Yo te Quiero | Capítulo 2

Portada - Yo te Miro

Yo te Quiero

Trilogía de los Sentidos III

«El amor solo existe cuando te atreves a sentirlo todo.»

Capítulo II

Yo te Quiero

Trilogía de los Sentidos III

Capítulo II…

Hace solo dos días que llegué a Venecia y esta ciudad ha vuelto a conquistarme: le pertenezco, no puedo evitarlo. Es una Venus que yace lánguidamente sobre las aguas de la Laguna, que te hechiza si la contemplas durante demasiado tiempo. Aquí todo sigue igual, pese al continuo fluir de la marea.

Volver a mi piso después de varios meses de ausencia ha sido como abandonarse a un abrazo en el que la felicidad y la melancolía se mezclan en el recuerdo. Como enamorarse por segunda vez de la misma persona. Por suerte, pago al propietario de la casa un alquiler realmente simbólico, de manera que no me vi obligada a abandonar mi refugio veneciano durante mi estancia en Roma.

Pero estas habitaciones han permanecido vacías, deshabitadas desde que me marché. Solo mi madre entra de cuando en cuando para quitar el polvo, pero ha respetado el orden. Los libros, los CD, los DVD, los folios con mis bocetos, los diarios, todo está en su sitio, pese a que estoy segura de que, curiosa como es, debe de haberles echado un vistazo.

No ha cambiado realmente nada, ni siquiera el aire. A veces tengo la impresión de percibir aún el olor de Leonardo, aunque ha pasado ya más de un año desde la última vez que hicimos el amor aquí dentro. He anulado los sentimientos que experimentaba por él —quizá—, pero su recuerdo aún no, de manera que todavía me visita algunas veces como si fuera un fantasma. Su pudiese, haría tábula rasa en mi mente, igual que en la película Eterno resplandor de una mente sin recuerdos; volví a verla hace poco y pensé que ojalá existiera una forma de reprogramar los recuerdos. Me sometería al tratamiento con toda tranquilidad, sin las vacilaciones de última hora que tiene el protagonista, Jim Carrey. Eso de que el corazón no se puede gobernar es una estupidez: yo le he puesto una mordaza al mío, lo he encerrado en un cajón y he tirado la llave. Veamos si así puede hacer daño…

No obstante, esta noche las gatas en celo de mi vecina Clelia se han esforzado para recordarme que estamos en la estación del amor. Campo San Vio parecía el lejano Oeste y hasta la ventana de mi cuarto llegaban unos maullidos que ponían la piel de gallina. He dado vueltas en la cama durante varias horas añorando los gatos falsos de Paola, tan bonitos como silenciosos. He buscado en la otra mitad de la cama una mano que estrechar, un cuerpo contra el que acurrucarme, pero estaba sola. Estoy sola. No aspiro al amor, me basta el sexo. Gaia dice que no es propio de mí practicarlo sin más, porque, de todas formas, sigo siendo un espíritu romántico… El problema es que no entiende hasta qué punto me ha decepcionado el amor. En este momento lo único que quiero es mantenerme lejos de él.

Voy camino de su casa. Esta noche celebramos una fiesta sorpresa por su despedida de soltera. Ni que decir tiene que Gaia no sospecha nada, piensa que será una tranquila cena entre mujeres, pero, en lugar de eso, deberá someterse a las humillaciones y vejaciones que nosotras, sus amigas del alma, hemos urdido amorosamente.

Toco el telefonillo y mientras subo la escalera para llegar al ático veo que Gaia está echando a empujones de casa a Samuel Belotti, el hombre que dentro de cuatro días se convertirá en su marido. Él se aferra como un gato al marco de la puerta para robarle un último beso. Lo que a ella no parece desagradarle en lo más mínimo.

Finjo un golpe de tos para anunciar mi presencia e interrumpir sus efusiones.

—Vaya, nuestra testigo… —Samuel se vuelve y me regala una de sus sonrisas de portada.

—Espero no haber interrumpido nada.

Gaia se echa a reír al oírme.

—Samuel se estaba marchando justo en este momento —me contesta perentoria, fulminándolo con la mirada—. ¿Verdad? —concluye, besándolo apasionadamente. Da la impresión de que llevan ayunando mucho tiempo.

—Besaos todo lo que queráis —gruño riéndome entre dientes y me doy media vuelta a modo de protesta. Al hacerlo me doy cuenta de que en el rellano hay un tipo de aspecto serio, ojos de halcón, cabeza afeitada y un auricular bluetooth metido en la oreja derecha. Es el representante de Belotti. Se encoge de hombros y me mira resignado. Debe de haberse acostumbrado ya a esta escenita dulzona y embarazosa.

