Mi Ardiente Suegra | Capítulo 2

Portada de la historia Mi Ardiente Suegra | Capítulo 2: María, mujer madura caminando por la orilla de la playa en un día soleado al atardecer. Lleva un bikini floreado de dos piezas con pareo ligero, sandalias de playa, sombrero de ala ancha y gafas de sol. Su figura es curvilínea, con caderas amplias, y su cabello rubio oscuro llega hasta los hombros. El mar y la arena iluminados por la luz cálida del atardecer crean un ambiente veraniego y relajado.

Mi Ardiente Suegra

«La tentación no me quitó lo que tenía… me obligó a elegir quién quería ser.»

Capítulo II

Mi Ardiente Suegra

Capítulo II…

El lunes siempre tenía el mismo ritmo.

Llegar temprano, café fuerte, revisar correos, abrir los archivos que se habían acumulado durante el fin de semana. Nada dramático, pero suficiente para que la mañana desapareciera rápido.

Mi oficina estaba en el séptimo piso de un edificio gris en el centro de la ciudad. Una empresa de ingeniería que se dedicaba principalmente a proyectos de infraestructura urbana: cálculos, presupuestos, informes técnicos.

Trabajo preciso.

Metódico.

Horas frente a documentos que exigían concentración constante.

Ese lunes no era diferente.

Tenía tres carpetas abiertas sobre el escritorio y una hoja de cálculo en la pantalla del computador. Revisaba números, ajustaba columnas, comparaba presupuestos de materiales.

Cifras.

Decimales.

Porcentajes.

Todo perfectamente ordenado.

Y aun así, mi mente no estaba completamente ahí.

No era distracción abierta. No era que dejara de trabajar. Simplemente había momentos en que la concentración se aflojaba unos segundos.

Entonces aparecía la misma escena.

La piscina.

María saliendo del agua.

Cerré uno de los archivos y me recosté un poco en la silla.

Apenas habían pasado dos días desde que regresamos del viaje. Sin embargo, la rutina ya había retomado su control sobre todo.

Lisa había salido temprano hacia su oficina. Yo también. Desayunamos rápido, casi sin hablar, cada uno pensando en sus pendientes del día.

Normalidad.

Eso era lo que se suponía que debía quedar del paseo.

Un recuerdo agradable.

Nada más.

Abrí nuevamente la hoja de cálculo.

Intenté concentrarme en los números.

Pero después de varios minutos leyendo la misma fila sin procesarla del todo, solté un suspiro corto y me froté los ojos.

Necesitaba despejar la cabeza.

Me levanté de la silla y caminé hacia la ventana de la oficina.

Desde el séptimo piso la ciudad parecía ordenada. Tráfico constante, edificios alineados, gente moviéndose con prisa entre semáforos. Un mundo funcional. Predecible.

Apoyé una mano en el vidrio y respiré hondo.

Y entonces, inevitablemente, el recuerdo volvió.

El traje de baño floreado. La tela húmeda marcando sus caderas cuando salió de la piscina.

No era una imagen exagerada. No había nada explícito en ella.

Solo la forma del cuerpo. Voluptuoso.

Esa era la palabra que me había venido a la mente ese día.

Voluptuoso.

María siempre había tenido ese tipo de figura. Pero nunca la había visto tan claramente como en la playa. Las reuniones familiares no daban ese tipo de perspectiva. Vestidos sueltos. Blusas amplias. Posturas sentadas alrededor de una mesa. La ropa cotidiana oculta muchas cosas.

El traje de baño, en cambio, no dejaba demasiado margen para la imaginación.

Caderas amplias. Piernas gruesas. Una cintura que todavía mantenía una curva marcada.

No era el cuerpo de una mujer joven. Pero tenía presencia. Peso. Algo sólido.

Me sorprendí reconstruyendo mentalmente la escena con más detalle del necesario.

El agua bajando por sus piernas. El movimiento de sus caderas cuando caminó hacia la silla para tomar la toalla.

Apoyé la frente contra el vidrio y cerré los ojos un momento.

Era absurdo.

