Los Secretos de Teresa, mi Abuela | Capítulo 6

Los secretos de Teresa, mi abuela | capítulo 6, retrato realista de mujer madura de 58 años, voluptuosa y segura, en su sala de estar al atardecer con vista al jardín.

Los Secretos de Teresa, mi Abuela

«La primera vez que la vi romper las reglas, entendí que yo también quería aprender a romperlas con ella.»

Capítulo VI

Los Secretos de Teresa, mi Abuela

Capítulo VI…

Se queda mirándome. Sostiene la mirada sin apuro, respirando más lento ahora, recuperando el aire, pero sin perder esa expresión… esa mezcla de satisfacción y hambre que no se apaga.

Se queda mirándome. Sostiene la mirada sin apuro, respirando más lento ahora, recuperando el aire, pero sin perder esa expresión… esa mezcla de satisfacción y hambre que no se apaga.

Yo tampoco aparto los ojos. No puedo.

Hay algo en su forma de observarme que ya no se siente como antes. No es ternura. No es familiaridad. Es evaluación… y aprobación.

Teresa sigue arrodillada en el suelo, justo donde quedó después de tragarse todo. Sus ojos claros no se apartan de los míos. Están húmedos, brillantes, con esa luz que solo he visto en animales salvajes justo antes de cazar. Recupera el aliento con la boca entreabierta, y puedo ver los restos de mi propia leche brillando en sus labios. Se los lame despacio, saboreándolos, y me sonríe.

Yo también sonrío. No puedo evitarlo. Mi cuerpo sigue tenso. Listo. Sin descanso. Mi miembro sigue tan duro como hace unos minutos, como si no hubiera soltado ni una gota. La excitación me corre por las venas como ácido, quemándolo todo a su paso.

Ella baja la mirada y lo nota. Por supuesto que lo nota. Sus ojos se fijan en mi miembro, todavía erecto, brillante de su propia saliva, y su expresión cambia. Ya no es la sonrisa cómplice de hace un momento. Es algo más oscuro. Más hambriento. Pone esa cara de lujuria pura, de vicio sin disimulo, que ya he visto en las fotos de la Tablet pero que en vivo me atraviesa como un cuchillo caliente.

—Daniel… —susurra, con una voz ronca que parece salirle del fondo de su vientre.

No respondo. No hace falta.

Su mano vuelve a moverse. Lenta. Segura. Sin pedir permiso. Sus dedos se envuelven alrededor de mi polla. Los siento calientes, suaves, seguros. El contacto es directo, intencional, y lo sostiene lo suficiente como para confirmar lo evidente: no ha terminado. Ni cerca. Comienza a masturbarme con movimientos lentos, casi perezosos, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cada recorrido de su mano hacia arriba termina en la cabeza, donde aprieta un poco, hace un círculo con el pulgar, y baja de nuevo. El tacto es húmedo, pegajoso, obsceno.

Luego se Inclina.

Inclina el rostro apenas, sin dejar de observarme, como si quisiera medir cada reacción, cada gesto involuntario. Su respiración todavía no se estabiliza del todo, pero no hay urgencia en ella. Hay control. Disfrute. Anticipación.

Su lengua sale despacio, roza la punta de mi glande con la suavidad de una pluma. Un beso. Otro. Los deposita con delicadeza, como si estuviera saboreando lo que viene, preparándose para lo que se va a meter. Cada beso es un pequeño electroshock que me recorre la espalda. Siento las piernas débiles.

—Abuela… —murmuro sin querer, y la palabra me sabe a pecado en la boca.

Ella sonríe contra mi piel.

Cuando vuelve a levantar la mirada, hay algo más. Decisión. Suelta. Sin prisa. Como si lo que acaba de hacer fuera solo una comprobación. Un paso previo.

Me suelta. Deja mi polla erecta, sola, palpitando en el aire vacío. Me mira a los ojos otra vez, y su sonrisa se ensancha hasta mostrar los dientes. Se incorpora. Se pone de pie con una lentitud deliberada, haciendo que sus pechos enormes se balanceen bajo el vestido blanco que todavía lleva puesto, aunque ya subido hasta las caderas.

Se da la vuelta.

Y se sube a la cama.

El movimiento es lento, calculado, vuelve a subirse a la cama sin dejar de mirarme, dándome la espalda en el último segundo.

Se acomoda. No para descansar. Para mostrarse.

Se pone en cuatro patas en el borde, justo frente a mí. El colchón cruje bajo la presión de sus rodillas y sus manos. El vestido, ya subido de antes, se le ha encaramado casi hasta la cintura, dejando al descubierto la totalidad de sus nalgas. Esa vista me roba el aire.

Queda en el borde. Esperando. Disponible. Expuesta de una forma que no deja margen para interpretación. Me quedo quieto un instante. No por duda. Por impacto. La imagen es demasiado. Demasiado directa. Demasiado abierta. Demasiado… dirigida hacia mí.

El culazo de Teresa es una cosa irreal. Grande. Gordo. Redondo. Dos masas de carne perfectas, firmes pero suaves, que se abultan hacia atrás como si quisieran tocar algo que no está allí. La piel es blanca, casi irreal de lo tersa, sin una sola imperfección. El tanga blanco que lleva apenas es una tira de hilo que atraviesa el valle de sus glúteos, perdido entre tanta carne.

Mi respiración se vuelve más pesada. El pulso sube.

Me quedo mirándola, anonadado.

—¿Te gusta lo que ves? —pregunta sin girarse, con una voz que vibra de satisfacción.

No puedo responder. No tengo aire.

El cuerpo responde solo. Doy un paso. Luego otro. No hay prisa en mis movimientos, pero tampoco hay vacilación.

Me acerco despacio, como hipnotizado. Mi mano derecha se extiende hacia ella, tiembla un poco, y finalmente toca. La nalga derecha. El tacto es suave, increíblemente suave, como seda caliente. Pero debajo de esa suavidad hay una densidad, una carne que cede bajo mis dedos y luego empuja hacia atrás, elástica, viva.

El primer contacto es distinto a todo lo anterior. Más consciente. Más firme. No es exploración. Es apropiación.

Empiezo a acariciarla. De arriba a abajo, con toda la palma de la mano. Desde la base de su espalda hasta la curva donde la nalga se encuentra con el muslo. Despacio. Una y otra vez.

La piel responde bajo mis dedos, y ese simple gesto cambia la dinámica.

Ella reacciona. Teresa gime. Es un sonido bajo, profundo, un ronroneo que sale de su garganta como el de una gata contenta. No se mueve para escapar. Se ajusta. Se entrega.

Mi otra mano se suma. Ahora tengo ambas nalgas entre mis palmas, las acaricio juntas, las aprieto un poco, las suelto, las vuelvo a acariciar. Las recorro de arriba hacia abajo y vuelvo a subir. Cada vez más duro. Mis dedos se hunden en esa carne como si quisieran descubrir hasta dónde llega. Ella sigue gimiendo, moviendo ligeramente sus caderas al ritmo de mis caricias.

