Yo te Quiero | Capítulo 12

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Yo te Quiero

Trilogía de los Sentidos III

«El amor solo existe cuando te atreves a sentirlo todo.»

Capítulo XII

Yo te Quiero

Trilogía de los Sentidos III

Capítulo XII…

—Quizá sea hora de salir del agua —observa Leonardo mirándose las yemas de los dedos, blancas y reblandecidas. Llevamos dentro más de una hora y casi nos hemos disuelto en el abrazo de este mar que, si bien no es muy caliente, resulta irresistible. Es un día magnífico de principios de junio y no deseo estar en ningún otro lugar del mundo. Leonardo me levanta por la cintura y me besa un hombro. A continuación me da un pequeño empujón en el trasero y juntos desafiamos de nuevo las olas.

Él se mueve con agilidad, dando unas brazadas poderosas y precisas, en tanto que a mí me cuesta seguirlo con mi estilo un tanto chapucero. En momentos como este me arrepiento de no haber aprendido a nadar mejor. Pero el agua es un elemento en el que, desde que era niña, nunca me he sentido a gusto. A pesar de que el fondo oscuro se ve con toda claridad bajo este mar cristalino, el hecho de sumergirme me produce, en cualquier caso, cierta inquietud. De hecho, una de mis pesadillas más recurrentes cuando vivía en Venecia era que me caía a un canal y me ahogaba en sus turbias aguas negras. No es un sueño verosímil, porque en poco más de un metro de profundidad no se ahogaría ni un niño sin manguitos…, pero la psique es ingobernable.

Sea como sea, si estoy con Leonardo no tengo miedo de nada y bañarse en el mar es una inyección de energía para la mente y el cuerpo.

Llegamos a la playa y nos tumbamos en las toallas para secarnos.

—¡Este sitio es fantástico! —exclamo quitándome la goma del pelo mojado—. Estamos nosotros solos.

Pese a que está cerca de las casas, este tramo de costa es escarpado y salvaje, de una belleza intacta con sabor añejo.

—Sí, aún hay pocos turistas —comenta él pasándose las manos por el pelo y la barba mojados—. Y los habitantes de Estrómboli no vienen muy a menudo a la playa. ¿Sabes que muchos de ellos ni siquiera saben nadar? ¿No te parece cómico, viviendo en una isla?

Inclino la cabeza hacia él y sacudo el pelo salpicándolo.

—¿Y a ti quien te enseñó a nadar tan bien? —le pregunto.

—Mi padre. Era una especie de anfibio. Bajaba a unas profundidades increíbles en apnea, para coger erizos de mar. —Una sonrisa melancólica le dobla las comisuras de la boca—. A él le debo mi primer contacto con el agua. Recuerdo como si fuera hoy el día en que me cogió y me tiró al mar, donde no se hacía pie. Tenía cuatro años. —Una arruga se forma en el centro de su frente—. Él estaba allí, a mi lado, listo para intervenir, pero se quedó quieto fuera mirando cómo boqueaba hasta que aprendí a flotar. «En el mar y en la vida solo cuentas con tus fuerzas», decía siempre. Nunca he dejado de tener presentes esas palabras.

—De acuerdo, pero a veces lo mejor es aceptar la ayuda que nos brindan los demás —observo.

Él me mira con atención.

—Lo sé, pero eso me resulta aún más difícil de aprender.

Le acaricio la barba mojada. Es cierto: Leonardo está acostumbrado a arreglárselas solo y a cuidar a la persona que tiene a su lado, pero le cuesta ponerse en manos de alguien, dejar que sean los demás los que hagan algo por él. A saber si un día aprenderá. Será un desafío para mí enseñarle a tener confianza en el prójimo y a poner a un lado su orgullo.

Alzo la mirada y me pierdo en el azul terso del cielo exhalando un suspiro. Me siento feliz, me gustaría que todo esto no acabase nunca. Ya no pienso en el trabajo, en Paola ni en Roma; ahora solo me importa el presente. Porque él está conmigo.

Pese a que es abrasador, el sol nos acaricia la piel y la brisa que llega del mar es un bálsamo para nuestra dulce inactividad.