Pero mi mente siguió avanzando. Sin pedir permiso.

Comparación.

El cerebro siempre compara. Es una reacción casi automática.

Lisa.

María.

Dos cuerpos completamente distintos.

Lisa era delgada. Siempre lo había sido. Caderas discretas. Piernas largas. Una figura más recta, más ligera. Elegante, incluso. Su cuerpo tenía la estética de la juventud: líneas finas, proporciones suaves.

María era lo contrario. Curvas pronunciadas. Caderas anchas. Muslos fuertes. Un busto más lleno. Glúteos más grandes.

Donde Lisa tenía líneas… María tenía volumen.

Donde Lisa tenía ligereza… María tenía peso.

Y de forma incómodamente evidente, la palabra apareció en mi cabeza.

Carne. Más carne. Más cuerpo. Más lugar donde agarrar.

Fruncí el ceño de inmediato.

Ese pensamiento me incomodó más que las imágenes anteriores. Porque no era solo observación. Era evaluación. Comparación directa.

Abrí los ojos y me separé de la ventana.

Esto estaba tomando una dirección innecesaria.

Volví al escritorio y me senté frente al computador otra vez.

Respiré hondo.

Trabajo. Eso era lo que tenía que hacer.

Abrí nuevamente el archivo de presupuesto.

Columnas. Números. Cálculos estructurales.

Durante varios minutos logré concentrarme de verdad. Mi mente volvió al terreno que conocía mejor: lógica, proporciones, datos concretos. Ahí no había espacio para distracciones.

Hasta que el teléfono vibró sobre el escritorio.

La pantalla mostró el nombre de Lisa.

Contesté.

—Hola.

Su voz sonó clara al otro lado de la línea.

—Hola amor, ¿Estás ocupado?

—Un poco, pero dime.

Escuché el sonido de teclados de fondo en su oficina.

Lisa trabajaba como contadora en una firma mediana. Su ambiente de trabajo siempre sonaba igual: teléfonos, teclados, conversaciones bajas.

—Mi papá está organizando algo para el sábado —dijo.

—¿Algo?

—Un asado.

Me acomodé en la silla.

—¿En su casa?

—Sí.

Escuché cómo pasaba una hoja de papel al otro lado de la línea.

—Dice que hace rato no juntamos a la familia para algo así.

—¿Cuánta gente?

—Sólo nosotros —respondió.

Asentí aunque ella no podía verlo.

—Suena bien.

—Pensé lo mismo.

Hubo un pequeño silencio antes de que agregara:

—Además mamá estaba entusiasmada.

Esa palabra activó algo inmediato en mi mente.

Mamá.

María.

La imagen de la piscina apareció otra vez con una claridad innecesaria.

Apoyé el codo en el escritorio.

—¿A qué hora sería?

—En la tarde. Como a las tres o cuatro.

Miré la agenda abierta al lado del teclado.

—No tengo nada ese día.

—¿Entonces sí vamos?

—Claro.

Lisa pareció satisfecha con la respuesta.

—Perfecto. Yo llevo una ensalada o algo así.

—Tu mamá igual va a cocinar medio mundo —dije.

Escuché su risa suave.

—Eso es inevitable.

Hubo otro pequeño silencio.

Luego su tono cambió ligeramente. Más ligero.

—Oye… el viaje estuvo bien, ¿no?

La pregunta apareció sin aviso.

Me recosté un poco en la silla.

—Sí.

—A mí me gustó —continuó—. Hacía falta salir.

—Totalmente.

Y era verdad. El viaje había sido bueno. Para nosotros. Para la familia. Para todo.

Excepto por un pequeño detalle que solo existía dentro de mi cabeza.

Lisa volvió a hablar.

—Bueno, te dejo trabajar.

—Sí.

—Nos vemos en la noche, amor.

—Nos vemos.

La llamada terminó. El silencio de la oficina regresó.

Miré el teléfono unos segundos antes de volver a la pantalla del computador.

Asado el sábado. En casa de Rodrigo y María.