—¿Estás realmente segura de que debo marcharme? —pregunta Samuel tocándole el culo.

—¡Sí! —gruñe ella. Si no fuera por la cita con sus amigas, se habría quedado pegada a su boca de buena gana, no me engaña—. Fuera, fuera —silba después y, a base de empujones, lo echa de una vez por todas del piso.

—Cuídala —me dice Samuel, como si hubiese intuido la suerte que le espera a Gaia en cuanto él se marche—. ¡Y dejádmela entera!

—No te preocupes. —Le guiño un ojo—. Y tú no toquetees a demasiadas esta noche —añado en voz baja. Por lo que sé, sus amigos le han organizado la despedida de soltero en Padua. Supongo que él también acabará en la picadora de carne.

—Me basta con toquetear a una —murmura lanzándole a Gaia una mirada lasciva —. Sea como sea, no puedo acostarme demasiado tarde: mañana tengo una contrarreloj —explica sacando pecho con una mirada orgullosa.

—Bueno, en ese caso, suerte —le contesto sonriente haciendo ademán de entrar.

—¡Gana, amor mío! —grita Gaia desde dentro.

—¡Puedes apostar por ello! —Él le lanza un beso y baja apresuradamente la escalera escoltado por su representante.

Desde que, el verano pasado, Gaia me anunció que se casaba, solo he visto a Samuel en tres ocasiones, pero él me ha contado ya toda su vida, hasta tal punto que puedo decir que lo conozco como si fuéramos viejos amigos. Es un deportista de éxito, tenaz y, claro está, competitivo, y si se le mete en la cabeza que debe ganar una carrera o conquistar a la mujer de su vida no hay quien lo pare. Además, está para comérselo: facciones viriles, perfectas, perfil griego, labios carnosos y unos dientes tan blancos que cada vez que sonríe pienso en el anuncio de un dentífrico. Pese a que tiene acento de Véneto muy marcado, su voz es grave, preciosa. Es el tipo de persona que sabe cómo fascinar a las mujeres y ganarse la simpatía de los hombres. Por si fuera poco, es rico: tiene un ático en Montecarlo, una mansión señorial en el campo en Véneto y una colección de motos de carreras a la que todos los meses añade una pieza nueva. De un tipo como él, lo mínimo que cabe esperar es un ego gigantesco, pero no es así. Quiero decir: pese a que está pagado de sí mismo, no resulta insoportable. Al igual que todas las personas conscientes de su talento, demuestra seguridad en lo que hace y es extrovertido, pero cuando se pasa de la raya cuesta poco perdonarlo.

Después de conocerlo un poco —en realidad, después de haberle dirigido la palabra—, deseché los prejuicios que tenía al principio y comprendí que si se hacía de rogar con Gaia no era por estrategia ni desinterés, sino únicamente debido a su segunda gran pasión: la bicicleta. Ahora bien, la que acabó de convencerme fue Gaia, a la que nunca he visto tan decidida y enamorada. Dado lo sucedido, me alegro mucho de que lo haya elegido a él en lugar de a Brandolini; pese a que era fabuloso, el amor con el conde no habría sido sincero. En resumen, puedo desempeñar la tarea de testigo en esta boda con la mayor convicción.

Al entrar en el ático de los novios veo que el resto del grupo de chicas ha llegado ya. Alessandra, la hermana pequeña de Gaia, que vive en Londres y lleva dos años casada con Kevin —una especie de Lenny Kravitz en versión «rasta»—, trajina en la cocina con una bandeja de vol-au-vent. Valentina, Serena y Cecilia, las amigas del instituto, solteras desenfrenadas, están sentadas en el sofá bebiendo Bellini y picoteando cacahuetes. Parecen recién salidas de una agotadora sesión de maquillaje y peluquería; además, están resplandecientes, embutidas en unos vestidos superceñidos. No sé si estoy a la altura de la velada, dado que llevo un par de vaqueros y una camiseta vintage, pero veo que Gaia ha optado por una puesta en escena idéntica. Al menos, he hecho el esfuerzo de ponerme los Paciotti de tacón de doce centímetros que, a buen seguro, realzan mi apariencia.

