
Yo te Quiero
Trilogía de los Sentidos III
«El amor solo existe cuando te atreves a sentirlo todo.»
Capítulo III
Yo te Quiero
Trilogía de los Sentidos III
Capítulo III…
El día antes de la boda voy a casa de mis padres a recoger el vestido de testigo. Desde que llegué a Venecia mi madre le está dedicando horas y horas. Lavado a mano, puesto en remojo con almidón de arroz, secado evitando las fuentes de luz directa, planchado al vapor con apresto; en resumen, los mismos servicios que presta una tintorería especializada. Aun así, estoy segura de que tendré que agradecérselo, porque al maravilloso vestido de chifón que eligió Gaia no le quedaban muchas esperanzas después de haber viajado durante seis horas comprimido en la maleta. Cuando lo saqué parecía un trapo para quitar el polvo, pero ahora estará perfecto; todo renace cuando pasa por las manos de Betta.
Toco el telefonillo de la casa de los Volpe casi a mediodía. Subo y encuentro a mi madre en la cocina. ¿Dónde si no podría estar a esta hora? Está preparando un rollo de patatas con cuatro quesos y espinacas que engorda con solo mirarlo. ¡Dios mío, cuánto echo de menos los manjares con los que mi madre me malcrió vergonzosamente durante treinta años!
—¡Aquí tienes a tu adorada hija! —digo a modo de saludo. Dejo el bolso en el sofá y me acerco a la encimera de la cocina.
—Hola, cariño. —Sin soltar la masa se inclina para que le dé un beso en la mejilla—. El vestido está en tu habitación —dice como si hubiese sido cosa de cinco minutos.
—Gracias, mamá. Voy a ver el milagro. —Hago ademán de ir a mi habitación, pero su voz me detiene.
—¿No es un poco exagerado ese color azul eléctrico para una testigo?
—Lo eligió Gaia. Pero, por una vez, me gustó también a mí en cuanto lo vi. —Si hubiera sido el clásico rosa pastel de dama de honor americana, me habría suicidado.
—Si tú lo dices… —Mi madre se encoge de hombros, no del todo convencida. Después ladea la cabeza y me mira a los ojos—. Dime: ¿cómo estás tú? —pregunta en tono inquisitivo. No se le escapa una.
—Bien. ¿Por qué?
—No sé, pareces un poco pálida —dice con una mezcla de preocupación y reproche en la voz.
—¿De verdad? —Me miro los brazos y las piernas, pero no noto ninguna diferencia sustancial respecto a mi color habitual: rosa pálido con una marcada tendencia al blanco cadavérico.
—Podrías darte una sesión de rayos esta tarde —me sugiere.
—Sí, claro —le digo riéndome—, así mañana en lugar de mejillas tendré dos filetes a la brasa.
—Entonces ponte tierra, colorete, ese tipo de cosas —dice dándoselas de maquilladora experta—. Debes tener un poco de color, Elena. ¡Eres la testigo! — subraya con énfasis, como si mañana tuviese que desempeñar el cometido más importante de mi vida—. Tienes el deber de estar casi tan guapa como la novia.
Resoplo, jamás me han interesado esas cosas.
—Gaia me quiere de todas formas, ¿sabes? Aunque esté como la leche.
—Sea como sea, mañana me pasaré por la ceremonia —cambia rápidamente de tema—. Tengo mucha curiosidad por ver a Gaia. Además quiero felicitarla. —Ir a las bodas, incluso de gente que no conoce, es casi un hobby para ella. Siempre lo ha hecho.
Luego suelta una frase con una naturalidad que, a ojos de cualquiera, excepto a los míos, hace que parezca del todo casual:
—Menuda suerte ha tenido con ese ciclista…
Socorro. Sé dónde quiere ir a parar.
—Tu no piensas para nada en casarte, ¿eh? —Me apremia con el clásico tono de veneciana avinagrada—. Eres alérgica al vestido blanco.
—Con este tono de piel, me sentaría fatal el blanco, ¿no te parece? —digo intentando quitar hierro al asunto.
