
Yo te Quiero
Trilogía de los Sentidos III
«El amor solo existe cuando te atreves a sentirlo todo.»
Capítulo IV
Yo te Quiero
Trilogía de los Sentidos III
Capítulo IV…
Abro los ojos poco a poco, con dificultad. Por primera vez en mucho tiempo, siento la tibieza de un cuerpo que duerme a mi lado. Es Martino. Esbozo una sonrisa, cierro de nuevo los párpados para volver a saborear la noche que acaba de transcurrir y pienso en el ritmo de su respiración, en el color de su piel, en todas sus zonas vírgenes que he explorado. Su ternura involuntaria y, por ello, tan franca ha sido lo más próximo al placer que he experimentado en mucho tiempo.
«Gracias, Martino».
Desentumezco los músculos y mis ojos buscan la luz apacible de la mañana. Me giro hacia un lado, me muevo despacio para no despertarlo. Martino sigue durmiendo, tiene el pelo enmarañado y la sonrisa cansada y satisfecha del que ha hecho el amor. Ha sido precioso ser su primera mujer y es estupendo tenerlo todavía a mi lado. Es pronto para las palabras, para las explicaciones que se sucederán.
En el duermevela, aparto la mirada de él y la poso en las paredes, el techo, los muebles. Veo el vestido azul eléctrico colgado de la puerta del armario y… ¡Dios mío, la boda! Abro desmesuradamente los ojos, debo de tener una expresión alucinada, digna de La naranja mecánica. ¿Por qué demonios no ha sonado el despertador?
Aterrorizada, extiendo un brazo hacia la mesilla y cojo el teléfono para ver la hora, pero está completamente muerto. ¡No es posible! ¡Y en este maldito piso ya no hay un despertador, porque el que tenía me lo llevé a Roma!
Con el corazón latiendo enloquecido enciendo la lámpara, busco el cargador en la mesilla, lo enchufo y lo conecto al teléfono, pero tiene tan poca batería que aún no se enciende. En ese momento, como la banda sonora perfecta de una película de suspense, el claxon rabioso de un vaporetto que cruza el Gran Canal rompe el silencio y me sobresalta. ¡Maldita sea!
Sin preocuparme ya por el ruido y sin temor a despertar a Martino, me levanto con un salto felino y me precipito a la cocina: ¡el reloj del microondas! Cuando leo los cuatro numeritos que aparecen en la pantalla lanzo un grito ahogado.
—¡Coño, coño, coño!
Son las diez y cincuenta minutos, Gaia se casa a las once y la iglesia, Santa Maria dei Miracoli, está en la otra punta de la ciudad.
Pero ¿por qué todo tiene que salir siempre mal? ¿Por qué solo causo problemas, esté donde esté? ¡Me gustaría meter la cabeza en este maldito horno!
Tengo que moverme, no puedo perderme en estúpidas reflexiones existenciales ahora. «Concéntrate, Elena, si los sabes aprovechar, diez minutos pueden ser suficientes».
Me precipito al cuarto de baño y me ducho a la velocidad de la luz. Prometí a Gaia que iría a su casa a las nueve para echarle una mano con los preparativos y para que el peluquero y el maquillador me arreglaran. Al ver que no llego, debe de estar pensando que me he muerto. Pero no tengo tiempo para justificaciones, en este momento no tengo tiempo para nada.
Salgo del baño chorreando, aún me quedan siete minutos para vestirme, maquillarme, peinarme, ponerme los tacones y atravesar la ciudad. Una misión imposible. Debería ser la novia la que se retrasa, la que deja a todos sin aliento. No la testigo. No la persona que estampa su firma para garantizar un vínculo que es para toda la vida. No yo, en pocas palabras. ¡Gaia nunca me lo perdonará!
No debo pensar en ello. Tengo que darme prisa y basta. Ya intentaré arreglarlo todo después. Siempre y cuando me conceda la oportunidad…
Descuelgo el vestido de la percha, me lo pongo y, sin abrochármelo, corro a echar un vistazo al teléfono. Se ha vuelto a encender, por fin; tengo veintiséis llamadas perdidas de Gaia. Con las manos temblorosas por la ansiedad, intento llamarla, pero, claro está, no contesta. Faltan pocos minutos para que empiece la ceremonia y yo sigo aquí, en estas condiciones, con la cama ocupada por un joven de veinte años. So- c-o-r-r-o.