La idea de la despedida de soltera fue de Valentina. Ella también trabaja como relaciones públicas en los locales nocturnos y cuando se enteró de que iba a Venecia me involucró de inmediato en la organización de la fiesta sorpresa. No fue fácil mantener el secreto con Gaia, dada su incontenible curiosidad y mi proverbial incapacidad de resistir cuando me tiran de la lengua, pero lo he conseguido y ahora puedo responder inclinando orgullosa la cabeza a Vale, que me guiña un ojo.

Cuando estamos en la tercera ronda de aperitivos llaman a la puerta.

—¿Quién es? —pregunta Gaia interrumpiendo la descripción mortalmente aburrida de su peinado de novia.

—Voy yo —dice Valentina apresurándose a abrir.

La oímos parlotear con alguien.

—¡Oh! ¡Oh! ¡Por lo visto, traen algo para la señorita Chinellato! —exclama alzando la voz para que la oigamos.

Luego entra con una enorme bolsa de papel rosa en la mano. Con la otra mano le da a Gaia un extraño ramo multicolor.

—¡Qué flores tan bonitas! —exclaman todas en medio de la hilaridad general. En lugar de rosas, hay veinticinco bragas de encaje enrolladas en forma de capullo.

—¡Fantásticas! —Gaia, entusiasmada, saca un tanga y lo agita delante de nuestros ojos. Ríe como una loca—. ¿Y qué hay en la bolsa que está en el suelo? ¿Debo preocuparme?

—¡Sooorpresa! —La abro y saco un velo falso de novia. Es una coronita de cristales de la que cuelga una suave pieza de seda blanca—. ¡Y aún no sabes lo que te espera esta noche! —le digo poniéndoselo en la cabeza.

Gaia abre los brazos y sonríe:

—De acuerdo, haced conmigo lo que queráis. A fin de cuentas, sé que me tenéis envidia porque estoy a punto de casarme con el tío más bueno del planeta. —Alza los ojos al cielo fingiendo resignación.

Un abucheo colectivo se eleva del sofá y Gaia se tapa la boca con las manos como si hubiera dicho una barbaridad.

Entretanto, saco de la bolsa el resto del contenido y procedo a vestir a la novia: un corsé de encaje negro y seda rosa y unas ligas con cristalitos y plumas para llevar sobre los vaqueros.

Al cabo de media hora de torpes preparativos, la novia está lista. Emperifollada de esa forma, parece una versión moderna de Cicciolina en su época dorada. Casi me avergüenzo de ella. ¿Cómo la sacaremos de casa? Por suerte, Gaia siempre ha sido de las que se lo toman todo con una sonrisa.

—Y ahora vamos a celebrarlo al Molocinque —anuncia Valentina exultante tirando de una liga de Gaia.

—¡Esto sí que no me lo esperaba de ti, Ele! —Gaia me mira con ojos de víctima al borde del sacrificio sin dejar de cabecear. Y esto no es nada, amiga mía…

—¡Vamos, novia, prepárate para lo peor! —Le ofrezco un brazo como si quisiera darle ánimos y luego todas salimos a la calle.

Cruzamos la plaza de San Marcos bajo la mirada atónita y divertida de los turistas. Hemos obligado a Gaia a empuñar un cartel que reza: «Guapos o feos. ¡Los beso a todos!». En el trayecto de la plaza a Rialto debe besar en la boca, al menos, a tres personas. Gaia hace todo cuanto está en su mano y, superando nuestras expectativas, besa consecutivamente a una mujer rubia muy llamativa que, según descubrimos después, es una aristócrata rusa descendiente de los Romanov; a un viejecito ágil que, al ver tanta maravilla, casi se le avería el marcapasos que lleva al cuello; y, por último, a un quinceañero en plena crisis hormonal y a un hombre casado con su esposa al lado, después de que esta haya dado el visto bueno (dudo que, dadas las premisas, se divorcien justo esta noche).

Tras llegar a Rialto, entramos en el Bancogiro, un bar muy famoso que está a los pies del puente en el que sirven varios tipos de albóndigas y pinchos de carne y pescado. Nuestro grupo desfila orgulloso por el local atrayendo las miradas de una clientela que es, en su mayor parte, masculina. Nos sentamos a una larga mesa que hay en el centro. Gaia sigue monopolizando la escena, pero no parece preocuparle en absoluto ser el centro de atención. En su lugar, yo estaría muerta de vergüenza. Ella, en cambio, parece sentirse a sus anchas, tan desenfadada e irónica consigo misma como siempre. Aunque, por supuesto, algo le ayudan los litros de alcohol que le hemos obligado a tragar.

