Una corte de Rosas y Espinas | Capítulo 13

Portada - Yo te Miro

Una corte de Rosas y Espinas

Una corte de rosas y espinas I

«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»

Capítulo XIII

Una corte de Rosas y Espinas

Una corte de rosas y espinas I

Capítulo XIII…

Tamlin agitó la mano y cien velas saltaron a la vida. Era evidente que eso que había dicho Lucien sobre la magia —que se había secado y torcido por la plaga— no había afectado de forma tan dramática a Tamlin o, tal vez, si todavía era capaz de cambiar la forma de sus centinelas y transformarlos en lobos cuando quería, había sido mucho más poderoso antes. El olor metálico de la magia me rozó los sentidos, pero mantuve el mentón alto. Bueno, hasta que observé lo que había dentro.

Las palmas de las manos empezaron a sudarme cuando vi ese estudio enorme, opulento. Había tomos y tomos alineados en la pared como soldados de un ejército silencioso, y sillones, escritorios y alfombras gruesas tendidas por toda la habitación.

Hacía más de una semana que había abandonado a mi familia. Aunque mi padre me había dicho que no volviera, aunque mi promesa a mi madre se había cumplido, por lo menos tendría que hacerles saber que estaba sana y salva…, relativamente. Y mandarles una advertencia sobre la enfermedad que barría Prythian y que tal vez, algún día, pronto, atravesaría el muro.

Solo había un método para hacerlo.

—¿Necesitas algo más? —preguntó Tamlin, y me estremecí. Él seguía detrás de mí.

—No —dije, y entré en el estudio dando zancadas. No quería pensar en el poder que me había mostrado hacía un instante, en la gracia despreocupada con la que había dado la vida a tantas llamas. Era importante que pusiera toda la atención en la tarea que tenía por delante.

No era del todo culpa mía que apenas supiera leer. Antes de la ruina de mi padre, mi madre había descuidado completamente nuestra educación, no se había preocupado por tomar una institutriz. Y después de que nos golpeara la pobreza, y mis hermanas mayores, que ya leían y escribían, consideraran que la escuela de la aldea era poco para nosotras, tampoco se preocuparon por enseñarme. Yo leía apenas lo suficiente para funcionar…, lo suficiente para darles forma a las letras, pero tan mal que hasta firmar me avergonzaba.

Ya era bastante que Tamlin lo supiera. Pensaría en el modo de hacer llegar la carta a los míos cuando la hubiera terminado; tal vez podría pedirles un favor a él o a Lucien. Pedirles que escribieran por mí sería demasiado humillante. Ya imaginaba sus palabras: «Una humana típica, tan ignorante». Y como Lucien parecía convencido de que me convertiría en espía apenas pudiera, sin duda quemaría la carta y cualquier otra cosa que intentara escribir después. Así que tendría que aprender.

—Te dejo, entonces —dijo Tamlin cuando el silencio entre los dos se volvió demasiado largo, demasiado tenso.

No me moví hasta que él cerró las puertas y me dejó dentro. Sentí latir mi corazón en todo el cuerpo cuando me acerqué a un escritorio.

Tuve que hacer un intermedio para la cena y para dormir, pero estuve de vuelta en el estudio antes de que hubiera salido del todo el sol. Descubrí un pequeño escritorio en un rincón y busqué papel y tinta. Reseguí una línea de texto con el dedo y susurré las palabras allí escritas.

—«Ella… ella tomó, tomó el zapato…, de pie… en su po… pos…».

Me senté en la silla y me apreté los ojos con las manos. Cuando sentí que estaba más calmada, cogí el pergamino y subrayé la palabra: «posición».

Con mano temblorosa, hice lo que pude para añadir letra tras letra a la lista cada vez más larga que tenía junto al libro. Había por lo menos cuarenta palabras, con las letras malformadas y casi ilegibles. Después me preocuparía por la pronunciación.

