Abuela

«La primera vez que la vi romper las reglas, entendí que yo también quería aprender a romperlas con ella.»

Capítulo V

Los Secretos de Teresa, mi Abuela

Capítulo V…

Me detengo frente al espejo, ajustando la cazadora de cuero sobre los hombros. Es negra, entallada. La conozco bien, sé cómo cae, cómo marca la espalda, cómo endurece la postura. No es solo ropa. Es una forma de entrar en estado.

Sábado en la mañana.

El apartamento está en silencio, pero mi cuerpo no. Hoy no es un día cualquiera. Hoy no hay espacio para la duda.

Bajo la mirada un segundo.

La tensión es evidente. Constante. No necesito tocarme para saberlo. La erección ya me empuja contra la tela de los vaqueros azul-negros que elegí, los más ajustados que tengo, no es casualidad. Tampoco lo es la camiseta blanca de cuello en V que deja ver un poco de mi pecho, o los botines negros que acabo de lustrar. Cada prenda ha sido una decisión consciente, una bala que cargo para la guerra que sé que voy a librar hoy.

Quiero verme bien para ella.

La anticipación lleva días acumulándose, construyéndose con cada recuerdo, con cada gesto de ella, con cada fragmento que no se cerró.

Hoy no hay interrupciones.

Hoy no hay terceros.

Solo ella… y yo.

Paso la mano por el cierre de la chaqueta de cuero, lo subo con lentitud, sintiendo el roce firme del metal. Respiro hondo.

Mi mente vuelve, inevitablemente, al domingo anterior. A cómo me miraba. A cómo sostenía esa mirada sin necesidad de palabras. A cómo se movía sabiendo que yo estaba ahí. No era insinuación torpe. Era dominio. Era experiencia. Era intención.

Y lo más claro de todo:

era correspondido.

Cierro los ojos un instante.

La imagen se arma sola.

Teresa inclinándose, apoyando el peso en las manos, tensando el cuerpo como si cada músculo tuviera un propósito distinto al que decía tener. Los leggings marcando cada línea sin dejar margen para la imaginación. La tela adherida a sus caderas, a sus glúteos, como si quisiera exhibirlos sin decirlo.

Esa calza celeste tan apretada que parecía pintada sobre sus caderas, marcando cada centímetro de esas nalgas enormes que ya conozco mejor de lo que debería.

Y el top…

La forma en que contenía, sin lograrlo del todo. El movimiento. La respiración. Los pequeños desplazamientos que dejaban ver más de lo que deberían. Ese top de tirantes delgados, ajustado hasta el límite, dejando ver la curva inferior de sus pechos, esa sombra tentadora que me volvía loco.

La vi estirarse en cuatro patas. La vi arquear la espalda y empujar su culazo hacia atrás, justo cuando Ernesto, mi abuelo, estaba distraído con sus llamadas. La vi girar la cabeza y mirarme por encima del hombro, con esa sonrisa llena de malicia, sabiendo perfectamente lo que me estaba haciendo.

Y yo allí, sentado en el sofá, con las piernas cruzadas, apretando los muslos para ocultar la erección que ella misma había provocado. Casi me descubro dos veces. En una de esas me levanté rápido y me fui al baño, me eché agua fría en la cara y me miré al espejo con los ojos inyectados, preguntándome cómo coño había llegado hasta ahí.

Pero sé cómo.

Llegué hasta ahí el día que encontré la Tablet. El día que vi a mi abuela como nunca debí verla. El día que algo se rompió dentro de mí y algo nuevo, algo oscuro y caliente, creció en su lugar.

Exhalo lento.

La reacción es inmediata. Más intensa que antes. Más directa. No hay sorpresa ya. Solo respuesta.

Abro los ojos.

Me observo.

No hay rastro del tipo que dudaba hace una semana. Eso quedó atrás. Ahora hay otra cosa. Más enfocada. Más decidida.

Camino hacia la mesa. Tomo el frasco de colonia. Dos aplicaciones. Precisas. Cuello. Muñecas. El aroma se abre de inmediato, seco, limpio, con ese fondo que permanece más tiempo del que parece. No es casual. Nada hoy lo es.

Me apoyo un segundo en el borde de la mesa. Pienso. No en si voy a ir. Eso ya está resuelto. Pienso en lo que significa. En lo que implica cruzar ese límite de forma definitiva. Pero incluso esa línea… ya no es lo que era. Porque no la estoy rompiendo yo. Eso también lo tengo claro. Esa estructura ya estaba quebrada.

