Yo te Quiero | Capítulo 1

Portada - Yo te Miro

Yo te Quiero

Trilogía de los Sentidos III

«El amor solo existe cuando te atreves a sentirlo todo.»

Capítulo I

Yo te Quiero

Trilogía de los Sentidos III

Sinopsis

En el cierre de la trilogía, Elena decide vivir el amor sin ataduras: renuncia a la pasión que la devoró y a la seguridad aparente de Filippo. Pero los encuentros vacíos no la llenan; algo la quema por dentro. Entonces el destino la pone frente a frente con Leonardo nuevamente, tras un accidente que lo acerca al límite. Él regresa para curar lo que ambos dejaron herido —con pasión, con fuego— pero su pasado lo acecha, y solo un amor puro e incondicional puede liberarlos.

«El amor solo existe cuando te atreves a sentirlo todo.»

Capítulo I…

Cierra la puerta de la habitación cuatrocientos cinco con un golpe seco. Una vez dentro, introduce la tarjeta magnética en la ranura de la pared. La luz invade la habitación; es blanca y desagradable, deslumbra.

Luego, con un ademán apresurado, apaga todos los interruptores, salvo el de la lámpara que hay sobre la mesilla de la derecha. Una mancha de claridad en la oscuridad absoluta de la habitación que la convierte en un lugar íntimo y cálido. Se sienta en el borde de la cama y alarga un brazo para regular la intensidad de la luz.

—Así está mejor. —Pese a que intenta no parecer ansioso mientras lo dice, sé que un deseo ardiente lo está consumiendo. A mí me sucede lo mismo.

Asiento con la cabeza. Estoy de pie en el umbral.

Me mira. Sus ojos, tan líquidos que casi parece que se pueda nadar dentro de ellos, brillan con una luz suave. Se levanta de la cama y se acerca a mí. Me aferra el pelo obligándome a echar la cabeza hacia atrás y empieza a besarme en la boca apasionadamente.

Lo secundo dejando caer el bolso en el parqué. Siento mi avidez, mi deseo, mi ansia; siento su calor, su saliva, la generosidad con la que me está ofreciendo su cuerpo. De nuevo. Comienza otra noche alucinógena, una noche de sexo y locura que se añade a una lista tan larga que casi he perdido la cuenta: un sinfín de encuentros, demasiados, muy diferentes entre sí, pero, a la vez, inútilmente similares.

Es mi nuevo amante. Lo conocí hace unas cuantas horas. Lo único que sé de él es que se llama Giulio, que es de Milán y que es actor. O, mejor dicho, que le gustaría serlo. Nos hemos conocido —por decirlo de alguna forma— esta noche en el Goa, una discoteca que frecuento todos los viernes por la noche. Me vio apenas puse un pie en la pista y desde ese momento no se separó de mí ni un minuto. Bailamos hasta la extenuación, yo me divertía provocándolo y él se restregaba contra mi cuerpo en un juego sumamente explícito y de alto índice erótico. Sus amigas me miraban con envidia y desprecio, lo que, en lugar de hacerme desistir, me proporcionaba involuntariamente una sutil excitación.

—¿Por qué no vamos a un sitio más tranquilo? —me preguntó Giulio en cierto momento de la velada. Por eso estoy aquí, en la habitación cuatrocientos cinco del hotel Duca d’Alba. Todo a cargo de la productora de la película, una policiaca en la que él tiene un pequeño papel.

Mis manos se pierden ahora, desesperadas, en la maraña de su cabellera rubia. Giulio me empuja contra el armario empotrado, me levanta una pierna y la dobla: mi rodilla presiona su cadera. Nuestras lenguas se devoran, arden, luchan a un ritmo cada vez más enloquecido. Él resbala hacia abajo, hunde la cabeza entre mis piernas, bajo la minifalda, y me aprieta los muslos contra sus ásperas mejillas. Una estela húmeda se insinúa bajo mis bragas: soy carne mojada y su lengua es condenadamente impaciente. Demasiado.