Me puse de pie: tenía que estirar las piernas, la espalda… o escaparme de la larga lista de palabras que no sabía pronunciar y del calor permanente que me entibiaba la cara y el cuello.

Supongo que el estudio era sobre todo una biblioteca: no se veían las paredes, ocultas detrás de los pequeños laberintos de pilas de libros que rodeaban el área principal. Había un entrepiso arriba, cubierto de libros de pared a pared. Pero «estudio» sonaba menos intimidante. Caminé en zigzag a través de algunas de las pilas, siguiendo un rayo de luz hasta las ventanas que estaban en el otro extremo de la habitación. Me descubrí mirando un jardín de rosas, con docenas de tonos rosados, púrpuras, blancos y amarillos.

Tal vez me habría permitido un momento para admirar los colores, brillantes de rocío bajo el sol de la mañana, si no hubiera visto la pintura a lo largo de la pared junto a las ventanas.

No era una pintura, pensé, parpadeando mientras retrocedía para ver desde más lejos la enorme extensión. No, era un… Busqué la palabra en esa parte medio olvidada de mi mente. Un mural. Eso era.

Al principio no conseguí hacer nada que no fuera mirar con fijeza el tamaño, la ambición, el hecho de que esa obra de arte estuviera en ese lugar donde nadie podía verla, como si crear algo así no significara nada…, absolutamente nada.

El mural contaba una historia usando la forma en que fluían los colores, las formas y la luz, la forma en que cambiaba su intensidad a lo largo del mural. La historia de…, sí, la historia de Prythian.

Empezaba con un caldero.

Un enorme caldero negro sostenido por manos delicadas, brillantes, femeninas, sobre una noche infinita, estrellada. Esas manos lo volcaron; el líquido brillante, lleno de chispas doradas se derramó por encima del borde. No, no eran chispas…, era una efervescencia de pequeños símbolos, tal vez en algún antiguo lenguaje de los inmortales. Fuera lo que fuese esa escritura, el contenido del caldero cayó al vacío más abajo y formó una laguna en la tierra y así se creó nuestro mundo…

El mapa abarcaba todo nuestro mundo…, no solo la tierra en la que estábamos sino también los mares y los enormes continentes que había más allá. Cada territorio estaba marcado y coloreado, algunos con pinturas intrincadas y ornamentadas con los seres que habían reinado alguna vez sobre tierras que ahora pertenecían a los humanos. Todo, recordé con un escalofrío, todo el mundo había sido de ellos…, por lo menos eso era lo que ellos creían, un mundo fabricado para ellos por la figura femenina que sostenía el caldero. No había mención de los humanos, ninguna señal de nosotros. Supuse que para ellos habíamos sido menos que cerdos.

Era difícil mirar el siguiente panel. Era tan simple y al mismo tiempo tan detallado que me quedé ahí, de pie, durante un momento, metida en ese campo de batalla, y sentí la textura del barro ensangrentado más abajo, hombro con hombro con los miles de otros soldados humanos que se alineaban frente a las hordas de inmortales que nos atacaban. Una pausa antes de la matanza.

Las flechas y espadas humanas parecían inútiles contra los altos fae en sus armaduras brillantes o los inmortales inferiores erizados de garras y colmillos. Sabía —sin que me lo mostrase ningún panel explícito— que los humanos no habían sobrevivido a esa batalla. La mancha negra sobre el panel siguiente, iluminada con brillos rojos, era suficientemente expresiva.

Después otro mapa: un reino de inmortales mucho más reducido. Los territorios norteños se habían diseccionado y dividido para hacer sitio a los altos fae que habían perdido sus tierras al sur del muro. Todo lo que quedaba al norte del muro era para ellos; todo lo que estaba al sur era una mancha desierta. Un mundo destrozado, olvidado…, como si el pintor no quisiera molestarse en representarlo.

