
La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria
«El deseo puede borrar incluso a quien creíste ser.»
Capítulo VI
La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria
Capítulo VI…
Eran cerca de las doce y media cuando Blanca Loria llegó a Puerta de Hierro y preguntó por miss Merrington, su profesora de tennis. Le dijeron que le había dejado un mensaje rogando que la disculpara porque se iba a retrasar unos veinte minutos esta mañana. ¡Cosas de inglesas, se dijo Blanca, jamás lograrán comprender que veinte minutos no son atraso! Se dirigió al prado, a esta hora casi desierto, ensayando imaginarios saques, encantada con la imagen de aun esta otra posibilidad de sí misma: sí, le sugeriría a Archibaldo que la retratara así, el arquetipo de la chica moderna y deportiva, toda de blanco, en contraste con el agua gris-limón del estanque del Retiro como fondo. No era mala idea. Su cuadro preferido era Las bañistas de Paul Chabas, y se veía retratada como una bañista vestida. Era, en realidad, una idea excelente…, tan excelente que sintió ansias de huir al instante para acudir donde el pintor. ¿Pero para qué huir, y de quién? Bastaba resolverse a partir, se dijo, porque lo que necesitaba ahora mismo era saber lo que su cuerpo, es decir ella misma, era capaz de sentir. Miss Merrington, el tennis, eran ineficaces sustitutos. La forma definitiva de gozar la dulce plenitud de su existencia era sólo en la penumbra del desconocido estudio de Archibaldo, casi sin moverse, casi adormecida durante horas y horas en sus brazos, mientras mutuamente se acariciaban con tan poca premura como si no llevaran ninguna intención más que la del deleite de ese momento y esa caricia. Sí, iría al instante. ¿Para qué esperar la hora de la cita si él, como ella, no podía hacer nada durante todo el día, más que prepararse para la hora del encuentro? Porque lo desesperaba estar separado de ella le había enviado a Luna: el perro no había huido, era su mensajero.
Desde el otro lado del prado, sentada a una mesita bajo un quitasol a rayas, la llamó a gritos Tere Castillo, como si no la viera desde hacía siglos. Blanca, sintiendo bambolear sus pechos bajo la ligera blusa, corrió a sentarse junto a ella y a una francesa tan extravagante —no sólo el pelo cortado à la garçón, sino el chevalier en el meñique poderoso, la voz gruesa, el traje sastre de casimir, la corbata, los zapatos casi sin tacones— que, si no viniera escoltada por Tere, siempre bienvenida en todos los sitios de Madrid, no la hubieran dejado poner ni un pie en Puerta de Hierro, pese a la hilera de títulos con que su amiga la presentó. Blanca, en cambio, fue presentada simplemente como la belle-fille de Casilde. Casi sin mirarla, y sin dirigirse a ella, la francesa continuó su perorata condenatoria de la conducta de cierta amiga común, perorata que terminaba con la palabra débauchée.
—¿Qué significa débauchée…? —preguntó Blanca, puesto que era una palabra que no existía en el léxico de las monjitas de Nicaragua ni de Madrid.
La francesa frenó su catarata de palabras. Fijó a Blanca con el alfiler de su mirada. Dirigiéndose directamente a ella por primera vez, le respondió:
—C’est la maniere dont vous couriez tout à l’heure, ma petite.
La conversación siguió apasionadamente remansada alrededor del tema de la
belleza de Blanca: una verdadera maravilla, sobre todo ruborizada como ahora —eso
era tan primitivo— por los halagos de la extranjera. Claro, agregó ésta, que siendo
española no se le podía exigir el chic de una francesa, ya que hoy nadie que llevara el
pelo como ella podía aspirar a tan alto calificativo. Era de la mayor urgencia que se
cortara el pelo exactamente igual al suyo —y le mostró su repulsivo cuello rasurado
—, o a lo Clara Bow: locamente ébouriffée. Clara Bow, opinó Tere. A la garçón,
opinó la francesa. Y para demostrarlo, la dama tomó el pelo de Blanca, tirándoselo
para atrás, obligándola a contemplarse en el espejo de su polvera. Sí, le quedaba bien,
se dijo Blanca: como un precioso muchachito al que el perverso de Almanza podría
hacerle ciertas cosas que ella ahora conocía. La extraña francesa se quejaba de su
último amor:
—… un jeune poete, beau, subtil, intelligent, cruel…
Tere susurró al oído de Blanca que se trataba apenas de un crío, que era inexplicable que estuviera enamorado de esta mujer de más de cuarenta años. La francesa miró estupefacta a las otras:
Por suerte, en España no era tan necesaria esa diferencia, pensó Blanca, levantándose. Mientras menos décalage, como con Archibaldo, mejor; él le llevaba algunos años pero no faltaba simetría. Por eso le había enviado los ojos crepusculares de su perro, que ella no le devolvería jamás, quedándose para siempre con esa parte de Archibaldo que era el perro enamorado de ella, y hasta siempre esos ojos crepusculares alumbrarían su sueño. No. Nada de francesas à la garçon. Nada de tennis ni de miss Merrington. Miró su Patek Philippe. Exclamando que iba terriblemente atrasada a una cita, se despidió, corriendo hasta su coche no sin fingir un saque de vez en cuando para que desde debajo del quitasol donde quedaron sorbiendo jerez las dos mujeres se dieran el placer de mirarla encarnar esa palabra francesa que ella no conocía.