Le aferro la cabeza con fuerza y lo aparto forzándolo a levantarse. Él no se desanima y con un ademán resuelto me arranca la falda. Me quedo en tanga, medias de liga y botas de tacón de doce centímetros. Después empieza a desabrocharme la blusa, se insinúa bajo el sujetador buscando los pezones con dedos frenéticos. Alargo una mano hacia la bragueta de sus vaqueros y aprieto hasta que lo siento aumentar. Lo miro fijamente a la cara, pese a que no lo veo, tengo los ojos hinchados por el alcohol y el cansancio. Lo tiro con mayor violencia a la cama y lo obligo a sentarse delante de mí. Esta noche mando yo.

—Desnúdate —le ordeno.

—Como quieras. —Sonríe mientras se desata con parsimonia los zapatos—. Me gustan las dominadoras.

Empieza a desvestirse. Primero se quita los zapatos y los calcetines, después se saca la camisa por la cabeza y se queda desnudo de cintura para arriba. Es delgado, pero unos músculos bien definidos tejen su tórax como una coraza. Me escruta con unos ojos que parecen estar a punto de deshacerse y, poco a poco, se quita el cinturón y lo deja encima de la cama.

Le quito los pantalones tirando de las perneras y los dejo caer sobre la alfombra, al lado de mi falda. Cojo el cinturón, lo sujeto con fuerza y lo hago chasquear en el aire como si fuese un látigo. La hebilla, al golpear la mancha de luz atenuada que hay en el suelo, brilla como un rayo y rompe el silencio con un sonido metálico. En los labios de Giulio se dibuja una sonrisa divertida; parece encontrarse a gusto y yo también lo estoy. Está dispuesto a participar de lleno en el juego.

Me meto entre sus piernas, anclada por sus rodillas, y empiezo a acariciar lentamente su piel desnuda con el borde del cinturón. Partiendo del cuello, desciendo por la línea del pecho dibujando una espiral alrededor de los pezones hasta alcanzar el ombligo. A continuación subo de nuevo con mayor lentitud. Le hago cosquillas, su piel se retrae, la aspereza del cuero lo atormenta. Todo su cuerpo se estremece, lo leo en sus ojos. Le paso el cinturón por detrás de la nuca y se lo ato como si fuera un collar. Impresiona verlo sobre su piel clara, parece una serpiente negra con la cabeza de hierro resplandeciente. Me excita verlo así.

—¿Qué quieres hacerme? —susurra mientras me levanto. En sus ojos de color verde agua arde un fuego. Me desabrocha el sujetador, se acerca a uno de mis pezones, que quedan justo a la altura de su boca, y los lame.

—Chiss, ahora verás —susurro a la vez que lo empujo contra el cabecero de la cama.

De pie, sin dejar de mirarlo, me quito una media. Le levanto la muñeca izquierda, la rodeo con la media y hago un nudo corredizo. Repito la operación con la muñeca derecha y ato los extremos de los lazos a la barra de hierro del cabecero. Aprieto con fuerza hasta hacerle daño. El nylon, de sesenta de espesor, se estira sin desgarrarse. Le quito violentamente los calzoncillos, con la misma fuerza que un hombre.

Lo dejo desnudo e inmovilizado y me acerco a la mesilla que hay en un rincón. Me sirvo con calma medio vaso de güisqui, comportándome como si él no existiese. Siento crecer la excitación, los latidos del corazón aumentan y las sienes palpitan. Mi pecho parece haberse hinchado, arde. Puede que esté superando el confín, pero no me importa, esta noche no hay lugar para las reflexiones. Solo para el placer.

—¿Y yo? —Giulio me mira como un animal enjaulado—. ¿No me ofreces un poco? —pregunta en tono suplicante.

—Veamos si te portas bien —contesto.

Él sacude la cabeza, triste, pero sé que el juego le gusta.

Cojo la silla del escritorio y la arrastro hasta un lado de la cama. Dejo el vaso en el suelo, me siento y lo miro a la vez que alargo una pierna sobre su tórax. Mi pie camina ahora por su piel, masajea su sexo duro, se insinúa entre el vello del pecho y sube con los dedos hasta rozar el cuello y acariciar la boca.