Ahora no estoy observando. Estoy participando. Estoy sintiendo. Estoy comprobando. Y eso… eso cambia algo dentro de mí. La pasividad se diluye. La reacción deja de ser automática. Empieza a haber intención. Empiezo a marcar ritmo. A decidir presión. A sostener. A guiar.

Ella lo percibe. No necesita mirarme para saberlo. Su cuerpo responde distinto. Más activo. Más provocador. Se mueve. Se ofrece. Se abre más. No hay resistencia. Hay invitación. Directa. Explícita.

Mi respiración ya no es controlada. Mi mente tampoco. Pero hay algo que sí aparece… enfoque. Un punto claro. Un objetivo. Y eso es nuevo. Eso no estaba antes.

Estoy hipnotizado.

No puedo dejar de mirar lo que tengo entre mis manos. Veo la perfección de sus glúteos, la forma en que la luz de la habitación se derrama sobre las curvas, creando sombras que acentúan cada volumen. Veo la cintura estrecha que sostiene todo ese peso. Veo las piernas gruesas que se abren ligeramente hacia abajo, apoyadas en el colchón.

Mi abuela.

Mi abuela en cuatro patas frente a mí, ofreciéndome su culo como si fuera lo más natural del mundo.

Separo las nalgas con los pulgares.

El hilo blanco del tanga aparece en medio, hundido en la ranura, apenas cubriendo lo que debería cubrir. Pero no cubre nada. La tela es tan fina, tan pequeña, que su ano queda completamente al descubierto. Lo veo. Pequeño, perfecto, de un color rosado que contrasta con la blancura de sus glúteos. Más abajo, el hilo atraviesa su vagina, y allí la tela está oscura. Húmeda. Mojada.

El olor me llega de repente.

Es un aroma denso, terroso, intensamente femenino. El olor de una hembra excitada, de una mujer que está tan caliente como yo, que lleva días esperando este momento. El olor de Teresa. De su concha. De su deseo.

Respiro hondo y ese aroma me recorre entero, se instala en mi cerebro como una droga. Siento la polla palpitar con una violencia nueva, las venas marcándose bajo la piel. Me pongo como un toro.

Bajo la mirada hacia su entrepierna otra vez. El hilo mojado. Los labios de su vagina que asoman por los bordes, inflamados, oscuros, desbordando la tela. Todo está empapado.

Me voy inclinando, agachándome. Acercándome poco a poco.

No es una decisión consciente. Es un instinto. El mismo que guía a un animal hacia el agua en medio del desierto. Ese olor me llama, me hipnotiza, me arrastra hacia abajo. Mi boca se va llenando de saliva, las glándulas preparándose para lo que viene. Siento cómo se me hace agua la boca, literalmente, como si mi cuerpo supiera que va a un banquete.

Me agacho despacio, hasta sentir el suelo con mis rodillas.

El espacio se reduce a centímetros. El aire cambia otra vez. Más denso. Más caliente.

Cuando mi cara está a la altura de su culo, me quedo observando. La hendidura entre sus nalgas, que son las grandes que no se ve el hilo de la tanga, lo cubren. Mis manos vuelven a agarrar sus nalgas. Las abro. Las separo bien, bien abiertas, para tener una visión completa de todo. Su ano. Su vagina. El hilo blanco, mojado, pegado a sus labios.

Teresa reacciona de inmediato, siente mi aliento en esa zona tan sensible, y se estremece. Todo su cuerpo tiembla, y luego comienza a mover su trasero de lado a lado. Lento. Seductor. Como si estuviera bailando para mí, ofreciéndome lo que sabe que voy a tomar.

—Mmm… —ronronea ella, alentándome.

Ya no puedo más.

Lo que sigue no es inmediato. Pero tampoco es lento. Es progresivo. Cada segundo suma. Cada reacción alimenta la siguiente.

Acercó mi rostro al medio de ese culo y meto toda la cara. Aprieto mis labios, mi nariz, mi barbilla contra ella. Respiro profundo otra vez, aspiro su olor, la siento. Y luego empiezo a besar.

El primer beso es en la nalga izquierda. Suave. Casi tímido. Pero el segundo es más fuerte, y el tercero ya es un beso húmedo, abierto, con lengua. Comienzo a chupar su carne, a succionar con fuerza, a dejar mi marca en ella. Paso a la nalga derecha. Beso, chupo, muerdo un poco solo para sentir la resistencia de esa piel perfecta.

—Daniel…

Su voz es un susurro, pero no me detiene.

Me enloquezco.

De repente ya no hay besos suaves. Hay hambre. Devoro su culo con la boca, paso mi lengua por cada centímetro de sus nalgas, chupo, lamo, muerdo con ternura. Restriego mi cara contra su carne como si quisiera frotar su olor en mi piel para siempre. Vuelvo a meter mi cara en medio de su culo, apretándome allí, fuerte. Resoplo como un animal, inhalando su esencia, exhalando calor contra sus glúteos.

Los sonidos cambian. Se vuelven más claros. Más abiertos. Más… libres. Y eso tiene efecto en mí. Más del que esperaba. Porque algo se rompe definitivamente en ese punto. La última barrera. La última capa de contención. Desaparece. Ya no estoy reaccionando. Estoy haciendo. Estoy decidiendo. Estoy imponiendo ritmo.

Ella lo permite. Más que eso… lo celebra. Lo incita. Lo empuja.

Teresa gime. Primero suave. Luego más fuerte.

—Así —dice—, Así, Daniel…

Sus palabras me impulsan. Esa voz ronca, entrecortada, animándome a seguir. Hago lo que quiero.

Lo que necesito. Mis labios encuentran el borde del tanga y lo muerdo, lo hago a un lado con los dientes, aparto ese diminuto trozo de tela que se interpone entre mi boca y su concha.

Ahora sí.

Veo todo. Su ano, perfecto, rosado, parpadeando ligeramente con cada respiración agitada de ella. Su vagina, los labios hinchados, de un color vino oscuro, brillantes de humedad. La piel que los rodea con pelitos cortos, recortados, no totalmente depilada, lo que la hace más real, más mujer.

Paso la lengua por su ano.

-Aaah… —El gemido de Teresa es agudo, sorprendido.

Mi lengua traza un círculo alrededor, siento la textura arrugada, la ternura de esa zona prohibida. Lamo despacio, con devoción. Vuelvo a pasar. Otra vez.

Teresa empuja su culo hacia atrás, ofreciéndome más.

Ahora bajo la lengua. Recorro el perineo, ese puente de piel suave que separa dos mundos. Y llego a su concha, a su coño.

Lamo toda su vagina de abajo hacia arriba. De una sola pasada, desde donde el clítoris se esconde bajo su capucha, hasta la parte superior, donde está su culo, su ano. Luego vuelvo a bajar. Y a subir. El sabor es intenso, salado, ácido, puramente femenino. Me gusta. Me vuelve loco.

