Revolcadas Nocturnas con mi Madre | Capítulo 3

Revolcadas Nocturnas con mi Madre | Capítulo 3: Ana, en ropa interior, de pie, en el dormitorio de John.

Revolcadas Nocturnas con mi Madre

«Cuando la lujuria te domina.»

Capítulo III

Revolcadas Nocturnas con mi Madre

Capítulo III…

La luz del lunes entraba por la ventana como si nada hubiera pasado.

Yo seguía en la cama, boca arriba, mirando el techo. Llevaba así quién sabe cuánto tiempo. El despertador había sonado hace rato, pero lo ignoré. Mis brazos estaban cruzados sobre el pecho, las piernas estiradas, las sábanas hechas un desastre a los pies de la cama. Ni siquiera me había movido para acomodarlas.

Aún no era capaz de moverme.

Cada vez que cerraba los ojos, volvía a verla. Su cara. No de la forma en que la vi en la cocina en la noche. Me refiero a la cara que puso después. Esa mezcla de sorpresa y coraje. La forma en que me soltó —porque me soltó, no me empujó, no me golpeó, me recriminó y me soltó— y se fue sin mirar atrás.

Qué pendejo fui.

No, peor que pendejo. No sé ni cómo llamarlo. Fue el alcohol, sí, pero también fui yo. El que se acercó. El que la abrazó por detrás. El que apretó. Todo eso lo hice yo, no el puto trago.

Di media vuelta en la cama y enterré la cara en la almohada.

—Qué hice… —murmuré contra la tela.

El eco de mi propia voz me dio más vergüenza.

Porque lo peor no era haberlo hecho. Lo peor era que una parte de mí —una parte que no quería reconocer— no se arrepentía de haberlo sentido. De haberla sentido. La forma en que su cuerpo reaccionó contra el mío antes de que ella entendiera lo que estaba pasando. El calor. La suavidad. El…

No.

Sacudí la cabeza con fuerza, como si pudiera expulsar el pensamiento a golpes.

No iba a pensar en eso. No ahora. No después de lo que pasó.

Pero el pensamiento ya estaba ahí. Y como un perro que no suelta el hueso, mi cabeza empezó a tirar. El short rosado —no, era más como un durazno, bien clarito— y lo pequeño que era. Cómo le quedaba. Esa tela delgada que no disimulaba nada, su calzoncito marcado. Y yo la vi. La vi completa, de espaldas, inclinada, ese día que la vi en el baño. Eso fue lo que empezó todo. Ese sábado en la mañana. Cuando fui a buscarla al baño por el mandado de mi padre.

Y entonces ella estaba ahí. Y al entrar…

Ay, John, ya.

Me incorporé de golpe. Sentado en la cama, con las sábanas en el regazo, respirando como si hubiera corrido. Mi cuarto estaba igual que siempre: los tenis tirados cerca del clóset, la mochila abierta en el escritorio con las tareas a medio hacer, el póster de la película esa que me gustaba. Todo normal. Todo igual.

Excepto yo.

Yo ya no era el mismo que se acostó antier. Ese cabrón no existía más. El John de anoche hizo algo que el John de siempre nunca se habría atrevido.

Di un suspiro largo y pasé las manos por la cara.

La pregunta era: ¿ahora qué?

¿Cómo bajo a desayunar? ¿Cómo la veo a los ojos? ¿Qué voy a decirle si me habla? ¿Y si no me habla?

Me tiré de nuevo en la cama.

La vergüenza me apretaba el pecho como si alguien estuviera sentado encima. No era solo haberlo hecho. Era haberlo hecho con ella. Con mi… Sí. Con ella.

Pero al mismo tiempo, en el fondo revuelto de mi cabeza, algo no me dejaba en paz. Algo que no quería mirar de frente. Un pensamiento intrusivo, de esos que llegan sin pedir permiso y se instalan donde les da la gana.

Vaya culazo que se carga.

—¡Basta! —dije en voz alta.

Esta vez sí me senté de verdad. Con decisión. Agarré la almohada y la estrellé contra la pared. No ayudó, pero al menos hice algo.

Necesito arreglarlo.

Esa idea empezó a crecer. Sí. Tenía que hacer algo. Comprarle algo. Un detalle. Algo que le gustara. Para que supiera que lo sentía. Para que se le pasara el coraje.

¿Pero qué le compras a tu mamá después de… eso?

Un café no. Unas flores estaba muy cliché. Un chocolate… no sé, muy infantil.

De verdad, no tenía ni puta idea.

Saqué el celular de la mesa de noche. Revisé la hora. Mierda, ya se me había hecho tarde. Pero antes de moverme, me quedé un rato viendo la pantalla, pensando. Podía preguntarle a Valeria qué le gustaba a Ana. Era su hija, seguro sabía. Pero luego tendría que explicar por qué quería saber, y Valeria no era tonta. Ella notaba todo. Mejor no.

Podía fijarme en qué usaba. Cosas que le gustaran. Pero la verdad, lo único que recordaba en ese momento era el short ese… y otra vez.

¡Ey! detente, John.

Cerré los ojos un segundo. Respiré hondo.

