La Confesión de mi Madrastra | Capítulo 6

Portada de La Confesión de mi Madrastra | Capítulo 6: mujer adulta elegante y sensual, de vestido corto y escote profundo, en el interior de una casa lujosa al atardecer.

La Confesión de mi Madrastra

«Nunca quise desearla. Nunca pude dejar de hacerlo.»

Capítulo VI

La Confesión de mi Madrastra

Capítulo VI…

El agua estaba más fría de lo que esperaba esa mañana, o tal vez era yo. Pero necesitaba ese frío. Necesitaba que el cloro y la temperatura me limpiaran la cabeza, que el esfuerzo de los brazos cortando el agua me cansara lo suficiente como para dejar de pensar en lo que había pasado el día anterior.

Me lancé sin pensarlo demasiado, nadando de un extremo a otro de la piscina con movimientos largos, constantes, como si pudiera vaciar la cabeza a fuerza de repetición.

No funcionaba. Cada vez que salía a tomar aire… Ahí estaba.

Isabella. En la tumbona. Inmóvil a primera vista, pero imposible de ignorar. Estaba ahí, tendida en la tumbona blanca a menos de tres metros del borde de la piscina, y cada vez que levantaba la cabeza para respirar en mi estilo de crol, mis ojos se iban directo hacia ella como imanes.

El sol de las diez de la mañana ya calentaba con fuerza. El jardín olía a césped recién cortado y a las flores de los jazmines que trepaban por la pérgola. El agua me rodeaba con su abrazo líquido, pero mi piel ardía por dentro cada vez que miraba a mi madrastra.

Isabella llevaba puesto el bikini más pequeño que le había visto hasta ahora. Bikini nuevo. Beige con detalles rosados. Pequeño. Demasiado.

La tela apenas cumplía su función. El contraste con su piel hacía que todo se notara más. Las curvas más marcadas, más definidas bajo el sol directo.

Ese beige con detalles rosas, un conjunto que apenas cumplía la función de cubrir lo necesario. El sostén era dos triángulos de tela sujetos por finas tiras que se perdían en su espalda, y sus pechos —Dios, esos pechos— se derramaban por los bordes como fruta madura que hubiera crecido demasiado para su recipiente. Grandes. Redondos. La piel morena del bronceado contrastando con la palidez de la parte que normalmente cubría la ropa. Y en el centro, marcando la tela, podía adivinar la forma de sus pezones, erectos quizás por el aire de la mañana o quizás por otra cosa.

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Este libro, ‘La Confesión de mi Madrastra‘, es de mi autoría, Annie Zarel.

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