Miré con cuidado varias tierras y territorios que ahora pertenecían a los altos fae. Tanto territorio todavía…, tanto poder monstruoso esparcido por el norte de nuestro mundo. Sabía que estaban regidos por reyes o reinas o consejos o emperatrices, pero nunca había visto una representación de eso, de lo mucho que habían tenido que ceder al sur, de lo apretadas que estaban ahora sus tierras.

En comparación, a Prythian le había ido bien en nuestra enorme isla: solo el extremo final para los miserables humanos. La mayor parte del sacrificio la habían hecho los estados que quedaban más al sur, lugares que la pintura representaba con plantas de azafrán, ovejas y rosas. Tierras de primavera.

Me acerqué hasta que vi la mancha oscura, horrible, que representaba el muro: otro toque de desprecio por parte del pintor. No había ninguna figura en los reinos humanos, nada que indicara ninguno de los grandes centros o ciudades, pero… descubrí la zona aproximada en la que estaba nuestra aldea y los bosques que la separaban del muro. Esos dos días de viaje parecían tan pequeños si se los comparaba con el poder que acechaba por encima de nosotros, en el norte… Tracé una línea, el dedo suspendido sobre la pintura, hacia arriba, en la pared, hacia estas tierras, las tierras de la Corte Primavera. Ahí tampoco había marcas, pero la tierra estaba sembrada con toques de primavera: árboles florecidos, tormentas pasajeras, animales recién nacidos… Por lo menos pasaría mis días en una de las cortes más moderadas en cuanto al clima. Un pequeño consuelo.

Miré al norte y retrocedí de nuevo. Las otras seis cortes de Prythian ocupaban un rompecabezas de territorios. Otoño, Verano e Invierno eran fáciles de distinguir. Por encima, dos cortes brillantes: la del sur, una paleta más suave, más rojo, la Corte Amanecer; por encima, brillantes dorados, amarillos y azules, la Corte Día. Y más arriba, posada sobre una cadena congelada de montañas de oscuridad y estrellas, el territorio expandido, enorme, de la Corte Noche.

Había cosas en las sombras que habitaban esas montañas…, ojos diminutos, dientes brillantes. Una tierra de belleza letal. Se me erizó el vello de los brazos.

Tal vez debería haber examinado los otros reinos, los que quedaban al otro lado del mar que rodeaba nuestra tierra. Por ejemplo, el reino inmortal aislado que quedaba al oeste, un reino que no parecía haber perdido territorio alguno y seguía siendo el mismo, pero en ese momento miré el corazón de ese mapa hermoso, viviente.

En el centro, como si fuera el núcleo a partir del cual se había expandido todo, o tal vez el lugar que había tocado primero el líquido caído del caldero, había una pequeña cadena de montañas nevadas. En medio de las cuales se erguía un enorme pico solitario. Sin nieve, sin vida…, como si los elementos se negasen a tocarlo. No había otras claves sobre su esencia; nada que indicara su importancia, y pensé que se suponía que los espectadores sabían lo que era. Ese no era un mural destinado a ojos humanos.

Con esa idea volví a mi escritorio. Por lo menos ahora sabía cómo eran aquellas tierras, y sabía que nunca, nunca debía ir hacia el norte.

Me volví a sentar y busqué mi lugar en el libro, el rostro caliente frente a las ilustraciones que aparecían cada tanto. Un libro para chicos y, sin embargo, yo no conseguía terminar sus veinte páginas. ¿Por qué tenía Tamlin libros para chicos en esta biblioteca? ¿Eran de su propia infancia o para futuros chicos que llegarían alguna vez? No importaba. Yo no lograba leerlos. Odiaba el olor de esos libros, la podredumbre de las páginas, el susurro burlón del papel, el cuero áspero de la cubierta. Miré la hoja y todas las palabras que no conocía.

Apreté la lista en la mano, transformando el papel en una bola, y lo hundí en la papelera.