—Filippo era un chico estupendo —prosigue ella impertérrita, y concluye exhalando un suspiro y alzando los ojos al cielo. Como cualquier otra madre, también ella acabó enamorándose del novio perfecto de su hija.
—Pero ¡si no hablaste con él más de tres veces!
—¿Y eso qué tiene que ver? No hacía falta para comprender que era una buena persona. —¡Dios mío, habla como si estuviera muerto! Lo está santificando. Luego me mira fijamente a los ojos y arroja una de sus bombas—: Pero, claro, a ti los buenos nunca te han gustado… La verdad es esa.
—En todo caso, soy yo la que no les gusto a ellos —replico enseguida. Hemos tenido esta conversación un millón de veces, conozco todos los chascarrillos de ese entreacto. Aunque, en el fondo, debo reconocer que no se equivoca: por desgracia para mí, soy del tipo de mujeres que prefieren a los cabrones. ¡La de bofetadas que me daría por esto!
—Es que estamos preocupados por ti —dice en tono repentinamente más dulce —. Vienes a Venecia y no te acercas a vernos, nunca estás con nosotros…
—Vamos, mamá, sabes que no he tenido un solo minuto libre con la despedida de soltera de Gaia y todo eso —me justifico—. Pero ahora estoy aquí. —Sonrío.
—Te quedas a comer, espero. —Más que una invitación, es un ruego.
—¡Por supuesto! —Mi sonrisa se ensancha y le doy un pellizco en la mejilla—. Pero solo por el rollo de patatas, ¿qué te has creído?
—¡Ah, hija ingrata! —Sacude la cabeza fingiendo una expresión de contrariedad. En realidad, he conseguido arrancarle una sonrisa.
—De acuerdo, en parte me quedo también por ti, pero solo en parte —preciso estampándole un beso en la mejilla. Con la esperanza de haberla ablandado, me dirijo a mi habitación para ver el vestido.
Mi Versace está, colgado fuera del armario en todo su esplendor y huele bien. Como de costumbre, Betta ha hecho un magnífico trabajo. Cuanto más lo miro más me gusta. Será el tono azul eléctrico, será porque adoro los vestidos sin tirantes y porque el largo por debajo de la rodilla es perfecto —¡disimula la celulitis en los muslos, que tanto me obsesiona!—, el caso es que mirándolo ahora me parece elegante y sofisticado, pese a que es muy sencillo. Lo quito de la percha y me lo apoyo en el cuerpo. Veo mi imagen reflejada en el espejo de la pared. ¿Entraré en él? Tengo la terrible impresión de que ha encogido, pero puede que solo sea el efecto de este espejo obsoleto. Esperemos que sea eso, porque si no logro cerrar la cremallera de la espalda será un desastre. He decidido (mejor dicho, Gaia también ha decidido esto por mí) llevarlo con un bolso de mano y con unos peep toe de color lila, que en este momento reposan en el armario de mi piso.
Procurando no arrugarlo, dejo el vestido en la cama. Cuando me vuelvo no puedo evitar verme de cerca en el espejo. Me examino, esta vez con más atención, de la cabeza a los pies. En efecto, no tengo buen color… Me temo que tendré que darle la razón a mi madre, aceptar que se preocupe. Las noches fuera de casa, las comidas irregulares y los cócteles de más me han causado un buen par de ojeras y me han agrisado la tez. Además, en el centro de la frente, entre las cejas, ha aparecido una pequeña arruga, como excavada por un dolor profundo y constante. «No hay pensamiento desagradable que no puedan eliminar un buen masaje facial y una buena crema», dice siempre Gaia. Nunca la he creído demasiado, pero tal vez haya llegado el momento de probarlo.
—¡Ven a comer, Elena! —La voz de mi madre retumba chillona en el pasillo—. ¡La mesa está puesta!
—Voy —grito precipitándome hacia el comedor.