Martino duerme feliz. Podría dejarlo ahí, tranquilo, pero tengo auténtica necesidad de compartir mi tragedia con alguien.
—¡Martino, despierta! —Lo zarandeo.
—¿Qué hora es? —gruñe él volviéndose hacia un lado.
—Es tardísimo. Casi las once —le perforo los tímpanos a la vez que lo zarandeo con ímpetu.
—¿Eh? —Abre los ojos y se incorpora de golpe—. Pero tú… ¿no tenías… la boda?
—¡Sí, coño! ¡No llegaré a tiempo! —aúllo poniéndome de nuevo de pie de un salto y empezando a dar vueltas por la habitación como una mosca enloquecida en el interior de un tarro de cristal.
Martino se sienta y me mira con la cara aún descolorida.
—Tranquila. No resuelves nada poniéndote nerviosa. —Se levanta restregándose los ojos y desentumeciendo sus brazos delgados, y se apoya en la pared para no caerse. Creo que nunca habría imaginado que se iba a despertar así.
Mientras tanto, he recordado que aún tengo el vestido desabrochado y he empezado a combatir con la cremallera que tengo en la espalda.
Martino se acerca y me la sube con dulzura.
—Ya está.
—Caramba. ¡Me siento como una longaniza! —exclamo metiendo la barriga en un vano intento de parecer más delgada. A continuación brinco hasta el cuarto de baño olvidándome de darle las gracias.
Enciendo la luz del espejo y me miro. Tengo la cara descompuesta, dos ojeras de zombi y un grano, poco menos que un volcán, en la barbilla. Con gestos frenéticos e inconexos me aplico el corrector y el maquillaje, pero la situación no mejora mucho. Ahora parezco una estatua de cera.
Da igual, no tengo tiempo para perfeccionismos. Lo imperioso es pasar a las fases sucesivas. Saco del armario un viejo neceser con varios tipos de sombras y de coloretes compactos. Dado que el maquillaje nunca ha sido mi fuerte, es el momento de demostrar que las extenuantes lecciones de Gaia no han sido una pérdida de tiempo. ¿Lograré obtener un resultado que no sea demasiado indecente?
—Elena… —Es la voz de Martino, tan delicada como siempre. La típica de los que, en la vida, siempre temen molestar.
—Estoy aquí —contesto pasándome un poco de colorete por las mejillas.
—¿Puedo entrar? —Aparece en la puerta, vestido y calzado ya con las All Star.
—Por supuesto.
Su imagen se refleja en el espejo junto a la mía. Su aire desconcertado y un tanto turbado me ensancha el corazón.
Me vuelvo un momento y me aproximo a él.
—Siento no poder prestarte mucha atención… —Me pongo de puntillas y le estampo un beso fugaz en los labios—. Pero ¡estoy en plena emergencia! —añado ruidosamente enseguida y empiezo de nuevo a garrapatear mi cara—. No sé maquillarme en condiciones normales, así que imagínate ahora —resoplo mirándome al espejo y torciendo la boca en una expresión de disgusto.
—Puedo hacerlo yo. —Martino se pone a mi lado, delante del espejo. No está bromeando. Cuando menos, parece perfectamente consciente de lo que dice.
—¿Tú…?
Estoy tan desesperada que en este momento me lo creería todo, pero él ni siquiera me responde y me quita de la mano el aplicador de sombra. Estoy atónita. Con unos movimientos delicados, pero seguros, empieza a matizar los polvos por los párpados.
—Hice un curso de maquillaje teatral en la academia —explica—. Si te fías…
—¡Claro que me fío! Basta que seas rápido y que no me dejes como una de esas cantantes de ópera gordas, que parece que lleven una máscara en la cara.
Martino obra un milagro en mis ojos. Completo el trabajo con el rímel azul y un poco de brillo en los labios.
Echo un vistazo al iPhone: ¡son las once y cuarto! Teniendo en cuenta las manías de diva de Gaia, mi margen para llegar a tiempo a la ceremonia se extiende hasta las once y veinte. Quizá.
Jamás lo conseguiré.
Por si fuera poco, aún queda por resolver el problema del peinado. Me revuelvo ligeramente el pelo tratando de que cobre vida: es un cruce fascinante entre un cogollo de lechuga y un cocker. Si me hubiese despertado a tiempo, Patrick, el peluquero de Gaia, se habría ocupado de él.
