La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria | Capítulo 5

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La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria

«El deseo puede borrar incluso a quien creíste ser.»

Capítulo V

La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria

Capítulo V…

¿De modo que esto era…?

Se hacía tarde y no lograba dormir. Revolviéndose entre las sábanas de su lecho bajo el nuevo baldacchino, su vigilia era mantenida como por los aullidos de una manada de bestias que ninguna relación tenían, por cierto, con el conde de Almanza, que de todo tenía menos de bestia. Este le había implorado con sus más azucaradas palabras que se quedara a pasar la noche con él. Pero Blanca se negó a hacerlo, advirtiéndole que ni ahora ni nunca estaría dispuesta a violar las convenciones, ya que en el hecho de acatarlas veía el lujo definitivo: su servicio, para comenzar, se extrañaría muchísimo si llegaba aunque fuera un poco tarde, sobre todo habiéndola visto partir vestida tan sencillamente después del almuerzo rumbo al despacho del notario. No necesitaba recordarle a un caballero como él que hasta estos detalles era necesario cuidar en esta gran villa que vivía del cotilleo como si todos sus habitantes fueran porteras. Él, contradiciéndose con el propósito de convencerla —Blanca jamás olvidaría que en un arrebato de cólera la llamó cursi, acusación que una americana jamás olvida—, la exhortaba a la audacia, asegurándole que su posición en Madrid era tan segura que podía hacer lo que se le antojara y la gente siempre la respetaría porque la fortuna de los Loria, bueno, la fortuna suya era… vamos, eso: respetable…

Serían las once de la noche cuando el adormilado portero de su casa le abrió la puerta para dejarla entrar, muy de prisa con el propósito de disimular los harapos en que había quedado convertido su precioso vestido. Pero no pudo dormir. ¿Eran las doce…, las doce y media…? ¿Tomar veronal, como Casilda? Hacía una eternidad que se daba vueltas entre las sábanas. Pese a la aspereza de los aullidos en la calle, sentía como si las diestras caricias del conde de Almanza hubieran afinado su cuerpo como un instrumento exquisitamente sensible, transformándolo a la vez en un lujoso objeto de la más mullida seda: jamás fue tan bello, ni tan pleno, ni tan joven, ni tan ligero. Varias veces durante su inexplicable insomnio se había levantado del lecho de raso color fresa para contemplarse desnuda en el espejo que, después de la muerte de Paquito, colgaba en ese dormitorio nupcial al cual había vuelto de viuda. Se divertía unos instantes —en esos momentos los ladridos parecían sólo ecos lejanísimos— ensayando frente al espejo, pero sola, o más bien con su propia sombra, alguna de las poses del amor que el conde de Almanza, con su inextinguible sabiduría en estas artes, le acababa de enseñar, y que ella se proponía poner en práctica mañana. Porque, a pesar del placer, todo había sido un ensayo. Igual que con Paquito. Igual que con don Mamerto…

¿Era el perro del vecino el que ladraba y no la dejaba dormir? Siempre lo oía vagamente, desde lejos. No obstante, esta noche lo sentía multiplicado y demasiado cerca. Pero en fin, ahora que había «vivido» tenía mucho en que pensar, mucho que recordar: en el limbo de su mente ya no flotaban las ineficaces ánimas de sus dos víctimas anteriores. Pensó fugazmente que Almanza, tras venir a dejarla a su casa anoche en su modesto pero flamante Ford —que seguramente ella financiaba—, ebrio de amor, quizás se hubiera estrellado contra un árbol en su regreso a Ruiz de Alarcón, muriendo al instante y ojalá con muy poca sangre, todo a causa de su contacto con ella. Pero no: Almanza no moriría, porque no había sentido ninguna emoción por ella, ni ella por él. Placer, sí: todo el placer imaginable, todo el que jamás se hubiera atrevido a imaginar. Pero sentirlo como persona, como ser humano incorporado a ese placer y disfrutándolo con ella, como la tentativa de hacer una y reconocer como válidas dos fantasías personales distintas y trenzarlas en un emocionado dar y recibir de personas insustituibles, no, eso no. Por eso Almanza, que no era vulnerable, no moriría. Tendida desnuda en los cojines del diván, después, ella había lloriqueado un poco por esto, pero como prefirió no explicar sus lágrimas a quien no las podría entender, le dijo que lloraba porque se encontraba tan sola, sin padres ni parientes, extranjera pese al título y la fortuna; que él no la respetaba, en suma, porque ella no tenía a nadie que la defendiera. A lo que Almanza observó:

—Francamente, mi querida Blanca, me parece que soy yo, en esta batalla, no tú, quien necesitaría defensa.

