Yo te Quiero | Capítulo 15

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Yo te Quiero

Trilogía de los Sentidos III

«El amor solo existe cuando te atreves a sentirlo todo.»

Capítulo XV

Yo te Quiero

Trilogía de los Sentidos III

Capítulo XV…

Son ya altas horas de la noche y la fiesta acaba de terminar. Gaia y Samuel han sido los últimos en marcharse, hace unos minutos, y estoy agotada. Pero, al menos, me gustaría recoger la terraza antes de irme a dormir, porque por la mañana estoy siempre hecha polvo y encontrar la casa patas arriba no es, desde luego, la mejor forma de iniciar el día.

Apenas formulo este pensamiento doméstico, Leonardo aparece en la sala con las cazadoras y los cascos.

—¿Te queda un poco de energía para mí? —me pregunta con una expresión fresca en la cara, como si se acabase de levantar de la cama.

Lo miro pasmada.

—¿Para hacer qué? —Pese a que son casi las cuatro de la madrugada y estoy muriéndome de sueño, no puedo por menos que reconocer que la idea de dar una vuelta en moto a estas horas me estimula.

—Quiero llevarte a un sitio —contesta él.

—¿Está lejos?

—No, no te preocupes. A una hora de aquí.

—Supongo que no servirá de nada pedirte más detalles…

—¿Tú que crees? —Me amenaza con los ojos sonriendo.

—Me temo que no.

Permanecemos un rato en la cama, envueltos en la frescura y el aroma de las sábanas, disfrutando del ruido que nos llega de la calle y de la música de nuestras respiraciones. Después volvemos a buscarnos con las manos, con la boca, incluso con el sexo; la pasión que fluye entre nosotros es un fuego vivo que nunca se apaga. Cuando nos disponemos a hacerlo de nuevo, el timbre de un SMS nos detiene. Cojo mi iPhone de la mesilla y leo en voz alta:

La roca en la que estamos sentados tiene dos mil años de antigüedad. Parece increíble, casi da vértigo. El aroma de la piedra se mezcla con el del mar, el de las hierbas silvestres, el de la retama y el de nuestra piel. Y ahora las luces de la noche se apagan para dejar espacio a las del día.

—Es el momento perfecto —susurra Leonardo mirando alrededor con los ojos entornados y una expresión complacida.

Asiento con la cabeza. Desde que regresamos a Roma hemos vivido una sucesión de momentos perfectos: nuestra casa, despertarnos juntos, esperar a que regrese por la noche, el libro de recetas en el que hemos colaborado… y, como colofón, la última restauración de la que Paola me ha hablado esta noche, en la que quiere que participe.

Leonardo me abraza y apoya mi cabeza en su hombro. Observa el cielo y casi parece que reflexiona en voz alta:

—¿Sabes, Elena? Últimamente pienso en lo mucho que mi vida ha cambiado desde que nos conocimos. Nunca he tenido demasiadas certezas, siempre he vivido día a día, pero ahora, cuando pienso en el futuro no me parece tan extraño imaginármelo a tu lado. —Una sonrisa amplia y serena se asoma a sus labios.

A continuación rebusca en un bolsillo de la cazadora y saca un saquito de raso azul oscuro con dos anillos de oro blanco dentro. Levanto la cabeza y lo miro atónita. No puedo creerme que esto esté sucediendo de verdad. Leonardo pone un anillo en el que está grabado el nombre «Elena» en cursiva en mi mano, a la vez que sujeta en la suya el otro, que, a diferencia del mío, lleva su nombre, «Leonardo».

—Nunca te lo he dicho, Elena, y quiero que lo sepas ahora. —Inspira hondo, como si se dispusiese a decir algo inconmensurable—. En ti me he encontrado a mí mismo. He visto todo lo que nunca habría querido ver en mí: mis fragilidades, mis sentimientos de culpa, mi deseo incontrolable que hiere a los demás y me consume por dentro. No obstante, a través de tus ojos he podido mirar más allá de todas mis limitaciones. —Respira de nuevo—. Quiero pasar todos los días de mi vida contigo —suelta de un tirón—. Y si tú también lo deseas, permite que mi nombre permanezca para siempre en tu piel.

