La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria | Capítulo 3

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La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria

«El deseo puede borrar incluso a quien creíste ser.»

Capítulo III

La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria

Capítulo III…

¿Lo furtivo… o más bien lo espontáneo, lo fresco…? Eran consideraciones bien distintas, casi contradictorias, que ella, en su inexperiencia, había confundido. Así meditaba Blanca paseando por el Retiro, cargada de crespones y las manos protegidas por un manguito de piel de mono durante aquella primera primavera de su viudez. Sí, lo que le había faltado a Paquito para eso que la gente llama «realizarse» fue sobre todo la espontaneidad en el acto del amor, que el matrimonio iba matando con su permisividad codificada y esterilizada por horarios y facilidades. Ella había cometido la estupidez de confundir esta añoranza, natural en un alma pura, con cierta inclinación infantilmente perversa de su fantasía por el juego de lo furtivo y lo prohibido. Como nada estaba verdaderamente prohibido en el matrimonio, se había engañado. No pensaba engañarse otra vez. ¿Cómo hubiera quedado ella de haberse cumplido los ideales de Paquito? En el fondo, muy en el fondo, tan en el fondo que el golpe de esta certeza fue ligerísimo, apenas el roce de un ala muy oscura, pensó que sería casi como estar acabada, vieja, lo contrario de este enloquecedor anhelo por lo desconocido que la impulsaba a circundar con sus menudos pasos cimbreantes el Palacio de Cristal para ir a detenerse en las gradas del estanque y quedarse contemplando en el agua —como a un maravilloso cisne negro entre tantos blancos— su propia imagen enlutada, y disfrutar tan intensamente con lo que reflejado veía. Pese al amor que aún le profesaba a su inolvidable marido, aceptaba el hecho inevitable de que su propio destino sería conocerlo todo. ¿Cuál de las rollizas sirvientas mestizas de pañuelos multicolores amarrados a la cabeza, ésas que le contaban historias de hechicerías a la luz de la luna junto a aguas cuajadas de peligros más considerables que el de estos mansos cisnes, podía haber adivinado, en las cartas que eran tan aficionadas a echar, que su destino se iba a cumplir deliciosamente en este civilizado mundo donde, para la elegantísima dama en que la habían transformado los azares de la vida, todo era claro y previsible, incluso la desilusión, y por lo tanto manejable? Todavía, después de tantos meses, sentía el dulce escozor del anillo que Paquito había calzado para siempre en su carne al son de La boda de la muñeca pintada aquella única vez en que fugazmente tocó fondo. Era como si ahora esa semilla de sensación, con esta endemoniada primavera que en todo fructificaba y florecía y se llenaba de jugos, estuviera echando raíces por toda su anatomía, animándola entera, haciéndola más tierna y fragante y ofrecida. ¿Pero ofrecida, en buenas cuentas, a qué, a quién…? Al contemplar su reflejo en el estanque sintió un ligero vértigo, como si las raíces cosquilleantes que crecían a partir de aquel frugal recuerdo fueran tan pujantes de sensaciones táctiles, que su cuerpo fantasioso, en este estado de sinestesia, podía sufrir un vahído: tuvo que darse la espalda a sí misma para prevenirlo. Sin embargo, exasperante, la pregunta persistía: ¿a quién, para qué? Jamás volvería a sentir la ternura de amor que sintió por su Paquito; pero no dejaba de ser perturbador verse colmada por la certeza de que su futuro era conocer todas las cosas escritas en las cartas de las sirvientas negras, las que decían destinadas a ella y también las otras. Por el momento, la única criatura que podía cosechar los divinos frutos de su ardor era ella sola, encerrada en su alcoba con la forzada reiteración de su parva memoria: ésta, al ser revolcada y abusada e invocada con quejidos y suspiros entre sus olorosas sábanas, buscando el misterioso botoncito del placer una y otra vez con sus dedos diestros en esa materia, se iba erosionando por la repetición ad nauseam, tanto que ya, en las noches de mayor inquietud, le resultaba difícil asirse de ese único recuerdo. Entonces no le quedaba otra alternativa que dar aterradora rienda suelta a sus fantasías, que la dejaban mojada de agotamiento y frustración, como si la hubiera violado un batallón de torpes enemigos. No osaba franquear estas fantasías, pese a saber que tenía la puerta abierta de par en par para hacerlo: por ahora lo temía todo y a todo el mundo, a su suegra, a sus amistades, a Almanza, a don Mamerto Sosa, a sus lacayos, a todos los hombres y las mujeres, en fin, que veía venir en sentido contrario por la acera, y cuyo escrutinio de su persona atravesaba el enigmático chic de su luto, despojándola del broche que sostenía el escote en la hendidura de sus pechos acezantes, de la faldita de crepé marocain que la brisa de la primavera ceñía a sus caderas, cuyas formas no velaban ni enagua ni bragas, de la pestaña de paraísos que dotaba de un sutil parpadeo al ala amplísima y bajísima de su sombrero: sí, todos la querían desnudar, tocar, acariciar su piel, morder su maravillosa carne…, en cualquier gesto suyo la podían sorprender, adivinando que pasaba por un estado en el que sería incapaz de negarle nada a nadie que lo solicitara. La mano de Almanza, por ejemplo, permanecía medio segundo más de lo debido en posesión de su mano al despedirse y, saludándola, sus bigotazos engomados llevaban inconfundibles intenciones al rozarle los nudillos. ¿O se trataba sólo de fantasías suyas? ¡Era tan difícil decir qué lo era y qué no…!

