Una corte de Rosas y Espinas | Capítulo 16

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Una corte de Rosas y Espinas

Una corte de rosas y espinas I

«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»

Capítulo XVI

Una corte de Rosas y Espinas

Una corte de rosas y espinas I

Capítulo XVI…

Después de hundirme en la bañera durante casi una hora, me descubrí sentada en una silla de respaldo bajo frente al fuego enorme que ardía en mi habitación, deleitándome con la sensación del cepillo de Alis sobre el pelo mojado. Aunque no faltaba mucho para que sirvieran la cena, Alis me había llevado una taza de chocolate caliente y se había negado a hacer nada hasta que yo tomara algunos sorbos.

Era la cosa más maravillosa que hubiera probado jamás. Bebí de la jarra grande mientras ella me cepillaba el pelo; yo casi ronroneaba bajo la sensación que me dejaban esos dedos finos sobre la cabeza.

Pero cuando las otras mujeres bajaron la escalera para ayudar con la cena, apoyé la jarra sobre mi falda y le pregunté:

—Si los inmortales siguen cruzando las fronteras de la corte y atacando así, ¿va a haber una guerra? —«Tal vez deberíamos ser firmes por una vez, tal vez ha llegado el momento de decir basta», le había dicho Lucien a Tamlin la primera noche.

El cepillo se detuvo.

—No hagáis esas preguntas. Estáis llamando a la mala suerte.

Me retorcí en el asiento y levanté la vista hacia la cara enmascarada.

—¿Por qué los otros altos lores no mantienen bajo control a sus súbditos? ¿Por qué se permite que esas criaturas horribles vayan a donde ellos quieren, sea donde sea? Alguien…, alguien empezó a contarme una historia sobre un rey en Hybern…

Alis me tomó del hombro e hizo que me volviera hacia ella.

—Eso no es cosa vuestra.

—Ah, yo creo que sí. —Volví a mi posición original y me aferré al respaldo de la silla de madera—. Si esto llega al mundo humano…, si hay una guerra o esta plaga envenena nuestras tierras… —Reprimí con fuerza la ola de pánico que me aplastaba. Tenía que avisar a mi familia…, tenía que escribirles. Pronto.

—Cuanto menos sepáis mejor. Dejad que lord Tamlin se encargue del asunto…, él es el único que puede hacerlo. —El suriel también me había dicho eso. Los ojos marrones de Alis eran duros, no perdonaban—. ¿Creéis que nadie me ha dicho lo que habéis pedido en la cocina esta mañana? ¿Creéis que no me doy cuenta de lo que queríais atrapar? Niña tonta y estúpida. Si el suriel no hubiera estado de un humor benevolente, habríais merecido la muerte que os hubiera dado. No sé qué es peor: esto o vuestra idiotez con el puca.

—¿Acaso habríais hecho las cosas de otra forma? Si tuvierais familia…

—Tengo familia.

La miré de arriba abajo. No llevaba ningún anillo en los dedos. Alis notó la mirada y dijo:

—Mi hermana y su compañero murieron hace unos cincuenta años y dejaron dos hijos. Todo lo que hago, la razón por la que trabajo, es para esos niños. Así que no tenéis derecho a mirarme así ni a preguntarme si yo haría las cosas de otra forma.

—¿Dónde están? ¿Viven aquí? —Tal vez por eso había libros para chicos en el estudio. Quizá esas dos figuritas brillantes en el jardín… fueran ellos.

—No, no viven aquí —respondió ella con la voz demasiado huidiza—. Están en otra parte, muy lejos.

Pensé en lo que ella me decía y después incliné la cabeza.

—¿Los hijos de los inmortales crecen de otra forma? —Si sus padres habían muerto asesinados hacía casi cincuenta años, no podían ser muy pequeños.

