La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria | Capítulo 7

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La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria

«El deseo puede borrar incluso a quien creíste ser.»

Capítulo VII

La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria

Capítulo VII…

Lo primero que Blanca vio al despertar, con las manos desapacibles cubriéndole la cara, fue que tenía sus preciosas uñas hechas un desastre: ásperas, el barniz resquebrajado, la cutícula irregular y con padastros, lo cual significaba que tenía que llamar a Hortensia para que le hiciera la manicura si esa tarde se proponía presentarse en la casa de Almanza hecha —como quería hacerlo— un sueño. Pero no iba a llamar a Hortensia. Ni a nadie. Iba a quedarse sola, prisionera de su propia voluntad en ese cuarto devastado por ese perro que sabía más sobre ella que ella misma, hasta que fuera la hora de salir para que Almanza intentara cumplir su promesa y con eso levantar el maleficio.

Que su bello cuarto estuviera tan, o más, devastado que sus pobres uñas, la tenía, en cierta medida, sin cuidado: aquí no había pasado nada si ella no se dejaba asediar por el terror. Esta casa, al fin y al cabo, era su casa. Tenía derecho a decidir qué cosas que sucedían en ella sucedían de verdad, y cuáles, callándolas, no sucedían en absoluto.

Desde su punto de vista —cubierta por la sábana para no ver nada, porque no quería ver—, era sólo cuestión de hacer venir a los tapiceros y ebanistas, pedirles un presupuesto y extenderles un cheque una vez terminado el trabajo, habiendo despachado previamente al perro a una de sus fincas más remotas, en Extremadura, por ejemplo, donde ella jamás había estado. Que nadie de su servicio siquiera osara levantar una ceja de sorpresa al ver la destrucción: ese hecho significaría su despido inmediato. No estaba dispuesta a tolerar censura. Ni menos preguntas. Ni de Casilda, además. Ya se encargaría ella de Casilda, que al sentir su inaccesible actitud fuerte y renovada no se atrevería a entrometerse. Por el momento era necesario no trascender por ningún motivo el grave problema de sus uñas, para así no pensar en el dormitorio fétido a jaula de zoológico ni en los sórdidos problemas de Archibaldo: sólo mantener suspendidas en su imaginación la quietud de dos pálidos astros mirándola.

Pero Luna no estaba mirándola. Inquieto pero no violento, Luna rasguñaba de vez en cuando la madera de la ventana que se abría sobre el jardín. ¡Que rasguñara! ¿Qué importaban, en ese caos, unas marcas en la madera, cuando todo el revestimiento de seda de la pared ya estaba hecho jirones por sus garras? Además, ella tenía poder para controlar absolutamente todo: Hortensia no subiría hasta que ella la llamara, en eso quedaron anoche. Nadie tenía licencia para subir a este piso. Ella misma, mediante sus órdenes, era su propia protectora. ¿Pero qué quería ahora ese perro que rasguñaba tan empecinadamente la ventana, con tanta intención, con tanto cálculo? Ya era tarde, quizás después de la hora del almuerzo, incluso después de la merienda: miró su Patek Philippe bajo la sábana traslúcida que cubría su cabeza. Como no le había dado cuerda, marcaba las cuatro de la mañana. ¿O las cuatro de la tarde? Era posible que le hubiera dado cuerda en algún momento inconsciente cuando se hablaba hipnotizada por los ojos de Luna. Estos relojes tan caros con el tic-tac tan aristocráticamente tenue, uno jamás sabe si se han parado o no. Al cabo de un instante se dio cuenta de que Luna con sus rasguños había logrado abrir la ventana, de modo que la luz entró a raudales en la habitación, y el perro, apoyado en sus patas traseras, miraba el jardín como si esperara a alguien o quisiera salir. ¿El jardinero, o el portero, en fin, los criados, verían su rostro desde afuera, se proyectaría en la luz del sol la plenitud de esos ojos lunares? ¿Y si lo vieran, qué? Podían verlo pero jamás pedirle una explicación ni preguntar. A no ser que ella eligiera mentirles diciendo que acababa de comprar este bello cachorro de Weimaraner para que se sumara a los habitantes de la casa. Pero ésa sería una concesión que no estaba dispuesta a hacer. ¿Qué podía explicar, si aún le dolían los hombros donde el perro posó sus patazas para inmovilizarla sobre la cama? No la violó, porque no se trataba de eso…

