Yo te Quiero | Capítulo 11

Portada - Yo te Miro

Yo te Quiero

Trilogía de los Sentidos III

«El amor solo existe cuando te atreves a sentirlo todo.»

Capítulo XI

Yo te Quiero

Trilogía de los Sentidos III

Capítulo XI…

Son unos días de maravillosa lentitud, de placeres perezosos y sensuales, los que estoy viviendo aquí con Leonardo. Las horas parecen hechas de nada y, en cambio, están llenas de sol, de mar, de comida, de palabras, pero, por encima de todo, de amor. Incluso trabajar —yo en mis bocetos y él en sus recetas— es un privilegio en este paraíso en el que el tiempo parece haberse detenido. Pero el futuro, sea el que sea, nos encontrará juntos.

De vez en cuando el volcán nos llama con un resoplido, como un gran animal impaciente. No tardaremos en marcharnos, pero no hay prisa; a pesar de que estoy completamente curada, mi pierna todavía necesita un poco de reposo.

La buena noticia es que, después de tantos días de padecer la frustración de mirar el mar sin poder entrar en él, hoy me he bañado por fin; sumergirme en el agua ha sido una liberación, un bautismo del verano, que aquí ha explotado ya, pese a que aún estamos en mayo. He estado a remojo casi una hora, nadando con precaución debido a la pierna y dejándome mecer por las olas. Ha bastado el contacto con esta agua límpida y fresca para revigorizar y tonificar un poco mi cuerpo, que ha estado adormecido durante demasiado tiempo.

Además, ayer Leonardo me hizo descubrir otro lado de Estrómboli, un lugar realmente mágico. Rodeamos la isla en barco hasta llegar a Ginostra, un pueblecito solitario de cuarenta almas al que solo se puede acceder por mar y cuyo puerto es el más pequeño del mundo. Fue como hacer un viaje al pasado: allí ni siquiera circulan las motos ni los motocarros; los mulos son el único medio de transporte y las lámparas de petróleo son casi el único sistema de iluminación. Solo unos pocos tienen luz eléctrica, que funciona con paneles solares.

Antes de abandonar el pueblo, Leonardo compró un gran dentón a un pescador que acababa de volver al puerto. Una vez en casa, lo asamos a la brasa y después lo aliñamos con una salsa de hierbas y especias.

Hace unos días empezó a enseñarme los rudimentos de la cocina y me está gustando, me estoy apasionando. La alergia que antes sentía por los fogones se está transformando en curiosidad por experimentar platos diferentes y conocer las materias primas. Él me confió que jamás había revelado sus secretos de chef, pero que conmigo había decidido saltarse esa regla. Debo aprender casi todo, pero me estoy aplicando; soy una buena alumna.

—Al igual que en el sexo y en el arte, en la cocina no basta con tener técnica, además hace falta instinto —me explicó con aire serio a la vez que abría el pescado y yo elegía los aromas para condimentarlo.

—Y también una pizca de locura, ¿no crees? —añado esparciendo en el plato el azahar de limón que acabo de coger en el jardín. Él me coge por el delantal y tira hacia si.

—Creo que en ese ámbito ya eres una maestra…

Nos besamos, como si nuestros labios no se hubieran rozado en años, hasta que la cacerola con el agua para la pasta empieza a bullir reclamando con urgencia nuestra atención.

Después de cenar llegó la sorpresa. Mientras estábamos en la terraza, acurrucados mirando las estrellas, Leonardo se levantó de repente, entró en casa y luego volvió con un paquete. Lo desenvolví a toda prisa, curiosa como una niña; el regalo era una caja de acuarelas Schmincke Horadam, las mejores de las que están a la venta; que cuestan una fortuna, vaya.

—¿Dónde las has encontrado? —le pregunté atónita.

—Se las pedí a un amigo que iba a Messina. Tardaron un poco en llegar, pero aquí las tienes —respondió con una sonrisa apacible—. Así podrás acabar tus dibujos.

