
Pequeñas Cosas
«A veces, lo que cambia tu vida empieza con algo pequeño.»
Ana F. Malory
Capítulo II
Pequeñas Cosas
Capítulo II…
Cuando a la mañana siguiente abrió los ojos no necesitó mirar el reloj para saber que el sol hacía horas que había salido. Sorprendida por haber dormido hasta tan tarde, se sentó en el borde de la cama y estiró los brazos para desperezarse. Bostezando, se acercó a la ventana y la abrió para que el aire fresco de la mañana inundara la habitación. Una sonrisa se perfiló entonces en sus labios al contemplar el paisaje que tenía ante ella. Se reconocía una urbanita, pero no podía negar que despertar en plena naturaleza resultaba maravilloso. Al menos durante unos días, admitió para sus adentros al tiempo que, descalza y en camiseta, salía de la habitación.
—¿Abuela? —inquirió en voz alta un instante después, al bajar las
escaleras.
No recibió respuesta.
Sin molestarse en buscarla, porque sabía que no se encontraba en la casa, se dirigió a la cocina. Necesitaba una taza de café para acabar de espabilarse. En cuanto terminara de desayunar y hubiera adecentado su aspecto, iría a su encuentro; estaba segura de que la hallaría en el huerto en el que cultivaba todas las verduras y hortalizas que se comían en aquella casa.
Mientras tomaba el café, que acompañó con un buen montón de galletas caseras, no pensó en nada, salvo en el delicioso sabor de las pastas. Cada bocado era como un pedacito de cielo que se extendía por su paladar; ambrosía pura.
Se disponía a llevarse a la boca el último trozo, cuando Esther entró en la cocina.
—Veo que todavía recuerdas dónde guardo la lata de las galletas — comentó de buen humor.
—Eso nunca se olvida —contesto entre risas al tiempo que trataba de ocultar los pies bajo la silla.
—No es necesario que los escondas, ya he visto que estás descalza, para no perder la costumbre.
—Ni la perderé nunca, porque me encanta caminar descalza, sobre todo aquí.
—Para provocarme —aseveró la señora Kolb.
—No, porque me gusta sentir el suelo de madera bajo los pies — rebatió Diana antes de meterse en la boca el pedacito de galleta.
—¿Qué planes tienes para hoy? —cambió de tema para no discutir a causa del odioso hábito de su nieta.
—Todavía no he pensado nada —contestó después de apurar también el contenido de la taza—. ¿Por qué lo preguntas?
—Simple curiosidad.
—Quizá me acerque al pueblo. ¿Me acompañas?
—Tal vez otro día.
—Como quieras. —Se levantó para meter la taza en el lavavajillas—. Si cambias de opinión…
—Todavía tengo tarea, así que ve tranquila. —La interrumpió mientras abandonaban la cocina—. Nos vemos a la hora del almuerzo, y ten cuidado en la carretera.
—Descuida, lo tendré. —Le sonrió con afecto antes de besarla en la mejilla—. ¿Necesitas algo del pueblo?
—No, gracias.
—Entonces, hasta luego —se despidió con tono cantarín.
Esther, con una sonrisa en los labios, la vio trotar escaleras arriba. Cada día se parecía más a su padre. De él había heredado su cabello negro y sus preciosos ojos verdes; también su carácter alegre y extrovertido.
Notó que la pena por la pérdida de su hijo, compañera desde hacía años, le empañaba la mirada. Sacudió la cabeza para deshacerse de ella, para aplacarla al menos. Se había habituado a sentirla, pero no era momento para dejarla aparecer. No con Diana en casa. La joven era quien aportaba alegría a su vida, y que estuviera allí era motivo suficiente para sentirse dichosa y dejar de lado su sufrimiento.
Sonrió de nuevo al pensar en el tiempo que, por poco que fuera, pasarían juntas y salió al porche dispuesta a continuar con sus quehaceres diarios.
Doblaba la esquina del edificio cuando vio aparecer el pick-up de Ethan, que se detuvo al llegar donde ella se encontraba.
—Buenos días, Esther —la saludó desde el interior del vehículo—. ¿Necesita algo del pueblo?
—Gracias, hijo, no necesito nada —respondió sin perder la sonrisa.
Su empleado asintió conforme, pero sin dejar de observarla desde su lugar tras el volante.
—La noto muy contenta. ¿Anoche la llamó su nieta? —especuló con la mirada chispeante.
—¡Qué bien me conoces! —Rio con ganas—. Pero es mejor que eso.
—¿Qué la puede alegrar más que una llamada de Diana? —la interrogó de nuevo con el ceño fruncido.
—Tenerla aquí.
—¿Ha venido? —Su sorpresa era evidente.
—Llegó anoche, poco después de que tú te fueras. De haberte quedado unos minutos más habrías podido conocerla.
—Me habría gustado.
—Almuerza con nosotras y así podré presentártela —le propuso Esther resuelta.
