La Confesión de mi Madrastra | Capítulo 1

Portada de La Confesión de mi Madrastra | Capítulo 1: mujer adulta elegante y sensual, de vestido corto y escote profundo, en el interior de una casa lujosa al atardecer

La Confesión de mi Madrastra

«Nunca quise desearla. Nunca pude dejar de hacerlo.»

Capítulo I

La Confesión de mi Madrastra

Sinopsis

Volver a casa fue el error que cambió todo. Creí que regresaba para sanar, para cerrar una herida que aún dolía, pero no estaba preparado para enfrentar lo que despertó en mí. Isabela, mi madrastra, siempre estuvo ahí, elegante, cercana, imposible de ignorar. Intenté convencerme de que mis pensamientos no significaban nada, de que el deseo podía controlarse, pero cada mirada y cada silencio hacían más difícil fingir normalidad.

«Nunca quise desearla. Nunca pude dejar de hacerlo.»

Capítulo I…

El taxi desaceleró antes de girar, como si el conductor también necesitara confirmar que esa era la dirección correcta. No dije nada. Mantuve la mirada fija al frente, viendo cómo la reja negra comenzaba a abrirse con un movimiento lento, automático, demasiado preciso para resultarle familiar.

No recordaba ese sonido.

El motor cruzó el umbral y el ruido de la calle quedó atrás, absorbido por una calma artificial. El camino de piedra se extendía recto hasta la casa, flanqueado por jardines perfectamente recortados. Todo estaba en su sitio. Demasiado en su sitio.

Pagué sin mirar al conductor y le agradecí. Bajé con el bolso colgando del hombro y me quedé unos segundos quieto, de pie junto al coche, como si esperara que algo —un olor, un sonido, una sensación— confirmara que había vuelto.

No ocurrió.

La casa seguía ahí, intacta en su estructura, pero alterada en algo que no podía nombrar. Las paredes blancas, las ventanas amplias, la terraza del segundo piso… todo coincidía con lo que recordaba. Y aun así, no encajaba.

El taxi se fue. El ruido del motor desapareció por completo.

Silencio.

Avancé.

Cada paso sobre la piedra me resultó más pesado de lo que debería. No por el cansancio del viaje, sino por una resistencia interna que no terminaba de entender. Había imaginado ese momento durante semanas. Tal vez meses. Pensé que sería distinto. Más… claro.

Pero no había claridad. Solo una incomodidad difusa que se instalaba en mi pecho, como una presión constante.

Me detuve a mitad del camino.

El jardín estaba más cuidado que antes. Las plantas alineadas con precisión quirúrgica, el césped sin una sola imperfección. Antes había zonas irregulares, pequeños descuidos que mi madre nunca terminaba de corregir. Decía que le gustaba que la casa respirara.

Ahora no respiraba.

Ahora parecía contenida.

Retomé el paso sin mirar más alrededor.

La puerta principal estaba cerrada. Oscura, sólida. La misma de siempre.

Pero tampoco era la misma.

Levanté la mano para tocar el timbre, pero la puerta se abrió antes de que llegara a hacerlo.

—Damián…

La voz me golpeó primero.

Después vino el rostro.

Martha.

El cambio en ella era mínimo, casi imperceptible. Tal vez un poco más de cansancio en los ojos, algunas líneas nuevas en el rostro. Pero la esencia era la misma: esa mezcla de firmeza y calidez que siempre había estado ahí.

No sonrió de inmediato. Me miró unos segundos, como asegurándose de que era yo.

Tampoco hablé.

Algo en la garganta me impedía hacerlo.

—Mijo…

Ella dio un paso al frente y me abrazó sin pedir permiso.

El contacto me tomó por sorpresa. No por el gesto en sí —era exactamente lo que esperaba de ella—, sino por la intensidad con la que lo sentí. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Los hombros, tensos desde que bajé del taxi, cedieron apenas.

Respondí al abrazo.

No con la misma fuerza, pero lo sostuve.

El olor era el mismo. Jabón neutro, algo de cocina, algo de casa. Real.