—Gracias, Leo. Son maravillosas… ¡No veo la hora! —Lo abracé, llena de agradecimiento y de una extraña ternura por él que nunca había experimentado. Luego me sumergí en la pintura hasta altas horas de la noche, hasta que, a eso de las cuatro de la madrugada, oí su respiración caliente en el cuello y sentí que sus manos me aferraban la cintura.

—¿Puedo robarte a las musas del arte? Te necesito allí y no puedo esperar más… Como siempre, no pude resistirme a él y lo seguí al dormitorio.

En estos días soy un manojo de nervios: estoy pletórica, creativa, llena de energía y de ganas de hacer cosas; en una palabra, feliz. A mi felicidad, sin embargo, le falta una pieza: Gaia. No he vuelto a hablar con ella desde el día de su boda y la echo mucho de menos. La Elena de hace cierto tiempo, insatisfecha y agresiva, que fue capaz de escupir sin motivo veneno a su mejor amiga en un día tan importante para ella, me parece a años luz de distancia. El personaje en el que me había embutido se ha agotado: las relaciones superficiales y sin sentido, el sexo con desconocidos, las salidas locas y desenfrenadas son ahora un recuerdo borroso que no tiene nada que ver conmigo. Eran distracciones para engañarme a mí misma y a los demás y, pese a que era consciente de que iba por mal camino, no fui capaz de detenerme.

Pero ahora es distinto. Hace varios días que pienso en Gaia, me pregunto dónde se encontrará, qué estará haciendo, si será feliz con Belotti. Le hablo imaginando que le cuento mi cotidiano. Soy yo la que debe dar el primer paso y pedirle perdón, pero aún no he decidido cómo hacerlo. ¿Le escribo un correo electrónico? ¿Un SMS? Quizá sea mejor esperar hasta que nos veamos…

Se lo comento a Leonardo y él me aconseja que la llame por teléfono. Puede que sea poco poético, pero es indudable que, en este momento, es la manera más inmediata. Ya tendremos tiempo luego para vernos y hablar.

Así pues, una cálida mañana de finales de mayo, aprovechando que él ha salido a dar su habitual vuelta, me tumbo en la cama y busco el número de Gaia en la agenda. Mi corazón deja de latir por un instante mientras el iPhone establece la llamada. ¿Y si no me responde? ¿Y si no quiere volver a hablar conmigo en toda su vida? Neutralizo de inmediato mi lado melodramático.

—¿Ele? —contesta. Su voz es la de siempre, pese a que vibra ligeramente asombrada.

—Hola… —murmuro ovillándome en la cama.

—Caramba… ¡Cuánto tiempo!

No sé si está cabreada o contenta.

—Tengo que decirte una cosa, Gaia. —Tomo aliento—. Perdona. —Ya está, lo he hecho y me siento mejor—. Perdón, perdón, mil veces perdón…, la capulla que te arruinó la boda no era yo —me lamento con un hilo de voz.

—Deja de lloriquear, Ele —me ataja ella—. Te perdoné enseguida… Bueno, puede que no en ese momento, pero digamos que se me pasó enseguida. Te salvaste porque tenía otras cosas en qué pensar. Esa personita con el vestido blanco…, la iglesia…, las flores…, ¿te acuerdas? —Gaia suelta una carcajada—. Dime solo que ahora estás bien y que vuelves a ser tú, te lo ruego —concluye en tono grave.

Adoro a esta mujer. Sabe atribuir el peso justo a las cosas y minimizarlas.

—Sí, ahora estoy bien —respondo un poco desconcertada. No tengo mucho más que decirle: ella ha ido directamente al grano.

—Me alegro mucho de que me hayas llamado. No debería decírtelo, pero, de cualquier manera, si no me hubieses buscado tú lo habría hecho yo. Estaba dejando pasar el tiempo, tratando de comprender cuánto me ibas a hacer esperar. Pero los dedos me temblaban en el teléfono. No sabes cuántas veces he estado tentada de marcar tu número…

—Es que me daba vergüenza. —Es lo único que logro balbucear. Pero luego, por fin, me relajo extendiendo los brazos y las piernas en la cama—. ¿Cómo estás?