Leonardo se ha girado de lado. Con una mano sujeta la cabeza y con la otra escribe unos apuntes de cocina en un pequeño cuaderno a rayas que, embadurnado de tinta y de signos indescifrables, parece un manuscrito de alquimia. Cuando le bullen en la cabeza nuevas ideas se concentra por completo y es imposible sacarlo de su mundo. Pero ni siquiera con ese aire de primero de la clase su aspecto es menos sexy. Me gustaría hundir la cara en su pecho musculoso, que exhibe desnudo a mis ojos.

—Las ilustraciones están saliendo bien —dice de improviso dejando el bolígrafo.

—Sí, con los colores mejoran. —Me pongo las gafas de sol y apoyo los codos en la toalla echando la cabeza hacia detrás—. Creía que había perdido práctica con las acuarelas, pero la verdad es que me he sorprendido a mí misma.

—¿Sabes qué? —Me acaricia dulcemente la nariz con un dedo—. Me encanta que la cocina te esté apasionando.

—Pues sí, ¿quién me lo iba a decir? Cocinar siempre me había parecido una obligación, algo aburrido, pero hacerlo contigo me divierte. —Me acerco a él y le beso una comisura de la boca—. Pero ten cuidado, chef: quizá no tarde en superar al maestro —susurro.

Leonardo esboza una sonrisa divertida.

—Que no se te suban los humos a la cabeza —dice hundiendo la lengua entre mis labios.

Sus besos profundos tienen el poder de excitarme en un instante. No puedo resistirme a ellos.

—Mañana quiero enseñarte otro plato —anuncia convencido separándose de mi boca—. Pero antes tenemos que ir a recoger helicriso a la escollera.

—¿Qué es el helicriso? —pregunto como una colegiala curiosa.

—Es una flor silvestre de color amarillo oro, típica de las islas del sur de Italia — explica—. Se cogen los ramitos y se dejan secar. Son ideales para dar sabor al pollo, los arroces y algunos primeros platos; su aroma se parece al curry y al regaliz.

—Suena bien —comento deleitándome ya con el sabor y pienso en mis queridas e inseparables barritas de regaliz. No he vuelto a probar una desde que estoy aquí—. ¿Sabes reconocer las hierbas silvestres? —le pregunto a continuación.

—Por supuesto. Si quieres ser chef, es una de las primeras cosas que debes saber. Para cocinar bien hay que conocer todas las materias primas sin perder en ningún momento el contacto con la tierra —me explica levantando un puñado de arena negra.

Asiento con la cabeza, arrobada. Leonardo es así: vive en simbiosis con el mundo que lo circunda, con una armonía que yo, torpe y casi siempre incómoda entre los demás, siempre le he envidiado.

—Te vas a quemar la espalda —dice luego mirándome.

—Esperaba que me pusieses un poco más de crema solar —le digo sonriéndole con malicia, como una gata.

—Ya que me lo pides… —Me atraviesa con los ojos.

Sin dejar de sonreírle me doy la vuelta y me tumbo boca abajo. Él rebusca en la bolsa y saca un tubo de crema factor treinta. Mi piel es tan blanca que incluso después de varios días en la playa necesita una protección elevada.

Leonardo se arrodilla a mi lado, me aparta el pelo hacia delante, me desata el bikini y, lentamente, con dedos firmes y precisos, me unta de crema. Tiene las manos de oro, cada vez que toca un músculo de mi cuerpo, este se tensa y se relaja un segundo después proporcionándome una sensación celestial.

—Es fantástico, Leo —susurro con los brazos extendidos a los costados.

—¿Te gusta?

—A rabiar.

Él coge un poco más de crema y la extiende por mis piernas empezando por los tobillos y subiendo con un movimiento dulcísimo hasta los muslos. Me gustaría que no se detuviese nunca, pero, de golpe, sus manos se paran.

—Dios mío… —lo oigo susurrar—. ¿Qué demonios hace ella aquí?

—¿Ella? ¿Quién? —Levanto la cabeza tratando de salir de mi torpor.

A una decena de metros de nosotros, mis ojos divisan a Lucrezia. Nada más verla pienso que parece una Medusa que ha emergido de la arena, inmóvil y altiva. Luce un vestido playero de encaje blanco por encima de la rodilla y está morena. Su pelo, suelto por los hombros, se mueve con el viento como si fuera un nido lleno de serpientes y sus ojos profundos y oscuros rebosan rabia, odio, estupor. Se queda plantada en medio de la arena, con la expresión de quien asiste a un espectáculo inesperado y vergonzoso. En cuanto se da cuenta de que la estamos mirando, retrocede.