—Imposible. —Adivinó la decepción en los ojos de su patrona—. ¿Qué tal durante la cena? —Acompañó la pregunta con un guiño de complicidad.
—Nos vemos esta noche, entonces —sentenció satisfecha.
—Aquí estaré, puntual como un reloj —se despidió justo antes de poner el motor en marcha.
Mientras se alejaba, sacó el brazo por la ventanilla y agitó la mano. Esther, risueña, imitó el gesto y esperó hasta perder de vista la camioneta para dirigirse al corral.
Tras una ducha rápida, Diana volvió a enfundarse los vaqueros de la noche anterior, se puso una ajustada camiseta de color blanco y sus deportivas. Sin regresar al cuarto de baño, se recogió el cabello hacia arriba con una cola de caballo y contempló la imagen que el espejo del armario le devolvía. Satisfecha, se hizo con el bolso que había dejado sobre la cómoda y sacó de él la llave del coche. Con ella en la mano bajó las escaleras casi tan rápido como las había subido. Una vez fuera, saltó los dos escalones del porche y, canturreando una de sus canciones favoritas, se subió al coche.
Eran las once y media de la mañana cuando llegó al pueblo y estacionó el vehículo. Disponía de tiempo suficiente para dar un paseo por el centro y mirar los escaparates. No necesitaba comprar nada, pero siempre cabía la posibilidad de encontrar una ganga o una prenda que, de repente, se le antojara indispensable.
Le sorprendió descubrir que, a diferencia del rancho, Franklin sí había cambiado. La calle principal contaba con un buen número de negocios que no existían la última vez que había estado allí y otros habían hecho reformas o cambiado de giro. También habían plantado árboles en el borde de las aceras y creado pequeñas parcelas ajardinadas, repletas de flores de colores, en diferentes puntos de la avenida que, sin duda, la hacían más alegre y atractiva.
Se detuvo ante la fachada de una librería que no conocía y repasó los títulos expuestos en el escaparate. Aunque hacía una eternidad que consumía literatura digital, de vez en cuando le gustaba volver a sentir el tacto de un libro físico entre las manos y percibir el olor de las páginas mientras leía. ¿Qué mejor momento que aquel para hacerlo? Estaba allí para desconectar, y una manera de conseguirlo era con una buena historia en la que poder sumergirse.
Sin apartar la mirada de las vistosas portadas, imaginándose ya sentada en el porche con uno de aquellos volúmenes frente a los ojos, se giró y caminó hacia la entrada del local. No había dado más de dos pasos cuando se estampó contra algo que, hubiera jurado, no se encontraba allí cuando se detuvo un instante antes. El impacto fue tan inesperado y fuerte que la hizo trastabillar y perder el equilibrio. Una mano se cerró sobre su brazo para sostenerla, impidiendo que acabara sentada en mitad de la acera.
Con el susto dibujado aún en el semblante, miró al hombre que la sujetaba.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó preocupado.
—Sí, y te pido disculpas —respondió apurada—, no te he visto…
—¡Vaya! Es la primera vez en mi vida que paso desapercibido. —Un destello de diversión le iluminó la mirada.
Diana reparó entonces en lo alto que era y sonrió abiertamente.
—Es evidente que iba muy distraída —bromeó a su vez, atrapada por el brillo de los ojos pardos del individuo.
—Es evidente —coincidió al tiempo que la soltaba—. Que tengas un buen día —se despidió de ella con una sonrisa.
—Igualmente.
Lo siguió con la mirada, sorprendida aún con su afable reacción. De haberle ocurrido aquello en Boston, habría recibido una buena bronca por no mirar por dónde iba, pensó al moverse hacia la puerta de la librería para entrar. Antes de hacerlo, giró la cabeza para mirarlo de nuevo. El tipo era realmente alto, se dijo justo cuando este dobló la esquina. Momento en el que ella, con una mueca de diversión bailando todavía en los labios, empujaba la puerta del local.
Unas horas después, de vuelta en el rancho, se bajó del coche con un par de bolsas en la mano. Hacía tiempo que no se tomaba una mañana para ir de compras y, aunque lo que había adquirido no pasaban de ser fruslerías, la había disfrutado. Tendría que hacerlo más a menudo; debía concederse tiempo libre y algún capricho de vez en cuando, resolvió en el mismo instante que cruzaba el umbral. Nada más entrar percibió el olor de la comida que llegaba desde la cocina. Se le hizo la boca agua al distinguir el de uno de sus platos favoritos: pastel de carne. Su abuela lo preparaba, además de con una estupenda carne guisada, con espinacas, puré de patata casero y, por encima, una buena capa de queso gratinado.
—¡Me muero de hambre! —exclamó, a modo de saludo, al aparecer en la cocina.
Esther, frente a los fogones, la miró por encima del hombro.
—Ha sido una mañana provechosa —comentó al verla dejar las bolsas sobre una de las sillas.
—Son cuatro tonterías de nada, pero ha resultado agradable —dijo al tiempo que se acercaba a la encimera para destapar una de las ollas e inspeccionar su contenido.