—Podría ayudarte a escribirles, si esa es la razón por la que estás aquí. —Salté hacia atrás en el asiento, casi lo derribé y giré en redondo. Ahí estaba Tamlin, detrás de mí, con una pila de libros en las manos. Empujé el asiento y me puse de pie, las mejillas y las orejas rojas… ¿Qué información creería él que iba a enviar? La idea me dio pánico.

—¿Ayudarme? ¿Queréis decir que un inmortal está dejando pasar la oportunidad de burlarse de una mortal ignorante?

Puso los libros sobre la mesa. Tenía la mandíbula tensa. Yo no conseguía leer los títulos que brillaban sobre los lomos de cuero.

—¿Por qué iba a burlarme por un defecto que no es tu culpa? Deja que te ayude. Te debo algo por el vendaje de la mano.

Defecto. Sí, cierto, era un defecto.

Y sin embargo, una cosa era vendarle la mano, hablar con él como si no fuera un predador creado para matar y destruir, y otra revelar lo poco que yo sabía, dejarle ver esa parte de mí que era todavía una niña, sin terminar, en bruto… Su cara era inescrutable. Aunque no había lástima en su voz, me enderecé orgullosa.

—Me las arreglo bien sola.

—¿Crees que no tengo nada mejor que hacer que perder el tiempo pensando formas elaboradas de humillarte?

Me acordé de la mancha de nada que había usado el pintor para representar las tierras humanas y no encontré una respuesta, por lo menos no una que fuera lo suficientemente amable. Ya había cedido demasiado… frente a todos ellos, frente a él.

Tamlin negó con la cabeza.

—¿Así que dejaste que Lucien te llevara a cazar, pero…?

—Lucien —lo interrumpí con tranquilidad, pero no con voz suave— no finge ser lo que no es.

—¿Qué significa eso? —gruñó él, pero las garras siguieron retraídas aunque él cerró las manos y las convirtió en puños a los costados del cuerpo.

Estaba caminando por una línea definitivamente peligrosa, pero no me importaba. Aunque él me estuviera ofreciendo su ayuda, yo no iba a caer a sus pies.

—Significa —dije con la misma frialdad— que yo no os conozco. No sé quién sois, o lo que sois, o lo que queréis.

—Significa que no confías en mí.

—¿Cómo voy a confiar en un inmortal? ¿Acaso no disfrutáis matándonos y engañándonos?

Las palabras furiosas de su respuesta hicieron temblar las llamas de las velas:

—No eres lo que yo esperaba en un humano, eso te lo aseguro.

Casi sentí la profunda herida en mi pecho cuando se partió y salieron todas esas palabras horribles, silenciosas: «analfabeta», «ignorante», «insignificante», «orgullosa», «fría»…, todas en boca de Nesta, como un eco de su voz burlona en mi cabeza.

Apreté los labios con fuerza.

Él hizo una mueca y levantó un poco una mano, como si fuera a tocarme.

—Feyre… —empezó a decir, y su voz fue tan suave que hizo que yo meneara la cabeza y abandonara la habitación. Él no me detuvo.

Pero esa tarde, cuando fui a recuperar la lista que había tirado en la papelera, ya no estaba allí. Y mi pila de libros parecía distinta, los títulos estaban en otro orden. Tal vez algún sirviente los había cambiado, pensé para calmar la tensión que sentía en el pecho. Alis o alguno de los otros que limpiaban con máscaras de pájaros. Yo no había escrito nada que me incriminara, no había forma de que él supiera que yo había querido advertir a mi familia. Dudaba que me castigara por eso, pero… la conversación que habíamos tenido ya había sido lo suficientemente mala.

Sin embargo, me temblaban las manos cuando me senté al escritorio y busqué el lugar exacto en que había dejado el libro esa mañana. Sabía que era una vergüenza marcar los libros con tinta, pero si Tamlin podía permitirse comer en platos de oro, también podría reemplazar uno o dos libros.

Miré sin ver el amontonamiento de letras.