Blanca saltó de su cama. Corrió hasta el lavabo y se encerró allí sin mirar ni a Luna ni la inmundicia de su dormitorio. En el limpio y fresco cuarto de aseo, y en el cuarto de vestir adyacente, era posible pensar en un mundo en que los indescifrables ojos del perro aún no existían. Y Blanca Loria pasó dos, tres horas encerrada allí, haciéndose cuidadosa, obsesivamente las uñas, hundiéndose, por fin, en un prolongado baño de sales Clark. Luego se dio fricciones con leche perfumada de flores. Y terminó eligiendo y vistiendo el más chic harapo —chiffon, se decía— de muselina floreada cuya falda tenía un vaivén de zíngara. Cuando estuvo lista, salió: Luna, sobrecogido por su belleza, se calló al verla salir, sólo se sentó para admirarla. Era tarde. El Patek Philippe no se había detenido. La ventana abierta estaba oscura. Sí: la hora en que las falenas salen a volar.

Les dijo a Hortensia y al portero que llegaría muy tarde esa noche, de modo que nadie debía esperarla en pie. Pero, les advirtió, que nadie osara subir a su dormitorio durante su ausencia. La doncella —era evidente que no había dormido, por inquietud o porque aprovechó la noche con Mario— decía sí, señora marquesa, no, señora marquesa, sí, señora marquesa, sin atreverse a preguntar por qué no debía subir y qué eran esos extraños ruidos que necesariamente tenía que haber escuchado. Era como debía ser. Blanca dijo al mecánico que la llevara a casa del conde de Almanza. Ese brevísimo paseo por Madrid, hasta la calle Ruiz de Alarcón, le sirvió para olvidarlo todo, para borrar, como quien dijera, la pizarra y quedar como nueva al decidir que esta noche dormiría en el Ritz. Mañana llamaría a los Mamertos para que vendieran el palacete y así ella jamás volver a verlo, y tampoco su ropa: compraría todo nuevo. Ni a su servicio, al que de este modo no sería necesario explicar nada.

Almanza la esperaba esta vez con una camisa de cosaco de raso color verde botella. En cuanto Blanca entró, comenzó a besarla con los mismos anhelantes rictus de pasión que la primera vez, que ahora ella no encontró en absoluto ridículos. Al contrario, Almanza parecía poseer algo que le faltaba a Archibaldo: como el conde no sentía ningún placer verdadero ni en el beso ni en la caricia, el amor que le manifestaba era una representación dedicada exclusivamente a ella, ya que a él no lo tocaba más que como ejecutante, dejando así todo el espectro del placer libre para que ella lo consumiera.

Esta vez Almanza tenía el ritual champán helado, que destapó con las mismas muestras de técnica depurada que manifestaba y, de alguna manera un poco fastidiosa que ella aún no podía detectar, subrayaba en todo lo que hacía bien. Almanza quitó la guitarra del diván para sentarse con Blanca entre los cojines y observar cómo sus labios escarlata de púrpura maldita sorbían el champán del fino baccarat mientras charlaban un poco. ¡Sí, qué gran poeta, Darío! Él, en cambio, comentó, había nacido en Huelva, donde sus antepasados fueron caciques de toda la vida: no intentaba, por cierto, competir con el divino Rubén de su tierra nicaragüense, pero en la Andalucía atlántica —y tomó la guitarra— la poesía popular de los fandangos no era, a veces, menos excitante ni menos sentida que la de su compatriota. Blanca le rogó que tocara algo, que cantara. Él se excusó mientras pulsaba unas notas porque dijo tener poca voz. Sin embargo entonó, no sin gracia:

Una mariposa volaba a la luz de una farola. El que no sepa querer, que no se arrime a la llama y se ahorre el padecer…

Blanca palmoteo, muy impresionada. Tomó toda su copa de champán y pidió más y más mientras lo dejaba besarle los brazos y el escote. Luego —en realidad para quitárselo de encima— le rogó que cantara otro fandango. Él asintió. ¿Quería oír uno verde? ¿Verde…? Sí, verde…, pero muy, muy verde… ¿Por qué no? Y para complacerla el conde entonó:

En la fuente del madroño le di agua a mi morena y camino de Guillena le di un manato en el…

—¡Ay! —gritó ella con fingido espanto—. ¡Me da algo…!

Y el conde de Almanza, caballeroso, concluyó:

… que no hay cosa más buena…

—¡Qué ilusión, Almanza, además de guapo y gran señor, gran artista! —exclamó Blanca, feliz.

—¿Y gran…?

—¿Amante…?

—¡Dílo…, dílo, mi amor…, que me enardece oírlo de tus labios!

No le permitió decirlo, porque comenzó a besarla. Ella, entretanto, clavó una uñita recién manicurada en la camisa de cosaco, en la tetilla, pero Almanza no reaccionó con el estremecimiento con que habría reaccionado Archibaldo. Bebió más champán y entonces —¿por qué no?— concedió:

—Sí: gran amante.

Almanza, modesto, repuso:

—También tradición popular de mi tierra…

Besándola de nuevo declaró que iba a proporcionarle todas las emociones imaginables si ella era capaz de resistirlas, de no ruborizarse, de ser una mujer verdaderamente civilizada y no extrañarse ni escandalizarse de nada. Ella declaró estar dispuesta a todo. Entre caricias que llegaron a fatigar un poco a Blanca, terminaron la botella de champán. Entonces, poniéndose en pie, Almanza dijo que él iba a entrar en su dormitorio. Después de diez minutos, que entrara ella, desnuda.

—¡Qué apuro! —exclamó Blanca.

—Estará sin luz.

—Vale.

—Encontrarás todo lo que tu corazón puede desear.

Cuando entró en el dormitorio oscuro de Almanza creyó —esperó— por un momento, encontrar los luminosos ojos de Luna guiándola hacia lo anhelado. Pero no. La voz de Almanza llamándola suavemente fue su único norte. Ella se acercó hacia donde sabía que estaba la cama. Las manos del conde la tocaron, la hicieron tenderse junto a su musculoso cuerpo, también desnudo, y la envolvió en sus brazos. Pero esta vez, pese al clásico champán, el cuerpo de Blanca no respondió: permanecía totalmente helada —aunque por la más elemental cortesía pretendiera otra cosa—, sin interés, sin siquiera pensar en Archibaldo, o pensando, más bien, que le sucedería exactamente lo mismo si fuera él, no Almanza, quien estaba acariciándola. Era como si algo en ella se hubiera agotado para siempre, o estuviera en otra parte, tal vez en un frío astro remoto. Almanza, que tenía demasiada experiencia para no darse cuenta de que Blanca no respondía, murmuraba dulces procacidades en su oído, retazos de fandangos absolutamente irrepetibles. Pero era como si estuviera diciéndolo todo muy lejos, ante un auditorio que no la incluía. Harta, por fin, antes de consentir que Almanza se hundiera en ella, Blanca le preguntó:

—¿Es ésta la excitación prometida?

—No —repuso Almanza—. Ésta…

Y dándose vuelta en la cama, la colocó a ella en el sitio que él ocupaba, y él ocupó el sitio de Blanca. Ella, al instante, percibió que había otra persona desnuda, muy quieta, a su lado en el lecho. Entonces, como si hubieran encendido un interruptor en ella, todo su cuerpo volvió a inflamarse, a sentir. ¿Esta, entonces, era la sorpresa…?

Bueno…, claro que dependía de quién era la otra persona.

