
Mi Ardiente Suegra
«La tentación no me quitó lo que tenía… me obligó a elegir quién quería ser.»
Capítulo III
Mi Ardiente Suegra
Capítulo III…
El domingo por la noche la casa estaba en silencio.
La ventana del dormitorio estaba entreabierta y dejaba entrar una brisa suave que movía apenas las cortinas. Afuera, la ciudad continuaba con su ritmo distante: autos pasando a lo lejos, algún perro ladrando en otra calle, el murmullo constante que nunca desaparece del todo.
Lisa estaba acostada a mi lado.
Aún recuperaba el aliento.
Su cabeza descansaba sobre mi pecho y uno de sus brazos cruzaba mi abdomen con la familiaridad de alguien que conoce cada rincón de ese cuerpo.
Habíamos acabado de hacer el amor.Su cabeza descansaba sobre mi pecho y uno de sus brazos cruzaba mi abdomen con la familiaridad de alguien que conoce cada rincón de ese cuerpo.
No había sido algo especialmente intenso, pero sí íntimo. De esos encuentros que nacen más de la cercanía que del impulso. Después del paseo en la playa habíamos retomado cierta regularidad, aunque el trabajo seguía ocupando gran parte de nuestras semanas.
Sentí cómo su respiración se estabilizaba poco a poco.
Pasaron unos segundos de silencio.
Luego habló.
—Nelson…
—¿Sí?
Levantó un poco la cabeza para mirarme.
Había algo distinto en su expresión. No era nerviosismo exactamente, pero sí una concentración que no estaba allí unos minutos antes.
—He estado pensando en algo.
Esperé.
—Sobre el embarazo.
No era un tema nuevo.
Lo habíamos mencionado varias veces durante el último año, siempre de forma gradual, sin presión. Ambos sabíamos que queríamos hijos, pero también sabíamos que primero necesitábamos estabilidad.
Trabajo.
Ahorros.
Un espacio propio donde crecer.
Durante mucho tiempo esas cosas habían sido prioridad.
Ahora… parecía que el orden de las cosas comenzaba a cambiar.
Lisa se acomodó sobre el colchón, apoyándose en un codo.
—Estuve investigando algunas cosas esta semana —continuó—. Sobre fertilidad… ciclos… ovulación… todo eso.
Asentí lentamente.
—Y pedí una cita médica.
—¿Sí?
—El miércoles.
Su tono era tranquilo, pero la decisión detrás de esas palabras era evidente.
—Quiero asegurarme de que todo esté bien —añadió—. Que no tengamos problemas cuando comencemos a intentarlo en serio.
La palabra intentarlo quedó flotando en el aire un momento.
Yo sabía lo que implicaba.
Más disciplina.
Más atención a los tiempos.
Más encuentros planeados que espontáneos.
La construcción de algo nuevo.
Lisa volvió a recostarse sobre mi pecho.
—Ya tenemos lo que queríamos —dijo en voz baja—. Estabilidad… trabajo… nuestra casa…
Su mano se movió distraídamente sobre mi torso.
—Creo que es momento de empezar nuestra familia.
Guardé silencio unos segundos.
No porque dudara.
Quería hijos.
Siempre había querido.
Pero escuchar esas palabras en voz alta le daba al asunto una dimensión más concreta.
Más inmediata.
—Me parece bien —dije finalmente.
Lisa levantó la mirada otra vez.
—¿Sí?
—Sí.
Sonrió.
No era una sonrisa grande, sino una de esas que aparecen lentamente, como si la emoción necesitara acomodarse antes de mostrarse.
—Entonces toca seguir intentando.
Solté una pequeña risa.
—Eso suena más divertido de lo que en realidad es.
—No te quejes —respondió—. No es una mala tarea.
Nos quedamos un momento en silencio.
Luego agregó algo más.
—También he estado pensando en otra cosa.
—¿Qué?
—Quiero pasar más tiempo con mis papás.
Giré ligeramente la cabeza para mirarla.
—¿Más tiempo?
—Sí… últimamente los vemos poco. Entre semana casi nunca, y cuando lo hacemos es rápido.
Su voz tenía un matiz reflexivo.
—Me gustaría visitarlos más seguido.
No era una idea extraña.
Lisa siempre había sido muy cercana a su familia.
—Estaba pensando que podríamos ir cada fin de semana —continuó—. Al menos a almorzar o pasar la tarde.