Lo que voy a hacer es entrar en ella. Tomar una posición. Aceptar lo que ya existe. La justificación es sólida. Funciona. Y sobre todo me permite avanzar sin frenar.

Termino de ajustarme el cuello de la chaqueta de cuero y me detengo un segundo a observarme en el espejo.

Tengo veintitrés años. Estoy en forma, espalda ancha, brazos definidos por rutinas en gimnasios, a los que voy desde que me fui a terminar mis estudios en otro país. Mi mandíbula es cuadrada, mi mirada intensa. Podría tener a cualquier chica de mi edad, de esas que se sientan en la recepción de la oficina y me miran con ojitos cuando paso. Pero no las quiero. No desde que vi esas fotos en la Tablet.

No desde que vi a Teresa desnuda.

Cierro los ojos y la imagen me golpea como un puñetazo. Ella en cuclillas en la cama de algún amante, las piernas abiertas, los pechos enormes colgando hacia adelante, los pezones oscuros y contraídos. La mirada desafiante, la boca entreabierta. Ese momento en que se giró hacia la cámara y miró, con unos ojos que jamás le había visto. Llenos de deseo. De lujuria. Sonriendo. Una expresión por completo malvada, casi diabólica.

Abro los ojos. Mi polla está tan dura que duele. La reajusto dentro de los vaqueros, pero es inútil. El bulto es evidente, obsceno. No puedo salir a la calle así.

—Joder —murmuro, y me obligo a pensar en otra cosa.

El informe trimestral. El análisis de mercado que hicimos este trimestre.

Vuelvo a pensar en ella. En su rostro cuando me dijo que fuera. En ese tono que no necesitaba explicación.

“Ven temprano.”

No fue una solicitud. Fue una invitación cargada. Directa. Y yo entendí perfectamente.

Miro el reloj. Apenas han pasado unos minutos. Pero se sienten más largos. Porque cada segundo ahora tiene peso.

La casa está a unas cuadras. Nada más. Puedo llegar caminando. Puedo estar ahí en menos de quince minutos. Quince minutos para cambiar todo. La idea se instala con una claridad incómoda.

Quince minutos.

Y después…

ya no hay vuelta atrás.

Sonrío apenas. No por nervios. Por expectativa. Porque sé lo que hay del otro lado. No en detalle. Pero sí en esencia.

La recuerdo otra vez.

El vestido del sábado pasado. Cómo se pegaba a su cuerpo. Cómo se inclinó cuando le puse el collar. Cómo empujó hacia atrás, apenas, lo suficiente para que la sintiera. No fue un error. No fue un descuido. Fue una prueba. Y yo respondí.

Huelo mi muñeca. La colonia que me puse es la misma que llevaba el sábado pasado, cuando ella se restregó contra mí en la sala. La misma que olía cuando la tuve agarrada de la cadera, sintiendo el calor de su culo presionando mi entrepierna. No sé si ella lo notó aquella vez. Pero yo quiero que lo note hoy. Quiero que ese olor le despierte algo, que la transporte de vuelta a ese momento, que le recuerde lo cerca que estuvimos de romper todas las reglas.

Cierro los puños un segundo.

La presión interna sube. El deseo ya no es algo que se controle con facilidad. Es una corriente constante. Un flujo que no se detiene.

Camino hacia la puerta. Me detengo antes de salir. La mano en el pomo.

Un segundo de pausa.

No para dudar.

Para reconocer el momento.

Esto…

es el punto exacto donde dejo de pensar y empiezo a actuar.

Abro la puerta. El aire frío entra de inmediato. Golpea el rostro. Despeja apenas. No lo suficiente. Cierro detrás de mí. Empiezo a caminar. El ritmo es firme. Constante. No acelero. No necesito hacerlo. Porque por dentro todo ya está acelerado.

Cada paso reduce la distancia. Cada esquina que paso es una confirmación. La casa aparece al final de la cuadra. Igual que siempre. Pero no se siente igual. Hoy no es un lugar familiar. Es un destino. Uno que lleva días construyéndose. Uno que ambos sabemos.

Cada paso es un latido. Cada latido es un pensamiento en ella. En sus caderas anchas. En sus muslos gruesos. En esas nalgas enormes que vi en la Tablet, que sentí presionando contra mi miembro el sábado pasado, y que hoy voy a tener por fin entre mis manos. Voy a hundir los dedos en esa carne, voy a apretar hasta que ella gima, voy a…

—Cálmate —murmuro.