Después de atracarnos hasta lo inverosímil, llegamos a Piazzale Roma a eso de la medianoche. Allí nos espera una limusina blanca, a nuestra completa disposición, para llevarnos a la discoteca. Gaia no se lo esperaba.

—¡Estáis completamente locas! —grita eufórica chocando la mano con todas. Subimos y nos arrellanamos en los asientos de piel negra a la vez que nos servimos unas copas de champán y cantamos a voz en grito el repertorio más trasnochado de la música italiana de los años ochenta acompañadas por las luces estroboscópicas que brillan en el habitáculo. La mezcla es a la vez hortera y surrealista, pero somos perfectamente conscientes de ello y, quizá por esa razón, todo resulta tan divertido.

En menos de veinte minutos estamos delante de la entrada del Molocinque, la discoteca donde Gaia trabajaba hasta el año pasado, antes de que Belotti le pidiese que se casase con él. Como no podía ser menos, estamos en la lista VIP, lo que significa alfombra roja hasta una zona privada, mesa reservada en una posición estratégica y consumiciones ilimitadas.

Dentro, otras chicas se unen a nuestro grupo. Por el trabajo que hace y el hombre con el que está a punto de casarse, Gaia conoce a medio mundo.

La velada sigue el clásico guion de una despedida de soltera y, si bien la trama es siempre idéntica, en ciertos momentos incluso un poco patética, Gaia brilla con luz propia, pese a ir vestida de diva del porno. Está en la pista, bella como una diosa, y se deshace en sonrisas, besos y abrazos. Todos quieren hablar con la futura esposa. Las chicas le preguntan con aire soñador cómo es el vestido y varios hombres le piden que se lo piense o que, al menos, se permita una última aventura. Pobres ilusos: no saben que Belotti los ha derrotado ya por completo.

En nuestra mesa sirven una botella de doce litros de Moët & Chandon, que hace su entrada rodeada de varios puntos de luz. Dentro de poco llegará la tarta, pero antes, por desgracia, queda el momento más cutre. El disc-jockey interrumpe la música y, después de pedir a Gaia que se siente en el centro de la pista, anuncia la entrada en escena del bailarín de striptease. Mi amiga abre los ojos como si acabase de recibir un jarro de agua fría y me busca entre las numerosas caras que se apiñan alrededor de ella. Sé perfectamente lo que está pensando en este momento, porque es lo mismo que pienso yo, un flashback de nuestra larga amistad de casi veinte años, una secuencia de las dos con todos los estilos por los que hemos pasado (y sufrido): melena de paje y Levi’s 501 en secundaria, Dr. Martens y mochila Invicta en el instituto, Diesel de cintura baja y bolsa freak en la universidad. Unidas para siempre en una única y solemne promesa contra el mal gusto: jamás celebraremos nuestra despedida de solteras con un bailarín de strip-tease.

Pero aquí estamos.

Me escondo detrás de Valentina, la verdadera responsable de todo esto; gracias a sus conocidos, ha conseguido movilizar a uno de los California Dream Men. He intentado, lo juro, mantener la promesa que le hice a Gaia y oponerme a este rito grotesco, pero Valentina no ha querido dar su brazo a torcer y al final se ha salido con la suya.

Nuestro hombre se presenta en versión Oficial y caballero, uniforme blanco con la chaqueta desabrochada, dejando a la vista un pecho reluciente, gorra de capitán, sonrisa blanca a más no poder y paquete ostentoso. Mientras arranca la clásica melodía de Joe Cocker y el bailarín empieza a contonearse, pienso que, a fin de cuentas, romper el sueño de niñas de buena familia es más divertido de lo que me imaginaba. Por lo menos lo he visto desde aquí, detrás de la melena larga y sedosa de Valentina. No sé si para Gaia, que está en el centro de la pista, es lo mismo.

Mientras tanto, una horda de mujeres cachondas se exalta, llueven gritos indecentes por todas partes y Max —típico nombre de bailarín erótico— se acerca a Gaia y la invita a unirse a él en una danza sensual. Objetivamente está muy bueno y baila de maravilla, pero el baile es una agonía de principio a fin. Gaia pone unas caras que, por sí solas, valen todo el espectáculo, yo me río a mandíbula batiente en perfecta consonancia con mi papel de Judas y, cuando Max se queda con un tanga rojo en forma de elefantito y empieza a agitar la trompa como si fuera un lazo, temo que me vaya a dar un infarto. Al final Max se pone de espaldas al público, se planta delante de Gaia, ya exánime, y, tapándose las piernas con una sábana dorada, se quita el tanga. Tras un instante de suspense, la sábana se abre mágicamente como si fuera un telón y el desnudo integral sale a escena solo para ella.