Mario puso en marcha el motor. No le preguntó a la señora marquesa adonde quería que la llevara, porque era natural que con esa indumentaria y a esa hora Blanca fuera sólo a una parte: Castelló casi esquina Lista, su casa. Pero ella se dirigía a Plaza de Chamberí, número ocho. Justo antes de llegar a la Cibeles, como Blanca sabía que el mecánico enfilaría hacia Velázquez, su recorrido preferido, abrió el cristal que la separaba del italiano y le mandó doblar hacia la izquierda por la Castellana. El cuello de Mario, rasurado como el de la francesa, sólo que más joven y más fuerte, se endureció con este cambio de su rutina. Hortensia estaba enamoradísima de él, pero Blanca, que guardaba siniestros recuerdos infantiles de la excesiva familiaridad con los criados, no estimulaba sus confidencias, aunque hacía ciertas concesiones para que el día de salida de ambos coincidiera. Al llegar a Colón, Blanca le mandó doblar a la izquierda por Génova. Esta vez Mario dio un respingo al obedecerla. En Alonso Martínez le mandó doblar por García Morato a la derecha: visiblemente disgustado, los tendones apretaban la nuca del mecánico. El silencio, habitual entre ambos, se hizo tenso por el solo hecho de que permanecía abierto el cristal que ahora no los separaba.
—Déjeme aquí —dijo Blanca al llegar a la plaza.
—¿A qué número va la señora marquesa?
—Déjeme en esta esquina.
—¿Va a bajar así…?
Como no tenía tiempo para enfadarse por esta admonición, Blanca lo despachó.
¿Y si Archibaldo no estuviera a esta hora en su estudio? Esperó a que el Isotta- Fraschini se perdiera por el Paseo del Cisne para comenzar su búsqueda del número ocho. Los transeúntes se volvían para mirarla: esa joven tan bella, tan asombrosamente atrevida, con la cabeza desnuda y una Dunlop en la mano: visión insólita en este barrio de falsas flappers, aún rígidas de ballenas pasadas de moda bajo sus vestidos falsamente atrevidos, invariable y paradójicamente yendo a confesarse o regresando de sus visitas de pobre. Pero advirtió que aun ellas la perdonaban porque era demasiado bella e insinuante, y se veía demasiado luminosamente feliz para que no fuera un placer mirarla. ¿Qué le importaba si por casualidad se encontraba con un conocido? Cuando mucho se lo comentarían a Casilda como una extravagancia de americana. ¿Y qué le importaba a ella lo que pensara Casilda? Ella iba a visitar a Archibaldo, de quien casi seguramente estaba enamorada. O de quien casi seguramente se enamoraría. Él, que era un gran artista, casi como Paul Chabas, iba a pintarle un retrato de no va más. ¿Esta casa era el número ocho? No estaba mal esta coquetona casa de pisos muy moderna, con gigantescos jarrones a medio relieve a ambos lados del portal y guirnaldas de estuco alrededor de las ventanas. ¡Ella, que creía que los pintores vivían en buhardillas fétidas a aceite frito, de ésas con jaulas de pájaro en todos los balcones y ropa colgada, allá detrás de la Plaza Mayor!
Fue tan cordial la bienvenida de Archibaldo que Blanca no dejó de sentir cierta desilusión ante la ausencia de un ataque sexual instantáneo: sí, que se hubiera lanzado sobre ella para poseerla allí mismo, sobre la alfombra roja de la tarima donde seguramente posaba la modelo. La sencilla cortesía del pintor fue tal, en cambio, que hasta llevaba cierto dejo de timidez que Blanca no estaba muy segura de si le gustaba o no. ¿O sería vergüenza por haber dejado escapar al perro? Se propuso no preguntarle nada sobre él: que se lo explicara todo como parte de su gran amor por ella.
Era la una y media, le dijo Blanca al entrar: venía sólo muy de pasada. Había aprovechado su mañana en Puerta de Hierro para que la viera en tenida blanca de tennis, por si le gustaba la idea de retratarla así. Risueño ante la ocurrencia, el pintor declaró entusiasmado que le parecía una innovación muy atrevida, seguramente daría mucho que hablar. Blanca se había acercado a la gran ventana abierta sobre las copas de los árboles de la Plaza de Chamberí, y se quedó mirándolos. Él, que permaneció unos pasos más atrás escuchando las mundanas manifestaciones de entusiasmo de Blanca por la vista desde el estudio, avanzó para compartir con ella lo que veía, casi tocando con su cuerpo la espalda de Blanca, apoyando su mano en el borde de la ventana de modo que, sin tocarla, la curva de su brazo contuviera a la marquesita.
—¿Realmente le gusta…?
—Me encanta —dijo ella dándose vuelta bruscamente hacia él, de modo que quedó casi prisionera.
Él no se movió. Sólo sonreía. Los ojos de ella, tan cerca de los suyos, vieron que los ojos del pintor no eran gris-limón, porque se los había enviado de regalo a ella con su perro. Vio, en cambio, sonriéndole, los ojos negros del primer día. Los sentía aún escocer en sus corvas cuando la miró huir escalinata arriba mientras el perro ladraba…, y esos dientes blanquísimos rodeados por su irresistible barba negra: ella se la tocó.