Pero no puedo calmarme. Porque cada vez que respiro, huelo la colonia que me puse y pienso en ella oliéndome a mí. En ella acercándose a mi cuello, aspirando profundo, dejándose llevar por mi olor mientras sus manos recorren mi pecho. Pienso en sus pechos enormes presionando contra mi torso, en la sensación de esa piel suave, firme, caliente.

Aprieto la mandíbula apenas.

Mi cuerpo responde otra vez. Más fuerte. Más directo. No hay forma de ignorarlo.

No quiero ignorarlo.

Sigo caminando.

Sin detenerme.

Sin mirar atrás.

Porque ya no hay nada atrás que me interese más que lo que está a punto de pasar adelante.

Y esta vez…

no va a haber interrupciones.

Timbro. El sonido se pierde dentro de la casa y, por un segundo, todo queda suspendido. Me quedo ahí, con las manos sudorosas dentro de los bolsillos de la cazadora, la respiración entrecortada.

Luego los escucho. Tacones. Lentos. Firmes. No es casual cómo camina. Nunca lo es. Un golpe seco y firme contra el piso de madera. Cada paso es una cuenta regresiva.

Mi pulso sube apenas antes de que la puerta se abra.

Y cuando se abre…

se confirma todo.

Teresa.

Y el aire se me va de los pulmones como si alguien me hubiera dado un puñetazo en el estómago. El impacto no es nuevo… pero tampoco disminuye.

El vestido.

Blanco.

Corto.

Demasiado corto para cualquier estándar que yo recuerde de ella. La tela se adhiere a su cuerpo sin concesiones, marcando cada curva con una precisión casi ofensiva. Termina a mitad de los muslos, dejando sus piernas completamente expuestas, gruesas, firmes, sostenidas por unas medias blancas ligeramente transparentes.

Arriba…

tirantes finos.

Escote amplio.

Demasiado.

Sus pechos llenan el espacio sin contención real. No hay sostén. No lo necesita. La tela apenas logra cubrir lo esencial, y aun así… no disimula nada. El escote es amplio, dejando ver la curva superior de sus pechos, esa piel blanca y suave que ya he imaginado tantas veces bajo mis dedos. Los tirantes son delgados, casi insignificantes, como si el vestido estuviera suspendido de ellos por un milagro de la gravedad.

Los pezones se marcan. Claramente. Sin intención de ocultarlos.

El collar. El que le di. Descansa justo en el centro de su pecho, guiando la mirada hacia abajo. Brilla contra su clavícula, descendiendo justo hacia el valle de sus senos. Aretes a juego le cuelgan de las orejas, moviéndose con cada gesto mínimo de su cabeza.

Todo está pensado.

Todo está dispuesto.

Y yo…

no digo nada.

La recorro con la mirada. Despacio. Sin disimulo.

Piernas. Caderas. El ajuste del vestido. Mis ojos bajan. Las medias blancas, un poco transparentes, que se ajustan a sus piernas gruesas y torneadas como una segunda piel. La tela brilla bajo la luz de la mañana, marcando cada músculo, cada curva. El vestido es tan corto que las medias asoman por debajo del dobladillo, creando una línea blanca que sube y baja con cada respiración.

No digo nada. No puedo. Solo la miro. La recorro despacio de arriba abajo, devorándola con los ojos, grabando cada detalle en mi memoria para siempre.

Sus piernas. Gruesas, perfectas, enfundadas en esa blancura translúcida.

El vestido. Tan ajustado que no deja nada a la imaginación. La tela se tensa sobre sus caderas anchas, sobre la curva de su vientre, sobre el abultamiento de sus pechos.

El volumen de su pecho. Sus pechos. Inmensos. Y no lleva sostén. Los pezones se marcan contra la tela blanca, dos puntos oscuros que se endurecen mientras la miro. Está excitada. Ella también está excitada.

Subo.

Sus labios. Rojo oscuro. Entreabiertos apenas.

Sus ojos. Brillando. Sabiendo.

Sonríe. No sorprendida. Satisfecha. Una sonrisa lenta, triunfante, que le ilumina los ojos verdes y le marca las comisuras de los labios. Sabe lo que está haciendo. Sabe el efecto que causa en mí. Y le encanta.

