
La Confesión de mi Madrastra
«Nunca quise desearla. Nunca pude dejar de hacerlo.»
Capítulo IV
La Confesión de mi Madrastra
Capítulo IV...
El sol caía sin tregua.
De esos días en los que el calor no se siente solo en la piel, sino que se mete en el cuerpo, pesado, constante. El jardín brillaba demasiado, cada hoja, cada superficie reflejando la luz como si no hubiera descanso.
—Cuidado ahí, muchacho.
La voz de don Anselmo me sacó del ritmo automático en el que estaba.
—Eso —señaló con la pala—. Si afloja más la tierra, la raíz se jode.
—Sí, sí.
Aflojé la presión, ajustando el movimiento.
El viejo observó un segundo más, luego asintió, satisfecho.
—Así.
Seguí trabajando, clavando la pala con más control esta vez. La tierra estaba dura por el calor, pero cediendo poco a poco.
Llevaba ya un buen rato ahí.
La camiseta pegada al cuerpo, húmeda. El sombrero bajado lo suficiente para cubrirme los ojos del sol directo.
No era un trabajo que me molestara.
Al contrario.
Había algo en eso… simple. Directo. Hacías fuerza, veías el resultado. No había que pensar demasiado.
Y eso ayudaba.
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Damián volvió a la mansión de su padre buscando reconstruir su vida después de una pérdida que todavía no logra superar.
Pero convivir con Isabella, su joven y enigmática madrastra, comienza a despertar una tensión silenciosa que ninguno de los dos parece capaz de detener.
En La Confesión de mi Madrastra, cada mirada, cada roce y cada secreto acercan a Damián a un límite del que quizá ya no pueda regresar.
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