—Chúpame ahí —ordena ella, con una voz que ya no es ruego—, Chúpame bien, Daniel….

Y yo obedezco.

Me sumerjo entre sus piernas como un buceador en aguas profundas. Mi lengua entra en ella, lame sus paredes, saborea cada gota de su excitación. Siento cómo se contrae a mi alrededor, cómo su cuerpo responde a cada movimiento de mi boca. Subo hasta su clítoris y lo succiono suavemente, lo aprisiono entre mis labios, lo acaricio con la punta de la lengua.

—Así… así… —jadea ella—. No pares, no pares cabrito…

Sus palabras me excitan más. Escuchar a mi abuela decir esas cochinadas, ese vocabulario sucio que sale de su boca sin filtro, me hace sentir poderoso. Soy yo quien la está haciendo gemir así. Yo, Daniel, su nieto. El que hace años se sentaba en sus rodillas. El que ahora tiene la cara enterrada entre sus nalgas mientras ella se retuerce de placer.

—Eres un cochino —dice ella, y en su voz hay una sonrisa—. Un cochino y me encanta. Lame más fuerte, así…

Aprieto mis manos en sus caderas para tener un mejor control. Teresa responde restregando su culazo contra mi cara, moviéndose de lado a lado, arriba y abajo. Me unta su jugo en toda la cara, me empapa la barbilla, las mejillas, la nariz. No me importa. Quiero más.

Le doy una nalgada.

Su nalga derecha se ondula bajo el golpe, se enrojece al instante. Ella gime, pero no es un gemido de dolor. Es un gemido de aprobación.

—Más… —susurra.

Le doy otra. Más fuerte. La carne rebota bajo mi mano. Otra. Otra,

—¡Así! —grita ella—. Déjamelas rojas, Daniel. Quiero que me duelan mañana.

Y yo sigo. Nalgada tras nalgada, mientras mi boca no deja de lamerla, de chuparla, de devorarla.

Sus glúteos se tiñen de un rojo intenso, caliente bajo mis palmas. Ella gime, se retuerce, aprieta mi mano izquierda entre la suya sobre sus caderas, guiándome.

El olor es cada vez más fuerte. Su excitación es un torrente que se derrama sobre mi lengua, sobre mi barba incipiente, sobre el colchón que ya se está mojando. Siento que está cerca. Lo sé por la forma en que su vagina palpita alrededor de mi lengua, por los espasmos que recorren sus muslos.

—Me voy a venir —anuncia con una voz ronca, rota—. Papi, me voy a venir, no pares, amor, no pares, no pares…

Y explota.

El orgasmo la sacude entera. Su cuerpo se tensa, se arquea, y un pequeño chorro de líquido caliente baña mi boca, mi cara, mis manos. No es un chorro potente como en los videos porno, pero es abundante, cálido, con un sabor más intenso que antes. Me trago todo lo que puedo, succiono. Sigo lamiendo durante el orgasmo, alargo cada contracción, cada espasmo.

Teresa grita. No finge. Es un grito ronco, gutural, que sale de lo más profundo de ella.

—¡Aaah, Dios…!

Cuando termina, su cuerpo se desploma ligeramente hacia adelante, pero yo no paro. Sigo lamiendo. Sigo chupando. Subo y bajo a su vagina otra vez, recojo el líquido que sigue escurriendo, me lo llevo a la boca. Subo hasta su ano y lo beso. Vuelvo abajo.

—Papi… —jadea ella—, amor, espera…

Pero no espero. No puedo. Estoy enloquecido, perdido en un torbellino de olores y sabores y sonidos. El olor de su sexo. El sabor de su orgasmo. Los gemidos que no puede contener. Todo me empuja a seguir, a no detenerme nunca.

El tiempo se distorsiona. No sé cuánto pasa. No importa. Solo hay acumulación. Respuesta. Impacto. Ella pierde el control. Lo siento, en su cuerpo. En su forma de reaccionar. En cómo deja de dirigir por completo. En cómo empieza a seguir. A responder a lo que hago. Y eso… eso cambia el eje.

Porque ahí es donde algo dentro de mí termina de asentarse. No soy solo el que recibe. No soy solo el que responde. Estoy tomando. Estoy marcando. Y ella… lo está aceptando. Lo está disfrutando. Lo está pidiendo. El punto de ruptura llega. Inevitable.

—Sigue comiéndomela. Así, así…

Sus palabras me enardecen. Le vuelvo a dar una nalgada, y ella empuja el culo hacia atrás otra vez, ofreciéndose. Vuelvo a sumergir mi lengua en ella.

En algún momento, ella tiene su segundo orgasmo. Lo siento venir de nuevo: los músculos de sus muslos se tensan, su respiración se vuelve un jadeo Incontrolable, sus manos retuercen en el cubrelecho. Cuando explota, es menos violento que el primero, pero más prolongado. Un placer que se extiende, que la recorre en oleadas, y yo estoy allí para atrapar cada gota, para lamerla hasta que deja de temblar.

Pasa el tiempo. No sé cuánto. Diez minutos. Veinte. Media hora.

Su cuerpo se tensa. Se contrae. Se libera. Más orgasmos la sacuden. La reacción es total. Sin contención. Sin filtro. Y yo no me detengo, no de inmediato. Hay algo en esas reacciones que me arrastra. Que me empuja a continuar. A sostener. A prolongar.

Finalmente, me alejo despacio.

Cuando finalmente bajo el ritmo, cuando me separo lo hago despacio. Como si salir de ahí también requiriera transición.

Sigo de rodillas sobre el suelo y miro. Debajo de ella, la cama está empapada. Hay un charco oscuro donde está su entrepierna, manchas que se extienden como un mapa de su placer. En sus muslos escurren hilos de líquido que reflejan la luz de la ventana. Sus nalgas están rojas, marcadas por mis manos y mis besos, con círculos morados donde las chupé con demasiada fuerza.

Observo mi obra.

El rostro lo tengo empapado. Desde la barbilla hasta las cejas, todo está mojado, pegajoso, impregnado del olor y el sabor de Teresa. Paso la lengua por mis labios y todavía la siento.

Me incorporo.

Me pongo de pie despacio.

La observo. Sin prisa, sin intervenir. Solo mirando. Registrando, el resultado, el efecto. Mi efecto. Mi respiración sigue pesada. Mi cuerpo sigue en tensión. Pero mi mente… ya no está donde estaba al inicio. Hay claridad ahora. Distinta. Más oscura. Más directa.

Me limpio el rostro con el dorso de la mano, sin dejar de mirarla.

Hay una pausa. Corta. Pero suficiente. Porque en esa pausa se define algo importante: esto ya no es solo deseo. Esto… ya es dinámica.

Y acaba de empezar a cambiar.

Ella gira la cabeza y me mira. Sus ojos están nublados, perdidos, con esa mirada de quien acaba de volver de un viaje muy largo. Me sonríe. Una sonrisa cansada, feliz, llena de una satisfacción que no necesita palabras.