Lo recojo en una coleta.
—¿Así? —le pregunto esperanzada a Martino—. ¿O mejor así? —Me lo suelto por los hombros dejándolo caer a un lado. Me ha crecido bastante, de manera que me llega casi hasta la cintura. Tarde o temprano tendré que decidirme a cortármelo.
—Hum… —Martino me estudia—. Quizá así —me coge dulcemente el pelo y lo retuerce en una especie de moño bajo—. Te ilumina más la cara.
—Está bien. ¡Me fío de ti! —exclamo sujetando con una aguja de perlas el improvisado peinado. Este chico es una caja de sorpresas.
Me echo una nube de laca y salgo a toda prisa del baño para buscar los zapatos.
En ese momento —son ya las once y veinte— un timbre despiadado anuncia la llamada de mi madre. Obviamente, como corresponde al guion, se habrá sentado en los primeros bancos de la iglesia y, al no verme al lado de Gaia, habrá pensado en lo peor. Me está llamando por pura formalidad, pero tiene ya el dedo preparado para teclear el 113. A ella debo responderle.
—¡Mamá!
—¿Dónde demonios estás, Elena? ¿Sigues viva? —A pesar de que casi está susurrando, reconozco el tono violento de preocupación.
—Estoy bien, mamá —trato de calmarla—. No he oído el despertador. Tranquila.
—¡Dios mío! —Me la imagino alzando los ojos al cielo y apretando los labios, como suele hacer cuando no domina una situación—. ¡Date prisa, Elena! Estás haciendo un ridículo espantoso…
¡Como si no lo supiera!
—Vamos, no me hagas perder más tiempo. Voy enseguida. Adiós —concluyo a toda prisa.
En la agenda —menos mal que nunca lo he borrado— selecciono el número de Shark, el taxista abusivo más rápido de Venecia, y le pido que acuda al muelle de la Accademia en diez minutos, ni uno más. Por suerte, está libre y me tranquiliza:
—De acuerdo, corazón, por ti hago lo que sea.
Cojo del zapatero mis peep toe de color lila y me los pongo arriesgándome a romperme el cuello con las prisas, después cojo el bolso de mano y echo dentro unas cuantas cosas a la buena de Dios. ¡Lista!
No me miro al espejo, no tengo ni tiempo ni valor para hacerlo. Puede que, si me doy prisa, aún pueda llegar antes de que todo haya terminado. Incluso poco después de la entrada de la novia.
—Te olvidas de esto. —Martino me pasa el móvil, que había dejado en el zapatero.
—¡Gracias! —Meto el iPhone en el bolso, que ahora se cierra por un pelo.
Salimos de casa juntos y bajamos las escaleras a la velocidad máxima que me permiten los zapatos, que es, a decir verdad, escasa. Por suerte, Martino me ofrece el brazo. No sé por qué, pero me siento como una señora mayor a su lado. Aunque no es el momento de dedicarse a estas reflexiones.
Nos despedimos en el muelle de la Accademia.
—Ni siquiera te he preparado un café —digo a modo de disculpa.
Por toda respuesta, él me da un tímido beso en los labios y me mira con los ojos resplandecientes de gratitud.
—Jamás olvidaré esta noche —dice. Después me ayuda a subir al taxi.
—¡Nos vemos en Roma! —Le lanzo un beso desde la lancha a la vez que Shark baja de golpe la palanca del acelerador. Lo fulmino con la mirada; este loco puede arruinarme la puesta en escena de diva con un bandazo.
Las once y cuarenta minutos.
Cruzamos el Gran Canal a una velocidad prohibitiva, adelantamos a los vaporetti y a las barcazas, pasamos como una exhalación por debajo del puente de Rialto, delante de la policía municipal. Shark me tiende un pañuelo blanco y me ordena que lo agite, de manera que interpreto el papel de la moribunda —una moribunda increíblemente elegante— en el desesperado intento de llegar a la iglesia antes de que mi mejor amiga haya pronunciado el fatídico sí. El taxi enfila un canal estrecho y tortuoso en el que se ve obligado a frenar para no chocar contra una casa. Nos deslizamos suavemente por el agua durante varios metros hasta que, por fin, aparecen ante mis ojos los mármoles polícromos de Santa Maria dei Miracoli, iluminados por el sol de finales de abril. Una visión.
Las once y cincuenta minutos.