Cerré los ojos un segundo.

Solo un segundo.

—Estás muy flaco —dijo Martha en voz baja, sin soltarme del todo—. No te estás cuidando.

Solté una exhalación leve, casi imperceptible.

—Estoy bien.

La frase salió automática. Vacía.

Martha se separó apenas, lo suficiente para mirarme de frente. Sus ojos recorrieron mi cara con una atención que no necesitaba palabras.

No insistió.

—Pasa —dijo finalmente, haciéndose a un lado.

Crucé el umbral.

Y la sensación volvió.

Más fuerte.

El interior estaba impecable. Demasiado.

El mármol del suelo reflejaba la luz que entraba por los ventanales. Los muebles, todos en su lugar, sin una sola señal de uso real. Los cuadros en las paredes… distintos. Más modernos. Más fríos.

Caminé despacio, dejando el bolso junto a una de las columnas sin pensarlo demasiado.

—Tu papá no está —dijo Martha desde atrás—. Salió temprano. No dijo a qué hora vuelve.

Asentí sin girarse.

Lo esperaba.

O tal vez no.

No estaba seguro de qué esperaba exactamente.

Avancé unos pasos más hacia la sala principal.

El sofá había cambiado. Más grande. Más rígido. El que estaba antes tenía una ligera deformación en uno de los lados, donde mi madre solía sentarse a leer. Esa marca ya no existía.

Nada existía.

Me llevé la mano al respaldo de una silla, rozándolo con los dedos. Frío. Liso. Sin historia.

—Arreglamos un poco la casa —continuó Martha, con un tono neutro, medido—. Tu papá quiso… hacer cambios.

“Arreglamos.”

Aprieto apenas la mandíbula.

—Se nota.

No hubo ironía en mi voz. Tampoco aprobación.

Solo constatación.

Me moví hacia el ventanal que daba al jardín trasero. La piscina estaba visible desde ahí, perfectamente limpia, el agua inmóvil como una superficie de vidrio.

Antes solía haber hojas flotando.

Detalles mínimos.

Pero eran esos detalles los que hacían que el lugar fuera… mío.

Ahora no había nada fuera de lugar.

Nada que me conectara.

Sentí una incomodidad más definida, más concreta.

No era nostalgia.

Era rechazo.

—Tu cuarto está igual —dijo Martha—. No dejamos que lo tocaran.

Eso me hizo girarme.

Por primera vez desde que entré, la miré directamente.

—¿Igual?

—Sí.

Hubo un breve silencio.

—Como lo dejaste.

Sostuve su mirada un segundo más, evaluando si había algo más detrás de esas palabras.

No lo había.

O no lo dijo.

Asentí levemente.

—Gracias.

La palabra salió más baja de lo que esperaba.

Martha hizo un gesto mínimo con la cabeza, restándole importancia.

—¿Quieres comer algo? Puedo prepararte…

Negué con la cabeza.

—Después.

Necesitaba moverme.

—Voy a… ver.

No terminé la frase. No hacía falta.

Martha lo entendió.

—Claro.

Tomé el bolso y me dirigí hacia las escaleras.

Cada paso sobre el mármol resonaba más de lo normal. O tal vez era el silencio lo que amplificaba todo.

Subí.

El pasillo del segundo piso estaba iluminado por luz natural. Las puertas alineadas a ambos lados. Todo limpio. Ordenado.

Me detuve a mitad de camino.

Había un cuadro nuevo en la pared. Abstracto. Colores neutros. Sin forma clara.

Antes había una fotografía ahí.

Mi madre.

No estaba.

Desvié la mirada sin detenerme demasiado en el pensamiento.

Continué hasta mi habitación.

La puerta estaba cerrada.

Apoyé la mano en el pomo y la sostuve ahí unos segundos.

No por duda.

Por resistencia.

Giré.

La puerta se abrió sin ruido.

Y ahí, por primera vez desde que llegué, algo encajó.

El cuarto estaba intacto.

