La Confesión de mi Madrastra | Capítulo 2

Portada de La Confesión de mi Madrastra: mujer adulta elegante y sensual, de vestido corto y escote profundo, en el interior de una casa lujosa al atardecer

La Confesión de mi Madrastra

«Nunca quise desearla. Nunca pude dejar de hacerlo.»

Capítulo II

La Confesión de mi Madrastra

Capítulo II…

El sonido de los cubiertos contra la porcelana llenaba el comedor con un ritmo monótono, casi hipnótico. La luz del sol se colaba por los ventanales y caía sobre la mesa, iluminando el vapor que ascendía del café. Frente a mí, Isabela parecía salida de un sueño mal entendido: el cabello rubio recogido con descuido, algunos mechones sueltos cayendo sobre su cuello, la bata de satén abierta justo lo necesario para dejar ver un destello de piel, y esa forma pausada y elegante de moverse, como si todo en la casa girara a su alrededor sin que ella lo notara.

—Dormiste bien —preguntó sin levantar la vista del plato, removiendo con la cuchara el azúcar en su taza.

—Sí… más o menos —respondí, con la voz algo áspera. No podía evitar sentirme extraño. Aquella casa, aunque seguía siendo la misma, ya no me pertenecía del todo. El aire olía diferente; a flores, perfume caro y algo que no lograba descifrar.

—Todavía te estás adaptando —dijo ella, sonriendo apenas. Levantó la mirada un segundo y la sostuvo en la mía, una mirada cálida, pero con un matiz que me descolocaba. Luego bajó la vista de nuevo, como si nada hubiera ocurrido.

Yo asentí. Le di un sorbo al café, que estaba más dulce de lo que recordaba. Desde la cocina llegaba el sonido de Marta lavando los platos, canturreando algo en voz baja. El reloj del comedor marcaba las ocho y veinte. Todo parecía en calma, pero por dentro yo estaba tenso.

Isabela hablaba sobre cosas simples: el jardín, el clima, una llamada que había hecho la noche anterior. Su voz era suave, modulada, casi musical. Cada palabra parecía escogida con cuidado, y sin embargo, lo que me desarmaba no era lo que decía, sino cómo lo decía.

—Hoy tengo que salir un momento —comentó, llevándose la taza a los labios—. Iré a dejar unos papeles en la notaría. ¿Tú qué harás?

—Nada en particular. Tal vez ordene mis cosas… o salga a caminar. —Evité mirarla.

—Eso está bien. A veces ayuda despejarse —dijo con una sonrisa leve.

Esa sonrisa. Había algo en ella que me hacía sentir incómodo, y al mismo tiempo, incapaz de apartar la vista. No era una sonrisa inocente, pero tampoco coqueta. Era… humana. Cercana. Como si me invitara, sin decirlo, a quedarme un poco más en su mundo.

El sonido del teléfono interrumpió la quietud. Isabela se levantó y caminó hacia la sala. Sus pasos eran lentos, seguros, y el roce de la tela de su bata contra sus muslos me resultó involuntariamente perturbador. No era deseo lo que sentía, no todavía. Era algo más difuso, un reconocimiento involuntario de su presencia, de su belleza serena, de su forma de llenar los espacios que antes habían sido de mi madre.

—Marta, ¿puedes atender? —dijo Isabela desde la puerta.

La empleada apareció enseguida, secándose las manos en el delantal. Su mirada se cruzó con la mía por un instante, y noté un leve gesto, como de resignación.

Isabela salió del comedor con el teléfono en la mano. Su perfume quedó flotando en el aire, dulce y persistente.

—Se levanta temprano, ¿eh? —comentó Marta, bajando la voz cuando estuvo segura de que Isabela no escuchaba.

—Sí… —respondí, sin saber muy bien qué decir.

—Desde que llegó, no ha cambiado eso. Siempre arreglada, siempre oliendo a rosas. Al principio me daba hasta susto verla tan… diferente. Pero es buena mujer, eso sí —añadió mientras recogía mi plato—. Le costó adaptarse. Esta casa… al principio le pesaba.

