Mi Ardiente Suegra | Capítulo 3

Portada de la historia Mi Ardiente Suegra | Capítulo 3: María, mujer madura caminando por la orilla de la playa en un día soleado al atardecer. Lleva un bikini floreado de dos piezas con pareo ligero, sandalias de playa, sombrero de ala ancha y gafas de sol. Su figura es curvilínea, con caderas amplias, y su cabello rubio oscuro llega hasta los hombros. El mar y la arena iluminados por la luz cálida del atardecer crean un ambiente veraniego y relajado.

Mi Ardiente Suegra

«La tentación no me quitó lo que tenía… me obligó a elegir quién quería ser.»

Capítulo III

Mi Ardiente Suegra

Capítulo III...

El domingo por la noche la casa estaba en silencio.

La ventana del dormitorio estaba entreabierta y dejaba entrar una brisa suave que movía apenas las cortinas. Afuera, la ciudad continuaba con su ritmo distante: autos pasando a lo lejos, algún perro ladrando en otra calle, el murmullo constante que nunca desaparece del todo.

Lisa estaba acostada a mi lado.

Aún recuperaba el aliento.

Su cabeza descansaba sobre mi pecho y uno de sus brazos cruzaba mi abdomen con la familiaridad de alguien que conoce cada rincón de ese cuerpo.

Habíamos acabado de hacer el amor.Su cabeza descansaba sobre mi pecho y uno de sus brazos cruzaba mi abdomen con la familiaridad de alguien que conoce cada rincón de ese cuerpo.

No había sido algo especialmente intenso, pero sí íntimo. De esos encuentros que nacen más de la cercanía que del impulso. Después del paseo en la playa habíamos retomado cierta regularidad, aunque el trabajo seguía ocupando gran parte de nuestras semanas.

Sentí cómo su respiración se estabilizaba poco a poco.

Pasaron unos segundos de silencio.

Luego habló.

—Nelson…

—¿Sí?

Levantó un poco la cabeza para mirarme.

Había algo distinto en su expresión. No era nerviosismo exactamente, pero sí una concentración que no estaba allí unos minutos antes.

—He estado pensando en algo.

Esperé.

—Sobre el embarazo.

No era un tema nuevo.

Lo habíamos mencionado varias veces durante el último año, siempre de forma gradual, sin presión. Ambos sabíamos que queríamos hijos, pero también sabíamos que primero necesitábamos estabilidad.

Trabajo.

Ahorros.

Un espacio propio donde crecer.

Durante mucho tiempo esas cosas habían sido prioridad.

Ahora… parecía que el orden de las cosas comenzaba a cambiar.

Lisa se acomodó sobre el colchón, apoyándose en un codo.

—Estuve investigando algunas cosas esta semana —continuó—. Sobre fertilidad… ciclos… ovulación… todo eso.

Asentí lentamente.

—Y pedí una cita médica.

—¿Sí?

—El miércoles.

Su tono era tranquilo, pero la decisión detrás de esas palabras era evidente.

—Quiero asegurarme de que todo esté bien —añadió—. Que no tengamos problemas cuando comencemos a intentarlo en serio.

La palabra intentarlo quedó flotando en el aire un momento.

Yo sabía lo que implicaba.

Más disciplina.

Más atención a los tiempos.

Más encuentros planeados que espontáneos.

La construcción de algo nuevo.

Lisa volvió a recostarse sobre mi pecho.

—Ya tenemos lo que queríamos —dijo en voz baja—. Estabilidad… trabajo… nuestra casa…

Su mano se movió distraídamente sobre mi torso.

—Creo que es momento de empezar nuestra familia.

Guardé silencio unos segundos.

No porque dudara.

Quería hijos.

Siempre había querido.

Pero escuchar esas palabras en voz alta le daba al asunto una dimensión más concreta.

Más inmediata.

—Me parece bien —dije finalmente.

Lisa levantó la mirada otra vez.

—¿Sí?

—Sí.

Sonrió.

No era una sonrisa grande, sino una de esas que aparecen lentamente, como si la emoción necesitara acomodarse antes de mostrarse.

—Entonces toca seguir intentando.

Solté una pequeña risa.

—Eso suena más divertido de lo que en realidad es.

—No te quejes —respondió—. No es una mala tarea.

Nos quedamos un momento en silencio.

Luego agregó algo más.

—También he estado pensando en otra cosa.

—¿Qué?

—Quiero pasar más tiempo con mis papás.

Giré ligeramente la cabeza para mirarla.

—¿Más tiempo?

—Sí… últimamente los vemos poco. Entre semana casi nunca, y cuando lo hacemos es rápido.

Su voz tenía un matiz reflexivo.

—Me gustaría visitarlos más seguido.

No era una idea extraña.

Lisa siempre había sido muy cercana a su familia.

—Estaba pensando que podríamos ir cada fin de semana —continuó—. Al menos a almorzar o pasar la tarde.

La imagen apareció inmediatamente en mi mente.

La casa de mis suegros.

El patio.

La parrilla.

Y, casi sin querer, otra figura más clara entre todas esas escenas.

María.

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Lo que comenzó como una simple mirada terminó convirtiéndose en un secreto que Nelson ya no puede controlar.

Mientras el embarazo de Lisa transforma su matrimonio, la presencia de María comienza a ocupar un lugar cada vez más peligroso dentro de su mente… y de su vida.

En Mi Ardiente Suegra, cada encuentro cambia algo, y cada silencio esconde mucho más de lo que parece.

Este contenido forma parte del Plan Esencia.

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