
La Confesión de mi Madrastra
«Nunca quise desearla. Nunca pude dejar de hacerlo.»
Capítulo II
La Confesión de mi Madrastra
Capítulo II…
Desperté más temprano de lo que esperaba.
No por costumbre.
Por el silencio.
Abrí los ojos y me quedé mirando el techo unos segundos, tratando de ubicarme. El cuarto seguía igual. Mi cuarto. El único lugar que todavía no había sido intervenido por esa especie de orden artificial que dominaba el resto de la casa.
Aun así, no me sentía cómodo.
Giré la cabeza hacia la ventana. La luz ya estaba entrando con fuerza, clara, sin obstáculos. No había cortinas pesadas, ni sombras que suavizaran el espacio. Todo era directo.
Me senté en la cama, apoyando los pies en el suelo frío.
Respiré hondo.
La casa ya estaba despierta.
No por ruido. Por presencia.
Se sentía.
Me levanté, me puse una camiseta y bajé sin pensar demasiado.
Cada escalón tenía el mismo sonido seco del día anterior. Nada cambiaba ahí.
Cuando llegué al primer piso, el olor fue lo primero que noté.
Café.
No fuerte. No invasivo.
Preciso.
Venía de la cocina.
Caminé hacia allá, todavía medio adormecido, pasando por la sala sin detenerme. Esta vez no miré los muebles. No quería hacerlo.
Entré.
Martha estaba junto a la encimera, organizando algo en silencio. Se giró apenas cuando me escuchó.
—Buenos días.
—Buenos días.
Su voz tenía ese tono de siempre. Estable. Como si nada se hubiera movido en años.
—¿Dormiste bien?
Me encogí de hombros.
—Más o menos.
Asintió, como si fuera suficiente.
—Hay café.
Señaló la cafetera con la barbilla.
Tomé una taza sin responder y serví. El vapor subió directo a la cara. Di un sorbo antes de sentarme.
—¿Mi papá?
—Salió temprano.
Otra vez.
No pregunté más.
Apoyé los codos en la mesa, sosteniendo la taza con ambas manos. El calor me anclaba un poco.
—¿Y…?
No terminé la pregunta. Martha sí.
—Arriba.
Asentí sin mirarla.
Di otro sorbo.
No iba a subir.
No tenía ninguna razón para hacerlo.
Me quedé ahí unos minutos más, en silencio, terminando el café. Martha se movía con normalidad, sin invadirme, pero tampoco ignorándome. Su presencia llenaba el espacio de una forma distinta a la del resto de la casa.
Más real.
Cuando terminé, dejé la taza en el fregadero.
—Voy a salir un rato al jardín.
—Está bien.
No dijo nada más.
Salí por el ventanal.
El aire de la mañana era más fresco. El jardín seguía igual de perfecto, pero a esa hora había algo más… tolerable en él. Tal vez la luz, menos dura.
Caminé sin rumbo claro, metiendo las manos en los bolsillos.
Intentando no pensar.
No funcionó.
Volví a la casa al cabo de unos minutos.
Y ahí fue cuando la vi.
No de golpe.
Por partes.
Primero el sonido.
Tacones suaves sobre el piso.
Luego, el movimiento.
Atravesando la sala.
No levanté la mirada de inmediato. No quise hacerlo.
Pero igual lo hice.
Isabella.
No llevaba el vestido del día anterior. Esto era distinto. Más… cotidiano. Pero no menos cuidado.
Un pantalón claro, ajustado, que seguía la línea de sus piernas sin exagerarla. Una blusa ligera, de tela suave, que caía con naturalidad, marcando lo justo cuando se movía.
Nada parecía improvisado.
Ni siquiera lo que intentaba parecerlo.
Llevaba el cabello suelto, pero no descuidado. Cada mechón estaba donde tenía que estar. Como si incluso el desorden estuviera calculado.
Cruzó la sala sin verme.
O fingiendo no verme.
No estaba seguro.
Me quedé quieto en el umbral, observando.
No más de lo necesario.
Eso me dije.
Se detuvo junto a una de las mesas laterales, ajustando algo que no alcancé a ver. El gesto fue mínimo. Preciso. Sus manos se movían con una seguridad que no era forzada.
Después siguió.
Hacia la cocina.
