
La Confesión de mi Madrastra
«Nunca quise desearla. Nunca pude dejar de hacerlo.»
Capítulo V
La Confesión de mi Madrastra
Capítulo V…
La mañana empezó tranquila. Demasiado tranquila, incluso.
Martha había decidido hacer aseo general en la sala, lo que en su idioma significaba mover medio mundo de sitio. Yo terminé metido ahí sin darme cuenta, empujando muebles, levantando mesas, acomodando cosas que, sinceramente, ni sabía que necesitaban acomodarse.
—Más a la derecha… no, no, ahí no —dijo, señalando con el trapo en la mano—. Un poquito más.
—¿Así?
—Un poquito más.
Suspiré, ajustando el sofá apenas unos centímetros.
—Ahí.
Solté el peso, estirando los brazos.
—Si lo mueves un milímetro más, lo dejas donde estaba.
—Por eso hay que hacerlo bien desde el principio.
Negué con la cabeza, pero se me escapó una sonrisa.
—Eres peor que un arquitecto.
—Y usted peor que un ayudante.
—Encima.
Se rió.
Ese tipo de risa que ya conocía desde niño. Familiar. Sencilla. Por un momento, todo se sintió… normal.
—Pásame ese trapo.
Se lo alcancé.
—Gracias.
Se puso a limpiar la superficie del mueble con precisión exagerada.
—No tiene polvo.
—Siempre tiene polvo.
Me apoyé en la pared, mirándola.
—¿Siempre has sido así?
—¿Así cómo?
—Intensa.
—Desde antes de que usted naciera.
Eso me hizo reír. demás, siempre me llamaba la atención de que, a veces me tuteaba y otras veces no.
—Tiene sentido.
Seguimos un rato más en eso. Moviendo, limpiando, acomodando. Hablando de cosas sin importancia. Comentarios sueltos. Recuerdos pequeños.
Era fácil estar ahí. Sin pensar demasiado. Sin que todo girara alrededor de lo mismo. Hasta que terminamos. Martha se quedó mirando la sala, evaluando su trabajo.
—Bueno.
Asintió, satisfecha.
—Ahora sí.
Se giró hacia mí.
—Hazme un favor.
—Dime.
—Ve y le dices a Isabella que ya puede bajar. Que ya no hay polvo.
Asentí.
—Listo.
Salí de la sala y subí las escaleras con paso tranquilo. Sin pensar mucho. O intentando no hacerlo.
El pasillo estaba en silencio. Me detuve frente a la puerta del cuarto principal.
Toqué una vez.
Silencio.
Empujé la puerta con suavidad.
—¿Isabella?
No hubo respuesta. Entré. La habitación estaba vacía. Ordenada. Demasiado. La cama estaba hecha con esa pulcritud casi obsesiva que la caracterizaba, las cortinas descorridas dejando entrar la luz cálida. Vacío. Ya me disponía a bajar cuando lo escuché:
Un sonido.
Agua. Un chapoteo contenido.
Desde el baño, privado.
Me quedé quieto un segundo. No debería. Lo sabía. Era obvio. Pero aun así…
Di un paso. Luego otro. Hasta quedar frente a la puerta. Estaba entreabierta. Apenas. Lo suficiente para ver luz dentro. La puerta estaba entornada, apenas un dedo de separación entre el marco y la madera. Debí haberme ido. Debí bajar las escaleras, prepararme un café y esperar a que ella saliera con esa naturalidad que usábamos para fingir que no pasaba nada entre nosotros. Pero mis pies no obedecieron.
Mi primera reacción fue darme la vuelta. Irme. Decirle a Martha que no la encontré. Cerrar el tema. Fácil. Lógico. Pero no lo hice.
Me quedé ahí. Un segundo más de lo necesario. Y luego…
Me incliné apenas. Lo justo. Para mirar. Me acerqué en puntas. El corazón ya me golpeaba las costillas cuando apoyé la yema de los dedos en la madera y la deslicé apenas unos centímetros más.
Y la vi.
El vapor había empañado los azulejos verdes —verdes como sus ojos, pensé antes de poder evitarlo— y el aire era denso, caliente, cargado con el aroma dulzón de un jabón de almendras. La bañera estaba rebosante de espuma blanca, y entre esa nube cremosa, sumergida hasta los hombros, estaba Isabella.
En la bañera.
Sumergida casi por completo, cubierta por espuma que apenas dejaba ver su cuerpo. El cabello recogido, algunos mechones sueltos pegados a la piel húmeda.
Los ojos cerrados.
La cabeza apoyada hacia atrás.
Solo una parte de sus pechos asomaba entre las burbujas. Suficiente. Demasiado.
