Una corte de Rosas y Espinas | Capítulo 36

Portada - Yo te Miro

Una corte de Rosas y Espinas

Una corte de rosas y espinas I

«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»

Capítulo XXXVI

Una corte de Rosas y Espinas

Una corte de rosas y espinas I

Capítulo XXXVI…

Los sonidos de la multitud en movimiento reverberaban en el pasillo. Mi escolta armada no se molestó en sacar las armas; se limitaron a empujarme hacia delante. Ni siquiera me habían puesto grilletes. Algo o alguien me atraparía antes de que pudiera apartarme un paso y me devoraría en el lugar donde estuviéramos.

La cacofonía de risas, gritos y aullidos no terrenales empeoró cuando el pasillo se abrió frente a algo que seguramente era un gran estadio. No habían colocado antorchas para iluminar la caverna… y no conseguí averiguar si estaba tallada en la roca o si la había formado la naturaleza. El suelo estaba resbaladizo y embarrado, y tuve que hacer un esfuerzo para mantenerme de pie mientras caminábamos.

Pero fue la multitud enorme, ruidosa y rebelde la que me congeló las entrañas cuando todos se volvieron para mirarme. No conseguía entender lo que me gritaban, pero tenía una idea bastante clara. Las caras crueles y las sonrisas amplias me decían todo lo que necesitaba saber. No solo había inmortales inferiores, sino también altos fae. La excitación transformaba sus caras y las hacía casi tan lobunas como las de sus hermanos más extraños. Me empujaron a una plataforma de madera erigida por encima de la multitud. Ahí estaban sentados Amarantha y Tamlin, y frente a la plataforma…

Hice todo lo que pude para mantener el mentón alto mientras miraba el laberinto de túneles y trincheras que se abría en el suelo. La multitud estaba de pie en los bordes, impidiendo la visión de lo que había dentro. Me caí de rodillas frente a Amarantha. El barro medio congelado se me metió en los pantalones.

Me puse de pie con las piernas temblando. Alrededor de la plataforma había un grupo de seis machos, separados de la multitud principal. Por las caras frías, hermosas, por el porte de poder que mostraban, supe que eran los otros altos lores de Prythian. Ignoré a Rhysand apenas noté su sonrisa felina, la corona de oscuridad sobre su cabeza.

A Amarantha le bastó con levantar una mano y la multitud rugiente quedó en silencio.

El silencio era tan grande que casi podía oír el latido de mi corazón.

—Bueno, Feyre —comenzó la reina de los inmortales. Traté de no mirar la mano que se apoyaba en la rodilla de Tamlin, el anillo tan vulgar como aquel gesto—. Tu primera prueba es en este mismo lugar. Veamos hasta dónde llega ese afecto humano que tienes.

Apreté los dientes y casi se los mostré en un gesto de odio. La cara de Tamlin seguía en blanco.

—Me tomé la libertad de averiguar algunas cosas sobre ti —dijo Amarantha con enorme lentitud—. Era justo. Supongo que lo entiendes.

Todos mis instintos, todos los fragmentos de mí que eran intrínsecamente humanos me gritaron que huyera, pero yo seguí ahí, los pies plantados en el suelo, las rodillas apretadas una contra la otra para evitar que me flaquearan las piernas.

—Creo que te va a gustar esta prueba —dijo ella. Hizo un gesto con la mano y el attor apartó a la multitud para abrirme camino hasta el lugar donde empezaba la primera trinchera—. Vamos. Mira.

Yo la obedecí. Las trincheras, que más o menos tenían la altura de dos hombres de profundidad, estaban resbaladizas por el barro. Era como si las hubieran excavado en el barro mismo. Me quedé mirando, luchando para mantenerme en pie. Formaban un laberinto en todo el suelo de la cámara y las curvas y los giros no tenían ningún sentido. El suelo estaba lleno de agujeros que sin duda llevaban a túneles soterrados, y… Unas manos se aferraron a mi espalda y grité porque me dio la impresión de que me caía, hasta que de pronto me levantaron cada vez más arriba en el aire. Reverberaron las risas como un eco dentro de la estancia y quedé colgada de las uñas del attor, sus alas poderosas abiertas mientras él y yo atravesábamos el estadio. El aire parecía estremecerse con cada uno de los aletazos. Después, bajó con rapidez hacia las trincheras y me dejó ahí, de pie.