—Ven aquí —susurra, tendiéndome una mano.

Pero yo no me muevo. Ella tiene ahora su torso recostado en la cama. Pero mantiene su culazo arriba, en pompa. Su culo. Grande y redondo. Todavía estoy observándola. Disfrutando la vista de mi abuela deshecha, empapada, roja, usada. Por mí.

Solo por mí.

Permanezco de pie detrás de ella. Observándola. Respirando todavía con fuerza, pero ya no desde el descontrol inicial… sino desde algo más enfocado. Más dirigido.

Vuelve su mirada adelante. Pero sigue ahí, con el culo en pompa, y su torso recostado. Sobre el borde de la cama, exactamente como la dejé después de que mi boca la volviera loca y la hiciera temblar. Su espalda está totalmente arqueada, las caderas anchas formando ese ángulo perfecto que ya he visto cientos de veces en fotos, en videos, en mis sueños más húmedos. Pero ahora no es una pantalla. Es real. Es ella. Es mi abuela, desnuda, empinada frente a mí, ofreciéndome todo lo que he deseado desde que encontré esa maldita Tablet. Desde que la descubrí con su amante.

Ella no se mueve de inmediato. Sabe que la estoy mirando. Lo siente.

Mi polla palpita en el aire. La tengo tan dura que duele, las venas marcadas, el glande brillante por los restos de su saliva, y mi líquido preseminal. Ya no aguanto más. Necesito estar dentro de ella. Necesito cogerla. Ahora.

Gira apenas el rostro otra vez, lo suficiente para buscarme con los ojos por encima del hombro. Su expresión no es de duda. Es de expectativa. De certeza. Sabe lo que viene. Y lo quiere.

Mi cuerpo responde antes que cualquier pensamiento. La tensión vuelve a concentrarse. Más intensa.

Ella, con la cabeza hacia atrás, el cuello estirado, los ojos claros entrecerrados, la boca todavía húmeda. Me mira con una paciencia que es pura provocación, como si supiera exactamente lo que estoy pensando y quisiera verme sufrir un poco más. Su sonrisa es lenta, segura, dueña de la situación.

—¿Qué esperas? —susurra, y su voz ronca me recorre la espalda.

No respondo. Prefiero hablar con las manos.

Doy un paso al frente. Mi mano vuelve a su cuerpo. El contacto distinto esta vez. No exploro. Afirmo.

Vuelvo a acariciar su trasero. Mis dedos se hunden en la carne firme de sus nalgas, enormes, calientes, perfectas. Las acaricio despacio, recorriendo cada centímetro, desde la curva inferior hasta la base de su espalda, sintiendo cómo tiembla bajo mi toque. Ella sonríe, y luego, con un movimiento lento y deliberado, levanta de nuevo su torso, arquea la espalda y vuelve a quedar en cuatro patas, justo como estaba primero, justo donde la quiero.

Acomodándose sin que tenga que pedírselo, recuperando esa posición que ya no es sugerencia… sino invitación abierta. Su espalda bien arqueada. Sus caderas se elevan. Se prepara.

Para mí.

El aire entre nosotros se vuelve más pesado. Más cargado. Mi mano recorre su piel con lentitud calculada, como si ese contacto fuera parte del proceso, no un simple gesto.

Ella reacciona.

Tiembla. No lo disimula. No quiere hacerlo. Y ese temblor me confirma algo: no estoy solo siguiendo. Estoy provocando.

Me acerco un paso más.

El cuerpo de Teresa tiembla. No es frío. Es emoción. Es deseo. Es la misma ansiedad que me quema las entrañas a mí.

Me acerco más. Mis caderas casi rozan sus nalgas. Bajo la mirada y veo el contraste: mis botas negras en el suelo, sus pies con los tacones puestos, las uñas pintadas de rojo, sus tobillos finos, sus pantorrillas gruesas, sus medias blancas apretadas en sus piernas. Y arriba, ese culo que no debería existir en una mujer de su edad. Pero existe. Y está ahí, esperándome.

Mi cuerpo casi tocando el suyo. La distancia desaparece.

Tomo mi erección con la mano derecha. Me cuesta agarrarla, está tan dura que parece piedra, la piel estirada al máximo. La acerco a sus nalgas y la restriego contra la carne suave. Primero en el cachete derecho, luego en la nalga izquierda, sintiendo cómo la piel se calienta con el roce. Después le doy unos golpecitos con el glande, suaves, juguetones. Tap, tap, tap. Cada golpe hace que su carne vibre ligeramente.

Ella suelta una pequeña risa. La oigo. Me anima.

Luego deslizo mi miembro por toda la hendidura de su culo. De abajo hacia arriba. El glande recorre ese camino prohibido, sintiendo la textura de su piel, el calor que emana de su entrepierna. Cuando paso por su concha —cuando el glande roza la entrada de su vagina— Teresa gime. Es un gemido corto, agudo, que corta el silencio de la habitación. Su cuerpo se estremece entero. Las nalgas se le tensan.

—Ay… —susurra.

No hay prisa en el siguiente momento. Lo alargo. A propósito. Porque entiendo algo nuevo: la espera también es poder.

Vuelvo a pasar. Otra vez. Y otra. El glande recoge la humedad que ya empapa su coño, se desliza más fácil, más suave. Cada vez que toco su entrada, ella gime más fuerte. Su mano izquierda busca la mía, la aprieta, me pide más. Pero yo sigo jugando. Quiero desesperarla. Quiero que suplique.

Ella lo siente. Se desespera. Se mueve. Busca más. Quiere que avance. Quiere que termine de cruzar ese límite.

—Daniel… —dice, y su voz tiene un tono que nunca le había oído. Es ruego. Es orden. Es todo junto.

Ya no puedo más. Tampoco quiero.

Posiciono el glande justo en la entrada de su vagina. La siento húmeda, caliente, palpitando. La tomo de las caderas con las dos manos, agarrando esa carne firme, hundiendo los dedos en sus caderas anchas. Ella suspira. Un suspiro largo, profundo, como si estuviera conteniendo la respiración desde hace horas y por fin pudiera soltarla.

Empujo.

Despacio. Suavemente. La cabeza de mi miembro penetra el primer centímetro, y la sensación es como nada que haya sentido antes. Es caliente. Es apretada. Está viva. Mi pene va entrando poco a poco, milímetro a milímetro, y cada avance es un universo de placer que se expande desde mi entrepierna hasta la punta de los dedos. La siento ajustada, mucho más de lo que imaginaba, a pesar de la humedad, a pesar de que no es la primera vez que lo hace.

El impacto no es solo físico. Es mental. Es simbólico. Es definitivo. Mi respiración se corta un segundo. La sensación es demasiado. Distinta a todo lo anterior. Más profunda. Más absorbente.

Teresa gime con cada centímetro que entro. No son gemidos fingidos, de esos que salen en las películas. Son sonidos reales, guturales, que salen del fondo de su garganta. Sus manos se aferran a la colcha, los nudillos blancos, los brazos tensos.