Saludo a mi padre, que acaba de volver del círculo Arci y ya está sentado en su sitio, a punto de abalanzarse sobre el plato, y me siento también. La mesa está puesta como si se tratase de un banquete nupcial. Al ver todas esas delicias se me hace la boca agua, pero enseguida pienso que un solo gramo de más puede impedirme entrar en el vestido. El rollo de mi madre me sonríe desde el plato, apetitoso y maléfico, amenazando con transformarse en unos buenos michelines. Con todo, cedo a la tentación de inmediato, cojo el tenedor y lo clavo en él sin la menor piedad. En los tristes días romanos que me esperan no tendré ocasión de comer unos manjares como estos.
Después de haber dado buena cuenta de una comida suculenta y de haber ayudado a mi madre a recoger la cocina, me reúno con mi padre en la sala.
Complacido, me cuenta su última representación con la compañía de teatro aficionada de la que forma parte. Asiento con la cabeza esforzándome en concentrarme en lo que dice —en realidad me gustaría mucho verlo en el escenario —, pero cuando mi padre acaba su relato se instala entre nosotros un silencio incómodo que no sé cómo llenar. Él suspira y, mirando hacia delante con la timidez y el apuro que caracteriza a los padres tiernos y un poco rudos de su generación, me pregunta:
—Dime la verdad, Elena: ¿va todo bien?
—Por supuesto —contesto yo un tanto vacilante, pero, espero, creíble—. ¿Por qué no iba a ir bien?
—No lo sé. —Cabecea, pensativo—. Desde que rompiste con ese chico, Filippo —toma aliento como si le diese vergüenza pronunciar su nombre—, te muestras más esquiva y reservada. Estoy un poco preocupado por ti. Me gustaría saber qué te pasa
por la cabeza.
—Bueno, la verdad es que no creo que esté muy distinta de lo habitual —replico, encerrándome en mí misma con un candado doble.
—Es que desde entonces no has vuelto a hablarnos de ti —continúa él—. Y, por lo general, siempre lo cuentas todo, al menos a tu madre.
Salta a la vista que está haciendo un esfuerzo para salir del papel que siempre ha tenido en la familia, el de un padre discreto y de pocas palabras que prefiere moverse en la retaguardia y mandar a mi madre como avanzadilla. El hecho de que esté tan angustiado por mí y que me lo diga de forma tan directa me inquieta: ¿tan hecha polvo me ven? Por un momento siento la tentación de llorar en su hombro y de desahogar el dolor que no he manifestado hasta ahora, pero no puedo. Me siento anestesiada. Ni siquiera me apetece intentarlo.
—Estoy bien, papá. —Sigo con mi comedia esbozando la sonrisa más tranquilizadora del mundo—. Yo fui la que rompió. Eso se acabó. —¿Cómo puedo explicarle que el dolor que siento no es por Filippo?
—Sí, pero no te veo serena, Elena —insiste, buscando en mi cara la respuesta que no le estoy dando con las palabras—. Se te nota en la cara que algo va mal.
—Claro, no he tenido un periodo fácil, pero todo va mejorando, te lo aseguro. — Trato de adoptar un aire serio a la vez que positivo y optimista. Esperemos que se lo trague.
—Está bien —dice al final. En realidad no es así. No se lo ha tragado, pero ha preferido no ensañarse conmigo siguiendo con esta farsa, penosa para los dos. «Cuánto te quiero en este momento, papá».
—De todas formas, sabes que puedes contar con tu madre y conmigo para lo que quieras.
Por supuesto que lo sé. Pero ciertos dolores no los puede aplacar nadie, ni siquiera las personas que más te quieren en este mundo. Lo único que se puede hacer es esperar con paciencia a que se desvanezcan y, mientras tanto, seguir viviendo.
—¿Jugamos una partida a la brisca? —le pregunto cogiendo la baraja de la mesita. A mi padre le encantan las cartas y cuando era niña me obligaba a practicar extenuantes sesiones de juego; es algo que siempre nos ha unido y que ahora espero que lo distraiga.
—Sí, como quieras —me dice exhalando un suspiro. Sabe que es una táctica de distracción, pero me la consiente.