La cama en la misma posición. El escritorio junto a la ventana. Los libros, exactamente como los había dejado, incluso con ese leve desorden que nunca terminaba de corregir.

Entré despacio.

Cerré la puerta detrás de mí.

El aire era distinto.

No más cálido. No más cómodo.

Pero sí… reconocible.

Dejé el bolso en el suelo y avancé hasta la ventana. Desde ahí se veía una parte del jardín lateral, menos intervenida que el frontal. Más irregular.

Más real.

Apoyé las manos en el borde del escritorio.

Cerré los ojos.

Esta vez los mantuve así unos segundos más.

La imagen de mi madre apareció sin esfuerzo. Sentada en la cama, doblando ropa, mirándome de reojo mientras fingía estudiar.

No dijo nada.

No hizo falta.

La imagen se sostuvo sola… y luego se desvaneció.

Abrí los ojos.

La habitación seguía igual.

Pero ya no era suficiente.

Me erguí lentamente.

El silencio volvió a instalarse.

Y esta vez no era neutro.

Era ajeno.

El golpe en la puerta no fue fuerte, pero bastó para sacarme de la quietud.

—¿Damián?

La voz de Martha, contenida, como si midiera cuánto invadía.

No respondí de inmediato. Miré alrededor otra vez, como si algo fuera a cambiar entre un segundo y otro. Nada se movía. Nada se desordenaba. Todo seguía igual… y, al mismo tiempo, no.

—Pasa.

La puerta se abrió con cuidado. Martha asomó primero la cabeza, luego el cuerpo. Sus ojos recorrieron el cuarto en un gesto rápido, casi automático, como comprobando que realmente seguía intacto.

—¿Te instalaste?

Negué con la cabeza.

—Todavía no.

Ella avanzó un par de pasos, cerrando la puerta detrás de sí. Se quedó de pie, sin acercarse demasiado. No como antes. Antes habría entrado sin dudar, habría empezado a mover cosas, a acomodar el bolso, a abrir las ventanas.

Ahora respetaba una distancia que no le había pedido.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

La pregunta quedó suspendida entre los dos. Simple, directa. Imposible de responder sin mentir.

Me apoyé contra el escritorio, cruzando los brazos.

—Bien.

La misma respuesta de abajo.

Martha no reaccionó. Ni un gesto de desaprobación, ni una mirada insistente. Solo ese silencio que usaba cuando sabía que presionar no servía.

—Se siente raro —agregué después de unos segundos.

Eso sí era verdad.

Ella asintió apenas.

—Es normal.

Negué con la cabeza, esta vez más lento.

—No… —miré hacia la puerta, como si la casa pudiera escuchar—. No es eso.

Hice una pausa. Busqué las palabras sin encontrarlas del todo.

—Es que… —solté una exhalación corta— ya no es mi casa.

Lo dije sin énfasis. Sin carga dramática. Como una conclusión lógica.

Martha no respondió de inmediato.

Se tomó unos segundos antes de hablar.

—Sigue siendo la misma casa, Damián.

La miré.

—No…

La respuesta salió más firme de lo que esperaba.

—No lo es.

El silencio volvió. Más denso.

—Ven.

No era una invitación amable. Era una necesidad.

Asentí.

Martha salió. Yo salí detrás de ella.

El pasillo parecía más largo ahora. O tal vez era la forma en que lo recorría. Más lento. Más atento.

—Ese cuadro lo puso tu padre —dijo, señalando el abstracto que había visto antes.

Asentí.

Seguimos caminando.

Abrió una de las puertas a la izquierda. El estudio.

Entramos.

El cambio ahí era más evidente. El escritorio nuevo, más grande. Oscuro. Ordenado al extremo. Ningún papel suelto, ningún rastro de uso real.

—Aquí antes… —me detuve, mirando una de las paredes— había una biblioteca más baja.

—La mandaron a hacer de nuevo —respondió Martha—. Tu papá quería más espacio.

“Más espacio.”

Caminé hasta el escritorio, pasando los dedos por la superficie. Impecable. Fría.