Con sus ojos cerrados, su cabello castaño estaba recogido en un moño alto del que escapaban algunos mechones húmedos, pegados a la nuca y las sienes. El vapor le había encendido las mejillas y sus labios, ligeramente entreabiertos, brillaban como si acabaran de ser besados.
La espuma subía y bajaba con el ritmo de su respiración, y en cada ascenso se adivinaba la curva generosa de sus pechos, la piel más clara allí donde el agua no la había besado aún. Mis manos sudaban contra el marco de la puerta.
El aire se me quedó atascado. Sentí el impulso de apartarme. De inmediato. Pero no lo hice. No pude. Me quedé. Mirando. Sin hacer ruido. Sin moverme. Como si cualquier cosa fuera a romper ese momento.
El agua se movía apenas con su respiración. Lenta. Profunda. Todo en ella parecía… relajado.
Íntimo. Privado.
Y yo no debería estar ahí. Lo sabía. —Vete —, ordené en mi cabeza. —Vete ahora mismo.
Pero no me iba. No me moví. No todavía.
Entonces algo cambió.
Sutil.
Al principio. Su respiración. Se hizo un poco más irregular. Un poco más marcada. Sus labios se entreabrieron apenas. Un sonido bajo. Casi imperceptible.
Fruncí el ceño.
No entendía.
El agua se movió otra vez. Más. Su cuerpo cambió de ritmo. Lento. Repetido. Ella suspiró otra vez, más hondo, y algo en ese sonido me erizó la nuca. No era un suspiro de cansancio ni de simple relajación. Había una nota más grave, más íntima, algo que mi cuerpo reconoció antes que mi mente.
Y ahí… Lo entendí. Tarde. Pero claro.
El pulso se me disparó. Sentí el calor subir de golpe. Debería irme. Ahora. Pero no me moví. No pude.
Me quedé ahí, atrapado en la escena, viendo cómo su cuerpo respondía a algo que no podía ver del todo, pero que estaba ahí.
Sus labios dejaron escapar otro sonido. Más claro. Más contenido. No era dolor. No era incomodidad. Era otra cosa. Algo más profundo. Más íntimo.
Tragué saliva. El cuerpo reaccionó sin pedir permiso. Otra vez. Más fuerte. Más inmediato. No pensaba. Solo miraba.
Cada pequeño movimiento. Cada cambio en su respiración. En su expresión.
Entonces la vi moverse.
Fue leve al principio, apenas un vaivén de caderas que hizo ondear la superficie del agua. La espuma se desplazó como nubes en un cielo pequeño y descubrió por un instante el nacimiento de sus muslos. Sus ojos seguían cerrados, su cabeza ladeada contra el borde de la bañera, y su boca se abrió un poco más cuando el movimiento se hizo más pronunciado.
Un jadeo. Pequeño, contenido, pero inconfundible.
Me di cuenta de que su brazo derecho, que yo creía descansando al borde de la bañera, estaba en realidad sumergido. Moviéndose. Entre sus piernas.
Mi sangre se volvió de dos temperaturas al mismo tiempo: hielo en la nuca, fuego en el vientre. Sentí la erección crecer contra la tela de mis pantalones, incómoda e innegable. Sabía que debía cerrar los ojos, girar, alejarme, borrar esa imagen de mi memoria antes de que fuera demasiado tarde. Pero ella estaba allí, y su piel brillaba, y el sonido de sus dedos jugando en el agua caliente era casi musical.
Isabella movía la cadera ahora con un ritmo más seguro, más urgente. Sus pechos se alzaban y caían al compás de su respiración acelerada, y la espuma empezaba a derretirse, dejando ver más piel de la que estaba preparado para procesar. Los pezones oscuros, erectos, rozando la superficie del agua. El abdomen plano que se tensaba cada vez que su mano hacía algún movimiento particular.
El tiempo se volvió extraño. Lento. Espeso.
Mis dedos se clavaron en la madera.
El jadeo se convirtió en un gemido ahogado, algo que ella trató de contener mordiéndose el labio inferior y que escapó igual, más agudo, más desesperado. El agua salpicaba el borde de la bañera, mojando el felpudo. El aroma de almendras y algo más —algo carnal, algo que mi nariz no debería identificar pero que mi instinto devoraba— llenó el aire húmedo.
Hasta que…
Su cuerpo se tensó. Leve, pero claro. Los labios se abrieron más. Un suspiro más largo. Más profundo. Su cuerpo comenzó a arquearse. Los dedos de su mano izquierda se aferraron al borde de la bañera hasta enrojecer las uñas. Su espalda se arqueó del todo. Sus pechos se asomaron por completo. Redondos. Grandes. Con sus areolas rosadas, y sus pezones ergidos.