Se acerca.

—¿Acaso te comió la lengua un ratón?

No respondo. No puedo.

Ella da un paso al frente. Reduce la distancia sin pedir permiso. Su mano encuentra la mía. La aprieta. Suave. Pero firme. Me toma de la mano. Sus dedos son cálidos, suaves.

Me jala hacia adentro, con una suavidad que no admite resistencia. Cruzo el umbral. La puerta se cierra detrás de mí con un clic sordo, y ese sonido me recuerda que ya no hay vuelta atrás. Estoy dentro. Estoy en su territorio.

El aire cambia. Se vuelve más denso. Más cerrado. Más íntimo. Y entonces se acerca más. Mucho más. Su rostro queda a centímetros del mío. Ella se acerca. Su perfume me envuelve, un aroma dulce y pesado que se mezcla con otro olor más profundo, más carnal.

Inclina apenas la cabeza.

Sus labios rozan la comisura de los míos. No es un beso, no del todo. Es un roce, una promesa, un primer contacto que me recorre la espalda como una descarga eléctrica. Su aliento huele a menta y a algo más caliente. Lento. Medido. Intencional.

Me quedo anonadado. Paralizado. Con el corazón latiéndome en la garganta y la polla tan dura que duele.

Mi cuerpo responde de inmediato. Ella lo siente. Se separa apenas unos centímetros y me mira. Me observa. Se ríe. Una risa baja, encantada, que vibra en su pecho y hace que sus senos se agiten bajo el vestido blanco.

—¿Quieres algo antes de empezar? —pregunta, y su tono es casi maternal, pero hay una chispa de malicia en sus ojos—. ¿Algo de beber, quizás? ¿Antes de que me… ayudes?

Sus palabras quedan flotando. “Empezar”, “ayudes”.

No necesito traducción.

Niego con la cabeza. Lento. No puedo hablar. Mi garganta es un nudo de saliva y deseo.

Ella asiente.

—Bueno —dice, y su sonrisa se ensancha—. Entonces… iniciemos.

Vuelve a tomar mi mano. Sus dedos se entrelazan con los míos. Y empieza a caminar. Me lleva con ella. Y yo la sigo como un perro faldero, como un hombre poseído, como alguien que ha perdido toda voluntad propia y solo puede obedecer.

Yo la sigo. No porque deba. Sino porque no puedo hacer otra cosa.

Va adelante.

Y lo hace a propósito. El movimiento de sus caderas no es natural. Es exagerado. Medido. Dirigido. Cada paso es una invitación. Una provocación directa. Es deliberado. No hay nada casual en ese movimiento. Teresa levanta más ese culazo de lo normal, lo mueve de un lado a otro con una exageración obscena, asegurándose de que no me pierda ni un solo detalle. Quiere que mire. Quiere que mire todo lo que voy a comerme.

Y yo miro.

Subimos las escaleras.

Y la cercanía cambia todo. Estoy detrás de ella. Demasiado cerca. Su cuerpo ocupa todo mi campo de visión.

El vestido se desplaza con cada movimiento, subiendo apenas más en la parte trasera, incapaz de contener el volumen de sus glúteos.

Ella va dos peldaños por delante, y su trasero queda literalmente en mi cara. El vestido, ya de por sí corto, se sube todavía más con cada paso, porque sus glúteos son demasiado grandes para que la tela pueda contenerlos. La blancura de sus nalgas asoma por debajo del dobladillo, dos masas redondas y firmes que se mueven al ritmo de sus caderas.

Huelo su perfume. Pero también huelo algo más. Un olor más profundo, más intenso, que nace desde su entrepierna caliente. Está excitada. Muy excitada. Ese olor me golpea las fosas nasales y me nubla el juicio.

Mi miembro me duele. Apretado contra los vaqueros azul-negros, contra la cremallera, exigiendo ser liberado. Cada paso que subo es un roce, una presión, una tortura.

Sigo mirándola. Devorándola con los ojos.

Sus piernas, enfundadas en esas medias blancas translúcidas, suben y bajan con un ritmo hipnótico. Me doy cuenta que las medias llegan hasta la mitad de sus muslos, y justo donde terminan veo la liga que las sujeta. También blanca. También perfecta. Me doy cuenta que lleva ligero.