Con una hábil maniobra, Shark arrima el taxi al lado del canal que da a la calle y me abre la puerta. Le pago (un auténtico atraco a mano armada), desciendo de la lancha con un salto digno de una acróbata y, arriesgando la vida a cada metro que avanzo con estos tacones vertiginosos, echo a correr por la calle como una endemoniada. Jadeo, sudo, el maquillaje se me está corriendo, el peinado se deshace, pero vale la pena, porque quizá aún pueda acompañar a Gaia en el día más hermoso de su vida.
En cambio, no. Todo ha sido inútil. Lo entiendo cuando entro en el atrio y me embiste un torrente de invitados que salen en ese momento de la iglesia. ¡Maldita sea! ¿Tan puntual ha sido mi amiga? Pero, sobre todo, ¡¿tanta prisa tenía por casarse?! Además, caramba con el cura…, ¡ha celebrado la misa a la velocidad del rayo!
Con todo, no me doy por vencida. A pesar de que los novios ya se han dado el sí —cómo he podido hacerle esto a Gaia—, puede que aún no hayan firmado en el registro y aún llegue a tiempo de desempeñar mi deber de testigo. Desafío a la multitud como una amazona, avanzando a contramano y abriéndome camino a empujones. Todos me miran con una mezcla de perplejidad y desaprobación.
Reconozco a Valentina, Serena y Cecilia, resplandecientes como si estuvieran sobre una pasarela. Vale, que siempre ha aspirado al papel de testigo, me mira como diciendo: «¡¿Te presentas ahora?!». En mi enloquecido avance me cruzo también con mi madre, que se lleva las manos a la cara y se para a mirarme boquiabierta. La ignoro y sigo adelante impertérrita, buscando a los novios. Cruzo con unas zancadas dignas de una velocista la nave central de la iglesia, decorada con rosas blancas y azules, pero no hay ni rastro de Gaia y Samuel.
Me precipito hacia la sacristía, que está a un lado del altar mayor. Las puertas están abiertas, reconozco a los novios de espaldas y delante de ellos al cura, que justo en este instante les tiende el enorme registro de pergamino donde deben firmar los testigos.
—¡Esperad! ¡Quietos! —grito clavando los tacones en el pavimento de mármol.
—¡Elena! —Gaia se vuelve y me mira alterada—. Pero ¿dónde te habías metido? —Se está conteniendo. Si no estuviésemos en un lugar sagrado, me cantaría las cuarenta…
Está guapísima. Mi corazón se detiene por un segundo y los ojos se me empañan al verla así, con el vestido blanco cubierto de perlas y de bordados, el pelo rubio recogido en un sofisticado peinado y el velo de seda que, desde el moño, le llega a los pies.
—Perdóname —le suplico doblada en dos sin poder respirar. Tengo la impresión de que me voy a desmayar—. He tenido un contratiempo. Luego te lo explico todo.
—Te dábamos por perdida —tercia Samuel. No sé si el tono es de ironía o de reproche, no logro descifrarlo. En cualquier caso, ahora que lo miro no puedo por menos que reconocer que también él está espléndido. Lleva un chaqué negro con una corbata de color azul eléctrico y un clavel a juego en el ojal. Su testigo es Roberto, el amigo que lo acompañaba la primera vez que lo vi.
—Bueno, ya es un poco tarde —dice Alessandra, la hermana de Gaia. Me mira contrariada con la pluma en la mano, lista para firmar. Casi me anima el hecho de que Gaia la haya elegido a ella y no a Valentina para sustituirme.
—Bueno, queridos, ¿seguimos adelante? —El sacerdote abre el registro por la página del día e indica el lugar en el que los testigos deben escribir su nombre.
Inspiro hondo, me llevo una mano al pecho con un gesto teatral y pronuncio mi triste apelación:
—Escuchad, a pesar de que no he asistido a la boda, sigo siendo la mejor amiga de la novia. —Miro a Gaia a los ojos como si fuera un cachorro perdido y una lágrima se desliza silenciosa por mi mejilla—. Te lo ruego, no sabes cuánto deseo ser tu testigo. Nos hicimos una promesa…
Gaia se queda en un principio atónita, pero después una leve sonrisa se dibuja en sus labios. No es la sonrisa de siempre, pero no pretendo más después de la que he organizado. A continuación hace un ademán con la cabeza a su hermana, que, resentida pero sumisa, me pasa la pluma. La cojo con la mano temblorosa y me inclino sobre el registro para firmar.