—¡Lucrezia! —Leonardo se pone en pie de un salto y da un paso hacia ella. Yo me apresuro a atarme el bikini en la espalda y me siento. Lucrezia recula de nuevo, después se da media vuelta y escapa farfullando algo incomprensible.

—¡Espera! —grita Leonardo a su espalda, pero ella echa a correr pateando la arena como un caballo encolerizado.

Me pongo de pie y me acerco a Leonardo buscando su mirada. Yo estoy consternada, él completamente turbado.

—No sé por qué ha venido aquí, pero, por desgracia, no se esperaba verme contigo —explica agitando las manos.

—Debes seguirla —lo espoleo sin vacilar.

Leonardo me aferra los hombros y me mira a los ojos.

—Tú, mientras tanto, ve a casa. Me reuniré contigo en cuanto la encuentre. No tardaré mucho, pero debo asegurarme de que está bien.

—De acuerdo, pero si hay algún problema llámame —le digo con la voz velada por la preocupación. No sé por qué, pero un triste presentimiento se ha abatido sobre mí de repente.

—No te preocupes. —Me da un beso en la frente y a continuación se precipita en la misma dirección en que Lucrezia ha desaparecido.

Con el corazón en un puño, recojo nuestras cosas, me ato el pareo encima del bikini aún húmedo y me dirijo hacia casa.

Habré recorrido este camino una decena de veces, lo conozco ya como la palma de mi mano, pero en este momento tengo la impresión de que no lo recuerdo. Camino con una lentitud extenuante, como si me costase mover las piernas, preguntándome qué debo esperarme de la irrupción de Lucrezia. Estoy abrumada por las emociones, de forma que no logro comprender si estoy enfadada o atemorizada, pero una sola pregunta resuena implacable en mi cabeza: ¿por qué ha vuelto?

Cuanto más lo pienso más evidente me parece la respuesta, ineluctable en su claridad: ha venido a buscarlo, lo hará siempre, no permitirá que su matrimonio naufrague. Y yo no podré impedírselo.

Alzo los ojos hacia el volcán, que justo en este momento ha emitido uno de sus magníficos resoplidos. Cuando los bajo de nuevo entreveo una figura a lo lejos, una mancha blanca y marrón que se recorta, lúgubre, en la cima de un escollo que cae a plomo sobre el mar: es Lucrezia. Está mirando hacia abajo, cerca del borde, condenadamente cerca.

Mido con la mirada la altura: serán unos cinco metros. La caída al agua no debería ser mortal…, suponiendo que sepa nadar. Un estremecimiento de terror recorre mi espina dorsal. Es evidente lo que se propone hacer. Debería avisar a Leonardo, pero no sé dónde está… No, no hay tiempo. Tengo que detenerla yo antes de que sea demasiado tarde. Aprieto el paso y trepo por la escollera. Debido al ímpetu, tropiezo con una piedra y me caigo; siento un dolor desgarrador en la pierna convaleciente, pero me fuerzo a no pensar en ello. Me levanto de nuevo y prosigo descalza, después de haber tirado la bolsa y las chanclas de cuero, que ruedan hacia abajo con un ruido sordo.

Lucrezia aún no me ha visto, pero yo puedo verla a ella. Está cada vez más cerca, ahora puedo distinguirla perfectamente. Intento llamarla desde donde estoy:

—¡Lucrezia!

No me oye. Grito de nuevo su nombre, con más fuerza.

En ese momento se vuelve, pero no abre la boca. Tiene las mejillas surcadas de lágrimas y sus ojos revelan un dolor profundo y visceral. Está temblando, tanto que parece que se vaya a romper de un momento a otro.

—Lucrezia…, Leonardo te está buscando —digo sin tomar aliento, con el tono más tranquilizador que logro simular.

—¡Vete! ¡Déjame en paz! —El suyo es un grito quebrado.

Está fuera de sí, es un animal herido dispuesto a todo. Me quedo paralizada unos segundos; el instinto me dice que la coja y la aleje del precipicio, pero su prohibición es un alambre de púas. Temo que si doy otro paso la incitaré a tirarse.