—¡Pica! —dijo.
Archibaldo le acarició el pelo.
—Tu pelo, en cambio, no…
—Su amiga Tere Castillo —mintió Blanca para azuzarlo— me prometió llevarme esta semana a una peluquería para cortármelo a lo Clara Bow…
Archibaldo, inclinándose apenas, le dio un beso muy liviano en los labios sin dejar de permanecer apoyado con su mano en la ventana. Luego alejó el rostro: volvió a sonreírle, trenzando su sonrisa con la de ella. El escalofrío de placer que sintió Blanca llegó mucho más hondo que si le hubiera metido la mano en el escote para acariciarle los senos. El estudio estaba inundado por la incomparable luz madrileña de las mañanas primaverales que todo lo transforma en porcelana. Chales de vivos colores colgaban de las paredes, había un mantón drapeado de un aparatoso marco. Vio cojines, bocetos, cuadros al revés adosados al muro por todos lados, en un aparente desorden, pero todo, en realidad, sintió Blanca, con una especie de estructura interna que correspondía a una sensibilidad, a una manera de ver la vida que a ella la excitaba. En la penumbra de un biombo decorado con lirios y golondrinas divisó una cama en el acogedor rincón adornado con una piel de leopardo y un frasco con plumas de pavo real.
—No —dijo él refiriéndose a algo dicho por ella, al parecer un siglo atrás, antes del beso, y cuya memoria éste había desvanecido.
—¡Qué estudio con tanto ambiente! —exclamó Blanca.
—Vi pasar a Tere Castillo esta mañana —dijo Archibaldo, ambos aún un poquito en encantadora tensión—. Miró hacia arriba y la vi con sus plumas desde este mismo sitio donde estamos ahora, pero me escondí temiendo que se le ocurriera subir a exigirme que la acompañara a pasear. Ya no salgo más con ella. La última vez me obligó a acompañarla a la Gran Vía. Iba vestida de rojo y amarillo, parecía una bandera y todo el mundo se cuadraba ante ella. Yo hacía esfuerzos por arriarla, pero nada, la gente se ponía a marchar como en un desfile…, porque claro, Tere es inarriable…
Blanca soltó una carcajada, tan independiente de otra cosa que no fuera pura diversión, que apenas alcanzó a apretar los muslos para no hacerse pis, una pequeña tragedia que le había sucedido cuando se rió tanto en el estreno de ¡Mecachis, qué guapo soy!, de Arniches. Como se dio cuenta de que la divertía, Archibaldo continuó:
—Lo peor fue cuando cruzamos la calle, porque los policías detuvieron el tráfico, y Tere, claro, feliz, saludaba a diestra y siniestra como si todo eso fuera lo más natural del mundo…
Blanca desfallecía de la risa y no tuvo más remedio que dejarse caer contra su brazo. La mano de Archibaldo, entonces, dejó el marco de la ventana y él rodeó su talle suavemente con ese brazo, y con la otra mano, mientras ella le acariciaba la barba, él buscó su nuca caliente bajo la melena. Blanca se prendió de su boca. Lo besó tan prolongada y dulcemente, allí donde estaban, entregada tan sin urgencia a esa caricia elemental, que era como leer sólo el título de un libro del cual se podía inferir algo de su contenido. Tenían toda la vida, volúmenes enteros, por delante: este beso pulsaba el primer resorte del placer que los haría —como lo aseguraban todos los novelistas— vibrar al unísono.
Cuando después de un siglo terminó el dulce beso que parecía haber encendido otra luz en el estudio, Archibaldo y Blanca se enlazaron por la cintura: le iba a mostrar sus cuadros. Un enorme grupo de manólas abigarradas campeaba sobre un caballete, llenando toda una parte del estudio de algazara y flores. Varios lienzos abocetados con pinturas transparentes de trementina y rasgos fuertes y simples esperaban el regreso de las modelos a su cita con el pintor. Una tarima con un sillón, para la modelo, suponía Blanca, y un tablero de dibujo en el asiento de una silla con otra silla al frente: Archibaldo cogió un carboncillo y mágicamente, en un segundo, trasladó el rostro de Blanca al papel, apoderándose así de su ser, como temían las indias cuando alguien les hacía una fotografía. El corazón de Blanca —¿por qué no? — latía furiosamente. ¿Cómo era posible? ¿Cómo era posible todo esto, el calor de esa mano en su cintura que ella quería allí para siempre, sin prisa y sin miedo? ¿Cómo era posible sentir sin pudor el aumento de su fragancia femenina conquistando sutilmente el ámbito del pintor e impregnándolo todo? Cuando ella celebraba con especial entusiasmo alguno de sus cuadros —cosa fácil porque eran todos muy bonitos—, la atraía hacia sí y la besaba. Se había desvanecido en ella esa primera desilusión de que él no se echara de inmediato sobre ella para devorarla como un lobo: este largo prolegómeno para lo indudable era en sí una forma de placer que más tarde haría fácil formularlo en otra tesitura.
Archibaldo, de pronto, dijo que tenía hambre. ¿Quizás comer algo, primero…, para no interrumpir, bueno, la sesión después? Sí, quizás, asintió ella. ¿Por qué, entonces, no bajaban a la tasca a comer algo ligero? Ella dijo que por ningún motivo con esa vestimenta. Que no fuera tonta, insistió él: su belleza y su juventud —¡por fin alguien tenía la sensibilidad para no incluir su título y su fortuna!—, con cualquier indumentaria, y muy especialmente como ahora iba vestida, causarían sensación dondequiera que entrara.