Después de que el otro testigo haya firmado también, acompañamos fuera a los novios. Gaia va cogida de la mano de Samuel. Roberto y yo los flanqueamos. Alessandra cierra el cortejo.
Mientras recorremos la nave central, Gaia se vuelve hacia mí y me susurra:
—¿Qué demonios te ha pasado? ¡Estaba aterrorizada sin ti!
—Lo sé, luego te lo cuento…
—Espero que el tipo al menos valiese la pena… —Gaia me guiña un ojo. Vuelve a ser la de siempre, me ha perdonado. Sabedora de mis correrías sexuales, da por descontado que ese ha sido el motivo de mi retraso. En efecto, no va muy desencaminada.
—No es lo que piensas… —Me gustaría explicárselo, pero estamos a un paso de la salida triunfal y no hay tiempo para discursos.
Los invitados aplauden y tiran a Gaia y Samuel una nube de pétalos blancos y azules. Una vez terminadas las fotografías de rigor, los novios se despiden de todos y se marchan a bordo de una góndola adornada con una cascada de rosas a la vez que los invitados se dispersan a pie por la calle, en dirección al palacio Pisani Moretta, donde va a celebrarse el banquete.
Después de tragarme un sermón venenoso de mi madre a la salida de la iglesia, me he acercado a Valentina, Serena y Cecilia, que, con sus vestidos fluorescentes, parecen una versión postmoderna de las tres Marías, y hemos ido juntas al palacio. Me he pasado el trayecto improvisando una historia que justificase el imperdonable retraso sin generar un ulterior escándalo. Me he inventado una mancha en el vestido que he debido lavar en el último momento, pero es más que improbable que las haya convencido. En resumen, me ha tocado soportar sus miradas de desaprobación.
Delante del edificio nuestra comitiva se une a la de los amigos de Belotti, un grupo de ciclistas de varias nacionalidades vestidos como modelos, hasta tal punto que parecen salidos de un anuncio de Dolce & Gabbana. De esta forma, mientras, entre una copa de champán y otra, esperamos la llegada de los novios al patio exterior, se inicia el vals de los galanteos.
Doy fe —¡esta vez sin miedo!— de que en las bodas se liga bastante. Un español de cuerpo escultural se interesa por mí y no deja de llenarme la copa. Lo oigo susurrar en español más de una vez qué guapa, pero no logro entender el sentido preciso de lo que dice, dado que, al igual que yo, también está un poco borracho. Si no fuera porque aún estoy envuelta en el recuerdo de la noche que he pasado con Martino, tomaría seriamente en consideración sus músculos marcados bajo la camisa ceñida de algodón. Pero hoy no estoy de humor.
Por fin hacen su entrada los novios. Me acerco a Gaia, resuelta a conquistar un poco su atención, pero apenas hemos cruzado dos palabras cuando un grupo aguerrido de parientes se aproxima a nosotras y se la lleva para felicitarla. Ella me dirige una mirada de resignación, debe de estar ya cansada.
Bebo el último sorbo de vino espumoso y me acerco de nuevo a Serena, Cecilia y Valentina, quienes, entretanto, han rodeado a mi español y se lo están disputando a fuerza de sonrisitas y miradas lánguidas. Paciencia. Todo para ellas.
El maestro de ceremonias nos invita a entrar. En el interior, el palacio parece una residencia real: las alfombras de las escalinatas son de terciopelo rojo, las lámparas de cristal de Murano, el pavimento de mármol resplandeciente y por todas partes se ven unas sofisticadas composiciones florales de color azul y blanco. En el centro del salón principal, la reproducción en plexiglás de una góndola alberga una barra coon vinos caros y pinchos de todo tipo. Cada vez que pruebo algo especialmente sugestivo o fantasioso, no puedo por menos que pensar en Leonardo, en la pasión que lo ha convertido en un gran chef, en la delicadeza y la habilidad de sus manos, en la creatividad con que realiza sus platos. Para él la comida es alimento en un sentido total y, por tanto, también estético; en pocas palabras, un encuentro entre el cuerpo y el alma.
Gracias a él, ahora soy capaz de apreciar esta cocina. Él me reveló el verdadero sabor de las cosas instilándome un hambre insaciable por la vida. Él me llevó al ápice del placer, el mismo que ahora se me niega de manera inexplicable.