Giulio dobla el cuello y sigue con la lengua el arco de mi pie, donde la piel es más fina. Mi pie se curva, busca sus besos, los desea, se introduce entre sus labios y deja que estos lo chupen… dentro y fuera, un sinfín de veces. Unas minúsculas descargas eléctricas empiezan a subir por mi pierna hasta alcanzar mi sexo, pero se detienen allí, en la superficie. No van más allá. No siento nada en lo más hondo.

—Eso es —susurro convincente. Pese a que no me produce ninguna reacción, no puedo por menos que reconocer su habilidad.

Cojo el vaso del suelo y le doy de beber.

—Gracias —dice él lamiéndose los labios.

—Te lo mereces —contesto con voz aterciopelada.

Después me levanto de golpe, tiro la silla hacia atrás con una patada, subo a la cama y me siento a horcajadas sobre él. Mi lengua, que sabe a güisqui, se despierta y empieza a resbalar por su piel, desde el cuello hasta el ombligo, arriba y abajo. Me gusta lamerlo. Sabe bien, a Armani Code, aunque puede ser Gucci Guilty.

Cubro su barriga de besos, primero tiernos, luego pérfidos, como si de repente hubiese entrado en un estado de trance.

Siento el soplo de su respiración excitada. Todo empieza a tensarse debajo de su cintura. Cojo su sexo y lo restriego contra el encaje del tanga, al principio suavemente, luego cada vez más fuerte. Busco mi placer a través del suyo. Me quito las bragas y mi carne tibia lo acoge por unos instantes. Después, me separo y lo humedezco con un poco de saliva, aprisionándolo entre los labios. Suelta un gemido entrecortado. Me aparto y le tapo la boca con una mano a la vez que, con la otra, separo los bordes de mi nido y lo meto dentro dejándolo que oprima las paredes flexibles. La sangre late, el corazón no. Me muevo arriba y abajo, pero no siento nada. Cojo el cinturón que le he atado al cuello y lo aprieto un poco más, hasta casi ahogarlo. Un destello de estupor cruza por sus ojos, una vena se hincha en una sien, pero le gusta, veo que está excitado. Yo, sin embargo, sigo sin sentir nada, salvo un poco de náuseas debido a la cantidad de alcohol que he bebido esta noche.

Alargo una mano y apago la lámpara. La oscuridad me hace sentirme más protegida. Desde fuera, un leve haz blanco se filtra a través de los postigos dibujando una línea en la pared que hay detrás de la cama. La miro fijamente para dar una dirección a mis ojos. Pese a que Giulio está dentro de mí, me siento sola. Estoy fingiendo un orgasmo sin saber si lo hago por él o por mí.

Espero a que se corra en el interior de mi sexo. Luego me aparto y bajo de la cama. De repente, una idea se materializa en mi mente ofuscada: la única forma de gozar de verdad es marcharme de aquí dejándolo atado. Será un placer puramente sádico, pero, al menos, tiene un lado divertido. Puede que lo haya dicho en voz alta sin darme cuenta, en todo caso él parece haber intuido algo.

—¿Elena? —dice mientras busco mi ropa por la alfombra.

No le contesto.

—Eh, pequeña, ¿qué haces? ¿Dónde te has metido? —Su voz suena ligeramente alterada.

¿Pequeña? Nos hemos conocido hace cinco horas y ya me llama «pequeña». Quizá piense que está en un plató cinematográfico. Noto que está tratando de desatarse sin lograrlo. El nylon no me traiciona.

—Estoy aquí —susurro—, pero me marcho enseguida.

—¡Hostia, Elena! —Oigo que el cabecero de la cama golpea con violencia la pared—. No puedes dejarme así.

Me pongo las bragas y enciendo de nuevo la luz. Veo que está intentando romper las medias con los dientes. Se me escapa una leve sonrisa.

—Vamos, pequeña, desátame —insiste—. No tiene gracia. —Me lanza una mirada torva. Por increíble que parezca, su sexo aún está duro—. Dentro de poco tengo que rodar la última escena. Debo estar en el plató a las seis. —Con el rabillo del ojo mira el reloj que está sobre la mesilla, que marca las cuatro—. ¡Desátame, coño! —Su voz se alza diez tonos de golpe.