Blanca le guardaba cierto rencor a Almanza. No olvidaba que esa memorable tarde junto al fuego Paquito había quedado derrotado exactamente en el instante en que su ardor fue tocado por la grosera complicidad de la mirada del conde. Aquella misma noche, con su pobre cuerpo frío como la luna junto al de ella en el lecho frente al espejo, Paquito había analizado el problema reciente a la luz de esa mirada canalla, adjudicándole la culpa de su fracaso. Las malhadadas alas sin estrenar colgaban del respaldo de la silla como la esperanza de algo que jamás se llegaría a cumplir.

Paquito, que no en vano fue educado por jesuítas, era muy dado a rumiar y analizar. Lejos de ser el papanatas que lo creían, lo había percibido todo desde muy pequeño, pese a los escamoteos de la vergonzosa verdad por parte de la familia y del servicio, desde que Almanza se introdujo en su casa a vista y presencia del buenazo de su padre, que pasó a ser el hazmerreír de todo Madrid, hasta verlo arrogarse infinitas prerrogativas aún en vida del cegatón marqués. Y ahora, su injustificable autoridad en la familia tenía harto al marquesito. A la muerte del padre, Almanza incluso tuvo la pretensión de casarse con Casilda, proposición a la que ella, que por lo visto no era ninguna tonta, respondió:

—Viuda que se vuelve a casar no merece ser viuda.

Y rechazó desde el primer instante lo que hubiera sido un pésimo negocio, reteniendo así al conde como una especie de pariente pobre sin estipendio fijo, encargado, sobre todo, de los asuntos suntuarios de la casa, como el champán rosado para los Arias, por ejemplo.

Su madre y Almanza, en todo caso —y sospechaba que también esa cínica de Tere Castillo, de alguna manera que él todavía no era capaz de entender—, vivían a sus expensas, controlando a administradores y notarios, sirvientes y allegados, y obligándolo desde que cumplió su mayoría de edad a firmar un sinfín de papeles que ni siquiera le permitían leer:

—Cuando seas grande me lo agradecerás —decía Casilda.

Pero todo eso iba a terminar. Sí, todo iba a cambiar a partir de mañana mismo, gimió Paquito paseándose desnudo con tal energía que su gran miembro lacio y blanco se bamboleaba con un vaivén regular como el de una plomada. Les dio un puntapié a sus famosas alas. Pero su agresión no pasó de eso, ya que al día siguiente se celebraba el baile de máscaras al que Blanca tenía tal ilusión por asistir que él no tuvo corazón para estropeárselo, y prefirió esperar el día subsiguiente para su enfrentamiento.