La imagen apareció inmediatamente en mi mente.
La casa de mis suegros.
El patio.
La parrilla.
Y, casi sin querer, otra figura más clara entre todas esas escenas.
María.
Su vestido moviéndose suavemente mientras caminaba entre la cocina y la mesa.
La curva de sus caderas.
El recuerdo del encaje entre mis dedos.
Me obligué a apartar ese pensamiento.
—Me parece bien —dije.
Lisa levantó la cabeza otra vez.
—¿En serio?
—Claro.
Ella sonrió con más entusiasmo ahora.
—Perfecto.
Se acomodó de nuevo contra mí.
—Además, mamá ya me había dicho algo parecido.
—¿Ah sí?
—Sí… que le gustaría que fuéramos más seguido.
Eso no me sorprendía.
María siempre había tenido esa forma tranquila de cuidar a su familia, incluso cuando no lo decía directamente.
Lisa bostezó suavemente.
—Voy a dormir.
Apagamos la luz. El dormitorio quedó en penumbra.
Su respiración comenzó a volverse profunda pocos minutos después. Pero yo permanecí despierto un rato más. No pensando en el embarazo. Ni en el trabajo. Ni siquiera en el plan de visitar a sus padres cada fin de semana.
Mi mente volvía, inevitablemente, a otro lugar.
Al baño de la casa de mis suegros. A la repisa. A la prenda de encaje que había sostenido entre mis manos. La imagen regresaba con una claridad incómoda. La tela suave. El aroma tenue.
Y, detrás de todo eso, la figura de María.
Sacudí levemente la cabeza en la oscuridad.
Era absurdo seguir pensando en eso.
Cerré los ojos.
Pero la imagen tardó bastante en desaparecer.
El lunes llegó con su rutina habitual. Trabajo. Reuniones. Correos. Documentos.
Lisa también tuvo una semana cargada. Apenas coincidíamos en casa más allá de la noche.
El miércoles fue su cita médica. Cuando regresó me contó que todo había salido bien.
—Ahora solo toca esperar los resultados de algunos exámenes —dijo mientras dejaba su bolso sobre la mesa.
—¿Nada preocupante?
—No.
Se veía tranquila. Aliviada, incluso.
Durante esa semana tuvimos intimidad tres veces. Era curioso. Ahora que el embarazo se había convertido en un objetivo concreto, cada encuentro tenía una pequeña capa de intención detrás.
No era desagradable. Pero sí diferente.
Lisa parecía más concentrada. Más consciente del momento exacto del ciclo. Más pendiente de pequeños detalles que antes no importaban.
Yo participaba. Por supuesto. Pero una parte de mi mente seguía viajando en otra dirección.
Cada vez que cerraba los ojos durante esos encuentros… una imagen aparecía con demasiada facilidad.
La panty de encaje. María moviéndose por su casa con esa prenda bajo la ropa. Su cuerpo más lleno que el de Lisa. Más suave. Más pesado en los lugares correctos.
Lisa siempre había sido delgada. Elegante en su forma.
Pero María…
María tenía más curvas. Más carne. Más presencia.
Intentaba apartar esas comparaciones cuando aparecían. No era justo para nadie. Pero mi mente parecía regresar allí una y otra vez. A veces recordaba la textura del encaje. Otras veces imaginaba cómo se vería esa prenda sobre su cuerpo.
El deseo que producía esa idea era inmediato. Inesperadamente fuerte.
El sábado llegó rápido. Como habíamos acordado, fuimos a almorzar a casa de Rodrigo y María. La bienvenida fue cálida, como siempre. Abrazos. Besos. Preguntas sobre la semana.
María había preparado un almuerzo abundante. Rodrigo abrió una botella de vino. La conversación fluía con facilidad.
Intenté mantener mi atención en lo que ocurría alrededor de la mesa. Pero había algo más moviéndose debajo de esa calma. Una expectativa silenciosa. Una curiosidad que crecía lentamente.
En algún momento de la tarde sentí ganas de ir al baño. Me levanté de la mesa con naturalidad.
—Ahora vuelvo.
Caminé por el pasillo de la casa con una sensación extraña en el pecho. No era solo una necesidad física. Había otra cosa. Una especie de anticipación. Una pregunta que mi mente repetía sin decirla en voz alta.
Entré al baño. Cerré la puerta. El espacio era el mismo. El mismo lavamanos. El mismo espejo. La misma repisa junto al borde.