—Ah, algunos crecen como vos y pueden reproducirse como conejos, pero hay otros tipos, como yo, como los altos fae, que casi no podemos producir descendencia. Y los que nacen crecen con mayor lentitud. Todos nos quedamos muy impresionados cuando mi hermana concibió al segundo solamente cinco años después del primero; el mayor no iba a llegar a adulto hasta que tuviera setenta y cinco años. Pero son tan raros…, todos nuestros chicos son raros, y son más preciosos para nosotros que las joyas y el oro. —Apretó la mandíbula de una manera que me dio a entender que eso era todo lo que iba a sacarle.

—No he querido cuestionar vuestra dedicación por ellos —dije con calma. Cuando ella no me contestó, agregué—: Entiendo lo que estáis diciendo… sobre hacer cualquier cosa por ellos.

Los labios de Alis se afinaron y dijo:

—La próxima vez que el tonto de Lucien os dé un consejo sobre la forma de atrapar al suriel, venid a verme a mí. Pollos muertos…, mierda, qué estupidez. Lo único que teníais que hacer era ofrecerle una túnica nueva y se hubiera arrastrado a vuestros pies.

Para cuando llegué al comedor había dejado de temblar y sentía que algún tipo de tibieza me volvía a correr por las venas. Fuera Tamlin o no un alto lord de Prythian, no pensaba mostrar miedo…, no después de lo que había vivido ese día.

Lucien y Tamlin me esperaban en la mesa.

—Buenas noches —dije, y me acerqué a mi lugar de siempre. Lucien inclinó la cabeza como si me hiciera una pregunta en silencio y yo moví la cabeza, saludándolo sutilmente mientras me sentaba. Su secreto estaba seguro, aunque se merecía una buena zurra por haberme mandado a por el suriel tan mal preparada.

Él se encogió un poco en la silla.

—He sabido que has tenido una tarde bastante emocionante. Ojalá hubiera estado ahí para ayudar.

Una disculpa escondida, tal vez no sentida del todo, pero volví a hacerle un gesto con la cabeza.

—Bueno, a pesar de tu tarde infernal, estás hermosa —dijo con despreocupación forzada.

Resoplé. Nunca había sido hermosa, nunca, ni un solo día de mi vida.

—Pensé que los inmortales no mentían.

Tamlin se ahogó con el vino, pero Lucien me sonrió; su cicatriz se veía brutal y cruda.

—¿Quién te dijo semejante cosa?

—Todos lo saben —respondí mientras me servía comida en el plato y empezaba a dudar de todo lo que me habían dicho hasta ese momento, de todo lo que yo había aceptado como verdadero.

Lucien se reclinó en la silla sonriendo con alegría felina.

—Claro que mentimos. Para nosotros, mentir es un arte. Y mentimos cuando les dijimos a esos antiguos mortales que no podíamos hablar sin decir la verdad. ¿De qué otra forma íbamos a conseguir que confiaran en nosotros e hicieran lo que nosotros queríamos?

La boca se me convirtió en una línea fina, tensa. Estaba diciendo la verdad, porque si mentía… La lógica del asunto hizo que la cabeza me diera vueltas.

—¿El hierro? —me las arreglé para decir.

—No nos hace absolutamente nada. Solo el fresno, como tú bien sabes.

Sentí el calor de la sangre en la cara. Había tomado todo lo que me habían dicho como una verdad. Tal vez el suriel también había mentido esa tarde, con esa larga explicación sobre la política en los reinos de los inmortales. Sobre quedarme con el alto lord para que todo se corrigiera al final.

Miré a Tamlin. Alto lord. Eso no era mentira…, sentía esa verdad en los huesos. Aunque él no actuara como los altos lores de la leyenda, esos lores que sacrificaban a vírgenes y masacraban a seres humanos cuando se les ocurría. No…, Tamlin era exactamente como habían descrito las maravillas y comodidades de Prythian los fanáticos hijos de los benditos con ojos de vaca.

—Aunque Lucien acaba de revelar uno de nuestros más preciados secretos —dijo Tamlin, arrojando la última palabra contra su compañero con un gruñido—, nunca usamos esa mala información contra ti. —Su mirada se encontró con la mía—. Nunca te mentimos de forma voluntaria.