—¡Qué locuras me está haciendo hacer este hombre! —dijo ella.
Pero como tenía hambre, lo acompañó.
La entrada de la marquesita de Loria, sonriente y vestida entera de blanco y sin sombrero, a la tasca «El Bilbaíno», atestada de hombres vociferantes, obreros, empleados, señoritos, cualquier cosa, no importaba, ya que todos eran iguales porque eran todos jóvenes y estaban bebiendo y comiendo y riendo y discutiendo, fue una apoteosis. Abrieron camino a la pareja hasta la atestada barra, palmeteando a Archibaldo en la espalda, preguntándole de dónde había sacado ese ángel al que todos querían rezarle y en qué sainete iba a actuar, para comprar todas las entradas del teatro, encantados con ella, que les respondía que no vendía sino que regalaba entradas, divertidos y respetuosos porque Blanca era la pareja de Archibaldo, amigo o conocido de casi todos: les ofrecieron chato tras chato, que ellos bebieron, comiendo también algunas cosillas hasta que Blanca, viendo alrededor suyo tantas caras encantadas con su persona se sintió capaz de satisfacerlos a todos si sugerían cerrar el local ahora mismo y desnudarla. Archibaldo, más alto y vistoso que los demás con su gran sombrero negro, pronto comenzó a despedirse de sus amigos, que no lo dejaron pagar porque querían agasajar al ángel que el pintor se había robado del cielo. Abriéndose camino entre la multitud agolpada en torno a ellos, Blanca emprendió el camino para salir, lanzándoles besos con la punta de los dedos y aceptando uno que otro roce más que intencionado a su delicioso trasero: algo cantaban en honor a la pareja cuando salieron a la calle y subieron luego en el lento ascensor que se demoraba un siglo. Achispado por tantos chatos, él la agarró violentamente y la besó en la boca, y pese a que las rejas del artefacto no cubrían sus intimidades, metió su mano bajo la falda de Blanca buscando la conocida seda de sus caderas. Ella retiró su boca para excusarse:
—Hoy me tuve que poner, porque jugar tennis sin…
La frustración de ambos terminó cuando él, al cerrar tras de sí la puerta de la casa, la condujo al lecho.
—Desnúdate… —susurró, mientras él hacía otro tanto, dejando, como ella, todas sus prendas tiradas por la alfombra, plegando el biombo para abrir la cama a la luz dorada y verde y transparente que caía a través de los vidrios de la ventana, iluminando la mullida ondulación del cuerpo de Blanca tendida ya, con los ojos ligeramente cerrados y los párpados húmedos, que era lo que él quería regocijarse viendo.
—¡Qué guapa eres!
Blanca abrió los ojos para sonreírle desde la cama.
—Tú también.
Y era verdad: la delgada elegancia de sus músculos, su torso y sus piernas regidas por nervios que controlaban cada tendón:
—Tan fuerte y delgado…, como Paavo Nurmi… Entonces, en la cama, toda la piel de uno contra toda la piel del otro, se dieron el primer abrazo del mundo. Era todo elemental, sin estrategias, sólo la alegre espontaneidad del placer, la boca de él besando de mil maneras distintas la boca de ella, las piernas trenzadas frescas pese a la excitación, los brazos una imaginativa secuencia de nudos, las manos, los dedos buscando coxis y nucas aventurándose más allá, hasta el comienzo de las vegetaciones. Ella se quedaría, decidió, y no importaba quién dijera qué, no sólo esta noche, sino mañana, y quizás pasado, y pasado…, y pasado, hasta que se agotara el deleite quién sabe cuándo, si es que era posible agotarlo. Sus pechos habían cobrado una vida completamente nueva, como dos animalitos dispuestos no a devorar sino a apacentar o a beber las caricias que el compañero les prodigaba, toda ella abierta sin que él se adueñara aún. Así lo quería ella. Porque todos estos preliminares, estas exploraciones de sus axilas que sabía tan bellas, con los labios o con su sexo mismo, todo iba formando una suerte de trenza de caricias, un crescendo natural, una vuelta de la trenza determinaba otra vuelta del otro lado, y así el amor crecía y se alargaba y era algo infinitamente coherente. Ninguno sentía el peso del otro encima, ni ahogo abajo, ambos activos, hambrientos, entregados: cinturas, vientres, vellos confundidos en el pubis húmedo que en uno era el reflejo de la pequeña noche triangular del otro, hasta que después de lo que parecía horas y horas de caricias y búsquedas y encuentros ella se tendió boca arriba, y él, a quien vio inmenso y dispuesto sobre ella, la obedeció al instante cuando casi le gritó, porque era lo único que faltaba:
—Ahora, amor mío, ahora…
Y Archibaldo cayó sobre ese cuerpo dulce y lozano y suave que había estado oliendo y acariciando y saboreando, penetrándola hasta esa hondura que jamás se creía capaz de contener más que cuando la penetración reiteraba su conciencia de ella, mucho más allá del botoncito pero incluyéndolo, respondiendo a su lento ritmo vertical con uno circular que lo complementaba apoyándolo y agregándole otro significado al unirse a él, ambas bocas compartiendo el mismo aliento, ambos sudores el mismo sudor, las anatomías distintas transformadas por ese instante en un solo animal que buscaba dos placeres distintos que fueran uno solo, una bestia cariñosa pero frenética, ensamblada por el arco de los muslos de Blanca alrededor de las caderas de Archibaldo, muslos que lo apretaban, que lo urgían y le exigían el delirio hasta hacerlo sentir que estaba próximo a estallar en el momento en que ella lo quisiera después de un siglo de placer que se iba prolongando, la boca de él en esa cabellera que no le iba a permitir que se cortara porque él se lo pediría, su oreja sonrosada entera dentro de su boca con su lengua que la saboreaba, su lengua, sí, hurgando, sí, allí, sí, hasta que Blanca enloquecida murmuró:
—Ahora… Y él asintió: —Ahora…
Y al decirlo estalló, estremecido, repletándola, y ella, frenética, aunó su espasmo al suyo. Luego, un placer independiente y prolongado fue abriéndose y floreciendo en Blanca porque Archibaldo se mantuvo fuerte dentro de ella hasta que ella saboreara el último eco de ese largo placer que jamás se volvería a repetir igual. Por lo menos, eso fue lo que Blanca soñó: mientras dormitaba, él hundido a su lado en un sueño que quizás no duraría más que un minuto si alguna vez fue sueño total…, intentaba hacer el amor con él otra vez pero se fundía como Paquito, moría como don Mamerto, levantaba la ceja izquierda como Almanza…, pero no: tenía la mejilla de Archibaldo dormida junto a su mejilla.
¿Dormido? ¿Como ella? Acariciándolo —¿sólo se hacía el dormido y se dejaba hacer?—, lo devoró con sus besos, él inerte, fingiendo dormir, deliciosamente pasivo pese a estar de nuevo tan fuerte que ella lo montó a horcajadas, contemplando cómo se iba pronunciando, poco a poco, la sonrisa de sus labios entre su barba, a medida que, poco a poco, ella se iba hundiendo sobre él. Percibió que, llegando al fondo, y paralelo al escalofrío suyo, un escalofrío lo animaba sin que siquiera se moviera al haber reconocido toda la profundidad de Blanca, que quería ver otra vez ese escalofrío. Se levantó de nuevo, dejando a Archibaldo libre, repitiendo el maravilloso proceso de la gradual devoración desde el principio, y de nuevo, y de nuevo, para enloquecerlo, para despertarlo…, hasta percibir que Archibaldo apenas podía soportarla clavada allí, rotando, pero él sin moverse, como ella justamente quería que no se moviera aunque él con los ojos apenas entreabiertos gozara con el espectáculo de sus pequeños pechos bamboleándose, el baile de esas puntas que quería morder, el maravilloso pliegue de la cadera de Blanca uniéndose a su cadera para transformarse en el maravilloso animal bicéfalo y bisexuado del placer compartido… Ella, al acercarse al éxtasis, inclinó su cuerpo de modo que las puntas de sus pechos rozaran las puntas de los pechos de él, electrizándolo, los cuatro pezones activos y sensibles enloquecidos de sensación al acelerar ella su ritmo sobre ese hombre que fingía la muerte a causa del placer que ella le proporcionaba, el cuarteto de pezones sensibilizados que por fin él ya no pudo resistir, y abrazándola, la apretó a él, y ella se apretó y lo apretó a él en un orgasmo frenético que a ambos dejó tumbados.
El despertar, esta vez, fue lento, tal vez porque el sueño fue más prolongado. Despertaron ya en medio de caricias que al parecer habían estado prodigándose en sueños…, y exploraron sus lunares y se contaron las historias de sus pequeñas cicatrices, riendo de pilosidades que aparecían en sitios en que no debían estar, bautizando con nombres de islas ciertas manchas rojas de la piel resultantes de efusiones que tal vez habían causado un poquito de dolor, pero un dolor que había ayudado a llegar al placer y se había sumado a él, no, no, sí, si no dolió, no seas tonta, pero mira las marcas de mis dientes aquí… cómo no te van a haber dolido…, ¿sí, mi amor, te dolieron, no te importa? ¿Y este lunar áspero no será cáncer?, aunque quizás sea raro tener cáncer a la cintura. Y la maravilla de los cuatro pezones que agregaban fuego al fuego de abajo: fueron minuciosamente examinados, reconocidos, gustados. Hasta que Blanca dijo al ver que el crepúsculo invadía el cuarto:
—Creo que hace un poquito de frío…
Archibaldo saltó de la cama y encendió la estufa de kerosene, que colocó cerca, pero no demasiado, de la cama. Se empezaron a contar cosas, ella hablaba de Nicaragua. ¿Por qué de Nicaragua, pensó al avanzar en su relato, que no le gustaba nada, siendo tan feliz aquí en Madrid? Las pesadas de sus hermanas envidiosas, sobre todo Charo, que la seguía muy de cerca en edad y se le parecía, aunque era bastante más morena, y las oscuras hembras de la infancia y la luna en el Caribe. Pero Archibaldo no reaccionó como esperaba que lo hiciera, lamentándose de que se hubiera escapado, al oír la palabra luna. ¿Por qué lo callaba? ¿Qué secreto le escondía? Ella no se lo iba a preguntar. Si la amaba de verdad, entonces él, sin que ella se lo preguntara, tenía que explicarle la inexplicable —para todos menos para ella y seguramente para él— ausencia de Luna. ¿Y él? Tanto que contar: le parecía a ella un hombre lleno de misterio, de talento, de sabiduría. Oírlo hablar de su maestro Anglada Camarasa, que era el genio más grande que jamás había producido la pintura española y a quien le debía su profesión y su técnica. Una tarde Anglada, cuando él no era más que un chiquillo, lo mandó con un mensaje a casa de una beldad cubana un tanto madura, pero famosísima aún por sus espléndidos senos y su exuberante personalidad. Al ver entrar en su salón al joven emisario creyó que era el maestro, tratándolo de genio, de poeta del color, de dueño del arco iris, abrazándolo, tocándolo, apilando sobre él los cumplidos de tal manera que el joven Archibaldo no lograba meter palabra en el torrente de halagos para hacer que la opulenta dama comprendiera su equivocación. Era tal su frenético entusiasmo por el falso Anglada Camarasa, que en un momento de sofoco llegó a decirle, sacando de su escote un bellísimo pecho y poniéndoselo en la mano al muchacho:
—Mire, tome, pa usté, lo mejó que tengo, tengo mucho gusto en regálaselo…
Y le metió su enorme teta en el bolsillo al joven Archibaldo.