En el baile, en cuanto se puso sus alas de ícaro, Paquito sintió que ese miembro, lacio anoche, se erguía esta vez invencible, repleto ahora de una flamante acumulación producida por su proyecto de darles la batalla mañana mismo a su madre y a Almanza, y gritarles cuatro verdades que oirían aunque se cerraran a todo declarando que lo que estaba haciendo era una falta de clase: súbita fortaleza, bastante escandalosa debido, sobre todo, al brevísimo atuendo clásico con el que resultaba imposible disimular nada. Arrastró a Blanca del baile con el fin de llevársela directamente a su alcoba, donde, para el placer de ambos, tenía la intención de violarla sin siquiera quitarse las alas, sin siquiera darle tiempo a ella para deshacerse de sus crinolinas de pastora. Este proyecto tuvo el lamentable fin que se conoce, porque ya al entrar empapado de regreso al palacete el pobrecito iba afónico y febril.

Aunque el matrimonio duró sólo cinco meses, fue suficiente para que Paquito tomara importantes precauciones. Don Mamerto Sosa, desde tiempos inmemoriales fiel a la estirpe de los Loria, era tan experto en sus genealogías y blasones como en las intrincadas fuentes de su peculio. Su viejo corazón alborozado saltó de júbilo cuando el joven marqués, de regreso de su luna de miel, acudió a él para consultarlo en secreto. Diminuto, descolorido, frágil y polvoriento como una polilla, con diminutos ojos brillantes tras diminutas gafas y diminutas manos pulcrísimas que manejaban pulcrísimos escritos, don Mamerto, muy ufano y como rejuvenecido con el honor, pasó unos días encerrado con Paquito en su despacho —separado del resto de su establecimiento notarial por una puerta cuyo panel más alto era de cristal esmerilado y donde se insinuaban las siluetas del trajín de la oficina—, instruyéndolo en el monto de sus bienes e insinuándole con gran delicadeza aquello que consideraba necesario hacer para neutralizar la rapiña de quien —todo esto sólo se adivinaba como al trasluz de sus sobrias palabras de notario castellano— no era, al fin y al cabo, más que una altanera andaluza cuya conducta manchaba la honra de la familia. Hasta ahora no se había producido ninguna catástrofe económica pese a su mayor tendencia a la liquidación que a la conservación o reinversión, unida, no podía negarlo —manifestó don Mamerto entre carrasperas que parecían poner en peligro su vida—, a algo más que descuido y que aceptó calificar de despilfarro. Por ciertas inquisiciones de la pecaminosa pareja después de la mayoría de edad de Paquito, el notario veía perfilarse en el horizonte ciertas dificultades que no le gustaban. Era preferible permanecer alerta. Y como él, Paquito, gozaba de todo lo que un señor puede necesitar en materia de trajes, coches, viajes, diversiones, y su esposa tenía cuenta abierta en casa de las modistas más cotizadas de Madrid, lo que los subalternos de don Mamerto se encargaban de pagar, era aconsejable no hacer otra cosa que prevenir posibles aunque por el momento —loada sea la Santísima Virgen— remotas desgracias: para esto bastaba firmar un testamento que lo dejara todo inapelablemente en manos de Blanca. Pensando que el peculio de la casa era tan cuantioso que alcanzaba hasta para fruslerías como el abono de Tere Castillo al Real, lo mejor era seguir disfrutando del statu quo presente, y por ahora, hasta que se definiera el rostro del peligro, no cambiar nada, no darle su verdadero nombre a nada. Paquito otorgó de inmediato un testamento secreto vengativamente sugerido por don Mamerto —que pese a parecer otra cosa era hombre de pasiones fuertes—, instruyendo también a Blanca en sus derechos, los que por el momento tenían la elegante cualidad de ser innecesario ejercerlos.