Entro hasta el fondo.

Mi pelvis choca contra sus nalgas. Estoy dentro. Por completo. Enterrado hasta los huevos en mi propia abuela. La sensación es tan intensa que cierro los ojos. Siento cómo su vagina palpita a mi alrededor, cómo me da pequeños apretones, contracciones involuntarias que van y vienen, apretando mi miembro desde la base hasta el glande. Es como si estuviera mamándome desde adentro. Succionándome.

Levanto la cabeza hacia el techo. Un gemido se escapa de mis labios, suave, casi avergonzado. No puedo evitarlo.

—Mmm…

Ella responde con otro gemido. Más agudo. Más largo. Una respuesta, un eco, una confesión.

—Ahhhh…

Me quedo quieto un instante. No por inseguridad. Por asimilación. Por entender lo que acaba de pasar. Ella también lo siente. Su cuerpo responde. Se adapta. Me recibe. Algo cambia de forma irreversible. Ya no hay observador. No hay distancia. Estoy dentro de la escena. Dentro de ella. Y eso reconfigura todo.

Nos quedamos así un rato. Yo dentro de ella, quieto, sintiendo cada latido de su interior. Ella empinada, con mi polla llenándola por completo. La habitación está en silencio, roto solo por nuestras respiraciones entrecortadas.

Vuelvo a mirar hacia abajo. No puedo dejar de hacerlo.

Ahí está. Su culo. Ese par de nalgotas enormes, redondas, perfectas. Y en medio, mi miembro desaparecido, hundido hasta la base en su interior. Soy parte de ella ahora. No soy un observador, no soy un espectador que ve fotos y videos en una Tablet maldita. Soy el protagonista. Soy el amante. Soy el que está cogiendo a Teresa.

Lo que había deseado. Lo que había soñado. Lo que había imaginado varias noches con la mano en la polla, viendo esos videos. Ahora lo cumplo. Es real. Está pasando.

Empiezo a moverme. Despacio. Midiendo. Probando. Reconociendo. Comienzo a deslizar mi miembro hacia afuera. Despacio, muy despacio, sintiendo cómo su vagina se agarra a mí, cómo no quiere dejarme ir. Sigo saliendo hasta que apenas queda el glande adentro, rozando la entrada, a punto de salirse.

Luego vuelvo a entrar. Despacio también. Otra vez, centímetro a centímetro, disfrutando cada pedazo de carne que atravieso, cada milímetro de su interior caliente y apretado. Cuando llego al fondo, hago una pequeña pausa. Siento su palpitar. Vuelvo a gemir.

—Así… —susurra ella—. Así, mi amor… así…

Repito. Afuera. Adentro. Afuera. Adentro.

Comienza el coito. La cogida. Aún despacio, aún suave, pero cada embestida es profunda, llega hasta donde ninguna había llegado antes. Me muevo con un ritmo constante, de pistón, entrando y saliendo con la cadencia de un latido.

A la cuarta embestida, ella gime más fuerte. A la sexta, sus gemidos ya no son susurros, son exclamaciones. A la octava, su cuerpo empieza a moverse conmigo, empujando sus caderas hacia atrás para encontrarme, para embestirme también.

—Mmmm… Así papito, así… Rico…

La respuesta es inmediata. Más intensa que antes. Más abierta. Ella no se contiene. Me lo dice. Con el cuerpo. Con la voz. Con la forma en que se ajusta a cada movimiento. Y eso me empuja.

El ritmo crece. No de golpe. Progresivo. Pero constante. Cada vez más firme. Cada vez más seguro. La dinámica vuelve a cambiar. Porque ahora no estoy reaccionando a lo que ella hace. Estoy marcando. Y ella responde. Se adapta. Se entrega a ese ritmo. Lo pide. Lo exige.

—Ahhh… ahhh… ahhh… Así, mi amor, así. Que rico, papi… Que rico…

Sus sonidos cambian. Su cuerpo también. Pierde control de nuevo. Pero distinto a antes. Más profundo. Más total. Y eso tiene un efecto directo en mí. Refuerza. Empuja. Acelera.

—Ahhh Ahhh Ahhh… Que rico, mi pichoncito, que rico… Ahh ahhh… mi amor…

La habitación se llena de movimiento. De sonido. De impacto. El ruido comienza a escucharse. Ese sonido húmedo, pegajoso, de carne contra carne. Chap, chap, chap. Mezclado con nuestros suspiros. Mezclado con el crujir de la cama bajo su peso.

Nada se contiene ya.

Teresa baja el torso. Apoya los codos en el colchón, dejando solo su culo en pompa, elevado, ofrecido. Con una mano se agarra una de sus nalgas, los dedos se hunden en la carne, y la abre. La otra nalgota se separa ligeramente. La visión es obscena. Es perfecta. Se sostiene. Se abre más. Se expone sin reservas.

Y ahí termino de entenderlo: esto ya no es seducción. Es dominio compartido en construcción.

Aprieto sus caderas con más fuerza. Aumento la intensidad. Ya no es suave. Ahora es duro. Empujo con más ganas, con más fuerza, con más velocidad. Cada embestida hace que su cuerpo se sacuda hacia adelante, que sus senos enormes se muevan bajo su pecho, que sus gemidos se conviertan en gritos ahogados.

—¡Más! —dice ella, la voz rota—. Más duro… Así, cabrón, así… Ahhh Ahhh

Le hago caso. Acelero el ritmo. Mis caderas golpean sus nalgas con un sonido seco, repetitivo, hipnótico. La cama se sacude bajo nosotros. No golpea contra la pared porque estamos de lado, el cabecero mira hacia la ventana, pero los muelles crujen, la madera gime, todo tiembla.

Teresa se agarra fuertemente de la colcha, los dedos enganchados en la tela, los nudillos blancos. Sus gritos ya no son ahogados. Son abiertos. Rojos.

—¡Ay, Dios! —grita—. ¡Sí, así, así, no pares, no pares!

Doy más duro. Más rápido. Mi polla entra y sale, entra y sale, lubricada por sus jugos, transparentes, y un poco blanquecinos. Su vagina caliente como un horno. Siento que voy a explotar, pero aguanto. Quiero que ella termine primero. Quiero verla romperse.

—¡Me vengo! —grita de repente—. ¡Más, más, más!

Agarrándose fuerte del cubrelecho, levantando la cabeza hacia el techo con la boca abierta en una O muda que después se convierte en un grito largo, desgarrado, sin importarle si alguien la escucha, si los vecinos llaman a la policía, si el mundo entero se entera de que está cogiendo con su nieto.

El momento llega con fuerza, más intensa que la anterior. Más física. Más descontrolada. Su cuerpo se contrae. Se rompe. Se libera. Y lo siento. El orgasmo la sacude entera. Su cuerpo tiembla como si tuviera fiebre, como si un cable de alta tensión la recorriera de pies a cabeza. Espasmos. Contracciones. Su vagina se cierra alrededor de mi miembro con una fuerza que me quita el aire, apretando, soltando, apretando, soltando, en un ritmo frenético que me empuja al borde del abismo.