Guardé silencio. No quería seguir por ese camino, aunque la curiosidad me picaba por dentro.

—¿Le pesaba por qué? —pregunté al final.

—Bueno… —Marta se encogió de hombros—. No es fácil entrar en una casa donde hay recuerdos de otra mujer. Y menos si esa mujer era tan querida como tu mamá. —Hizo una pausa breve y me miró con un dejo de ternura—. Doña Isabela trató de hacer las cosas bien, pero… al principio lloraba mucho cuando usted no estaba.

Me quedé inmóvil. Esa imagen me desconcertó. No podía imaginarla llorando. En mi mente, Isabela era impecable, serena, casi inalcanzable. Pensar que había sufrido en silencio dentro de estas paredes me produjo un extraño nudo en el pecho.

—No sabía eso —dije, más para mí que para Marta.

—Nadie lo sabía. Ella no lo mostraba. Pero yo la escuché un par de veces —agregó, bajando la voz—. En el cuarto principal. Por las noches.

No supe qué responder.

Isabela regresó al comedor unos minutos después, con el teléfono aún en la mano y una expresión más relajada. Marta se apresuró a retirarse.

—Era Armando —dijo, refiriéndose a mi padre—. Llegará tarde, como siempre.

Su tono fue neutral, pero detrás de esa serenidad percibí un dejo de decepción.

—Lo imaginaba —dije.

Ella me miró con una media sonrisa, como si hubiera algo no dicho entre los dos, algo que ambos entendíamos pero ninguno se atrevía a nombrar.

—¿Te sirvo más café? —preguntó, acercando la cafetera.

—No, gracias. Ya tengo suficiente.

Se quedó de pie, junto a la mesa, observándome. La bata dejaba entrever la curva de su cadera cuando inclinó el cuerpo para recoger mi taza. Sentí que el aire se hacía más espeso, más lento.

—Me alegra que estés aquí, Damián —dijo en voz baja, sin mirarme—. Esta casa se sentía demasiado grande sola.

No supe si responderle. Solo asentí, con un leve movimiento.

Ella levantó la vista y me sonrió, una sonrisa tenue pero sincera. Luego se dio la vuelta y salió del comedor, dejando tras de sí el eco suave de sus pasos.

Me quedé allí unos segundos, mirando la puerta por donde se había ido. El silencio volvió a llenar el lugar, pero no era el mismo de antes. Era otro tipo de silencio: el que aparece justo antes de que algo cambie, el que anuncia una grieta que apenas empieza a abrirse.

Tomé aire, me levanté despacio y caminé hacia la ventana. Afuera, el jardín brillaba con el sol de la mañana. A lo lejos, vi a Isabela hablando con Marta junto a las flores. Su risa flotó hasta mí, ligera, familiar, casi hipnótica.

Y en ese instante supe que no podría mantenerme al margen por mucho tiempo. Algo, sin que yo lo quisiera, empezaba a arrastrarme hacia ella.

El olor a cera y a polvo viejo llenaba el aire mientras Marta pasaba el trapo húmedo por los muebles del pasillo. La encontré allí, como casi siempre, con el cabello recogido en un moño improvisado y la radio encendida en volumen bajo. Afuera el sol del mediodía caía oblicuo, filtrándose por las cortinas, y la casa tenía ese silencio somnoliento que siempre me había incomodado un poco.

—¿Te ayudo con algo? —pregunté, apoyándome contra el marco de la puerta.

—¿Ayudarme? —rió sin girarse—. No, niño, usted no está hecho para esto. —Se enderezó y me miró con una sonrisa cansada—. Pero se agradece la intención.

—No me digas “niño”. Ya no lo soy —dije, sonriendo.

—Bueno, eso sí. —Suspiró, apoyando las manos en la cintura—. Ya ni cuenta me doy del tiempo. Cuando llegué aquí, usted todavía usaba uniforme.

—Y tú ya estabas. No sé cómo lograste aguantar tanto en esta casa.