Durante un segundo me quedé quieto. Mirando alrededor. Y entonces lo vi.
Sobre la repisa, parcialmente doblada. Otra prenda íntima. Más pequeña que la anterior. De color fucsia. El encaje era más delicado. Más trabajado. La tela era ligera, casi transparente en algunos puntos.
Sentí cómo el pulso se aceleraba inmediatamente. Una corriente que bajo de mi vientre a mi miembro.
La tomé con cuidado.
El contacto fue suave, casi eléctrico. La prenda parecía demasiado íntima para estar allí, tan expuesta. Demasiado personal.
La imagen apareció en mi mente antes de que pudiera evitarlo. María usando esa prenda. La tela ajustándose a sus caderas. A sus nalgas. Estirándose. El encaje marcando apenas la curva de su cuerpo, de sus glúteos y caderas. Su piel cálida bajo la tela.
Tragué saliva.
Sentí cómo mi miembro se iba endureciendo.
La acerqué lentamente.
El olor era sutil. Una mezcla tenue entre jabón, perfume… y algo más profundo. Más humano. Más cercano. Más rico.
Sentí una presión inmediata en el pecho. Una excitación que apareció con una rapidez casi violenta.
Mi respiración cambió.
Ya estaba totalmente duro, como pocas veces había estado. Sentía incluso las palpitaciones en mi miembro.
La imagen de María comenzó a tomar forma con demasiada claridad. Su cuerpo bajo el vestido. Esa prenda sosteniendo sus curvas. Su culo. Tan diferente al de Lisa, más carnoso. Más redondo. Su forma moviéndose por la casa. Cerca. Con su vestido que inevitablemente se ajustaba en su culo redondo. Marcando esa deliciosa línea entre sus nalgas.
Apenas a unos metros de donde yo estaba.
La tensión en mi cuerpo creció hasta volverse difícil de ignorar. Mi pantalón me apretaba demasiado. Estaba tan duro, como pocas veces en la actualidad.
Cerré los ojos un momento.
El deseo seguía aumentando. Incontrolable.
Dejé que mi imaginación corriera por mi mente. Y dejé que mis manos también actuaran por si solas. Desatando mi bragueta y sacando mi miembro. Las venas se marcaban.
Subí con una mano ese pequeño panty a mi nariz. Y aspiré ese delicioso aroma a hembra, que más enfermo me ponía. Y con la otra mano, comencé a subir y bajar lentamente sobre el tronco de todo mi miembro.
Recordando el día de playa. A María con ese vestido de baño ajustado. Mojado por la piscina y el mar. Cuando subía las escaleras de la piscina para salir, y se marcaba perfectamente la forma voluptuosa de sus nalgas. Bien redondas.
Bajé la prenda a mi miembro para sentir su textura. Para sentir en donde se apretaba su intimidad.
La excitación fue tan brutal que me corrí rápido, sin poder detenerme. Y sin retirar el panty en el momento.
Sentí cada contracción de mi miembro. Cada chorro que expulsaba.
El tiempo dentro del baño pareció comprimirse.
Cuando finalmente abrí los ojos otra vez, el silencio del pasillo regresó lentamente. La realidad me llegó de golpe. Me alarmé.
La prenda seguía entre mi mano. Completamente manchada.
Respiré hondo.
No me había venido así en estos días con Lisa. No me había venido así desde hace bastante tiempo. Desde antes que la rutina y el trabajo nos consumiera.
Intenté limpiarla lo mejor posible. La doblé con cuidado. La dejé exactamente donde la había encontrado.
Me lavé las manos. Me miré en el espejo.
Me parecía increíble el punto donde había llegado.
Volví mi mirada a la prenda. El recuerdo de sus glúteos llegó a mi mente también.
Agité mi cabeza y los deseché. Volví mi mirada al espejo. Mi expresión era tensa. Pero controlada.
Abrí la puerta. Respiré hondo de nuevo. Volví al comedor.
La conversación seguía como si nada hubiera pasado. Rodrigo hablaba de fútbol. Lisa reía. María servía café. Nadie parecía notar nada.
Tomé asiento nuevamente. Escuché. Respondí cuando correspondía. Pero mientras la tarde avanzaba lentamente hacia la noche…
Una certeza incómoda comenzó a instalarse en mi mente.
Aquello ya no era solo una curiosidad pasajera. Era algo que estaba creciendo. Y no estaba seguro de querer detenerlo.
