La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria | Capítulo 8

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La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria

«El deseo puede borrar incluso a quien creíste ser.»

Capítulo VIII

La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria

Capítulo VIII…

Todavía corre por Madrid la leyenda —hasta ahora jamás desmentida y nunca formulada sino en susurros, o de la que se habla sólo de cuando en cuando y en la que nadie confiesa creer hasta que se vuelve a comentar otro caso— de que las parejas que al anochecer acuden al Retiro en sus coches para hacer el amor suelen sufrir una visión de pánico: en el momento mismo en que están a punto de llegar a la plenitud, de pronto se asoma por la ventanilla del coche la cabezota de un gran perro gris con relucientes ojos gris-oro, la lengua babosa que le cuelga acezante del hocico que ladra y ladra, las patas delanteras en la ventanilla, hasta que los amantes aterrados logran desenredarse y ponen en marcha el vehículo huyendo a toda velocidad de ese espanto que no entraba en sus dulces cálculos: la muchacha anegada en lágrimas o presa de un ataque histérico, el hombre pisando a fondo el acelerador y atento a los ladridos del perro que los persigue pero que, con la rapidez del coche, van quedando perdidos en la bulliciosa lontananza ciudadana. Son escasas las parejas cuyo amor sobrevive a esta prueba. Nunca nadie ha podido encontrar a ese perro, ni la policía que bien poco se ha preocupado de hacerlo porque con las cosas como ahora están, claro, deben preocuparse de problemas más serios; ni los vigilantes del parque que alguna vez se han propuesto investigar la posible verdad que puede haber detrás de tan siniestras murmuraciones que año tras año, persistentemente, se repiten, pero que tienen, al fin y al cabo, traza de no ser más que una alucinación histérica que, hay que confesar, puede no ser fruto sólo de fantasías coincidentes.

Blanca, después de que se retiró el pintor esa tarde, pudo permanecer en su habitación porque Luna se encontraba absorto ladrando hacia afuera, las patas afirmadas en la barandilla de la ventana. Se sentó al borde de su cama inmunda, en el colchón destripado, mirando el erguido lomo gris de la bestia, enflaquecida porque hacía días que no le daba nada que comer: Luna tenía hambre. Por eso ladraba. Pero no huía de su lado: se había adueñado de su habitación. El hambre era un motivo demasiado simple para explicar una conducta tan singular como la de este perro. Así, durante el transcurso de la tarde, Blanca pudo permanecer allí con los ojos clavados en la nada, atenta sólo al dolor de los mordiscos cuya inflamación le estaba haciendo escocer los muslos, la espalda, los brazos. Más tarde Hortensia golpeó su puerta. Al escuchar la respuesta de la señora marquesa, dijo muy quedo y aún más respetuosa que de costumbre:

—¿Señora marquesa?

—¿Sí, Hortensia?

—Ha venido la señora marquesa doña Casilda.

—Que me espere en el saloncito chino. Prepara una mesita para que merendemos allí, y sirve té. Yo bajaré dentro de un instante. Díle que por favor me espere.

—Sí, señora marquesa.

¿Por qué no bajar inmediatamente? Al fin y al cabo iba vestida de manera adecuada y eso, claro, era lo más importante de todo porque era lo que los demás veían. No podía negar que era aburrido estar tantas horas sentada al borde de su cama mirando el aire, escuchando los ladridos dirigidos hacia afuera, esperando el momento en que Luna volviera a dirigirse a ella para permitirle ver de nuevo el vacío de sus ojos amarillos. Sentía, sin embargo, la gran satisfacción de haber tenido la entereza de despachar a Archibaldo y el espejismo encarnado en él, quedando, como debía ser, sola con Luna y lo que él le diera. Las heridas y rasguños causados por sus patas y sus dientes le dolían mucho ahora, como si su carne lozana, que en otro tiempo tuvo pretensiones asesinas, comenzara a descomponerse y a morir. Pero no bajaría aún donde Casilda porque era importante imponerle un ritmo teatral a las cosas, rigiendo las entradas y salidas como si se tratara de una escena dirigida con acierto, como si nada fuera verdad, todo puro cálculo, todo artificio, todo representación: de este modo las cosas dolían menos, y las bestias eran sólo parte de la utilería, como el cisne en Lohengrin. Además, no hubiera quedado bien que al saber la llegada de su suegra ella se precipitara gritando de alegría escaleras abajo como nuera de pueblo, con el fin de abrazarla y besarla a su reciente regreso de París. Después de un rato bien medido, Blanca salió de su dormitorio, cerrando su puerta con llave y dejando dentro a Luna. Bajó al saloncito donde la esperaba la señora marquesa doña Casilda, que al verla entrar se puso de pie con los brazos abiertos, exclamando:

—¡Qué dicha estar de vuelta! ¡Vengo agotada! No por el viaje, sino por el latazo del sermón de la misa de esta mañana.

Y abrazó y besó a su nuera, que decía:

—¡Casilda! ¡Qué ilusión! Qué monada de vestido. ¿Lanvin?

—No. Callot.

—Claro, Callot, se ve enseguida…

Estuvieron hablando un buen rato de las amenas novedades de París, de lo que se
usaba y de lo que ya no, de que todo el mundo menos las españolas iba a veranear
ahora a Deauville y no a Biarritz. Casilda había visto a Sacha Guitry cenando con
Yvonne Printemps en la mesa al lado de la suya en «La Tour d’Argent» y ella era
muchísimo más mona que en escena, sobre todo más señora, y este verano se volvía a
usar el blanco con locura: todo era blanco, los muebles, las alfombras, las casas, los
coches, los vestidos, para el té, para la noche y, para qué decir nada, para el sport.

—Por cierto —acotó Casilda tomando un sorbito de té sin mirar a su interlocutora, como si lo que decía no tuviera la menor importancia—. Me cuentan que te vieron de blanco con falda corta de tennis el otro día, creo que cerca de la Plaza de Chamberí. El blanco es el luto de las reinas de Francia, mi querida, no de las simples marquesas españolas como nosotras…

—Y dicen que también es el luto de las chinas. Yo me siento un poco china en Madrid, Casilda, sin Paquito.

Esta vez su suegra la escrutó sin disimulo:

—¿Estás segura de que no tienes consuelos o pasatiempos más o menos divertidos…?

La cabeza de Casilda era soberbia metida en su sombrero adornado con el más airoso aigrette: belleza inconmovible, tallada en alabastro, de esas bellezas que duran siglos con los ojos cerrados tendidas en las tumbas, pero que carecen de la emotividad de la belleza fugaz que depende de la frescura y la alegría y la elasticidad y el brillo, esa conmovedora belleza que existe sólo durante un brevísimo período de gloria, como si el ser al que pertenece entrara, se detuviera un segundo y después saliera para siempre de un foco de luz; era el caso de la belleza de Blanca, lo que la hacía tan tierna, tan jugosa. Casilda se estaba preguntando cuánto más le duraría, porque hoy la encontraba descompuesta y pálida. No tardaría muchos años en ponerse igual a la gorda de su madre. Blanca estaba contestándole a su pregunta con los ojos fijos en los suyos:

—Pienso que tal vez Mario me podría dar lecciones de conducir. Eso me distraerá. Luego me compraría un coupé como el de Tere para sentirme completamente independiente.

—¡Doy vuelta la espalda y Tere comienza a dominar tu vida! ¡Qué infiel me eres!

—Infiel, siempre. Desleal, jamás.

Un rubor muy ligero, durante un segundo, encendió el rostro de la marquesa madre. Tomó una tostada y continuó:

—En todo caso, no importa. Tere es mi mejor amiga desde hace siglos y me lo cuenta todo.

—¿Y Almanza también te lo cuenta todo?

—También.

—Interesante. ¿Ya los has visto?

—Por cierto. No te imaginarás que voy a venir a visitarte a ti antes que a mi amante.

Blanca se sonrojó ante la respuesta brutalmente directa de Casilda. También sintió temor, porque significaba no sólo que sabía algo —lo que la tenía sin cuidado— sino que quería llegar a algo. Puso una rodajita de limón en su té y bebió un sorbo:

—¡Qué monada como Almanza canta los fandangos de su tierra!

—Déjate de tontadas. Hace años que Almanza no es mi amante. Me refiero a Tere.