Para dejar de pensar, saco el iPhone del bolso. Espero que una ronda rápida de Ruzzle me vacíe la mente, pese a que en los últimos tiempos las palabras que más compongo —«sexo», «manos», «cama», «perfume»— lo evocan siempre a él.
—Bueno, oigamos lo que has de contarme para disculparte. —La voz de Gaia, con una punta de acidez y de reproche, me devuelve a la realidad. Se sienta a mi lado y me mira fijamente: el proceso ha comenzado. Guardo el teléfono y, por fin, puedo contárselo todo: mi aventura tierna y surrealista con Martino y el trepidante despertar de esta mañana. Es una liberación —¿a quién, si no, podría contarle que he destetado a un chico de veinte años?—, pese a que me veo obligada a hacer penitencia por haberme perdido la ceremonia.
—Entonces, ¿me perdonas de verdad? —le pregunto abriendo mucho los ojos.
Ella me mira con severidad. El vestido blanco le confiere un aire angelical que no le corresponde y que me cohíbe un poco.
—De acuerdo —dice al final frunciendo la nariz—, pero solo un poco.
No necesito más para echarle los brazos al cuello y acribillarla a besos y declaraciones de amor eterno e incondicional.
Me aparta esbozando una sonrisa.
—Quieta, ¡me estás estropeando el maquillaje!
Luego vuelve a su mesa, al lado de Samuel, que ya la está reclamando.
Es la mejor amiga que se pueda desear.
Mientras nos sirven el segundo plato de un banquete que está sometiendo las costuras de mi Versace a una dura prueba, recibo un SMS de Martino.
¿Cómo te va? ¿Te ha perdonado tu amiga? Un beso.
Marti
Una sonrisa preñada de ternura se dibuja en mis labios. Mi amiga me ha perdonado, pero los demás no dejan de mirarme acusadoramente: los padres y la hermana de Gaia, las tres Marías, que están sentadas a mi mesa; ninguno de ellos me trata con la habitual familiaridad. Puede que solo sea una impresión mía —¿será el sentimiento de culpa por lo que he hecho esta noche?—, el caso es que me siento incómoda entre todos estos invitados, tan serios con sus vestidos oscuros y sus peinados embalsamados. Que se vayan al infierno, no he hecho nada malo y, por tanto, no veo por qué no puedo contestar a Martino que todo va bien y que su maquillaje ha resistido de maravilla. Quiero que sonría cuando se acuerde de mí, de su primera vez y de Venecia.
Las horas pasan y yo sigo bebiendo sin freno, ignorando las miradas de desaprobación de los demás. Lo sé, me he equivocado, también me estoy equivocando ahora, pero no podéis condenarme así, sin posibilidad de apelación, y justo en este momento. Las cosas son ya bastante difíciles…
Miro alrededor y solo veo gente feliz. No tengo nada que ver con estos amigos, con sus sonrisas y sus buenas noticias. De repente, me siento sola y fuera de lugar. Gaia se ha casado hoy, es oficialmente la esposa de Samuel Belotti y, al menos vistos desde aquí, parecen la pareja más bonita del mundo. Cecilia acaba de encontrar un trabajo magnífico como ingeniera ambiental en Francia y dentro de poco se mudará a París con su novio. Valentina y Serena están proyectando abrir juntas un local y puede que una de las dos consiga al apuesto ciclista ibérico antes de que finalice el día. Pienso también en Filippo, que ha realizado el sueño de abrir un estudio propio y que ha comprado el famoso piso del Gran Canal al que, con toda probabilidad, se irá a vivir con su novia. Todos parecen realizados o, cuando menos, tienen un objetivo en la vida. Elena Volpe, en cambio, aún está buscando su lugar en el mundo y cada vez se siente más a disgusto en su vestido y, sobre todo, en su piel.
Una melancolía pesada e inevitable me empaña la mirada. La única nota positiva de esta fiesta, pienso en un doloroso instante, es este fantástico Cartizze Superiore. Así que me sirvo otra copa.
Cuando el maestro de ceremonias anuncia la llegada de la tarta nupcial, mi tasa de alcoholemia ya es considerable. El mundo me resulta ahora más aceptable, si bien muy confuso. Me levanto, algo menos estable que cuando me senté, y, con el resto de los invitados, me acerco a la mesa de los novios. Mientras todos aplauden y gritan felicitaciones que, a mis oídos, suenan casi obscenas —pero ¿se hace eso en las bodas?—, Gaia y Samuel empiezan a cortar una escenográfica tarta de cinco pisos rellena de nata montada y frutas del bosque.