La otra persona no tardó en darse a conocer: en el primer instante le pareció sólo un cuerpo más suave y como con demasiada carne, abrazándola y besándola con extraño calor. ¡Una mujer! Espantada durante el primer medio segundo, sintió en seguida que ese espanto mismo le servía de acicate, de modo que nada le costó responder a las caricias de esos dedos tan suaves y además tan sabios, mucho más sabios que los de cualquier hombre, y a los juegos con sus pezones irritados de sensación, mientras por su espalda Almanza le proporcionaba aquello que por su naturaleza la mujer no podía. Nadie hablaba. Pero iban adquiriendo un ritmo, los tres, estímulo y respuesta y respuesta a ese otro estímulo que era una respuesta que exigía otra respuesta que era otro estímulo…, la desconocida recorriendo su cuerpo entero con su lengua hasta llegar a su vértice, donde ejecutó con la más impecable maestría aquello prometido por el fandango de Almanza, hasta hacerla sentir: ella exageró, porque al fin y al cabo era una chica bien educada, hija de diplomáticos, que no quería herir los sentimientos de nadie. Pero sólo sentir. No gozar, se dijo un poco aburrida, porque estas cosas entre mujeres no alcanzaban para ella la categoría de amor —¿sucedía lo mismo entre dos hombres?—, ni siquiera era, para ella, lo que algunas personas con léxico pedantemente científico llamaban «una relación sexual». Faltaba una tensión, algo, algo por lo menos en el caso suyo, ya que prefería no generalizar: era como la repetición pálida de los juegos perversos de la niñez, entre primas a quienes hacían pasar la noche en el mismo dormitorio porque faltaban camas para los recién llegados al caserón de la hacienda ya repleta de invitados y familia, juegos que se expiaban con el levísimo castigo de dos días sin postre de coco cuando las sorprendían. Lo otro era lo serio, lo verdadero. De pronto Almanza encendió la luz del velador:

—Mira… —murmuró.

Antes de que alcanzara a decirlo, con el primer medio segundo de luz, antes de que ella alcanzara a poner una posesiva mano sobre sus pechos, Blanca reconoció la sonrisa malévola de Tere Castillo. Inmediatamente, pasando por encima de Almanza que quiso retenerla a la fuerza, Blanca saltó de la cama ante la desesperación de Tere, que la llamaba con los más dulces acentos de que su vozarrón era capaz, unidos a los ruegos de Almanza, que para provocarla con la escena mordía los pezones de Tere.

—Ven —la llamaba ella—. No seas tonta, mi amor, no le diremos nada a Casilda y nos divertiremos los tres.

Blanca, que había decidido partir al instante, revocó esa decisión porque se dio cuenta de que en este ambiente podía aprender muchas cosas, aunque no fueran precisamente las que Almanza y Tere se proponían enseñarle. Ésta continuaba rogándola entre los suspiros de placer causados por las caricias de su primo el conde:

—No vayas donde Archibaldo, preciosa, que no sabe hacer el amor como nosotros…, él cree en el amor para casarse y tener hijos, es un paleto, un tonto…, pésimo pintor, se ha hecho su fama pintando a las señoras ricachonas más flacas de lo que son y sus perlas más gordas, que es lo que les gusta…, tú, mi amor, no…, mereces algo mejor…, ven…, no te vayas…

—Tengo un poco de frío y se está haciendo tarde…, y Casilda se puede enfadar si llega a saber…, me da miedo…

Almanza rió:

—¿Casilda? Pero por favor, si Casilda es tan fría que uno se constipa cuando se sienta cerca de ella…

A lo que Tere agregó:

—Mira, preciosa, para que sepas: Casilda y…

—Cállate, bruta —la detuvo su primo Almanza—. Vas a estropearlo todo…

Tere, casi histérica, echando a un lado a Almanza, se había sentado en la cama y le dijo a éste:

—Déjame decirle todo de una vez para que se vaya enterando. ¿No ves que está enamorada de Archibaldo y lo perderemos todo con esa manía que tiene con lo de tener hijos…?