El vestido se sube un poco más. Y entonces lo veo. La tanga blanca. Un diminuto hilo que se pierde entre sus nalgas, que se incrusta en la carne de su intimidad. Y desde abajo, desde mi posición en la escalera, alcanzo a ver el bulto de su sexo presionando contra esa tela mínima.

Las medias. El ligero. La línea de la tanga. Todo aparece. Todo desaparece. Todo se sugiere. El aroma cambia. Ya no es solo perfume. Hay algo más. Más cálido. Más denso.

Mi respiración se altera.

La presión en el pantalón se vuelve incómoda. Dolorosa. No hay forma de ocultarla. No hay intento real de hacerlo. Ella lo sabe. Sigue subiendo. Más lento ahora. Más consciente. Como si quisiera que cada segundo se alargara. Como si quisiera que la mirada se quedara.

Y yo me quedo. No aparto los ojos. No quiero. Estoy tan duro que podría romper el pantalón.

Llegamos arriba. Cruza el pasillo. Llegamos al dormitorio.

Empuja la puerta del dormitorio. Cruza la puerta primero y me suelta la mano. Yo entro detrás de ella, con los ojos fijos en su cuerpo, sin poder apartar la mirada.

Entra. Yo detrás. Y cuando cruzamos… todo cambia.

Da dos pasos. Y sube a la cama. A gatas. Sin transición. Sin explicación.

Se mueve despacio, estirando el cubrelecho con gestos que no tienen nada de funcional. Es exhibición. Pura. Directa. Su espalda arqueada. Sus caderas elevadas. El vestido subiendo más. Revelando. Mostrando. Provocando.

El movimiento es lento, deliberado, casi felino. Se pone en cuatro, con ese culazo apuntando directamente hacia mí, y comienza a arreglar la cama. Acomoda una almohada. Estira la colcha. Son gestos domésticos, absurdos en este contexto, y sé que lo hace solo para tenerme ahí, mirándola, sufriendo.

Me quedo de pie. Observando. Absorbido. Ella sabe exactamente dónde estoy. Sin mirarme. Pero sabe.

Levanta mucho la cola. El vestido se le sube hasta la mitad de sus glúteos, dejando al descubierto gran parte de sus nalgas redondas, dos medias lunas blancas que se abren y se cierran con cada movimiento. Sus piernas gruesas, enfundadas en las medias, brillan bajo la luz tenue de la habitación.

Veo el hilo blanco del tanga incrustado entre sus nalgotas. Veo cómo la tela se tensa sobre su intimidad. Veo todo. Incluso que en la parte de su vagina, está mojada. El color blanco lo hace resaltar mucho, su humedad.

Se detiene. Y entonces gira el rostro. Me mira por encima del hombro. Sonríe. Maliciosa. Me recorre la columna vertebral como un dedo de hielo y fuego.

Se baja de la cama. Se acerca. Queda frente a mí. Pegada a mí. Levanta la mirada para encontrar mis ojos. Y sus ojos claros brillan con una intensidad que me desarma.

Su cuerpo caliente presiona contra el mío. Sus pechos enormes se aplastan contra mí, y siento la dureza de sus pezones a través de la tela fina del vestido y de mi camiseta. Sus caderas anchas encajan casi contra las mías. Su vientre roza mi miembro, duro.

—¿Me vas a ayudar al fin?

Mientras habla, su mano baja. Sin prisa. Sin duda. Sus dedos encuentran mi bulto a través de los vaqueros. Encuentra la tensión bajo la tela. Me acaricia suavemente. Siente la dureza. La aprieta, un poco. Suave. Evalúa. Luego más firme. Mi cuerpo reacciona. Un sonido se me escapa.

—Mmmm… —gimo. No puedo evitarlo.

Ella lo escucha. Y sonríe más. Complacida.

—¿Me vas a ayudar al fin…? —repite, con esa voz ronca, grave—. De una vez te advierto… que la ayuda que me vas a dar hoy va a durar todo el día… y que es el inicio de todo…

La pausa es intencional. Su mano sigue moviéndose. Lento. Controlado.

—…esto apenas empieza.

Mi respiración ya no es estable. No hay control. No hay estrategia. Solo respuesta.

Ella se separa apenas. Se sienta en el borde de la cama. Y tira de mí. Lo suficiente para acercarme. Me mira desde abajo, con esos ojos claros llenos de lujuria.

