
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»
Sarah J. Maas
Capítulo XXXVII
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
Capítulo XXXVII...
Nadie, ni siquiera Lucien, vino a curarme el brazo en los días que siguieron a mi victoria. El dolor me invadía, me hacía gritar cada vez que tocaba el pedacito de hueso que salía de mi cuerpo y no tenía otra opción que sentarme ahí y dejar que la herida me fuera debilitando, tratando de no pensar en el latido constante que palpitaba en mi brazo y enviaba esquirlas de rayos ardientes a todo el cuerpo.
Peor que eso era el pánico creciente…, un pánico cada vez mayor porque la herida nunca había dejado de sangrar. Sabía lo que significaba que la sangre siguiera fluyendo. Vigilaba la herida, en parte porque tenía cierta esperanza de que la sangre se detuviera, en parte atenazada por el terror anticipado que me daba la idea de detectar las primeras señales de infección.
Era incapaz de comer la bazofia podrida que me llevaban. Verla me daba náuseas y ya había un rincón de la celda que olía a vómito. No me ayudaba mucho seguir cubierta de barro, y tampoco el frío helador que reinaba permanentemente en la mazmorra.
Me había sentado contra la pared más alejada, saboreando la frialdad de la piedra bajo la espalda. Acababa de despertarme de un sueño inquieto y descubrí que tenía mucho calor. Una especie de fuego que hacía que todo me pareciera un poco borroso. El brazo herido me colgaba a un costado, y miré sin interés la puerta de la celda. Parecía balancearse en el aire, las líneas de metal se movían en ondas.
El calor en la cara era una especie de resfriado leve…, no era a causa de la infección. Me llevé la mano al pecho y me cayeron pedazos de barro seco sobre las piernas. Cada vez que respiraba era como si tragara vidrio roto. «Fiebre no. Fiebre no. Fiebre no. Por favor, fiebre no».
Sentía los párpados pesados, ardientes. No conseguía dormirme. Tenía que asegurarme de que la herida no estuviera infectada. Tenía… tenía que…
La puerta se movió despacio… No la puerta, más bien la oscuridad a su alrededor, la oscuridad, convertida en ondas. Un miedo real se me enroscó en el estómago cuando en esa oscuridad se formó una figura masculina; alguien se deslizó por las grietas que había entre la puerta y la pared como una sombra.
...
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Feyre cruzó la frontera hacia un mundo donde la belleza y el peligro conviven en cada sombra.
Lo que comienza como un castigo pronto se convierte en algo mucho más intenso, oscuro y difícil de escapar.
En Una corte de rosas y espinas, cada capítulo acerca a Feyre a secretos capaces de cambiar su destino para siempre.
Este contenido forma parte del Plan Inspiración.
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