En su viudez Blanca prefirió parecer ignorante de todo, incapaz de entender nada, como una exquisita muñeca de lujo que no permitía que le llenaran su linda cabecita con cosas aburridas. Disfrutaba, sin embargo, de saber que tanto su suegra como Almanza eran dependientes de ella —podía congelar todos los fondos con una firma —, por no decir sirvientes. Algo, sin embargo, se traían entre manos esos dos, porque durante los almuerzos de duelo no dejaban de insinuarle lo conveniente que sería que aprovechara el luto para emprender un viaje a las Américas con el fin de visitar a su familia y llegar allá cuajada de regalos. La joven viuda, agradeciendo tan sabios consejos, alegaba que aún no tenía corazón para alejarse de los fetiches de su adorado Paquito. Por ahora se conformaría con la distracción de sus sentimentales paseos por el Retiro.

—¿No deberías acompañarla? —preguntó Almanza a Casilda.

—¿Estás loco? —chilló la marquesa, visiblemente descompuesta por algo que subyacía a la inocente sugerencia del conde—. Detesto la naturaleza. ¿No sabes que sólo respiro bien sobre el asfalto y que no sé distinguir una violeta de un sauce?

Diariamente, entonces, y sola, si el tiempo se lo permitía, la joven marquesa viuda de Loria paseaba por los senderos del Retiro luciendo para ojos desconocidos —muy de vez en cuando se alzaba algún cannotier de amigo que guardaba respetuosa distancia de su aflicción, o se acercaban obsequiosos parientes de Casilda— el misterio de su luto. Pero de sus orejas pendían dos lágrimas de oro facetado cuyo brillo trascendía los velos del duelo con perversos guiños impuestos por la ligereza del paso de la joven.

—¡De un chic loco! —exclamó la de Castillo agitando las plumas un poco pasadas de moda pero «muy suyas» de su sombrero, que hacían más monumental aun su silueta de por sí espectacular—. ¿Por qué siempre tan sola?

—¿Cómo sabes que siempre…?

—¡Ah! —repuso Tere, maliciosa aunque incapaz de sutilezas—. ¡Tengo una legión de espías que me informan de todo lo tuyo!

—El luto…, la pena…

—¡Pamplinas, mujer! ¡Con lo soso que era el tal Paquito! ¡Tú, chiquilla, con lo bien que te ha dejado tu marido puedes imponer las reglas de tu luto a tu antojo y convertirte en la heroína de Lehár aquí en Madrid! Pero, ¿quién viene aquí…? Ah, mi dilecto amigo…

El recién llegado se inclinó para besar la mano extendida de Tere Castillo, mientras Blanca meditaba sobre lo que se habían divertido con Paquito oyendo a Esperanza Iris en el papel sugerido por Tere. Cuando el dilecto amigo se incorporó, quiso dominar al alborotado cachorro que traía preso de una cadena a la vez que responder a las presentaciones que Tere hacía de la marquesa de Loria. Blanca lo examinó. Es decir, no llegó a examinarlo: la fuerza de esa presencia se abalanzó sobre ella, confundiéndola, ahogándola, acaparando tan agresivamente su atención que Blanca no escuchó su nombre ni sus referencias, que por una vez parecían exentas de la malevolencia habitual en Tere.

Cuando el recién llegado aplacó al cachorro, Blanca, como quien toma inventario después del incendio, pudo tranquilizarse lo suficiente para mirarlo: sus músculos, empeñados en dominar la fogosidad del cachorro, ondulaban en los antebrazos y muslos de pana negra, mientras a la sombra del chambergo, igual a los de ciertos artistas que veía en las ilustraciones de Rafael de Penagos o de Echea para La Esfera, brillaba su insolente mirada como de duro alquitrán recién cortado, pero también como de terciopelo, y su risa revelaba una lengua poderosa, y dientes grandes, mojados, carnívoros, rodeados por la exuberancia de su barba retinta. Paquito era lampiño. Blanca, al intentar ponerse a charlar como cualquier señora civilizada, fue incapaz de decir ni una palabra, sobrecogida por su fantasía del asalto de esa barba sumida entre sus muslos, del vigor de esa lengua hurgando en su vértice hasta el delirio, de esos dientes mordiéndole cruelmente el vello empapado del pubis, del calor de esos resoplidos para dominar al cachorro juguetón que tensaba la cadena, sintiendo hervir todo su ser femenino concentrado en el canal jugoso que llegaba hasta el fondo mismo de su identidad.