Sus manos suben por mis muslos con una lentitud que me desarma. Los dedos pequeños, las uñas pintadas de un rojo oscuro que combina con sus labios. Me mira hacia arriba, desde abajo, con esos ojos claros que ya no son de abuela, que nunca volverán a serlo. Son ojos de depredadora. De hembra que sabe lo que quiere y va a tomarlo.

Sus manos continúan acariciándome. Recorren mi torso. Luego bajan. A mi cinturón. Directas. Decididas. Lo desabrochan con una lentitud exasperante. Sin torpeza. Sin duda. Sus dedos encuentran el botón de mis vaqueros. Lo desabrochan con una habilidad que me eriza la piel. El sonido del metal al abrirse es como un disparo en el silencio de la habitación. Luego el zíper. Despacio. Muy despacio. El ruido de los dientes separándose me parece eterno. Baja la cremallera. Y luego, despacio, me baja el pantalón.

Los vaqueros caen hasta mis tobillos. Mi bóxer queda a la vista, y debajo, mi erección, tan dura que duele, empujando contra la tela.

Teresa abre los ojos. Y afanada, me baja también el bóxer.

Y lo ve.

Su expresión cambia. Los ojos se le abren un poco más. La boca se le entreabre. Hay sorpresa ahí, sí, pero también algo más: satisfacción. Pura, cruda satisfacción. Por un segundo… hay algo distinto en su expresión. Sorpresa. Real. Pero breve. Se transforma rápido. En otra cosa. Más oscura. Más interesada. Más… hambrienta.

Se inclina hacia adelante.

Y entonces…

Su mano rodea mi miembro. Lo sostiene. Lo recorre. Mirándolo. Como si estuviera evaluando el peso, la longitud, el grosor. Es bastante grande. Gruesa y larga. Está extasiada mirándolo. Como si fuese uno de los mejores penes que ha visto, por la forma en que lo mira, extasiada, como si estuviera saboreando lo que se va a comer.

Me complace con la mirada. Me devora con los ojos.

Sus dedos envuelven mi polla. Los cinco dedos no cierran por completo. Soy más grueso de lo que sus manos pueden abarcar, y ella lo nota, lo saborea, lo celebra con un gemido bajo que vibra en su garganta. Aprieta una vez, suavemente, para comprobar la dureza. Estoy tan duro que podría taladrar paredes. Las venas palpitan bajo su tacto, y ella las recorre con la yema de los dedos como si estuviera leyendo un mapa.

Aprieta un poco. Comprueba la dureza. Estoy como una roca, y ella lo sabe, y se complace con eso.

Sin soltarme, se acerca. Huele. Aspira profundo, cerrando los ojos, como si mi olor fuera el perfume más exquisito del mundo. Le gusta. Lo sé porque su boca se curva en una sonrisa mientras huele.

Cierra los ojos y respira profundo, llenándose de mi olor. Un escalofrío le recorre el cuerpo, lo siento porque su mano tiembla alrededor de mi polla. Exhala lentamente, y el aire caliente golpea la piel sensible de mi glande. Vuelve a aspirar. Esta vez más hondo. Es un ritual, una ceremonia. Está memorizando mi olor, guardándolo en algún lugar primitivo de su cerebro.

Comienza a recorrer mi miembro con la cara, suavemente. Restregándoselo. Impregnándose de mi aroma. Sus mejillas rozan la piel sensible, sus labios la besan suavemente al pasar.

Comienza a besarme.

Primero son besos cortos en el glande, suaves, casi tímidos. Luego en todo el tronco. Recorriéndolo con besos. Dejando marcas de su labial rojo por donde pasa. Un roce aquí, otro allá. Cada beso es una promesa. Su lengua sale apenas para humedecer sus labios antes de presionarlos contra mi miembro.

Y yo estoy allí, de pie frente a ella, con el pantalón a los tobillos, viendo a mi abuela besar mi miembro como si fuera un altar.

—Mmm —gime ella, y la vibración me recorre entero.  

Pero rápidamente se vuelven más intensos. Besos fuertes, húmedos, con lengua. Sus besos se vuelven más profundos. Ya no son roces. Son besos con intención, con succión. Abre más la boca y lame toda la extensión de un solo movimiento, desde la base hasta la punta. Su lengua es ancha, caliente, húmeda. La saliva comienza a brillar sobre mi piel. La veo babear apenas, dejando un rastro brillante que la luz de la mañana convierte en plata líquida.