—¡Brindemos por los novios! —grita exultante el padre de Gaia con su vozarrón. Acto seguido alza la copa al cielo e invita a todos a secundarlo.
Valentina, que a todas luces esperaba con ansiedad su momento, sube al palco y, rebosante de orgullo, desenrolla un pequeño pergamino. Al cabo de un instante de suspense, empieza a leer con énfasis una página de El Profeta, de Jalil Gibran:
Nacisteis juntos y juntos permaneceréis para siempre.
Estaréis juntos cuando las blancas alas de la muerte esparzan vuestros días.
Y también en la memoria silenciosa de Dios estaréis juntos.
Pero dejad que crezcan espacios en vuestra cercanía y que los vientos del cielo dancen entre vosotros.
Amaos el uno al otro, pero no convirtáis vuestro amor en una prisión; que sea, más bien, un mar agitado entre las orillas de vuestras almas.
Llenaos uno a otro vuestras copas, pero no bebáis de una misma copa.
Compartid vuestro pan, pero no comáis del mismo trozo.
Cantad y bailad juntos y estad alegres, pero que cada uno de vosotros sea independiente.
Las cuerdas de un laúd están separadas, aunque vibren con la misma música.
Entregaos vuestro corazón, pero no para que vuestro compañero se adueñe de él.
Porque solo la mano de la Vida puede contener los corazones.
Y permaneced juntos, pero no demasiado juntos.
Porque los pilares sostienen el templo, pero están separados, y ni el roble crece bajo la sombra del ciprés ni el ciprés bajo la del roble.
Un aplauso se eleva entre los invitados a la vez que los novios dan las gracias conmovidos.
Después toma la palabra la madre de Gaia:
—Yo no sé expresarme tan bien —hace una pausa, tiene los ojos empañados—, pero quiero desear a mi hija y a Samuel que sean felices, siempre. Y que, cuando eso no sea posible, permanezcan tan unidos y enamorados como lo están ahora.
Cuando también Alessandra alza la copa y suelta el enésimo «¡Gaia y Samuel, os deseo que vuestro amor dure toda la vida!», siento que la cabeza me va a estallar de tanta melosidad. Ha llegado el momento de animar el ambiente… Supongo que son los ríos de Cartizze que fluyen por mis venas los que me guían.
—Ahora me toca a mí —anuncio dando unos golpecitos en el fuste de la copa con el cuchillo y carraspeo—. Más que un augurio, la mía es una esperanza. Ahora que os habéis casado, os ruego… —Respiro y arrojo la bomba—: ¡Haced el amor más a menudo! Tu mujercita, Samuel, no se contenta con una vez al mes, le parece una miseria… —Suelto una carcajada grosera, pero enseguida me doy cuenta de que soy la única que se ríe en la sala, porque el resto de los invitados se han quedado helados. Dios mío, ¿tan terrible es lo que he dicho?—. Vamos, estaba bromeando… Solo era una broma… —me justifico con cierta incomodidad bajo la mirada de espanto de los invitados.
El pianista debe de ser una persona muy intuitiva, porque interrumpe mis balbuceos poniéndose a tocar I Say a Little Prayer. Pero yo no soy Rupert Everett y aún menos Julia Roberts, y esta no es, desde luego, la atmósfera que se respiraba en La boda de mi mejor amigo. Soy una estúpida, eso es lo que soy, la testigo que nadie querría tener, y, a juzgar por la cara que ha puesto mi mejor amiga, acabo de organizar una buena.
Mientras sirven la tarta y, por suerte, todos parecen haber olvidado mis dos minutos de locura —ahora me ignoran ostentosamente—, Gaia se acerca a mí y me zarandea cogiéndome de un brazo.
—¿Serías tan amable de acompañarme un momento al servicio? —me pregunta fulminándome con la mirada.
—Por supuesto. —La sigo dócilmente, sujetándole con torpeza la cola. Supongo que forma parte de mis deberes de testigo y me gustaría desempeñar al menos uno, pero lo cierto es que a cada paso que doy corro el riesgo de caer de bruces al suelo tropezando con su vestido.
Apenas entramos en el baño, Gaia se planta delante de mí.
—Ele, mírame a los ojos. ¿Se puede saber qué demonios te ocurre?