Blanca permitía que Tere le acariciara los muslos diciéndole que eran suaves como la seda, comentario que ella ya había escuchado en ocasiones más interesantes, mientras Almanza corría a buscar más champán para que les sirviera de refuerzo. Pero Blanca, sorprendida, descubrió que lo que acababa de inferir sobre la conducta de Archibaldo, y que era en esencia lo que le interesaba saber, no la conmovía en lo más mínimo, ni para bien ni para mal, y que todo lo que estos personajes pudieran proporcionarle —fuera de divertirla— simplemente no existía. Almanza llenó las copas. Los tres bebieron. Con otra copa ya media y entre caricias a las que Blanca se incorporaba sólo muy pasivamente mientras concertaba consigo mismo una despedida que no molestara a nadie, Tere le dijo, tomando de entre la montaña de su compleja indumentaria un gran corsé de ballenas:

—Ayúdame a ponérselo.

—¿A quién?

—A Almanza.

La idea de ver al conde de Almanza desnudo y con el corsé de Tere la hizo estallar en una carcajada, atragantándose con el champán, que le salió por la nariz mientras tosía. Almanza y Tere le golpearon la espalda para devolverle la respiración. La fuerza del gentilhombre renació con la proposición de Tere.

—¡Qué ilusión verte con corsé! —palmoteó Blanca.

Las dos mujeres desnudas mantuvieron el artefacto abierto. Almanza se metió dentro. Se lo subieron hasta el talle de modo que sobresalían sólo sus pectorales peludos y su trasero y sus partes pudendas igualmente peludas, que se fueron hinchando a medida que las dos mujeres tiraban los cordones para ajustar el corsé.

—Tiene el talle de avispa de una marquesa —rió Tere.

—Marquesa con mostachos —agregó Blanca, tirando de los cordones de modo que lo que el conde perdía en grosor en la mitad de su anatomía, lo iba ganando arriba, y sobre todo, abajo. Él tomó a sus dos amigas por la cintura, y mientras se pavoneaba iba recitando:

Sobre la terraza, junto a los ramajes, diríase un trémolo de liras eolias cuando acariciaban los sedosos trajes, sobre el tallo erguidas, las blancas magnolias.

La marquesa Eulalia, risas y desvíos, daba a un tiempo mismo para dos rivales, el vizconde rubio de los desafíos y el abate joven de los madrigales…

La bigotuda y entallada marquesa Eulalia, mientras la orquesta del gramófono perlaba sus mágicas notas, reía y reía y reía, besando, primero, al vizconde rubio de los desafíos —que era Tere, ocupada en acariciar su erguida magnolia—, y luego al abate joven de los madrigales, que era Blanca y también reía, aunque aburrida con los sollozos de los violoncelli y pese a que se asomaba a sus húmedas pupilas de estrella el alma del rubio cristal de Champaña. Bastaba. No quería jugar más, como cuando era chica: ¡yo ya no juego! ¿Qué se creía Almanza? Iba a partir. Eulalia y el vizconde rubio, con los staccati de bailarinas y las fugas locas de colegialas, la siguieron. Blanca les dijo, terca:

—Tengo algo muy urgente que hacer.

Almanza pareció tan cariacontecido con esta noticia que hasta los arriscados mostachos se le bajaron. Tere, en cambio, que estaba intentando morder los pezones de Blanca para retenerla, se irguió furiosa, gritándole:

—Claro, a visitar a ese chulo improvisado, el tal Archie…

—Por lo menos es un chulo joven, que no necesita corsé para hacer lo que hace.

Ya está, pensó Blanca. Ya está dicho todo. Basta. Almanza tosió, acariciando la espalda desnuda de la marquesita detenida en el umbral entre el dormitorio y el salón. Se defendió:

—Francamente, mi querida Blanca, no creo que puedas quejarte de mi performance

—Claro que no. Sólo me quejo de que sea performance. De modo que no, no llores, Tere…, no llores, Almanza, sois encantadores y os quiero mucho, pero…

Le imploraban que no se fuera, que se quedara, ellos se encargarían de proporcionarle todos los placeres y emociones, huirían los tres a Tánger, al Bosforo, a las luces de Nueva York o simplemente a París, pero era desgarrador darse cuenta de que pasaban los años y el marqués y después Paquito y ahora ella se quedaban sentados sobre una fortuna que nadie aprovechaba y que podía terminar en manos de un truhán como el tal Archie. Imploraban mientras Blanca, altanera, vestía su precioso chiffon. Cerró la puerta de calle compadeciéndolos, pero, sobre todo, mortalmente aburrida.