Esta vez, en lugar de ponerse colorada, porque tenía conciencia de que eso sería repetir una reacción ingenua, Blanca dejó caer al suelo la tenacilla para el azúcar. Ambas mujeres se inclinaron al mismo tiempo para recogerla. Abajo, ocultas por el largo mantel, Casilda, la estatuaria, la belleza oficial, de aquéllas que aparecen acuñadas en antiguas monedas o en los billetes de alta denominación, agarró ferozmente la muñeca de Blanca hundiendo en ella sus uñas. Sin incorporarse, acariciando la frente de su nuera con su erguido aigrette, susurró histérica:

—Marchémonos. Marchémonos las tres. A París. Tere está loca por ti. Yo también.

Blanca se incorporó. Sus delicadas manos —Luna las había respetado, como respetó todo lo que en ella era visible— compusieron la simetría de la bandejita de tostadas y la de pastelillos con referencia al florero de empinadísimo cuello que contenía una sola rosa. Le dijo a Casilda:

—No me has comentado mi corte de pelo.

—¡Fatal!

—¿Cómo?

—A la garçón es una cosa, a tijeretazos es otra. Parece que te hubieras peleado con la lavandera vecina y ella te hubiera ganado la pelea.

—A mí es difícil ganarme la pelea.

Blanca sintió algo vivo, sedoso, buscando su pie bajo el mantel: el pie descalzo de Casilda acariciando su tobillo con pasmosa destreza, recorriendo sus doloridas pantorrillas, metiéndose bajo su falda, buscando penetrar seductoramente entre los muslos que ella —por el momento y si convenía— mantenía cerrados con empecinamiento mientras mordisqueaba un pastelillo.

—¿Quieres que llame para pedir más té caliente?

Casilda abandonó toda compostura. Gesticulando mientras hablaba y tomaba taza tras taza de té tibio, su aigrette rivalizaba con la elocuencia de sus bellas manos. ¡Que partieran las tres, que no fuera tonta, a vivir juntas en París! No, Almanza no importaba nada. Lo que a él realmente le gustaba eran las chachas de origen andaluzatlántico como él, no las señoras: todo lo de ellos era una comedia desde hacía años. Y el tal Archie, vamos, un pintorcillo de poca monta, que no se engañara, era un ingenuo, un romántico, un cursi. Si a Blanca le gustaban los artistas de verdad, en París se podía atosigar de ellos porque parecía que esa peste hubiera cundido y ya no se veía otra cosa, a veces hasta en los buenos restoranes. ¿Que cómo sabía lo que…, bueno, suponía entre ella y Archibaldo? Que no fuera tonta: todo Madrid —para que se convenciera de que esta llamada capital no era más que un poblacho igual a Alarcón de los Arcos— ya sabía de sus amores con Archibaldo Arenas, ese pésimo imitador de Anglada Camarasa, él mismo un imitador, y el pobre Archie imitaba a quien podía para robarse una idea, porque lo que era el desgraciadito, no tenía ni una. ¡Y se creía un Domergue…! ¡Hacía falta tener culot! Todo Madrid, por otra parte, la había visto entrar en su casa en Plaza de Chamberí —podía citar día y hora— vestida de tenista: decían que era una auténtica monada pero no podía negarle que era una locura andar por las calles así para ir a casa de su amante y pretender que nadie la notara. A ella le encantaría verla vestida así…, el dedo gordo del pie derecho de Casilda, con tal autonomía y agilidad que era como si tuviera dos falanges de más, fue tan efectivo que logró penetrar entre los sensibles muslos de Blanca y llegar a su ardiente vellón, que ella le permitió acariciar mientras el aigrette proseguía subrayando los comentarios frívolos de su suegra, y ella conservaba la taza de té junto a sus labios para ocultar la expresión —¿doloroso rictus o sonrisa de placer?— de su boca. Blanca, pese al dolor que le causaba ese pie al apretar las heridas de Luna, logró decir:

—Temes que me case con él.

—¿Porque nuestra fortuna se evaporaría?

—S, en fin, mi fortuna todavía. Que con Archibaldo nos la lleváramos toda a Nicaragua, donde nadie sabría que mi marido pintor imita a Anglada Camarasa…, y allá será considerado el gran genio de la pintura contemporánea.

El pie de Casilda cayó del dulce apoyo que había por fin encontrado: soltó una carcajada que hizo temblar a Blanca:

—¿Pero…, me crees tonta…?