Me las arreglé para asentir y tomé un largo trago de agua. Comí en silencio, tan ocupada tratando de descifrar cada palabra que había oído desde mi llegada que no noté cuando Lucien se disculpó por retirarse antes del postre. Me quedé sola con el ser más peligroso que había conocido.

Las paredes de la habitación se me caían encima.

—¿Te sientes… mejor? —Aunque tenía el mentón apoyado sobre el puño, la preocupación, y tal vez la sorpresa por esa preocupación, brillaban en sus ojos.

Yo tragué con fuerza.

—Si nunca vuelvo a encontrarme con un naga, voy a considerarme afortunada.

—¿Qué estabas haciendo en los bosques del oeste?

Verdad o mentira, verdad o mentira… Las dos.

—Una vez oí hablar de una leyenda que decía que hay una criatura que contesta preguntas si una es capaz de atraparla.

Tamlin se contuvo cuando las garras saltaron de la piel y le arañaron la cara. Pero las heridas se cerraron un instante después, dejando solamente una mancha de sangre que le corría sobre la piel dorada y que se limpió con el extremo la manga.

—Has ido a atrapar al suriel.

—He atrapado al suriel —lo corregí.

—¿Y te ha dicho lo que querías saber? —No estaba segura de que él estuviera respirando.

—Nos han interrumpido los naga antes de que pudiera decirme nada que valiera la pena.

Se le tensó la boca.

—Debería estar enfadado, pero creo que lo de hoy ha sido castigo suficiente. — Meneó la cabeza—. Realmente has atrapado al suriel. Una muchacha humana.

A pesar de mí misma los labios se me curvaron hacia arriba.

—¿Se supone que es difícil hacerlo?

Él soltó una risita, y después buscó algo en el bolsillo.

—Bueno, si tengo suerte, no voy a tener que atrapar al suriel para saber qué es lo que te preocupa. —Levantó la hoja con mi lista de palabras arrugada.

Mi corazón pareció desplazarse hacia el estómago.

—Es… —No conseguía pensar una mentira razonable… todo aquello era absurdo.

—¿Extraordinario? ¿Fila? ¿Masacre? ¿Flamas? —Tamlin estaba leyendo la lista. Yo querría replegarme sobre mí misma y morir. Palabras que no había reconocido en los libros y que ahora, cuando él las decía en voz alta, parecían tan simples, tan absurdamente fáciles—. ¿Es un poema sobre cómo vas a matarme y después quemar mi cuerpo?

Se me cerró la garganta y tuve que apretar las manos y convertirlas en puños para no esconder la cara detrás de ellas.

—Buenas noches —dije con un breve suspiro, y me puse de pie con las rodillas temblorosas.

Casi estaba en la puerta cuando él volvió a hablar.

—Los quieres muchísimo, ¿verdad?

Me volví a medias. Los ojos verdes se encontraron con los míos mientras él se levantaba de la silla para dirigirse hacia mí. Se detuvo a una distancia respetable.

La lista de palabras mal formadas seguía en su enorme mano.

—Me pregunto si tu familia se da cuenta —murmuró— de que todo lo que hiciste no fue por esa promesa a tu madre, o por ti misma, sino para ellos. —No dije nada, no confiaba en que mi voz mantuviera mi vergüenza bien escondida—. Sé que cuando lo he dicho antes… no ha sonado bien, pero puedo ayudarte a escribir…

—Dejadme sola —dije. Estaba casi al otro lado de la puerta cuando tropecé con algo…, con él. Retrocedí un paso, tambaleándome. Me había olvidado de la velocidad con la que el alto lord era capaz de moverse.

—No te estoy insultando. —Su voz tranquila lo hacía aún peor.

—No necesito vuestra ayuda.