Al abrir, en cambio, la puerta de su dormitorio oscuro, sintió que su corazón daba tal brinco de sobresalto en su pecho que casi le cortó la respiración: allá estaban los dos ojos como dos lunas nadando en ese infinito espacio oscuro y caliente y aromado. Percibió un nuevo horizonte de potentes olores primitivos, esenciales. No encendió la luz. Los ojos se fueron acercando muy despacio hacia ella en la oscuridad hasta que vio el fondo mismo de esas pupilas huecas, el otro lado de esas redomas cuya iridiscencia hacía destellar gotas de baba en su hocico, que gruñía. Alzando de repente el gruñido, Luna se lanzó sobre ella tirándola al suelo encima de las astillas de las botellas de cristal, abofeteándola con sus patas ásperas, desnudándola otra vez con el hocico hirviente, mordiéndola como si fuera a devorar su carne satinada, sus pechos perfectos, sus muslos temblorosos, los colmillos hincados en sus brazos con los rugidos que hervían en su hocico. ¿Por qué Archibaldo no explicó la ausencia del perro de su casa? ¿Por qué ella no explicó la presencia del perro en la suya? ¿Por qué Luna era incapaz de explicarse, de descifrarse a sí mismo, para unirlos a los dos? Allí estaban esos ojos límpidos como dos continentes en blanco, como páginas sin escribir, como senderos jamás transitados, dos honduras gris-oro que no expresaban nada porque sólo eran, en las que la mente de Blanca podía hundirse y disolverse, o encontrar algo que desde este lado de las lunas gemelas ella no alcanzaba a ver. Cuando el perro se dio cuenta de que Blanca se disolvía en el primer espasmo de esa noche, la soltó. Blanca, desnuda ante lo desconocido, huyó a refugiarse en el lavabo, donde se encerró con llave. Encendió la luz. El perro rasguñaba la puerta con su pata. Rugía. Pero estaba al otro lado de la puerta, habitante de la destrucción y el caos y lo desconocido, donde campeaba como rey. En su lavabo, Blanca, agotada, arregló las toallas más mullidas dentro de su bañera y después de apagar la luz se metió en ese limpio lecho y se quedó dormida.

Al día siguiente, escuchando las carreras enloquecidas de Luna en el cuarto contiguo, el terremoto del derrumbe de las cortinas, sus aullidos feroces, su pata, su empecinada garra rascando y rascando la puerta con una fuerza que podía derribarla, Blanca comenzó a vestirse. Pero al entrar desnuda y dolorida en su cuarto de vestir y contemplarse entera en los espejos, se dio cuenta de que no podía ir donde Archibaldo, como tenía pensado para que la ayudara a librarse de un maleficio del cual no se libraría devolviéndole el perro. Vio su cuerpo albo manchado de magulladuras y cardenales, estriado de rasguños, los colmillos de la bestia claramente marcados, una especie de santa trágica, tremendista, tenebrista, una mártir horrorosa y sangrienta que era necesario, sobre todo, esconder: no podía ir a pedirle ayuda a Archibaldo, que era el único que podría ayudarla, porque querría desnudarla y entonces… Debía esperar. ¿Cuánto? ¿Con ese monstruo destruyendo el universo en la habitación vecina, esa fuerza esencial desatada en la forma de la pregunta única reiterada y desconocida de ese par de ojos vacíos? ¿Cuánto debía esperar para ir a aclarar las cosas con ese…? ¿Ese chulo? No. Ese… algo, pero no chulo: podía pensar en acusaciones, pero serían más serias que ésa. El perro había callado. Esta vez, sin ventana hacia el exterior de su lavabo, con el Patek Philippe hecho una miseria, no tenía ni idea de qué hora del día o de la noche podía ser. En el dormitorio hacía un buen rato que el perro no gemía. ¿Por qué? ¿No era preferible que rugiera a permanecer en este silencio, que era tan terrible como la nada de sus ojos color de agua crepuscular? Blanca pegó su oído a la puerta. Al no sentir a Luna al otro lado, y después de desechar la idea de que hubiera huido o saltado al jardín, la abrió: estaba asomado a la ventana, sostenido en dos patas. Mirando hacia afuera parecía totalmente concentrado en algo. Al poco rato Hortensia llamó a su puerta.