El pastel todavía estaba en el horno.
—Deja eso ahora mismo. —Frustró Esther su intento de probar lo que se cocía en el puchero—. Lleva esas bolsas arriba y lávate las manos. Comeremos en unos minutos.
—De acuerdo —rezongó, pero le hizo caso.
El olor de la comida le había abierto el apetito y su estómago comenzaba a protestar.
La señora Kolb esbozó una sonrisa y sacudió la cabeza al sentirla correr escaleras arriba. Hacía mucho tiempo que su nieta había dejado de ser una niña para convertirse en una mujer extraordinaria, aun así, de vez en cuando, volvía a comportarse como una adolescente.
Segura de que no tardaría en reaparecer, Esther sacó del horno la fuente. En ella había comida para un regimiento, reconoció para sí, consciente de que se le habían ido un poquito de las manos las cantidades.
—¡Mmm! ¡Qué buena pinta! —exclamó Diana al entrar.
El queso de la superficie, tostado y aún burbujeante, desprendía un olor irresistible. No veía el momento de hincarle el diente.
—Acércame los platos.
La comida estaba demasiado caliente, pero sabía que su nieta, al tratarse de su receta favorita, no atendería a razones.
Una hora más tarde y después de haberse comido dos raciones de pastel de carne, se llevaba a la boca el último pedacito de tarta de manzana que le quedaba en el plato.
—Creo que voy a explotar de un momento a otro —resopló al terminar.
—No me sorprendería, has comido como si llevaras semanas sin hacerlo —apuntó Esther, en verdad asombrada—. ¿Se puede saber qué comes habitualmente?
—Cualquier cosa. —Se encogió de hombros—. Dispongo de poco tiempo y cocinar no es lo mío.
—Pues deberías preocuparte más por tu dieta. —Le recomendó al levantarse para retirar los platos.
—Aunque lo intentara, nunca lograría cocinar nada tan delicioso como esto.
—Hacerme la pelota no te servirá para que me olvide del tema.
—Es evidente que no. —No pudo contener la risa a pesar de que Esther la miraba con el ceño fruncido—. No te enfades ni me regañes —le pidió sin perder la sonrisa—. Como mejor de lo que te imaginas. ¡En serio! —dijo en respuesta a la inquisitiva mirada su abuela—. Hay un restaurante cerca de la oficina, al que voy… bueno, al que iba a comer casi a diario. —Remató la frase con un suspiro—. Ahora tendré que buscar otro lugar en el que almorzar, aunque primero necesitaré encontrar un empleo.
—Discúlpame, no pretendía recordarte lo ocurrido —le aseguró, mortificada por ser la responsable de que la joven hubiera dejado de sonreír.
—No tiene importancia. Evitar mencionarlo no hará desaparecer el problema. —Esbozó una sonrisa carente de humor.
—Lo sé, pero hablar de ello mientras estés aquí tampoco lo resolverá, así que, mejor, nos olvidamos de él por unos días —sentenció al cerrar el lavavajillas—. Voy a recoger la colada, ¿me acompañas?
Diana asintió con un cabeceo antes de ponerse en pie para seguirla. Le vendría bien moverse después de todo lo que había comido, se dijo una vez fuera de la casa.
En el tendedero, situado en la parte de atrás del edificio, ondeaban las sábanas que Esther había tendido esa mañana junto con otras prendas de vestir. Sin cruzar una sola palabra, se entregaron a la tarea de descolgar le ropa y doblarla antes de meterla en el cesto que la dueña del rancho había dejado sobre el césped horas antes.
—Me encanta este silencio —comentó Diana en voz baja al cabo de un instante.
—Cuando pasas demasiado tiempo sola, llega a resultar molesto.
Las palabras de su abuela la hicieron sentir culpable.
—Lamento no haber venido más a menudo.
—No lo hagas, es ley de vida. Tú tienes la tuya en Boston y la mía está aquí, en esta tierra, aunque a veces el silencio sea agobiante.
—Podrías venirte a vivir conmigo.
La carcajada de Esther hizo que los pajarillos que se alimentaban en el huerto alzaran el vuelo, asustados.
—¡Ni loca! No soportaría tanto ruido.
Diana no pudo contener la risa al escucharla.
—He de reconocer que sería un cambio demasiado drástico. Pero… — titubeó—, no me gusta que estés sola.
—No lo estoy; Ethan me hace mucha compañía y siempre está pendiente de mí.
—A propósito de Ethan, ¿dónde está? —inquirió suspicaz.
—Esta mañana ha tenido que acercarse a Franklin y después debía atender a las reses, pero no tardarás en conocerlo. Cenará con nosotras esta noche. Espero que no te importe.
—En absoluto. —Se agachó para recoger el cesto lleno de ropa.
En realidad, estaba deseando conocer al hombre que tan encandilada tenía a su abuela.
Este libro es de la autora Ana F. Malory.
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