Las semanas comenzaron a adquirir una forma predecible. Trabajo de lunes a viernes. Cenas rápidas por la noche. Alguna serie antes de dormir. Y los fines de semana en casa de Rodrigo y María, mis suegros.
Lisa parecía feliz con esa dinámica. Para ella era natural. Siempre había tenido un vínculo cercano con sus padres, y ahora, con la idea del embarazo rondando nuestras conversaciones, esa cercanía parecía aún más importante.
Para mí… también se volvió una rutina.
Pero por razones muy distintas.
Al principio todo había sido una curiosidad aislada. Un impulso extraño nacido en la playa, alimentado por el hallazgo casual de una prenda íntima en el baño.
Sin embargo, con el paso de los días, aquello empezó a instalarse en mi mente con una persistencia cada vez mayor.
María comenzó a aparecer en mis pensamientos de manera constante. En momentos inesperados. En la oficina, mientras revisaba documentos. En el tráfico de regreso a casa.
Incluso en los momentos más íntimos con Lisa. Sobre todo ahí.
Porque cada vez que Lisa y yo terminábamos en la cama… mi mente encontraba el camino hacia la misma imagen.
Al principio era apenas un destello fugaz. La curva de las caderas de María moviéndose bajo un vestido. El recuerdo del encaje entre mis dedos. La textura suave de la tela.
Luego, poco a poco, la imagen se volvía más nítida. Su cuerpo más lleno que el de Lisa. Más redondo. Más generoso en cada línea.
Lisa era delgada, elegante, con una belleza más ligera. María, en cambio, tenía ese tipo de cuerpo que parecía hecho para ser tocado. Más carne. Más peso. Más curvas.
Esos pensamientos aparecían en medio de la intimidad con mi esposa, y el efecto era inmediato.
Mi excitación aumentaba. Mi respiración cambiaba. El deseo se volvía más intenso.
Y eso, inevitablemente, terminaba afectando el encuentro.
Lisa lo notaba.
—Últimamente estás muy… entusiasmado —me dijo una noche, con una sonrisa cansada mientras recuperaba el aliento.
No respondió como una sospecha. Más bien como una observación divertida.
—¿Eso es malo? —pregunté.
—No —dijo riendo suavemente—. Para nada.
La ironía de la situación era evidente.
Cuanto más pensaba en María… más intensos se volvían mis encuentros con Lisa.
El morbo funcionaba como combustible.
Cada vez que cerraba los ojos y permitía que la imagen apareciera con claridad —María caminando por su casa, usando alguna de esas prendas de encaje bajo el vestido, y que algunas veces lograba distinguir el borde de su costura— la excitación crecía hasta volverse difícil de contener.
El resultado era siempre el mismo.
Encuentros más largos. Más intensos. Una liberación más fuerte.
Lisa interpretaba todo eso como un buen momento en nuestra relación. Nunca imaginó cuál era el verdadero origen de ese entusiasmo.
Los fines de semana se volvieron previsibles.
Llegábamos a casa de mis suegros cerca del mediodía. Siempre había algo preparado. Almuerzo. Café. Alguna conversación tranquila en la sala.
Rodrigo hablaba de política, de fútbol o de alguna anécdota antigua. Lisa y su madre se ponían al día sobre cosas familiares. La atmósfera era relajada. Normal.
Pero para mí esas visitas comenzaron a tener otro ritmo. Se fueron convirtiendo en combustible para mi.
Una atención constante.
Un estado de alerta silencioso.
Porque cada movimiento de María dentro de la casa se convertía en un estímulo que mi mente no podía ignorar.
La manera en que caminaba por el pasillo. Con el movimiento femenino natural.
La forma en que su vestido se ajustaba a su cuerpo cuando se inclinaba sobre la mesa para acomodar algo. Marcando sus glúteos bajo esa tela. Intentando adivinar la ropa interior que usaba en ese momento. El movimiento suave de sus caderas al cruzar de la cocina al comedor.
Intentaba mantener la mirada neutral. Participar en la conversación. Pero cada vez que ella se daba la vuelta… mis ojos la seguían inevitablemente.
Era un gesto rápido. Disimulado. Una fracción de segundo apenas.
Lo suficiente para observar la curva de sus glúteos bajo la tela. Luego volvía a mirar al frente. Como si nada hubiera pasado.