—¿En qué sentido? —Me encojo de hombros. En este momento creo que la mejor estrategia es negarlo todo, mostrar indiferencia. En pocas palabras, hacerme la tonta.
—¡¿Estás bien?! ¡En el sentido de que me gustaría que no pregonases a los cuatro vientos las confidencias que te hago sobre mi vida sexual! —Ahora sí que parece realmente enfadada.
—Vamos, qué mojigata te has vuelto con la historia de que ahora eres una mujer casada… ¡Solo era una broma! —digo tratando de restarle importancia al asunto.
—Sí, una broma desafortunada. Que, además, ni siquiera es propia de ti. Te juro que no te entiendo. —Me clava con rabia el índice en el esternón.
—¡Menudo rollo! —la atajo, irritada—. Hace unas horas que te convertiste en la señora Belotti y ya tienes el aire beato de una burguesa…
También esta debe de ser una ocurrencia de mal gusto, porque Gaia no se ríe; al contrario, me mira airada. Casi tengo la impresión de que le está saliendo humo por las orejas. Quizá me haya pasado un poco con el Cartizze.
—¿Cuánto has bebido? —me pregunta a bocajarro.
—Ya está, ¡ahora resulta que ni siquiera puedo brindar en la boda de mi mejor amiga!
—Me parece que últimamente brindas demasiado…
—Lo tengo todo bajo control, tranquila.
Gaia cabecea.
—No te reconozco, Ele. Te presentas cuando la ceremonia ha terminado, bebes como una esponja, dices cosas incoherentes y embarazosas… Y no me refiero solo a hoy. Hace tiempo que estás distraída. Me rehúyes, ya no sé nada de ti, mantienes las distancias…
—¡Vaya rollo, Gaia! —grito. El vino se me está subiendo a la cabeza, los oídos me zumban y la charla de mi amiga no mejora, desde luego, la situación.
—Oye. Sé que aún sufres por Leonardo…
No la dejo acabar. Ese nombre hace saltar en mí una rabia inesperada.
—¡Estoy bien, a ver si lo entendéis todos de una vez! —grito de nuevo—. Tú, Paola, mis padres… ¡no dejáis de decirme lo extraña que estoy y cuánto sufro! ¡No quiero sufrir, metéoslo en la cabeza de una vez! ¡Lo único que quiero es divertirme un poco y disfrutar de la vida!
—Solo estoy preocupada por ti, Ele. —Gaia me mira espantada. Creo que nunca me ha visto reaccionar de esta forma.
—¿Sabes lo que pienso yo? —prosigo; a estas alturas no hay quien me pare—. Pienso que compites conmigo. Sí…, en el fondo, el hecho de verme tan emprendedora y desinhibida te molesta. Te gustaría que siguiese siendo ingenua y un poco torpe como antes, porque entonces era inocua, me mantenía en mi sitio sin molestar y no te restaba protagonismo. Bueno, lo siento por ti, pero el patito feo se ha convertido en una princesa.
Puede que me esté pasando, además de estar confundiendo los cuentos… No sé por qué le estoy escupiendo tanto veneno. A decir verdad, no era consciente de guardar todo esto en mi interior y el desahogo me ha dejado un sabor amargo en la boca.
Gaia tiene los ojos empañados.
—De manera que eso es lo que piensas de mí. —Se calla, como si estuviese esperando que me eche atrás o me disculpe, cosa que no sucede.
Le mantengo la mirada en silencio; si bien no estoy del todo convencida de lo que he dicho, soy demasiado orgullosa para rectificar…
Gaia sale del baño dando un portazo.
Me quedo un momento más allí, respirando hondo, con los labios apretados y las fosas nasales bien abiertas. Me agacho apoyando la espalda en la pared. Inclino la cabeza hacia delante. Estoy harta de consejos, reproches y caras de preocupación. Estoy harta de que los demás no dejen de recordarme cómo era y de reprocharme que me he convertido en un monstruo. Acabo de herir a mi mejor amiga, pero en este momento no soy capaz de hacer otra cosa, de manera que es mejor que se mantenga lejos de mí. Le he arruinado ya la ceremonia, tengo que procurar no destrozar por completo el recuerdo de su día más hermoso.
A veces las personas que te quieren pueden ser molestas. Y no puedes tenerlas cerca cuando sientes la necesidad de hacerte daño.
Este libro es de la autora Irene Cao.
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