—Costumbre, tal vez —dijo encogiéndose de hombros—. Además, alguien tiene que mantener las cosas en orden.

Me acerqué unos pasos. Había algo que no me dejaba tranquilo desde la mañana.

—Marta… —dije, con voz más baja—. Antes mencionaste que a Isabela le costó adaptarse. ¿Por qué?

Ella dejó el trapo sobre la mesa y me miró con una mezcla de cautela y resignación.

—No sé si me corresponde decirte eso, Damián.

—Solo quiero entender —insistí—. No estoy juzgándola.

Guardó silencio un momento, como sopesando mis palabras. Luego asintió despacio.

—Está bien. Pero prométeme que no vas a repetir lo que te diga.

—Claro.

Marta miró hacia la escalera, asegurándose de que nadie bajara.

—Tu papá conoció a doña Isabela cuando tú estabas en el colegio, ¿cierto?

—Sí. Fue después de… —No terminé la frase. No podía decir “de la muerte de mamá” en voz alta sin que me doliera el pecho.

—Ella venía de otra vida. —Marta bajó la voz—. Trabajaba en una empresa de diseño, creo. Tenía su propio apartamento, amigos, un mundo muy distinto. Cuando se casó con tu papá y se vino a vivir aquí, las cosas cambiaron de golpe. Esta casa es bonita, sí, pero no deja de tener fantasmas.

—¿Fantasmas? —pregunté, arqueando una ceja.

—No hablo de los que asustan —respondió ella con una sonrisa triste—. Hablo de los recuerdos. Tu madre estaba en cada rincón, en las fotos, en la forma en que estaba decorada la sala… hasta en la ropa que quedaba guardada en el clóset. Imagínate cómo se sintió ella, durmiendo en la misma cama, viendo los mismos muebles.

Me quedé en silencio, mirando el piso. La idea de Isabela viviendo entre los restos de la vida que mi madre había dejado atrás me provocó una punzada de incomodidad.

—No debe haber sido fácil —murmuré.

—No lo fue. —Marta negó con la cabeza—. Al principio, trató de cambiar algunas cosas: las cortinas, el color de las paredes, hasta los platos del comedor. Pero tu papá no quiso. Decía que así estaba bien, que no hacía falta mover nada.

—Mi padre nunca fue bueno para soltar el pasado —dije con amargura.

—Y ella tampoco insistió mucho. —Marta suspiró—. Creo que entendió que no podía competir con un recuerdo.

Hubo un silencio pesado entre nosotros. Desde la cocina llegaba el sonido distante del reloj de pared, marcando los segundos con una regularidad casi incómoda.

—¿Y por qué se quedó? —pregunté al fin.

—Porque lo amaba —respondió sin dudarlo—. Y también porque creyó que con el tiempo podría hacer de este lugar algo suyo. Pero eso… —se encogió de hombros—, eso nunca terminó de pasar del todo.

La observé con atención. Marta hablaba con sinceridad, pero también con un dejo de pena, como quien conoce más de lo que dice.

—A veces me pregunto si está feliz aquí —dije en voz baja.

Marta me miró por unos segundos, y luego respondió con una calma que me inquietó.

—Creo que hace lo que puede. Algunos días se la ve tranquila… otros no tanto. Hay noches en que la escucho caminar por la casa, sin rumbo. Como si buscara algo.

—¿Algo o a alguien? —pregunté.

Ella me sostuvo la mirada, sin responder.

El silencio volvió a colarse entre los dos. Afuera, el viento agitaba las cortinas, y un rayo de sol entró justo por la ventana del pasillo, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire.

—Tu madre tenía un piano aquí, ¿verdad? —preguntó de pronto Marta.

—Sí. En el estudio.

—Isabela nunca quiso tocarlo. Dice que no tiene oído, pero yo creo que es por respeto. O por miedo.

—¿Miedo a qué?

—A que la casa no la acepte del todo —respondió con voz baja—. A veces me da la impresión de que todavía se siente invitada, no dueña.