Alimentaba mi mente. Mis deseos.
Con el tiempo ese comportamiento comenzó a repetirse con naturalidad. Como un reflejo automático.
En ocasiones nos cruzábamos solos en el pasillo o en la cocina. Momentos breves. Instantes donde no había nadie más cerca.
Ella siempre mantenía su actitud amable de siempre.
—¿Quieres más café, Nelson?
—No, gracias.
—Si necesitas algo, dime.
Conversaciones simples. Cotidianas.
Pero en esos segundos, mientras ella se daba vuelta para continuar con lo que estaba haciendo… mi mirada volvía a descender hacia sus caderas.
Hacia sus glúteos grandes y redondos. A la forma en que su cuerpo llenaba el espacio dentro de la tela del vestido.
Luego regresaba al comedor. A la conversación. Al papel de yerno tranquilo que escuchaba a su suegro hablar de cualquier tema sin importancia.
Con el paso de las semanas también apareció otro patrón. Uno que empezó casi como una coincidencia. Y terminó convirtiéndose en una rutina silenciosa.
Cada vez que íbamos a casa de Rodrigo y María, en algún momento de la tarde yo terminaba entrando al baño del pasillo. A veces con una excusa legítima. Otras veces simplemente porque sabía que podría hacerlo sin levantar sospechas.
La repisa junto al lavamanos se convirtió en un lugar familiar. No siempre había algo allí. Pero muchas veces sí.
Prendas dobladas con descuido. Pantys de encaje. Algunas más pequeñas. Otras más amplias.
Siempre delicadas.
Siempre íntimas.
Cada vez que encontraba una… el efecto era inmediato. El pulso se aceleraba. La respiración se volvía más pesada.
La imagen de María usando esa prenda aparecía en mi mente con una claridad cada vez mayor. La tela ajustándose a sus caderas. Marcando su culo. El encaje marcando apenas la línea de su cuerpo. El calor de su piel bajo la ropa.
El deseo crecía rápidamente. Como si mi cuerpo ya conociera el proceso completo. La secuencia se volvió casi automática.
Tomar la prenda. Sentir la suavidad del encaje entre los dedos. Acercarla lentamente. Respirar el aroma tenue que siempre parecía quedar impregnado en la tela.
Una mezcla suave de perfume, jabón… y algo más personal. Ese dulce aroma que me enardecía. Algo que hacía que la distancia entre imaginación y realidad se volviera difusa.
El silencio del baño se convertía en un espacio cerrado donde esos pensamientos podían crecer sin interrupción. Donde podría descargar toda la acumulación de morbo y lujuria que producía mi mente, su prenda, y el recuerdo de su cuerpo.
Después venía el mismo momento de lucidez.
Respirar. Doblar la prenda. Intentar limpiarla lo mejor posible. Dejarla exactamente en el mismo lugar.
Abrir el grifo. Lavarse las manos. Mirarse al espejo. Asegurarse de que la expresión en el rostro volviera a ser neutral.
Luego regresar al comedor. Sentarse junto a Lisa. Escuchar a Rodrigo. Aceptar una taza de café de María.
Nadie parecía notar nada.
Las conversaciones seguían. Las risas aparecían. La tarde continuaba con normalidad.
Pero dentro de mí algo estaba cambiando lentamente.
Lo que había comenzado como una curiosidad aislada ahora formaba parte de la rutina. Un ritual secreto repetido semana tras semana.
Cada visita. Cada prenda encontrada. Cada momento robado en el silencio del baño.
Y lo más inquietante de todo era la facilidad con la que todo encajaba dentro de la vida normal que seguía existiendo alrededor.
Lisa seguía hablando de fertilidad, de exámenes médicos, de la posibilidad de un embarazo en los próximos meses.
Rodrigo seguía encendiendo la parrilla los fines de semana.
María seguía moviéndose por la casa con esa tranquilidad maternal de siempre.
Nada parecía haber cambiado.
Excepto una cosa.
Mi manera de mirarla.
La semana había sido tranquila. Nada fuera de lo habitual.
Trabajo, tráfico, correos, reuniones. Las noches en el apartamento transcurrían con la misma calma de siempre: cenas simples, conversaciones cortas sobre el día y algunos momentos de intimidad que, desde hacía semanas, parecían estar guiados por el mismo objetivo silencioso.
Lisa hablaba con frecuencia de la cita médica, de los resultados que estaban por llegar, de cómo debíamos seguir atentos a los tiempos.