Mientras barajo las cartas oigo sonar el iPhone.
—Disculpa un momento, papá…
Me levanto para contestar. Seguro que es Gaia. Debe de haberme llamado unas veinte veces desde esta mañana. ¡A saber qué querrá ahora! Será un consejo de última hora; si, por ejemplo, el tono de colorete que más le favorece es el color madreperla o el rojo púrpura.
Saco el teléfono del bolso y, para mi sorpresa, veo parpadear en la pantalla el nombre de Martino. Hace tiempo que no hablo con él. Una sonrisa se dibuja espontáneamente en mis labios mientras recuerdo su cara de buen chico.
—¿Martino? —respondo en un tono lo más desenvuelto posible.
—Hola, Elena —me dice. Me bastan esas dos palabras para comprender que tiene en los labios la expresión de timidez y sinceridad que lo caracteriza.
—¿Cómo estás? Llevas tiempo desaparecido… —Hago un ademán para pedir disculpas a mi padre y me refugio en mi cuarto, como en los tiempos del instituto, cuando me llamaba un chico y corría a esconderme con el inalámbrico.
—Estoy bien —afirma—. Adivina desde dónde te llamo.
—No sé… —Al fondo oigo ruido de gente hablando—. ¿Villa Borghese? — aventuro recordando la vez que estuvimos juntos allí.
—No —contesta después de una pausa estudiada—. ¡Estoy en Venecia!
—¡¿Dónde?! —No le he contado que volvía a la Laguna y por un momento me pregunto si no habrá venido por mí.
—Estoy estudiando a Giorgione en la universidad —me explica— y he venido para ver algunas de sus obras.
—Ah…
—¿Te acuerdas de lo que me dijiste? ¿Me puedes dar alguna indicación?
Hace tiempo, en Roma, mientras tomábamos un café, me confesó que nunca había estado en Venecia.
—¡Mucho mejor! —anuncio triunfante—. Seré tu guía personal; yo también estoy en Venecia.
—¿De verdad? —susurra.
—Pues sí —digo tirándome en la cama—. Mañana se casa mi mejor amiga y en este preciso instante estoy en casa de mis padres.
—¡Vaya!
—Menuda coincidencia…
—¡Entonces nos vemos enseguida! —dice él de golpe. Luego se apresura a precisar—: Siempre y cuando no estés ocupada. —El Martino de siempre. Tira la piedra y luego esconde la mano.
—Estoy completamente libre. Además te prometí que haría de cicerone tuya, ¿no? ¿En qué zona estás?
—Veamos… —Martino está mirando alrededor—. Estoy en un canal. En una pared veo escrito «Muelle de las Zattere…».
—¡Perfecto! —Me levanto de la cama—. A tu espalda tiene que haber una heladería, Da Nico… —Me miro un instante al espejo. Caramba, tengo una cara terrible…
—Hum… Sí, ya está. Veo la heladería.
—Espérame ahí delante. Tardaré una media hora, el tiempo de despedirme de mis padres y cruzar el Gran Canal.
—¡Fantástico! Hasta luego entonces.
Me despido a toda prisa de mis padres y subo al primer vaporetto.
La llamada de Martino ha llegado en el momento justo: ha sido la excusa perfecta para escapar de casa y quitarme de encima la atmósfera un tanto pesada que se había creado. Además me alegro de volver a verlo. Habrá pasado casi un mes desde la última vez que estuvimos juntos, cuando fuimos a la exposición sobre el cubismo que había en el Vittoriano.
Me apeo a toda prisa en la parada Zattere y lo busco. Ahí está, apoyado en una de las columnas del soportal con el aire distraído y absorto que quizá yo también tenía a los veinte años. En estos últimos meses ha cambiado: tiene los hombros más anchos, como si se hubieran abierto, y en su cara han aparecido unos cuantos pelos más que le confieren un aspecto más adulto. El hombre que será un día se está superponiendo poco a poco al muchachito de antes. Recuerdo perfectamente cuando hablamos por primera vez en San Luigi dei Francesi; yo trabajaba allí y él venía a estudiar el ciclo de san Mateo de Caravaggio. Su timidez, sus maneras cordiales y la inteligencia de su mirada consiguieron enseguida que me sintiera a gusto y despertaron en mí un afecto instintivo hacia él.