Sus palabras me quedaron resonando mientras ella retomaba la limpieza. Me quedé allí un rato más, observando cómo el paño húmedo borraba el polvo sobre la madera. Y pensé en Isabela, en su sonrisa serena, en sus silencios, en esa forma que tenía de moverse por la casa como si pisara terreno ajeno.

Quizá Marta tenía razón. Quizá, en el fondo, los dos estábamos tratando de encontrar nuestro lugar entre las sombras de alguien que ya no estaba.

El despacho de mi padre siempre tuvo algo de museo: ordenado, silencioso y con ese olor a madera vieja mezclado con tabaco. Desde niño, no me gustaba entrar. Había algo en ese espacio —quizás la rigidez, quizás el aire de autoridad— que me hacía sentir fuera de lugar. Pero ese día, con el sol filtrándose en líneas rectas por la persiana, sentí la necesidad de hacerlo.

Tenía una excusa práctica: limpiar un poco, desempolvar, ordenar los papeles que se acumulaban sobre el escritorio. En realidad, lo que buscaba era otra cosa. No sabía exactamente qué. Quizá alguna huella de mi madre, o una explicación para entender por qué todo parecía tan diferente y tan igual al mismo tiempo.

Empujo la puerta. El chirrido me recibe como una advertencia. Adentro, el aire está más frío que en el resto de la casa. La ventana está entreabierta y la cortina se mueve apenas, con pereza. En el escritorio hay pilas de documentos, un cenicero con colillas secas, y la vieja lámpara de bronce que siempre me pareció más una pieza de museo que algo útil.

Dejo el celular sobre la mesa y comienzo a limpiar. Los cajones ceden con dificultad; los papeles huelen a tiempo detenido. A veces me cruzo con notas de reuniones, recibos de viajes, tarjetas de presentación. Todo tiene el nombre de mi padre. Armando Rivera.
Nada que huela a mi madre.

Hasta que abro el tercer cajón.

Entre papeles amarillentos, sobres viejos y un par de lapiceros sin tinta, hay una caja de cartón cerrada con una liga reseca. La tomo. No pesa casi nada. La coloco sobre el escritorio y la abro.

Dentro hay cosas que reconozco: una corbata antigua, un reloj con la correa rota, y varias fotos en blanco y negro. Algunas son de mi padre joven, otras de fiestas o reuniones. Las paso una a una, con cuidado. Hasta que encuentro una que me hace detenerme.

Mi madre.

Está en la playa, con un vestido claro y el cabello al viento. Sonríe a la cámara con esa naturalidad que ya casi había olvidado. Mi padre está a su lado, con el brazo alrededor de su cintura. Pero la imagen está rota. Justo por la mitad. La parte donde debería estar el rostro de mi madre está desgarrada, faltante.

Siento un nudo en el estómago.

Apoyo la foto sobre el escritorio, intentando recomponerla, como si la otra mitad fuera a aparecer por arte de magia. Pero no. Solo queda el borde irregular del papel y la mirada congelada de mi padre mirando hacia donde ella debería estar.

—¿Por qué harías esto? —murmuro, sin darme cuenta de que lo dije en voz alta.

La pregunta rebota en las paredes del despacho.

Respiro hondo, tratando de pensar con claridad. Tal vez fue un accidente, pienso. Tal vez la foto se rompió hace años. Pero algo en el corte, en lo preciso del desgarro, me dice que no. Que alguien lo hizo a propósito.

Vuelvo a mirar la caja. Hay más fotos. Algunas de cuando yo era niño, otras más recientes. Ninguna muestra a mi madre. Es como si hubiera sido borrada de los últimos años de la casa.

Cierro la caja con cuidado, pero me quedo con la foto rota en la mano. La luz del mediodía entra de costado y resalta los bordes del papel, como una herida abierta.

Por un momento, me imagino a mi padre guardándola así, con rabia o con tristeza. O tal vez fue Isabela quien la encontró y decidió apartarla. No lo sé, y eso me inquieta más.