Vas a comprarle algo, se lo das y ya. Le dices que lo sentiste, que fue el alcohol, que se te fue la mano. Punto.

Eso haría. Era un plan. Un plan de mierda, pero era algo.

Me levanté de la cama y fui al baño. Mientras me lavaba la cara con agua fría —porque lo necesitaba, no porque hiciera calor— intenté no pensar en nada. Solo en la ducha, en el colegio, en comprarle lo que fuera.

Pero el agua fría no ayudaba del todo.

Cuando salí de la ducha y me puse el uniforme —pantalón gris, camisa blanca, suéter azul marino— me sentí un poco mejor. Lo de siempre. La rutina. Eso me anclaba a algo normal.

Me miré en el espejo antes de salir del baño.

—Tranquilo —me dije. Solo controla tus pensamientos. Cómprame algo, se lo das y ya. Ella no es rencorosa. Bueno… nunca lo ha sido.

Pero nada de lo que había pasado antes era igual a esto.

Agarré la mochila, revisé que llevara todo, y abrí la puerta de mi cuarto.

El pasillo estaba vacío. Abajo se oía movimiento: platos, la tele prendida bajito, la voz de Matías pidiendo algo.

Bajé las escaleras con los nervios a flor de piel.

Ojalá no esté en la cocina. Ojalá no esté. Ojalá…

Entré al comedor.

Ana estaba de espaldas, lavando algo en el fregadero. Con unos jeans normales, una blusa negra de manga larga. El cabello recogido en una cola baja. Nada especial. Nada como ese maldito short.

No se volteó.

—Hay fruta en la mesa, John —dijo.

Su voz sonaba normal. Plana. Ni fría, ni cálida. Normal.

Demasiado normal.

No me miró. No dijo nada del sábado. Actuaba como si no hubiera pasado nada.

Y eso, de alguna forma, era peor.

Me quedé parado un segundo, sin saber qué hacer. Con las palabras atoradas en la garganta. Con el “perdón” en la punta de la lengua.

Pero no salió.

—Bu… bueno, gracias —dije, y me senté.

Agarré una manzana. La mordí. Ni la sentí.

Ella siguió lavando cosas. No se volteó ni una sola vez.

Y yo me quedé ahí, con la manzana en la mano, sintiéndome el idiota más grande del mundo.

Salí del colegio con el ramo de flores en una mano y la bolsa de chocolates en la otra.

Me sentía un pendejo.

No porque lo fuera —bueno, sí, un poco— sino porque después de darle vueltas toda la mañana, lo único que se me ocurrió fue justo lo que había descartado desde el principio. Flores y chocolate. Lo más genérico que podía comprarle alguien que no sabía qué carajos regalar. Pero ya estaba en la tienda, con el tiempo encima, y dije órale, que sea esto. La señora me envolvió el ramo en papel celofán, le puso un moño, y yo pagué como si nada.

Ahora iba caminando por la calle, con el sol de medio día pegándome en la nuca, y no podía dejar de pensar en que todo esto era ridículo. Un ramito chiquito, unas trufas, y un perdón que todavía no sabía cómo iba a decir.

Llegué a la esquina de la casa de Diana y tuve que frenar un segundo.

Su casa quedaba a dos cuadras. Podía desviarme. Llegar, tocar el timbre, hacer como que solo pasaba por ahí. Y quién sabe, quizá hoy sí pasaba lo que ayer no pasó.

Ayer estuvimos tan cerca. Caminando de regreso del centro, después de comprar las cosas de costura que necesitaba su prima. Llegamos a la puerta de su casa, nos quedamos viendo, y yo sentí que ahí era. Los dos nos inclinamos un poco. Vi sus labios. Gruesos. Esos labios que siempre miraba cuando hablaba, cuando se reía, cuando mordía el borde de su vaso en las fiestas. Eran provocativos. De esos que te piden que los beses.

Pero justo en ese momento nos interrumpieron. Y se terminó.

Me quedé con las ganas.

Ahora podía regresar. Decirle “oye, pasaba por aquí”, y probar por fin cómo sabían.

Pero apreté el ramo contra mi costado y seguí caminando hacia mi casa.

Otro día, pensé. Primero soluciona este desmadre.

Llegué a la casa y metí la llave en la cerradura. Adentro se oían los ruidos de siempre: el refrigerador zumbando, el reloj de la sala marcando las horas, algún pájaro afuera. Cero voces. Valeria seguramente en sus clases de música, Matías en patinaje, Alma seguramente ya estaba acá con mi madre. La casa toda para mí.

Y Ana. Mi madre.

Estaba en la cocina.

La vi de espaldas nada más llegar a la entrada de la cocina. Y me quedé clavado en la ahí, con una mano en el marco, sin poder soltarlo.

Porque no era la misma mujer que vi en la mañana.

Mi madre tenía puesto un pantalón negro. Pero no un pantalón cualquiera. Era de esos jeans tan ajustados que parecían pintados sobre ella. Pegado en las caderas, pegado en todo.

No podía dejar de mirarle el trasero. Ese maldito jean lo marcaba todo. La curva de sus caderas, la forma en que se estrechaba en la cintura, la redondez de sus nalgas. Perfectas. Grandes. Como el short aquel, pero ahora con tela más gruesa, más contenida, lo que quizá era peor porque dejaba menos a la imaginación.