El lodo me hizo chapotear, abrí los brazos y me tambaleé. Las risas continuaron a pesar de que yo seguía de pie.

El barro olía de una manera espantosa, pero conseguí contener la náusea. Me di la vuelta y encontré la plataforma de Amarantha muy cerca: flotaba por encima de la trinchera. Ella me miró desde allí, sonriendo con su mueca de serpiente.

—Rhysand me ha dicho que eres cazadora —declaró, y a mí se me detuvo el corazón.

Seguramente él me había leído los pensamientos, o… tal vez había encontrado a mi familia y…

Amarantha chasqueó los dedos en mi dirección.

—Cázame esto.

Los inmortales gritaron emocionados, y vi el oro circular entre las palmas delgadas de sus manos de todos los colores. Apostaban cuánto tiempo duraría una vez que empezara. Apostaban sobre mi vida.

Levanté los ojos hacia Tamlin. Su mirada de color esmeralda estaba congelada…, y memoricé por última vez las líneas de esa cara, la forma de su máscara, la sombra de su cabello.

—Suéltalo —ordenó Amarantha. Sentí un temblor en toda la médula cuando se oyó el crujido de la puerta de una jaula; después, la cámara se llenó con el ruido de algo que se deslizaba con rapidez.

Los hombros se me encogieron. La multitud se quedó callada un instante, lo suficiente como para que pudiera oír una especie de gruñido gutural, y sentí las vibraciones del suelo cuando la cosa, fuera lo que fuese, se me acercó.

Amarantha chasqueó la lengua y volví la cabeza hacia ella con la velocidad de un látigo. Sus cejas se arquearon.

—Corre —susurró.

Y entonces apareció. Corrí.

Era un gusano gigantesco, o tal vez algo que habría podido ser un gusano si su parte delantera no fuera más que una boca llena de hileras circulares de dientes afilados como navajas. El gusano se me acercó con rapidez. Su cuerpo, entre marrón y rosado, era una onda que se retorcía y se alzaba con una facilidad horrenda. Esas trincheras eran su guarida.

Y yo era su cena.

Corrí por el foso deslizándome y resbalando sobre el barro maloliente mientras deseaba haber memorizado mejor el diseño del laberinto en los pocos momentos en que lo había observado; sabía perfectamente bien que el camino que tomara podría conducirme a un callejón sin salida donde era probable…

La multitud rugió, y el clamor ahogó los sonidos del gusano; algunos eran como el que se produce al sorber un líquido; otros, como el rechinar de algo metálico, pero no me atreví a mirar por encima del hombro. El olor cada vez más cercano me decía bastante sobre la proximidad del animal. No tuve aliento suficiente para sollozar de alivio cuando descubrí una bifurcación y giré con brusquedad hacia la izquierda.

Tenía que poner la mayor distancia posible entre los dos; tenía que encontrar un lugar donde pudiera idear un plan, un sitio que me diera algo de ventaja.

Otra bifurcación…, y volví a girar a la izquierda. Tal vez si seguía girando en ese sentido podría correr en círculo y sorprender a la criatura desde atrás y…

No, eso era absurdo. Tendría que haber sido tres veces más rápida que el gusano, y en ese momento apenas si conseguía mantener una escasa distancia entre aquella cosa y yo. Cuando volví a girar a la izquierda, resbalé y me hundí en una pared; me metí dentro del barro blando. Frío, maloliente, sofocante. Me limpié los ojos y descubrí las caras burlonas de los inmortales que flotaban sobre mí, riéndose. Corrí por mi vida. Llegué a una trinchera larga, recta, y puse toda la fuerza de mi cuerpo en las piernas para recorrer ese fragmento de pasillo. Al final, me atreví a mirar por encima del hombro y el miedo me enloqueció, se convirtió en un remolino interno apenas vi surgir al gusano tras de mí: el animal seguía mis huellas calientes.