Ahí sí tuve que moverme.
No podía quedarme parado como un idiota mirando.
Entré unos segundos después, intentando que pareciera casual.
Martha estaba donde la había dejado. Isabella, frente a la encimera, sirviéndose algo en una taza.
No levantó la mirada de inmediato.
—Buenos días —dijo, antes de girarse.
Como si supiera que ya estaba ahí.
—Buenos días.
Me apoyé contra el marco de la puerta, manteniendo cierta distancia.
Ella dio un sorbo a su taza. Café también.
—¿Dormiste mejor?
Asentí.
—Sí.
Mentira.
Pero más fácil.
Sus ojos se detuvieron en mí un segundo más de lo necesario. No lo suficiente para incomodar. Lo suficiente para notarlo.
—Me alegra.
Volvió a lo suyo.
Ese era el punto.
No hacía nada fuera de lugar.
Nada explícito.
Y aun así…
Todo llamaba la atención.
La forma en que sostenía la taza. Los dedos, largos, firmes, sin tensión. El leve movimiento de su muñeca al dejarla sobre la encimera. El roce de la tela contra su cuerpo al girarse.
Detalles.
Demasiados detalles.
Desvié la mirada hacia Martha.
Ella no decía nada. Pero estaba viendo.
Siempre estaba viendo.
—Voy a salir un rato —dije, sin pensar mucho.
No esperé respuesta.
Salí.
Otra vez al jardín.
Esta vez no para respirar.
Para evitar.
Caminé más rápido, como si eso fuera a cambiar algo.
No lo hizo.
Su imagen seguía ahí.
No completa.
Fragmentada.
Piernas.
Manos.
La forma en que se movía sin esfuerzo.
Apreté la mandíbula.
—No.
Lo dije en voz baja.
No tenía sentido.
Volví a entrar al cabo de unos minutos, más por inercia que por decisión.
Y la rutina siguió.
Eso era lo peor.
La normalidad.
Isabella se movía por la casa como si llevara años haciéndolo. Revisaba cosas con Martha, daba indicaciones suaves, ajustaba detalles que ni siquiera notaba hasta que los cambiaba.
No era invasiva. Pero estaba en todas partes.
Y yo…
Intentaba no mirarla. De verdad lo intentaba. Funcionaba por momentos.
Pasaba por la sala sin levantar la vista. Me sentaba en la mesa mirando el celular, aunque no estuviera viendo nada. Respondía con monosílabos cuando hablaba.
Distancia.
Control.
Hasta que fallaba. Siempre fallaba.
Un reflejo en el vidrio. Un movimiento en el pasillo. El sonido de sus pasos acercándose.
Y mi mirada iba sola. Rápida. Como si pudiera robar un segundo sin consecuencias.
Pero siempre había consecuencias.
Porque ella lo notaba.
No decía nada. No hacía ningún gesto evidente.
Pero lo sabía.
Se le veía en la forma en que, a veces, sostenía una acción un segundo más. Como si dejara espacio para que yo mirara.
O para comprobar si lo hacía.
Y lo hacía. Siempre.
Una vez fue en la cocina.
Estaba de espaldas, sacando algo de un gabinete alto. La blusa se tensó apenas cuando levantó el brazo. Nada exagerado. Nada necesario.
Me quedé mirando un segundo.
Dos.
Demasiado.
Cerré los ojos un instante y desvié la vista.
Cuando volví a abrirlos, ella ya se había girado.
No dijo nada. Pero su mirada… se sostuvo. Un segundo más. Y luego siguió como si nada.
Otra vez en el pasillo.
Yo salía de mi cuarto. Ella venía en dirección contraria. Nos cruzamos a medio camino. Espacio estrecho. No había forma de evitar la cercanía.
Se hizo a un lado lo justo. Yo también.
Pero al pasar…
El roce fue mínimo. Accidental. O no. No sabría decirlo. Sentí el contacto en el brazo. Leve. Suficiente. No me detuve. Tampoco ella.
Pero el aire cambió.
Volví a mi cuarto y cerré la puerta con más fuerza de la necesaria. Apoyé la espalda contra la madera. Respiré hondo.
—Esto no…
No terminé la frase. Porque no tenía final. Porque no era algo que pudiera cortar así. No todavía.