Blanca balbuceó:

—Por tu risa parece que no tengo motivo.

Casilda, sarcástica, hiriente, le explicó que los Mamertos de hoy no eran iguales al Mamerto de ayer. Superficialmente —y, por desgracia, en ciertos aspectos íntimos que debían haber heredado de su padre— se le parecían. Pero la moral de hoy, en más de un sentido, había cambiado mucho, haciéndose, como quien dijera, más flexible, acomodando más puntos de vista, más actitudes distintas. La amenaza reciente de Blanca de liquidarlo todo y partir a Nicaragua —esto lo ignoraban tanto Almanza como Tere: sólo se lo comunicaba a ella para que midiera lo redomadamente tonta que era— había acelerado lo que más de alguien podría considerar la descomposición moral de la familia Sosa: aterrados ante la amenaza de que la americana dispersara el patrimonio de los Loria que al fin y al cabo era lo único que realmente respetaban, le habían participado a ella el proyecto de exportación de la fortuna a Nicaragua. Ella, que por otra parte hacía años que —previsora— se entendía con el Mamerto actual cabeza de la familia, lo convenció para que, en caso de que ella, Blanca, no se mostrara dócil, desaparecieran ciertos papeles y aparecieran otros que la acreditaban a ella, la marquesa madre —apoyándose en el hecho de que la marquesita no había dado herederos, lo que automáticamente hacía a Casilda la cabeza de la casa de Loria —, como heredera de la fortuna familiar. Blanca, anonadada, sólo logró ofrecer el plato de pastelillos a su suegra, que tomó uno, declarando:

—Dios, en su infinita misericordia, permite que lo que una coma el domingo no engorde.

—Son de las monjitas. Buenos, ¿verdad…?

—Exquisitos.

—¿De modo que por fin pagaron tus facturas de París?

—Todas.

—¿Y el caballo de Almanza?

—También. Y el palco de Tere.

—Bonito reloj. ¿Patek Philippe?

—No. Vacheron.

—Yo prefiero Patek Philippe.

—Yo, Vacheron.

—Vaya.

El pie de Casilda, como si buscara un acuerdo, una alianza, de nuevo hurgó en el vellón de Blanca, los ojos de la marquesa madre —que encendía un cigarrillo en su larguísima boquilla— pesados de kohl y de pasión.

Blanca cerró sus muslos porque nada de todo esto le importaba absolutamente nada. Quería ir a ver a Luna. Se puso de pie. La marquesa doña Casilda miró su Vacheron diciendo que ¡uy!, ¡qué tarde se hacía! ¡Siempre se quedaba más tiempo del presupuestado cuando visitaba a su querida nuera! Se despidieron con un beso en la mejilla en la puerta del palacete. Casilda, además, al dar su beso, acarició un poquito la espalda de Blanca —como para consolarla, quizás— justo en el lugar donde las magulladuras de Luna la habían dejado más dolorida. Mientras el portero mantenía la puerta abierta, antes de bajar las gradas, Casilda, sonriente, se dio vuelta para decirle a Blanca:

—Todos estos arreglos…, vamos, significan que no te podrás comprar medio Nicaragua, lo que, según tengo noticias, era tu intención. Es demasiado grande, más que un feudo de otros tiempos. Pero tal vez te alcance para comprar una parcela modesta en El Salvador, que me dicen es más pequeño. Ya está todo arreglado para que dispongas de una cantidad que valga para eso. Te lo digo para que te vayas haciendo la idea: la diferencia, aunque no parezca tanta, es, querida mía, enorme. ¡No lo voy a saber yo! ¡Uy! Está lloviendo y no traje mi antuca. Una nunca sabe en primavera…, en realidad, una jamás sabe nada. Au revoir, beauté!

Cuando Blanca regresó a encerrarse en su dormitorio, se acodó junto a Luna en la ventana abierta donde éste tenía apoyadas las patas delanteras para ver lloviznar y pasar el rato escuchando cómo el perro llenaba la noche ciudadana con sus aullidos bestiales: sus ojos, que contenían luz pero no la proyectaban, parecían el complemento indispensable para que la noche que poco a poco iba naciendo fuera noche verdadera. ¿Ladraba tanto porque tenía hambre? Luna era joven, voraz, siempre hambriento: era una de las cosas que le daban miedo y que, sin embargo, la atraían en él. ¿O ladraba sólo porque hacía demasiado tiempo que estaba encerrado en este cuarto? No había manera de contentarlo ni de saciarlo.