Ella se secó las lágrimas. Repuso:

—Pues…, sí.

Y fue Blanca quien violó al conde en ese mismo instante, sobre la alfombra de Bojara junto al diván. Ahora, escuchando los inquietantes rumores de la calle que no la dejaban dormir, pensó con envidia que el conde de Almanza, ahíto y después de echarse al cuerpo un buen trago de coñac, estaría durmiendo a pierna suelta y tal vez roncando, con sus bigoteras puestas.

Blanca se dio otra vuelta en la cama. Se cubrió la cabeza con la sábana. Recordaba que cuando muy, muy pequeña, siempre le estaban prometiendo llevarla a conocer el mar como recompensa si se portaba bien, sobre todo las mestizas que jamás habían visto el mar y que además carecían de poder para otorgarle ese premio: lo inmenso que era, decían, el horizonte tan vasto, tan azul, las olas interminables en que la vista se perdía. Cuando por fin, tras tanto esperar, la llevaron a hacer ese viaje, al divisar el mar por primera vez desde lo alto de una colina le comentó a su asombrada familia:

—¡No es tan grande como me habían dicho!

Algo que existía sólo en la palabra de los que no lo conocían, que no era más que la formulación de una leyenda, de una fantasía, faltó para Blanca en ésa, su primera visión del océano: un algo que era algo más que el algo que sin duda era. Anoche, con Almanza, fue como gozar hundiéndose en las cálidas ondas del Caribe, como nadar sin riesgo en esa purísima aguamarina, como sentir toda la sal y el sol de la infancia diseñando la forma de su cuerpo, dejarse llevar, mecer, arrullar…, todo muy esencial, muy maravilloso. Pero le faltó lo mismo que echó de menos en esa primera visión del mar cuando era una niña tan pequeña que se le permitía sentir y decir verdades: no fue, decididamente, la devastadora aventura proyectada por la magnífica ambigüedad de la palabra, sobre todo refractada en la imaginación de los que, de uno o de otro modo, estaban incapacitados para tomar parte en ella.

Pensaba, eso sí, volver a utilizar a Almanza. Anoche él le propuso huir juntos, incluso, si ella lo exigía, a Nicaragua, donde fácilmente se podrían hacer proclamar lo equivalente a reyes. Le confió estar harto de Casilda, de su frialdad y su avaricia, de su inaguantable narcisismo que doblegaba a todos: la repetición del pecado lo sacralizaba, convirtiéndolo en lo más aburrido del mundo. Blanca se dio el gusto de reírse en sus narices de su proposición de matrimonio —que eso era—, objetando que esa propuesta era una alianza que a ella en nada la beneficiaría, no una unión de amor como con Paquito, aunque tuvo buen cuidado de no confiarle las omisiones de que ésta adoleció. Mientras escuchaba los ladridos del perro que le impedían dormir se dio cuenta de que lo que la había hecho rechazar a Almanza era, en esencia, que no podía matarlo: no era vulnerable. Dejaba algo —sabiamente, sin duda, y quizás mucho, adivinó— fuera del lecho del amor, de modo que en ningún momento se proponía como víctima de sus brazos divinos e infernales, como don Mamerto, por ejemplo, a quien la edad había tornado tan vulnerable que lo pudo eliminar, como quien dijera, con un soplido, o como el pobre Paquito, que se había entregado a ella de manera completa dentro de su lamentable limitación. La impecable performance del conde de Almanza había sido pura destreza, pura técnica, pura mecánica, algo que existía antes que ella, con quien nada tenía que ver. El ritmo, la audacia, el crescendo calculado en todos sus bemoles, las caricias, la búsqueda, el deslumbrante descubrimiento de los lugares más sensibles de la anatomía, el aventurarse primero por aquí, luego por allá, todo lo calculadamente heterodoxo: sí, fue como una clase magistral. No más que eso.