—¿Cómo?
—Sí, en el bolsillo de aquí, el del pecho.
Al mirarse lanzaron al mismo tiempo una carcajada, ella ahogándose con una risa tan loca que no podía detener, había perdido control de su cuerpo y sintió extenderse bajo su trasero desnudo un charco caliente que parecía incontrolable a medida que sus carcajadas, al pensar en la gran teta en el pequeño bolsillo, aumentaban. Se puso colorada pese a la risa. Y se abrazó a él para no sentir la humedad vergonzosa, para que él no viera su rubor. Él, agotado con la risa de ambos, palpó la humedad con su mano.
—No —dijo Blanca—. Cochino…
—¿Por qué cochino…?
—No sé, son cochinadas, cosas que hacen los pobres…
Y él, abandonando los brazos de Blanca puso su rostro barbudo contra la mancha caliente causada por su descontrol y la besó tierna, ligeramente. Ella lo arrastró sobre sí. Los juegos del amor recomenzaron hasta que se oscureció la gran ventana y ambos se adormecieron con la luz de las farolas de la calle iluminando las copas de los árboles, y con la luz de la estufa de kerosene llenando de secreteo la habitación, y ella encendió un perfumado «Miss Blanche». Más tarde Archibaldo le pidió que posara desnuda para él: lo hizo gustosa, rogándole, eso sí, que no dibujara su rostro para que nadie la pudiera identificar. Pero sintió tal orgullo, tal placer de verse en esos lindos bocetos para los que posaba y volvía a posar sin ningún cansancio, que durante una de esas poses que se prolongó bastante, con un brazo detrás de la nuca y una rodilla flexionada —como La fuente de Ingres, dijo él, que era muy culto—, no pudo refrenar un orgasmo, solitario pero causado por la mirada con que Archibaldo examinaba sus partes pudendas, orgasmo en que no quiso hacer participar a su amado: prefirió guardarlo secreto.
¿Por qué no, si él no compartía con ella el secreto de la razón de la ausencia del perro?
Luego, sobre todo porque sentía un poco de frío, volvió a vestir su tenida de tennis, y con la raqueta en la mano y ese brazo en alto exhibiendo la notable belleza de su axila, mientras Archibaldo le contaba cosas de Anglada Camarasa, de Moreno Carbonero, de Pons Arnau y de otros pintores cuyos nombres nada significaban para ella, pero que le gustaba oír, dejaba que el pintor dibujara innumerables bocetos para su retrato…, pero ninguno le gustó de veras a Blanca. Estaba debatiendo consigo misma si debía decírselo o no cuando sonó la campanilla.
—¿Quién será? —preguntó Blanca sobresaltada.
—No importa. Soy un profesional. ¿No ves? Estoy pintando el retrato de la marquesa de Loria en tenida deportiva, que será exhibido con gran éxito.
Era Tere Castillo, sin la francesa. Se extrañó más que lo que dijo encontrarse con Blanca en pose de tennis sobre la tarima de la modelo. Sus ojos escrutadores buscaban huellas que, por fortuna, ella y Archibaldo habían borrado de la cama y lugares de limpieza. Abrazó y besuqueó a Blanca, como era su aparatosa costumbre cada vez que la encontraba.
—¡Amor, no tenía idea…! Tú con tus secretitos. Cuidado, que puede ser peligroso —se acercó para admirar los bocetos de la tenista—. ¡Pero esto es una monada, vamos! ¡Qué original, qué moderno, un retrato importante en tenida de tenista! ¡Una auténtica monada, vamos! ¿Por qué no me hace uno igual a mí, Archie, aunque yo no sé jugar al tennis, ni me parezca en nada, claro, a Lily Álvarez? Claro que con mi tipo sería la auténtica Estatua de la Libertad, así, con el brazo en alto. ¡Qué pitorreo! ¿Ya comenzó el retrato de Paquito que le encargó don Mamerto? ¿Dónde están las alas?