Tragué saliva.

—Mamá —dije, con la voz más normal que pude fingir.

Ella se volteó.

La blusa… una blusa vino-tinto, de manga corta, pero escotada. No mucho, pero lo suficiente para verse. El cabello lo tenía suelto, ondulado cayendo sobre los hombros. Se veía arreglada. Demasiado arreglada para estar en la casa sola un lunes al mediodía.

El pantalón pegado en la entrepierna. Marcando ese triangulito.

Vi su cara. No estaba enojada. No como anoche. Tenía una expresión rara, como si estuviera pensando en otra cosa. Pero no enojada. Eso era bueno.

Caminé hacia ella. Sentía las manos sudorosas, el ramo resbalándose entre mis dedos.

—Esto es para ti —dije, y se lo extendí como si pesara veinte kilos.

Ella bajó la mirada al ramo, después a los chocolates, después a mí. Sus ojos se abrieron un poco. Sorprendida.

—¿Para mí?

—Sí. Es que… lo de ayer…

Las palabras se me atoraban. Respiré hondo.

—Lo siento, ma’. Fue el alcohol. Me pasé. No debí hacer eso. No voy a volver a hacerlo, te lo juro. Solo quería pedirte disculpas. Por eso te compré esto. Para que sepas que lo siento de verdad.

Ella me miró un momento más. Después soltó una pequeña risa —pequeña, cortita, como si no quisiera reírse pero no pudiera evitarlo— y tomó el ramo.

—Ay, John —dijo, y su voz ya sonaba como la de siempre. La cálida, la de antes—. Eres un tonto.

Eso no era un “te perdono”, pero era suficiente.

Olí su perfume cuando se acercó para darme un beso en la mejilla. Algo suave, floral. Me quedé quieto, con los brazos pegados al cuerpo, sin atreverme a moverme. Su labios rozaron mi piel un segundo.

—Gracias, hijo —dijo, separándose, y sonrió.

Ya no estaba molesta.

Esa sonrisa me soltó el nudo que llevaba en el pecho desde el domingo en la mañana. La presión se fue, no toda, pero la más fea sí. Respiré mejor.

Pero algo en su cara seguía sin encajar del todo. Esa sonrisa llegaba hasta sus labios, pero no hasta sus ojos. Y otra vez esa mirada distraída, como si estuviera contando los minutos para algo.

—Mira —dijo, dejando las flores sobre la mesa y revisando su bolso—. Tengo que salir un momento.

—¿Ahora?

—Sí. Alma está con tu abuela. Pasó por ella hace rato, apenas saliendo del jardín. Valeria y Matías llegan más tarde. Tú te quedas solo, ¿no?

Asentí. No entendía la prisa.

—¿A dónde vas? —pregunté, por curiosidad más que nada. Y también porque su ropa. Ese jean. Esa blusa. No era ropa para quedarse en casa.

Ana parpadeó. Un segundo. Dos.

—Con una amiga —dijo—. Vamos a ver unas cosas. Nada importante.

Su voz subió un tono al final. El tono que usaba cuando no quería que le hicieran más preguntas.

—Ah, bueno —dije.

Cruzó a mi lado, y yo no pude evitar mirar. Otra vez. Joder. No podía controlarlo. Su trasero se movía dentro de ese jean como si supiera que lo estaba viendo. Contoneándose. Las caderas anchas, las piernas gruesas, esa cintura que se marcaba justo antes de subir a sus nalgas. Cómo se tragaba la tela. Cómo se marcaba cada curva. Iba tras ella para acompañarla a la entrada.

Movió la cabeza un momento antes de llegar a la puerta.

—Ando tarde —dijo, más para sí misma que para mí—. Nos vemos.

Se acercó, me dio otro beso en la mejilla, rápido, casi de volada, y abrió la puerta.

—Cuida la casa —dijo antes de salir.

Y la puerta se cerró.

Me quedé en el mismo sitio, viendo cómo se subía a un taxi, el ruido alejándose. Después silencio.

La casa vacía. Yo solo.

Subí las escaleras con las manos en los bolsillos. Me sentía más tranquilo, la verdad. Ella ya no estaba enojada. Había aceptado las disculpas. Todo iba a volver a la normalidad. O eso quería creer.

Entré a mi cuarto y busqué el cargador del celular. No estaba en el buró. Revisé debajo de la cama, en el escritorio, en la mochila. Nada. Recordé que mi madre a veces lo toma porque no encuentra el suyo. Así que fui hasta su dormitorio.

Caminé al cuarto principal.

La cama estaba tendida. Olía un poco a su perfume todavía, el mismo de la cocina. Abrí los cajones del buró. Nada. Revisé el armario. Los cajones de abajo estaban llenos de cosas de papá: corbatas, medias, ropa interior de hombre. Los de arriba…

Un cajón no cerraba bien. Sobresalía un centímetro, como si alguien lo hubiera cerrado con prisa. Sin pensar, lo jalé.

No era ropa cualquiera.

Joder.