La idea debería haber sido completamente normal. Una reunión familiar más. Carne. Cerveza. Conversaciones largas.

Sin embargo, mientras abría nuevamente el archivo que estaba revisando…

Noté algo curioso. La palabra que mi mente había retenido de toda la conversación no era asado. Ni sábado. Ni familia.

Era otra.

María.

Cerré la hoja de cálculo por un momento y me pasé una mano por la cara.

Esto era ridículo. Era solo un pensamiento pasajero. Nada más.

Volví a abrir el archivo.

Columna de costos. Materiales. Cálculo de cargas.

Me obligué a concentrarme en eso. El tipo de cosas que sí tenían sentido. El tipo de cosas que no dejaban espacio para comparaciones absurdas.

Y poco a poco, el ruido de la oficina volvió a llenar mi cabeza. Teclados. Voces lejanas. El zumbido constante del aire acondicionado. Trabajo.

Eso era todo.

O al menos… eso era lo que intentaba convencerme.

Esa noche llegué a casa un poco después de las siete.

El tráfico del centro estaba pesado como siempre a esa hora. Filas de autos, semáforos interminables, motos deslizándose entre los carriles como si las reglas no existieran.

Cuando entré al garaje sentí el cansancio típico del primer día de semana. No era agotamiento físico; era más bien mental. Horas de números, decisiones técnicas, llamadas con clientes.

Subí las escaleras y abrí la puerta de la casa.

El olor a comida me recibió de inmediato.

Lisa estaba en la cocina, de espaldas, removiendo algo en una sartén.

—Hola —dije.

Giró la cabeza apenas lo suficiente para verme y sonrió.

—Llegaste.

Dejé el maletín sobre la mesa del comedor.

—¿Qué estás preparando?

—Algo rápido. Pollo con verduras.

Me acerqué por detrás y apoyé una mano en su cintura. Su cuerpo se inclinó apenas hacia el mío.

—¿Día pesado? —preguntó.

—Normal.

Ella apagó el fuego y se dio vuelta para mirarme.

—El mío también.

No parecía particularmente agotada. Solo… cansada de la rutina.

La cena fue tranquila.

Hablamos un poco del trabajo, de algunos pendientes de la casa, del asado del sábado. Nada especialmente importante.

La televisión estaba encendida en la sala, pero ninguno de los dos le prestaba mucha atención.

Después de recoger los platos, Lisa se dejó caer en el sofá.

—No quiero pensar en números hasta mañana —dijo, cerrando los ojos unos segundos.

Me senté a su lado.

—Apoyo esa decisión.

Hubo un silencio cómodo. El tipo de silencio que solo existe entre personas que llevan tiempo juntas.

Lisa giró la cabeza hacia mí.

—Ven.

No lo dijo con tono seductor.

Fue más… natural. Como una invitación sencilla.

Subimos al dormitorio sin prisa.

La casa estaba en calma, iluminada solo por las lámparas suaves del pasillo.

Cuando entramos en la habitación, Lisa se sentó en el borde de la cama y se quitó los zapatos.

—Hoy no tengo energía para nada complicado —dijo.

—Nadie pidió complicaciones.

Se recostó hacia atrás con una pequeña sonrisa cansada.

—Bien.

Me acerqué.

El beso que compartimos fue lento. Sin urgencia.

Las manos se movieron con familiaridad, recorriendo espacios que conocían de memoria. No había ansiedad, ni necesidad de demostrar nada.

Era un encuentro íntimo sencillo. Casi doméstico.

Me fue desabotonando cada uno de los botones de mi camisa, mientras yo me quitaba el pantalón.

Ella ya estaba en su camisón.

Me ayudó a quitarme la camisa.

Me incliné hacia ella para fundirnos en un beso pausado, en donde explorábamos nuestras bocas con nuestras lenguas sin prisa.

Recorrí sus piernas con mis manos. Pasé por sus muslos hasta llegar a su ropa interior. Acaricié su vulva por encima. El tacto era suave. Estaba húmeda.

Dio un suspiro dentro de mi boca.

Fui descendiendo sus interiores, por sus muslos.