—Señora marquesa…, señora marquesa…, que hay un señor un poco raro abajo…, dice llamarse Archibaldo Arenas. Insiste en que tiene urgencia por hablar con la señora marquesa.

¿De modo que había venido? ¿A qué? ¿A pedirle la mano en matrimonio para tener muchos hijos? ¿A justificar sus amoríos con una lista que la heterodoxa Tere Castillo podía encabezar? ¿A quitarle el perro? ¿Ni siquiera eso era capaz de regalarle, el maldito era tan incapaz de dar nada…? ¿Quería arrebatarle la fiebre de los pálidos ojos inalterables, con los que fascinaba y luego traicionaba al presentar unos simples, aunque bellos y vivaces ojos negros? ¿Era algo más que un prestidigitador que prometía la felicidad para luego no cumplir? ¿Y ahora pretendía quitarle a Luna, por el cual ni siquiera había preguntado el otro día? ¿Qué podía comprender él de ese perro terrible y maravilloso en cuyas pupilas ella podía hundirse como no podía hundirse en las pupilas negras del pintor ni en ninguna otra? Ah, eso no. Si quería verla a ella, que tuviera paciencia mientras se vestía. Que la esperara abajo. Ella le diría unas cuantas cosas claras. Volvió para encerrarse en el lavabo mientras el perro mantenía, en silencio arrobado, su cabezota fuera de la ventana. Ella se proponía, sobre todo, negar la existencia misma de ese perro gris a cualquiera que pretendiera que existía, acusándolos de alucinados si reclamaban por ladridos o gárgolas en su ventana.

En el lavabo se cortó el pelo con una tijera y una navaja, cruel, ásperamente, hasta quedar con cabeza de pillete. Pese a las evidentes incorrecciones del corte de pelo, no podía negar que se veía como lo que Tere Castillo habría descrito como «una auténtica monada, vamos…». Todo su cuerpo era una sola lacra dolorosa y amoratada. Eligió el vestido más cerrado, oscuro y triste. Se dio con el cisne una nube de polvos de arroz que la hicieron palidecer. Pensó, un instante, meter en su bolso la Baby Browning dorada, con empuñadura de nácar, que tantas señoras llevaban hoy como accesorio necesario. ¿O un frasquito de vitriolo para deformarle su linda cara traicionera que lo prometía todo y no daba nada, y además venía a llevarse lo poco que ella tenía? Pero no: la verdad era que no lo amaba. Una de estas dos armas llevaría en su bolso si lo amara. Pero no lo amaba porque su interior era un continente vacío.

Bajó la escalera de mármol entre las ininteligibles exclamaciones de la pobre Hortensia, vigilada por las garzas del vitral. Pero su vestido cerrado, sus espesas medias negras, ocultaban sus heridas, las del cuerpo y las del alma, que ni unas ni otras estaba dispuesta a enseñar. Aunque pálida, lo único que se le antojaba mostrarle al mundo, que comprendería las cosas aún menos de lo que las comprendía ella, era su estampa de viuda joven y triste, pero entera: una viudita que, en suma, nada tenía de Lehar, una viuda de las que aprobarían los Mamertos de este mundo, y de las que sin duda existían innumerables ejemplares entre la parentela de los Sosa, en Alarcón de los Arcos.

