Enamorado de Ella | Capítulo 13

Portada - Yo te Miro

Enamorado de Ella

«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»

Capítulo XIII

Enamorado de Ella

Capítulo XIII…

La visita de Fidel

Habían pasado tan solo cinco días desde que Andreu descubrió a la que creyó ser la mujer de su vida. Y desde ese momento, no supo más de ella. Parecía que se la había tragado la tierra. Durante las cuarenta y ocho horas que había durado su agonía, seis de ellas las utilizó para salir de su casa e ir a buscarla donde pensó encontrarla. Sin embargo, ni estaba en su casa, la cual había merodeado como un ladrón buscando una entrada para acceder al hogar, ni en el edificio donde aparcó el coche, que descubrió que era el lugar donde trabaja su marido, ni en el club, donde estuvo esperando sentado en la entrada más de una hora a que alguien le abriese la puerta tras media hora de golpes y gritos. Nada. No halló nada. Lo único que pudo confirmar es que cada instante que pasaba sin ella seguía añorando sus besos, su perfume caminando por su nariz, la suavidad de su piel al tocarla… Intentó por todos los medios dejar de pensar en Lucía, pero no lo consiguió. Cuando cerraba los ojos tan solo la veía a ella, mirándole, sonriéndole, susurrándole al oído que no se desanimara porque al final volverían a estar juntos. Apiló entre sus manos los documentos que había leído y los colocó con dejadez sobre la mesa. No tenía ningún interés en solucionar los problemas de los demás porque ni él mismo solucionaba el suyo. «¿Cómo se puede ser un salvador si tan solo eres el verdugo de uno mismo?», se decía una y otra vez deambulando por su oficina. «No debería haber venido. Hoy no estoy en forma —seguía pensando—. Miraré la agenda y si no tengo nada interesante, volveré a caer en los brazos de esa botella que dejé a medias». Con desgana, observó lo que tenía previsto para la mañana y entrecerró sus ojos al sorprenderse de que todas las citas habían sido anuladas menos una. Una que se había antepuesto a las anteriores con color rojo y en mayúscula. Se sentó con rapidez en el sofá y leyó varias veces las anotaciones. Al final optó por resolver su dilema.

—Elena, quería hacerte una pregunta —comentó después de dejar pulsado el botón del intercomunicador durante unos segundos. Tal vez lo había cambiado él y ahora no se acordaba.

—¿Se encuentra mejor? ¿Necesita algo?

—Tengo algo apuntado en rojo en la agenda para hoy, pero no me acuerdo de qué se trata. ¿Sabes algo de eso? —Movía inquieto el sillón de un lado a otro.

—Puede que sea algo relacionado con Fidel. —Ella sabía de qué se trataba, pero se mantendría al margen, no quería inmiscuirse en temas familiares. Lo que tramara el diablillo con su hermano era cosa de ellos.

—Bien, entonces le llamaré a ver qué me cuenta. Gracias. —Colgó.

Los dedos de Andreu comenzaron a tamborilear sobre la mesa y frunció de nuevo su ceño. Si su hermano había concertado una cita sin poner nombre o algún tipo de palabra en clave, solo era por una razón: tenía problemas y no deseaba que nadie descubriera que volvía a meterse en líos. Tal vez requería de sus servicios para salir del club. «¿Qué has hecho?», se preguntaba una y otra vez. Miró de soslayo al precioso árbol de navidad que tenía dentro de la oficina. Este año no tenía ganas de celebrar nada. Se le hacía un nudo en la garganta con tan solo pensar que tendría que fingir una bonita y alegre sonrisa ante todos los que aparecían por casa. Además, las ancianas amigas de su madre no cesarían de preguntarle cuándo traería una mujer y unos niños. Levantó las cejas cuando una idea recorrió su mente, quizá la noticia que su hermano le daría no debía de ser mala, a lo mejor se trataba de boda o de hijos. Sonrió al pensar en la posible descendencia de su hermano. Si eran la mitad de guerrilleros que su padre, sería un tito con muchos problemas. Puso sus brazos por detrás de la cabeza y se reclinó hacia atrás. ¿Cómo se tomaría su madre una noticia así? Bueno, seguro que con los brazos abiertos. Sonrió cuando otro pensamiento invadió su mente: ¿estarían siempre vestidos con látex y cuero? Halloween o carnavales serían los días preferidos de su cuñada y hermano.

—Buenos días, Andreu —la voz de su hermano apareció por la puerta.

—Dicen que cuando nombras al diablo tres veces, aparece…

—¿Soy el diablo? Vaya, me veía más de angelito. —Caminó por el despacho.

—Te iba a llamar. Quería que me explicaras qué significa esto. —Abrió la agenda y le indicó lo que tenía escrito en ella.

—Lo he puesto yo, necesito que estés libre. Quiero pedirte un favor.

—¿De qué se trata? —preguntó sin mirarlo.

—¿No me vas a echar el sermón de la mala vida que tengo y que estás muy cansado de sacarme las castañas del fuego? —Se sentó en la silla y estiró las piernas sobre la mesa.

—¡Quita tus pies de ahí! —Los retiró de un manotazo—. Vas a manchar los papeles.

—Bueno, entonces, ¿me vas ayudar? —Sonrió.

—Todo depende de lo que necesites… —Apiló las hojas en un montón y las retiró de su lado.

—Es poca cosa, seguro que no tendrás problemas…

—¿Lo vas a escupir ya o debo adivinarlo? —Comenzaba a desesperarse.

—Alguien de dentro del club necesita tu ayuda. —Cruzó los brazos y las piernas.

—¡No me pidas ayuda para ocultar un asesinato, por favor!