¡Lo siento, Gaia, no he podido salvarte de este horror!

Cuando la fiesta toca a su fin estoy exhausta y borracha. A la salida del local Gaia, que se ha vuelto a poner su ropa de diario, se despide de las chicas. Después se vuelve hacia mí con la poca lucidez que le queda:

—Dado que tendrás que pagar hasta la eternidad por lo que me has hecho, ahora te vienes conmigo y continuamos la fiesta juntas. Dormiremos en tu casa, claro…

Sé que no puedo negarme, es lo mínimo que le debo. Vamos a Piazzale Roma en un taxi que hemos cogido al vuelo y decidimos ir al Muro, el local que solíamos frecuentar en la época de la universidad.

Es una noche de luna llena, son casi las cuatro de la madrugada y la velada se está acabando para todos. El local se va vaciando poco a poco. Varios curiosos paran a Gaia y la acribillan a preguntas sobre la inminente boda. No sé con qué energía, pero el caso es que responde a todos con coherencia y sin mascullar. Entretanto me dirijo a la barra. Nico, el camarero, me saluda con cordialidad.

—¡Me alegro de volver a verte, querida! —dice—. ¿Dónde has estado todos estos meses?

—Me he ido a vivir a Roma.

—¿Para siempre? —pregunta con expresión desesperada.

—Bueno… —Me encojo de hombros—. No creo… No lo sé. —Teniendo en cuenta, sobre todo, el horario y la tasa de alcohol, la pregunta es demasiado difícil.

—¿Una Coca-Cola como siempre? —me pregunta. Me recuerda abstemia. Parece que ha pasado una vida desde entonces.

—No, prepárame uno de tus cócteles.

—¿En serio? —Pone los ojos en blanco.

—Pues sí… Como ves, han cambiado algunas cosas.

Mientras espero, miro alrededor con aire distraído y de improviso lo veo. Está apoyado en una columna, con esos ojos de color verde claro que ni siquiera la oscuridad de la noche puede ocultar. No había vuelto a ver a Filippo desde el día en que nos dijimos adiós en el bar de la isla Tiberina. Un velo de melancolía me empaña los ojos, pero, por suerte, dura solo unos segundos. ¿Se habrá dado cuenta de que estoy aquí? Bueno, puedo dar el primer paso; en el fondo se lo debo. Cojo el cóctel que me ha preparado Nico y me aproximo a él.

—Hola. —Me planto justo delante e intento esbozar una leve sonrisa.

—Hola, Elena —contesta sorprendido. Por lo visto no había notado mi presencia. Parece ligeramente incómodo, lo noto distante. Doy un paso hacia delante con la intención de darle dos besos en las mejillas, pero luego cambio de opinión: un muro invisible lo separa de mí. Nada de besos ni abrazos, parece decir. Bibi ya no existe, solo Elena, y no tiene permiso para cruzar el umbral.

—¿Cómo estás? —pregunto sin franquear el límite de seguridad.

—Bien. —Se encoge de hombros—. ¿Y tú? —pregunta en tono indefinido. No logro descifrar la expresión de su semblante. No sé si es amable, si delata una irritación latente, rabia oculta o más bien indiferencia. Lo único evidente es que mantiene las distancias más de lo necesario.

—Yo un poco alterada, pero bien. —Siento que tengo las facciones deformadas por el cansancio y el alcohol que he bebido desde el principio de la velada. Debo de estar hecha un monstruo—. Gaia se casa el sábado —añado a modo de explicación.

—Sí, me he enterado. —Esboza una sonrisa.

—Soy su testigo, ¿sabes? Esta noche le hemos organizado una fiesta —digo con excesivo entusiasmo.

—¿Te quedas solo para la boda? —se interesa o finge hacerlo mirando al suelo.

—Sí. El lunes regreso a Roma —contesto cuando veo que vuelve a alzar la mirada—. ¿Y tú? ¿Qué me cuentas? ¿Abriste el estudio al final?

—Pues sí, hace dos meses, en Campo Santo Stefano. —Asiente con la cabeza mostrando cierta satisfacción—. También he comprado el piso. —Me mira con un toque de nostalgia.

Por la manera en que lo ha dicho supongo que se trata de ese piso: el que vimos juntos, en el que íbamos a vivir.

