
La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria
«El deseo puede borrar incluso a quien creíste ser.»
Capítulo IV
La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria
Capítulo IV...
La joven marquesa viuda de Loria no quedó, sin embargo, desprovista de protección.
Despidiendo el cortejo fúnebre que partió de los Jerónimos, al que asistieron todas ellas, Blanca, Casilda, Tere Castillo, todas vestidas de un negro tan estricto como si se tratara de un miembro muy querido de la familia, la joven marquesa pudo comprobar algo de lo que nunca antes se había percatado y que le produjo la mayor tranquilidad: don Mamerto no era ejemplar único ni insustituible. Al contrario, los que parecían una serie de facsímiles del occiso despedían el duelo en fila de mayor a menor, y saludaron y se fueron metiendo en los coches del cortejo como una hilera de esos patitos de juguete que los niños arrastran de un cordel y que al moverse inclinan unánimes la cabeza: los hijos y nietos de don Mamerto, todos diminutos, todos amarillentos, y todos, sin duda, incondicionales de Blanca, ahora dueña de los bienes de la casa de Loria. La esposa del más joven de los Mamertos llevaba en sus brazos a un niño en pañales. Después de que se perdió de vista el cortejo, cuando las señoras desconsoladas permanecieron un rato en la escalinata del templo comentando la magnificencia de las flores con que la joven marquesa lo había hecho repletar —todas blancas, como para una boda, observaron—, ésta pidió a la nuera del finado que le permitiera tomar en brazos al nieto… aunque tal vez fuera bisnieto. Mientras Blanca lo mecía en sus brazos haciéndole tiernas carantoñas, hurgó en sus pañales para comprobar si ese crío de rasgos idénticos a los de don Mamerto, era también idéntico más abajo: apenas lo tocó, el mínimo cuernecito, irguiéndose, se puso a su servicio igual que el del occiso, e igual, supuso Blanca, como sería la actitud de los afortunadamente innumerables Mamertos. El veredicto de la marquesa, promulgado a los asistentes entre las lágrimas de su llanto que a todos emocionaron, fue que, andando el tiempo, esa criatura que llevaba en sus brazos sería el vivo retrato espiritual y físico de ese hombre ejemplar que fuera el notario don Mamerto Sosa.
—Estas americanas cursis no soportan perder una ocasión para hacer una escena —comentó Casilda por lo bajo a Tere Castillo.
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La libertad de Blanca llegó acompañada de algo mucho más peligroso que el escándalo.
Entre fiestas decadentes, deseos ocultos e intrigas aristocráticas, cada paso la acerca a un destino cada vez más extraño e imposible de controlar.
En La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria, nada es tan inocente como parece.
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