—¿Quieres salir, Luna?

El perro, aceptando la invitación implícita en la pregunta, comenzó a caracolear de alegría en torno a Blanca igual que ese primer día: otra vez cachorro, no bestia. En la oscuridad de la habitación esos ojos, que prometían todo porque no tenían nada, iban siguiendo sus movimientos preparatorios para salir. Como hacía calor pese a la llovizna, Blanca no se puso más que su cloche de hule negro con la hebilla de plata sobre la oreja. Tomó también un diminuto bolso en el que metió su Baby Browning con empuñadura de nácar. Bajando la escalera de mármol con su perro gris al lado, sintió que su autoridad sobre los sirvientes era tal que de hecho borraba al perro que la acompañaba, y ellos, obedientes, no lo veían descender escalón tras escalón con su pareja. Hortensia se despidió desde la balaustrada de arriba como si tal cosa, pero ella no contestó. Lo mismo el portero: para ellos, porque ella quería que así fuera, Luna no existía.

—Al Retiro —le dijo a Mario, y volvió a cerrar el cristal que los separaba. Pero sólo después de escuchar con paciencia de gran señora las sugerencias admonitorias del mecánico. ¿A estas horas y con esta lluvia…? ¿No era peligroso…, o triste? ¿No prefería la señora que la llevara a pasear a otra parte, a la Gran Vía, por ejemplo, que debía estar muy alegre hoy, que era viernes? Claro que con esta llovizna que se transformaba en lluvia estaría todo desierto. Estas cosas se atrevió a decir Mario, porque mostraba un interés aceptable, un cuidado por la persona de Blanca. Pero no se atrevió a mostrar su indignación porque el perro sentado junto a ella en el asiento podía ensuciar ese coche que él cuidaba con tan apasionado esmero desde que lo mandaron con el vehículo desde Italia al comprarlo. Pasando frente al despacho de don Mamerto, esquina de Goya, Blanca tuvo la tentación —al palpar la Baby Browning en su cartera— de mandar a Mario que se detuviera para bajarse, subir al despacho de los Sosa y, después de violar al Mamerto de turno, a aquél con quien Casilda «se entendía», acribillar a todos los Mamertos del mundo con sus balas. Pero era tal esfuerzo abrir el vidrio… Además, ¿qué haría con Luna…? ¿Subiría con él, o lo dejaría esperándola abajo, con Mario? No. Muy complicado. Preferible seguir rumbo al Retiro.

Nadie circulaba a esa hora por la noche maligna en el parque lluvioso. Mario conducía lentamente, consciente de que se trataba de un paseo y no de llegar a una parte definida con un propósito claro, inclinado, para tener más cuidado, sobre el volante, escudriñándolo todo como si temiera —¿o como si se propusiera?— hacerle daño a alguien. En los largos conos de luz que partían de los faros, la lluvia cayendo era como los caireles de mostacillas de plata de ese vestido de baile suyo. Bonito. Bonito, ¿verdad, Luna? Al llegar al rincón más apartado deslizó el cristal que los separaba para pedirle a Mario que se detuviera y le abriera la puerta. Él lo hizo, sujetando la puerta abierta y tocándose la gorra, aunque bloqueándole respetuosamente la salida.

—¿Va a bajar la señora marquesa con esta lluvia? —inquirió.

El mecánico era alto, fornido, un joven romanaccio de nariz quebrada y mandíbula cuadrangular, con los brazos potentes y las piernas apretadas dentro de sus polainas: con él cuidándola, no tenía nada que temer.

—¿Vamos a dar un paseo, Luna? Ven…

El mecánico carraspeó antes de hablar, sin retirarse de la puerta y sin soltar el pomo:

—Si la señora marquesa me lo permite, quisiera aconsejarle que no se aleje mucho de las luces del coche.

Ella y el perro, antes de bajar, interpelaron al mecánico, el perro sólo con sus ojos huecos, ella con sus palabras:

—¿Por qué no?

—Puede haber gente mala.