Era todo tangas. Tangas e hilos. Colores vivos: rojos, negros, morados, hasta un verde esmeralda que casi brillaba. Telas mínimas, la mayoría de encaje o de esas lisas que parecen pintadas. Algunos cacheteros, sí, pero esos eran los más “normales”. El resto era solo hilos.

Ana usaba esto.

Mi madre usaba esto.

Nunca lo había imaginado. Para mí, la ropa interior de mi mamá era… no sé, algo normal. Algodón. Blancos o beige. Cosas prácticas. Pero esto no era práctico. Esto era provocativo.

La imagen llegó sola. Otra vez. Ella con esos hilitos puestos. Su culo grande, sus caderas anchas, toda esa carne redonda tragándose esa tira mínima. Cómo se le marcaría. Cómo se le metería entre las nalgas.

Se me quedó la mano en el aire, rozando las telas.

¿Estará usando uno ahora?

La pregunta me golpeó en la entrepierna. Literal. Sentí el calor subir, la sangre bajando. Mi pantalón empezaba a apretar.

Revolví el cajón sin pensar, solo sintiendo. El encaje áspero bajo mis dedos. Uno negro de encaje transparente. Uno morado que era solo una tira. Y uno rojo. Pequeño. Diminuto. Un triángulo de tela al frente, y atrás solo una línea delgada.

Lo tomé.

Lo doblé entre mis dedos.

No deberías, John.

Cerré el cajón. Salí del cuarto. Caminé hasta el mío con la mano apretada alrededor de esa tela, escondiéndola en el bolsillo como si fuera un secreto a voces.

Cerré la puerta de mi cuarto. Con seguro.

Me senté en la cama. Saqué el hilo rojo y lo extendí sobre mi pierna. Tan pequeño. Tan ridículamente pequeño. No cubría nada. Era solo una provocación con forma de ropa.

Cerré los ojos.

La vi. De espaldas en el baño, inclinada, con el short subido. La vi en la cocina, con el jean ajustado, moviendo las caderas al caminar. La vi con esta tela roja, caminando hacia mí, sentándose a mi lado…

Mis dedos ya estaban bajando el cierre de mi pantalón.

Ya no pensaba. Solo sentía.

La tela roja envuelta alrededor de mi mano, apretándola mientras la otra se movía debajo. La imagen de ella, su trasero, la forma en que se movía, la suavidad que sentí el sábado cuando la apreté, el calor de su cuerpo contra el mío antes de que se fuera.

Ma…

No dije nada en voz alta. Pero en mi cabeza sí.

La tela roja estaba mojada cuando terminé.

No me limpié de inmediato. Solo me quedé ahí, con el hilo rojo en una mano y mi propia porquería en la otra, mirando el techo sin verlo.

Después bajé la mirada al hilo.

Ahora tenía una mancha. Una mancha que no iba a salir.

Mi corazón latía todavía acelerado. La culpa llegó después, como siempre, como una ola fría que te moja cuando ya estás seco.

Eres un enfermo.

Guardé el hilo en el cajón de mi buró. Cerré. Metí la llave en el bolsillo.

Y me quedé ahí sentado, en el silencio de la casa vacía, escuchando mi propia respiración.

Salí del gimnasio con los brazos bombeados y la circulación a flor de piel.

Hoy tocaba brazo. Mi día favorito. Bíceps, tríceps, antebrazo. Apretar, levantar, sentir cómo la sangre llenaba cada fibra, cómo se marcaban las venas, cómo la camiseta empezaba a quedar justa en las mangas. No había mejor sensación. Bueno, quizá una. Pero de esa no iba a pensar ahora.

Caminé hacia la casa con las manos en los bolsillos, todavía con ese subidón de energía que te deja un buen entrenamiento. El aire de la noche estaba fresco, la calle tranquila, los faroles iluminando la banqueta. Saqué el celular. Sin pensarlo mucho, busqué su número.

Diana.

Me contestó antes del tercer tono.

—¿John?

—Oye —dije, y me salió una sonrisa tonta que menos mal no podía ver—. ¿Qué haces?

—Nada, aburrida. ¿Tú?

—Saliendo del gym. Oye, quería preguntarte algo.

—Dime.

Me detuve en una esquina. Un coche pasó lento. Esperé a que se fuera.

—¿Qué te parece si mañana salimos? Después de almorzar. Podemos ir al cine o algo. Es viernes.

Se quedó callada un segundo.

—¿Como una cita? —preguntó.

—Sí, algo así, como una cita.

—Pues… está bien —dijo, y en su voz se escuchaba la sonrisa—. Me gusta la idea.

—¿Paso por ti después de almorzar entonces?

—Si, pasa por mí.

Colgamos y guardé el celular con una satisfacción tonta pero real. No era nada del otro mundo, pero llevaba semanas queriendo invitarla a algo formal, no solo vernos en el colegio o en la salida. Esto ya era otro nivel. Menos mal dijo que sí.

Llegué a la casa y metí la llave en la cerradura. Adentro se escuchaba la tele, las voces de los niños, algún juguete sonando de fondo. Ruido normal. Ruido de familia.

—¡John! —gritó Matías en cuando abrí la puerta.