Yo asentía. Participaba.
Pero una parte de mi mente seguía funcionando en paralelo.
El sábado por la tarde volvimos a subir al auto para ir a casa de sus padres.
El trayecto se había vuelto tan familiar que casi podía recorrerlo sin pensar. Lisa hablaba de algo relacionado con su oficina, un nuevo proyecto que le habían asignado, mientras yo conducía con una mano apoyada en el volante.
—Mamá dijo que Arnold iba a estar hoy —comentó en algún momento.
Giré apenas la cabeza hacia ella.
—¿Arnold?
—Sí. Parece que tuvo un fin de semana libre.
No lo veíamos desde hacía tiempo.
Entre la universidad, los viajes improvisados con amigos y su vida social bastante activa, el hermano menor de Lisa aparecía y desaparecía de la casa familiar con cierta irregularidad.
—Hace rato que no coincidimos con él —dije.
—Sí.
Lisa sonrió.
—Siempre trae historias raras.
Aparqué frente a la casa de Rodrigo y María unos minutos después.
El mismo portón. El mismo jardín pequeño que María cuidaba con paciencia.
Apagué el motor.
—Listo.
Bajamos del auto y caminamos hasta la puerta.
Antes de que Lisa tocara el timbre, la puerta se abrió de golpe.
—¡Hey!
Arnold apareció frente a nosotros con una sonrisa amplia.
Seguía teniendo la misma energía de siempre. Alto, delgado, con el cabello ligeramente desordenado y esa expresión inquieta de alguien que parece estar siempre a punto de salir corriendo hacia algún lado.
—¡Cuánto tiempo! —dijo.
Lisa fue la primera en abrazarlo.
—Arnold.
—Pensé que se habían olvidado de mí.
—Tú eres el que nunca está.
Luego me abrazó a mí con la misma naturalidad.
—Nelson.
—¿Cómo vas?
—Sobreviviendo —respondió con una risa ligera.
Entramos a la casa.
Desde la sala apareció Rodrigo.
—Llegaron.
Nos saludamos con un apretón de manos y un abrazo breve.
Un momento después María salió de la cocina secándose las manos con un paño.
—Hola.
Lisa caminó directamente hacia ella y la abrazó.
—Mamá.
Luego se acercó a mí. El saludo fue rápido, como siempre. Un beso en la mejilla. Un abrazo corto. Pero algo en su expresión me pareció diferente. Tal vez fue solo una impresión momentánea.
—Pasen —dijo—. Siéntense.
Nos acomodamos en la sala.
María apareció unos minutos después con una bandeja.
—Les traje té.
Dejó las tazas sobre la mesa.
Arnold no tardó en tomar el control de la conversación. Era imposible que no lo hiciera.
—¿Les conté que la semana pasada fui a escalar?
Lisa lo miró con una mezcla de curiosidad y resignación.
—¿Escalar qué?
—Una pared natural cerca de la carretera vieja.
Rodrigo soltó una pequeña risa.
—Otra locura más.
Arnold levantó las manos con entusiasmo mientras hablaba.
—No, en serio. Era increíble. Casi treinta metros de altura.
—Treinta metros —repitió María desde su silla, con el ceño fruncido.
Ese cambio fue inmediato. Un segundo antes estaba sonriendo. Al siguiente, su expresión mostraba preocupación evidente.
—Eso es peligrosísimo, Arnold.
—Mamá, todo el mundo lo hace.
—No todo el mundo se cuelga de una pared con una cuerda.
Arnold soltó una risa.
—Para eso existe el equipo de seguridad.
María negó con la cabeza.
—Siempre estás metiéndote en cosas peligrosas.
—Es deporte extremo —respondió él con orgullo.
—Es peligroso.
La escena era casi cómica. Arnold hablaba con entusiasmo sobre saltos en paracaídas, escalada, descensos en bicicleta por caminos de montaña.
María reaccionaba a cada historia con la misma mezcla de angustia y desaprobación.
—Un día me vas a matar de un susto —dijo en un momento.
Arnold se inclinó hacia ella con una sonrisa afectuosa.
—Eso no va a pasar.
Le dio un beso rápido en la mejilla.
—Estoy bien.
Era evidente cuánto lo quería. Cada vez que él hablaba de alguna actividad arriesgada, su expresión cambiaba inmediatamente. De alegría a preocupación. De orgullo a molestia. Un reflejo casi instintivo.