¿Pero qué más quería, si eso fue a buscar en la calle Ruiz de Alarcón?

Si el perro del vecino no ladrara tanto, tal vez lograría encontrar una respuesta que dejara satisfechos, por lo menos por esta noche, a sus pobres nervios. Las sábanas hervían, envolviéndola no con el ardor de los poderosos músculos del conde sino con la maldición de una fiebre. El paliativo, como siempre, se encontraba en ella misma: con la luz apagada, la sábana cubriéndola, acarició su cuerpo tan amado hasta llegar a la «perla hundida del ombligo», como le citó el conde sin lograr más que hacerla reír con un verso que leído resultaba emocionante. Hurgó allí, y más abajo, en la ternura de su vellón casi no animal, buscando su centro obediente que jamás le había fallado. Sin tocarlo, primero, simplemente rotando las caderas, uniendo y frotando con cierta fuerza sus muslos desde el vértice mismo, dejando que el hilo de la sábana acariciara apenas las puntas de sus pezones, estaba sintiendo algo que, por mucho que su imaginación evocara primero a Almanza como el más diestro, luego a Paquito como el más amado, luego al pobre don Mamerto, no podría nunca sentir…, a no ser que lo sintiera mañana con Archibaldo. Pero, sobre todo, no podía proponérselo como proyecto: Archibaldo la esperaba, amante, bello, divertido. Iba a llevarla más allá del simple placer con el fin de que éste fuera completo. Evocando la figura del pintor junto al agua gris-limón del crepúsculo reflejada en sus ojos, Blanca, casi sin moverse, sin tocarse, llegó como nunca antes justo al borde, y estaba a punto de zambullirse en el agua de esos ojos cuando los insoportables ladridos se alzaron como una llamarada justo al pie de su ventana, insistentes, dementes, exigentes. Rabiosa, Blanca saltó de su cama y abrió la ventana. Abajo, en la calle oscura, reconoció entre las rejas de su palacete una forma animal más oscura que la noche, que caracoleaba y gemía. Dos ojos color gris-limón brillaban mirándola por entre los barrotes.

—Luna… —exclamó muy bajo y se escondió tras el postigo.

Se quedó observando la inexplicable presencia del perro.

—Márchate —le mandó con un blando susurro, sabiendo que el perro ni la oiría ni la obedecería.

Pero Luna, al saberla —¿al olerla?— espiándolo desde detrás de la celosía, redobló sus ladridos. Ahora veía la silueta de su cuerpo alzada, apoyando sus patas delanteras en la reja, ladrándole directamente a ella como si quisiera convencerla de algo. Blanca temió que en esa solitaria calle acudiera un sereno a espantar a Luna o, peor, a llevárselo. Tenía que hacer algo. No iba a dejar a ese pobre perro loco gimiendo toda la noche en la reja de su casa.

Cerró con sigilo la celosía —era necesario que el perro no creyera que se desinteresaba— y abrió su armario, de donde sacó un salto de cama de brocato rosa para cubrir su camisón demasiado leve. Encendiendo pocas luces, con cuidado para no despertar a nadie, ni a su doncella que dormía pocos cuartos más allá, descendió a la planta baja y se dirigió a la puerta de la calle. Descorrió los cerrojos. Luego bajó las gradas, cruzó el breve antejardín, abrió la cancela y salió a la acera. O más bien quiso hacerlo: no tuvo ocasión, sin embargo, porque en cuanto abrió, Luna, que la esperaba callado afuera, se abalanzó sobre ella saltando y besándola sin gemir, como
si no quisiera delatar su presencia junto a Blanca en el centro de un secreto que a ambos envolvía. Hizo entrar al perro y cerró la reja. Avanzaron por el sendero de gravilla rodeado de altos rosales, ella hablándole, calmándolo, acariciándole el lomo. Tenemos que entrar muy calladitos, le iba diciendo, que nadie sepa que tú y yo estamos juntos, no despertemos a nadie, les puede extrañar que nos conozcamos. Palpó el suave abrigo de franela gris de Luna y subieron juntos las gradas hasta la entrada, cerró la puerta y subieron entonces la escalera de mármol vigilados sólo por las miradas, ahora ciegas, de las garzas de los vitrales.