Esa mirada casi me hizo pasar por alto una pequeña grieta en un lado de la trinchera; aminoré la velocidad hasta detenerme y colarme a través de la abertura. Esa hendidura era demasiado estrecha para el gusano, pero seguramente la criatura destrozaría todo el muro de barro para pasar. Sin embargo, valía la pena intentarlo.

Cuando hice fuerza para pasar al otro lado, algo me agarró por detrás. Eran las paredes. La grieta era muy pequeña y me había lanzado con tanta fuerza a través de ella que había quedado encajada entre los dos lados. Con la espalda vuelta hacia el gusano, demasiado incrustada en la pared como para darme la vuelta, no conseguía verlo y él se estaba acercando. El olor… el olor empeoraba.

Empujé y tiré, pero el barro era muy espeso y se resistía.

Las trincheras se estremecían con los movimientos poderosos del gusano. Casi podía sentir el aliento maloliente sobre mi cuerpo expuesto, oía los dientes que lanzaban dentelladas al aire más y más y más cerca. Así no. Mi vida no podía terminar así.

Hundí las manos en el barro, me retorcí, excavé con todas mis fuerzas para pasar hacia el otro lado. El gusano se acercaba más con cada latido de mi corazón; su olor casi me nublaba los sentidos.

Golpeé el barro endurecido, volví a retorcerme, di patadas y empujé, sollocé entre los dientes apretados. Así no.

El suelo tembló. Me rodeó un hedor insoportable y un aire caliente me golpeó el cuerpo. Los dientes de esa cosa sonaron al cerrarse unos sobre otros.

Empujé y empujé, agarrándome de la pared. Hubo un chapoteo y un súbito alivio de la presión alrededor de la mitad de mi cuerpo, y caí a través de la grieta y me derrumbé en el barro.

La multitud suspiró. No tenía tiempo para soltar lágrimas de alivio porque ahora estaba en otro pasillo. Volví a lanzarme hacia el laberinto. Por los rugidos, supe que el gusano había pasado de largo.

Pero eso no tenía sentido…, el pasaje no ofrecía ningún lugar donde esconderse. Me habría visto acorralada ahí. A menos que no pudiera llegar y ahora estuviera tomando alguna ruta alternativa para saltarme encima.

No controlé la velocidad que llevaba, aunque sabía que había perdido inercia cuando me golpeé con una pared tras otra en cada una de las curvas más cerradas. El gusano también tenía que perder algo de velocidad cuando giraba…, una criatura así de grande, por más peligrosa que fuese, no podría moverse en esas curvas sin bajar la velocidad.

Me arriesgué a mirar a la multitud. Tenían las caras serias por la desilusión y no me miraban, estaban todos con los ojos fijos en el otro extremo de la cámara. Ahí tenía que estar el gusano…, ahí era donde terminaba ese pasaje. No me había visto cuando pasó. No me había visto.

Era ciego.

Me sorprendí tanto que no vi el pozo enorme que se abría frente a mí, escondido por una ligera pendiente, y tuve que hacer un esfuerzo para no gritar. Aire, aire, vacío y…

Caí en el barro y la multitud gritó. El barro atenuó la caída, pero me dolían los dientes a causa del impacto. Sin embargo, no sentí dolor alguno, no me había roto nada.

Unos cuantos inmortales miraron hacia dentro, burlándose desde arriba sobre la boca abierta del pozo. Giré en redondo, mirando desesperadamente a mi alrededor, tratando de encontrar la forma más rápida de salir. El pozo se abría hacia un túnel pequeño, oscuro, y no había forma de trepar: la pared era demasiado empinada.