—Justamente, la marquesa pasó por aquí para ver si me las habían traído y discutir el retrato, y yo decidí hacerle su retrato en tenida deportiva.
—¿A ver? ¿Éstos son los bocetos? No han adelantado mucho…
¿Y si reconociera su cuerpo desnudo?, pensó Blanca aterrada. Imposible. Su cuerpo era el de una muchacha joven cualquiera, cualquier modelo rellenita y tierna… No. ¿Pero a qué había venido Tere? ¿A fisgonear…? ¿Qué derecho tenía sobre el tiempo y el trabajo de Archibaldo? ¿Tenía un lío con él? Tan artificial en ella ese usted… ¿Tenía líos con todas las mujeres, señoras conocidas que le posaban, y era por eso, y por ser tan guapo y encantador, que su nombre comenzaba a ponerse de moda entre mujeres como Tere Castillo? ¿Cómo sabía Tere lo de las alas de Paquito, si el retrato fue encargado el día anterior? A ella, Archibaldo ni le había mencionado el retrato de Paquito. ¡Tantas cosas en esta habitación que ella desconocía, que Archibaldo le ocultaba —era difícil perdonarle, pensó con rabia, que pese a haber pasado con él todo el día, tozudamente se negara a mencionar la desaparición de Luna—, y que ella se negaba a desenredar! Muy bien. Si Tere tenía un lío con Archibaldo, ella tenía un lío con Almanza. Había decidido no acudir a su cita con él mañana en la noche, pero toda decisión se puede revocar. ¡Archie, qué monería, vamos! ¡No faltaba más! Si el contacto con su divina carne lo mataba, muy bien: que pagara las consecuencias. Miró su Patek Philippe. ¡Uy!, exclamó tomando su Dunlop. Era muy tarde. Tenía que partir inmediatamente. Ya avisaría cuándo podía venir de nuevo…
—¿Cómo…, se va usted? —exclamó Archibaldo.
—Sí, prefiero dar por terminada la sesión, estoy cansada —repuso, pensando en Luna, en sus quietos ojos líquidos esperándola en su dormitorio. Él, por lo menos, era constante: lo cómodo con Almanza era que mañana ni se trataría de serlo. Pero tampoco iba a dejar a Tere aquí. Le dijo que, como era su día libre, Mario no estaría esperándola y en esa facha, a esta hora, era preferible no exhibirse así por las calles. ¿Podía ella acercarla a su casa…?
Las despedidas fueron breves, por no decir cortantes, lo que hizo alzar una sospechosa ceja a Tere. Subieron en el coupé que ella misma conducía —todavía recuerdan con afectuosa nostalgia ciertos anales madrileños que Tere Castillo fue una de las primeras mujeres de la sociedad que condujeron su propio coche como un hombre— y se dirigieron al palacete de Loria, que al fin y al cabo quedaba sólo a pocas manzanas, al otro lado de la Castellana.
Blanca no escuchaba lo que Tere le iba diciendo. No quería oír. Que dijera lo que quisiera contra Archibaldo, aunque cada acusación iba precedida de un «pero claro que es una monada de chico…» ¿Y para qué le estaba hablando tan bien de su primo Almanza? No quería saber nada de nadie. La semana próxima, después de dejar arreglados sus asuntos con los Mamertos, comenzaría a organizar un viaje a Nicaragua, donde desaparecería por largo tiempo. A las antipáticas de sus hermanas no les llevaría de regalo más que sus vestidos usados. Si este pintorcito quería jugar al donjuán, que se buscara otra. Tere iba dando una lista de mujeres archifrívolas, como ella, que consideraban que el pintor era un auténtico sol. Mañana mismo iría a «Chez Alphonse» y se cortaría el pelo a la garçón: moría por oír los comentarios de la monada de chico sobre esta innovación. Y se bajó en la puerta de su casa sin siquiera despedirse de Tere.
Le abrieron la puerta visiblemente preocupados. Al verla entrar, Hortensia, llorosa, corrió escaleras abajo. ¡Qué se había hecho todo el día vestida con ese traje que era para el sport! ¡Por suerte andaba con la señorita Tere, que era una santa! Blanca subía la escalera de su casa con la lenta indiferencia de quien sube la escalera de Palacio arrastrando una cola. Podía siquiera haber dejado las llaves de su dormitorio para arreglarlo, la recriminaba Hortensia… En fin, lo haría ahora en un santiamén…
—Nada de eso —la detuvo la señora marquesa con una mano en el pomo de la cerradura—. No voy a cenar nada esta noche. Tú, ándate a dormir. O más bien, tienes la noche libre…, sal, sal con Mario. Yo te llamaré mañana por la mañana para pedirte el desayuno. Buenas noches.
Y cerró la puerta en las narices de su doncella. Las dos lunas la miraban desde la oscuridad, desde su nido de raso al pie de la cama. Eran dos nítidas redomas gris-oro, gris-crepúsculo, a esa hora en que, en el Retiro, no se sabe si las personas son árboles secos o figuraciones de la fantasía. Tenían algo de sacramentales esas dos redondelas fijas que le devolvieron la serenidad que hacía media hora creía haber perdido para siempre. Hubiera querido permanecer por el resto de sus días en esa oscuridad, observada por esas dos lunas distintas que constituían una sola mirada. Pero para poder avanzar debía encender.