—Todo es más grande ahora —murmuré.

—Sí.

Pero no sonaba como algo positivo.

Salimos sin decir nada más.

Seguimos avanzando.

Cada habitación que abríamos era una confirmación. La estructura era la misma, pero todo dentro había sido reemplazado, ajustado, optimizado. Como si alguien hubiera decidido que la casa necesitaba corregirse.

La cocina fue la peor.

Me detuve en el umbral.

—No…

No entré.

El acero, las superficies brillantes, los electrodomésticos nuevos. Todo limpio. Demasiado limpio.

Antes había calor ahí. Ruido. Olores que se quedaban impregnados en las paredes.

Ahora parecía un lugar donde no se cocinaba. Solo se mantenía.

Martha se quedó a mi lado.

—La remodelaron hace un año.

Asentí sin mirarla.

—Se nota.

No había rastro de mi madre ahí. Ninguno.

Di un paso atrás.

—Vamos afuera.

Necesitaba aire.

Atravesamos la sala en silencio. Abrí el ventanal y salí al jardín trasero. El cambio de temperatura fue mínimo, pero suficiente para sentir algo distinto.

El césped bajo mis pies era uniforme, perfectamente cortado. Caminé unos pasos, alejándome de la casa.

—Antes había un árbol aquí —dije, señalando un espacio vacío cerca de la piscina.

—Se secó —respondió Martha—. Lo quitaron.

Asentí.

Otro detalle borrado.

El sonido de unas tijeras cortando algo interrumpió el silencio.

Giré la cabeza.

Al fondo del jardín, cerca del límite de la propiedad, un hombre mayor trabajaba inclinado sobre unos arbustos. Delgado, espalda ligeramente encorvada, movimientos lentos pero precisos.

—¿Don Anselmo? —pregunté.

Martha siguió mi mirada.

—Sí.

El hombre levantó la cabeza, como si hubiera sentido que lo observaban. Sus ojos se encontraron con los míos a la distancia. Tardó un segundo en reconocerme.

Después dejó las tijeras a un lado y se acercó, caminando con ese ritmo pausado que recordaba vagamente.

—Joven Damián… —dijo al llegar, con una leve inclinación de cabeza.

Su voz era más áspera de lo que recordaba.

—Don Anselmo.

Nos quedamos unos segundos frente a frente, sin saber muy bien cómo reducir la distancia que habían dejado los años.

Él fue el primero en romperla.

—Está más alto.

Sonreí.

—Usted igual.

No era cierto. Estaba más encorvado. Más delgado.

Pero entendió el gesto.

Asintió.

—Volvió.

—Sí.

No hubo más.

Don Anselmo no era de muchas palabras. Nunca lo había sido.

Miró hacia la casa, luego de nuevo a mí.

—El jardín cambió —dijo, como si eso explicara algo.

—Lo sé.

—Ahora toca mantenerlo así.

“Así.”

Perfecto. Controlado.

—Claro.

El silencio se instaló otra vez, pero no era incómodo. Era… funcional.

Don Anselmo recogió sus tijeras.

—Cualquier cosa que necesite… —no terminó la frase. No hacía falta.

Asentí.

—Gracias.

Se alejó sin prisa, volviendo a su trabajo como si nuestra conversación no hubiera alterado nada.

Lo observé unos segundos más.

—Él sí sigue siendo el mismo —dije.

Martha no respondió.

No hacía falta.

Giré hacia la casa otra vez.

Desde afuera se veía incluso más ajena. Demasiado limpia, demasiado correcta. Como una fotografía.

—¿Desde cuándo…? —empecé, sin terminar la pregunta.

Martha entendió.

—Poco a poco.

Asentí.

—Claro.

Siempre era así. Nada cambiaba de golpe. Todo se transformaba en silencio, hasta que un día ya no reconocías nada.

—¿Y mi papá? —pregunté, manteniendo la vista en la casa.

—Trabajando.

—¿Siempre?

Martha dudó apenas.