Estaba atrapada. Jadeando para recuperar el aliento, di unos pasos hacia la boca del túnel. Me mordí los labios para no chillar cuando algo crujió con estrépito bajo mis pies. Retrocedí tambaleándome y el coxis me bramó de dolor. Seguí alejándome, pero mi mano tocó algo suave y duro y lo levanté: vi un brillo blanco.

A pesar de los dedos embarrados reconocí perfectamente la textura. Era un hueso.

Me agaché y toqué el suelo, moviéndome despacio a gatas hacia la oscuridad. Huesos, huesos, huesos de todas las formas y tamaños, y ahogué un grito cuando me di cuenta de lo que era ese lugar. Solamente cuando apoyé la mano en la curva suave de un cráneo salté sobre mis pies.

Tenía que salir de allí. En ese mismo instante.

—Feyre. —Oí la voz distante de Amarantha—. ¡Estás arruinando la diversión de todos! —Lo decía como si yo fuera una mala compañera de juegos—. ¡Sal de ahí!

No pensaba hacerlo, pero ella me había dicho lo que necesitaba saber. El gusano no sabía dónde estaba, no conseguía olerme… Tenía unos segundos preciosos para escapar.

Mientras adaptaba la vista a la oscuridad de la guarida del gusano, vi brillar montones y montones de huesos, pilas incontables en la penumbra. El color blancuzco de ese barro debía de ser por las capas y más capas de huesos en descomposición. Pero tenía que salir en ese momento, tenía que encontrar un lugar donde esconderme que no fuera una trampa mortal. Salí de la guarida tropezando, haciendo sonar los huesos al chocar con ellos.

Una vez en el aire más abierto del pozo, traté de subir por una de las paredes empinadas. Varios inmortales de caras verdes me gritaron insultos; los ignoré mientras intentaba escalar la pared. Avanzaba cinco centímetros y me deslizaba otra vez hasta el suelo. No podría salir sin una soga o una escalera, y meterme más en la guarida del gusano para ver si había otra salida no era una opción. Pero estaba segura de que tenía que haber una puerta de atrás. Toda guarida animal tiene dos salidas, pero no iba a arriesgarme a entrar en esa oscuridad y a prescindir por completo de mi única y pequeña ventaja.

Necesitaba un camino hacia arriba. Volví a tratar de escalar la pared. Los inmortales seguían murmurando su descontento. Mientras ellos siguieran haciéndolo, significaba que la cosa estaba bien. Volví a arrojarme contra la resbaladiza pared, cavé en el barro maleable. Lo único que conseguí fue que el barro congelado se me metiera bajo las uñas, y volví a caer al suelo.

El olor del lugar había impregnado mi cuerpo. Contuve una náusea y lo intenté una y otra y otra vez. Los inmortales se reían.

—Un ratón en una trampa —dijo uno.

—¿Necesitas escalones? —se burló otro. Escalones.

Me di la vuelta y miré las pilas de huesos, después metí la mano con fuerza en la pared. Parecía firme. El material de base de ese lugar estaba hecho de barro apelmazado, y si esa criatura se parecía en algo a sus hermanos más pequeños, más inofensivos, suponía que el olor, y por lo tanto el propio barro, era lo que quedaba de lo que fuera que había pasado por su sistema digestivo después de que hubiera limpiado toda la carne de los huesos de sus presas.

No seguí pensando en ese horror. Me aferré a esa brizna de esperanza y cogí los dos huesos más grandes, más fuertes que encontré después de una breve búsqueda. Los dos eran más largos que mis piernas y pesados…, muy pesados, cuando los clavé en la pared. No sabía qué comía esa criatura, pero ese hueso tenía por lo menos el tamaño de una vaca.

—¿Qué está haciendo esa cosa? ¿Qué planea? —siseó uno de los inmortales.