—… el retrato que Archibaldo me está pintando es con un trapo en la cabeza y con una cesta de besugos, como si fuera una pescadora gallega, y mira que soy andaluza… —eran retazos de la charla de Tere que la atención de Blanca apenas podía recoger porque con el corazón encogido de terror sentía que su tierno vértice se iba humedeciendo. Era la fiebre producida por la presencia del pintor.

Tanto, que seguramente él ya había percibido su ardiente aroma de criolla que ni «L’Heure Bleue» tenía capacidad de disimular. Lo peor era que la mancha de humedad sin duda había aparecido en su falda, que la brisa primaveral le pegaba al cuerpo. Junto a la laguna, en vez de mirar las barquitas, Archibaldo la examinaba desfachatadamente risueño, sin respeto ni por su rango ni por su luto, desde las pantorrillas hasta las caderas y la cintura y el pecho, como si ninguna discreción fuera necesaria porque entre ellos dos existía el acuerdo de la exuberancia sexual de la juventud, que excluía a Tere.

¡Pero ella no tenía acuerdo alguno con nadie! ¡Ella era ella, la marquesa de Loria, dueña y señora de sí misma y de muchas otras personas y cosas! Ella no consentía a nada. No toleraba su propio rubor producido por la certeza de que su tenaz fantasía de esa barba haciéndole cosquillas entre las piernas le estaba mojando la falda de tal modo, y en sitio tan evidente, que el pintor y la perversa Tere tenían que haber reparado en ello pese a que intentaba disimularlo maniobrando su manguito de piel de mono. Pretextó que llevaba atraso para una importante cita con don Mamerto Sosa — fue lo único respetable de que su imaginación, en ese momento tan atolondrada, pudo echar mano— y después de despedirse someramente de la pareja, que sin duda eran amantes, les dio la espalda. Subió a toda carrera las gradas del embarcadero hacia el monumento, sujetando con una mano el sombrero que se le podía volar y reteniendo, con la mano que llevaba el manguito, su falda, de modo que el viento primaveral no la levantara más que para revelar el trecho de piel desnuda donde las corvas, entre las ligas que ceñían las medias negras y el borde del vestido, recibieran el último tizonazo de los ojos del pintor: desde abajo se regodeaba con el espectáculo de su huida sin siquiera hacer callar a su perro, que le ladraba y le ladraba.

¡Pero ella no huía de nada ni de nadie!, se dijo una vez arriba, cuando ya dejó de oír los ladridos, enfilando sus pasos hacia la Puerta de Alcalá. Es verdad que tenía una cita con don Mamerto, cuyo despacho quedaba dos calles más allá. Apresuró el paso por Serrano, como si en ese despacho donde todos acataban sus órdenes fuera a encontrar el apaciguamiento que necesitaba. Don Mamerto era leal: él sabría ofrecérselo.

En los escaparates que iba dejando atrás veía su fugaz reflejo: ahora que el viento había levantado resueltamente sus velos de viuda, las lágrimas de oro guiñaban elocuentes desde sus orejas y no hubo lustrabotas ni ocioso que dejara de celebrarla con un silbido o algún piropo tan divertido, que le costaba no romper con su risa su adusta compostura de viuda. Encerrada en el ascensor que la iba subiendo al tercer piso, sintió que ese pequeño confesionario mecanizado era como una caja de resonancia para su corazón furibundo, un embalaje sellado para su casi intolerable aroma de hembra indignada mezclado con el parisino Guerain. Abrió de golpe la puerta del ascensor, de golpe la puerta de la notaría, y sin saludar a las secretarias, con quienes siempre había hecho estudio ser amable para demostrar la sencillez propia de su rango, abrió y cerró de golpe la puerta del cuartito lleno de amarillentos papelorios que formaban colchones en el suelo, encima del sofá Chesterfield y sobre el escritorio detrás del cual don Mamerto apenas sobresalía entre tanto legajo: el anciano no tuvo otra reacción visible que palidecer ante la repentina entrada de la marquesa, a quien se veía tan agitada que sin siquiera saludarlo con su habitual deferencia se sentó en el ángulo mismo de su escritorio, dándole la espalda a él y dejando caer, abatida, la cabeza sobre su hermoso pecho. Cumplido caballero castellano pese a sus años, don Mamerto alzó la cabeza tras abrochar sus polainas, que se había abierto para trabajar con mayor comodidad, y comenzó a levantarse, carraspeando y renqueando. Apoyado con una mano en el contorno del escritorio, fue acercándose para dar su bienvenida a tan empingorotada dama.