Tal vez era una tonta por no aceptar su ayuda, por no tragarme el orgullo y pedirle que escribiera la carta. Ni siquiera era una carta de advertencia, solo…, solo para hacerles saber que estaba bien. Si él tenía otras cosas que hacer con su tiempo, si no perdía el tiempo buscando formas de avergonzarme, entonces seguramente tenía mejores cosas que hacer que ayudarme a escribir cartas a mi familia. Y sin embargo, me lo había ofrecido.

Oí sonar la hora en un reloj cercano.

Defecto…, otro de mis defectos. Me froté las cejas con el pulgar y el índice. También había sido tonta al sentir un poco de lástima por él, por el inmortal solitario, pensativo, por alguien que, había pensado yo como una estúpida, realmente se interesaría si conocía a otra persona que tal vez sentía lo mismo, que tal vez entendía lo que era cargar con el peso de cuidar a otros, aunque lo entendiera en la forma ignorante, insignificante en que podían hacerlo los humanos. Debería haberlo dejado sangrar esa noche, debería haberme dado cuenta de que era tonto creer…, era tonto creer que tal vez…, tal vez habría alguien, humano o inmortal o cualquier otra cosa que entendería eso en lo que se había transformado mi vida, en lo que yo me había transformado en los últimos años.

Pasó un minuto, después otro.

Tal vez los inmortales no pudieran mentir, pero sí que podían escamotear la información; Tamlin, Lucien y Alis habían hecho lo posible por no contestar a mis preguntas específicas. Saber más sobre la plaga que los amenazaba, saber cualquier cosa sobre esa plaga, de dónde procedía, qué era capaz de hacer, sobre todo a un ser humano…

Y si había alguna posibilidad de que ellos tuvieran también algún tipo de conocimiento acerca de encontrar una salida para escapar a las exigencias del maldito tratado, si sabían una forma en la que pudiera pagar la deuda que había adquirido y volver con mi familia y advertirles sobre la plaga en persona…, entonces tenía que arriesgarme.

Veinte minutos más tarde fui a ver a Lucien a su dormitorio. Había marcado en mi mapa el lugar donde estaba su habitación —en un ala separada del segundo piso, bien lejos de la mía— y después de buscarlo en los lugares de siempre, pensé que estaría allí. Golpeé con los nudillos la puerta doble pintada de blanco.

—Entra, humana. —Seguramente él me detectaba por mi respiración. O tal vez ese ojo suyo veía a través de la puerta.

Traspasé el umbral. La habitación era muy parecida a la mía en cuanto a forma, pero estaba pintada en tonos de naranja, rojo y oro, con algunos leves toques de verde y marrón. Era como estar en un bosque otoñal. Y mientras mi habitación era toda suavidad y gracia, la suya estaba marcada por la aspereza. En lugar de la bonita mesa de desayuno junto a la ventana, dominaba el espacio una mesa de trabajo muy gastada, y encima de ella había varias armas. Ahí estaba él, sentado, vestido con una camisa blanca y pantalones, el pelo rojo sin atar, brillante como fuego líquido. El emisario de Tamlin, entrenado para la corte, pero también guerrero por derecho propio.

—No os he encontrado por la casa —dije, cerrando la puerta y apoyando la espalda en ella.

—Tuve que ir a poner orden en algunos exaltados en la frontera del norte, asuntos oficiales como emisario —dijo él, guardando el cuchillo de caza que había estado limpiando, una hoja terrible, larga—. Volví a tiempo para oír tu discusión con Tam y decidí que aquí arriba iba a estar más seguro. Me alegró saber que tu corazón humano se había entibiado un poco con respecto a mí, eso sí. Por lo menos no soy el primero en tu lista de futuros asesinatos.

Lo miré largamente.