Me lame toda la polla, de la base al glande, recorriendo cada centímetro con su lengua caliente. Me lame entero. La cabeza, el tronco, esa vena gruesa que late bajo su lengua. Vuelve a la base, y desde allí sube otra vez, despacio, saboreando cada milímetro. Su mano no deja de masturbarme mientras su lengua trabaja, un movimiento coordinado que me tiene al borde del gemido.

Me llena de saliva.

Masturba suavemente mientras lame, mientras besa. Su mano sube y baja con un ritmo lento, mientras su lengua juega con la cabeza. Mientras sus labios succionan cada parte por donde pasan.

Después de saborearme, después de acariciarme, después de asegurarse de que estoy completamente duro por ella, me mira a los ojos.

Y sonríe con una sonrisa que nunca le había visto en persona, pero si en los videos. Su sonrisa es diabólica. Llena de lujuria total.

Se vuelve a acercar. Su boca se abre. Sostiene mi mirada. No parpadea. Y comienza a tragárselo.

Despacio. Sin dejar de mirarme a los ojos. Sus labios, gruesos, carnosos, me aprietan, me envuelven, me succionan. Su mirada fija en mis ojos. Esa mirada es una advertencia, una promesa, una invitación al infierno. Su boca se abre más, continúa tragándose mi polla. Despacio. Muy despacio. Sus labios rojos se estiran alrededor de mi grosor, y veo cómo su mandíbula se ajusta, cómo sus mejillas se hunden ligeramente para crear espacio. No aparta la mirada de mis ojos ni un segundo. Quiere verme. Quiere ver mi cara cuando su boca me reciba.

Llega a la mitad, sintiendo cómo llego a su garganta. Sigue. Entra hasta más de la mitad. No puede más. Soy demasiado largo, demasiado grueso. Pero lo que logra tragar es suficiente para que yo sienta el fondo de su garganta presionando mi glande. Sus ojos se humedecen, se le saltan lágrimas del esfuerzo, pero no se aparta. Se queda allí un segundo, con la boca llena de mí, saboreando la sensación de estar llena.

Luego vuelve atrás. Despacio. Recorriéndome todo con sus labios. La succión es brutal, un vacío que tira de mi alma hacia afuera. Su lengua se aferra a la parte inferior de mi miembro mientras se retira.

Luego vuelve a tragar. Despacio. Sin dejar de mirarme a los ojos. Comenzando una mamada. Lenta.

Primero es suave. Un vaivén rítmico, controlado, casi tierno. Sus labios me aprietan justo en el punto exacto, su lengua juega con la cabeza cada vez que llega arriba.

Cierro los ojos. Levanto la cabeza hacia el techo. Un gemido se escapa de mi garganta, bajo y ronco.

—Mmmm… Mi cabeza cae hacia atrás.

El cuerpo responde sin filtro. Sin pensamiento. Sin resistencia. Todo lo demás desaparece. Solo queda la sensación. El contacto. La pérdida absoluta de control.

Y en medio de eso una certeza se instala:

ya no hay retorno posible.

Vuelve a tragarse. Más rápido esta vez. Su cabeza comienza a moverse en un ritmo constante, primero lento, luego más rápido. El ruido es obsceno: chupeteos húmedos, su saliva que se derrama por sus comisuras, mis gemidos ahogados que llenan la habitación. Su mano me masturba al mismo tiempo, apretando la base que su boca no puede alcanzar, creando un circuito de placer que me nubla la vista.

—Ah

Disfruto. No pienso en nada más. Solo en eso. En sentirla. En su boca caliente alrededor de mí. En su lengua húmeda recorriéndome.

Pero la intensidad sube.

Teresa acelera el ritmo. Poco a poco, de forma casi imperceptible, la mamada se vuelve más rápida, más fuerte, más húmeda. Deja de mirarme. Cierra los ojos. Se enloquece.

—Ah… joder —gimo, y mi voz sale rota.

Ella sonríe, con la boca llena de mí. La vibración de su risa me recorre entero. No afloja. Al contrario, acelera. Su cabeza es un pistón, sube y baja, sube y baja, y sus labios no dejan de apretar, de succionar, de aferrarse a mi carne como si tuviera miedo de que me fuera. Su saliva se mezcla con su sudor, porque sí, ella también está sudando, también está entregada a esto.