Tomé un tercer hueso y lo hundí con fuerza en la pared, lo más alto que pude. Tomé un cuarto, un poco más pequeño, y me lo metí en el pantalón, sujetándolo sobre mi espalda. Probé la estabilidad de los tres huesos tirando de ellos, respiré hondo, ignoré a los inmortales que charlaban, y empecé a subir por mi escalera. Mis escalones.

El primer hueso aguantó bien. Si no hacía nada mal, funcionaría. Funcionaría, sí, tenía que funcionar. Me dejé caer otra vez al barro; los inmortales me miraron y murmuraron su confusión. Saqué el hueso atado a la espalda y, con una profunda inspiración, lo quebré sobre la rodilla.

La pierna me ardía de dolor, pero ahora tenía entre las manos dos astillas grandes acabadas en punta. Sí, iba a funcionar.

Si Amarantha quería verme cazar, yo cazaría.

Caminé hasta la mitad del pozo, calculé la distancia y hundí los dos trozos de hueso en el suelo. Volví a las pilas de huesos y busqué pedazos agudos y duros. Cuando mi rodilla ya no soportó más que la usara como yunque, rompí los huesos con los pies. Uno por uno, los clavé en el suelo fangoso del pozo hasta que, salvo un pequeño espacio, toda el área estuvo llena de aguzadas lanzas blancas.

No supervisé lo que había hecho, tendría que dar resultado o yo terminaría en ese suelo, entre esos huesos. Una única oportunidad, eso era lo que yo tenía. Mejor que no tener nada.

Subí con rapidez mi escalera de huesos e ignoré el dolor de las astillas en los dedos mientras trepaba hasta el tercer hueso, donde me equilibré para clavar un cuarto en la pared.

Y así, despacio, subí hasta el borde del pozo, y casi lloré de alegría cuando estuve otra vez en la superficie, al aire libre.

Aseguré los tres huesos que había llevado en mi cinturón —su peso era un consuelo—, y corrí hasta la pared más cercana. Tomé un poco de barro maloliente y me embadurné la cara. Los inmortales murmuraron, pero volví a hacerlo, y esa segunda vez me pringué el pelo, y después el cuello. Aunque me había acostumbrado ya a aquel hedor insoportable, me escocieron un poco los ojos. Incluso me tomé un momento para revolcarme en el suelo. Tenía que cubrir cada centímetro de mi cuerpo. Cada centímetro.

Si la criatura era ciega, entonces confiaba en el olfato… y el olor sería mi mayor vulnerabilidad.

Me froté con el barro hasta que estuve segura de que ya no se distinguía más que un par de ojos entre azules y grises. Volví a cubrirme una última vez las manos, tan resbaladizas que casi no conseguían sostener los huesos cuando los saqué del cinturón.

—¿Qué hace esa cosa? —Gimió de nuevo el inmortal de cara verde. Esta vez le contestó una voz profunda, elegante:

—Está construyendo una trampa —dijo Rhysand.

—Pero el middengard…

—El middengard confía en el olfato —contestó Rhysand, y yo le lancé una mirada especial cuando dirigí la vista al borde de la trinchera y lo descubrí sonriéndome—. Y Feyre acaba de volverse invisible.

Los ojos de color violeta parpadearon. Le hice un gesto obsceno antes de
ponerme a correr directa hacia el gusano.

Coloqué los huesos que me quedaban en curvas especialmente cerradas, sabiendo muy bien que no podría girar a la velocidad que necesitaría para alcanzarme. No me llevó mucho tiempo encontrar al gusano, porque había una multitud de inmortales azuzándolo, pero tenía que llegar al lugar adecuado…, tenía que elegir mi campo de batalla.

Aminoré la velocidad y por último caminé despacio y me aplasté contra una pared mientras oía a lo lejos el ruido del deslizamiento y los crujidos del gusano. La masticación.

Los inmortales que miraban al gusano —diez, con una piel de color azul congelado y ojos negros con forma de almendra— rieron bajito. Supuse que estaban aburridos de mí y habían decidido ver morir a alguna otra cosa.