—¡Qué idea más ridícula, en el centro de Madrid!

—Al venir, ¿no vio la señora marquesa algunas figuras que se escondían detrás de los árboles y los monumentos?

Blanca lo miró de alto a bajo. Le dijo con firmeza:

—Déjanos salir.

El mecánico, entonces, agachando un poco la cabeza y abriendo más la puerta, le dejó camino. ¿Por qué este hombre impertinente se oponía a que ella hiciera lo que se le antojara? ¿Con qué derecho la interpelaba, interponiendo la anchura de sus hombros entre ella y la oscuridad total donde sólo podían existir los remansos lunares de los ojos de Luna? Ella ansiaba ver el lago estático a esta hora. ¿De qué color era el agua anochecida? ¿El Palacio de Cristal sería como una enorme burbuja cuadriculada bajo la claridad del cielo ciudadano en medio de tanta negrura, de tanto silencio? ¿Qué hacían de noche los cisnes, dónde se guarecían? ¿Y las barquitas multicolores donde mujeres como Hortensia, los domingos, venían a remar con sus novios, como Mario? ¿Y el pobre don Alfonso sobre su columna, tan simpático, todo llovido el pobre? ¿Por qué Mario se interponía como un guardián o un carcelero entre ella y sus ansias? Abriendo su cartera le mostró al mecánico su Baby Browning:

—Además, tengo esto para defenderme.

—No basta, señora marquesa. Hay gitanos. Se lo juro, vi fuego bajo los árboles y un grupo de siluetas harapientas rodeándolo.

—Yo no vi nada.

Blanca circundó la figura defensora de Mario para hacer lo que quería. Él alcanzó a tomarla brutalmente de la muñeca. Ella se dio vuelta para darle un bofetón mientras Luna la contemplaba aprobando, pero no se lo dio. Le dio, en cambio, un beso en la boca, sus labios ansiosos cuya ansia y humedad sintió repetirse en sus labios inferiores, pegando su cuerpo mojado y confundido por la lluvia al de él, que respondió socavando su boca ávida con su lengua, bebiendo la lluvia recogida en las caracolas de sus orejas, en su cuello, siguiendo con la boca las gotas que se perdían en su escote, sí, sí, lo sentía estremecerse pegado a ella, temblar con algo que no era ni miedo ni frío sino una llamarada que los iba haciendo retroceder, abrazados, hasta el coche que los esperaba con las puertas abiertas. Mario empujó a Blanca sobre el asiento de atrás, el de los señores. Blanca había olvidado —y esta vez fue olvido verdadero, no un acto intencional— ponerse bragas, de modo que al subirse la falda y abrir sus muslos vibrantes y magullados el mecánico se lanzó sobre ella, acezante como un animal, certero, llenando todas las partículas de su ser, de sus pechos gemelos como dos lunas pulidas, de su trasero cuyas sensaciones remataban en su nuca sensibilizada bajo la noche, de su boca ahogada por el frenesí de Mario, mientras Luna, encaramado en el asiento del mecánico y con las patas en el respaldo asomaba su cabezota feroz por la ventana del cristal abierto, ladrando y ladrando: Blanca veía sus dos ojos pálidos mientras el mecánico la violaba con su consentimiento, se hundía en esas lagunas de agua crepuscular quejándose de placer, amenazaba al mecánico con la policía y con la cárcel pero se aferraba a él y apretaba su sexo con el suyo para que no la dejara, lo hería con sus uñas pese a que él seguía besándola y penetrándola hasta hacerla unir sus gritos a los ladridos del perro en este rincón solitario del parque, en la noche vegetada y salvaje como la del trópico, aquí en medio de la ciudad, mientras este extraño cuya violencia detestaba la estaba haciendo sentir lo que sólo podía permitir que los pálidos ojos de Luna vieran que sentía, hasta que el vigor brutal del mecánico, sin necesidad de advertirle, sin necesidad de palabras, llegó al placer con la misma violencia y en el mismo momento que ella.