—Casi siempre.

Solté una exhalación breve.

—Bien.

No pregunté más.

No hacía falta.

Volví a avanzar hacia la casa, subiendo los pocos escalones hasta el ventanal. Antes de entrar, me detuve.

Miré el reflejo en el vidrio.

Por un segundo, la imagen no encajó con el lugar.

—No es mi casa —repetí, esta vez en voz más baja.

Martha estaba detrás de mí. Podía sentirlo sin girarme.

—Es la casa de tu padre —dijo.

Negué levemente.

—Antes no era así.

Abrí el ventanal y entré.

El cambio de ambiente fue inmediato. El aire volvió a sentirse contenido.

Caminé hacia el centro de la sala, mirando alrededor una vez más. Ya no buscando reconocer. Solo confirmando.

—¿Dónde está…? —me detuve.

No terminé la pregunta.

Martha tampoco respondió.

No hacía falta decir su nombre.

El silencio fue suficiente.

Asentí despacio, como si alguien hubiera confirmado algo que ya sabía.

—Ya.

Subí la mirada.

El techo alto, las líneas limpias, la ausencia de cualquier imperfección.

Todo estaba diseñado para no dejar rastro.

Me pasé la mano por la nuca, sintiendo la tensión acumulada.

—Voy a ducharme.

La frase salió sin pensarlo demasiado.

Necesitaba quitarme algo de encima. Aunque no supiera exactamente qué.

Martha asintió.

—Te preparo algo de comer después.

No respondí.

Ya iba hacia las escaleras.

Subí sin mirar atrás.

Cada paso sonaba igual que antes… pero no significaba lo mismo.

Cuando llegué al segundo piso, me detuve un segundo antes de entrar a mi cuarto.

El pasillo seguía igual de silencioso.

Demasiado silencioso.

Abrí la puerta.

El único lugar que todavía no había sido tocado.

Entré.

Y aun así… ya no bastaba.

El agua caliente cayó directo sobre la nuca, arrastrando el peso acumulado del viaje, del silencio, de la casa.

Cerré los ojos.

Durante unos segundos, lo único que existió fue eso: el golpe constante del agua, el vapor llenando el espacio, el ruido aislado que borraba todo lo demás.

Funcionó… a medias.

Cuando abrí los ojos, la sensación seguía ahí. Más limpia, pero intacta.

Apoyé la frente contra la pared de azulejo, dejando que el agua corriera por la cara. No intenté pensar en nada específico. Aun así, la imagen de la casa volvía una y otra vez. Cada cambio, cada ausencia.

Cada reemplazo.

Cerré la llave.

El silencio regresó de golpe.

Salí, me sequé sin prisa, me vestí con lo primero que saqué del bolso. Ropa cómoda. Neutral. Como si no quisiera destacar ni siquiera ahí dentro.

Cuando terminé, me dejé caer sobre la cama.

El colchón cedió con una familiaridad que no esperaba. Miré el techo. El mismo. Sin modificaciones.

Crucé un brazo sobre los ojos.

Intenté ordenar las ideas, pero no había nada concreto que ordenar. Solo una acumulación de sensaciones que no terminaban de encajar entre sí.

Cansancio. Incomodidad. Algo cercano al rechazo.

Y, debajo de todo eso, una pregunta constante.

¿Qué hago acá?

Giré la cabeza hacia la ventana. La luz de la tarde empezaba a bajar, volviéndose más cálida. El jardín se veía tranquilo. Demasiado tranquilo.

Exhalé lento.

No podía quedarme ahí todo el día.

Me incorporé con un movimiento breve y salí del cuarto.

El pasillo seguía igual de silencioso. Bajé las escaleras sin prisa, apoyando la mano en el pasamanos como si necesitara ese punto de contacto.

No había ruido en la casa.

Ninguno.

Llegué a la sala. Vacía.

Miré alrededor, esperando encontrar a Martha en algún punto, pero no estaba. Tampoco escuché nada desde la cocina.

Me dirigí hacia allá.