El agua se agitó salvajemente. Y luego, el silencio roto solo por su respiración jadeante y el goteo lento de la espuma resbalando por el esmalte.
El gemido se quebró en tres partes.
—Ahhh… ahh… ah…
Y en la última, cuando vi sus párpados temblar y sus pezones rozar la espuma como buscando algo que no estaba allí, escuché lo que nunca debí escuchar.
Un nombre. Bajo. Casi un susurro. Pero suficiente.
—Damián…
Una exhalación rota, un nombre pronunciado en el instante exacto del placer, cuando la cabeza se vacía y la boca dice la verdad, aunque los labios quisieran mentir.
El golpe fue seco. Directo. Como si alguien me hubiera empujado. Parpadeé. Una vez. Dos. El corazón latiendo en la garganta.
No podía haber escuchado eso. Pero lo había hecho. Claro. Sin duda.
Retrocedí. Despacio. Con cuidado. Como si cualquier ruido fuera a delatarme. Di un paso atrás. Luego otro. Hasta salir del campo de la puerta. Y entonces sí. Me giré.
Caminé por el pasillo. Sin mirar atrás. Sin pensar. Solo alejándome.
Pero con ese sonido…
Repitiéndose. Una y otra vez. En la cabeza.
Avancé por el pasillo sin detenerme. Con pasos que no sentía, como si caminara sobre una superficie inestable, como si el suelo de roble hubiera decidido traicionarme. Pero no estaba caminando realmente. Estaba… repitiendo.
Mis piernas me llevaban hacia mi habitación, pero mi cabeza seguía allí, en ese baño empañado, viendo la espuma derretirse sobre la piel de Isabella.
Su nombre vibraba todavía en mi nuca, en mis vértebras, en algún lugar profundo de mi vientre.
La imagen.
El sonido.
Ese momento exacto.
Mi nombre en su boca.
Bajo.
Íntimo.
Como si no fuera un error.
Como si no fuera casual.
—Damián…
Lo había susurrado como si yo fuera el responsable de ese orgasmo. Como si sus dedos bajo el agua fueran los míos. Y esa imagen —sus pechos asomando entre la espuma, redondos, generosos, la piel más clara en el centro, los pezones endurecidos rozando la superficie— se me clavó en la memoria como un hierro caliente.
Me apoyé un segundo contra la pared antes de llegar a mi cuarto. La respiración se me escapaba entrecortada.
Respiré hondo. No ayudó. Cerré los ojos. Error. Porque volvió.
Ella en la bañera. La piel húmeda. El pecho asomando entre la espuma. El gesto en su cara.
Y ese susurro.
—Damián…
—No…
Me pasé la mano por la cara, tensando la mandíbula. No tenía sentido. No podía tenerlo. Pero lo había escuchado. Claro. Sin duda.
Abrí los ojos. Y fue peor. Porque ahora no era solo la imagen. Era lo que significaba. O lo que yo quería que significara.
Recordé las veces que la veía en la piscina, que es casi todos los días, por el verano. Tendida en la hamaca, el bikini blanco tan pequeño que parecía un descuido. Las cintas laterales hundidas en la curva de sus caderas. Sus pechos desbordando la tela cuando se estiró para alcanzar el protector solar. Yo fingía leer, pero no había leído una sola línea. Solo la miraba, la devoraba, y luego me encerraba en mi cuarto con las manos temblando.
Ahora era peor.
Porque ahora sabía cómo sonaba cuando llegaba al límite. Y sabía que, de algún modo, yo estaba allí con ella.
Bajé la mirada.
Y ahí estaba.
Otra vez.
La reacción. Más fuerte que antes. Más difícil de ignorar.
Me quedé quieto. Un segundo. Dos. Pensando. O intentando hacerlo. Pero no había mucho margen. El cuerpo ya había tomado la delantera.
Volví a mirar hacia abajo. La erección me empujaba contra la bragueta con una urgencia casi dolorosa, tan dura que me asusté un poco. El algodón de mis pantalones rozaba la piel sensible y cada latido parecía multiplicarse allí abajo, exigiendo atención, exigiendo algo que mi conciencia se negaba a conceder.
Pero mi cuerpo ya había decidido.
Giré. No hacia mi cuarto. Me desvié hacia el baño del pasillo sin pensarlo más. La puerta se cerró detrás de mí con un clic suave que sonó a sentencia. El aire era frío comparado con el vapor que aún sentía en los pulmones, y los azulejos blancos me devolvían una imagen borrosa de mí mismo: mejillas encendidas, ojos brillantes, el bulto inconfundible en el pantalón.
Puse el seguro en la puerta. El silencio me envolvió de golpe. Apoyé ambas manos en el lavamanos, inclinándome.
—¿Qué mierda fue eso…?