—¿Gritas así en la escena en la que te asesinan? —pregunto con una punta de sarcasmo.

Casi me da pena. Se ha hecho famoso gracias al anuncio de una marca de bombones y ahora que ha conseguido un pequeño papel en una película se comporta como si fuese ya candidato a un Oscar. La tentación de dejarlo así es fuerte, pero al final cambio de opinión y decido indultarlo.

—Cálmate —digo para tranquilizarlo. Me acerco lentamente, me siento sobre él, le quito el cinturón del cuello y lo desato, deshaciendo primero un nudo y después el otro—. ¡Libre! —anuncio encogiéndome de hombros a la vez que bajo de un salto de la cama.

—De eso nada, putita… —Me sujeta con una mano por detrás agarrándome el pelo—. ¿Adónde crees que vas? Ahora me las pagarás. —En su voz la cólera se confunde con el deseo.

No sé por qué, pero la ferocidad de su asalto me provoca y me excita. Me empuja violentamente contra la pared. Me baja el tanga por detrás y me abre las piernas con los pies. Luego, oprimiéndome las caderas, me dobla hacia delante y hunde de golpe su pene aún duro y grueso en mi interior; me parece más grande que antes, pero puede que no deba fiarme de los sentidos en este momento. Me llena en un impulso rabioso y yo me nutro de su ferocidad. Me clava las manos en los pechos y los dientes en el cuello. Oigo que gime de placer y me esfuerzo para fingir que siento lo mismo a la vez que, desesperada, apoyo con fuerza las manos en la pared. Resuelto, me coge por las nalgas, sale y vuelve a entrar con mayor violencia, empujando con tanta fuerza que lanzo un grito. Pero no estoy gozando. Desde la última noche que pasé con Leonardo ya no sé lo que es el placer. Desde que él se marchó hace siete meses, mi cuerpo está vacío y mudo, ya no sabe responder a los estímulos.

Giulio se detiene un instante.

—¿Quieres más? —gruñe en mi oreja. En realidad, lo que quiero es que este tormento se acabe lo antes posible.

Él emite un gemido gutural y aumenta el ritmo empujando más hondo, más fuerte, más rápido, hasta el último golpe; se ha acabado, puedo agacharme, exhausta, la cabeza me da vueltas y tengo el estómago revuelto.

Permanezco así unos minutos, mientras Giulio se viste a la velocidad del rayo. Salta a la vista que su mente está ya en el plató. Al verlo así, como un niño concentrado en sí mismo que ha perdido el interés por su juguete, siento una mezcla de ternura y disgusto; no siento nada por él, al igual que no he sentido nada por los hombres con los que he estado después de Leonardo. Ninguno de ellos ha sabido hacer vibrar mi cuerpo de placer como él. Ninguno ha sabido devolver los latidos a mi corazón, que sigue bombeando por pura inercia, porque le han arrebatado su amor.

Giulio me atrae hacia él y me busca con su boca caliente. Después se peina por última vez delante del espejo y abre la puerta.

—Ha sido una noche fantástica, Elena. Espero volver a verte. Tienes mi número. Llámame.

—Por supuesto —contesto bajando la mirada. Los dos sabemos que no lo haré: todo termina aquí, entre estas cuatro paredes silenciosas.

Salimos juntos del hotel y, una vez en la calle, nos despedimos. Me tambaleo y siento un peso en la cabeza, pero aún me quedan fuerzas para llamar al taxi que me llevará a casa.

Me apeo en el Campo de’ Fiori para dar un paseo y respirar a pleno pulmón el aire fresco de la noche romana, un verdadero bálsamo para el desasosiego que navega entre mi barriga y mi estómago. Al menos por un instante. La paz dura apenas unos segundos, porque la náusea vuelve de inmediato, molesta e indigerible. Veo doble. Estoy completamente borracha, como muchas otras noches desde hace varios meses.

¿Por qué he vuelto a llegar a este estado?