Me dejé caer en la cama, mirando el techo otra vez. El mismo de siempre.
Pero ya no bastaba. Nada bastaba. Y lo peor…
Era que empezaba a notarlo.
Con forme pasaron los días, no sé exactamente en qué momento empecé a evitar estar abajo. No fue una decisión clara. No hubo un “me quedo arriba”. Simplemente… pasó.
El cuarto se volvió una especie de refugio improvisado. No porque fuera cómodo, sino porque era el único lugar donde no tenía que medir cada movimiento.
Donde no estaba ella. O eso creía.
Estaba sentado en la silla, sin hacer nada concreto. El celular en la mano, la pantalla apagada. Mirando sin ver.
El silencio de la casa volvía a lo mismo de siempre: pesado, constante, como si empujara desde todos lados.
Me levanté sin pensarlo mucho y caminé hacia la ventana. Era un gesto automático. Buscar aire.
Abrí apenas la cortina.
Y ahí la vi.
En la piscina.
El impacto fue inmediato, pero distinto al de veces anteriores.
Más… sostenido.
No estaba nadando. No se movía rápido. Estaba dentro del agua, cerca del borde, apoyando los brazos, dejando que el cuerpo flotara parcialmente.
La luz del sol caía directo sobre ella, rebotando en el agua y fragmentando la imagen en pequeños destellos.
Me quedé quieto. Sin reaccionar. Solo mirando.
Llevaba un bikini.
Claro.
No especialmente llamativo en color. Pero eso daba igual. Porque no necesitaba serlo.
El agua marcaba todo. Cada línea. Cada curva. No de forma exagerada, sino… precisa. Demasiado precisa.
Tragué saliva sin darme cuenta.
No debería estar mirando. Lo pensé. Pero no me moví.
Ella levantó un brazo para apartarse el cabello mojado del rostro. El gesto fue lento, natural. El agua resbaló por su hombro, bajando en un recorrido que seguí sin querer.
O queriendo.
No lo tenía claro.
Mi mirada empezó a moverse sola. Sin filtro. Sin intención de detenerse.
El cuello. Los hombros. La forma en que el agua se acumulaba en ciertas zonas antes de caer.
Bajé más.
Sus pechos, contenido apenas por la tela mojada, marcando cada contorno con una claridad que no dejaba espacio a la imaginación. El bikini era pequeño. Muy pequeño.
Apreté la mandíbula. No aparté la vista.
Las gotas deslizándose lento, siguiendo la curva hacia abajo. El abdomen plano, tenso, el ombligo apenas visible entre reflejos.
Seguí.
Las caderas.
La forma en que el bikini se ajustaba, cómo la tela se pegaba al cuerpo por el agua, sin dejar nada suelto.
Nada que esconder.
—Rayos…
La palabra salió sola, en voz baja.
Me apoyé con más fuerza contra el marco de la ventana.
No estaba viendo. Estaba… registrando. Absorbiendo cada detalle como si no pudiera evitarlo. Como si algo dentro de mí necesitara hacerlo.
Isabella se impulsó ligeramente hacia arriba, saliendo un poco más del agua para sentarse en el borde.
El movimiento fue lento. Controlado.
Sus pechos se movieron. Se asomaban casi por completo.
Rayos…
Su bikini era tan diminuto, de esos que parecen hechos más de ausencia que de tela, y se ceñía a ella con precisión.
El agua cayó de golpe desde su cuerpo, deslizándose por las piernas, acumulándose en los muslos antes de caer al piso.
Y ahí fue peor.
Porque ya no había distorsión.
La piel brillando bajo el sol, húmeda, marcada.
Las piernas largas, definidas, el agua siguiendo la línea hasta los tobillos.
Tragué saliva.
No pensé. No procesé. Solo miré. Crudo. Directo. Como si no hubiera nada más alrededor. Como si no importara.
Sentí el cuerpo reaccionar antes de que la cabeza hiciera algo. Un ajuste incómodo, involuntario. Tensión.
Respiré hondo, pero no sirvió.
No estaba controlando nada.
Ella inclinó el torso hacia atrás, apoyándose en las manos, cerrando los ojos un segundo, dejando que el sol le diera de lleno.
La posición…
No ayudaba.