Yo la miro desde arriba. La veo a ella, a Teresa, a mi abuela, con la boca llena de mi polla, con la cara desencajada por el esfuerzo, con los ojos enrojecidos y húmedos. La veo babear, la veo tragar con dificultad, la veo disfrutar cada segundo. Y algo se rompe dentro de mí. Algo se libera. Eso que me detenía, esa última barrera de respeto o de cordura, se pulveriza con cada movimiento de su cabeza. Pienso en mi abuelo, Ernesto, en la reunión, sin saber lo que mi abuela, su mujer, está haciendo en estos momentos. Y no siento culpa. Al contrario, el morbo que siento por eso, y más por el hecho de ser mi abuela, tan puta, es irrefrenable.

La tomo de la cabeza.

Mis dedos se hunden en su cabello perfectamente peinado, ahora revuelto, enredado entre mis dedos. La ayudo. La guío. No la fuerzo, no, solo le muestro el ritmo que quiero. Ella obedece. Acelera todavía más. Su boca es un agujero caliente y húmedo que me chupa el alma. El ruido es escandaloso: shlop, shlop, shlop, un sonido mojado y violento que rebota en las paredes del dormitorio.

Ella intenta tragarse más. Se atraganta un poco, tose, pero no se aparta. Se obliga a seguir, a profundizar, a buscar esa parte de mí que aún no ha alcanzado. Las lágrimas ruedan por sus mejillas, mezclándose con la saliva. Me mira hacia arriba, con los ojos inyectados, y en su mirada veo algo que me hiela y me quema al mismo tiempo: sumisión. Por un instante, ella no es la hembra dominante que es. Es solo una mujer que necesita mi semen.

—Voy a… —empiezo a decir, pero la frase se me muere en la garganta porque siento cómo sube.

Las palpitaciones. Esas contracciones involuntarias que anuncian el final. Mi pene late dentro de su boca, y ella lo siente. Claro que lo siente. Sus ojos se iluminan con una luz salvaje, y en lugar de aflojar, se enloquece.

No sé de dónde saca la energía, pero su cabeza se vuelve un torbellino. Me chupa como si fuera el último hombre sobre la tierra, como si su vida dependiera de extraer cada gota de mí. Su mano me masturba con violencia, apretando, retorciendo. Su boca succiona con una fuerza que me saca gruñidos a empujones. Ya no me mira. Ha cerrado los ojos, entregada por completo a la tarea, a la obsesión de hacerme acabar.

—Te vas a… —gruño, intentando advertirle, pero es tarde.

El primer chorro me sacude entero. Es tan violento que siento cómo mi cuerpo se arquea contra mi voluntad. Mi miembro se contrae y expulsa una bocanada espesa directamente contra su garganta. Ella no se aparta. Al contrario, aprieta los labios, succiona con más fuerza, y traga. La veo tragar. Su nuez se mueve, una vez, dos veces. El segundo chorro llega antes de que termine el primero. Y otro. Y otro más. Mi cuerpo se vacía dentro de su boca, y ella lo recibe todo, lo bebe todo, lo celebra todo.

Su mano no para de masturbarme. Quiere cada gota. Quiere exprimirme hasta la última. Su boca se retira apenas lo suficiente para dejar que el semen caiga sobre su lengua, y luego vuelve a tragar, y vuelve a succionar, y vuelve a apretar. Un hilo blanco se escapa por la comisura de sus labios, pero ella lo limpia con su lengua y sigue.

Pasan los segundos. Los espasmos se van haciendo más espaciados, más débiles. Mi cuerpo tiembla como una hoja en el viento. Las piernas me flaquean. Y ella, ella sigue allí, con mi miembro aún entre sus labios, succionando suavemente el glande ahora, con ternura, con cuidado, como si estuviera chupando un caramelo. Siento su lengua acariciarlo por dentro.

Finalmente se aparta.

Sus labios se despegan de mi glande con un sonido húmedo y suave. Un hilo de saliva, grueso y brillante, conecta su boca con la punta de mi polla por un instante antes de romperse. Ella respira agitadamente, la nariz congestionada, las mejillas encendidas. Su maquillaje está corrido, las pestañas húmedas, los labios hinchados y brillantes.

Sube su mirada. Sonríe. Sus ojos fijos en los míos. Complacida. Feliz. Le devuelvo la sonrisa. Satisfecho. También feliz. Sabiendo que esto, apenas acaba de empezar…

Este libro, ‘Los Secretos de Teresa, mi Abuela’, es de mi autoría, Annie Zarel.

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