No había respuesta. Solo ese impulso. Creciente. Insistente. Me incorporé. La mirada recorrió el espacio sin intención clara.
Hasta que… Otra vez.
Algo fuera de lugar.
Colgado.
Pequeño.
Demasiado pequeño.
Un hilo. Rosado.
Era un tanga, hilo, rosado. Como las flores que Isabella ponía en el jarrón del comedor. Un hilo de encaje en la parte trasera, un triángulo de tela suave al frente, todo tan pequeño que cabía en la palma de mi mano. Elástico bordado con iniciales diminutas. Una prenda que no estaba hecha para cubrir, sino para insinuar, para decorar un cuerpo que ya era perfecto sin aditamentos.
Me quedé quieto. Procesando. El corazón latiendo más rápido. Ya no era coincidencia. No podía serlo.
Me acerqué despacio. Como si eso cambiara algo. Lo tomé. Ligero. Casi inexistente entre los dedos.
Tragué saliva.
El pensamiento lógico… ya no estaba al frente. Quedaba atrás. Tapado. Por algo más directo. Más básico.
Lo acerqué. La llevé a mi cara sin poder detenerme. El olor era tenue. Pero reconocible. No tan marcado como el anterior. Pero suficiente. Demasiado.
El aroma era inconfundible. El perfume de Isabella —algo con vainilla y jazmín, ese olor que dejaba en las almohadas y que yo respiraba a escondidas cuando ella salía de casa— se mezclaba con otro más profundo, más oscuro, el rastro íntimo de su cuerpo. Humedecí los labios. La tela tocó mi boca. La olí otra vez, más hondo, y sentí el estómago contraerse.
Cerré los ojos un segundo. Y ahí se rompió lo poco que quedaba de control. Porque ahora no era solo el recuerdo de la bañera. Era todo junto. La piscina. El jardín. La cocina. Su cuerpo. Cómo se movía. Cómo se mostraba. Cómo me miraba.
Y ahora…
Eso. Ese momento. Ese susurro. Mi nombre.
La respiración se volvió más pesada. Más irregular. El cuerpo reaccionó sin resistencia. Sin negociación.
Me apoyé contra la pared. La cabeza hacia atrás. Y dejé de pelear. No tenía sentido hacerlo en ese punto. No con todo acumulado. No con esa imagen todavía fresca. Con esa sensación clavada en el pecho.
Mi lengua salió tímida al principio, luego segura. Lamí el centro de esa prenda diminuta y el sabor era salado, femenino, devastador. Era su sabor. El mismo que debía tener en sus dedos cuando salió del agua. El mismo que yo había imaginado mil veces al masturbarme pensando en ella.
Cerré los ojos. —Isabella…
La imaginé saliendo de la piscina. El bikini negro empapado pegado a sus pechos, los pezones marcando la tela como dos piedrecitas. La curva de su cintura. Sus caderas anchas balanceándose al caminar hacia la sombra. Ella se había sentado a mi lado, tan cerca que sentí el calor de su piel mojada, y me había preguntado si quería más limonada.
Yo solo atiné a negar con la cabeza porque tenía miedo de que mi voz sonara rota.
Los pensamientos se volvieron más desordenados. Más crudos. Más difíciles de filtrar.
Su cuerpo.
Cerca.
Demasiado cerca.
Mis manos. Su piel. Su reacción. Todo mezclado. Sin orden. Sin lógica. Solo impulso.
Cerré los ojos.
Y me dejé llevar.
Ahora, con la tanga rosada en una mano y el pantalón desabrochado con la otra, ya no me contenía.
Saqué mi erección, tan tensa que casi dolía, y envolví la tela alrededor del glande. La textura del encaje era áspera y suave al mismo tiempo, como su piel debía ser. Cerré los ojos y empecé a mover la mano.
La vi de nuevo en la bañera. La espuma resbalando por su cuello, por el hueco de sus clavículas. Imaginé mis manos allí, resbalando también, empujando la espuma a un lado para descubrirla entera.
Mis dedos ahogando sus pechos. Grandes. Redondos. La piel tan blanca allí donde el sol no llegaba, las venitas azules apenas visibles bajo la superficie. Las palmas llenándose con su peso, los pulgares rozando los pezones hasta que se pusieran duros como los vi esta mañana.
Isabella.
La imaginé arqueando la espalda contra mis manos, buscando más presión, más calor. Sus dedos enredados en mi cabello, empujando mi boca hacia sus pechos. La succioné con los ojos cerrados, la mordí suavemente, la chupé hasta que ella gimió ese gemido que escuché hace minutos, ese sonido roto y hermoso.
—Damián… —susurré yo ahora, pero su voz en mi mente, y la combinación del sonido de mi propia boca diciendo mi nombre, con su voz en mis pensamientos, me incendió las entrañas.