La razón es evidente. Pasar las noches fuera aturdiéndome con alcohol y sexo es la única manera que he encontrado para sobrevivir a la sensación de vacío que me dejó Leonardo. Han pasado pocos meses, pero me parece ya toda una vida. Leonardo me dice que me quiere, yo dejo a Filippo justo antes de descubrir que Leonardo tiene una mujer, Lucrezia, que no puede vivir sin él. Y después la desesperación por haberlo perdido todo. Me duele demasiado recordarlo y hace tiempo que me propuse no hacerlo. El único remedio es borrarlo todo, construir una nueva vida caótica y febril, sin sentido, pero nueva.

Respiro hondo con la esperanza de que eso me ayude a aplacar la náusea y miro arriba antes de echar a andar hacia casa. Es una noche primaveral y la luna es un disco que se pierde en el cielo. Cruzo el Campo de’ Fiori, un desierto silencioso y mágico. En él solo está el puesto de un vendedor ambulante que ha llegado con unas horas de antelación al mercadillo de por la mañana. Debo quitarme como sea estos tacones y echarme en la cama, de modo que aprieto el paso.

Sigo viviendo con Paola. A estas alturas ya no le sorprende verme volver a casa de madrugada, pese a que cada vez está más preocupada por mí, dado que no consigo encontrar un poco de lucidez, ni siquiera en el trabajo. Pero sus paranoias no me conciernen, debería haber comprendido que, a pesar de todo, no estoy haciendo nada malo y que soy capaz de cuidar de mí misma.

Subo la escalera manteniendo a duras penas el equilibrio, cada peldaño me parece una última y agotadora etapa de una escalada que me deja sin aliento. La náusea va en aumento, aún estoy mareada y me tambaleo más al caminar.

Cuando llego al rellano me aseguro de que la puerta que tengo delante es la correcta. En el timbre leo: «Ceccarelli». También esta vez lo he conseguido. Busco la cerradura y, tras varios torpes intentos, logro introducir la llave y abrir. Estoy dentro, pero el picaporte me resbala de la mano y la puerta se cierra a mis espaldas de golpe. ¡Maldita sea! Solo falta que Paola se despierte…

Me quito con dificultad las botas para hacer menos ruido y, descalza, me arrastro por el pasillo. Conteniendo una arcada, prosigo hacia el cuarto de baño y tropiezo con el sujetapuertas de piedra en forma de gato.

—¡Ay! ¡Coño, qué daño! —exclamo en voz alta cogiéndome la uña del pie. ¡Malditos gatos! Están esparcidos por todas partes y yo, en este momento, no logro enfocar nada, ya es mucho que me mantenga de pie.

Un paso más y habré llegado al baño. Por fin, creía que no lo conseguiría. Mientras busco a tientas el interruptor del espejo, tiro al suelo una botella de Chanel número 5, el perfume de Paola. El cristal hace un ruido aterrador al chocar contra las baldosas y en el suelo se forma un charco. El aroma aturde y, desde la nariz, llega directo a la cabeza y luego al estómago… ¡Menudo desastre! No puedo, lo sé.

—¿A qué viene todo este lío? —Paola aparece en la puerta del cuarto de baño en bata, tiene la cara hinchada de sueño y el pelo revuelto. Se restriega los ojos y me mira como si estuviese delante de un fantasma—. ¿Estás bien, Elena?

—Te volveré a comprar el perfume, por descontado —farfullo apoyándome con una mano en la pila y respirando hondo.

—Estás verde —dice ella acercándose a mí—. ¿Cuánto has bebido?

—Tranquila…, todo va bien —la mantengo a distancia con una mano—. Puedo arreglármelas sola. —Intento apartarla, pese a que siento un sudor frío.

De repente, siento que una especie de caldo hirviendo trepa desde mi barriga hasta la garganta. Una arcada me obliga a doblar las piernas. Tengo el estómago en plena revolución. Instintivamente, me tapo la boca con una mano pese a que sé que no resistiré, mi cuerpo no puede retener por más tiempo la porquería que he engullido a lo largo de la noche. Me inclino hacia delante y vomito en el lavabo.