Eso me arrastra a seguir, a sostener, a profundizar, a no detenerme todavía. Sigo dándole. No paro. Aprovecho cada contracción para embestir más hondo, para sentir cómo su placer alimenta el mío.

—Ahhh ahhh ahhh —sus gritos empezaban a menguar.

Los espasmos empiezan a ceder. Su cuerpo se va relajando poco a poco. Los gritos se convierten en gemidos, los gemidos en suspiros. Yo voy bajando el ritmo, despacio, acompañándola en su vuelta a la tierra.

Cuando siento que ya pasó, le doy una última embestida. Fuerte. Profunda. Enterrando mi pene hasta los huevos, dejándolo ahí, quieto, sintiendo cómo su concha palpita, cómo se despide.

Ella gime. Un gemido suave, cansado, feliz.

Me quedo dentro un rato más. Disfruto el calor. La humedad. La sensación de estar ahí, en su interior, como si fuera mi hogar.

Ella responde con un último sonido bajo. Más suave. Más agotado. Su cuerpo empieza a relajarse. El mío no. Todavía no.

Después, despacio, con cuidado, me retiro despacio.

Mi miembro sale con un sonido húmedo, y siento el vacío inmediato, el aire frío en la piel caliente. Un hilo de sus jugos se enlaza con mi miembro, un instante, antes de romperse. Me quedo mirando su culo, ahora sin mi polla en medio, sus nalgas ligeramente separadas, su entrada roja, hinchada, goteando.

Aún estoy duro. Muy duro. No me he venido. No quiero todavía.

Quiero más. Quiero disfrutarla al máximo.

Sin romper del todo el contacto. Sin perder la conexión. La observo, así, frente a mí. Marcada, afectada, y disponible. Respiro hondo. Esto apenas está cambiando de fase.

Doy un paso atrás. Mi mente ya no está en lo que acaba de pasar. Está en lo siguiente. En cómo quiero tenerla ahora. En otra posición. En otra forma. En otra dinámica. Y eso me devuelve el control completo de la situación.

Le doy una fuerte nalgada.

—Date la vuelta —le digo, con una voz que no reconozco como mía—. Quiero verte la cara mientras te follo.

Ella voltea a mirarme, ríe suavemente, se incorpora lentamente, y se da la vuelta sobre la cama, despacio, quedando boca arriba, las piernas abiertas de par en par, los brazos extendidos, los pechos enormes apretados en ese vestido. Con unos de sus senos casi por fuera en su totalidad. Su pezón asomándose por completo, por el escote.

—Ven aquí, mi pichoncito —dice, extendiendo los brazos hacia mí—. Ven y tómalo todo, mi amor.

La observo mientras está en esa nueva posición. Recostada. Sin apuro. Sin vergüenza. Abierta. Disponible. Distinta a como la había visto antes… incluso hace unos minutos.

Está boca arriba. Las piernas abiertas. Esperándome.

La miro desde el borde de la cama, todavía con los botines puestos, los vaqueros enredados en los tobillos, la respiración rota. Pero ella… ella es un espectáculo que ningún artista podría pintar. Una obre de arte al erotismo puro. Una diosa. El vestido blanco sigue puesto, pero subido hasta la cintura, convertido en una blusa arrugada que apenas le cubre el torso. Uno de sus pechos se ha escapado casi por completo del escote, redondo, enorme, el pezón rosa oscuro y erecto, apuntando hacia el techo. Las medias blancas siguen tensadas sobre sus piernas gruesas, sujetas por el liguero que milagrosamente no se ha roto con todo el movimiento. Los tacones altos, blancos, todavía puestos, hundiéndose en la colcha.

Ahora no hay juego previo. No hay insinuación.

Hay ofrecimiento directo.

Me quedo mirándola. Un segundo más de lo necesario. Porque la imagen es otra cosa. No es solo deseo. Es poder. Es control cedido… de forma voluntaria.

Recorro su cuerpo de arriba abajo. Las piernas abiertas me muestran todo. Su vulva está roja, brillante, escurriendo jugos que mojan la cama bajo ella. Los labios vaginales hinchados, palpitantes. El vello recortado, cortito, completamente empapado. Un rastro de nuestros juegos anteriores brilla bajo la luz de la mañana que entra por la ventana. Y su tanga a un lado de su chocho, empapada, con el hilito blanco y diminuto perdido entre sus nalgas.

—Quédate quieta —digo, y mi voz ya no es la misma—. Voy a acomodarte como a mí me gusta.

Ella sonríe, cómplice. Sus ojos verdes brillan con una luz peligrosa.

Me enderezo. Sin perderla de vista. Ella no aparta los ojos de mí. Sonríe. Expectante. Me saco los botines, libero los tobillos de los vaqueros y quedo completamente desnudo frente a ella. Mi polla, dura, roja, brillante de sus jugos, apunta hacia ella como un animal que sabe lo que quiere.

—Ven —susurra ella, abriendo más sus piernas y levantando sus caderas.

Pero no voy a dejarme llevar. No esta vez.

—Acomódate bien en la cama —le ordeno—. Cabeza en las almohadas.

Intenta moverse por sí misma, pero es lenta, torpe por el cansancio y la excitación. Me impaciento. Me inclino sobre ella, agarro sus muslos gruesos con ambas manos por abajo —los dedos hundiéndose en esa carne firme y caliente— y empujo. Hacia arriba, hacia las almohadas. La deslizo por la cama como si no pesara nada, salvajemente, reubicándola donde quiero.

—¡Ah! —exclama ella, sorprendida—. Pero qué bruto eres, Daniel…

Y luego se ríe. Una risa baja, impresionada, encantada. La fuerza con la que la acabo de mover la ha dejado boquiabierta. Me mira como si me viera por primera vez.

—Así me gusta —dice, cambiando su mirada de sorpresa a malvada, y su voz tiene un tono nuevo—. Así, fuerte y duro.

Sus piernas se separan con decisión, como si entendiera exactamente cómo quiero verla. Se acomoda sobre las almohadas, dejando que su cuerpo repose, pero sin perder tensión en lo importante.

Ya acomodada, su cabeza descansa en las almohadas. El cabello castaño claro se extiende a su alrededor como un abanico. Me mira, sonríe, y entonces sus manos suben al escote. Agarra la tela del vestido y tira hacia abajo, liberando ambos pechos. Grandes y redondos, como dos melones, naturales. Pero Firmes. Demasiado firmes para su edad, el bisturí los ha dejado así de firmes, porque es imposible que naturalmente se mantengan así por su peso. Se ven deliciosos. Ella misma los acaricia, apretándolos, mostrándomelos. Sus dedos encuentran los pezones y los roza, los pellizca suavemente, y un suspiro de placer escapa de sus labios.

—Te gusta verme, ¿verdad? —pregunta, y no espera respuesta.