Y ahora está aquí, de nuevo él, aunque no del todo: ha abandonado la consabida cazadora vaquera por una chaqueta de algodón arrugada que le marca los hombros, si bien va calzado con las All Star de siempre. También el mechón sobre los ojos y el piercing en la ceja siguen en su sitio, al igual que la sonrisa, la que me dedica especialmente a mí. Se quita los auriculares, mete el iPod en el bolsillo y sale a mi encuentro.
—¡Eh! —lo saludo dándole dos besos en las mejillas—. Me has salvado de una conjura familiar.
—Me alegro, pero quizá tus padres no estén tan contentos…
—Oh, mis padres son estupendos…, pero en pequeñas dosis —digo encogiéndome de hombros—. ¿Qué quieres hacer?
—Estoy en tus manos. —Abre los brazos como si pretendiera abarcar toda la ciudad—. ¡Tú eres la guía!
—Entonces, como me has dicho que estás estudiando a Giorgione, te llevo a las galerías de la Accademia a ver La tempestad —sugiero—. Está aquí mismo, a dos pasos.
—¡Perfecto! —Me ofrece el brazo y echamos a andar.
Después de visitar la Accademia vamos a ver la basílica de los Frari —el corazón me late enloquecido mientras miro la Asunción de Tiziano y recuerdo la noche aquí con Leonardo— y después la Scuola Grande di San Rocco, donde se encuentran los frescos de Tintoretto. Al atardecer, cuando los dos estamos exhaustos hasta el punto de que casi no nos tenemos de pie, invito a Martino a comer algo en mi casa. Dado que nunca he superado mi pequeño problema con los fogones, compramos dos pizzas para llevar. No es la mejor pizza del mundo, pero era una clienta habitual cuando vivía aquí y el propietario, un egipcio, me ha saludado moviendo el bigote cuando me ha reconocido.
Ahora estamos sentados en el sofá disfrutando de la cena.
—Me temo que mañana tendré serios problemas para meterme el vestido —digo mirándome la barriga, más abultada de lo habitual.
Antes de venir a casa hemos pasado por la de mis padres para coger el vestido de Versace, que ahora está colgado en el recibidor. Martino lo mira, después me mira a mí.
—El color te favorece, porque tienes la piel clara.
—Si lo dices tú, que entiendes de colores, entonces me lo creo. —Por fin alguien que aprecia mi palidez.
Martino clava sus ojos sinceros en los míos.
—Mañana estarás guapísima. —Se pasa una mano por el pelo, despeinándose aún más—. Aunque siempre lo estás… —añade después exhalando un suspiro, como si se lo estuviese diciendo a sí mismo, e inclina la cabeza apoyándola en el respaldo del sofá. Sostiene mi mirada, no la baja como suele hacer.
Me está observando de manera diferente. De repente ha dejado de ser un muchacho, se ha convertido en un hombre que tiene delante a una mujer.
—Voy a cambiar el CD —me levanto del sofá, en parte para aliviar un poco la extraña tensión que siento entre nosotros; luego me vuelvo hacia él—. Mejor aún, elige tú la música —lo invito.
Martino echa un vistazo a las tres hileras de CD que ocupan desde hace varios años los estantes de la librería. A saber por qué no me los llevé a Roma… Los examina con atención resbalando un dedo por las fundas hasta que, de improviso, saca uno. Unos segundos más tarde la voz de Frank Sinatra retumba en los altavoces del estéreo, suave y envolvente, y empieza a sonar Strangers in the Night.
Martino me mira, ha adoptado un aire socarrón, casi audaz, me sonríe y la incomodidad se desvanece cuando me ofrece la mano.
—¿Me concede este baile?