Al acercarse vio que ella cubría sus ojos con una mano como si fuera a sollozar, afirmando su cuerpo en la otra mano posada en el escritorio cuyo ángulo, observó el viejo, penetraba hondamente en la soberbia carne elástica de su popa.

Tuvo un primer impulso de llamar a sus subalternos ocupados en sus trabajos más allá del vidrio esmerilado, para pedir que trajeran sales, o agua de melisa, o una copa de algo. Pero no lo hizo porque, al calarse las diminutas gafas de marco de oro para escudriñar tan patética figura de dolor, se percató de que los males de la marquesa no eran de los que se curan con simples pócimas. Con su pecosa mano, de piel tan arrugada como la de un palmípedo, don Mamerto se dispuso, en cambio, a brindarle el consuelo quizás más efectivo de acariciar la mano con que la joven se apoyaba en el escritorio.

Blanca lo veía todo por los intersticios de sus enguantados dedos: el ir y venir de las figuras que se disolvían en el vidrio esmerilado, el paso conmovedoramente endeble del anciano acercándose a ella con evidente deseo de complacerla. Y sintió un curioso, y no desagradable, encogimiento de su sexo al ver que, por debajo de sus pantalones y por encima de las polainas, se asomaban las atractivas puntas de unas tiritas inmaculadamente blancas que con seguridad servían para atar sus calzoncillos largos a sus tobillos. Como quien le permite una caricia a un abuelo, le permitió a don Mamerto la tierna familiaridad del intento de aliviar su mal sin nombre con un simple palmoteo de su mano enguantada.

—No llore, hija mía… —murmuraba el anciano ya no sólo palmeteándole dulcemente la mano sino acariciando su maravillosa muñeca adornada con un Patek Philippe muy sencillo—. Usted lo tiene todo para ser feliz, juventud, belleza, una fortuna inmensa defendida por la lealtad mía, de mi familia entera y de mis empleados. ¿Qué más quiere? Claro que el pobre Paquito…

