La Confesión de mi Madrastra | Capítulo 7

Portada de La Confesión de mi Madrastra | Capítulo 7: mujer adulta elegante y sensual, de vestido corto y escote profundo, en el interior de una casa lujosa al atardecer.

La Confesión de mi Madrastra

«Nunca quise desearla. Nunca pude dejar de hacerlo.»

Capítulo VII

La Confesión de mi Madrastra

Capítulo VII...

El sol del mediodía caía sobre la piscina como una lámina de oro líquido. El agua estaba tibia, casi caliente, y yo flotaba boca arriba con los brazos cruzados detrás de la cabeza, dejando que la densidad del líquido me sostuviera sin esfuerzo. Mis ojos miraban el cielo sin verlo, ese azul profundo del verano que se fundía con el blanco de las nubes altas.

No podía ver el cielo. Solo podía ver anoche.

El recuerdo llegó sin avisar, como una ola que rompe contra la orilla cuando uno ya se había olvidado del mar. La imagen de Isabella en cuatro patas sobre la cama, la luz de la luna entrando por la ventana y dibujando plata sobre la curva de su espalda, el arco perfecto de su columna cuando apoyó las manos en el colchón y me ofreció...

Allá abajo.

Mis manos se apretaron. El agua se movió a mi alrededor. Sentí la sangre caliente abandonando mi cabeza para concentrarse en otro lugar, en ese lugar que ya conocía bien, que ya había aprendido a reconocer cada vez que pensaba en ella.

No, me dije. No ahora. Estás en la piscina. Cualquiera puede venir.

Pero el recuerdo no pedía permiso.

Isabella gimiendo mi nombre contra la almohada, la voz rota, húmeda, como si cada sílaba le costara un orgasmo. Damián... Damián... por favor, no pares... Sus dedos aferrándose a las sábanas, los nudillos blancos, los brazos temblando mientras yo empujaba desde atrás, mis manos clavadas en sus caderas, sintiendo el hueso bajo la piel, sintiendo cómo se movía para encontrarme, para recibirme más hondo, siempre más hondo.

Sus senos.

Dios, sus senos.

Los recordaba bamboleándose con cada embestida, dos péndulos perfectos que se balanceaban al ritmo de nuestros cuerpos, la piel morena y los pezones oscuros erectos, rozando las sábanas cuando ella se hundía en el colchón, y luego mis manos rodeándolos por fin, por fin, apretándolos, sintiendo su peso en mis palmas, su calor en mis dedos.

Me mordí el labio.

La erección en el bañador ya era inevitable. El agua tibia me acariciaba la piel pero no podía ocultar lo que mi cuerpo sentía, lo que mi cabeza seguía reproduciendo en bucle como una película que no podía detener. Recordé cómo Isabella se vino la primera vez —un grito ahogado contra la almohada, sus uñas clavándose en la cama, todo su cuerpo estrechándose temblando— y cómo yo seguí moviéndome porque no podía parar, porque no quería parar.

Pero después, cuando terminamos... ella después de dudar, me había dicho que me tenía que salir, que me fuera a mi cuarto a dormir. Su expresión había cambiado por completo. Estaba asustada.

—¡Damián!

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Damián volvió a la mansión de su padre buscando reconstruir su vida después de una pérdida que todavía no logra superar.

Pero convivir con Isabella, su joven y enigmática madrastra, comienza a despertar una tensión silenciosa que ninguno de los dos parece capaz de detener.

En La Confesión de mi Madrastra, cada mirada, cada roce y cada secreto acercan a Damián a un límite del que quizá ya no pueda regresar.

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