—¡Ya llegó mi hermano! —dijo Alma, que venía corriendo desde la sala con los brazos abiertos.

Me agaché a la altura de ella y la levanté en el aire un par de segundos. Pesaba nada. Olía a jabón y a crema de esas que usa mi mamá en ellos después del baño.

—Hola, chiquitita —dije, y la cargué un momento antes de dejarla en el suelo.

Matías ya estaba otra vez con su juego, ni me hizo caso después del grito. Valeria no se veía. Seguro en su cuarto, como siempre, con el celular en la mano o escuchando música.

—¿Y mamá? —pregunté, más para mí que para ellos.

—En la cocina —dijo Alma, y se fue corriendo detrás de Matías.

Dejé la mochila del gym en la escalera y caminé hacia la cocina. Ella estaba de espaldas, en el fregadero, con un delantal azul atado a la cintura. El cabello lo tenía recogido en una cola baja, unas mechitas sueltas en la nuca. Seguía con esos jeans apretados puestos. Me quedé un segundo mirándole la cola. Cómo se marcaba, era perfecto. Ese jean levantaba sus nalgas, más de lo que ya estaban.

—Ya llegué —dije, apoyándome en el marco de la puerta.

Se volteó. Y su cara cambió.

No era la misma expresión que tenía cuando salí de la casa después del colegio. Esa mirada distraída. Ahora sus ojos brillaban. Tenía una sonrisa ancha, de esas que le suben hasta los ojos, y las mejillas un poco rosadas. Se la veía muy contenta.

—Hola, mi amor —dijo, y su voz sonó cálida, cantadita, como cuando estaba de buen humor—. Pásale, pásale.

Me acerqué al fregadero. Tenía las manos con jabón, fregando un plato.

—Ven —dijo, e inclinó la mejilla hacia mí.

La besé. Pero no fue un beso rápido, de compromiso. Su mejilla se apretó contra mis labios un momento más de lo normal, y cuando me separé, ella giró la cara y me dio otro beso a mí. Directo en la mejilla. Cariñoso.

Estaba rara. Pero rara para bien.

—¿Cómo te fue hoy? —preguntó, volviendo a los platos—. ¿Qué hiciste?

—Fui al gym —dije, y sin pensarlo mucho metí los brazos por detrás de su cintura y la abracé. No apretado. Suave. Como hacía antes, cuando era más chico y llegaba a la casa y la abrazaba solo porque sí.

Ella no se tensó. No se puso rígida como la otra vez. Al contrario, se recostó un poquito hacia atrás, como aceptando el abrazo.

—¿Al gym? ¿Y qué entrenaste?

—Brazo.

—Ah, ¿sí?

Soltó el plato en el escurridor, se secó las manos en el delantal, y se dio la vuelta dentro de mi abrazo. Me quedé con los brazos alrededor de su cintura, y ella me quedó viendo de frente, con los ojos brillantes, la sonrisa todavía puesta. Aunque al ser un poco más baja que yo tenía que levantar su cabeza.

—Déjame ver —dijo.

Y antes de que yo pudiera preguntar qué, levantó una mano y me apretó el bíceps. Con los dedos. Los cinco dedos envolviéndome el brazo, apretando.

—Uy, John —dijo, y su tono era de admiración de verdad, no de esas cosas que dicen las mamás para hacer sentir bien a los hijos—. Con razón se te ven tan duros. Están muy fuertes.

Me acarició el brazo de arriba abajo, despacio, como si estuviera comprobando algo. La piel se me erizó donde pasaban sus dedos.

—¿Sí? —dije, y me reí, medio nervioso, medio orgulloso.

—Claro que sí —respondió, sin dejar de acariciarme—. Y todavía vas a ponerte más grande, ¿no?

—Esa es la idea.

—Me gusta —dijo.

Y lo dijo de una forma que me hizo parpadear. No era “me gusta que te cuides” o “me gusta que hagas ejercicio”. Era solo “me gusta”. Sin más.

Sus dedos hicieron un último recorrido por mi brazo y después bajaron. Pero ella no se separó. Seguía ahí, en mi abrazo, mirándome.

Yo todavía no soltaba su cintura. No quería.

Mi madre estaba contenta. Muy contenta. Y yo estaba ahí, con los brazos alrededor de ella, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la blusa, su perfume suave mezclado con el olor a jabón de trastes. Todo se sentía bien. Demasiado bien.

—Oye, ma’ —dije, para decir algo, para llenar el silencio que se estaba haciendo largo—. Te quería contar algo.

—Dime.

—Invité a Diana a salir mañana. Al cine.

Sucedió rápido. Muy rápido. La sonrisa de Ana se congeló. No desapareció del todo, pero se puso rígida, como si alguien hubiera presionado pausa. Sus ojos cambiaron. Perdieron ese brillo de hacía un momento. Se volvió a girar para continuar lavando los platos.

—¿Diana? —preguntó. Su voz sonaba diferente. Más plana.

—Sí, mi compañera. La que te presenté una vez.

—Sé quién es —dijo. Yo seguía abrazándola por la cintura—. ¿Y para qué la invitaste?

—Pues para salir, ma’. Es bonita, es divertida, me cae bien.