Cuando lo hizo lanzó un grito. Todo estaba destrozado, la ropa de cama hecha jirones, las butacas destripadas, las mesas con espejos y cristales derrumbadas, su bata de brocato hecha tirillas, sus chinelas mordisqueadas, chupadas, desfiguradas, era una inmundicia, un mundo cochambroso que nada tenía que ver con ella…, este olor de orina y excrementos. El plato en que le había servido carne, éste sí, lo vio limpio junto a la cama. Lentamente, sin dejar de mirarla como si quisiera someter a la pobre Blanca a su hipnosis, Luna, gris entero, todo de franela, todo tendón y músculo y movimiento preciso, bajó de la cama, y sin dejar de mirarla ni un segundo se acercó al plato vacío. Con las lunas transparentes de sus ojos quietos sobre Blanca comenzó a lamer el plato ya limpio, vorazmente, y ella, vencida, dejó caer la raqueta de tennis sobre la alfombra arruinada. No bajaría a buscarle comida. ¿Por qué, si se había portado tan mal? Tenía derecho a enfadarse y tomar represalias. Aunque el perro muriera de hambre y ella también.
Cerró con llave la puerta desde dentro. Vio que los poderosos, como ella por ejemplo, tienen, finalmente, que rendir cuentas. ¿Pero rendir cuentas de esto? Tenía que explicárselo a sí misma para después explicárselo al servicio…, aunque era muy raro que Hortensia, que se metía en todo, no hubiera comentado haber oído ruidos en su habitación. Aunque era más que eso. ¿Qué se había propuesto encerrar, encerrando a un perro loco en su cuarto, solo durante todo un día? ¿Qué le hubiera costado dejarlo a cargo de su jardinero, por ejemplo, en su jardin? ¿Quién le impedía ser dueña de un gran cachorro gris de la raza Weimaraner —según le había explicado Archibaldo la primera vez que pasearon juntos por el Retiro—, un perro elegante, caro, joven, simpático? Esas lunas vacías la miraban mientras la gran lengua, cuyas papilas sus satinados brazos tan bien conocían, lamía el plato vacío… Las mestizas de su niñez, en las noches de miedo, le señalaban las dos lunas idénticas en el horizonte para calmarla. ¿Pero por qué había producido esta hecatombe doméstica Luna, su Luna, su perro querido a quien, ahora se daba cuenta, había echado de menos durante todo el día, sobre todo a sus ojos suspendidos en el horizonte mismo de su imaginación? Sí, tienes hambre, perro más inteligente que los hombres, y más sensible. Me quieres convencer de que baje a buscarte carne. Pero antes tienes que justificar tu destrozo, tu suciedad, tu odio, tu violencia. Era necesario darle a entender que ahora no tenía carne para él. Se acercó al perro que lamía el plato y antes de acariciarlo abrió sus manos con un gesto de impotencia. Alzó los hombros explicando que carecía de alimento: no tenía carne.
El perro entonces, gruñendo muy bajo, se abalanzó sobre ella, y tumbándola en los harapos inmundos en que había convertido su cama comenzó a quitarle a mordiscos su tenida de tennis que tanta admiración le cosechó durante el día, a rasgársela baboseándosela. La mantenía clavada de espaldas sobre la cama con el peso de sus poderosas patas, en un vértigo de terror que le impedía recuperar el aliento para defenderse: sólo dejarse desnudar por aquellos colmillos sanguinarios, y quemar por ese belfo ardiente, y ahogar por ese hocico hediondo que resoplaba. No podía gritar. Yacía casi inconsciente bajo la bestia que le fue arrancando no sólo el vestido blanco y el jersey, sino la blusa, la falda, las bragas, el corpiño, hasta dejarla desnuda y gimiendo. Durante un segundo creyó —no temió, porque veía esas dos gotas de luna transparente mirándola— que el perro iba a violarla: hubiera sido por lo menos una forma de tranquilidad, comprender un motivo, tener acceso a una explicación, compartir un instinto…, pero no era eso. ¿Qué era…? Y al darse cuenta de que jamás lo sabría, como quien se asoma a un precipicio que no tiene fondo, sintió que la sacudía un feroz escalofrío que culminó en un orgasmo de pavor bajo ese cuerpo al que no podía satisfacer con su sexo capaz de saciar, hasta de matar, a cualquiera. Entonces, cuando Luna comprendió que Blanca se lo había dado todo, pareció aplacarse. Los que son verdaderamente dueños de una situación no tienen para qué ser crueles ni despóticos: bastaba tener esos ojos pálidos, quietos. Y mientras Blanca caía vertiginosamente dentro de su pesadilla, Luna fue apilando los harapos de la tenida blanca de tennis perteneciente a la marquesita de Loria, haciendo una especie de nido con ellos en el suelo, sobre el cual se enrolló para dormir.
Blanca estaba terminando de quedarse dormida: Luna, con sus ojos gris-limón tan incomprensiblemente carentes de intensidad, tan vacíos, reluciendo de otra manera que el cristal y que la araña de lágrimas y la plata de los objetos y los bronces de los muebles del dormitorio nupcial reconstituido después de la muerte de Paquito como para otra boda, se quedó mirándola fijo toda la noche, con la intención de incluirla para siempre en la órbita de sus pálidos satélites gemelos.
Este libro es del autor José Donoso.
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