
La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria
«El deseo puede borrar incluso a quien creíste ser.»
Capítulo VI
La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria
Capítulo VI...
Eran cerca de las doce y media cuando Blanca Loria llegó a Puerta de Hierro y preguntó por miss Merrington, su profesora de tennis. Le dijeron que le había dejado un mensaje rogando que la disculpara porque se iba a retrasar unos veinte minutos esta mañana. ¡Cosas de inglesas, se dijo Blanca, jamás lograrán comprender que veinte minutos no son atraso! Se dirigió al prado, a esta hora casi desierto, ensayando imaginarios saques, encantada con la imagen de aun esta otra posibilidad de sí misma: sí, le sugeriría a Archibaldo que la retratara así, el arquetipo de la chica moderna y deportiva, toda de blanco, en contraste con el agua gris-limón del estanque del Retiro como fondo. No era mala idea. Su cuadro preferido era Las bañistas de Paul Chabas, y se veía retratada como una bañista vestida. Era, en realidad, una idea excelente…, tan excelente que sintió ansias de huir al instante para acudir donde el pintor. ¿Pero para qué huir, y de quién? Bastaba resolverse a partir, se dijo, porque lo que necesitaba ahora mismo era saber lo que su cuerpo, es decir ella misma, era capaz de sentir. Miss Merrington, el tennis, eran ineficaces sustitutos. La forma definitiva de gozar la dulce plenitud de su existencia era sólo en la penumbra del desconocido estudio de Archibaldo, casi sin moverse, casi adormecida durante horas y horas en sus brazos, mientras mutuamente se acariciaban con tan poca premura como si no llevaran ninguna intención más que la del deleite de ese momento y esa caricia. Sí, iría al instante. ¿Para qué esperar la hora de la cita si él, como ella, no podía hacer nada durante todo el día, más que prepararse para la hora del encuentro? Porque lo desesperaba estar separado de ella le había enviado a Luna: el perro no había huido, era su mensajero.
Desde el otro lado del prado, sentada a una mesita bajo un quitasol a rayas, la llamó a gritos Tere Castillo, como si no la viera desde hacía siglos. Blanca, sintiendo bambolear sus pechos bajo la ligera blusa, corrió a sentarse junto a ella y a una francesa tan extravagante —no sólo el pelo cortado à la garçón, sino el chevalier en el meñique poderoso, la voz gruesa, el traje sastre de casimir, la corbata, los zapatos casi sin tacones— que, si no viniera escoltada por Tere, siempre bienvenida en todos los sitios de Madrid, no la hubieran dejado poner ni un pie en Puerta de Hierro, pese a la hilera de títulos con que su amiga la presentó. Blanca, en cambio, fue presentada simplemente como la belle-fille de Casilde. Casi sin mirarla, y sin dirigirse a ella, la francesa continuó su perorata condenatoria de la conducta de cierta amiga común, perorata que terminaba con la palabra débauchée.
—¿Qué significa débauchée…? —preguntó Blanca, puesto que era una palabra que no existía en el léxico de las monjitas de Nicaragua ni de Madrid.
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La libertad de Blanca llegó acompañada de algo mucho más peligroso que el escándalo.
Entre fiestas decadentes, deseos ocultos e intrigas aristocráticas, cada paso la acerca a un destino cada vez más extraño e imposible de controlar.
En La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria, nada es tan inocente como parece.
Este contenido forma parte del Plan Inspiración.
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