Es evidente que lo quiero. Con todas mis fuerzas. Su declaración, inesperada, me deja sin palabras, tengo ganas de reír y llorar al mismo tiempo. Las manos me empiezan a temblar. Jamás he puesto un anillo en el dedo a otra persona y, pensándolo bien, nadie me ha puesto un anillo a mí. ¿Nos estamos casando? En cierto sentido sí, y lo estamos haciendo, ni más ni menos, delante de Júpiter, el señor del Olimpo. El nuestro es un pacto no escrito, sino sellado con el corazón y, por ello, aún más indisoluble.

Le pongo el anillo en el dedo.

—Lo deseo. Soy tuya, Leo. Para siempre. —Luego le tiendo la mano.

Él la coge con dulzura y, en un instante, su nombre envuelve mi piel. Su gesto es mucho más firme que el mío.

—Tuyo para siempre. —Me besa en la boca—. Nosotros para siempre.

Me estrecho contra su cuerpo, mi cara pegada a la suya. Nuestros dedos se entrelazan, los anillos se rozan.

Somos realmente nosotros, ahora.

Y, vayamos donde vayamos, siempre estaremos juntos.

Tres años después…

A las diez de la mañana la playa del Lido de Venecia sigue sumida en el silencio. Desde la cabaña de los baños Excelsior, echada en una tumbona blanca y gozando de un relax absoluto, puedo oír el ruido del mar y los débiles gritos de las gaviotas que pelean en la orilla. Una melodía difusa se expande desde la terraza del hotel a la vez que una brisa ligera me acaricia la piel.

Leonardo y yo nos alojamos aquí una semana. Mis padres lo adoran, sobre todo mi madre, pese a que aún le cuesta aceptar que un hombre se desenvuelva mejor que ella en la cocina. Las noches anteriores hemos salido a menudo: Venecia en julio es tan bonita y está tan llena de vida que uno se pasaría la vida en la calle. Hemos visto a muchos amigos que no frecuentábamos desde hacía tiempo. También a Filippo. Ha sido un encuentro sosegado y sincero; sigue siendo una de las personas a las que siempre querré y sé que este afecto es recíproco. Solo necesitábamos un poco de tiempo para que la herida cicatrizase. Reconozco que fue doloroso para los dos, pero era la única manera de liberarnos el uno del otro y de permitir que nuestras vidas siguiesen su curso. Filippo está realmente feliz por mí y yo también lo estoy por él. Sé que ahora vive con Arianna, la chica con quien lo vi la noche de la despedida de soltera de Gaia, y me parece que el amor que los une es verdadero.

A Gaia, en cambio, la veremos dentro de dos días con su marido; en este momento está en Argentina, donde Samuel tiene una carrera. No veo la hora de que vuelvan.

—Deja en paz a tu madre, Michele… —Es la voz de Leonardo, poco más que un susurro. Luego, la mano pequeña y fuerte de nuestro hijo me hace cosquillas en la cadera. Michele, dos años cumplidos el 19 de marzo. Según nuestros cálculos, lo concebimos la noche de la cena en la terraza, la noche en que Leonardo me puso el anillo que aún llevo en el dedo. No nos hemos casado, al menos no de manera oficial. Puede que un día lo hagamos, pero, por el momento, no es fundamental: para mí esas alianzas valen más que cualquier promesa.

Además está él, nuestro hijo, el testimonio vivo de nuestro amor. Abro los ojos y lo miro con los ojos de quien tiene delante una criatura única y preciosa. Me levanto de la tumbona y lo cojo en brazos. Michele lucha un poco con mis manos, se enfurruña conmigo, pero luego me sonríe. Es un pequeño Leonardo: pelo oscuro, ojos negros y profundos y tez olivácea, pero tiene un lunar minúsculo en forma de corazón en el pecho y eso es totalmente mío.

Pienso en la mujer en que me he convertido, en la vida que estoy viviendo y en lo intensamente que la he deseado.

—¿No crees que se le está quemando la espalda? —me pregunta Leonardo. Nunca lo he visto tan atento con nadie como con nuestro hijo. El hecho de convertirse en padre lo ha transformado; pese a que no ha perdido un ápice de su encanto y su vitalidad, ha adquirido la ternura que siempre había esquivado.

—No, Leo… —lo tranquilizo—. ¿Verdad, Michele? —Miro a nuestro hijo y le beso la naricita—. Dile a papá que no te da miedo el sol, porque tú el sol lo llevas dentro.

Este libro es de la autora Irene Cao.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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