—Ahora seré esclavo de la hipoteca durante los próximos veinte años, pero vale la pena. —De manera que se trata de un traslado definitivo—. ¿Y tú? ¿Estás trabajando? —me pregunta.

—Más o menos… sí. —Contesto vacilante. Por un instante mi pensamiento se ha detenido en la instantánea de los dos viviendo felices en el piso—. Hago algún encargo de vez en cuando —prosigo, metiéndome el pelo detrás de la oreja. Le respondo de manera vaga, no me apetece decirle que me he despedido y que vivo en casa de Paola.

—Bien —dice él en tono glacial.

En ese preciso momento una chica morena —¡muy joven!—, vestida con un par de vaqueros, una chaqueta corta y bailarinas sale por la puerta de los servicios, lo coge del brazo y le dice:

—¿Vamos, Fil?

«¿Fil? ¿Vamos? Pero ¿adónde quieres ir?».

Por desgracia, vayan donde vayan, él parece estar deseando llevársela allí.

—Por supuesto —contesta apoyando una mano en la espalda de ella. Después se vuelve hacia mí con una expresión incómoda y triunfal al mismo tiempo—. Adiós.

—Adiós… —contesto aturdida, a punto de dejar caer el cóctel suelo. Los miro mientras se marchan pensando que, en el fondo, me lo merezco.

Por eso estaba tan tenso y distante. Es evidente que se trata de su nueva novia o de algo por el estilo. No puedo negar que es muy guapa, esbelta y con facciones de muñeca. Quizá demasiado muñeca para ser su tipo, pero los gustos cambian. Lo sé mejor que nadie, yo, que, vegetariana y abstemia, en un año me he vuelto carnívora y estoy medio alcoholizada. Con todo, lo que más me ha impresionado es que ella lo haya llamado «Fil»; a saber por qué, siempre he pensado que era la única que lo hacía. A decir verdad, siempre he pensado que era la única a la que podía querer… Solo ahora me doy cuenta de lo estúpidas que son ciertas ideas que obedecen exclusivamente a la costumbre.

Me siento extraña. Intento descifrar la emoción que el encuentro con Filippo me ha producido y no puedo darle nombre; a la sensación de profunda soledad y extrema libertad se unen el alivio y la melancolía. Convivimos durante seis meses, de manera que es imposible olvidar los momentos que pasamos juntos, antes y durante nuestra vida en pareja. Siento que aún lo aprecio, pero eso es todo; mi corazón no se ha acelerado mientras estaba delante de mí y conversábamos, mis piernas se han mantenido firmes y no han temblado, mi estómago estaba tranquilo. Por atroz que sea reconocerlo, sé que ya no lo quiero. Nunca he estado tan segura. Este encuentro es la última prueba, un segundo y definitivo adiós.

—¿Todo bien? —me pregunta Gaia reapareciendo en el horizonte.

Le cuento en dos palabras que he visto a Filippo.

—¿Lo sabías? —le pregunto.

—No, es la primera vez que lo veo con alguien —dice casi aliviada—. Ha sufrido mucho, Ele.

—Lo sé. —Aprieto los labios formando una línea dura—. Gracias por recordármelo.

—¡Eh! —Gaia me acaricia un hombro—. Sé que tú también lo has pasado mal.

—Tranquila. Ya lo he superado.

El mal que no he superado es otro, pero no es el momento de pensar en ello.

Cuando entramos en mi piso me descalzo enseguida y corro a mi cuarto a ponerme los pantalones del chándal y una camiseta.

Por increíble que parezca, Gaia opta también por la comodidad.

—¿Puedo ponerme tu camiseta del instituto? —pregunta rebuscando en un cajón de la cómoda—. Me recuerda los viejos tiempos.

—Me la suelo poner para limpiar, pero si te gusta tanto…

Gaia pone cara de asco y se restriega las manos en los vaqueros. Me echo a reír.

—Estaba bromeando.

Se pone la camiseta con la caricatura de Marco Polo y, mientras busca angustiada en el armario, me pregunta preocupada:

—¿Dónde está tu vestido? —Se refiere al de testigo o, mejor dicho, como lo llama ella, de dama de honor.

—Me lo está arreglando Betta —contesto.

—¿Por qué? ¿Qué le pasa?

—Nada, tranquila. Quería que estuviese bien, almidonado y planchado al vapor. Quiere que no tenga una sola arruga, vaya. Ya sabes cómo es mi madre…

—¡Santa mujer! —Sonríe. Acto seguido entra en la cocina, abre la nevera y mira en su interior—. ¿Esto es del año pasado? —pregunta sacando una caja de helado de vainilla.