Abre las piernas de par en par. Agarra sus propias piernas por detrás de las rodillas, las empuja hacia arriba y hacia los lados. Forma una V perfecta. Su vulva, con el tanga a un lado, queda completamente expuesta, ofrecida, palpitante. Me mira fijo, sonriendo, y con una mano baja hasta su entrepierna. Le da palmaditas a su chocho. Plac, plac, plac. El sonido húmedo es obsceno.

El aroma me golpea. Sexo, sudor, su perfume mezclado con el olor de sus jugos. Es denso, primitivo. Y me transforma.

No soy Daniel ya. No soy el nieto, no soy el ejecutivo de traje, no soy el chico educado al que enseñaron a pedir las cosas por favor. Soy un toro. Una bestia. Un animal que huele a la hembra en celo y va a poseerla hasta que ella grite.

Se sostiene las piernas. Se expone sin reservas.

Me tiro sobre ella. No despacio, no con cuidado. Caigo encima de su cuerpo, mis brazos rodean sus piernas y las empujo aún más hacia arriba, hacia su pecho. Las doblo completamente, las abro todavía más. El estiramiento debe ser brutal.

—Ah… —gime ella, una queja mezclada con placer—. Me vas a partir…

Sonrío. No respondo.

Siento sus senos aplastados contra mi pecho, los dos enormes, calientes, los pezones duros como piedras contra mis pectorales. Siento su respiración agitada. Siento el calor de su entrepierna tan cerca de la mía que apenas hay aire entre nosotros.

La miro. Ella me mira.

Nos sonreímos.

Es un desafío suyo. Una aceptación total. Me inclino sobre ella.

Bajo mi rostro hacia su cuello. Beso despacio, con los labios cerrados, sintiendo el sabor de su piel perfumada y salada. Luego abro la boca. Lamo y chupo. Duro. Dejo mi marca en esa piel blanca y firme. Marcando.

—¡Ah! —grita—. Daniel…

Bajo más. Llego a sus hombros, a la clavícula. Ella inclina la cabeza hacia atrás, ofreciéndome más piel. Sigo bajando. Llego a uno de sus pechos. El derecho. Abro la boca y tomo todo el pezón dentro, lo lamo con la lengua, lo succiono como si de ahí fuera a salir leche. Está duro, elástico, delicioso.

—Ahh… Sí… así… —gime ella, y su mano sube a mi nuca, apretándome contra su carne.

No quiero jugar más.

Subo de nuevo. A su rostro. A sus ojos. Ella respira agitadamente. Nuestras miradas se encuentran. Acomodo bien mi cadera entre sus piernas abiertas. Con una mano agarro mi miembro —está tan duro que duele, las venas marcadas, la cabeza brillante de lubricante— y lo guío hacia su entrada.

La toco. Está ardiendo. Empapada. Los labios vaginales se abren para recibirme.

Teresa contiene la respiración. No se mueve. Solo me mira con los ojos abiertos de par en par, expectante, esperando.

No la hago esperar más.

Clavo mi cadera hacia adelante. Una estocada. Potente. Rápida. Dura. Me hundo en ella hasta el fondo de un solo golpe, sintiendo su carne caliente y húmeda cerrarse alrededor de mí como un puño.

—¡AAAH! —grita ella. No es un gemido. Es un grito.

Empiezo a moverme. A fondo. Duro. Potente desde el primer segundo. No hay calentamiento, no hay caricias. Es un martillazo tras otro, mi pelvis estrellándose contra la suya, su carne absorbiendo mis embestidas.

—¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Ahhh! —grita ella, y sus manos se aferran a mis brazos, clavando las uñas.

La cama se sacude. La cabecera comienza a golpear contra la pared. Toc, toc, toc, toc. Un ritmo frenético que se acelera cada vez más. El ruido es ensordecedor: sus gritos, mis gruñidos, el choque brutal de los cuerpos, los muelles quejándose bajo nuestro peso.

La domino por completo. Le doy tan duro que su cuerpo sube por la cama con cada embestida, y tengo que agarrarla de las caderas para volver a bajarla. La miro: sus pechos saltan hacia arriba y hacia abajo como dos flanes independientes, su boca está abierta en gritos continuos, los ojos entrecerrados, los pies con los tacones blancos apuntando al techo.

Este es el sexo que le gusta. Salvaje. Brutal. Sin contemplaciones.

Así sigue, minuto tras minuto. No sé cuánto tiempo pasa. El tiempo se ha disuelto en el ruido de la cabecera contra la pared. Pero en algún momento, mi cuerpo pide un respiro. Solo un segundo.

Bajo la velocidad. No la intensidad, no la profundidad. La velocidad nomás. Las penetraciones siguen siendo profundas, duras, pero más lentas. Dejo que cada embestida dure más, que se sienta cada centímetro entrando y saliendo de ella.

Teresa recupera el aliento. Jadea, pero ya no grita. Ahora puede articular palabras.

—Así… sí, así… —dice, y su voz tiembla.

—¿Te gusta, abuela? —pregunto, y la palabra “abuela” en medio de esto suena a pecado, a herejía.

—Me encanta, papito rico —responde, y sus ojos se abren, me miran fijo—. Cógeme duro, así, como me gusta. Como necesito… ¡Méteme esa cosa tan rica bien adentro, mi amor!

—Eres una puta —digo, y la palabra sale sin pensarla.

Ella sonríe. Ancha. Triunfante.

—Soy tu puta —responde—. Tu puta favorita. Y te encanta follarte a tu abuela, ¿verdad?

—Me encanta —gruño, y la embisto más fuerte.

—Ahh ¡Así, papi! —grita—. Dame. Métemela toda. Que mi chocho es tuyo hoy. Es tuyo siempre. Mira cómo me la trago entera…

Hablo. Yo también hablo ahora. Le digo lo que se me ocurre, lo que sale de mis entrañas: “que rica estás, que apretada, que caliente, que bien te siento”. Ella responde con más obscenidades: “más profundo, que quiero sentirte en la garganta, rómpeme, hazme tuya”.

El diálogo es sucio, crudo. Me enardece.

Vuelvo a subir la velocidad. Otra vez la cabecera contra la pared. Otra vez sus gritos.

—¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Ahhh!

La habitación cambia. El sonido también. Todo se amplifica. Movimiento. Impacto. Respiración. Nada se contiene. Nada se modera. Ella pierde completamente el control. Pero no desde la sumisión. Desde el disfrute. Desde la entrega absoluta a lo que está pasando. Yo marco. Ella responde. Pero también provoca. También empuja. También exige.

—¡Ya! ¡Ya! —grita como puede de repente—. ¡Más!

Siento las contracciones. Su vagina se cierra alrededor de mi polla como un puño que se abre y se cierra, rítmicamente, succionándome. Son pequeñas pulsaciones que me agarran la cabeza y el tronco, y no me sueltan. Me tenso. Le doy más duro, más profundo, sintiendo cómo ella se sacude debajo de mí.