—Bueno —siguió él, encogiéndose de hombros—, parece que te las arreglaste para meterte bajo la piel de Tam, tanto que él me buscó y casi me arrancó la cabeza de un mordisco. Así que supongo que tengo que darte las gracias por arruinar lo que debería haber sido un almuerzo pacífico. Por suerte para mí, había un problema en los bosques del oeste y mi pobre amigo tuvo que ir a encargarse de eso como solo él sabe hacerlo. Me sorprende que no te lo encontraras en la escalera.

Gracias a los dioses olvidados por las pequeñas alegrías.

—¿Qué tipo de problema?

Lucien se encogió de hombros, pero el movimiento fue demasiado tenso para tratarse del gesto de alguien que se desentiende del asunto.

—Lo de siempre: criaturas no queridas, criaturas horrendas que hacen desastres.

Bien…, era estupendo que Tamlin estuviera lejos y no pudiera volver para pillarme en lo que yo estaba a punto de hacer. Otra vez tenía un poco de suerte.

—Me impresiona que me hayáis contestado todo eso —dije con el tono más desenfadado que pude, pensando bien mis palabras—. Pero por desgracia no sois como el suriel, que me vomitaría toda la información que le exigiera si yo fuera lo bastante inteligente y lo atrapara.

Por un momento, él me miró y parpadeó. Después, hizo una mueca con la boca y su ojo de metal zumbó y se entrecerró para mí.

—Supongo que no vas a explicarme lo que quieres decir con eso.

—Vos tenéis vuestros secretos y yo tengo los míos —dije con cuidado. No conseguía predecir qué pasaría si yo le contaba lo que iba a hacer. ¿Trataría él de convencerme de que no lo hiciera?—. Pero si fuerais un suriel —agregué con deliberada lentitud, por si él no lo había entendido del todo—, ¿qué tendría que hacer para atraparos?

Lucien apoyó el cuchillo y se miró las uñas. Durante un momento me pregunté si me diría algo o no. Me pregunté si se iría directamente a ver a Tamlin y se lo contaría todo.

Y entonces él dijo:

—Supongo que yo tendría una debilidad por los bosquecitos de abedules en los bosques occidentales y por los pollos que acaban de morir, y probablemente sería tan glotón que no vería los lazos dobles preparados en el bosque para atraparme por las patas.

—Mmm. —No me atreví a preguntar por qué había decidido contestarme. Todavía había una posibilidad bastante grande de que su mayor deseo fuera verme muerta, pero decidí arriesgarme—. Creo que os prefiero como alto fae.

Él me dedicó una sonrisa, pero la diversión le duró poco.

—Pero si yo fuera tan loco y estúpido para perseguir a un suriel, también llevaría un arco y una flecha y tal vez un cuchillo como este. —Metió en la vaina el cuchillo que acababa de limpiar y lo puso en el borde de la mesa, como si me lo ofreciera—. Y estaría preparado para correr lo más rápido posible cuando lo soltase…, hasta el agua corriente más cercana, porque odian cruzar ese tipo de agua.

—Pero vos no estáis loco, así que vais quedaros aquí, ¿no es cierto? Sano y salvo.

—Voy a estar cazando, y con mi oído superior tal vez me sienta lo suficientemente generoso como para escuchar si alguien grita en los bosques occidentales. Pero es bueno que yo no haya tenido la idea de decirte que salieras hoy, porque Tam le sacaría las tripas a cualquiera que te dijera cómo atrapar un suriel, y es bueno que yo haya hecho planes para cazar de todos modos, porque si alguien me descubre ayudándote, habría todo un infierno de problemas esperándonos. Confío en que tus secretos valgan la pena. —Lo dijo con la sonrisa de siempre, pero había una tensión en el gesto, una advertencia que no me pasó desapercibida.

Otro enigma y otro poquito de información.

—Es bueno que vos tengáis un oído superior y que yo tenga una habilidad superior para mantener la boca cerrada.

Soltó un resoplido mientras yo cogía el cuchillo de la mesa y me daba la vuelta para ir a buscar el arco a mi habitación.

—Creo que estás empezando a gustarme… para ser una humana asesina.

Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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