—¿Asesinato? ¡Ja, ja! —Comenzó a carcajearse sin parar.

—No te rías, he sopesado muchas cosas: Asesinato, casamiento, hijos…

—¿Casamiento, hijos? ¡Ja, ja! —Seguía riendo sin parar.

—Cuando dejes de mofarte de la situación, me explicas qué es lo que necesitas que haga.

—Como ya te he dicho, alguien necesita de tus servicios y me encantaría que le atendieras. Si no te convence el caso, puedes abandonarlo sin compromiso. Pero sé que eres muy bueno en tu trabajo y podrías hacerlo bastante bien.

—¿Y quién es esa misteriosa cita? —Se levantó de su asiento y se dirigió hacia la cafetera.

—Solo puedo decirte que es alguien muy importante para las amas…

—¿Amas? ¿Te refieres a las mujeres semidesnudas vestidas de negro que portan en sus manos todo tipo de herramientas medievales? —Tomó varios sorbos de café.

—Sí. Se puede denominar de muchos modos, pero entre todas, esa es la más bonita. —Observaba cómo se alteraba su hermano, le ponía nervioso no saber quién era. Pero antes moriría que desvelarle el secreto. Se había jurado que le recompensaría todos los años de mala vida, y seguro que eso le haría olvidar todas las penurias que le había hecho sufrir.

—Sabes que la intriga me mata, ¿verdad? No te llamo hijo de puta porque tu madre es la mía y es una santa. Pero esta me las pagarás. —Andreu comenzaba a perder la paciencia. No le hacía gracia ver a su hermano sentado, tan tranquilo, ofreciendo sus servicios a personas un tanto extrañas.

—¡Júralo! —gritó Fidel dibujando en su rostro una risa burlona.

—¡Pues claro que me las pagarás! ¿Cómo se te ocurre ofrecer mis servicios sin consultar? Y mucho menos, después del mutismo que tienes.

—A ver, no te pongas nervioso. No quiero que te alteres más de lo necesario, solo se trata de un divorcio. —Cerró los ojos y se tapó los oídos. Comenzaba la segunda parte del primer round.

—No acepto casos de divorcios, ya lo sabes. —Parecía como si le hubiesen quitado un gran peso de encima. Su rostro había vuelto a la normalidad.

—Lo sé, pero como te he dicho, es un caso especial. Lo sopesas cuando venga y le dices a la cara que no quieres trabajar en su caso. —Miró el teléfono al escuchar el pitido de un mensaje—. He de irme, ya me cuentas.

—¿Pero… dónde vas? —Seguía sorprendido con la actitud que había tomado su hermano. Parecía como si en vez de un club de masoquismo se hubiera introducido en una secta. No era el mismo, de eso no le cabía ni la menor duda. Había cambiado de un tiempo a esta parte y no sabía cómo afrontar la nueva etapa de este. Solo rezó para que nada le hiciese tanto daño como el que él mismo estaba padeciendo.

Cuando Fidel cerró la puerta y no obtuvo respuesta de la razón de la huida, se volvió a sentar y la pila de papeles que había unido los volvió a colocar en el otro lado de la mesa. Estaba nervioso. No sabía qué hacer. Este le había involucrado en un caso de divorcio aun sabiendo que la empresa no se dedicaba a ese tipo de menesteres. No los aceptaba desde que sufrió en sus carnes el dolor de ver cómo era arrebatado de sus manos lo que tanto había tardado en conseguir. No solo se sintió herido por la traición de una mujer llena de codicia, sino también con la justicia, esa que tanto exaltaba en cada uno de sus casos.

—Elena, ya sé de qué se trataba ese punto rojo en la agenda —Andreu comentó a su secretaria—. Mi hermano necesita un favor… —Miró hacia el techo.

—¿Le voy buscando el número de un asesino discreto? —Esbozó una sonrisa divertida.

—Si lo necesitase, utilizaré mis propias manos. —Se recostó sobre su silla, y miró hacia el ventanal al escuchar un ruido familiar. Estaba lloviendo. Hacía mucho tiempo que no lo hacía de aquella forma. Más que gotas de agua chocando sobre el cristal parecían golpes de piedras intentando invadir su privacidad.

—Yo que usted contrataría a otra persona, así las tendría limpias… — Seguía con una sonrisa divertida en su rostro.

—Creo que por muchas trastadas que me haga mi hermano, se las perdonaría todas. —Se levantó, y con sus dedos acarició la ventana dibujando el camino que hacían las gotas de agua—. Gracias, Elena, solo quería informarte.

—A su disposición, señor. Pero sigue en pie lo de buscar un asesino a sueldo…

Como no tenía bastantes complicaciones, ahora venía un desconocido para un caso de divorcio. Seguro que sería algún miembro del club que fue descubierto y su mujer montaría en cólera ante ese tipo de engaños. ¡Lógico! Si él fuese esposa y encontrase a su marido haciendo Dios sabe el qué, también pediría la separación a gritos. Y claro está, podría sacarle hasta la pelusa del ombligo si alegaba demencia. Se sentó otra vez en su sillón y comenzó a balancearse. Era la única manera que tenía para tranquilizar el estado de ansiedad. Cerró los ojos y pensó que eran los brazos de su madre quien lo mecía mientras le susurraba una armoniosa melodía. Ella sabía muy bien cómo relajar a su hijo. Sin embargo, cuando menos se lo esperó, la nana desapareció y entre la oscuridad surgió una figura que reconocía a la perfección. Era ella. Con una preciosa sonrisa se acercaba a él para entrelazar su cuerpo con el suyo y darle un enorme y apasionado beso. «¡Joder!», gritó al sentir entre sus piernas un alzamiento no consentido.

Este libro es de la autora Dama Beltrán.
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