Al contrario.
Todo se marcaba más.
Todo.
—Joder…
La parte de arriba del bikini luchaba por contener sus pechos, que se elevaban con la lentitud de su respiración. Una gota de agua, quizá del último chapuzón, resbaló desde su clavícula hasta el valle que se formaba entre ellos, y yo seguí su recorrido con la mirada.
Ahora más bajo. Más cargado.
Me pasé la mano por la cara, pero no dejé de mirar.
Era ridículo. Sabía que lo era. Sabía que no debía estar ahí, parado como un imbécil, mirando a mi madrastra como si…
No terminé la idea. No hacía falta. Pero no me movía. No podía.
O no quería.
Ella giró la cabeza ligeramente, como si estuviera escuchando algo.
O sintiendo.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Di un paso atrás. Automático. Instinto. Como si hubiera cruzado una línea invisible. Como si en cualquier momento fuera a mirar hacia arriba.
Hacia mí.
Me quedé quieto, fuera del ángulo de la ventana, respirando más rápido de lo normal. El corazón golpeando fuerte. Demasiado fuerte.
—¿Qué carajos estás haciendo?
La pregunta salió clara esta vez. Directa. No había forma de disfrazarla.
Me pasé las manos por el cabello, tirando un poco, intentando bajarle a la sensación que seguía ahí, instalada.
No desaparecía. Al contrario. Se quedaba. Más presente.
Volví a acercarme a la ventana. Despacio. Con cuidado. Como si eso cambiara algo.
Miré otra vez.
Ella seguía ahí.
Pero ahora estaba de pie, dándome la espalda, recogiendo una toalla del respaldo de una silla.
El agua seguía cayendo por su cuerpo en pequeñas líneas que no terminaban de desaparecer.
La toalla pasó por sus brazos primero, luego por el torso, presionando apenas, absorbiendo el exceso.
El gesto fue lento.
Demasiado lento.
Ella suspiró, se ajustó el borde del bikini superior con una mano, como si la tela la molestara, y el gesto, tan inocente para ella, fue para mí una declaración de guerra contra mi propio autocontrol.
Apreté los dientes.
No había forma de verlo como algo normal. No después de lo que acababa de hacer. No después de cómo lo había visto.
Me aparté de golpe. Esta vez sin mirar atrás.
Caminé hacia el centro del cuarto, pasando la mano por la nuca, sintiendo el calor acumulado.
—No.
Negué con la cabeza.
—No.
Más firme. Como si repetirlo fuera a servir de algo.
No lo hizo. Porque la imagen ya estaba ahí. Completa. Instalada. Y no se iba.
Me dejé caer en la cama, mirando el techo otra vez, pero ahora no era el mismo gesto vacío de antes.
Había algo más. Más claro. Más incómodo.
Cerré los ojos.
Error.
La vi otra vez.
Peor.
Más definida.
Abrí los ojos de golpe.
—Rayos…
Me incorporé, apoyando los codos en las rodillas, intentando anclarme a algo que no fuera eso.
Pero todo volvía ahí. A la piscina. A su cuerpo. A la forma en que lo había mirado sin pensar. A la forma en que había reaccionado.
Apreté las manos.
Esto ya no era solo incomodidad. Era otra cosa. Algo que no quería nombrar todavía.
Me levanté de nuevo, caminando sin rumbo dentro del cuarto.
Necesitaba hacer algo. Cualquier cosa. Pero no había nada. Nada que distrajera lo suficiente. Nada que bajara la intensidad.
Me detuve frente a la ventana otra vez.
No me acerqué. Me quedé a distancia. Mirando sin ver. Respirando más lento. Intentando recuperar control.
Abajo, el movimiento seguía. No la veía directamente, pero sabía que seguía ahí. Lo sentía. Y eso era peor. Porque ahora no necesitaba verla. La tenía en la cabeza. Demasiado clara.
Apoyé la frente contra el vidrio frío. Cerré los ojos un segundo.
—Esto se va a salir de control…
Lo dije en voz baja. Casi como una advertencia. No sabía si para detenerlo. O solo para reconocerlo.
Los días empezaron a ordenarse solos.
No porque yo hiciera algo distinto, sino porque la casa ya tenía un ritmo propio. Uno que no dependía de mí.