Lentamente.

Recorrí sus piernas con ellos. Y una vez quitados, ella las abrió.

Me quité los míos y me acomodé entre sus piernas.

No hubo mucho preámbulo. La penetré despacio, hasta llegar al fondo.

—Ahh…

Comencé las penetraciones lentamente. Despacio, pero sin pausa.

Dejamos de besarnos para concentrarnos más en el placer.

—Ahh… Ahh… Ahh

Lisa gemía cerca de mi cuello mientras se acompasaba sus caderas contra mí.

El ritmo entre nosotros era pausado, como si ambos estuviéramos más interesados en la cercanía que en la intensidad.

Durante varios momentos logré concentrarme completamente en ella.

En su piel. En su respiración. En el peso de su cuerpo contra el mío.

Pero como había ocurrido días antes…

Mi mente volvió a desviarse. Una imagen apareció sin aviso.

María caminando por la playa. El vestido moviéndose con el viento. La curva amplia de sus caderas bajo la tela.

Intenté apartar el pensamiento. No tenía ningún lugar en ese momento. Pero el contraste apareció de inmediato.

Lisa. Delgada. Ligera.

María. Más llena. Más amplia.

Una presencia física distinta.

No mejor.

No peor.

Solo… distinta.

Y mientras continuaba con las penetraciones, mi cerebro, inevitablemente, volvió a hacer lo que había hecho en la oficina.

Comparar.

Más cuerpo. Más peso. Más carne bajo las manos.

Fruncí el ceño sin darme cuenta.

Lisa levantó la mirada.

—¿Todo bien?

—Sí.

La abracé más fuerte.

Rodamos en la cama y ella quedó encima.

Me puso sus pechos en mi boca. Los besé. Los chupé.

Ella se acomodó, tomó mi erección y se fue penetrando sola, hasta quedar completamente a dentro.

—Mmmm… ahh…

Comenzó a menear las caderas de adelante hacia atrás, aumentando el ritmo de a poco.

Sus suspiros se fueron convirtiendo en gemidos, conforme aumentaba el ritmo.

Yo no dejaba de besar sus senos, y chuparlos. Mientras con mis manos apretaba sus nalgas.

—Ahhh, Ahh… Así, amor… así…

De repente volvió la imagen de mi suegra. Su culo, grande. Su cuerpo.

Eso me dio un plus de excitación. Nuestro ritmo aumentó considerablemente.

—Ahhh Ahhh Ahhh

Los gemidos de Lisa se intensificaron, y aumentaron su volumen.

Estábamos cerca.

Dejé sus senos. Y me concentré en darle duro. El colchón sonaba mucho, la cama se movía.

Me dejé llevar por los pensamientos sobre María. En cómo sería penetrarla así.

No pude aguantar más y me vine. Lisa lo sintió, y en medio de gritos se vino también. Sentí sus contracciones vaginales.

El clímax terminó.

Descansamos un poco. Nuestra respiración se fue apaciguando.

Cuando terminó, Lisa se acomodó a mi lado con un suspiro suave.

—Eso sí me hacía falta.

Pasé una mano por su brazo.

—A mí también.

No tardó en quedarse dormida.

Yo permanecí despierto unos minutos más, mirando el techo en la penumbra.

La misma sensación incómoda volvió a aparecer. No era culpa exactamente. Era más bien… curiosidad persistente.

Una imagen que no terminaba de irse.

Apagué la lámpara y cerré los ojos.

Eventualmente el sueño llegó.

Los días siguientes pasaron rápido.

Martes, miércoles y jueves fueron prácticamente idénticos.

Trabajo. Tráfico. Cenas rápidas en casa.

Ambos estábamos particularmente ocupados esa semana.

Lisa tenía cierre de mes en su firma contable, lo que significaba horas extra y llamadas constantes con clientes.

En la oficina tampoco había demasiado descanso. Un proyecto nuevo había entrado en fase de cálculo estructural y todo el equipo estaba ajustando tiempos para cumplir con el cronograma.