—Con mucho gusto —contesto. Me levanto y hago una inclinación. Después me dejo envolver por su abrazo.
Él me estrecha de forma exageradamente delicada y da unos cuantos pasos inciertos. Le rodeo el cuello con las manos y acerco la cara a su hombro, de manera que puedo percibir el aroma de su camiseta. Huele a aire limpio. Siento el ligero cosquilleo de la barba sin afeitar en el pelo, el aliento cálido en mi mejilla. Sus manos se mueven ahora con mayor seguridad, siento que sus palmas se relajan y se abren en la tela de mi vestido.
—Lo haces de maravilla —susurro. Acto seguido cierro los ojos y me abandono, persiguiendo las notas con mi voz.
Martino estrecha su abrazo apretando mi espalda con sus manos calientes. Apoya la boca en mi pelo y acoge mi voz en la suya. Cantamos juntos.
Me siento a gusto entre sus brazos, pese a que tengo la extraña sensación de encontrarme en un lugar que no me pertenece del todo, pese a la turbación que me producen los diez años de diferencia que nos separan y la curiosidad, repentina e inoportuna, de conocer el sabor que tienen sus labios.
Los pies acarician el parqué haciéndolo crujir. Presiono su hombro con mi cara experimentando una mezcla de tristeza y alivio al pensar que, dentro de nada, la voz de Frank Sinatra se apagará y todo volverá a ser como antes. Yo volveré a ser Elena, la chica más madura y experta que hace las veces de hermana mayor, y él será de nuevo Martino, el amigo joven y un poco cortado que me inspira tanta ternura.
La música se desvanece y el silencio se instala entre nosotros. Los pies de Martino obedecen a los míos y se detienen. Pero él, en lugar de separarse, sigue abrazándome y yo no me decido a abrir los ojos hasta que oigo las notas swing de The Way You Look Tonight. Solo entonces, con precaución, como si no quisiera hacerle daño, aflojo el abrazo.
Martino me deja con desgana. Sus manos parecen vacías, insatisfechas, mientras se separan de mí y se apoyan en las caderas. Noto que su nuez hace un rápido movimiento, como si se acabase de tragar algo que ha preferido callar.
—¿Qué pasa? —Sonrío tratando de aligerar la tensión.
De repente, sus labios se pegan a los míos. Primero tímidamente, luego con determinación. Respiro para tratar de entender lo que está sucediendo y, sobre todo, para reconocer que el sabor es tan bueno como me imaginaba. Acto seguido entreabro la boca, dejo que su lengua se encuentre con la mía y que este beso se produzca.
Martino parece casi asombrado, su respiración se acelera a la vez que se acrecienta la intensidad de su emoción. Me parece notar cómo tiembla entre mis brazos.
Alargo una mano y le acaricio suavemente una ceja, tocando el piercing, y a continuación la dejo resbalar por su cara hasta la nuca.
Es el beso más delicado que he recibido en mi vida. Los labios de Martino son aterciopelados y acarician los míos con ligereza mientras su lengua se desliza poco a poco en mi boca, sin invadirla.
Se separa de mí y me mira maravillado.
—No sabes cuánto deseaba hacerlo.
—Has tardado un poco… —Sonrío revolviéndole el pelo.
—Creía que no querías.
—Hasta esta noche no sabía si lo deseaba.
Sus cejas son espesas y largas y en la pupila del ojo izquierdo brilla una pequeña mancha dorada. Nunca la había notado, nunca había estado tan cerca de él.
Le cojo la cara y lo vuelvo a besar, luego deslizo los dedos por sus brazos hasta que encuentro sus manos y las estrecho. Son unas manos lisas; a diferencia de las de Leonardo, no tienen huellas del tiempo y de las tempestades de la vida. Su cara es igual, con la piel tersa y una barba fina y suave. Tiene el olor y la consistencia de un cuerpo joven, un cuerpo que esta noche tengo ganas de descubrir. De manera que, sin dejar de besarlo, le desabrocho la camisa y, poco a poco, lo desnudo. Él no opone resistencia, aunque me mira con cierto temor. Pero, sobre todo, con deseo.