—Aléjate de ahí, te lo ruego. Hablemos —le digo intentando persuadirla.

—¿De qué quieres hablar? ¡Es evidente! ¿Sabes que he venido para pedirle que volviésemos a empezar, que volviese a casa…? ¡Soy una maldita estúpida! —Me fulmina con la mirada—. Maldita tú también. ¡Ojalá hubieses muerto cuando te atropelló ese coche!

—Siento que te hayas enterado así, pero te juro que Leonardo quería contártelo.

—Apenas salen de mi boca, mis palabras pierden su significado, me doy cuenta. No hay nada que pueda aliviar un dolor tan absoluto y desesperado. Solo intento ganar tiempo.

Pero Lucrezia sigue con su desahogo, que es poco menos que un delirio.

—Ya no sé nada. Mi vida ya no tiene sentido, ¿qué puedo hacer con ella? —Su voz es desgarrada, me parte el corazón. Me mira con los ojos encendidos por una determinación disparatada—. La culpa es vuestra. ¡Me llevaréis siempre en la conciencia! —Diciendo esto, da un paso hacia el borde y amenaza con lanzarse al vacío. Un instante tan largo como una vida.

—¡Lucrezia, no! —Solo estoy a unos cuantos metros de ella, pero aun así no alcanzo a cogerla—. ¡No lo hagas! —grito a pleno pulmón.

Pero es inútil. Yo soy inútil y culpable. Lucrezia se da impulso hacia delante y en un instante la veo desaparecer por el borde del risco.

Me apresuro a asomarme. Las sienes me laten y las piernas me tiemblan mientras escruto las olas llamándola a voz en grito. Rezo suplicando al cielo que emerja, que su instinto de supervivencia prevalezca y la saque a flote, pero no la veo. Por un segundo la idea de salir corriendo para pedir auxilio pasa por mi mente, pero mi conciencia me grita que no hay tiempo. Estoy en primera línea, debo tirarme al agua, pese al jodido miedo que le tengo, a pesar del sudor frío y de las náuseas que atenazan mis entrañas. Visto desde aquí, el mar está a una distancia sideral y es oscuro, profundo, un abismo insidioso e inquietante, igual que en mis peores pesadillas. En escasos minutos este paraíso ha asumido los contornos de un paisaje apocalíptico. «No importa —me digo—, debo saltar. Vamos, Elena, no es momento para miedos».

Inspiro hondo, doy un paso hacia delante y me tiro a un vacío que parece infinito. Se enciende una luz, en un principio a lo lejos, luego cada vez más cerca: es el agua que me sale al encuentro. De manera que extiendo las piernas, levanto los brazos, cierro los ojos, contengo la respiración y, por fin, me sumerjo.

La gravedad me empuja abajo, hacia el fondo, y abro los ojos de inmediato aterrorizada por lo que puedo encontrarme. Es un mundo oscuro y silencioso, el fondo se ve ya a poca distancia. Estoy dentro del abismo, espantada, pero, a la vez, decidida a salvar a Lucrezia. El impulso del agua me devuelve a la superficie, pero yo muevo los brazos y las piernas para combatirlo. Con un golpe de riñones me sumerjo aún más hondo y me giro para ver el fondo. No se oye ningún ruido, solo los latidos de mi corazón.

Veo piedras, algas, peces pequeños que parecen escamas plateadas. ¿Habrá desaparecido? Subo poco a poco a la superficie para respirar y luego vuelvo a sumergirme. Tengo que encontrarla, no puede estar lejos. Esquivo un escollo y un instante después una mancha blanca aparece ante mis ojos: es ella, una medusa enorme, sinuosa y letal. Parece inconsciente.

«¡Dios mío, te lo ruego, que esté viva!».

La cojo por las axilas y, lo más rápido que puedo, la llevo a la superficie. Boqueo, los pulmones me arden en el pecho; ella está inmóvil, inerme en mis brazos. Le falta oxígeno y sospecho que podría tener también alguna costilla rota. Tengo que tener cuidado, pero al mismo tiempo debo salir lo antes posible del agua.

La agarro por detrás rodeándole la cintura con un brazo, como he visto hacer en muchas películas. Acto seguido hago acopio de todas mis fuerzas e intento acercarme a la orilla. Es una empresa sumamente dura para alguien que, como yo, no sabe nadar bien. Las olas me empujan hacia detrás, pero yo muevo las piernas como una loca hasta que mi corazón parece a punto de estallar.