Llegábamos a casa cansados. Algunas noches apenas hablábamos antes de dormir.

La intimidad que habíamos tenido el lunes no se repitió el resto de la semana. No por falta de interés. Simplemente… por falta de energía. Era una dinámica que conocíamos bien.

La vida adulta tiene temporadas así.

Entre una cosa y otra, el asado del sábado empezó a acercarse. Lisa lo mencionó varias veces durante la semana. Una noche mientras cenábamos. Otra mientras revisaba algo en su celular.

Fue en una de esas conversaciones cuando mencionó algo nuevo.

—Ah, por cierto —dijo mientras doblaba una servilleta—. Arnold no va a ir al asado.

Levanté la mirada.

—¿Otra vez ocupado?

—Sí. Tiene algo en la universidad.

No me sorprendió demasiado. Arnold llevaba una vida bastante independiente. Sus horarios con la carrera de artes visuales eran impredecibles.

—Entonces seremos pocos —comenté.

Lisa asintió.

—Los mismos del paseo.

Eso significaba algo bastante simple.

Rodrigo.

María.

Lisa.

Y yo.

Cuatro personas.

Un asado tranquilo.

Nada más.

El viernes por la tarde decidí salir un momento de la oficina. Necesitaba despejar la cabeza.

La semana había sido larga y los números comenzaban a mezclarse en la pantalla después de tantas horas.

Bajé al pequeño café que estaba en la esquina del edificio. Era un lugar sencillo, frecuentado casi exclusivamente por gente de oficinas cercanas.

Pedí un café negro y me senté cerca de la ventana.

El ruido del lugar era constante pero bajo: conversaciones cortas, tazas chocando contra platos, la máquina de espresso funcionando sin descanso.

Tomé el primer sorbo y sentí cómo el calor del café ayudaba a ordenar la cabeza.

A veces bastaban diez minutos fuera del escritorio para resetear la mente.

Miré la calle.

Personas caminando rápido. Autos avanzando lentamente entre los semáforos. Todo el mundo parecía tener prisa por llegar a alguna parte.

Pensé en el día siguiente.

El asado. Rodrigo frente a la parrilla. Lisa ayudando en la cocina. Conversaciones largas alrededor de la mesa del patio.

Una reunión familiar más.

Nada fuera de lo común.

Y aun así… una pequeña anticipación apareció en mi mente.

La imagen de María volvió, como si el pensamiento estuviera esperando ese momento de calma para reaparecer.

La recordé en la playa. La forma en que caminaba sobre la arena. Las curvas amplias de su cuerpo bajo el vestido ligero.

Sacudí ligeramente la cabeza.

Era ridículo.

Terminé el café en silencio. Cuando me levanté para pagar, dos compañeros de la oficina entraban al local.

—¿Escapando del trabajo? —preguntó uno de ellos con una sonrisa.

—Cinco minutos de aire —respondí.

—Justo lo que necesitamos todos.

Intercambiamos algunas palabras más sobre el proyecto en el que estábamos trabajando. Nada importante. Cosas de oficina.

Después salí nuevamente a la calle y caminé de regreso al edificio. El ascensor subió lentamente hasta el séptimo piso. Cuando las puertas se abrieron, el sonido familiar de teclados y teléfonos volvió a llenar el ambiente.

Mi escritorio me esperaba exactamente como lo había dejado.

Archivos abiertos. Números. Cálculos pendientes.

Me senté, acomodé la silla y volví a la hoja de cálculo.

Trabajo.

Eso era lo que tenía enfrente.

Y durante varios minutos logré concentrarme completamente en ello.

Pero en algún lugar discreto de mi mente, el pensamiento seguía ahí.

El sábado.

Mañana.

El asado.

Y la certeza silenciosa de que volvería a ver a María.

El sábado por la tarde salimos de casa poco después de las cuatro.

Lisa llevaba una ensalada grande en un recipiente de vidrio que había preparado durante la mañana. Yo cargaba una bolsa con bebidas que Rodrigo había pedido el día anterior.

El tráfico era ligero a esa hora.