El orgasmo la recorre entera. Su espalda se arquea, sus piernas tiemblan, sus manos me arañan los brazos. Intenta gritar mi nombre, y luego jadea, y luego se ríe entrecortadamente.

El tiempo deja de ser claro. Se fragmenta. Se mezcla. Solo hay secuencia de estímulo y respuesta. De aumento y descarga. De control y pérdida.

Pero no paramos.

El coito sigue. Varío la velocidad: a veces lento y profundo, a veces rápido y superficial, a veces duro y violento. Ella tiene otro orgasmo. Y otro. Cada vez gime más fuerte, cada vez aprieta los dientes, cada vez sus uñas marcan más mi piel, mis brazos, mis hombros, mi espalda.

Su voz se empieza a ir, de tanto gritar. Ella llega varias veces. Presiones constantes sobre mi miembro.

A estas alturas, yo ya no siento las piernas. Solo siento mi polla. Solo siento el calor de su cuerpo. El calor de su concha. Solo siento las ganas incontenibles de estallar dentro de ella.

—Me voy a venir —anuncio, y mi voz es un gruñido ronco.

—¡Sí! —intenta gritar ella, pero le sale ronco y entrecortado—. ¡Quiero tu leche! ¡Quiero que me llenes… bien adentro de semen!

Le doy más duro. La cabecera es un martillo neumático. Los gritos de ella son una sinfonía.

—¡Dame todo! —exige—. ¡Quiero sentir cómo te corres dentro de mí!

Siento los latidos. Mi miembro comienza a palpitar, a latir como un corazón independiente. La señal del fin. Teresa también lo siente, porque su cara se ilumina con una sonrisa salvaje.

—¡Ahí viene! —grita—. ¡Lo siento! ¡Dame, dame, dame!

Ya no puedo contenerlo. El placer me recorre la espalda, la nuca, el cerebro. Me hundo hasta el fondo de ella una última vez, presiono mi cadera contra la suya, y exploto.

El semen sale a borbotones. Chorro tras chorro caliente inundando su interior. Nunca me había venido así, con tanta fuerza, tanta cantidad. Siento que me deslecho por completo, que vacío hasta la última gota de mí dentro de su cuerpo.

—Mmmm, que rico… —gime ella—. Siento tu leche caliente… Lléname toda… ¡Lléname bien la chochita!

El impacto es total. Más fuerte que cualquier cosa anterior. Más largo. Más profundo. Más… vacío después.

Las contracciones de mi orgasmo son tan fuertes que me tiemblan las piernas. Me quedo ahí un segundo, dentro de ella, inmóvil, sin pensar. Sintiendo cómo su concha palpita y me succiona alrededor de mi miembro, caliente, húmeda, resbaladiza.

Solo sintiendo el descenso.

Y luego, el vacío.

La caída. El agotamiento. Me dejo caer sobre ella. Sin resistencia. Me desplomo encima de ella. Mi peso entero cae sobre su cuerpo, y ella lo recibe con un “oof” ahogado, pero no se queja. Al contrario. Sus brazos me envuelven.

Recuperamos el aliento juntos. Respiramos al mismo ritmo, nuestras bocas cerca, nuestros sudores mezclándose.

Mis brazos todavía sostienen sus piernas abiertas. Los quito con cuidado, pasando mis manos por debajo de sus gemelos para que ella pueda estirarlas. Ella envuelve mis caderas con sus muslos gruesos, aprisionándome dentro de ella. Sus piernas me rodean. Sus manos suben por mi espalda y comienza a acariciarme. Lenta, suavemente, de arriba abajo. Sus manos recorren mi espalda.

Respiramos. Sin hablar. Sin movernos demasiado. Dejando que el cuerpo baje. Que el pulso se estabilice. Que la realidad vuelva a tomar forma. Pasa el tiempo. No sé cuánto. No importa.

El contraste es fuerte. Hace segundos todo era intensidad. Ahora es contención.

—Tranquilo, tranquilo —susurra—. Respira… amor…

Apoyo la cara contra su cuello. Huelo su perfume, y su piel y su sexo. Cierro los ojos.

Pasamos así un rato largo. No sé cuánto. El silencio solo roto por nuestras respiraciones que poco a poco vuelven a la normalidad.

Finalmente, levanto el peso de mi cuerpo. Me apoyo en los antebrazos a los lados de su cabeza y la miro.

Ella ya me está mirando. Sus ojos brillan como dos esmeraldas mojadas. Las mejillas encendidas, los labios hinchados, el cabello despeinado.

Y nos reímos.

Es una risa baja, cómplice, liberadora. Como dos niños que acaban de hacer una travesura enorme.

—Eres… —empiezo a decir, pero no encuentro las palabras.

—Lo sé —se ríe ella—. Lo sé.

Seguimos mirándonos. Ahora no hay deseo urgente en sus ojos, ni lujuria desbocada. Hay algo más suave. Algo que no sé nombrar.

Ella sube sus manos, recorriéndolas desde mi espalda y me toma de la nuca. Me atrae hacia abajo, hacia ella.

Nos besamos.

Sin prisa. Sin urgencia. Un beso distinto. Más largo, más profundo, más íntimo. No es solo deseo. No como hace un rato, cuando todo era mordiscos y urgencia. Ahora nos besamos despacio, con lengua, profundamente. Como dos amantes que se tienen todo el tiempo del mundo. Su boca sabe a mí, a sudor, a sexo. La mía sabe a ella. Nos mezclamos en ese beso, y dejo que dure, que se prolongue, que se convierta en un idioma nuevo que solo nosotros entendemos.

Cuando nos separamos, ella sonríe. Una sonrisa serena, satisfecha.

—Esto… —dice, y hace un gesto que abarca la cama revuelta, nuestros cuerpos semi desnudos, el aire espeso—. Esto no va ser la única vez, ¿verdad?

Río. Sacudo la cabeza.

—No —respondo—. No lo va a ser.

Su sonrisa se ensancha.

Y en su mirada está la misma certeza. No hay culpa. No hay duda.

Me incorporo, me recuesto a su lado en la cama. Ella se abraza a mí y apoya la barbilla en mi hombro. Sus brazos rodean mi cintura.

Ya no soy el mismo que cruzó la puerta hace unas horas. Teresa tampoco. Algo ha cambiado entre nosotros, algo que no se puede deshacer. Y mientras ella apoya la cabeza en mi pecho y yo rodeo sus hombros con un brazo, sé una cosa con certeza:

Esto va para largo.

Un nuevo comienzo.

Dos amantes que esconden un secreto. Una abuela y un nieto que cruzaron la línea y descubrieron que del otro lado no hay infierno, sino un placer tan inmenso que duele.

Porque lo que acabamos de hacer… no nos rompió.

Nos reorganizó. Y apenas estamos entendiendo cómo.

Este libro, ‘Los Secretos de Teresa, mi Abuela’, es de mi autoría, Annie Zarel.

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