—Aún no acabo de darme cuenta…, pero, por ahora, la vida matrimonial no me parece tan mala.

—¿La convivencia con Belotti funciona?

—De maravilla, teniendo en cuenta que pasa la mayor parte del tiempo fuera de casa.

—Es cierto, está corriendo el Giro de Italia… Lo he leído en el periódico.

—La etapa de mañana termina en Cortina e iré a verlo, pero él no lo sabe. Quiero
darle una sorpresa.

—¿Estás intentando boicotearle la carrera?

—Debe cumplir con sus deberes conyugales —dice. Salta a la vista que es una orden—. Ya le he advertido, es oficial: si lo hacemos menos de cuatro veces al mes, pediré el divorcio.

Me echo a reír.

—Pobre Samuel…, es un héroe trágico: dividido entre el amor por su mujer y por el ciclismo.

—¿Y no piensas en mi tragedia? —replica en un tono patético que no es propio de ella—. Me conoces: nunca he sido una tipa pegajosa…, pero con él es distinto. Querría que estuviese conmigo en todo momento, ¡cuanto más me rehúye más lo deseo! He caído por completo en el cliché. No me reconoces, lo sé.

—Pero ¡digo yo que tendrá algo que no soportes!

—Claro que sí. Muchas cosas… Cuando habla con la boca llena. O que quiera dormir con las ventanas abiertas de par en par cuando yo, en cambio, necesito que la oscuridad sea total. Por no hablar de su madre, que habla por los codos; es terrible. En cualquier caso, Ele, lo quiero y me volvería a casar con él cien veces más.

—Dios mío, Gaia, me estás provocando una diabetes. Basta.

—¿Se te había pasado por la imaginación que alguna vez me verías en este estado? —me pregunta, resignada.

—¡Jamás! —contesto risueña—. Pero ¿dónde estás ahora? —Oigo voces alrededor de ella.

—En el Rosso.

Lagrimita: es el local veneciano donde tomábamos el aperitivo.

—Acabo de pasar una tarde de compras con una clienta francesa. —Resopla como si hubiera estado trabajando en una mina—. ¿Y tú? ¿Cómo te va en Roma?

—La verdad es que estoy en Estrómboli…

—¿Cómo?

—Pues sí, lo que oyes. Y estoy con Leonardo. —Hundo la cabeza en los hombros esperando el estallido, como si acabase de lanzar una bomba.

—¿Con quién? ¿Con el señor «te quiero, pero no puedo»? —grita. Es una leona a punto de despedazar a un enemigo para defender a su cachorro.

—Vas un poco retrasada… Desde ese día han sucedido muchas cosas.

—¡Vamos, cuenta! —me anima.

—Tuve un accidente…

—¿Cómo? ¿Cuándo? Pero, coño, ¿por qué no me dijisteis nada? —exclama. Está furibunda.

—Todo sucedió tan deprisa…, poco después de tu boda. Creía que mi madre te lo había contado, pero, por lo que veo, por una vez no ha hablado, justo cuando no hacía falta que fuera discreta.

—No he vuelto a ver a Betta desde ese día —me dice sumamente preocupada—. ¿Y ahora? ¿Estás bien?

—Ahora sí. —Le cuento a grandes rasgos la pelea con Lucrezia (no tengo ganas de recordar ese espantoso paréntesis), después el accidente y las últimas novedades de mi nueva vida con Leonardo.

—Estás como una regadera, de todos modos… —me dice cuando concluyo—. ¡Tenías todas esas novedades que contarme y has esperado todo este tiempo a llamarme!

—¿Me perdonas? Ya sabes cómo es, las he ido acumulando para decírtelas todas de una vez.

Nos echamos a reír. A continuación Gaia exhala un profundo suspiro.