—Tonta, lo compré ayer. —Sacudo la cabeza—. Pero ¿no estabas a dieta para la boda?

—¡Qué más da! A estas alturas lo hecho, hecho está.

—Yo no quiero saber nada. —Me lavo las manos previendo que luego se enfadará conmigo por haberla dejado atracarse.

—¡Vamos, Ele, no me atormentes esta noche! —Busca dos cucharillas en el cajón —. Acompáñame, venga.

Suponía que también sucedería esto.

Apunta el mando a distancia hacia el televisor y se pone a zapear hasta que encuentra el canal MTV. Sakhira se contonea voluptuosamente en la pantalla. La contemplamos admiradas mientras se menea por una calle soleada luciendo un maquillaje y una ropa perfectos.

—¿Te parece que tiene el culo bonito? —pregunta Gaia.

—Me temo que sí —asiento. Gaia considera siempre a las divas rivales en potencia. Me hace morir de risa.

—¿No crees que lo tiene un poco gordo? —insiste.

—No, Gaia, te lo aseguro: es precioso.

—Yo, en cambio, lo encuentro un poco desproporcionado.

Hago un último comentario en voz alta:

—En efecto, dos nalgas tuyas equivalen a una de Shakira.

Nos callamos. El alcohol circula y sus efectos no son lo que se dice alentadores, porque ahora las dos nos estamos preguntando si lo que he dicho se puede considerar un halago a Gaia o a Shakira. Pero no llegamos a ninguna conclusión.

—Samuel adora a esa —ataja ella. Exhala un suspiro a la vez que hunde la cucharilla en el helado—. En cualquier caso, no me preocupa: estoy segura de que no es tan guapa en persona.

—Gracias, Gaia. Ahora que me has dicho eso, puedo dormir tranquila.

La teoría de mi amiga es que todas necesitamos que nos consuelen cada vez que vemos a una mujer más guapa que nosotras.

—Todos estos vídeos están retocados —prosigue ella con suma firmeza. Sé que lo hace también por mí, porque me quiere y desea realmente que no me sienta inferior al compararme con Shakira.

—Por supuesto, además los maquilladores hacen milagros, ¿no? —añado, involucrándome en la conversación.

—A propósito de maquilladores… He contratado a la mejor de la ciudad para el sábado. Jessica Moro, la que maquilla a las estrellas en la Mostra del Cinema. ¡Es buenísima! —Su cara se ilumina al cambiar de tema—. Además vendrá Patrick a peinarme.

—Estarás fantástica.

Ya he visto el vestido; pese a que no he podido acompañarla, Gaia me hizo partícipe de la extenuante búsqueda enviándome MMS desde los probadores de las tiendas de novias de todo el noreste. Al final nos decidimos por un Dolce & Gabbana de color marfil con un corpiño y una falda muy ancha de dama del siglo XVIII.

—Puede que me esté pasando un poco con los guantes de media manga, pero cuando lo vi supe que el vestido era mío…

—Estarás fantástica. —Seguro que ya se lo he dicho, pero le viene bien que se lo repita.

—Oye, Ele…, ¿crees que hago bien casándome con Samuel? —me suelta de repente en tono humilde.

Abro los ojos desmesuradamente. Solo espero que no esté dudando ahora.

—¿Por qué me lo preguntas?

—No lo sé… —Frunce el ceño. Parece un cachorro extraviado—. ¡Es que me da mucho miedo!

—Ven aquí —le susurro con dulzura cogiéndola en brazos—. En mi opinión, has elegido lo correcto. Si no fuera así, no habría aceptado ser tu testigo, ¿no crees? — digo para tranquilizarla.

Sigue un largo silencio. Luego Gaia me confiesa:

—Últimamente las cosas son un poco extrañas entre nosotros.

—¿En qué sentido?

—En ese sentido. —Alza los ojos al cielo—. No hacemos el amor desde hace tiempo.

—¿Desde cuándo?

Cuenta con los dedos.

—Si contamos la Milán-San Remo, el Tour de Flandes y la París-Roubaix, que son las carreras más importantes para él, ¡unos dos meses!

—¿De verdad? —pregunto procurando no parecer asombrada.

—¡Sí! —corrobora exhalando un suspiro—. ¿No te parece triste?

—Bueno… —No sé qué responder.