La imaginé en cuatro. La cama deshecha. El sol entrando por las persianas y dibujando rayos de luz sobre la curva de su espalda, la caída de sus nalgas, la humedad brillando entre sus muslos. Mi rodilla empujando sus piernas más abiertas. Mi mano en su cadera, apretando hasta dejar marca.
Entré en ella sin permiso. Pero su boca dijo mi nombre otra vez, y otra, y su mano buscó la mía para entrelazar los dedos mientras yo empujaba, duro, más duro, tan hondo que sentía el borde de su cuerpo, el límite donde el placer se vuelve casi dolor.
—Cógeme, Damián —dijo ella en mi cabeza, y yo obedecí.
El ritmo se volvió frenético. Las suelas de mis zapatos crujieron bajo mi peso, por la presión que hacía. Mi mano se movía tan rápido que la tanga rosada era solo un borrón de color entre mis dedos, empapada ya no solo de su recuerdo sino de mi propia excitación derramándose antes de tiempo.
Ella gritaba mi nombre en ese cuarto imaginario. Damián. Damián. Damián. Igual que hacía un rato, pero ahora era yo quien la hacía gritar, yo enterrado en ella, yo sintiendo cómo se venía otra vez, cómo se estrechaba a mi alrededor, cómo su orgasmo provocaba el mío.
Abrí los ojos justo cuando llegaba. Vi la eyaculación brotar, caliente y espesa, empapando la tela rosada, resbalando entre mis dedos, manchando mis muslos y el borde de la bañera. El gemido que escapó de mi boca fue casi un aullido ahogado, contenido por los dientes apretados, pero igual de verdadero que los suyos.
Cerré los ojos. Me quedé un momento inmóvil. La respiración agitada. El corazón desbocado.
El tiempo se volvió difuso otra vez. Corto. Intenso. Sin pausas.
Hasta que el cuerpo cedió. Y todo cayó de golpe.
Silencio.
Respiración pesada. El pulso todavía alto.
Abrí los ojos despacio.
La realidad volvió… pero no del todo. Porque algo había cambiado. Otra vez.
Miré la prenda en mi mano. La tela ligera. Marcada. Arrugada, húmeda, manchada de blanco. El olor era abrumador ahora, una mezcla de ella y de mí que me mareó. En lugar de limpiarla, en lugar de tirarla al cesto como haría cualquier persona sensata, la dejé caer sobre la toalla doblada. Sin remordimientos. Sin la culpa que debería sentir.
Y supe. Sin necesidad de pensarlo demasiado. Que esto ya no era solo curiosidad. Ni accidente. Ni impulso aislado.
Era otra cosa. Más fija. Más clara. Más peligrosa.
Me acerqué a la manija. Y la dejé ahí. Tal como la había encontrado.
Sin intentar borrar nada. Sin corregir nada. Un gesto simple. Pero con intención.
Me miré en el espejo. Me enfrenté a mi propio reflejo en el espejo empañado apenas por mi respiración. El reflejo devolvía algo distinto. No mejor. No peor. Solo… más consciente. Tenía los ojos de alguien que ha cruzado una línea.
Pero lo peor —lo más perturbador— era que no quería volver a cruzarla. Quería borrarla. Quería que esa línea nunca hubiera existido, para poder cruzarla de nuevo, para poder saltar al otro lado sin red.
El impulso de buscarla ahora mismo, de entrar en su habitación y decirle lo que había visto, lo que había hecho con su ropa interior, lo que quería hacer con su cuerpo —ese impulso me arañaba la garganta como un animal enjaulado.
—Esto ya se salió…
Murmuré la frase, pero no la terminé. Porque en el fondo sabía. Que no era que se hubiera salido de control. Era que había dejado de intentar controlarlo.
Me eché agua en la cara. Fría. Directa. Respiré hondo. Una vez más. Y salí del baño. Pero no dejé nada atrás.
Isabella.
El sonido de mi nombre en sus labios seguía allí, en algún rincón de la casa, esperando. Y yo ya sabía que no habría manera de volver atrás.
La tarde cayó sobre la casa como un manto denso y caluroso. El sol se filtraba por las ventanas del pasillo en láminas doradas que me obligaban a entrecerrar los ojos mientras bajaba hacia la cocina. La camisa se me pegaba a la espalda. El cuello me apretaba más de la cuenta. Necesitaba agua, necesitaba aire, necesitaba no pensar.
Pero no podía.
Bajé el pasillo con la sensación todavía pegada al cuerpo.
No se había ido.
Ni un poco.
El calor tampoco ayudaba. Se sentía más denso adentro que afuera. Como si la casa misma se hubiera cerrado sobre todo lo que estaba pasando.