Blanca se estremeció con un sollozo al oír ese amado nombre. Casi tuvo un desfallecimiento, de modo que el pobre anciano se vio en la necesidad de afirmar su cuerpo joven con su propia vejez endeble, rodeándole el talle con un caballeroso brazo para que la marquesa no se desplomara. Ella dejó caer su cabeza sobre ese hombro paternal brindado tan generosamente. Sí, la apaciguaba el aroma de vejestorio de don Mamerto, como de almidón añejo o de papel amarillento. Con su mano enguantada Blanca comenzó a acariciar lentamente la piel coriácea del rostro del anciano, lampiña no de juventud sino de vejez, sintiendo junto a su pecho el corazón agitado de esa persona cuya función era hacer todo lo que ella quisiera: su mano recorrió las cuencas desencajadas de los ojos del notario, las mejillas huecas, la piel que colgaba de la mandíbula inferior y del cogote que se perdía en el cuello duro de su camisa, bajando por el pecho hacia el corazón enloquecido, hacia su pancita sintetizada bajo el cinturón, hasta llegar adonde quería llegar: al asiento del consuelo. De reojo, por si acaso, miró las figuras de afuera que al pasar se congelaban por un instante en el vidrio, escuchó el teclear de las máquinas: todo seguía como siempre. Ella también podía seguir porque don Mamerto estaba férreamente dispuesto a complacerla. Lo desabotonó sin dejar de gemir, su cabeza apoyada en aquel hombro paternal: apareció diminuto aunque, era evidente, asombrosamente eficaz para su edad, el pequeño pero agresivo cuerno indomable, justa la medida, ni más ni menos, de lo que ella en ese momento necesitaba. Levantó su falda y separó sus muslos sin dejar de lloriquear ni de vigilar la puerta. Entonces el anciano embistió con tal arte pélvico que la penetró con la gran facilidad que le brindaba ese cuerpo que venía lubricado desde el Retiro: Blanca ahogó un gemido de placer entre los brazos de don Mamerto, que se agitaba, agitándose ella también hasta que sus sollozos ya no fueron más que de deleite, rotando las caderas, aspirando el reconfortante perfume de sumisión, de cosa decrépita pero normal y limpia y viril, mientras don Mamerto, imponiendo sus diestros movimientos a los suyos, adquirió un ritmo acelerado al que ella se dejó arrastrar, los muslos en alto, la falda en la cintura, sentada en la punta del escritorio, cubriendo con los paraísos de su sombrero la cabeza del anciano que jadeaba junto a ella. Blanca no sentía las manos de don Mamerto. ¿Dónde las tenía este hombre maravilloso que no las necesitaba para excitarla a ella ni para excitarse a sí mismo? En la vorágine de esos minutos de peligrosa locura la respiración de don Mamerto se iba haciendo peligrosamente entrecortada, como la de ella, tan entrecortada que, llegando al momento en que la inundó y ella respondió apretándolo con un orgasmo corto y violento, él se quedó perfecta y repentinamente quieto, como si quisiera prolongar todo esto llevándoselo a la eternidad, desfalleciendo, sin respirar, igual que ella. El anciano y la joven marquesa permanecieron unidos un segundo en ese abrazo mientras ella escudriñaba su propia imaginación para decidir cuál iba a ser la actitud que sería propio tomar al separarse. Don Mamerto era, en verdad, pequeñísimo, livianísimo, tan frágil que lo hubiera podido levantar como a un pajarito, tan delicado que corría el peligro de triturarlo atenazándolo al bajar los muslos para volver a cubrir con su falda sus ligas y sus medias torcidas y caídas más abajo de su rodilla. Mientras Blanca establecía el protocolo a seguir después de deshacer el abrazo, lo que tenía que ser ya, él permaneció dentro de ella, claro, completamente sin vida. Aterrada al pensar esto y darse cuenta de que don Mamerto iba deslizándose a lo largo de su propio cuerpo vivísimo, cayendo lento como un leve camisón vacío y sin forma, incapaz de asirse a nada, Blanca quiso erguirse. Desprendido de ella, don Mamerto cayó al suelo sin ruido, albo y exánime.