Estoy en un tris de decirle que es aún más triste hacer el amor y no tener orgasmos, como es mi caso, pero me censuro; estamos hablando de ella, no de mí. Y mi deber de mejor amiga es quitar hierro al asunto.

—Cariño, después de lo que me has obligado a gastarme en el vestido de testigo, no te autorizo a cambiar de idea. Te lo advierto.

Gaia sonríe por un instante, pero vuelve a adoptar enseguida un aire pensativo.

—Creía que esta noche había venido a mi casa para remediarlo…

—Dios mío, si es así —trago saliva—, y estoy segura de que es así, me arrepiento de haber participado en la organización de la fiesta.

—¿Bromeas? Pero ¡si ha sido una sorpresa estupenda!

—Reconócelo: el stripper te gustó al final. —Le guiño un ojo.

—Olvídalo, Ele… —Se lleva las manos a la cara—. ¡La tenía minúscula! —Hace un gesto inequívoco con los dedos.

—No te creo.

—¡Te lo juro!

—Bueno, ¡en la próxima boda te contrataremos uno superdotado! —Miro el reloj que hay en la pared y me doy cuenta de que está amaneciendo—. ¿Nos vamos a la cama?

—Solo si dejamos la luz encendida. Si no, te dormirás enseguida.

—Mi intención era esa —replico.

—Uf, pero yo quiero seguir hablando.

—Me lo temía…

Estamos en la cama charlando desde hace un buen rato, aunque, a decir verdad, es Gaia la que habla. Se ha tumbado en el lado más próximo a la ventana, justo donde durmió Leonardo la última vez que hicimos el amor en esta habitación. La tensión por la boda hace que sea aún más locuaz de lo habitual, que ya es decir. Me ha contado la vida y milagros de Samuel Belotti, hasta el punto de que podría escribir una tesis de licenciatura sobre él.

Estamos frente a frente, nuestras rodillas dobladas se tocan.

—¿Podemos al menos apagar la luz? —pregunto—. Me duelen los ojos.

Asiente con la cabeza, dándose por vencida, pero con la mirada me advierte de que «aún no es hora de dormir». Apago la lámpara que hay al lado de la cama y nos quedamos a oscuras.

—¿Ele?

—¿Eh…? —mascullo.

—¿Desde cuándo somos amigas?

—Desde el primer año de primaria.

—¿Cuántas veces habremos dormido juntas? ¿Mil?

—Casi casi.

—Cuando pienso que no volveremos a hacerlo me entran ganas de llorar.

Mis ojos se han acostumbrado a la oscuridad, de manera que intuyo vagamente sus facciones. Con la piel fresca después de habérsela exfoliado y la cola de caballo parece una quinceañera. Podríamos estar en los tiempos del instituto, riéndonos y hablando en voz baja en la cama de su casa mientras su hermana Alessandra ronca a nuestro lado metida en su saco de dormir con la imagen de Snoopy.

—Espero que tengamos más ocasiones de hacerlo. Aunque siempre puedo dormir entre Samuel y tú —digo.

Gaia se echa a reír.

—¿Qué pasa? —le pregunto hundiendo la cabeza en la almohada.

—¿Te acuerdas del campamento de verano al que fuimos en las Dolomitas… ¿De aquella noche en la que a Vincenzo, el napolitano, se le metió en la cabeza que quería dormir entre las dos?

Me rio también recordando la escena. Teníamos trece años. Gaia le había hecho creer que las dos estábamos enamoradas de él y que a medianoche, después de la habitual ronda de vigilancia, lo dejaría entrar por la ventana. El pobre se quedó esperando aterido durante toda la noche mientras nosotras le lanzábamos desde dentro mensajes codificados sin sentido que él se esforzaba por descifrar con la vana esperanza de que le abriésemos.

—Éramos dos cabritas estupendas…

De improviso siento nostalgia de esas dos niñas. De lo que sucedió entre ellas, de lo mayores que son ahora y lo crías que siguen siendo en su interior. Treinta años después, tengo la impresión de que nada ha cambiado, a pesar de que Gaia está a punto de convertirse en una mujer casada y puede que un día también en madre, y yo haya sobrevivido al periodo sentimental más borrascoso de mi vida.

—Sigamos hablando —dice Gaia con dulzura—. No te duermas, por favor. Hace mucho tiempo que no estamos juntas así. Lo echo de menos.

—Yo también —murmuro.

Pero antes de que pueda darme cuenta entro en coma sobre la almohada. «Buenas noches, Gaia. Siempre podrás contar conmigo».

Este libro es de la autora Irene Cao.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

Deja un comentario