Ana se detuvo un momento de lavar el plato. Cuando continuó, lo hizo con más energía, pero ya no era lo mismo.

—¿Y por qué no mejor te quedas? Podemos ver una película aquí, los cuatro. O cinco, si viene tu padre —dijo, con un tono que intentaba ser casual pero no le salía.

—¿Estás celosa o qué?

Lo dije en broma. Pero su reacción no fue de risa.

Se quedó en silencio y se detuvo otra vez.

—No, claro que no —dijo, demasiado rápido. Y volvió a continuar, con la misma energía de hace un momento—. Es solo que… no la conozco bien. No sé qué clase de chica sea.

—Es buena onda, ma’. Tranqui.

Ella no dijo nada. Solo me miró.

Y entonces, no sé de dónde salió, pero la idea llegó sola. Se me ocurrió en el momento y salió de mi boca antes de que pudiera pensarla.

—¿Qué pasa, ma’? ¿Quieres ir tú al cine conmigo en vez de ella? —se lo dije apretándola más en mi abrazo.

Ana soltó una risa. Pero no era una risa normal. Era una risa de esas que salen cuando algo te toma por sorpresa, cuando no sabes si es broma o no, cuando te da cosita. Me miró y se mordió el labio.

—Ay, John —dijo, y sus mejillas se pusieron rosadas—. No digas tonterías.

—No es ninguna tontería —dije, y ahora sí estaba medio jugando, medio hablando en serio, y ni yo sabía cuál era cuál—. Si quieres, otro día te invito yo a ti. Vamos al cine los dos, como cuando era niño.

Ella me miró. Y esa sonrisa pequeña empezó a crecer. Lenta. Como si se estuviera permitiendo sentir algo que no debería.

—¿Lo harías? —preguntó, y su voz sonó más joven. Más suave. Casi tímida.

—Claro. ¿Por qué no?

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

—¿Juramento?

Me reí. Ella también. Y esa risa suya sonó otra vez verdadera, cálida, como al principio.

—Juramento —dije.

Ana asintió, contenta, y por un momento volvió a ser la de antes. La de la sonrisa ancha, la de las mejillas rosadas, la de los ojos brillantes.

—Bueno —dijo, y me empujó con su cola hacia atrás—. Ya suéltame, que los niños están solos.

No quería soltarla. Pero lo hice.

—¿Ya cenaste? —preguntó, girándose hacia la estufa.

—No.

—Siéntate. En un momento te sirvo.

Me senté en el mesón central de la cocina, ese donde desayunábamos cuando no había mucho plan. Desde ahí la veía moverse, sacando una cacerola, sirviendo la sopa, cortando el pan. Su culo embutido en esos apretados jeans. Normal. Todo normal.

Pero mi pecho seguía caliente.

No sabía por qué. O sí. Pero no quería pensarlo.

Los niños estaban en la sala viendo la tele. Sus voces llegaban de fondo, mezcladas con las risas de algún programa. Matías gritó algo, Alma se rió. Casa normal.

Ana me puso el plato delante y se sentó a mi lado. No enfrente. A mi lado.

—Come —dijo.

—Gracias, ma’.

Empecé a comer. Ella se quedó ahí, con la barbilla apoyada en una mano, mirándome.

No decía nada. Solo me veía.

—¿Qué? —pregunté con la boca medio llena.

—Nada —respondió, y sonrió—. Me gusta verte comer. Significa que estás bien.

Seguí comiendo. Ella siguió mirando.

Después se levantó, me sirvió más, y se volvió a sentar a mi lado. No se fue a la sala con los niños. Se quedó conmigo.

—¿Y papá? —pregunté, para variar el aire.

—No ha llegado. Tú sabes cómo es.

Asentí. Mi papá siempre llegaba tarde. Nunca estaba en la cena. Y cuando llegaba, se sentaba, comía rápido, preguntaba cosas básicas —”¿cómo estuvo el colegio?”, “¿todo bien?”— y se metía a su estudio o a la habitación. No era mal padre. Solo… no estaba.

Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, no me molestó que no estuviera.

Porque mi madre sí estaba.

Y ella me miraba como si yo fuera lo único importante en la habitación.

Media hora después se oyó la puerta.

—Ya llegó tu papá —dijo Ana, levantándose de la silla.

Fui a la entrada. Mi padre entró con su maletín negro, el traje un poco arrugado. Olía a tabaco y a oficina.

—Hijo —dijo, y me dio una palmada en el hombro. Fuerte. De hombre.

—Hola, papá.

—¿Cómo estuvo el día?

—Bien. Fui al gym.

—Bien, bien —dijo, y ya estaba mirando hacia adentro—. ¿Dónde está tu madre?

—En la cocina. ¿Ya comiste?

—Sí, en la fábrica. Voy a cambiarme.

Subió las escaleras sin mirar atrás.

Yo me quedé en la entrada un momento, viéndolo desaparecer. Ana salió de la cocina con un trapo en la mano. Miró hacia las escaleras, después hacia mí.

—¿No te dije? —dijo, con un tono que no era triste ni enojado. Solo cansado—. Llegó.

Me encogí de hombros.

—Es lo que hay.

