La Confesión de mi Madrastra | Capítulo 1

Portada de La Confesión de mi Madrastra | Capítulo 1: mujer adulta elegante y sensual, de vestido corto y escote profundo, en el interior de una casa lujosa al atardecer

La Confesión de mi Madrastra

«Nunca quise desearla. Nunca pude dejar de hacerlo.»

Capítulo I

La Confesión de mi Madrastra

Sinopsis

Volver a casa fue el error que cambió todo. Creí que regresaba para sanar, para cerrar una herida que aún dolía, pero no estaba preparado para enfrentar lo que despertó en mí. Isabela, mi madrastra, siempre estuvo ahí, elegante, cercana, imposible de ignorar. Intenté convencerme de que mis pensamientos no significaban nada, de que el deseo podía controlarse, pero cada mirada y cada silencio hacían más difícil fingir normalidad.

«Nunca quise desearla. Nunca pude dejar de hacerlo.»

Capítulo I…

La ciudad aparece al fondo, envuelta en esa luz dorada que solo tiene la tarde cuando empieza a enfriarse. El bus avanza lento por la autopista, y yo miro por la ventana como si pudiera reconocer en el horizonte algo que me hiciera sentir en casa. Pero no. Todo se ve igual, y al mismo tiempo distinto.

Hace un año que no venía. Doce meses que parecen más largos de lo que realmente fueron. Intenté acostumbrarme a vivir lejos, a no pensar tanto en lo que dejé. Pero hay cosas que no se superan, solo se aprenden a cargar.

El paisaje va cambiando: edificios, avisos, autos, gente caminando con prisa. Reconozco las calles aunque algunas parecen más estrechas, más ajenas. Me quito los audífonos; la música ya no ayuda. Siento el ruido del motor, el murmullo de las conversaciones, y me doy cuenta de que no tengo idea de qué voy a decir cuando llegue.

El conductor me mira por el espejo.

—¿Te bajo en la esquina, cierto? —pregunta.

—Sí, gracias —respondo.

Cuando el bus se detiene, el aire de la ciudad me golpea en la cara. Es cálido, pero no sofocante. Tiene ese olor a polvo y gasolina que siempre odié y que, curiosamente, ahora me parece familiar.

Camino el último tramo con la mochila al hombro. La calle está igual: las casas pintadas con colores apagados, los perros ladrando detrás de las rejas, el sonido de una radio vieja en alguna ventana. Al fondo, la casa. Blanca, de dos pisos, con ese jardín que mamá cuidaba como si fuera otro hijo.

Me detengo frente a la reja. El portón sigue teniendo las marcas de óxido en la parte de abajo. Antes me parecía algo que había que arreglar, ahora me parece que tiene sentido dejarlo así, como si el tiempo también tuviera derecho a quedarse.

Respiro hondo antes de tocar el timbre. No quiero entrar, aunque vine precisamente para eso.

Marta abre la puerta.

—¡Damián! —su voz suena igual que siempre, mezcla de sorpresa y cariño. Me abraza sin pedirme permiso—. ¡Mírate! Estás más alto… y flaco, hijo.

—Estoy bien, Marta. —Sonrío un poco—. ¿Cómo está todo?

—Como siempre, corriendo con la casa. Pasa, pasa. Tu papá me dijo que llegabas hoy.

Cruzo el jardín. Las plantas están más grandes, pero distintas. Marta debe cuidarlas ahora. Hay una maceta nueva con flores rojas que no recuerdo haber visto antes.

Entro al pasillo y el aire cambia. Tiene ese olor mezclado a madera, desinfectante y algo más… perfume tal vez. No es el mismo aroma que solía tener la casa cuando mamá vivía. Antes olía a ella, a su crema, a su café recién hecho. Ahora hay algo más ligero, más dulce, que no sé si me gusta.

Marta me mira de reojo.

—Tu cuarto está igual, solo que… —hace una pausa—. Bueno, Isabela mandó pintar las paredes hace unos meses.

—¿Isabela? —repito, aunque ya sabía su nombre. Lo había escuchado varias veces en las llamadas con mi padre.

—Sí, tu madrastra. Es muy amable, ya la vas a conocer. Está arriba, creo que terminando unas cosas.

No digo nada. Solo asiento y miro alrededor. La sala tiene muebles nuevos, cortinas distintas, y en una esquina un cuadro enorme que antes no estaba. Una mujer al atardecer, con el rostro vuelto hacia un mar oscuro. No parece un mal gusto, pero me incomoda.

Subo despacio las escaleras. Cada peldaño suena igual. Me detengo un segundo a mirar la pared del pasillo: todavía está la foto familiar. Papá con su sonrisa tensa, mamá abrazándolo de costado, yo al frente con mis hermanos pequeños. La imagen me golpea más de lo que esperaba.

Abro la puerta de mi cuarto. El color es diferente, un tono beige más claro. Pero todo lo demás parece intacto: la cama, el escritorio, la ventana que da al jardín. La colcha es nueva, huele a detergente. Dejo la mochila sobre la silla y me quedo quieto.

La casa suena viva. Escucho una puerta cerrarse en el piso de abajo, el rumor de una licuadora, voces que no alcanzo a entender. Me siento en la cama. El colchón cede igual que antes.

Cierro los ojos. Por un instante, siento que si abro de nuevo, ella va a estar ahí. Mamá, con su sonrisa tranquila, diciéndome que deje de traer tierra en los zapatos. Pero no. Lo único que hay es silencio.

No sé cuánto tiempo pasa. Tal vez minutos. Hasta que escucho la voz de mi padre desde el pasillo.

—¡Damián! —grita—. Llegaste, hijo.