Lisa me miró y rodó los ojos con una sonrisa.
—Siempre es lo mismo.
Arnold continuó hablando durante un rato más. Sobre la universidad. Sobre un viaje que planeaba hacer con unos amigos. Sobre un nuevo deporte que había descubierto.
La energía que tenía parecía llenar la habitación.
Pero no tardó mucho en mirar el reloj.
—Tengo que irme.
Rodrigo levantó una ceja.
—¿Ya?
—Sí. Quedé de encontrarme con unos amigos.
Se levantó del sofá con la misma rapidez con la que, al parecer, había llegado. Abrazó a Lisa. Luego a sus padres.
—Nos vemos.
Cuando salió por la puerta, la casa quedó en silencio por un momento.
La diferencia fue inmediata.
La energía que había llenado la sala desapareció casi de golpe.
Rodrigo tomó el control remoto y encendió el televisor. Un programa cualquiera apareció en la pantalla. Lisa se acomodó a mi lado en el sofá. María se levantó.
—Voy a la cocina un momento.
Se fue sin decir mucho más.
Quedamos sentados con Rodrigo mirando televisión y hablando de cosas sin demasiada importancia. Noticias. Algún comentario sobre política. Nada especialmente interesante.
Después de unos minutos sentí la necesidad de ir al baño.
—Ahora vuelvo.
Caminé por el pasillo. La casa estaba tranquila.
Entré al baño y cerré la puerta.
Durante un segundo mi mirada fue directamente hacia la repisa junto al lavamanos.
Nada. No había ninguna prenda. El espacio estaba completamente limpio.
Sentí una pequeña decepción absurda. Me miré en el espejo. Era ridículo haber esperado algo.
Me lavé las manos y salí del baño. En ese momento alguien pasó frente a mí en el pasillo.
María.
Se detuvo apenas al verme. Nuestros ojos se encontraron durante un segundo. Su expresión era seria. Más seria de lo habitual. Había algo en su mirada que no estaba acostumbrado a ver.
Molestia.
O tal vez incomodidad.
No estaba seguro. Pero fue suficiente para que una pequeña alarma se encendiera en mi mente.
—¿Todo bien? —pregunté con naturalidad.
Ella sostuvo mi mirada un instante más.
Luego respondió.
—Sí.
Su tono era seco. Breve.
Después continuó caminando hacia la cocina sin decir nada más.
Me quedé quieto un segundo en el pasillo.
El pulso se había acelerado ligeramente.
¿Había pasado algo?
No parecía. Tal vez solo estaba cansada.
Sacudí ligeramente la cabeza.
Volví a la sala.
Lisa seguía hablando con su padre. Me senté nuevamente en el sofá. Intenté concentrarme en la conversación.
Pero una parte de mi mente seguía atrapada en ese breve momento en el pasillo.
La mirada de María.
La seriedad en su rostro.
La sensación incómoda de haber sido observado de una forma distinta.
Unos minutos después ella volvió desde la cocina. Traía una bandeja con café.
Su expresión era completamente normal otra vez.
Sonrió levemente. Sirvió las tazas. Participó en la conversación. Como si nada hubiera pasado.
Pero durante el resto de la tarde noté algo más.
Cada vez que hablaba con Lisa o con Rodrigo lo hacía con naturalidad.
Conmigo… era diferente.
No hostil. Pero distante. Evitaba mirarme directamente. Cuando me dirigía la palabra lo hacía rápido. Sin sostener demasiado el contacto visual.
La sensación persistió hasta que la noche cayó. Finalmente nos levantamos para despedirnos. Rodrigo nos acompañó hasta la puerta. Lisa abrazó a su madre.
—Nos vemos la próxima semana.
—Claro.
Luego me acerqué yo. María me dio un abrazo breve. Pero no levantó la mirada.
—Buenas noches —dijo.
Su voz era amable. Pero distante.
Salimos de la casa. El aire de la noche estaba fresco. Lisa caminó hacia el auto hablando de algo que Rodrigo había mencionado en la mesa. Yo asentía. Respondía.
Pero mientras encendía el motor, una idea seguía girando en mi cabeza. Por primera vez desde que todo aquello había comenzado…
No estaba completamente seguro de que María no hubiera notado algo.
Este libro, ‘Mi Ardiente Suegra’, es de mi autoría, Annie Zarel.