—¿Así que ahora Leonardo y tú estáis bien? Porque, si te vuelve a hacer sufrir, te juro que iré ahí y lo mataré.

—Jamás he sido tan feliz. —Y es cierto. Me gustaría gritárselo a todos y susurrárselo al oído a Leonardo, aunque estoy segura de que ya lo sabe.

—Bueno. —Parece más tranquila—. Una cosa, ¿has visto a Domenico y a Stefano en Estrómboli?

—¿A quién? —Pongo los ojos en blanco.

—Pero, bueno, ¿no lo sabes? Dolce y Gabbana… Tienen una casa allí. De vez en cuando organizan una fiesta e invitan a toda la jet set de la moda. Valdría la pena llamar a su puerta, ¿no?

Añoraba a muerte las píldoras de mundanidad de Gaia. Supongo que, después de haberse casado con Belotti, su círculo de relaciones públicas se habrá ampliado aún más.

—Claro, tesoro. Ya te contaré —le digo con socarronería—. Es que, ¿sabes?, Leonardo y yo tenemos otras cosas que hacer por la noche.

—Ah, ¿sí? Explícame que compromisos tenéis, Ele, porque no lo he entendido…

—me pide maliciosa.

—¡Me encantaría que estuvieses aquí! —digo riéndome y hundiendo la cabeza en la almohada—. Tenemos que vernos en cuanto vuelva a Roma.

—¡Por supuesto! —exclama. Después su voz se dulcifica—: Te he echado mucho de menos, Ele.

—Yo también. —Miro instintivamente hacia la ventana, como si pudiese verla fuera.

—Hasta pronto. Un beso.

—Un beso para ti.

Si ahora estuviese aquí, le daría el abrazo con el que llevo tiempo soñando. Me siento mucho menos abrumada y me arrepiento de no haber tenido antes el valor de hacer esta llamada. Por fin la última pieza está en su sitio.

Y mi corazón se siente ligero ahora.

He recuperado a una amiga. A la mejor.

Leonardo y yo hemos decidido subir al volcán esta tarde para ver la puesta de sol. Es un poco arriesgado, dado que sigo sintiéndome medio inválida y que cuando regresemos será casi de noche, pero él me ha asegurado que vale la pena. Me despierto a eso de las cuatro, después de una siesta vigorizante. Me desentumezco y busco en el armario la ropa más apropiada para la empresa. Me siento ya una pequeña exploradora…, justo yo, que solo di un paseo por la montaña cuando era niña. Me pongo unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes y me siento en la cama para ponerme los calcetines técnicos de media pierna y las botas de montaña (de las que se ha encargado Leonardo). Me cepillo el pelo y lo recojo en una coleta baja. Me enrollo a la cintura mi vieja sudadera Adidas y salgo de la habitación sin mirarme al espejo. La ropa deportiva me gusta por esto: no crea expectativas y no reserva sorpresas. Sirve para una finalidad. Punto.

Encuentro a Leonardo en la cocina vestido con una camiseta blanca, unas bermudas de varios bolsillos y unas botas. Está preparando dos mochilas, una para él y otra, más pequeña, para mí. Está de espaldas a mí y no puedo por menos que notar que los pantalones le sientan fenomenal. Lo abrazo por detrás colgándome de él.

—¡Eh! Buenos días a ti también —me saluda—. Si quieres, acabo de hacer café.

Me separo de él y voy a llenarme una buena taza con la esperanza de que me espabile. Después lo ayudo con los preparativos. Veo dos bastones de trekking extensibles en la mesa.

—¿Y eso? —pregunto.

—Son para ti, así no fuerzas demasiado la pierna. —Empuña uno—. Veamos la altura —dice. Lo desenrosca hasta el suelo arrodillándose a mis pies—. Ya está, a ciento veinte centímetros es perfecto.

—¿Me acabo de liberar de las muletas y ahora me endilgas esos trastos? — protesto, escéptica—. Mira que puedo ir sin ellos.