El espacio seguía resultándome ajeno, pero esta vez entré.

El aire olía a cítrico. Suave.

Sobre la isla central había una jarra de vidrio con limonada. Condensación en las paredes, gotas deslizándose lentamente hacia la base.

Abrí uno de los gabinetes al azar. Vasos alineados con precisión.

Tomé uno.

El sonido del vidrio al tocar la superficie fue más fuerte de lo que debería.

Serví la limonada despacio. El líquido golpeó el fondo del vaso con un ruido sordo, limpio.

Di un primer sorbo.

Fría.

El sabor me ancló un poco. Algo simple. Reconocible.

Me apoyé contra la encimera, sosteniendo el vaso con ambas manos.

La casa seguía en silencio.

Demasiado.

Miré hacia la puerta, hacia el pasillo que llevaba a la sala. Nada.

—¿Y ella?

La pregunta surgió sola.

No tenía rostro. No tenía forma.

Solo una idea.

Mi madrastra.

Nunca la había visto.

Sabía de su existencia, claro. Desde hacía tiempo. Pero siempre había sido eso: un dato. Algo externo. Algo que no me afectaba directamente.

Hasta ahora.

Di otro sorbo.

Intenté imaginarla.

No funcionó.

Lo único concreto era su edad. Más joven de lo que debería, considerando a mi padre. Eso ya decía algo. No sabía exactamente qué, pero lo decía.

Dejé el vaso sobre la encimera.

El sonido volvió a resonar.

—¿Cómo se supone que…?

No terminé la frase.

Ni siquiera sabía qué estaba preguntando.

Salí de la cocina con el vaso en la mano y volví a la sala. Me detuve en el centro, mirando alrededor otra vez.

Buscando algo.

No sabía qué.

Tal vez una señal de cómo moverme ahí dentro.

No la había.

Me senté en el borde del sofá. La superficie firme, sin ceder demasiado. Apoyé los codos en las rodillas, el vaso colgando entre las manos.

Respiré hondo.

El aire seguía sintiéndose ajeno.

Cerré los ojos un segundo.

Silencio.

Luego—

Pasos.

Leves.

Desde arriba.

Abrí los ojos de inmediato.

El sonido era claro. Tacones suaves sobre el mármol de la escalera. Rítmicos. Medidos.

Levanté la vista hacia el acceso del segundo piso.

Y entonces la vi.

Primero las piernas.

Descendiendo un escalón tras otro, marcadas por la luz que entraba desde el ventanal. Movimiento fluido, sin prisa.

Después el resto.

El impacto fue inmediato.

No progresivo. No racional.

Físico.

Me enderecé sin darme cuenta.

Ella bajaba con naturalidad, como si el espacio le perteneciera. Como si siempre hubiera sido así.

Cabello castaño claro, cayendo sobre los hombros con un cuidado evidente pero sin rigidez. La luz lo atrapaba en algunos puntos, marcando matices más claros.

Vestía de forma… simple. O eso parecía a primera vista. Un vestido ajustado, de líneas limpias, que no necesitaba exagerar nada para destacar lo que ya estaba ahí.

Cada paso estaba medido, pero no forzado.

Natural.

Demasiado natural.

Cuando levantó la mirada, nuestros ojos se encontraron.

Se detuvo un segundo.

No más.

Pero fue suficiente.

Había algo en su expresión. No sorpresa. No exactamente.

Expectativa.

Como si ese momento ya hubiera sido anticipado.

Sostuve la mirada más de lo necesario.

O tal vez fue al revés.

No sabría decirlo.

Mi cuerpo reaccionó antes que cualquier pensamiento coherente. Una tensión breve en el pecho, un ajuste involuntario en la postura.

No aparté la vista.

Ella tampoco.

Siguió bajando.

Detrás de ella apareció Martha, unos pasos más arriba, observando en silencio.

Eso rompió algo.

El momento dejó de ser completamente suspendido.

Volví a ser consciente de dónde estaba.

Y de quién era ella.

Se detuvo al final de la escalera.