Por suerte, tras rodear la escollera veo que se abre una ensenada con una pequeña playa. Nado en esa dirección obligándome a mantener la calma. Lucrezia es ligera, parece hecha de nada, y mis músculos aún no han cedido por completo. En un par de minutos toco fondo con los pies y, a continuación, la arrastro hacia detrás hasta que logro tumbarla en la orilla.

Jadeando me tiro sobre su cuerpo frío para escuchar su respiración, en caso de que todavía respire. No la oigo, debe de haber tragado mucha agua. Le subo los párpados y solo veo el blanco del globo ocular, lo que me aterroriza. Le cojo una mano, menuda y delgada, y busco el pulso con el pulgar. Siento una débil pulsación. Bien. Si su corazón sigue latiendo aún hay esperanza.

«Ánimo, Elena. Puedes conseguirlo. Solo debes recordar las maniobras justas». Han pasado varios años, pero ahora debes tratar de recordar la lección de primeros auxilios a la que asististe aburrida en el instituto. Repaso mentalmente los pasos de la respiración boca a boca y me pongo manos a la obra.

Lo primero que hay que hacer es alargar al máximo la cabeza. Me inclino sobre Lucrezia, le apoyo una mano bajo la nuca y empujo hacia arriba a la vez que con la otra presiono la frente hacia abajo. Le tapo la nariz con dos dedos para evitar que salga el aire, inspiro profundamente, pego mis labios a los suyos y soplo dentro con fuerza. Luego levanto la cabeza y compruebo si el tórax se mueve. ¡Maldita sea, no responde!

—¡Elena! —Un grito lejano se pierde en la playa. Es la voz de Leonardo. Por fin.

Lo veo arriba, en lo alto del risco.

—¡Leonardo! —grito desesperada gesticulando para que nos ayude.

Mientras él baja a toda prisa pruebo a hacer por segunda vez la respiración artificial, pero Lucrezia no reacciona y ya no siento los latidos.

Entretanto, Leonardo ha llegado. Lleva en la mano el BlackBerry y está llamando para pedir auxilio. No ha tardado nada o, al menos, eso me parece.

—No respira. —Estoy extenuada, tengo los ojos anegados en lágrimas—. Hagámosle un masaje cardiaco, por favor. Los socorristas podrían llegar demasiado tarde.

Leonardo se inclina hacia Lucrezia y le hace la respiración boca a boca. Después de que él le meta aire en los pulmones, yo apoyo la palma de la mano en el esternón de Lucrezia y, ayudándome con la otra, empiezo a presionar. Quince veces, luego vuelve a ser el turno de Leonardo. Sopla y mis manos se apresuran a presionar quince veces más.

Miro a Leonardo y él me mira a mí. Nunca lo he visto tan aturdido. Sus manos tiemblan sobre el cuerpo inerme de Lucrezia, sus ojos opacos buscan una respuesta en los míos.

—Sigamos —lo animo. No sé si servirá para algo, pero no sé qué otra cosa puedo hacer.

No puedo soportar verlo tan pálido y tenso. A pesar de que me siento desfallecer y de que me gustaría rendirme y romper a llorar, tengo que ser fuerte por él. «Resiste, Lucrezia —repito una y otra vez en mi fuero interno, como si fuera un mantra—. Resiste».

El helicóptero de la guardia costera llega mientras estoy sumida en estas reflexiones, a tiempo para devolvernos un poco de esperanza. Leonardo y yo alzamos la mirada al cielo. Pocos segundos después del aterrizaje dos paramédicos salen de la cabina y corren hacia nosotros transportando una camilla. Les explicamos lo que ha sucedido y ellos se precipitan sobre Lucrezia, la tumban en la camilla, le suministran los primeros auxilios y se la llevan al hospital de Messina.

Los miramos mientras se alejan; estamos vacíos, somos incapaces de decir ni hacer nada. Leonardo está frío y duro como la piedra. Cuando le acaricio un brazo, tengo la impresión de tocar una estatua. Después mi mano resbala hacia la suya y la estrecha con fuerza para restituirle un poco de calor.

«Estoy aquí contigo, amor mío. No te dejo».

Este libro es de la autora Irene Cao.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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