—No trato de minusvalorarte, pero te servirán en la subida. Incluso los guías más expertos los usan. —Se levanta acariciándome el costado izquierdo y luego me besa en la nuca.

—¿Tú también los llevas? —pregunto sintiendo que su beso ha acabado de despertar a mi cuerpo, aún entorpecido por el sueño.

—No, yo debo tener las manos libres —dice mientras las apoya en mi pecho.

—La cosa se está poniendo interesante… —le digo en voz baja levantando los brazos para rodearle el cuello y gozando de la sensación que me produce su barba en la piel. Me apoyo del todo en él hasta sentir su sexo en mi espalda.

—Estás muy sexy vestida de montañera —me susurra al oído torturándome el cuello con la lengua. ¡Dios mío, no! Si me besa ahí me rindo sin oponer resistencia, y él lo sabe de sobra. Mete una mano por mis pantalones cortos y la empuja con suavidad por debajo de las bragas, en mi carne ya húmeda—. Hum…, me gusta que siempre estés preparada para mí —murmura con una sonrisa que se refleja diabólica en el espejo de la pared.

Sonrío también.

—Es el efecto que me produces. ¿Qué le voy a hacer? —Le cojo la mano y la aparto de mi cuerpo, luego me vuelvo de golpe y lo beso con voracidad.

Él abre los labios para acoger mi lengua, pero de repente se separa y me obliga a pararme.

—Así basta.

—¿No estarás volviendo a empezar con la historia del castigo? —resoplo.

—No —responde riéndose—, pero es mejor conservar las fuerzas… No quiero que te desmayes en el trayecto por una bajada de tensión.

—¿Por quién me tomas? ¡No soy una mujercita frágil! —gruño dándole un pequeño puñetazo en el pecho.

Sonríe alzando las manos en señal de rendición, después me besa y me da una ligera palmada en el trasero.

—Vamos, coge la mochila, que es hora de marcharnos, pequeña, si no se hará tarde de verdad. Tardaremos tres horas en subir, llegaremos justo a tiempo para la puesta de sol.

Me llevo la mano abierta a la frente burlándome de él y me echo la mochila a la espalda.

—¡A sus órdenes, chef!

Cuando echamos a andar son casi las cinco de la tarde y el calor es aún sofocante. Salimos del pueblo y enfilamos un camino de tierra que, poco antes de la primera curva, nos castiga con una pendiente de infarto. ¿Podré con ella?

—Empezamos bien —comento sin ocultar mi preocupación.

—El primer tramo es el peor, pero después el camino se allana —me tranquiliza él desenganchando los bastones de la mochila. Después me los pasa abriéndolos a la altura correcta—. Ten, ayúdate con esto.

Debo reconocer que Leonardo tenía razón: con los bastones la subida es mucho más fácil. Miro hacia arriba, hacia la cima del Estrómboli, y un hilo de sudor frío se desliza por mi espalda. No conseguiré llegar hasta allí, lo sé; la pierna aún me duele de vez en cuando y, además, no estoy entrenada. Pero me niego a pensar en ello y hago acopio de todas mis fuerzas para seguir, porque, en el fondo, es lo que he deseado desde que puse el pie en esta isla: ver de cerca las bocas del volcán.

Al cabo de varios centenares de metros el camino se transforma en sendero, de manera que ya no es posible proseguir sin tropezar con alguna piedra. Tengo la impresión de estar peregrinando hacia el templo de una divinidad venerada desde hace siglos y a medida que subimos el aire se adensa con el humo y los vapores difundiendo a nuestro alrededor un olor casi místico.

«¡Vamos, Elena, no desistas!», me repito en silencio forzándome a no volverme nunca hacia detrás. Leonardo me precede, abriendo camino con paso experto, y cada dos minutos se vuelve para comprobar que yo sigo detrás de él, entera.

—¿Estás bien? —me pregunta de improviso al darse cuenta de que me he quedado rezagada varios metros. La culpa la tienen los bastones: uno se ha enganchado en el suelo y no he tropezado por un pelo.