Él la abandonó en cuanto cumplió su función, como si no quisiera que Blanca siguiera disfrutándolo cuando él ya no tenía necesidad de ella: deshizo el abrazo y congeló su cuerpo. El perro, dándose cuenta de que todo había terminado, saltó del asiento delantero y se puso a ladrar y a caracolear afuera de la puerta abierta por donde habían sobresalido las piernas de los amantes hacía unos segundos. La llamaba, la incitaba a seguirlo, invitándola. Mario, como si no viera al perro y no lo oyera, se levantó primero. Se sentó en el asiento que le correspondía, el del volante, volvió a ponerse el gorro y encendió un cigarrillo. Se quedó mirando hacia adelante, echando humo sin prestarle atención a la marquesita que se bajaba la falda, componía su tocado y enderezaba la cloche de hule con la hebilla, bien calada sobre su cabeza: buena para la lluvia, reflexionó, y tomando su bolso se puso de pie en la intemperie para desobedecer a Mario y seguir al perro que parecía ofrecerle algo más.

Éste, que se había propuesto desentenderse totalmente de ella, no pudo dejar de sentir su vibración admirativa al verla cruzar los rayos de los faros del Isotta- Fraschini estriados por los caireles de la lluvia: era bella, delgada, emocionantemente deseable e intocable, así, cruzando la luz, sujetándose la cloche con una mano enguantada para que no la volara el viento nuevo, y colgándole del ángulo de ese codo el minúsculo bolso donde apenas cabía una polvera además de la Baby Browning.

Antes de verla perderse en la espesura, sin embargo, le pareció a Mario que salía de la oscuridad una sombra feroz, animal, monstruo, algo aterrorizante que saltaba sobre ella agrediéndola con lo que —declaró él después, ante la risa incrédula de todos— era una evidente intención de devorarla. El mecánico salió del coche al instante, corriendo hacia ella para librarla de esa fiera desconocida, pese a que no iba precavido para defender a nadie ni defenderse a sí mismo de un peligro tan inimaginable. Entonces oyó un disparo:

—¡Brava! —exclamó el mecánico con admiración por la sangre fría de la señora marquesa.

Siguió buscando, con terror y desesperado, uniendo en su búsqueda a la poca gente que encontró a esa hora en el parque, todos dando voces, pero nadie encontró ni a la marquesa ni al supuesto animal. Lo único que sus ojos vieron unos pasos más allá de donde terminaba la luz de los focos del coche, fue la diminuta Baby Browning dorada con empuñadura de nácar. La recogió, montó en el Isotta-Fraschini para ir a toda velocidad al puesto de policía más cercano, donde contó lo que el autor de esta historia acaba de relatar en este capítulo y que está a punto de terminar: pero no habló del perro gris. Los policías montaron en el lujoso coche, se dio aviso a la familia y a las autoridades competentes y a las del parque para que se iniciara de inmediato una búsqueda exhaustiva que duró toda esa noche lluviosa y todo el día siguiente, bajo el cielo soleado, como de porcelana, sin que apareciera la bella marquesita viuda de Loria, y tampoco el gigantesco animal cuya sombra feroz el mecánico trataba inútilmente de describir en forma convincente para que el jurado le creyera, y al cual él pretendía acusar de homicidio. Lo único que apareció fueron la hebilla de plata de la cloche, un zapato francés y el Patek Philippe de oro, lo que probaba que no se había tratado de un robo sino de un crimen pasional que incriminó a Mario y lo tuvo muchos años en la cárcel debido a la saña con que la marquesa madre, doña Casilda, prosiguió el juicio contra él: su amadísima nuera, decía, era lo único que le quedaba en el mundo. Que el tal Mario no contara el cuento de animales feroces que nadie jamás había visto.

Durante un tiempo se creyó que la marquesita de Loria reaparecería. Pero no apareció nunca más. La fortuna de la casa de Loria pasó en forma normal a Casilda, ya que Blanca no dejó hijos, y lo que podía haber de oscuro en los arreglos de Paquito con don Mamerto, el viejo, lo arregló la marquesa con un don Mamerto menos viejo que tenía mentalidad más moderna. Se portó tan bien en todo este sucio asunto en que se metieron hasta los periódicos, que Casilda se proponía usar sus influencias mundanas, que no eran de poca monta, para llegar hasta Su Majestad y sugerirle que considerara la posibilidad de distinguir con un título al antiguo y honrado linaje de los Sosa.