Yo solo… me ajustaba.
Despertaba temprano. Bajaba. Café. Silencio. Martha moviéndose de un lado a otro con esa eficiencia tranquila que no necesitaba explicación.
Y ella.
Siempre en algún punto.
A veces en la cocina, revisando algo con Martha. Otras, en la sala, acomodando detalles que yo ni siquiera notaba hasta que los cambiaba. Había una lógica en todo lo que hacía. Un orden.
Nada quedaba al azar.
Ni siquiera ella.
Y ahí estaba el problema.
Porque cuanto más normal parecía todo… más difícil era ignorarlo.
Intenté establecer límites. Reales.
No mirarla más de lo necesario. No quedarme en espacios donde ella estuviera. Subir antes. Salir más.
Funcionaba por momentos. Momentos cortos. Porque siempre había algo. Un cruce. Un sonido. Un gesto.
Y mi atención iba ahí. Como si no tuviera opción.
Una mañana la encontré en la cocina, de espaldas, preparando algo. No entré. Me quedé en el marco de la puerta.
No tenía que decir nada. Podía irme. Pero me quedé. Observando.
El movimiento de sus manos al cortar algo. Preciso. Limpio. Sin pausa. La forma en que se inclinaba apenas hacia adelante, concentrada, sin tensión.
Nada fuera de lugar.
Y aun así…
Mi mirada bajó sola. Sin querer, terminaba mirando su cuerpo. No fue intencional. O eso intenté decirme.
El ajuste de la tela en su cadera, el leve cambio en la postura cuando apoyaba el peso en una pierna.
Detalles mínimos. Suficientes.
—¿Necesitas algo?
Su voz me golpeó sin aviso.
Levanté la vista de inmediato.
Se había girado. No del todo. Lo suficiente para verme. No había molestia en su expresión. Tampoco sorpresa.
—No… —dije, aclarando la voz—. Solo… café.
Asintió. Volvió a lo suyo.
Pero algo había cambiado. Lo sentí. No en lo que hizo. En cómo.
El movimiento fue el mismo, pero… más consciente. Como si supiera exactamente desde dónde la estaba mirando.
Serví café sin acercarme demasiado. Mantuve la distancia. Me fui rápido. Demasiado rápido.
Esa fue la primera vez que pensé que me había descubierto, que sabía que la miraba. No como una idea vaga. Como algo concreto.
Isabella no era distraída. No era ingenua. Nada en ella lo era.
Los días siguientes lo confirmaron.
No hizo nada explícito. No cambió de forma evidente. Pero empezó a sostener ciertos momentos. A dejar espacios. Como si me estuviera dando tiempo. O midiéndolo.
En la sala, por ejemplo.
Estaba sentada revisando algo en su celular. Yo pasé de largo, camino a la cocina. No tenía necesidad de mirarla. No quería hacerlo.
Pero al pasar…
Giró la cabeza. No completamente. Solo lo suficiente.
Y yo lo sentí.
Ese pequeño ajuste en el aire. Ese cambio mínimo que te obliga a responder.
La miré. Un segundo.
Ella ya estaba mirándome. No apartó la vista. Tampoco sonrió. Solo sostuvo. Como si esperara.
Apreté la mandíbula y seguí caminando.
Pero el momento ya estaba ahí. Marcado.
Otra vez en el pasillo.
Salía de mi cuarto, bajando la mirada, concentrado en cualquier cosa menos en lo que había al final.
Ella venía subiendo.
Nos encontramos a medio camino. Espacio cerrado. Sin salida lateral. Nos detuvimos lo justo.
—Perdón —dije, sin mirarla directamente.
—No pasa nada.
Su voz fue suave. Cercana. Demasiado.
Di un paso para rodearla. Pero al hacerlo, levanté la vista.
Error.
Estaba mirándome. Directo. Sin disimulo. Sin urgencia. Como si no tuviera problema en que yo supiera que lo estaba haciendo.
Me quedé un segundo más de lo necesario. Otra vez. Siempre un segundo más. Y ese segundo empezaba a pesar.
Seguí de largo.
Pero ya no era lo mismo. Porque ahora no era solo yo mirando.
Era ella… dejando que eso ocurriera.