—¡Maldita seas! —Paola me sostiene y me sujeta la frente; después, cuando parece que todo ha acabado, me acompaña con paciencia hasta el váter. A la vez que, con una mano, me aparta el pelo de la cara, tengo otra arcada y vuelvo a vomitar. ¿Cuánto tiempo durará este tormento?

Me avergüenzo, me siento un trapo inútil y en este momento solo siento un profundo disgusto por mí misma. Me agacho mirando a Paola extraviada y esbozando una sonrisa aturdida. Luego me pongo a temblar. Ella, para que no me ensucie, me apoya en la bañera y me limpia la boca con una toalla húmeda. Soy un cuerpo inerme entre sus manos. Lanzo una ojeada distraída al espejo. Tengo los labios morados, la cara de una niña enferma y febril. Paola me lava la frente. La miro con una expresión ausente pero llena de gratitud, parecida a la que tienen los mendigos que veo en la calle por la noche.

—Elena… —Sacude la cabeza y me habla en tono dulce, pero no exento de reproche—. ¿Qué sentido tiene machacarse así?

Si he de ser franca, no lo sé.

—Pero ha sido una noche estupenda, ¿sabes? Me he divertido mucho —digo apoyándome en la bañera sin fuerzas.

Paola casi tiene que levantarme en brazos para llevarme a mi habitación. Me ayuda a desvestirme y me mete bajo las sábanas. El estómago aún me duele y siento escalofríos en la espalda. Me obliga a comer una rebanada de pan para absorber los jugos gástricos, me tapa con las sábanas y se sienta en el borde de la cama, en el espacio que deja libre mi cuerpo debilitado. Mira alrededor y cabecea. Mi habitación es, en efecto, un caos absoluto, parece la de una adolescente desordenada. La alfombra está cubierta de envolturas de After Eight, la librería ocupada por una colección de latas vacías de Coca-Cola y botellas de cerveza, y en el escritorio hay una caja abierta y volcada de Kellogg’s de chocolate. Vestidos amontonados, sujetadores y bragas por todas partes… En pocas palabras, la confusión reina tanto fuera como dentro de mí.

Paola, sentada a mi lado, me recuerda a mi madre cuando, siendo una niña, no iba al colegio porque estaba enferma y ella me cuidaba. Me parece ver sus ojos delante de mí.

—Ya es la segunda vez que te pasa esta semana. Dices que te estás divirtiendo, pero viéndote así no se diría.

Asiento con la cabeza respondiendo a una pregunta inexistente y dejo que mis párpados se cierren. Finjo que estoy a punto de dormirme. No tengo fuerzas para soportar un sermón, sería letal, pese a que, en el fondo, sé que tiene razón.

Paola me aparta un mechón de pelo de la cara y continúa:

—Te estás destruyendo, Elena. Daría cualquier cosa por que lo entendieras. Sé que no tienes ganas de escucharme, pero yo te lo digo de todas formas…

Sigo escondiéndome detrás de los ojos cerrados. Me estoy destruyendo, puede que sea cierto, pero ¿qué más da? Destruirse es un alivio, liberarse de uno mismo es una garantía de salud mental, hace que me sienta más ligera. He sufrido tanto después de Leonardo que he llegado a pensar que no iba a poder soportarlo, pero, llegado cierto punto, tanto si uno quiere como si no, también el dolor se agota. En nuestro interior queda un vacío que es incluso peor. Y yo, para colmarlo, he empezado a abusar de todo: del sexo, de la comida, del alcohol; en resumen, de todo aquello que puede darme vida, pese a que sé de sobra que nunca me sentiré satisfecha.

—Hoy he hablado con Ricciardi —dice Paola con cautela—. No tiene nada en tu contra. Quizá, si le pides perdón y aclaráis las cosas, puedas volver a trabajar con él.

—Ese capullo —murmuro enfurruñada reanimándome por un segundo.

Ricciardi es el director de la restauración de Villa Médicis. Cuando terminó el trabajo en San Luigi dei Francesi el padre Sèrge, tal y como había prometido, nos recomendó a Paola y a mí para un nuevo encargo y nos aceptaron en el equipo. Pero yo odié desde el principio a ese hombrecito achaparrado y pedante. Me reprendía cuando llegaba tarde y un día que estaba un podo aturdida después de haberme pasado la noche bailando hasta el amanecer organicé un buen lío con los colores. El caso es que al final estallé y me despedí dando un portazo. Ya no soy la Elena de antes, porque hace tiempo no habría podido imaginarme algo así; en cambio, lo he hecho, y no sin cierta satisfacción. Así que de ir a implorarle que me contrate de nuevo, nada. Además, lo del paro tampoco está tan mal: tengo tiempo para hacer lo que quiero y me gusta no tener que obedecer las órdenes de nadie.

Con todo, Paola no parece ser de la misma opinión.

—No niego que Ricciardi es un poco capullo, pero tú tienes en parte la culpa. Recuerda que estamos hablando de trabajo, Elena.

Giro la cabeza irritada, sin abrir los ojos. ¡Basta! Estoy harta de la filosofía del sacrificio que Paola trata de inculcarme todos los días y no tengo la menor intención de seguir escuchando su sermón.

No soporto que me des lecciones de moral, querida Paola. Lo sé, he ensuciado el cuarto de baño de vómito, te he roto un frasco de perfume, tengo la habitación hecha un asco y lo siento, pero ¿por qué tienes que torturarme con Ricciardi ahora? Sumergirse en el trabajo ha sido un antídoto para ti, una manera de olvidar a Gabriella, tu amante, y, por lo visto, está funcionando… Pero ¿qué puedo hacer si en mi caso no es así y he optado por la vía de la evasión? Puede que divertirse desenfrenadamente no sea tan elegante como estrategia de fuga de la realidad, y reconozco que en ciertas ocasiones he perdido un poco el control, pero por fin me siento libre, sin complejos y, sobre todo, sin necesidad de pensar en nada. Y ahora basta, Paola, te lo ruego, ¿no tengo derecho, al menos, a poder dormir en paz?

—Por supuesto, Paola, sí… Haré lo que dices —gruño haciendo un esfuerzo y girándome en la cama—, pero ahora necesito dormir.

—De acuerdo, Elena. —Oigo que se aleja y que cierra la puerta.

Hundo la cara en la almohada y pienso en todos los excesos que he cometido en los últimos tiempos, en mi afán de libertad, en mi desesperada búsqueda del placer. Por mucho que me esfuerce para no sentirlo, el dolor sigue estando donde se instaló cuando dejé marcharse a Leonardo. Una lágrima amarga resbala por mi cara. Lloro por mí misma, por el daño que he querido hacerme a toda costa con Giulio esta noche y con los demás amantes que he tenido recientemente. Pensaba que así me liberaría de los fantasmas del pasado y, en cambio, me siento aún más vacía, incapaz de gozar de aquello que con él me volvía loca: el sexo. Lo sé, usando a los hombres no resolveré mi problema. Pero, por lo menos, así creo que me esfuerzo por encontrar una pizca de la normalidad que ahora me parece inaprensible. Tarde o temprano aparecerá el hombre justo, el que desbloqueará el mecanismo que se ha atascado. «¡Llegará también para ti!», me dice Gaia siempre. Confío, de verdad, en que tenga razón.

Ella ha encontrado el hombre adecuado. Se casa dentro de una semana y yo seré su testigo. Gaia Chinellato, la reina de las relaciones públicas venecianas, y Samuel Belotti, el campeón de ciclismo: ¡la boda del año! Al principio de su «relación», si es que se podía llamar así, no habría apostado un euro por ellos y, en cambio…, en cambio mañana al mediodía subiré a un tren rumbo a Venecia y en poco tiempo Gaia, mi mejor amiga, se convertirá en la esposa de alguien.

Sonrío en la oscuridad, sola. De repente siento el cuerpo algo más ligero. Amanece y aún me queda un poco de tiempo para mí, para recuperar fuerzas antes del gran evento.

Dulces sueños, Elena. Mañana deberás librar otra pequeña batalla.

Este libro es de la autora Irene Cao.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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