—Eso está muy claro —dijo él con una sonrisa a medias que pronto se desvaneció—. Una humana que puede matar a un inmortal escondido en la piel de un lobo, una humana que ha atrapado al suriel y ha matado a dos naga sin ayuda… —Se ahogó en una risa y meneó la cabeza. La luz de la luna bailó sobre su máscara—. Son tontos. Tontos…, no se dan cuenta. —Hizo una mueca de dolor. Pero los ojos no escondían nada—. Toma —dijo, y me tendió la lista de palabras.

La metí en mi bolsillo. Me di la vuelta, pero él me tomó del brazo con suavidad.

—Renunciaste a tanto por ellos… —Levantó la otra mano como para apartarme un mechón de pelo de la mejilla. Me preparé para el roce, pero él bajó la mano antes de establecer contacto—. ¿Sabes cómo se hace para reír?

Sacudí el brazo para que me soltara y no pude contener mis palabras de enfado. A la mierda con el alto lord.

—No quiero vuestra lástima.

Los ojos de jade estaban tan brillantes que no pude desviar la mirada.

—¿Y no quieres un amigo?

—¿Los inmortales pueden ser amigos de los humanos?

—Hace quinientos años hubo suficientes inmortales tan amigos de los humanos que fueron a la guerra por ellos.

—¿Qué? —Yo nunca había oído nada semejante. Y no estaba en el mural del estudio.

—¿Cómo crees que sobrevivieron tanto tiempo los ejércitos humanos? ¿Cómo crees que les hicieron el daño suficiente a los inmortales, un daño que los forzó a firmar un tratado? ¿Solo con flechas de fresno? Hubo inmortales que pelearon y murieron al lado de los humanos, por la libertad de los humanos, y que lloraron cuando la única solución fue separar a los dos pueblos.

—¿Fuisteis uno de ellos?

—Era pequeño entonces, demasiado joven para entender lo que estaba pasando… o para que me lo contasen —dijo él. Era un chico, solo un chico. Es decir que ahora tenía…—. Pero si hubiera tenido la edad necesaria lo habría hecho. Contra la esclavitud, contra la tiranía, habría ido a la muerte con ganas, y no me hubiera importado que la libertad por la que peleaba fuera humana.

No estaba segura de que yo hubiera sido capaz de hacer lo mismo. Mi prioridad habría sido proteger a mi familia… y habría elegido el lado que más útil fuera para mantenerlos con vida. No había pensado en eso como una debilidad, no hasta ese momento.

—No sé si te sirve de algo —dijo Tamlin—, pero tu familia sabe que estás bien. No tienen recuerdo de una bestia que entró a la fuerza en la choza; creen que te mandó llamar una tía muy rica y que habíais olvidado. Quería que la ayudaras en su lecho de muerte. Saben que estás viva y que tienes comida y que te cuidan. Pero también saben que hay rumores de… de una amenaza en Prythian, y están preparados para huir si ven alguna señal de advertencia alrededor del muro.

—Vos… ¿vos les alterasteis la memoria? —Di un paso atrás. Qué arrogancia tan típica de los inmortales, qué arrogancia inmortal la de cambiar las mentes de los humanos, implantarles pensamientos como si eso no fuera una violación…

—Solo les nublé la memoria; es como ponerles un velo por encima. Tenía miedo de que tu padre viniera a buscarte o persuadiera a algún aldeano de cruzar el muro con él y violara el tratado.

Y habrían muerto de todos modos cuando se cruzaran con cosas como el puca o el bogge o los naga. Una manta de silencio me cubrió la mente hasta que me sentí tan exhausta que casi no conseguía pensar. Pero no pude dejar de decir:

—Vos no lo conocéis. Mi padre nunca se habría molestado en hacer ninguna de esas cosas.

Tamlin me miró por un largo momento.

—Claro que lo hubiera hecho.

Pero no, no lo hubiera hecho, no con esa rodilla torcida. No con esa rodilla como excusa. Me di cuenta de eso en el mismo momento en que me fue arrancada la ilusión creada por el puca.

Alimentados, cómodos, seguros…, hasta los habían avisado sobre la plaga, entendieran o no la advertencia. Él tenía los ojos abiertos, sinceros. Había ido mucho más allá de lo que yo hubiera soñado para calmar mis ansiedades, mis preocupaciones.