Suspiró. Después me sonrió. Y esa sonrisa, otra vez, era solo para mí.

—Vete a bañar —dijo—. Que ya es tarde.

—Ok, ma’.

Subí las escaleras. Antes de llegar a mi cuarto, me detuve un momento en el descanso. Miré hacia abajo. Ana estaba recogiendo los zapatos de los niños en la entrada, agachada, el cabello cayéndole sobre la cara.

Se veía bien. Muy bien.

No. No iba a pensar eso.

Entré a mi cuarto, cerré la puerta, y me quedé apoyado contra la madera un rato, con los ojos cerrados.

El día había empezado como una mierda y estaba terminando… no sabía cómo.

Pero no era una mierda.

Y eso era lo que me asustaba.

Empecé a despertar lentamente. Los párpados pesados, la cabeza todavía en la almohada. Mi cuerpo estaba relajado, pero algo en el ambiente me decía que no estaba solo.

Abrí los ojos.

Al principio solo vi oscuridad. La forma borrosa de los muebles, la ventana con la cortina entreabierta, la luz de la luna colándose en una línea delgada sobre el suelo. Parpadeé un par de veces, ajustando la visión.

Y entonces la vi. Otra vez.

Junto a la puerta cerrada. Aquella figura femenina. Quieta. Mirándome.

El corazón me dio un salto.

Pero no era miedo. Era otra cosa. Algo que no supe nombrar en ese segundo, pero que me recorrió el cuerpo de arriba abajo como una corriente.

Era ella. Mi madre. Ana.

Esta vez no era un sueño dentro del sueño. Estaba despierto. Lo sabía porque sentía las sábanas ásperas bajo mis dedos, el fresco de la noche en la piel, el latido de mi corazón acelerándose en el pecho.

Y ella estaba ahí.

La luz de la luna la bañaba de plata. Traía puesto un camisón blanco. Pero no como los que usaba antes, esos de algodón que le cubrían hasta las rodillas. Este era diferente. Era transparente. Delgado como un velo, cayendo sobre su cuerpo sin esconder nada.

Mi mirada recorrió su figura de arriba abajo sin permiso. No pude evitarlo. No quise.

El camisón era escotado. Muy escotado. Sus pechos se empujaban contra la tela, grandes y redondos, como si estuvieran a punto de desbordarse. La tela blanca se pegaba a su piel, y a través de ella alcancé a ver el contorno oscuro de sus areolas, el relieve de sus pezones marcándose, duros. Dos puntas pequeñas empujando desde adentro.

Se me secó la boca.

La transparencia del camisón no dejaba nada a la imaginación. Vi el dibujo exacto de sus areolas, el círculo perfecto, la forma en que la tela se adaptaba a la curva de sus senos. Eran grandes. De esas tetas que se ven en las revistas, en los videos, pero no en la vida real. Y estaban ahí, a unos metros de mí.

Seguí bajando la mirada.

La tela apenas le cubría la entrepierna. Un filamento blanco que no ocultaba nada. Y debajo, vi la mancha roja. Un hilo. Una tanga roja, pequeña, metida entre ese triangulo que forma su vulva, asomando por los lados de las caderas.

El hilo rojo.

El mismo que había guardado en mi cajón. El mismo que usé para… El mismo.

Mi boca se abrió un poco. No podía respirar bien.

El camisón terminaba muy arriba, dejando al descubierto sus piernas completas. Piernas gruesas, torneadas. Piernas de mujer. De esas que aprietan, que envuelven. Las caderas anchas se marcaban bajo la tela, moviéndose apenas con cada respiración suya.

Su cuerpo era una curva continua. Cintura pequeña, caderas anchas, muslos grandes. El tipo de cuerpo que no se puede ignorar. El tipo de cuerpo que te pide que lo mires.

Y yo lo estaba mirando.

Ella se movió.

Empezó a caminar hacia mí. Despacio. Sus pies descalzos sobre el suelo, el camisón flotando a su alrededor, la luz de la luna moviéndose sobre su piel.

Levanté la mirada a su rostro.

Y allí fue donde casi dejo de respirar.

No era mi madre. No la que conocía. La mujer que se acercaba tenía los labios entreabiertos, los ojos medio cerrados, una sonrisa pequeña pero peligrosa. Una mirada que nunca le había visto. Seductora. Hambrienta. Caliente.

Sus ojos brillaban en la penumbra. Me miraban como si yo fuera comida y ella llevara días sin comer.

Se acercó más. Ahora la sentía. Su calor llegaba antes que su cuerpo. Y su olor. Un olor dulce, pesado, que no era perfume. Era otro olor. Algo más profundo. Algo que venía de dentro de ella. Hembra en celo, pensé. Y supe que no había mejor forma de llamarlo.

Estaba justo a un lado de la cama. Se inclinó hacia mí.

Su cabello cayó sobre mi cara. Suave. Oscuro. Olía a ella.

—John —dijo.

Su voz era un susurro. Pero no un susurro cualquiera. Era húmedo. Cálido. Lleno de algo que no sabía nombrar pero que sentí directo en la entrepierna.

—John —repitió, más cerca.

Su aliento rozó mi mejilla.

