
Pequeñas Cosas
«A veces, lo que cambia tu vida empieza con algo pequeño.»
Ana F. Malory
Capítulo III
Pequeñas Cosas
Capítulo III…
El resto de la tarde la pasaron juntas en la sala de estar, charlando mientras veían una película de los años noventa, dirigida por Martin Scorsese, que la señora Kolb se sabía casi de memoria. Cuando el film terminó, Esther salió a recoger a las gallinas en el corral antes de regresar a la cocina para terminar de organizar la cena. Mientras tanto, Diana se encargó de poner la mesa.
—¿Te ayudo con algo más?
Era una pésima cocinera, pero le sobraba disposición para hacer de pinche.
—No hace falta, está todo listo.
—Entonces, subiré a cambiarme. Quiero estar presentable para conocer a tu Ethan.
—No es mi… —se interrumpió al comprobar que su nieta ya se había marchado.
Sacudió la cabeza al tiempo que una sonrisa se perfilaba en sus labios, convencida de que Diana se había formado una idea equivocada sobre su empleado. Estaba deseando ver su cara cuando lo tuviera delante.
En el dormitorio, de pie ante el pequeño armario que acababa de abrir de par en par, Diana intentaba elegir, entre las prendas que había llevado consigo, las más adecuadas para la ocasión. Suerte que no se trataba de una reunión formal, pensó mientras contemplaba la ropa que colgaba de las perchas, toda cómoda y sencilla. Cogió la única camisa que había metido en la maleta, blanca con unos pequeños cuadros de color rojo, y una falda vaquera que ni siquiera recordaba haber incluido en el equipaje. Se vistió sin darle más vueltas y se recogió el cabello hacia atrás con una coleta trenzada. Sonrió al repasar su aspecto en el espejo. Un outfit muy apropiado para cenar con un vaquero, solo le faltaban las botas camperas, pensó divertida mientras se calzaba las deportivas.
—¿Se puede? —preguntó una voz masculina en el piso inferior justo cuando ella salía de la habitación.
—Pasa, hijo —lo recibió su abuela.
Había llegado el momento de saciar su curiosidad.
—He traído unas botellas de vino.
—No tenías que haberte molestado, aunque será el maridaje perfecto para la carne que acabo de sacar del horno. Y aquí está mi nieta —anunció Esther al reparar en su presencia.
Ethan, siguiendo la mirada de la mujer, se volvió hacia la escalera y sus ojos se toparon con los de la joven. Casi al instante, un destello de reconocimiento centelleó en las pupilas de ambos.
—Volvemos a encontrarnos —la saludó risueño.
—¡¿Tú eres Ethan?!
Él se lo confirmó con un leve cabeceo.
—¿Os conocéis? —preguntó Esther, sorprendida.
—Hemos… coincidido esta mañana en el pueblo —respondió el vaquero con una mueca de aspecto socarrón en los labios.
Diana no pudo contener la risa al escucharlo.
—¿Qué me estoy perdiendo? —quiso saber la dueña del rancho, intrigada.
De camino a la cocina, fue su nieta quien le explicó lo ocurrido frente a la librería horas atrás.
—Pues sí que ibas distraída, porque al muchachote se le ve bien —se
carcajeó la señora Kolb mientras colocaba la bandeja de la carne en el centro de la mesa.
—Tienes razón, lo estaba o no habría podido dejar de fijarme en él — reconoció, enganchada a la sonrisa que en ese instante adornaba los masculinos labios del hombre que, sentado frente a ella, descorchaba una botella de vino para llenar después las copas—. Ser siempre el centro de atención debe resultar horrible —reflexionó en voz alta sin darse cuenta.
—¡Diana! —la reprendió su abuela.
—Bastante —confesó Ethan, en absoluto ofendido por su falta de tacto —, pero terminas por acostumbrarte —añadió, buscando sus ojos.
Los tenía de un fascinante color verde y su mirada era tan limpia que resultaba hipnótica.
—Empezad a comer antes de que se enfríe —les advirtió Esther, sin notar que los otros dos se miraban.