Cada paso que daba hacia la cocina era un eco de lo que había hecho horas antes. El recuerdo de la tanga rosada entre mis dedos. Mi propia eyaculación caliente empapando la tela. El sabor de Isabella en mi lengua. Todo eso viajaba conmigo como una segunda piel, invisible pero ardiente.
Llegué a la cocina buscando lo de siempre.
Algo frío.
Algo que me bajara un poco.
Giré la esquina y casi choqué con Martha. Estaba ahí, de espaldas, organizando unas cosas en la alacena.
—Ay, Damián, muchacho —dijo ella con esa voz grave y pausada que llevaba toda mi vida escuchando—. Con qué susto me sales. ¿Otra vez por acá? —dijo sin girarse.
—Hace calor.
—Siempre hace calor.
Martha estaba de espaldas a la nevera, secándose las manos en un trapo de cocina. Su delantal azul, el pelo recogido en un moño apretado, los pies metidos en esas sandalias de cuero que usaba desde que yo tenía memoria. Había visto a mi padre de joven, me había visto nacer a mí, conocía cada rincón de esta casa mejor que cualquiera. Y eso era exactamente lo que me aterraba en ese momento.
Abrí la nevera. El aire frío me dio directo en la cara. Lo necesitaba.
—¿Quiere limonada?
—Sí.
Serví dos vasos, intentando que las manos no me temblaran. No era fácil. Porque la cabeza no paraba. Ni un segundo.
Le pasé el vaso.
—Gracias.
Se giró y me miró con más atención de la habitual.
Demasiada.
—¿Qué tienes?
—¿Yo?
—Sí, usted.
Bebí un poco antes de responder. Tiempo.
—Nada.
Martha arqueó una ceja. No me creía. Esa mujer me conocía desde antes de que supiera hablar, y seguramente estaba leyendo cada uno de mis nervios como si fueran palabras escritas en mi frente.
Sonreí. Forzado, pero suficiente.
—De verdad. Todo bien.
Me sostuvo la mirada un segundo más. Como evaluando. Como siempre hacía.
¿Podía verme? ¿Podía oler en mí lo que había hecho? ¿Ese aroma a sexo y culpa que yo creía disimular pero que tal vez estaba impregnado en mis poros?
—Está raro.
—Estoy cansado —dije, y me obligué a sonreír. La mueca me quedó torcida, lo supe en el instante en que la puse—. Es el calor. Nada más. Seguro —repetí, y esta vez forcé la sonrisa un poco más, abrí los ojos un poco más, intenté parecer relajado, normal, cualquier cosa menos lo que estaba sintiendo—. No dormí bien, eso es todo.
—Ajá.
No insistió. Pero tampoco pareció convencida. Volvió a lo suyo. Yo me quedé ahí, apoyado en el mesón, bebiendo lento. Intentando parecer normal. Sin serlo.
Intentaba regular la respiración cuando escuché el sonido de unos pasos en el pasillo que me tensaron antes de que apareciera.
No hizo falta verla. Ya sabía. Isabella entró como si nada. Ligera. Tranquila. Como si el universo entero no se hubiera reconfigurado esa mañana mientras ella se venía entre las burbujas.
—Hola.
—Hola, Isabella —dijo Martha con naturalidad, y yo solo atiné a asentir, porque mi garganta se había cerrado por completo.
Ella llevaba otra ropa deportiva. Leggins rosados. Ajustados. Demasiado. Llevaba un conjunto deportivo que me clavó los ojos en el pecho. Sus calzas, rosadas —otra vez rosa, pensé, y el estómago me dio un vuelco— de esas que se adhieren a cada curva como una segunda piel.
Un top negro que marcaba todo sin esfuerzo. Ajustado, dejando al descubierto sus hombros y el principio de su vientre. Su cabello castaño suelto, ligeramente ondulado por la humedad del baño. Sus ojos verdes brillaban con algo que yo no sabía nombrar.
El contraste hacía peor el conjunto. Más evidente. Más… imposible de ignorar.
Me quedé quieto. Demasiado consciente de todo. De cómo estaba yo. De cómo estaba ella. De lo que había pasado hace unas horas. De lo que había escuchado. Tieso. Así me quedé. Las manos pegadas al mármol frío, los dedos blancos de apretar. Sentía el latido en las sienes, en el cuello, en esa erección que empezaba a despertar otra vez solo de verla.
—Hola —logré articular, y la palabra salió ronca.
Isabella me sonrió. Una sonrisa pequeña, casi invisible, pero que llegó a sus ojos. Como si supiera. Como si supiera exactamente lo que yo había hecho con su ropa interior. Y esa posibilidad me recorrió la espalda como un escalofrío caliente.