Ahora está completamente desnudo delante de mí y deja que lo examine: los músculos largos y finos recuerdan a los de sus bocetos al carboncillo y sus hombros, anchos y huesudos, caen en picado hacia su estrecha cintura. El sexo, ya erecto, palpita entre sus piernas. Martino es guapo; recuerda a un potro que no sabe qué hacer con la energía erótica y un tanto loca que la naturaleza le ha regalado. La pasión ha transformado su sonrisa apocada.
Lo llevo por el pasillo cogido de la mano. Llegamos a la cama, que esta mañana se quedó sin hacer, lo obligo a tumbarse, me desnudo y me tumbo a su lado. Nos besamos de nuevo, los besos son largos y profundos. Veo que su sexo crece y alargo una mano para acariciarlo.
Martino me mira con los ojos hinchados de emoción.
Se lleva una de mis manos a la boca y la besa con dulzura. Siento su aliento caliente en la muñeca.
Me siento a horcajadas sobre él y empiezo a besarle el pecho trazando una estela que va del corazón al ombligo. Su respiración se acelera a medida que mi lengua se va familiarizando con su piel. Después desciendo, cada vez más abajo, e introduzco su sexo entre mis labios. Lo chupo y lo lamo hasta que siento que la sangre palpita bajo la carne.
Martino me mira con una expresión de goce y asombro a la vez, como si no acabase de creerse lo que está sucediendo. Se apoya con las manos en la colcha mientras su pelvis se arquea hacia mí. Subo hasta la boca, le cojo con delicadeza una mano y me la pongo sobre un pecho. Martino titubea al principio, como si creyese que no tiene permiso. Después, sin embargo, acerca los labios a mi pezón y empieza a chuparlo y a morderlo. Le acaricio la nuca dejando que siga un poco más, gozando del intenso placer.
Se tumba encima de mí y se abre espacio entre mis piernas.
—Eres estupenda, Elena —murmura apretando los ojos y besándome el cuello. Luego se incorpora y me mira con la determinación de un deseo que ya no puede aguardar más.
Sujetándose el sexo con una mano intenta penetrarme, pero lo hace con tanta delicadeza que no logra entrar. Además, es posible que mis condiciones no sean las más adecuadas.
—Espera —susurro dulcemente. Le aferro una muñeca y lo invito a acariciarme, lo guío en el clítoris y luego lo empujo con un dedo para que entre en mí. Explora lentamente, sin presión, sin pretensiones, como una bola rodando suavemente sobre una mesa de billar. Busca de nuevo mis pezones con la boca al mismo tiempo que me acaricia los labios con los dedos, que empiezan a mojarse de deseo.
Cogiéndolo por las caderas, estrechas y lisas, lo atraigo hacia mí y, ayudándolo con una mano dejo que lo intente de nuevo. Pero tampoco lo consigue esta vez. Martino se echa sobre mí resoplando, escondiendo la cara entre mi cuello y mi hombro.
—Coño… ¡y eso que te deseo con todas mis fuerzas!
Sonrío, casi enternecida, y le acaricio la nuca meciéndolo entre mis brazos.
Al poco Martino vuelve a buscar mis labios y me besa de nuevo. Siento que su sexo hinchado me presiona el vientre. Lo secundo acariciándolo con una mano.
Tiene las pupilas dilatadas, su expresión ha dejado de ser dulce, ahora refleja agitación, casi impaciencia. Abro de nuevo las piernas invitándole a buscarme una vez más y él se aproxima a mí. Con un movimiento vacilante me llena por fin. Lo siento moverse despacio, a golpes, aún no sabe hasta dónde puede llegar. Tiembla y gime. El suyo es un suspiro leve, un soplo delicado, el placer que se libera de sus miembros. Lo cojo por las nalgas para ayudarlo a encontrar el ritmo. Cada vez está más seguro y me penetra con más convicción. Al final se deja guiar solo por el instinto, esa fuerza impetuosa y depredadora, ese deseo de penetrar y poseer: puro, ancestral, energía masculina.