—Sí —grito apretando el paso.

Me mira ladeando la cabeza.

—¿Quieres descansar un poco?

—Estoy de maravilla. Tengo varios años de alpinismo en las Dolomitas a mis espaldas —miento retándolo con una mirada firme. En realidad, dos excursiones a un refugio con mi padre cuando aún era adolescente.

—¿Intentas impresionarme? —pregunta socarrón.

—¿Por qué?, ¿lo he conseguido?

—No, en absoluto —responde secamente—. No malgastes fuelle, no te conviene: ¡aún nos queda mucho camino por hacer!

Le saco la lengua y él se echa a reír.

No sé por qué, pero después de haberme quedado sin aliento en la primera subida, ahora siento que tengo energía suficiente para escalar el Everest. Será el efecto Leonardo: cuando estoy con él olvido la fatiga, el dolor físico y todo me parece una fantástica aventura.

A medio camino hacemos una parada para beber y comer un poco. Nos sentamos al margen del sendero, en una roca lisa aún caliente por el sol.

Saco de su mochila el recipiente con la tarta de fruta que he preparado esta mañana.

—Veamos cómo te ha salido —dice él asumiendo un aire severo, propio de un crítico. Me está examinando, es oficial.

He seguido la receta de mi madre. Después de haber asistido durante años a la preparación de la tarta de Betta sin haber metido en ningún momento las manos en la masa, por fin he decidido arriesgarme.

Leonardo la prueba, la mastica con calma, con aire concentrado, mientras yo espero impaciente su juicio.

—¡Buena! —sentencia abriendo los ojos y sonriendo admirado—. Quizá debería haber estado un minuto menos en el horno —precisa. Solo faltaba que fuera del todo perfecta, pero, al menos, se ve que es sincero.

Disfruto de esta pequeña inyección de orgullo y la pruebo también.

—Hum, no es exactamente como la de Betta, pero es una imitación más que digna.

—Felicítala de mi parte —me dice cogiendo otro pedazo.

—Ahora que lo pienso, hace unos días que no hablo con mis padres… Debería llamarlos —comento—. Cuando llevo mucho tiempo sin conversar con ellos los echo de menos. Aunque después me basta un día en su compañía para sentir enseguida ganas de escapar. —Sonrío pensando en nuestros entreactos familiares.

Leonardo me escruta guiñando los ojos.

—Supongo que tus padres me odiarán por haberte traído conmigo. Querían que fueras con ellos a Venecia, ¿verdad?

—No eres tú el que me ha traído aquí —puntualizo—. Yo elegí venir contigo.

Touché.

—Y me alegro de haber elegido lo mejor —le susurro rozándole los labios con un beso.

Acto seguido me pongo de pie y me desentumezco.

—¿Seguimos? ¡Estoy llena de energía!

—Fantástico… Entonces subamos, por ese lado. —Se levanta también y señala la bifurcación del terreno que hay a poca distancia—. Soplará viento, te lo advierto.

Me pongo el chubasquero amarillo fluorescente enrollando las mangas y sigo a Leonardo cogiéndole fuertemente una mano. Miro por un instante hacia abajo, hacia el pueblo, y reconozco las casas: parecen minúsculos dados blancos esparcidos en el negro de la tierra. No sé a qué altura estamos, pero estoy un poco mareada y siento el aire más pesado, hinchado por el viento cortante. Aun así, no me lamento, porque veo que nuestra meta se aproxima; lo único que debo hacer es calibrar bien las fuerzas.

Entretanto, el sol se está sumergiendo poco a poco en el mar. Asistir al ocaso desde aquí arriba es algo extraordinario, una fiesta de colores que colma la vista.

Cuando estamos llegando a la cima Leonardo se para en un punto escarpado en el que se abre un precipicio sobre el mar. Retrocedo unos pasos sintiendo que mis piernas flaquean. Ya está. El vértigo.

—Acércate, yo te sujeto. —Me coge la mano con dulzura y yo agarro confiada su brazo.

—Mira —apunta con el índice—, la Escoria del Fuego. —Es una pared de arena volcánica escarpada y ancha por donde se derraman las erupciones de los cráteres.

—Vista desde aquí es espectacular —comento respirando a duras penas. Parece la lengua del dios Vulcano surcada por unos bloques incandescentes de lava que ruedan hasta el fondo y caen al mar entre densas volutas de vapor y ráfagas de ceniza. Jamás he visto algo parecido.

Está anocheciendo y a medida que va oscureciendo el color rojo de la lava destaca cada vez más. Sin embargo, cuando llegamos a una de las bocas del volcán sufro un fugaz desfallecimiento; es como mirar en el vientre de la Tierra y sentir el vacío interior, un pánico que aturde la mente y el cuerpo. De repente se oye un ruido sordo, similar a un trueno. La tierra tiembla, una fuente de fuego se eleva hacia arriba y luego cae esparciendo una lluvia de lascas incandescentes. Es una visión que turba y aniquila.

Estoy sudada, eufórica, extasiada. La energía que sube desde la tierra reverbera en mi cuerpo y corre por debajo de mi piel, desde las piernas a la cabeza. Dejo los bastones y la mochila en el suelo, y me quito el chubasquero. Observo a Leonardo, que está a varios pasos de mí, de pie, con el pecho al aire y la camiseta enrollada al cuello a modo de bufanda. Mira el fuego y a continuación el horizonte, sus ojos brillan con unos reflejos rojos. Parece ensimismado. Luego, quizá porque ha notado que lo observo, se vuelve de golpe hacia mí. Tengo la impresión de que me llama con la mirada. Me acerco y él me abraza por la espalda. Permanecemos unos largos minutos contemplando, hechizados por el extraordinario espectáculo. En este momento sobran las palabras.

Una imagen atraviesa de improviso mi mente sin que pueda aferrarla. Quiero compartirla con él:

—Parece una herida abierta que nos deja ver cómo late el corazón de la Tierra.

Leonardo me estrecha aún más contra su cuerpo. La energía del suelo irrumpe a través del volcán y se mezcla con la de nuestros cuerpos amplificándola. Mis entrañas se encienden cuando Leonardo me lame el cuello, primero rozándolo lenta y profundamente, luego cada vez más nervioso. Me aferro a sus brazos y me apoyo en su pecho, desnudo y resbaladizo.

—Quiero hacer el amor aquí, cerca del corazón de la Tierra —me susurra al oído mordiéndome el lóbulo. Su voz es casi un rugido que se confunde con el fragor del volcán.

Cierro los ojos. Los ardientes estremecimientos que se deslizan por mi espalda y anidan rápidamente entre mis piernas son los del volcán que está frente a nosotros. Busco su sexo y lo siento ya duro e impaciente bajo sus pantalones.

Leonardo se insinúa con una mano en mi escote acariciándome lentamente, a la vez que la otra se introduce en mis pantalones cortos. Sus dedos encuentran mi clítoris y empiezan a provocarlo. Mientras tanto, sus labios se hunden en el hueco que hay entre el cuello y el hombro, chupando como si fuera una fruta madura.

Después Leonardo me da la vuelta y me coge la cara con las manos. Sus ojos oscuros se clavan en los míos, arden de deseo y de algo más misterioso, ancestral: algo de lo que ahora no me puedo privar.

—No puedo resistirte —dice bajando un tirante de mi camiseta.

—Entonces no lo hagas —le digo quitándomela del todo. Me quedo desnuda de cintura para arriba, con la piel acariciada por el aire caliente que se eleva del cráter y de Leonardo.

Me suelta la coleta y sus manos se hunden en mi pelo a la vez que me masajea la cabeza. Me modela los pensamientos con sus dedos, como si fueran una masa, desencadenando en mí una sensación electrizante que, desde mi vientre, sube a mis labios.