Además, una vez me di cuenta que Martha me estaba observando. No decía nada. A veces hablábamos, pero no me decía nada al respecto.
Pero estaba ahí. Siempre. Observando desde un punto que no interrumpía, pero tampoco ignoraba. En la cocina, en la sala, incluso en el jardín.
Sus ojos iban de uno a otro con una precisión que no parecía casual.
Una tarde, mientras Isabella revisaba unas cosas en la mesa del comedor, Martha me alcanzó en la cocina.
—¿Quieres más café?
Negué con la cabeza.
—No.
Se quedó unos segundos más de lo necesario. No hablando. Solo ahí.
Sentí su mirada antes de girarme.
—¿Qué?
No fue agresivo. Pero sí defensivo.
Ella no cambió la expresión.
—Nada.
Seco. Simple.
Pero no era nada. Nunca era nada con ella.
Volvió a lo suyo. Como si no hubiera pasado. Como si no hubiera visto nada. Pero lo había visto. Claro que lo había visto. Y eso… era peor. Porque no decía nada. No advertía. No intervenía. Solo dejaba que siguiera. Como si estuviera esperando algo.
No sabía qué. Y no estaba seguro de querer saberlo.
La tensión no explotaba. No había escenas. No había confrontación. Era algo más constante. Más bajo. Pero más presente.
Como una presión que no desaparece. Que se queda ahí, todo el tiempo. En cada cruce. En cada silencio. En cada mirada que duraba más de lo que debería.
Empecé a notar patrones. No de forma consciente al principio. Pero estaban.
Isabella aparecía en ciertos espacios cuando yo estaba. Sin invadir. Sin forzar. Solo… coincidiendo.
La cocina cuando bajaba. La sala cuando cruzaba. El pasillo cuando subía.
Siempre con esa distancia medida. Nunca demasiado cerca. Nunca demasiado lejos.
Y siempre…
Disponible.
No de forma directa. De una forma más sutil. Más peligrosa. Como si todo estuviera calibrado.
Y yo…
Reaccionaba. Siempre. Aunque no quisiera.
Una noche, después de cenar, me quedé en la sala más tiempo del que debía. No había nadie. O eso pensé.
Estaba mirando cualquier cosa en el celular cuando escuché pasos. Leves.
No levanté la vista de inmediato.
Pero supe que era ella. No por el sonido. Por la forma en que el ambiente cambia cuando entra.
Dejó algo sobre la mesa. Un vaso. Agua.
—Te dejé esto.
Levanté la mirada.
—Gracias.
Se quedó ahí. De pie. No se fue.
—¿Te estás adaptando?
La pregunta fue simple. Pero no lo era.
—Supongo.
Encogí los hombros.
Ella asintió.
—No es fácil volver.
Negué con la cabeza.
—No.
Silencio. El tipo de silencio que no incomoda… pero tampoco relaja.
Ella no se movía. Yo tampoco. Y entonces…
Volvió a pasar.
Mi mirada bajó. Rápido. Instintivo. Recorriendo sin permiso. Subí de nuevo de inmediato.
Pero ya era tarde. Ella lo había visto. No dijo nada. No hizo ningún gesto evidente.
Pero su mirada cambió. Apenas. Lo suficiente.
Y entonces lo hizo. Sostuvo. No se apartó. No desvió. Se quedó ahí. Mirándome. Directo.
Un segundo. Dos. Demasiado.
Sentí el cuerpo tensarse. La mandíbula. El pecho. Todo.
No supe qué hacer. No había respuesta correcta. No había forma de salir limpio de ese momento. Porque ya estaba ahí. Porque ya había pasado.
Y porque ella… no lo estaba evitando. Al contrario. Lo estaba dejando existir.
Sostuve la mirada. No sé por qué. Tal vez por no retroceder. Tal vez por algo peor.
El tiempo se estiró apenas. Un segundo más.
Y luego—
Ella parpadeó. Desvió la vista. Como si nada.
—Buenas noches, Damián.
Se giró. Y se fue. Sin prisa. Sin mirar atrás.
Me quedé sentado. Con el vaso en la mano. Sin tomar. Sin moverme.
Sintiendo cómo ese segundo…
Se quedaba.
Este libro, ‘La Confesión de mi Madrastra’, es de mi autoría, Annie Zarel.