Todo el mundo celebró que, en memoria de su nuera, algo concediera a la familia de ésta. Cuando llegó el ex ministro Arias a Madrid para investigar la desoladora desaparición de su hija y no dejar escapar al criminal violador o raptor, fue convocado por don Mamerto Sosa para entregarle lo que le correspondía. Vino acompañado de su hija Charo, a quien le quedaba muy bien la ropa de su hermana, que se proponía estrenar en Managua en cuanto pasara el luto. Los trámites de la investigación y del juicio incluyeron al pintor Archibaldo Arenas que, como estaba a punto de comenzar un retrato de su hija y de Paquito —éste comisionado por don Mamerto Sosa—, la había visitado en su palacete la tarde misma antes de su desaparición. Entre estas cosas y las otras el pintor se anduvo enamorando de Charo, que era muy graciosa aunque quizás no tanto como su hermana, porque era bastante más morena, de modo que el padre —que tenía otras tres beldades que colocar— se quedó en Madrid más tiempo que el que pensaba quedarse, para asuntos de la herencia y demás trajines.

En lo que se refiere a nuestro amigo el conde de Almanza, de quien consideró que ya se estaba poniendo viejo, Casilda lo jubiló: le compró por cuatro reales unos terrenos en las inmediaciones de Huelva, que él, que resultó no ser tan holgazán como todos creían, hizo urbanizar, y construyó allí un club donde instaló un golf en miniatura y un bar, con lo que, si bien no se hizo rico de inmediato, se sentía lo suficientemente satisfecho de su vida —ya que se encontraba en la zona de España de donde provenían las mozas que lo enloquecían con sus fandangos— como para escribirle a menudo a su vieja amiga Casilda contándole su ventura e incluyéndola en calidad de capitalista, alguna vez, en alguna ampliación de su negocio. Casilda, acompañada por la prima de Almanza, Tere Castillo, se marchó a vivir definitivamente en París porque Madrid era sólo una gran villa, y París, en cambio, era la capital del mundo. Allí ambas amigas envejecieron juntas, felices, sin jamás perder el dejo andaluz en su francés tan peculiar ambas vestidas con trajes sastre de franela gris, con pelo cortado a la garçón aun muchos años de después de que ese peinado pasara de moda, llevando zapatos de taco plano, corbata y boina vasca que, ellas reclamaban, fueron las primeras en lanzar en los círculos elegantes que frecuentaban: sus paseos por el Bois, en la mañana, las mantuvieron siempre delgadas, y vivieron muchos años sin ningún contratiempo.

Y para terminar con otra nota alegre hay que decir que el ex ministro Arias, después de casar a su malograda primera hija con un Grande de España, tuvo el gusto de casar a su segunda hija, su queridísima Charo, con el pintor Archibaldo Arenas, que si bien no ostentaba título de nobleza, ostentaba el —para él altísimo— título de artista. Con el dinero que le correspondió por la desaparición de Blanca —y hay que decir que en todo esto la marquesa doña Casilda se comportó con extraordinaria generosidad, haciendo fáciles todos los trámites a través la intervención del distinguido notario don Mamerto Sosa— pudo comprar, como dote para su hija piso que Archibaldo habitaba en la Plaza de Chamberí, donde la pareja se instaló. La simpatía personal de Archibaldo, la rica gama de su paleta, su versatilidad, sus buenas relaciones con personas de encumbrada posición social, pronto hicieron de él uno de los retratistas preferidos en los círculos de la nobleza.

El ex ministro partió de regreso a Nicaragua una vez efectuada la boda, contento porque en esta época, para él de vacas flacas, había tenido la suerte de pode dotar a su segunda hija. ¿Cómo dotaría a las tres que le quedaban? En fin, eso se vería cuando llegara el momento.

Archibaldo y Charo tuvieron, como siempre fue el deseo de él, muchos hijos. El pintor a veces recordaba a la pobre Blanca, que fue tanto menos ardiente que su Charo. Pero con el paso de los años se fue borrando su imagen, y pese a que bautizaron Blanca a su primera hija en recuerdo de la desaparecida, ya después ni siquiera pensaba en ella cuando con Charo llevaban a su tropa de chiquillos a navegar en barquita, o a pasear por el Retiro, seguidos por Luna, su gran y fiel perro gris.

Madrid, octubre de 1979 a enero de 1980

Este libro es del autor José Donoso.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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