—¿Mucho calor? —preguntó, acercándose a la nevera.
—Sí.
No la miré directamente. Mentira. La miré. Demasiado. Martha seguía en lo suyo. Moviendo cosas. Sin notar. Revolviendo en la despensa, luego en los cajones, luego en el fregadero. Organizando cosas, moviendo frascos, secando platos. Cada ruido que hacía me parecía un recordatorio de que no estábamos solos, de que había una testigo —inocente, benditamente inocente— de lo que estaba ocurriendo entre Isabella y yo sin que mediara una sola palabra.
—Bueno, me voy a la lavandería a revisar esa carga —dijo Martha al fin, secándose las manos otra vez—. No se vayan a desaparecer, ¿eh? —dijo de pronto—. No dejen todo regado.
—Nunca —respondió Isabella con dulzura. Yo no dije nada.
Martha salió. Y entonces nos quedamos solos. El zumbido de la nevera llenó el silencio. Martha se perdió por el pasillo de servicio. Tiempo suficiente para todo. Tiempo suficiente para nada. El silencio cambió. De inmediato. Más denso. Más corto. Más… cargado.
Isabella abrió la nevera. La puerta grande y se inclinó hacia adentro, buscando algo en las baldas inferiores. Desde donde estaba, apoyado en el mesón, tenía una vista directa de su espalda.
Y yo…
No pude evitarlo. Otra vez. La mirada. Bajó sola. A sus caderas. A cómo la tela se ajustaba. A la forma. Clara. Marcada. Sin espacio para interpretaciones.
—Dios mío, qué culo…
Las calzas rosadas se estiraban sobre la curva perfecta de sus nalgas. No había costura que interrumpiera la visión, solo esa tela suave que se hundía en el centro y luego se separaba para abrazar cada glúteo como si hubiera sido cosida a medida sobre su cuerpo. Los músculos se marcaban cuando ella se movía, cuando cambiaba el peso de una pierna a otra, cuando se estiraba un poco más para alcanzar algo.
Mis pantalones empezaron a apretar de verdad.
Isabella se irguió con una botella de agua en la mano, pero no cerró la nevera. En lugar de eso, se quedó mirando el interior unos segundos más, y entonces —lentamente, como si el tiempo se hubiera vuelto líquido— se inclinó de nuevo.
Se movió un poco, buscando algo. Inclinándose apenas, lo suficiente. Y entonces sonrió. Lo noté. Aunque no estuviera viendo su cara, lo supe, porque no era casual. Nada de eso lo era ya.
Se inclinó más. Esta vez sin disimulo. Las piernas estiradas. La espalda formando una línea limpia. Y todo…
Quedando expuesto de una forma que no dejaba margen.
Con las piernas completamente estiradas bajó el torso hasta que sus manos tocaron el fondo de la nevera. El top negro se le subió un par de centímetros, dejando ver la piel blanca de la zona lumbar. Y las calzas… las calzas se tensaron tanto que parecían pintadas sobre ella.
Su culo quedó en alto. Apuntando hacia mí. Ofertado sin que mediara palabra.
Vi la forma exacta de sus nalgas, redondas, firmes, separadas por esa línea que el rosa seguía fielmente. Vi cómo la tela se marcaba también en la entrepierna, apenas un triángulo de tensión que me dijo todo lo que necesitaba saber sobre lo que había debajo. O nada. Quizás no llevaba nada debajo.
Mi boca se secó por completo.
La erección ya era un hecho: dura, dolorosa, empujando la tela de mis pantalones de lino. Me moví un poco para que no se notara tanto, pero era imposible ocultarlo. Imposible pensar con claridad. Imposible hacer otra cosa que no fuera mirar ese culo perfecto, esas caderas anchas, esa espalda que se arqueaba como un arco tendido.
Isabella sabía que la miraba.
El pulso se me disparó. Otra vez. Más fuerte. Más inmediato. Tragué saliva. No me moví. Pero el cuerpo ya había tomado la decisión. Me empujó algo caliente en la ingle. Rabia. Deseo. Necesidad.
Ya no pensé.
Di un paso. Luego otro. Despacio. Como si fuera a cruzar al otro lado de la cocina. Nada más. Eso parecía. Pero no era eso. Mis pies se movieron solos. Pasé por el lado del mesón, que era el lado más largo, por donde estaba la nevera. Donde estaba ella. Yo, fingiendo que iba a salir de la cocina, o fingiendo que solo estaba cambiando de sitio. Pero Isabella seguía en medio del pasillo que formaban la nevera y el mesón central, y para cruzar hacia donde yo decía que iba, tenía que pasar muy cerca de ella.
Muy cerca.
Al pasar por detrás, el espacio fue mínimo. O lo hice mínimo.