—¡Qué buena pinta tiene todo! —comentó Diana antes incluso de posar la vista sobre el contenido de las fuentes.
—Y huele de maravilla —añadió su invitado sonriéndole con la mirada.
—Mejor sabrá —sentenció la cocinera. Se hizo con el cucharón y ella misma, con la energía que la caracterizaba, les servía la cena.
—¡Mmm! —ronroneó Diana apenas saboreó el primer bocado—. Deliciosa —confirmó antes de llevarse otro pedazo de carne a la boca.
Los tres guardaron silencio durante unos instantes, después, entre bocados y sorbos de vino, retomaron la charla, los comentarios jocosos y las risas.
—Por esta noche ya he bebido suficiente —alegó la señora Kolb un buen rato después, cuando Ethan quiso rellenar su copa.
Diana, sin embargo, le tendió la suya.
—Es excelente —opinó, mirando a su compañero de mesa, tras volver a saborear el caldo.
—El mérito no es mío. Me dejé aconsejar, porque no entiendo de vinos —confesó y, sin dejar de mirarla, también tomó un trago.
Diana, acalorada, supuso que por el alcohol ingerido, bajó la vista al plato que tenía ante ella y en el que, se dio cuenta, ya no quedaba ni rastro de la tarta que su abuela había horneado esa mañana.
—Si continúas dándome de comer de esta manera, no tendré ropa que ponerme cuando regrese a Boston.
—Pues no te vendría mal ganar unos kilos; estás demasiado delgada — manifestó su abuela.
—No es cierto, estoy en mi peso —rebatió al tiempo que se ponía en pie para dejar el plato en el fregadero.
Ethan, aunque con discreción, no pudo evitar repasarla de arriba abajo con la mirada. Tenía un cuerpo espectacular, evaluó mientras sus ojos se deslizaban sobre la suave curva de sus caderas antes de bajar hacia las torneadas pantorrillas.
—¿Os apetece un café? —les preguntó Diana por encima del hombro.
—Sí, por favor —le respondió él.
—Gracias, pero no —rechazó Esther el ofrecimiento, incorporándose —. Y aunque me es muy grata vuestra compañía, en cuanto recoja todo esto, me voy a la cama.
—Yo me encargo, tú ya has hecho suficiente por hoy —manifestó Diana, dejando sobre la mesa uno de los cafés que acaba de servir.
—Entonces, hasta mañana. —La mujer posó una mano sobre el hombro de Ethan para impedir que se levantara—. Quédate dónde estás y tómate el café con calma.
—Que descanses, abuela.
—Buenas noches, y gracias por la cena, Esther. Estaba todo delicioso, como siempre.
La señora Kolb les dedicó una sonrisa antes de marcharse con un gesto de satisfacción en el rostro.
Diana, apoyada contra la encimera, se llevó la taza a los labios y bebió un buen trago antes de posarla de nuevo sobre la superficie de mármol.
—Si no te importa, meteré los platos en el lavavajillas mientras nos acabamos el café.
—Te echaré una mano. —Se incorporó de inmediato, y se acercó al fregadero antes de que pudiera rechazar su ayuda—. Yo les quito los restos de comida y tú los metes en la máquina.
A Diana, la sonrisa con la que adornó su propuesta le resultó irresistible y no pudo evitar devolvérsela.
—De acuerdo, entre los dos terminaremos antes. Sin añadir nada más, se pusieron a trabajar. Diez minutos después, con la cocina ya recogida, recuperaron sus tazas, apuraron el contenido y las colocaron en la bandeja superior del lavavajillas.
—Listo —sentenció Diana al cerrar la puerta del electrodoméstico, dando así por finalizada la tarea—. Formamos un buen equipo.
—El trabajo en cadena siempre funciona —comentó risueño, aunque consciente de que había llegado la hora de marcharse.
—¿Te apetece dar un paseo? He cenado tanto que necesito moverme o no pegaré ojo en toda la noche —sintió la necesidad de justificar su proposición.
—Tampoco me vendría mal caminar un rato antes de irme a la cama —aceptó encantado de poder alargar la velada.