Lo cual era maravilloso, pero solo si el gusano seguía con hambre, solo si, a pesar de todo, reaccionaba al cebo que yo le iba a ofrecer.

La multitud volvió a murmurar, a gruñir.

Giré al llegar a una curva y estiré el cuello. Estaba demasiado cubierta de su olor para que consiguiera olfatearme, así que el gusano siguió comiendo, y estiró su cuerpo bulboso hacia arriba cuando uno de los inmortales dejó caer algo que parecía un brazo peludo. El gusano hizo crujir los dientes y los inmortales azules rieron de nuevo y dejaron caer el brazo en la boca abierta, expectante, del animal.

Retrocedí por la curva y levanté la espada de hueso que había fabricado. Repasé mentalmente el camino que había tomado, las curvas que había contado.

Sin embargo, tenía el corazón en la boca cuando apoyé el borde serrado del hueso en la palma y me corté la piel. La sangre salió enseguida, brillante y lustrosa como una corriente de rubí. Dejé que se acumulara un poco antes de cerrar la mano, convertirla en puño. El gusano lo olería enseguida.

Solo entonces me di cuenta de que la multitud se había quedado callada.

Miré al otro lado de la curva para ver al gusano y casi se me cae el hueso. No. No estaba.

Los inmortales azules sonrieron.

Y entonces, en el silencio, como una estrella fugaz, una voz —la de Lucien, sí— aulló a través de la cámara.

—¡A tu izquierda!

Salté y conseguí separarme unos metros de la pared antes de que el barro volase en pedazos, salpicando en todas direcciones cuando el gusano pasó a través del muro: una masa de dientes capaces de desgarrarlo todo, dientes que se cerraron a apenas unos centímetros de mi cuerpo.

Empecé a correr tan rápido que las trincheras se convirtieron en un borrón marrón rojizo. Necesitaba un poco de distancia o el gusano caería justo sobre mí. Pero también tenía que mantenerlo cerca, porque si no se detendría, y yo necesitaba que se viera arrastrado por un hambre frenética.

Tomé la primera curva cerrada y me aferré al hueso que había metido en la pared. Lo usé para girar sin disminuir la velocidad, apoyándome para impulsarme, para darme unos pocos segundos de ventaja respecto al gusano.

Una a la izquierda. El aliento era una llamarada que me quemaba la garganta. La segunda curva se precipitó hacia mí muy pronto y volví a usar los huesos para volar a través de la curva.

Me crujieron las rodillas y los tobillos y luché por no resbalar en el barro. Únicamente una curva más. Después, una carrera recta…

Di la vuelta a la última curva y el rugido de los inmortales cambió de tono, de naturaleza. El gusano era una fuerza rabiosa, desatada, detrás de mí, pero mis pasos eran firmes cuando volé por el último tramo.

Llegué a la boca del pozo, recé una última plegaria y salté.

Tan solo aire oscuro, un aire que se extendía para devorarme.

Estiré los brazos cuando caí, buscando el lugar que había planeado. El dolor recorrió mis huesos y me llegó a la cabeza cuando choqué contra el suelo fangoso y rodé. Me doblé en dos y aullé cuando algo me mordió el brazo, cortándome la piel.

Pero no tuve tiempo de pensar, de mirar; me puse en pie y corrí lo más rápido que pude hacia la oscuridad de la guarida del gusano. Me aferré a otro hueso y giré cuando el gusano se precipitó en el pozo.

El animal golpeó el suelo y retorció el enorme cuerpo a un costado, anticipándose al ataque que iba a lanzar para matarme, pero entonces un ruido húmedo, desarticulado, llenó el aire.

Y el gusano dejó de moverse.