El contacto fue inevitable. Directo. Sin margen de error. Cuando mi cadera rozó sus nalgas, fue un “accidente”.
Ella se quedó quieta. Un segundo. Sentí la reacción. Clara. Inmediata.
El roce fue breve pero intenso. Sentí la suavidad de la calza contra la tela de mis pantalones, y debajo, la carne caliente, la curva perfecta de su glúteo derecho. Mi erección se aplastó contra ella como un animal hambriento que olfatea su presa.
Isabella tembló.
No fue imaginación mía. Su cuerpo entero dio un espasmo breve, contenido, y sus dedos se aferraron al borde de la nevera. La botella de agua cayó al suelo con un golpe sordo que ninguno de los dos escuchó.
Mi mano alcanzó su cadera casi sin pensarlo. Un gesto breve. Pero firme. No la aparté. No de inmediato.
El aire cambió. Se volvió más pesado. Más corto.
No me detuve.
Seguí avanzando, pero en lugar de separarme, restregué mi pelvis contra ella. Todo el largo de su culo. Desde la base hasta la parte más alta, donde comenzaba su espalda. Con una de mis manos en sus caderas, antes de que mi cerebro pudiera detenerlas, la agarré con fuerza, con los dedos hundiéndose en esa carne que había imaginado tantas veces.
Isabella se quedó tiesa. Pero no se giró. No se apartó.
Al contrario. Su cuerpo respondió. Sutil. Pero evidente. Ajustándose. Como si no quisiera romper el momento. Como si lo sostuviera. Eso fue lo que terminó de empujar todo. El control ya no estaba. Si es que había quedado algo.
El contacto se volvió más claro. Más consciente. Un segundo de más. Dos. Demasiado.
Su respiración cambió. La sentí. Cerca.
Y su cuerpo no decía ‘para’. Decía ‘más’. Porque en lugar de apartarse, empujó ligeramente hacia atrás. Apenas un centímetro. Pero suficiente para que yo sintiera cómo sus nalgas se apretaban contra mi erección, cómo aceptaban el contacto, cómo lo recibían.
Y entonces arqueó la espalda.
Levantó un poco más la cadera. Me ofreció su culo de una manera que no dejaba lugar a dudas. ‘Sí’, decía ese movimiento. ‘Sí, así, sigue’.
Mi respiración se volvió ronca. Apreté sus caderas con más fuerza, esta vez con ambas manos. Sentí los huesos bajo la piel, la calidez de su cuerpo a través de la tela. Mis dedos resbalaron hacia adelante, rozaron la curva de su vientre, estuvieron a punto de bajar más…
—Isabella —susurré, y mi voz sonó extraña, rota.
Ella no respondió. Solo empujó otra vez, más decidida, y un gemido escapó de sus labios. Pequeño. Casi inaudible. Pero yo lo escuché.
Demasiado.
Demasiado rápido. Demasiado intenso. Sabía que si me quedaba un segundo más, si ella volvía a moverse así, iba a perder el control por completo. Iba a empotrarla contra la nevera, a bajarle esas calzas de un tirón, a…
Y entonces reaccioné. Tarde. Pero lo hice.
Solté. Me aparté. Me separé de golpe. Demasiado rápido esta vez.
Di dos pasos hacia atrás. Tropecé. Recuperé el equilibrio. Mis manos temblaban. Mi pecho subía y bajaba como si hubiera corrido una maratón. La erección era tan evidente ahora que ni siquiera intenté disimularla.
Isabella seguía de espaldas a mí, con las manos apoyadas en la nevera. Vi cómo sus hombros se tensaban y se relajaban. Cómo inclinó la cabeza hacia un lado, como si estuviera procesando lo que acababa de pasar.
No dijo nada.
Yo tampoco.
Di media vuelta y salí de la cocina con pasos largos, desordenados, casi trotando. El pasillo se estiraba frente a mí como un túnel infinito. Mi corazón golpeaba tan fuerte que creí que iba a romperme las costillas.
No esperé respuesta.
No miré atrás.
Crucé la cocina y salí.
El pasillo me recibió como un golpe frío. Pero no alcanzó. Porque todo seguía ahí. En el cuerpo. En la cabeza. En el pecho. Y lo peor…
No era lo que había hecho. Era que sabía. Con absoluta claridad. Que no había sido un accidente.
Todavía podía sentir la forma de sus nalgas contra mi pelvis. Todavía podía oler su perfume mezclado con el mío. Todavía podía escuchar ese pequeño gemido que me había regalado como si fuera un secreto.
—Esto no va a parar —pensé —No voy a poder parar.
Este libro, ‘La Confesión de mi Madrastra’, es de mi autoría, Annie Zarel.