Camino hacia la ventana. Afuera, el jardín está tranquilo. Isabela cruza el césped con una jarra de agua en la mano, hablando por teléfono. Se detiene un instante, se aparta un mechón de cabello y sonríe con esa calma elegante que parece imposible de romper.

No puedo evitar pensar que, de alguna forma, esa foto y ella están conectadas. Que hay algo que no sé, una historia escondida entre los silencios de esta casa.

Guardo la foto en el bolsillo de mi pantalón. No sé por qué lo hago, pero siento que debo conservarla.

Cuando salgo del despacho, la casa vuelve a parecer normal. Pero yo no.
Algo cambió.

Y aunque no lo quiera admitir, empiezo a entender que mi regreso no solo removió el polvo del pasado, sino también los secretos que mi padre y su nueva esposa prefieren mantener guardados.

El jardín está lleno de ese silencio tibio que queda después del almuerzo. El viento mueve apenas las hojas del limonero y el aire huele a hierba recién cortada. Me apoyo en el marco de la puerta del pasillo que da al patio, una taza de café en la mano, y por un momento pienso que la casa se ha detenido en el tiempo.

Entonces la veo.

Isabela está en medio del césped, sobre una esterilla azul. Lleva un conjunto deportivo color claro, el cabello recogido en una coleta alta, y el sol de la tarde le dibuja sombras suaves en la piel. Se mueve despacio, con esa elegancia que parece natural en ella, como si cada gesto estuviera pensado para ser visto.

No sé cuánto tiempo me quedo observándola. Solo sé que no puedo apartar la mirada. Hay algo hipnótico en la calma con la que respira, en la precisión con la que cambia de postura, en la forma en que el viento juega con algunos mechones sueltos de su cabello.

Tomo un sorbo de café, intentando concentrarme en cualquier otra cosa, pero no lo logro. Siento una incomodidad extraña, una mezcla de curiosidad y algo más que no quiero nombrar.

Desde donde estoy, escucho el sonido tenue de su respiración, el roce del pasto cuando cambia de posición. Se inclina hacia adelante, estira los brazos, y el movimiento me deja sin palabras por un instante. No es solo que se vea bien —eso sería demasiado simple—; es la serenidad con la que lo hace, la sensación de que está completamente en otro lugar, lejos de todo lo que la rodea.

Marta cruza por el pasillo y me saca de mi trance.

—¿Vas a querer más café, Damián? —pregunta sin mirar al jardín.

—No, gracias —respondo rápido, dejando la taza sobre la mesa más cercana.

Ella asiente y se aleja, y el silencio vuelve. Miro otra vez hacia afuera.

Isabela está sentada ahora, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados. El sol cae directo sobre su rostro, y por un momento parece una pintura: quieta, serena, imposible de descifrar.

Me digo a mí mismo que debería irme, dejar de mirar. Pero mis pies no se mueven. Es como si algo me atara al suelo.

Entonces, sin abrir los ojos, gira apenas la cabeza hacia mi dirección. Se detiene unos segundos, y el aire se vuelve denso.

Cuando los abre, me mira directamente.

Siento el impulso de apartarme, de fingir que no estaba observando, pero no lo hago. Me quedo quieto, con la respiración contenida.

Ella no parece sorprendida. Ni molesta. Solo me observa, con esa expresión suave que no sé cómo interpretar.

Y luego, sin decir una palabra, me sonríe.

No es una sonrisa amplia ni coqueta, pero tampoco indiferente. Es una sonrisa leve, casi imperceptible, que me deja sin saber si me está perdonando, provocando o invitando a algo que todavía no entiendo.

Antes de que pueda reaccionar, vuelve a cerrar los ojos, como si nada hubiera pasado.

Yo sigo allí, sin moverme, con el corazón golpeando más rápido de lo que quisiera admitir.

El aire parece más pesado ahora. El jardín, más silencioso. Y aunque intento convencerme de que no fue nada, sé que esa sonrisa va a quedarse conmigo mucho tiempo.

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