Se asoma en la puerta con esa energía que siempre intenta parecer cercana, aunque su mirada se quede corta.

—Papá. —Me levanto. Nos damos un abrazo breve, incómodo—. ¿Cómo estás?

—Bien, bien. Ha sido un año complicado, pero ya sabes… —Hace un gesto con la mano, como si pudiera apartar el tema. Me observa—. Te ves distinto. Más grande.

—Supongo que el tiempo hace eso —respondo, medio sonriendo.

Él ríe suave.

—Sí, el tiempo… —Pausa—. Bueno, baja cuando quieras. Marta está preparando algo rápido. Isabela también quiere saludarte.

Su voz cambia apenas al mencionar su nombre. Y aunque intento no notarlo, lo hago. Esa leve inflexión, ese tono más cálido.

Cuando se va, me acerco a la ventana. El sol ya se está escondiendo detrás de los árboles. Escucho a un niño reír en la calle y, por un segundo, todo parece normal. Pero no lo es.

Meto la mano en el bolsillo y saco una foto arrugada. Mamá en el jardín, agachada junto a las flores. Está riendo, el cabello recogido, los ojos cerrados por el sol. Le tomo una última mirada antes de guardarla otra vez.

Bajo a la sala. Marta pone la mesa mientras tararea una canción vieja.

—Tu papá está en una llamada, como siempre —dice, sin dejar de mover los platos—. Pero me pidió que no empiecen sin él.

—No hay problema —respondo.

Me siento en el sofá. La luz del atardecer entra por la ventana, iluminando motas de polvo que flotan lentas. La casa parece respirar diferente.

Escucho unos pasos suaves en el piso de arriba. No son de Marta, ni de papá. Algo en la manera en que suenan, en su ritmo, me hace mirar hacia la escalera.

Una voz femenina, baja, da una instrucción desde el pasillo. No entiendo las palabras, pero el tono me sorprende: sereno, cálido. El tipo de voz que no se esfuerza por agradar.

Y entonces la veo. Solo un instante. Desde la esquina del pasillo, una silueta que baja despacio. No distingo del todo su rostro, la luz la cubre a medias. Lleva algo en las manos, un paño tal vez, y el cabello recogido.

Isabela Montenegro.

El nombre que hasta ahora era solo una idea se vuelve real. No dice nada, tampoco yo. Cruza la mirada conmigo por una fracción de segundo antes de que Marta interrumpa el momento.

—¡Ah, Isa! Ven, mira quién llegó.

Ella sonríe. No una sonrisa amplia, más bien un gesto leve, contenido.

—Hola, Damián —dice, con una voz más firme de lo que esperaba—. Bienvenido a casa.

Hay algo en la forma en que lo dice, como si también fuera su regreso, o como si ese “casa” no fuera del todo suyo todavía.

—Gracias —respondo, intentando sonar tranquilo.

Por dentro, una sensación rara me atraviesa. No es solo nervios, ni simple incomodidad. Es… una especie de conciencia. De que el aire acaba de cambiar.

Papá aparece detrás de ella, sonriendo.

—Bueno, ya estamos todos —dice—. Vamos a cenar.

Camino detrás de ellos hacia el comedor. Isabela se adelanta un poco y noto, sin querer, su perfume. No es fuerte, pero deja un rastro leve, dulce, que se mezcla con el olor del pan recién hecho.

Nos sentamos. Hablan de cosas simples: trabajo, la empresa, los vecinos. Yo apenas participo. Miro los gestos, los detalles. Papá la observa seguido, como quien busca aprobación en los ojos de alguien más.

Isabela mantiene un tono amable, educado. Pero a veces, cuando levanta la mirada y se cruza con la mía, siento algo que no sé nombrar. No es coquetería, ni frialdad. Es… curiosidad, tal vez. O la misma incomodidad que yo intento disimular.

Cuando Marta trae el postre, mi padre recibe una llamada y se levanta.

—Disculpen, es importante —dice, y se aleja hacia su estudio.

El silencio se instala un momento.

—Tu padre trabaja demasiado —dice Isabela, como quien se justifica sin razón.

—Sí… siempre ha sido así —respondo.

Ella asiente y juega con la cuchara entre los dedos. La luz del comedor le da un tono dorado a la piel. Parece pensativa, distante.

—Debió ser difícil para ti —dice de pronto—. Perder a tu madre tan joven.

—Lo fue —respondo, sin mirar mucho.

—Lo siento. No pretendo incomodarte.

—No, está bien. Solo… no hablo mucho de eso.

Ella asiente.

—Entiendo.

Se hace un silencio, de esos que no son incómodos, pero pesan.

Papá regresa poco después, y la cena termina entre comentarios triviales. Cuando subo a mi cuarto, ya es de noche. La casa está en calma.

Dejo la puerta entreabierta y me recuesto en la cama. Afuera, escucho el sonido de unos pasos suaves en el pasillo. No son los de mi padre.

Me incorporo. Los pasos se alejan hacia la cocina. Me levanto, curioso, y me asomo.

Desde la escalera, apenas distingo una silueta bajando. Es ella. Isabela, en bata clara, con el cabello suelto. Se mueve despacio, sin hacer ruido. Abre la nevera, saca un vaso de agua.

No sé por qué me quedo mirándola. Tal vez porque, en medio de la oscuridad, parece fuera de lugar, casi irreal.

Cuando vuelve a subir, gira un instante la cabeza, como si sintiera que alguien la observa. Pero no me ve.

Cierro la puerta despacio, sin hacer ruido, y me dejo caer otra vez sobre la cama.

No sé qué me pasa. Solo sé que algo en esta casa cambió, y no soy el único que lo siente.

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