Abrí la boca para decir algo. Para preguntarle qué hacía ahí. Para pedirle que se fuera. Para pedirle que se quedara.

No salió nada.

Su mano se levantó. La vi moverse en la penumbra, acercándose a mi cara.

—Que brazos tan fuertes tienes…

Me levanté de golpe.

Sentado en la cama, el corazón a punto de explotarme en el pecho, la respiración cortada, los ojos abiertos de par en par buscando en la oscuridad. Mi mano apretaba las sábanas como si fueran un salvavidas.

No había nadie.

Mi cuarto estaba vacío. La puerta cerrada. La cortina moviéndose apenas por el aire de la noche. La línea de luna en el suelo, igual que antes.

Pero no había nadie.

Ninguna figura femenina. Ningún camisón transparente. Ninguna mirada hambrienta.

Solo yo. Solo mi respiración agitada. Solo el sudor frío en la frente.

Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. Me pasé una mano por la cara, los dedos temblorosos. La otra mano apretó la almohada.

—Mierda —susurré.

Mi voz sonó ronca. Extraña. Como si no fuera mía.

Cerré los ojos un momento, intentando regular la respiración. Entra… sale… más lento… más calmado…

Pero mi cuerpo no quería calmarse.

Porque sentí algo. Una dureza. Como nunca la había tenido. Mi miembro estaba erecto, duro, palpitando contra la tela del bóxer. Me dolía casi. La sangre golpeaba ahí abajo con cada latido de mi corazón.

Abrí los ojos y miré el reloj de la mesa de noche.

Casi la una de la mañana.

La imagen del sueño seguía ahí, grabada en mis párpados cada vez que parpadeaba. Su camisón blanco. La transparencia. Sus pezones duros marcando la tela. La tanga roja. Esas piernas. Esa mirada. Su olor.

Mi verga palpitó otra vez.

Sabía que no podía dormir así. Era imposible. Iba a quedarme dando vueltas horas, pensando en ella, sintiendo esta presión que no se iba a ir sola.

Miré hacia el cajón de mi buró.

Me levanté de la cama, descalzo.

Lo abrí.

Ahí estaba. El hilo rojo. Pequeño. Enrollado en una bola. Lo tomé con dos dedos, lo saqué, y volví a cerrar.

Subí a la cama. Me recosté. Mis piernas abiertas, los pies apoyados en el colchón.

El hilo rojo colgaba de mi mano. Lo miré un momento. Imaginé a mi madre usándolo puesto. Cómo se le marcaría en las caderas. Cómo se le metería entre ese enorme par de nalgotas cuando caminaba.

Lo envolví alrededor de mi miembro.

La tela era suave. Delgada. Casi no se sentía. Pero sabía que era suya. Que había estado pegada a su piel. Entre sus piernas. Cerca de…

Cerré los ojos y empecé a mover la mano.

La imagen volvió sola. Ella en la puerta. El camisón blanco. Las tetas grandes empujando la tela, los pezones duros, las areolas oscuras marcándose.

Moví la mano más rápido.

La tanga roja alrededor de mi verga. Su tanga. La que ella usaba. La que yo tomé de su cajón. Ojalá se diera cuenta. Ojalá supiera. Ojalá un día buscara este hilo y no lo encontrara y se preguntara dónde carajos estaba.

La mano subía y bajaba. La tela roja se movía conmigo.

La vi acercándose. Esa mirada hambrienta. Ese olor a hembra. Su mano levantándose hacia mi cara.

—John —dijo en mi cabeza.

Esa voz. Ese susurro.

Apreté los dientes.

Supe que no iba a durar. Era demasiado. La imagen era demasiado. La verga me palpitaba como si fuera a estallar.

La mano se movió más rápido. Mi respiración se cortó. Los músculos del estómago se tensaron.

Llegó.

Me vine.

Apunté al triangulo de la tanga, al lugar donde se pone la vagina.

El semen caliente salió disparado, empapando la tela roja en mi mano, llenándola entera. Seguí moviendo la mano hasta que ya no quedó nada, hasta que mi cuerpo se rindió y cayó de nuevo en el colchón.

Me quedé ahí un momento, jadeando, con la tanga roja hecha un desastre.

Después, sin ganas, me limpié lo que pude con ella. El semen estaba por todas partes. En la tela, en mi vientre.

La tiré al suelo.

Sonó un pequeño golpe contra la madera.

Miré el techo. Mi respiración empezaba a volver a la normalidad. Mi corazón seguía acelerado, pero ya no era lo mismo. Era el bajón de después. El vacío que deja el placer cuando se va.

Cerré los ojos.

La imagen del sueño todavía flotaba detrás de mis párpados. Pero estaba más borrosa. Más lejana.

Di media vuelta en la cama, buscando una posición cómoda. Las sábanas estaban revueltas. Metí la mano debajo de la almohada. Cerré los ojos.  No quería pensar en nada más. Solo dormir.

El sueño tardó un rato en llegar. Pero llegó. Sin camisones blancos. Sin tangas rojas. Sin Ana. Solo oscuridad.

Este libro, ‘Revolcadas Nocturnas con mi Madre’, es de mi autoría, Annie Zarel.

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