—¿Realmente los avisasteis, sobre la posible amenaza? —Un movimiento grave de cabeza. «Sí».

—No fue una advertencia directa, pero… estaba entretejida en lo que introduje en esas mentes, junto con instrucciones para huir si aparecen señales de que algo anda mal.

Arrogancia inmortal, pero… pero había hecho más de lo que podía hacer yo. Tal vez mi familia habría ignorado mi carta por completo. Si hubiera sabido que él tenía esos poderes y no hubiese hecho lo que me acababa de contar, tal vez le habría pedido al alto lord que hiciera eso con las mentes de los míos… No tenía nada de que preocuparme, entonces, excepto por el hecho de que seguramente me olvidarían mucho más rápido de lo que yo esperaba. Y no era culpa de ellos, no. Una vez cumplida la promesa, la tarea completa… ¿Qué me quedaba?

La luz del fuego bailaba sobre la máscara del alto lord, entibiando el oro, haciendo brillar las esmeraldas. Tantos colores, tanta variación…, colores de los que yo desconocía el nombre, colores que quería catalogar y combinar. Colores que ahora ya no tenía por qué no explorar.

—Pintura —dije, apenas en un suspiro. Él inclinó la cabeza y yo tragué saliva y enderecé los hombros—. Si… si no es mucho pedir, me gustaría tener algo de pintura. Y pinceles.

Tamlin parpadeó.

—¿Te gusta…, te gusta el arte? ¿Pintas?

Sus palabras de perplejidad no eran severas. Tenían la amabilidad suficiente para que yo dijera:

—Sí, no soy… no soy buena, pero si no es demasiado problema… Pintaría fuera para no hacer desastres, pero…

—Fuera, dentro, en el techo, pinta donde quieras. No me importa —dijo él—. Pero si necesitas pinturas y pinceles, también vas a necesitar papel y tela.

—Puedo… puedo trabajar en la cocina o en los jardines para pagar por lo que use.

—Serías una molestia. Tal vez nos lleve unos días conseguir todo eso, pero las pinturas, los pinceles, la tela y el espacio son tuyos. Trabaja cuando quieras. La casa está demasiado limpia, de todos modos.

—Gracias…, quiero decir, en serio, gracias.

—No hay de qué. —Me di la vuelta para irme pero él volvió a hablar—: ¿Has visto la galería?

—¿Hay una galería en la casa? —pregunté abruptamente.

Él sonrió…, realmente sonrió, el alto lord de la Corte Primavera.

—Hice que la cerraran cuando heredé este lugar. —Había heredado un título que no parecía alegrarse por tener—. Parecía una pérdida de tiempo hacer que los sirvientes la limpiaran.

Era una decisión evidente para alguien entrenado como guerrero.

Siguió hablando:

—Mañana estoy ocupado y la galería necesita limpieza, así que… te la enseñaré dentro de dos días. —Se frotó el cuello. Había algo de color en sus mejillas…, más vivas y más cálidas de lo que yo las hubiera visto nunca—. Por favor…, sería un enorme placer para mí. —Y yo le creí.

Asentí mareada. Si las pinturas en los pasillos eran exquisitas, entonces las que hubieran seleccionado para la galería tenían que estar más allá de la imaginación humana.

—Me…, me gustaría mucho.

Él seguía sonriéndome, abiertamente, sin reprimirse, sin dudas. Isaac nunca me había sonreído así. Isaac nunca había hecho que se me cortase el aliento aunque fuera un instante.

Él seguía sonriéndome, abiertamente, sin reprimirse, sin dudas. Isaac nunca me había sonreído así. Isaac nunca había hecho que se me cortase el aliento aunque fuera un instante.

La sensación era tan sorprendente que me fui apretando el papel arrugado dentro del bolsillo, como si al hacerlo pudiera impedir que esa sonrisa llena de respuestas tirara de mí, llamándome.

Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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