Al llegar a su dormitorio, preguntándole a Luna por qué había ido a buscarla o a visitarla, por qué huyó de la casa de su amo, por qué la eligió entre tantas, Blanca iba encendiendo todas las luces de su habitación, de modo que la plata y el cristal de su tocador resplandecieran, y los espejos, y los bronces de los muebles, y el raso, y las lágrimas de la araña. Luna se sentó: sus ojos inteligentísimos no dejaban de admirarlo todo y luego mirarla a ella como aprobando tanta opulencia.

—¿Te gustaría comer algo? —le preguntó Blanca como a cualquier invitado—. ¿O beber…?

Luna se quedó mirándola, aceptando el ofrecimiento. Blanca le rogó que se quedara tranquilito mientras ella buscaba algo que traerle. ¿Qué comen los perros? Carne, supuso, y bajó a la cocina a buscarla. Allí encontró trozos sanguinolentos que, pese a su asco inicial, al apilarlos en un plato le fueron pareciendo apetitosos. Se lavó los dedos. Recogió los pliegues de su bata rosada. Con el plato de carne cruda en la mano volvió a subir la escalera de mármol y entró en su dormitorio, que cerró con doble llave. Buscó a Luna entre tanto resplandor de plata y cristal: lo encontró enrollado sobre sí mismo sobre un extremo de su cama, en un nido de raso, contemplando su entrada con sus ojos asombrosos. No saltó de la cama hasta que ella lo llamó:

—Luna, ven…

Dejó el plato sobre la alfombra. El perro, sin abalanzarse, devoró toda la carne, lamiendo la sangre de los bordes del plato hasta dejarlo perfectamente limpio. Luego el perro volvió a subirse a la cama y se enroscó, satisfecho, donde antes estaba, lugar del cual parecía haberse apropiado. Blanca se quitó la bata. Después de apagar todas las luces abrió un poco la ventana para que entrara el aire primaveral y se metió en la cama.

Ahora que el perro había comido bien, acomodado en esta habitación cuyo lujo aprobaba, ya no ladraría ni gemiría. La dejaría dormir. No obstante, Blanca vio brillar en la oscuridad al pie de su lecho esos dos ojos pálidos, gris-limón, líquidos. ¿Por qué la miraban así? ¿Qué querían? Algo querían esos ojos acuosos que no se apagaban como se habían apagado sus ladridos. ¿Cómo apagarlos? ¿O para qué apagarlos?

Sus manos se refugiaron en la inevitable hendidura entre muslos. El botoncito mágico, esta vez, respondió, casi se podría decir que salió al encuentro de la caricia de sus dulces yemas, con las que tan buen entendimiento tenía: el dedo anular, el más débil, era también el más diestro para iniciar la lenta búsqueda del ritmo bajo la sábana, el juego en la oscuridad de una niñez tropical recobrada frente a esas dos lunas castas y gemelas que la observaban una luna muy baja, allá en el cielo junto al horizonte; otra luna reflejada en el caluroso mar del nocturno caribeño, dos lunas que eran una sola, como estos dos ojos que conformaban una sola mirada mirándola sin comprender pero yendo más allá de toda comprensión: ella y Archibaldo eran como dos lunas que eran dos ojos, pero una sola luna, una sola mirada, un solo placer. Quiso incorporar la fantasía de Archibaldo a su juego solitario, pero, justo en el momento de proponérselo, las dos lunas se extinguieron porque el perro las cubrió con sus párpados y ella se quedó dormida hasta la mañana siguiente.