Durante el trayecto Lisa hablaba de cosas pequeñas: una compañera nueva en su oficina, un cliente complicado que había tenido durante la semana, la posibilidad de tomarse algunos días libres más adelante en el año.

Yo escuchaba. Respondía cuando correspondía.

Pero parte de mi mente estaba en otro lugar.

La casa de sus padres aparecía varias veces en mi cabeza mientras conducía. El patio. La parrilla. Y, de forma inevitable, la figura de María moviéndose por la cocina como tantas otras veces.

Sacudí ligeramente la cabeza y me concentré otra vez en el semáforo que cambiaba frente a nosotros.

—¿En qué piensas? —preguntó Lisa.

—En la carne —respondí con una pequeña sonrisa—. Tu papá siempre exagera con las cantidades.

Ella rió.

—Eso es verdad.

Quince minutos después estacionamos frente a la casa. Rodrigo abrió la puerta antes de que tocáramos el timbre.

—¡Llegaron!

Nos recibió con esa energía bonachona que siempre tenía cuando había comida de por medio.

—Pasen, pasen.

Lisa lo abrazó primero.

—Hola, papá.

—Mira todo lo que trajeron —dijo él mirando las bolsas.

Entramos.

El olor a carbón ya estaba en el aire.

Desde la cocina apareció María con un delantal puesto sobre un vestido sencillo de verano.

Sonrió al vernos.

—Al fin.

Lisa caminó hacia ella y la abrazó.

—Hola, mamá.

El saludo fue largo, natural.

Cuando Lisa se apartó, María se acercó a mí con la misma familiaridad de siempre.

—Hola, Nelson.

El abrazo fue breve, pero suficiente para que su cuerpo quedara cerca del mío un segundo. Sentí el calor de su piel a través de la tela del vestido.

Un detalle mínimo. Pero lo noté.

—Hola, María.

Su perfume era suave, algo floral. Lo percibí cuando se apartó.

Intenté no pensar demasiado en eso.

La tarde empezó a tomar forma rápidamente.

Rodrigo encendió la parrilla en el patio trasero mientras ponía música desde un parlante pequeño sobre la mesa. Viejos clásicos en español, canciones que parecían sonar siempre en sus reuniones.

Lisa ayudaba a su madre en la cocina cortando algunas cosas para las ensaladas.

Yo me quedé con Rodrigo cerca del asador.

—Esto necesita paciencia —dijo él mientras acomodaba los trozos de carne sobre la parrilla.

—Eso siempre dices.

—Porque siempre es verdad.

Las cervezas comenzaron a circular.

El ambiente se volvió relajado.

Rodrigo contaba historias, Lisa se burlaba de algunas exageraciones de su padre, María iba y venía entre la cocina y el patio con platos, vasos y pequeñas cosas que parecían aparecer de la nada.

La casa tenía esa atmósfera conocida de reuniones familiares.

Risas. Conversaciones superpuestas. El olor de la carne cocinándose lentamente.

Intenté mantener mi atención en todo eso.

Pero cada vez que María cruzaba el patio o se inclinaba sobre la mesa para acomodar algo…

Mi mirada la seguía. No de forma evidente. Era más bien una atención periférica.

La forma en que el vestido se ajustaba a sus caderas cuando caminaba. La manera en que se recogía el cabello con una mano cuando el calor de la parrilla llegaba hasta la mesa.

Pequeños detalles. Movimientos cotidianos. Nada extraordinario.

Y aun así, mi mente parecía registrarlos todos.

Tomé otro sorbo de cerveza.

—¿Quieres más? —preguntó Rodrigo levantando la botella.

—Sí.

Un rato después sentí la necesidad de ir al baño.

Habíamos bebido bastante cerveza y el calor de la tarde tampoco ayudaba.

Entré a la casa mientras los demás seguían hablando en el patio.

El interior estaba tranquilo. El baño del pasillo estaba apenas entreabierto.

Entré y cerré la puerta detrás de mí.

Era un espacio pequeño, ordenado como siempre. Lavamanos, espejo, una repisa con algunos productos. Nada fuera de lo normal.