Me produce un gran placer tenerlo dentro, pero sé ya que tampoco esta vez tendré un orgasmo. Mi mente está ofuscada por los pensamientos, mi sexo aún está habitado por el recuerdo de Leonardo, por el placer indeleble que él me dejó dentro.
Pero no permitiré que mis recuerdos estropeen este momento. Quiero que sea su momento, quiero que se sienta libre de perderse en mí sin frenos, quiero que la ternura que él me inspira venza sobre todo lo demás. Abriendo las piernas y arqueando la espalda, lo ayudo a conquistar su placer. Él susurra mi nombre, todo su cuerpo se tensa como la fibra viva y, por fin, se corre y se desploma sobre mi pecho.
Martino es sacudido durante unos minutos por un leve temblor. Miro cómo se estremece su piel lisa y clara.
—¿Tienes frío? —pregunto pasándole una mano por el brazo.
—No, es solo la emoción —responde buscando mi mirada—. Ver Venecia y hacer el amor por primera vez el mismo día…
—¡¿Qué?!
—Pues sí, para mí ha sido la primera vez —susurra, vacilante.
Dios mío. ¿Cómo es posible que no me haya dado cuenta? Pero ¿los jóvenes de hoy no eran mucho más espabilados y expertos?
«Relájate, Elena, no has hecho nada malo. Él también lo deseaba. Sobre todo él».
—Bueno, he salido con chicas…, pero nunca había llegado hasta el final —se justifica casi como si me hubiera leído el pensamiento. Tiene los pómulos rojos y los ojos brillantes—. No te lo he dicho porque sabía que te echarías atrás…, pero yo…, esto…, quería que tú fueses la primera.
Le sonrío perdiéndome en su mirada y le acaricio la ceja, cerca del piercing. ¿Cómo voy a echárselo en cara? Sus ojos me dicen que he hecho lo que debía. Al menos para él. A pesar de que entre nosotros nunca podrá nacer una historia de amor —los dos lo sabemos—, es la primera vez en varios meses que hago algo que no sea puro sexo.
—Pero ¿te ha gustado? —me pregunta Martino de buenas a primeras, preocupado por no haber estado a la altura. No deja de ser un hombre.
—Sí, mucho. —Lo beso con dulzura en la frente.
—Pero no te has corrido…
—No te preocupes —lo tranquilizo y le acaricio el pelo. Esa palabra, «corrido», dicha por él casi me hace reír. Quiero que el recuerdo de su primera vez sea hermoso, sin sombras—. Sigue siendo así, tierno y dulce, y las volverás locas.
Martino se enrosca a mi cuerpo y respira sobre él durante unos minutos. Lo abrazo acunándolo imperceptiblemente. De improviso, como si se despertase de un sueño, levanta la cabeza, toda despeinada, y mira alrededor un poco aturdido.
—¿Qué hora es?
—Las dos —contesto tras echar un vistazo al reloj del teléfono que está sobre la mesilla.
Exhala un largo suspiro y se incorpora apoyándose en el cabecero.
—Tengo que marcharme. He reservado una habitación en el hostal de la Giudecca para esta noche. ¿Queda lejos de aquí?
Lo aferro con dulzura.
—No está lejos, pero esta noche te quedas aquí.
Sonríe. Es evidente que lo deseaba.
—¿Estás segura de que puedo?
—Sí, te lo ruego. Quédate.
Hemos hecho el amor varias veces. Martino se ha mostrado fantasioso e incansable, daba la impresión de que quería descubrir en una sola noche todo lo que se puede saber sobre el sexo. Y yo me he entregado completamente a él, hasta saciar incluso el último de sus deseos. Cuando, agotados, nos hemos dejado envolver por el sueño, mi último pensamiento antes de dormirme ha estado dedicado a este muchacho de pelo revuelto y manos frágiles. Ahora es un hombre y me está mirando con nuevos ojos.
Este libro es de la autora Irene Cao.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:
