La Confesión de mi Madrastra | Capítulo 8

Portada de La Confesión de mi Madrastra | Capítulo 8: mujer adulta elegante y sensual, de vestido corto y escote profundo, en el interior de una casa lujosa al atardecer.

La Confesión de mi Madrastra

«Nunca quise desearla. Nunca pude dejar de hacerlo.»

Capítulo VIII

La Confesión de mi Madrastra

Capítulo VIII…

El sol golpeaba con una intensidad que parecía personal, como si hubiera decidido castigarme específicamente a mí, ahí de pie, con la pala en la mano y el sudor resbalando por mi nuca hasta perderse entre los omóplatos. Me sequé la frente con el dorso de la mano y maldije en silencio el sombrero que me había prestado don Anselmo, una cosa de paja vieja y ala ancha que olía a tierra y a sol acumulado de años. Pero al menos protegía la cabeza, y eso era algo.

—No aflojes, muchacho —dijo don Anselmo a mi lado, con esa voz pausada que parecía salir de otro tiempo—. La tierra no espera.

Sonreí sin ganas y clavé la pala de nuevo. Estábamos removiendo la tierra de uno de los arriates del fondo, preparando el terreno para unas plantas que él llamaba con un nombre que ya había olvidado. Desde que Martha le había sugerido a mi padre que yo “ayudara de vez en cuando para no estar encerrado todo el día”, me había convertido en su aprendiz forzado. La verdad es que no me molestaba tanto como fingía. El trabajo físico tenía algo de alivio, una manera de cansar el cuerpo para que la mente se callara un rato.

Pero en días como este, con el termómetro apretando y el sol en su punto más alto, cualquier consuelo se desvanecía.

Volví a mirar hacia la piscina, sin poder evitarlo. Allí estaban ellas, en la sombra de la gran sombrilla blanca que parecía flotar sobre el borde del agua. Martha, sentada en una silla de mimbre con las manos cruzadas sobre el regazo, descansando después de haber terminado sus tareas matutinas. Y junto a ella, Isabella, recostada en la tumbona, con un vestido blanco de tirantes finos que se pegaba a su cuerpo en los sitios exactos donde el calor hacía más evidente la humedad.

Habían estado conversando animadamente durante los últimos veinte minutos. No alcanzaba a oír las palabras desde donde estaba, pero sí el ritmo de las risas, el vaivén de sus voces mezclándose con el rumor del agua y el canto de algún pájaro perezoso. Martha reía con esa risa suya, amplia y sincera, que le sacudía los hombros y le arrugaba los ojos hasta hacerlos casi invisibles. Isabella, en cambio, reía más contenido, pero había algo en la forma en que inclinaba la cabeza, en cómo se llevaba una mano al pecho cuando algo le parecía especialmente gracioso, que la hacía parecer más joven, más accesible.

Más peligrosa.

Volví a la tierra, clavando la pala con más fuerza de la necesaria. El sombrero me caía sobre los ojos y tuve que apartarlo con un gesto brusco.

—Tranquilo —dijo don Anselmo, sin dejar de trabajar a mi lado—. La tierra no se enfada si la tratas con calma.

—No estoy nervioso.

Sonrió, mostrando las arrugas profundas que el sol y los años le habían grabado alrededor de la boca.

—Claro que no.

Seguí cavando, sintiendo el peso de sus ojos sobre mí. Don Anselmo era de esos hombres que hablaban poco y veían mucho. Llevaba más de quince años en la casa, y aunque su presencia siempre había sido discreta, casi invisible, yo sabía que no se perdía nada. Era como un mueble vivo, parte del paisaje, pero con una inteligencia silenciosa que a veces me incomodaba.

Levanté la vista de nuevo, casi sin darme cuenta. Isabella se había incorporado ligeramente en la tumbona y estaba bebiendo de un vaso largo con algo que parecía agua con limón. El movimiento de su garganta al tragar, la forma en que sus dedos rodeaban el vaso, el brillo de la humedad en sus labios… Todo eso lo registré en una fracción de segundo, y en la fracción siguiente ella giró la cabeza y me miró directamente.

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Este libro, ‘La Confesión de mi Madrastra‘, es de mi autoría, Annie Zarel.

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