La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria | Capítulo 7

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La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria

«El deseo puede borrar incluso a quien creíste ser.»

Capítulo VII

La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria

Capítulo VII...

Lo primero que Blanca vio al despertar, con las manos desapacibles cubriéndole la cara, fue que tenía sus preciosas uñas hechas un desastre: ásperas, el barniz resquebrajado, la cutícula irregular y con padastros, lo cual significaba que tenía que llamar a Hortensia para que le hiciera la manicura si esa tarde se proponía presentarse en la casa de Almanza hecha —como quería hacerlo— un sueño. Pero no iba a llamar a Hortensia. Ni a nadie. Iba a quedarse sola, prisionera de su propia voluntad en ese cuarto devastado por ese perro que sabía más sobre ella que ella misma, hasta que fuera la hora de salir para que Almanza intentara cumplir su promesa y con eso levantar el maleficio.

Que su bello cuarto estuviera tan, o más, devastado que sus pobres uñas, la tenía, en cierta medida, sin cuidado: aquí no había pasado nada si ella no se dejaba asediar por el terror. Esta casa, al fin y al cabo, era su casa. Tenía derecho a decidir qué cosas que sucedían en ella sucedían de verdad, y cuáles, callándolas, no sucedían en absoluto.

Desde su punto de vista —cubierta por la sábana para no ver nada, porque no quería ver—, era sólo cuestión de hacer venir a los tapiceros y ebanistas, pedirles un presupuesto y extenderles un cheque una vez terminado el trabajo, habiendo despachado previamente al perro a una de sus fincas más remotas, en Extremadura, por ejemplo, donde ella jamás había estado. Que nadie de su servicio siquiera osara levantar una ceja de sorpresa al ver la destrucción: ese hecho significaría su despido inmediato. No estaba dispuesta a tolerar censura. Ni menos preguntas. Ni de Casilda, además. Ya se encargaría ella de Casilda, que al sentir su inaccesible actitud fuerte y renovada no se atrevería a entrometerse. Por el momento era necesario no trascender por ningún motivo el grave problema de sus uñas, para así no pensar en el dormitorio fétido a jaula de zoológico ni en los sórdidos problemas de Archibaldo: sólo mantener suspendidas en su imaginación la quietud de dos pálidos astros mirándola.

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La libertad de Blanca llegó acompañada de algo mucho más peligroso que el escándalo.

Entre fiestas decadentes, deseos ocultos e intrigas aristocráticas, cada paso la acerca a un destino cada vez más extraño e imposible de controlar.

En La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria, nada es tan inocente como parece.

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