A unos metros de mí.

La distancia era suficiente para mantener todo… correcto.

Por ahora.

—Damián.

Su voz fue la primera en ocupar el espacio.

Clara. Controlada. Con un tono que no invadía, pero tampoco dudaba.

No respondí de inmediato.

La observé.

Más de lo que debería.

Detalles que no pedí notar se impusieron igual. La forma en que sostenía los hombros, la ligera inclinación de la cabeza, la manera en que sus manos descansaban sin tensión aparente.

Todo estaba… en su sitio.

Demasiado en su sitio.

—Soy Isabella.

Lo dijo con naturalidad, dando un paso leve hacia adelante, acortando apenas la distancia. No lo suficiente para incomodar. Lo suficiente para marcar intención.

Martha se detuvo detrás de ella, sin intervenir.

Tragué saliva antes de responder.

—Sí… —la voz me salió más baja de lo que esperaba—. Hola.

Me puse de pie.

El gesto automático de educación.

Nos quedamos frente a frente.

Más cerca ahora.

Pude notar el detalle de sus ojos. Verdes. Más claros de lo que imaginaba. No eran suaves. Tampoco duros.

Eran… atentos.

Como si registraran todo.

—He escuchado mucho de ti —continuó.

Una leve curva en los labios. No una sonrisa completa. Algo más medido.

—Igual —respondí.

No era del todo cierto.

Pero funcionaba.

El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí… cargado. Como si ambos estuviéramos midiendo algo sin decirlo.

—¿Cómo estuvo el viaje? —preguntó.

—Bien.

Respuesta breve.

Ella asintió.

—Martha me dijo que llegaste hace un rato.

—Sí.

Otra vez corto.

Noté el leve movimiento de sus dedos, acomodándose uno sobre otro. No era nerviosismo. Era control.

—Tu cuarto sigue igual —agregó—. Quise asegurarme de que no lo tocaran.

Eso me hizo mirarla un segundo más.

—Gracias.

Esta vez la palabra salió más firme.

Ella sostuvo la mirada.

—Es lo mínimo.

Otra pausa.

El aire entre los dos parecía más denso de lo normal. No por lo que se decía, sino por lo que no.

—Si necesitas algo… —empezó.

—Estoy bien.

La interrumpí sin brusquedad, pero marcando límite.

Un leve cambio en su expresión. Apenas perceptible. Lo registró.

—Claro.

Retrocedió medio paso.

Distancia otra vez.

Martha bajó el último escalón entonces, rompiendo definitivamente la tensión.

—Voy a revisar la cena —dijo, como si nada—. ¿Les preparo algo ligero?

—Sí, Martha —respondió Isabella sin apartar la vista de mí.

Yo asentí sin hablar.

Martha se alejó hacia la cocina.

Quedamos solos.

El silencio volvió.

Más evidente ahora.

Isabella desvió la mirada primero, hacia la sala, como si evaluara el espacio.

—La casa ha cambiado un poco —dijo.

—Sí.

—Espero que puedas… adaptarte.

La palabra quedó flotando.

La miré.

Asentí.

Ella siguió..

—Tómate tu tiempo.

Giró ligeramente el cuerpo, como si fuera a irse.

Y entonces pasó.

No lo pensé.

No lo decidí.

Solo ocurrió.

Mi mirada descendió.

Automática.

Desde su espalda, siguiendo la línea del vestido, la forma en que se ajustaba al movimiento de sus caderas cuando empezó a caminar. Me fijé en su cuerpo. Torneado, con curvas.

Un segundo.

Tal vez menos.

Pero suficiente.

Lo noté.

Y no lo detuve.

Ella avanzó hacia el pasillo sin prisa, manteniendo el mismo ritmo controlado con el que había bajado.

No se giró.

No comprobó si la estaba mirando.

No hacía falta.

Me quedé quieto.

Observando.

Hasta que desapareció tras la esquina.

Este libro, ‘La Confesión de mi Madrastra’, es de mi autoría, Annie Zarel.

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