Me quedé allí, en cuclillas, tragando el aire que me ardía por dentro, mirando el abismo de esa boca capaz de deshacer cuerpos, esa boca todavía abierta para devorarme. Me llevó algunos instantes darme cuenta de que el gusano ya no iba a engullirme y unos pocos más entender que el animal había quedado destrozado, empalado en las lanzas de hueso. Muerto.

En realidad no oí los jadeos, ni después los gritos; no pensé ni sentí nada mientras pasaba junto al gusano y volvía a subir despacio, con la espada de hueso en la mano.

En silencio, todavía sin palabras, tropecé de nuevo por el laberinto. Me latía el brazo izquierdo, pero el cuerpo se me estremecía tanto que ni siquiera me daba cuenta.

Apenas vi a Amarantha sobre la plataforma en el borde de las trincheras cerré la mano libre en un puño. Probar mi amor. El dolor me estalló en el brazo pero lo aguanté. Había ganado.

Levanté la vista hacia ella y no me controlé cuando le mostré los dientes. Sus labios estaban tensos, apretados, y ya no tenía la mano sobre la rodilla de Tamlin.

Tamlin. Mi Tamlin.

Cerré la mano con fuerza alrededor del hueso largo que sostenía. Estaba temblando…, me temblaba todo el cuerpo. Pero no de miedo. Ah, no. No era miedo. Para nada. Había probado mi amor… y más que eso.

—Bueno —dijo Amarantha con una pequeña sonrisa de satisfacción—. Supongo que cualquiera podría haber hecho eso.

Di unos pasos rápidos y le arrojé el hueso con toda la fuerza que me quedaba.

El hueso se hundió en el barro a sus pies y le salpicó el vestido blanco; después, se quedó clavado en el suelo, vibrando.

Los inmortales volvieron a contener la respiración y Amarantha permaneció mirando el hueso; luego intentó quitarse el barro que manchaba la parte superior del vestido. Sonrió muy despacio.

—Eres una mala chica —dijo, y chasqueó la lengua.

Si no hubiera habido una trinchera imposible de salvar entre nosotras, le habría cortado la garganta. Un día, si sobrevivía a todo eso, la despellejaría viva.

—Supongo que te hará feliz saber que la mayor parte de mi corte ha perdido mucho dinero esta noche —dijo, y levantó un pergamino. Miré a Tamlin mientras ella estudiaba su contenido. Había mucho brillo en sus ojos verdes, y aunque tenía la cara mortalmente pálida, habría jurado que había una sombra de triunfo en su rostro.

»Veamos —siguió Amarantha, leyendo el pergamino mientras jugaba con el hueso del dedo de Jurian que colgaba del extremo de la cadena—. Sí, yo diría que casi toda mi corte apostó que morirías en el primer minuto; algunos dijeron que durarías cinco y… —le dio la vuelta al documento—, y solamente una persona apostó que ganarías.

Insultante, pero no me sorprendía. No luché cuando el attor me levantó y me dejó caer al pie de la plataforma para después alejarse volando. Los brazos me ardieron con el impacto.

Amarantha frunció el ceño mientras seguía mirando la lista, y después hizo un movimiento con la mano.

—Llévatela. Ya me he cansado de esa cara mortal. —Se aferró a los brazos de su trono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos—. Rhysand, ven aquí.

No me quedé lo suficiente para ver cómo se acercaba el alto lord de la Corte Noche. Unas manos rojas me cogieron por los hombros y me sostuvieron con fuerza para evitar que resbalara. Me había olvidado del barro que me cubría como una segunda piel. Mientras me sacaban a rastras, un dolor intenso me recorrió el brazo, una agonía que casi me anuló los sentidos.

Entonces me miré el antebrazo izquierdo y se me retorció el estómago cuando vi la sangre que brotaba y los tendones desgarrados, la piel arrancada y, por encima, la punta afilada de una astilla de hueso.

Ni siquiera conseguí mirar a Tamlin, ni tampoco encontré a Lucien para darle las gracias: el dolor me consumió por completo y apenas si me las arreglé para caminar hasta mi celda.

Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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