La esperaba abajo, el chambergo en la mano y un pie en el primer escalón. Sintió tal aburrimiento al ver sus negros ojos implorantes a los que les faltaba lo esencial — que tal vez no fuera más que el reflejo de cierto crepúsculo, en cierto lugar, en cierto momento de la vida de ambos—, que no pudo dejar de convencerse de que este aburrimiento era tan definitivo y desgarrador como el aburrimiento que sintió anoche en casa de su buen amigo el conde de Almanza. Se detuvo unos cuantos escalones antes de llegar abajo del todo, de modo que Archibaldo tuvo que alzar la mirada para dirigirse a ella.

—Blanca… —murmuró.

—¿Deseaba usted hablar conmigo?

—Por favor, Blanca…

—¿Será a propósito de un adelanto sobre el retrato de mi difunto marido, el marqués de Loria, a quien el Señor tenga en Su seno?

Éste ni siquiera era su sirviente a sueldo, que en ese caso de algo podría servirle, como la serie de Mamertos. Que se fuera. Ella no tenía perro alguno. No existía ningún perro. Era necesario borrar su existencia, no dar lugar a que se preguntara por él, negarse antes de ser solicitada para no dar pie a nada, porque ella sin los pálidos ojos vacíos de Luna ya no podría vivir. Lo único que quería era que este pintor se fuera de su casa cuanto antes. ¿Por qué no haber ido al Ritz, finalmente, anoche, como había pensado hacerlo, y haberse ahorrado todo esto? No. Luna no podía quedar solo. La necesitaba a ella, tal como ella lo necesitaba a él, porque ambos eran como la reflexión de la luz reflejada en el otro. Lo que estaba claro era que no necesitaba a este hombre de expresión posesiva que no era capaz ni siquiera de oír los ladridos enloquecidos de Luna encerrado en su dormitorio inmundo y hecho una ruina. No estaba dispuesta a entregárselo aunque se lo exigiera.

Archibaldo la contemplaba incrédulo, incapaz de decir nada ante esta encarnación totalmente inesperada de Blanca. Sí. Sus ojos, como el primer día, eran de simple y durísimo alquitrán: descifrables, ávidos. ¿Estaba enfadado? Bueno, entonces, que se enfadara. Desafiante, Blanca bajó un escalón más, sin hablar, sosteniéndole la mirada como si algo en ella no perdiera la esperanza de que otro crepúsculo, de nuevo, los tornara, aunque no fuera más que pasajeramente, color gris-limón. Él tampoco hablaba, pero no porque se negara a hacerlo, como Blanca, sino porque, por alguna razón absurda que ella no pensaba darse el trabajo de entender, no podía: en suma, era el esclavo de su propia pequeñez. Blanca, para demostrarle que no se trataba de que la hubiera dejado muda, dijo:

—¿Por qué viene a molestarme a mí para este asunto, y no se dirige para esas menudencias directamente a don Mamerto Sosa, cuya casa notarial cuida y administra todos mis bienes y hace todos mis pagos?

Archibaldo esperó un segundo mirándola muy fijo. Luego se puso el sombrero y murmuró:

—Encantado de hacerlo así.

Y salió a toda carrera del palacete, como para estallar afuera y no causar destrozos en la casa de Blanca con su estallido.

Ella, maquinalmente, se dio vuelta en cuanto oyó el portazo. Con sus delicados dedos rozando el pasamanos comenzó de nuevo su ascenso. En el fondo, el pintorcito era un muchacho bastante encantador además de bien educado, fuera del portazo, que a ella no le gustó nada; ni siquiera se le había ocurrido reclamarle el perro que le pertenecía; a pesar de que tenía que haber escuchado sus ladridos que a ella, eso sí, le estaban atronando los oídos. Pero mientras subía, y antes de llegar arriba del todo, pensó en las pretensiones del hombre que acababa de despedir:

—¡Qué pitorreo! —se dijo al abrir la puerta de su dormitorio, que fue tan hermoso en un tiempo y que ahora era esta fétida ruina que la satisfacía.

Este libro es del autor José Donoso.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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