Con un gesto de la mano, que a Diana le resultó tan caballeroso como divertido, por lo anticuado, la invitó a salir de la cocina antes que él.
Fuera, la temperatura era agradable y la luna brillaba sobre un cielo plagado de estrellas. Despacio y en silencio, rodearon la casa, pasaron junto al huerto que Esther cuidaba con tanto mimo y continuaron hasta alcanzar la cerca que delimitaba la propiedad por aquel lado. Se detuvieron allí, como si lo hubieran acordado de antemano, y Diana, sin pensárselo dos veces, se encaramó como pudo sobre el palenque. Ethan no dudó en imitarla.
—Me encantaba venir aquí con mi padre para contemplar las estrellas —comentó ella con la vista perdida en el firmamento—. ¿No te parece un espectáculo precioso?
—Sí que lo es.
—En Boston, la contaminación lumínica impide ver las estrellas.
—Lo sé.
Lo miró.
—¿Conoces Boston?
Ethan sonrió divertido al detectar la incredulidad en su voz.
—¿Por qué te sorprende?
—No sé… Se te ve un hombre muy de campo.
El comentario de la joven le arrancó una carcajada.
—La gente del campo también viaja. Además, nací en Nueva York — le aclaró con la risa vibrando aún en la garganta.
—¡¿Bromeas?!
Negó con un gesto.
—¿Y cómo has terminado aquí? —Seguía sin dar crédito.
—Cuando tenía doce años, me enviaron a un campamento de verano en una granja y en aquel momento supe que quería dedicarme a esto.
—¿Hablas en serio?
Ethan asintió sin perder la sonrisa.
—Puedo entender a mi abuela, incluso a mi padre que creció aquí, pero alguien como tú, que se ha criado en la ciudad…
—Empecé a trabajar en un rancho a los diecisiete años —la interrumpió jocoso—. Llevo media vida entre ganado.
Aún sin saber su edad, Diana realizó un rápido calculo mental.
—Después de todo, acerté al decir que eres un hombre de campo — puntualizó ella con sorna.
—Supongo que sí. —Volvió a reír.
—¿Nunca te has planteado tener algo propio en lugar de trabajar por cuenta ajena?
—Esa es la idea —reconoció sin perder la sonrisa—, de hecho, poseo unas hectáreas de terreno en la zona, a las que… —Calló cuando una idea le cruzó mente—. ¿Sabes montar a caballo?
—No recuerdo cuándo lo hice por última vez.
—Pero has montado. —La vio asentir con escasa convicción—. ¿Te gustaría acompañarme mañana? —De un salto se bajó de la valla y se situó frente a ella—. Voy a llevar las reses de tu abuela a pastar a mis tierras —le explicó, deseando que aceptara.
Diana se lo pensó durante un instante.
—¿Por qué no? —Se animó, porque el tipo le caía bien.
—Entonces, será mejor que nos vayamos a dormir —le dijo mientras la cogía por la cintura y, sin darle tiempo para protestar, la bajaba del cercado—, que mañana hay que madrugar —añadió al soltarla.
—¿A qué llamas tú madrugar? —preguntó entornando los ojos con suspicacia.
—Bastará con que estés lista para las siete.
—¡¿De la madrugada?! —se escandalizó.
La risa de Ethan hizo vibrar el aire a su alrededor.
—De la mañana —le confirmó.
—¿Por qué tengo la sensación de que, aun así, me estás haciendo un favor?
Torció el gesto de una manera tan cómica que el vaquero volvió a estallar en carcajadas.
—Qué perspicaz —le dijo al abrir la marcha para acompañarla a casa.
Diana lo siguió con el esbozo de una sonrisa en los labios. Le caía bien el muchachote. Y le gustaba el sonido de su risa; también lo encontraba muy interesante físicamente, pensó repasándolo de arriba abajo con la mirada antes de darle alcance y situarse a su lado.
Unos minutos después, se despidieron en el porche con un simple buenas noches y una sonrisa en los labios.
Este libro es de la autora Ana F. Malory.
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