Me lavé las manos después y, casi por inercia, levanté la mirada hacia el espejo.

Fue entonces cuando noté algo sobre el borde de la repisa, cerca del lavamanos.

Una prenda doblada de manera descuidada.

Al principio no registré exactamente qué era. Luego mi mente lo identificó.

Una panty.

De encaje.

No era diminuta ni llamativa como una prenda pensada para exhibirse. Era más bien un modelo clásico, de tela suave con encaje en los bordes.

Pero aun así…

Había algo en ella que resultaba inesperadamente íntimo.

Me quedé quieto un momento. La lógica decía que debía ignorarla. Salir del baño. Volver al patio.

Pero mi mano se movió antes de que terminara de pensar en ello.

La tomé.

La tela era ligera. Suave entre los dedos. Sentí una pequeña descarga de adrenalina recorrerme el cuerpo.

Era absurdo. Completamente innecesario. Y sin embargo… no la solté. La acerqué un poco más.

El encaje era delicado, casi transparente en algunas partes. Un detalle sencillo, pero suficiente para sugerir más de lo que mostraba.

En ese momento mi mente completó el resto sin esfuerzo.

María usando esa prenda. Debajo de su vestido. Moviéndose por la casa como lo había hecho toda la tarde.

Tragué saliva.

Sin pensar demasiado… acerqué la tela un poco más.

El olor era leve. Un perfume suave mezclado con algo más cálido, más personal.

No era fuerte.

Pero estaba ahí.

Sentí cómo el pulso se aceleraba.

Ese simple gesto, insignificante desde afuera, provocó una reacción inmediata en mi cuerpo. Más intensa de lo que esperaba.

La imagen apareció sola en mi mente.

María caminando por la casa con esa misma prenda bajo la ropa. La curva de sus caderas. El peso de su cuerpo moviéndose con naturalidad por el patio.

Solté el aire lentamente.

Esto estaba cruzando una línea. Lo sabía perfectamente.

Volví a doblar la panty exactamente como la había encontrado y la dejé sobre la repisa.

Me miré otra vez en el espejo.

La expresión en mi rostro era más tensa que unos minutos antes.

Abrí el grifo y me lavé las manos otra vez. Agua fría. Respiré hondo.

Luego salí del baño.

El patio seguía lleno de voces cuando regresé.

Rodrigo estaba dando vuelta a los últimos cortes de carne. Lisa y María hablaban cerca de la mesa mientras acomodaban platos.

Todo seguía exactamente igual. Como si nada hubiera pasado.

Y en realidad… nada había pasado.

Solo un momento breve en un baño.

Un objeto olvidado.

Un impulso.

Caminé hasta la mesa y tomé otra cerveza.

—¿Dónde te habías metido? —preguntó Lisa.

—Baño.

—La carne ya casi está.

Asentí.

Intenté concentrarme en la conversación. En Rodrigo explicando otra vez su técnica para lograr el punto perfecto de la parrilla.

Pero ahora era diferente.

Algo había cambiado.

La simple imagen de María moviéndose por el patio tenía ahora otra capa de significado.

Cada vez que la veía caminar frente a mí, mi mente recordaba la prenda de encaje que acababa de sostener entre las manos.

Cada movimiento de sus caderas se volvía más evidente.

Más presente.

Tomé un largo trago de cerveza.

Tenía que disimular. Nada de lo que estaba pasando en mi cabeza podía notarse afuera.

Lisa se sentó a mi lado en la mesa. Rodrigo comenzó a servir la carne en los platos. María trajo las ensaladas desde la cocina.

Todo era normal.

Risas. Conversaciones. Música baja de fondo.

Pero mientras la tarde avanzaba lentamente hacia la noche…

Noté algo con absoluta claridad. El deseo que había comenzado como una curiosidad en la playa ahora era distinto.

Más concreto.

Más presente.

Y lo más inquietante de todo era que nadie alrededor parecía notar absolutamente nada.

Este libro, ‘Mi Ardiente Suegra’, es de mi autoría, Annie Zarel.

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