Blanca se estremeció con un sollozo al oír ese amado nombre. Casi tuvo un desfallecimiento, de modo que el pobre anciano se vio en la necesidad de afirmar su cuerpo joven con su propia vejez endeble, rodeándole el talle con un caballeroso brazo para que la marquesa no se desplomara. Ella dejó caer su cabeza sobre ese hombro paternal brindado tan generosamente. Sí, la apaciguaba el aroma de vejestorio de don Mamerto, como de almidón añejo o de papel amarillento. Con su mano enguantada Blanca comenzó a acariciar lentamente la piel coriácea del rostro del anciano, lampiña no de juventud sino de vejez, sintiendo junto a su pecho el corazón agitado de esa persona cuya función era hacer todo lo que ella quisiera: su mano recorrió las cuencas desencajadas de los ojos del notario, las mejillas huecas, la piel que colgaba de la mandíbula inferior y del cogote que se perdía en el cuello duro de su camisa, bajando por el pecho hacia el corazón enloquecido, hacia su pancita sintetizada bajo el cinturón, hasta llegar adonde quería llegar: al asiento del consuelo. De reojo, por si acaso, miró las figuras de afuera que al pasar se congelaban por un instante en el vidrio, escuchó el teclear de las máquinas: todo seguía como siempre. Ella también podía seguir porque don Mamerto estaba férreamente dispuesto a complacerla. Lo desabotonó sin dejar de gemir, su cabeza apoyada en aquel hombro paternal: apareció diminuto aunque, era evidente, asombrosamente eficaz para su edad, el pequeño pero agresivo cuerno indomable, justa la medida, ni más ni menos, de lo que ella en ese momento necesitaba. Levantó su falda y separó sus muslos sin dejar de lloriquear ni de vigilar la puerta. Entonces el anciano embistió con tal arte pélvico que la penetró con la gran facilidad que le brindaba ese cuerpo que venía lubricado desde el Retiro: Blanca ahogó un gemido de placer entre los brazos de don Mamerto, que se agitaba, agitándose ella también hasta que sus sollozos ya no fueron más que de deleite, rotando las caderas, aspirando el reconfortante perfume de sumisión, de cosa decrépita pero normal y limpia y viril, mientras don Mamerto, imponiendo sus diestros movimientos a los suyos, adquirió un ritmo acelerado al que ella se dejó arrastrar, los muslos en alto, la falda en la cintura, sentada en la punta del escritorio, cubriendo con los paraísos de su sombrero la cabeza del anciano que jadeaba junto a ella. Blanca no sentía las manos de don Mamerto. ¿Dónde las tenía este hombre maravilloso que no las necesitaba para excitarla a ella ni para excitarse a sí mismo? En la vorágine de esos minutos de peligrosa locura la respiración de don Mamerto se iba haciendo peligrosamente entrecortada, como la de ella, tan entrecortada que, llegando al momento en que la inundó y ella respondió apretándolo con un orgasmo corto y violento, él se quedó perfecta y repentinamente quieto, como si quisiera prolongar todo esto llevándoselo a la eternidad, desfalleciendo, sin respirar, igual que ella. El anciano y la joven marquesa permanecieron unidos un segundo en ese abrazo mientras ella escudriñaba su propia imaginación para decidir cuál iba a ser la actitud que sería propio tomar al separarse. Don Mamerto era, en verdad, pequeñísimo, livianísimo, tan frágil que lo hubiera podido levantar como a un pajarito, tan delicado que corría el peligro de triturarlo atenazándolo al bajar los muslos para volver a cubrir con su falda sus ligas y sus medias torcidas y caídas más abajo de su rodilla. Mientras Blanca establecía el protocolo a seguir después de deshacer el abrazo, lo que tenía que ser ya, él permaneció dentro de ella, claro, completamente sin vida. Aterrada al pensar esto y darse cuenta de que don Mamerto iba deslizándose a lo largo de su propio cuerpo vivísimo, cayendo lento como un leve camisón vacío y sin forma, incapaz de asirse a nada, Blanca quiso erguirse. Desprendido de ella, don Mamerto cayó al suelo sin ruido, albo y exánime.

La marquesa se llevó una mano a la boca para restañar un grito de terror: logró pensar y detenerlo a tiempo. Inmediatamente se puso de rodillas junto al cuerpo, guardó el bondadoso y diminuto sexo del anciano en sus calzoncillos, abotonó la bragueta y enjugó las manchas que el amor había dejado en el pantalón. Sacó de su bolsillo un peine de carey y brillantes con el que peinó los pocos cabellos revueltos de su amigo, y dispuso su cuerpo en el suelo de modo que su caída pareciera natural. Colocó junto a él un legajo que encontró sobre el escritorio, concerniente a la venta del producto de diez mil nogales en un cortijo de propiedad de los Loria en Andalucía. Luego, se apresuró a arreglar su propia indumentaria, a restituir rimmel, colorete y polvos, a subir sus medias y fijarlas con las ligas y a enderezar su sombrero con un gran alfiler. Entonces, al ver a don Mamerto Sosa muerto a sus pies, traspasada por el dolor del deceso del anciano en una situación tan íntima, aterrorizada ante esta pérdida que la dejaba sin defensa contra esas hienas que eran su suegra y el conde de Almanza, Blanca Loria lanzó un chillido, al que de inmediato acudieron los empleados de la notaría y los hijos de don Mamerto. Sólo entonces Blanca se permitió un desmayo.

Este libro es del autor José Donoso.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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