Cuando despertó, tibia y contenta, su primer impulso, como todas las mañanas, fue llamar a Hortensia, su doncella, para que le trajera el desayuno y decidir qué vestido se iba a poner ese día. Estiró el brazo para hacerlo. Vio a Luna despierto ya, enroscado en la misma posición que antes, en el nido de raso a los pies de su cama.

—Buenos días, corazón… —susurró Blanca.

Y el perro, alborozado —sin gemir ni ladrar, como si toda su relación con la marquesita fuera un apasionante secreto—, acudió a ella, lamiéndole cariñoso la cara y resoplando sobre ella con el tierno morro peludo, la gran lengua de papilas enormes lamiéndole los brazos, los hombros desnudos, las manos. Después, Luna saltó al suelo. La miró fijo. El perro, ya dueño de su atención, inició pequeñas carreritas por el dormitorio, arqueando el lomo, agachando la cabeza y subiendo el trasero y levantando la cola, incitándola a correr y a jugar con él. Blanca comprendió. Aunque se hallaba un poco fatigada después de la agitación de ayer, corrió con Luna, enredándose como una chiquilla en sillas, en mesitas ennoblecidas por bronces, en la cama misma, mientras el perro la perseguía como a un niño, como el cachorro que era, escondiéndose detrás de los muebles, y al encontrarse se abrazaban, prodigándose mutuas caricias, revolcándose juguetones en la cama, besando ella su tibio belfo peludo. En el momento más sorpresivo de una carrera Luna alzó una pata. Antes de que Blanca pudiera impedirlo Luna orinó la seda que tapizaba la pared.

—¡Luna! ¡Malo! ¡Mira lo que has hecho! ¿Cómo le voy a explicar a Hortensia, que es tan entrometida, lo que ha sucedido aquí?

Después tuvo que ahogar un grito para que no la oyeran desde afuera: Luna, semisentado sobre la colcha de raso de su cama, estaba defecando. Horrorizada, corrió en busca de una hoja de periódico con el que tomó el excremento y lo tiró al inodoro. Se pasó el resto de la mañana tratando de lavar la seda sucia del muro, su colcha manchada, pero sin abrir la puerta a su doncella, que varias veces llamó preguntándole si necesitaba algo. Le respondió que no, que la dejara descansar. Se levantaría un poco más tarde para ir a su clase de tennis en Puerta de Hierro: que Mario tuviera listo el Isotta-Fraschini a las once y media en punto.

Cuando llegó la hora de vestirse encerró a Luna en el lavabo, rogándole que se estuviera quieto hasta que ella volviera a abrirle. Entonces entró Hortensia brillante con los chismes de la mañana, trayéndole su inmaculada tenida de tennis —prefería partir vestida de su casa para no sentir la tentación de ir a ninguna parte después de la clase—, que le ayudó a ponerse: la faldita plisada, la cinta blanca estilo Suzanne Lenglen para mantener en su sitio el pelo. Mientras la ayudaba, Hortensia observó que, no sabía por qué pero ella ya lo había notado a veces en primavera, sentía un olor en la habitación de la señora marquesa esa mañana, entre agradable y desagradable pero en todo caso muy distinto al olor de otras mañanas. Blanca despachó a Hortensia. Hizo salir a Luna del lavabo: que se estuviera quieto, le rogó, que no hiciera ruido alguno. Ella regresaría a la hora de almorzar para estar con él, y luego, en la tarde, cuando fuera hora, lo llevaría a casa de su amo, de donde nunca, ni por amor a ella, debió haberse escapado.

Cuando Blanca cerró la puerta de su dormitorio con llave, mandó a Hortensia que no intentara entrar en él hasta su regreso. Todo esto sin darle ninguna explicación. Reflexionó sobre las ventajas que tiene el poder: las acciones de los poderosos, se dijo, no son más que acciones puras —no es necesario justificarlas, simplemente son lo que son—. Hortensia no tenía para qué entender nada. Ella era el ama: podía pasar la esponja sobre la pizarra para borrar lo que quisiera, cuando quisiera. Hortensia no tenía para qué poner esa cara compungida, como si la estuvieran ofendiendo mortalmente.

Este libro es del autor José Donoso.
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