Sus dedos resbalan ahora por mi nuca y me tiran del pelo obligándome a echar la cabeza hacia detrás. Mi cuello queda al descubierto, dispuesto a dejar que lo muerda. Gimo con fuerza cuando sus dientes rozan mi carne y su lengua recorre mi cuello. Luego se insinúa entre mis labios húmedos. Es un beso carnal y violento, un beso que sacude los sentidos. Leonardo me sujeta la cabeza con las dos manos, como si no quisiera dejarme escapar, al mismo tiempo que yo le acaricio las nalgas y empujo su pelvis contra la mía para sentir su deseo.

Me tumbo en el suelo y lo acojo entre las piernas, él se echa encima de mí con su pecho musculoso y sudado. La tierra oscura me rasca la espalda, quema, tiembla y descarga unas vibraciones que retumban en mí como si fuera una caja armónica. Leonardo me agarra la cintura y sube hasta el pecho apretándomelo con ferocidad. Siento una increíble sensación de vacío en la cabeza y a continuación me invade un olor embriagador, el olor de él, que se funde con el del volcán, ámbar mezclado con incienso. Cierra los labios en un pezón y lo chupa con sabiduría, lo lame y lo muerde hasta casi hacerme daño. Gimo al recibir los golpes perversos de su lengua. Lo miro, lo siento. Lo deseo con todas mis fuerzas.

Sin desviar los ojos de los míos, me desabrocha los pantalones cortos y los baja, después sus manos vuelven a subir por mis piernas hasta alcanzar las ingles. Me lame el ombligo y desciende arrastrándose como una serpiente. Me muerde las bragas y, como si fuera un animal hambriento, me las arranca. Siento que sus dientes se hunden en mi carne en llamas y que su lengua se insinúa en mi sexo, que ya late de deseo. Hundo las manos en su pelo y me agarro a él sin piedad para descargar el golpe de placer que me está desgarrando. Sus manos aprietan con fuerza mis muslos como si quisieran hacerme daño y después hurgan entre ellos. Sus dedos seguros se unen a la sensación suave y húmeda que me está regalando su lengua, coloreando con mil matices mi placer.

Leonardo emerge de nuevo, se baja los pantalones y, sin desnudarse del todo, libera su erección restregándola contra mi sexo, que se abre al instante para acogerlo. Lo deseo tanto que estoy gozando ya.

Leonardo me penetra, se hunde en mí emitiendo un gemido ronco. Un trueno irrumpe desde la tierra y las llamas iluminan el cielo. El Estrómboli se está desahogando, pero no tengo miedo; al contrario: siento que su fuego arde en mi interior. Unas potentes descargas de adrenalina corren por mis venas. Estoy al borde del orgasmo.

—Vamos, Elena, quiero sentirte —murmura.

Emite otro gemido y se hunde hasta el fondo, repetidamente, hasta que me pierdo del todo. Empiezo a temblar como la tierra. El orgasmo sale de mis entrañas, sacude imparable todos mis sentidos extendiéndose como una colada de lava.

Leonardo sigue empujando, sujetándome la cadera y apretándome las nalgas. Se está corriendo conmigo, ahora, ya. Nos deseamos demasiado, con una fuerza que nunca habíamos experimentado y que casi me asusta.

Me besa, sudado y jadeante.

—Te quiero, Elena.

Después se deja caer sobre mi pecho, entre mis brazos, con su sexo demorándose en el mío. No tengo fuerzas para abrir los ojos ni para mover la boca, pero un susurro sale de lo más profundo de mi interior:

—Te quiero, Leonardo. —Jamás he estado tan segura de algo en mi vida.

Permanecemos tumbados, enroscados el uno al otro. Ya no somos dos: nuestros cuerpos y nuestras almas se han fundido, entre ellos y con el mundo que nos rodea; son energía vibrante. Y nuestros corazones laten al unísono, con el corazón de la Tierra.

Este libro es de la autora Irene Cao.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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