Yo te Quiero | Capítulo 9

Portada - Yo te Miro

Yo te Quiero

Trilogía de los Sentidos III

«El amor solo existe cuando te atreves a sentirlo todo.»

Capítulo IX

Yo te Quiero

Trilogía de los Sentidos III

Capítulo IX…

Al igual que todas las mañanas desde que llegamos, Leonardo ha salido pronto a la caza de secretos gastronómicos. Su libro de recetas va cobrando forma lentamente, lo intuyo por la cantidad de folios llenos de apuntes que deja esparcidos por la casa. Anota todo lo que descubre con una precisión maniática: la calidad de los ingredientes, los métodos de cocción, la presentación de la comida en el plato, todo ello expresado con unos términos técnicos cuyo significado solo puedo intuir, como «espumar», «marmoleado», «acanalar», o también «court bouillon». De vez en cuando echo una mirada mientras Leonardo escribe y él sonríe al ver mi curiosidad y mis expresiones inquisitivas. Es cierto, nunca he entendido una sola palabra de cocina —puede que nunca me haya interesado—, pero ahora he decidido que quiero aplicarme para aprender, al menos, el abecé; ¡no puedo ilustrar sus ideas sin tener siquiera una vaga idea de cómo se realizan!

Mi esfuerzo se ha visto premiado con los resultados, porque ya he conseguido esbozar a lápiz dos dibujos: los espaguetis con los erizos de mar y una sopa de pescado que aquí llaman ’gnotta.

Nada mal, para ser los primeros; incluso yo, que exijo siempre el máximo de mí misma, estoy bastante satisfecha. Claro que si tuviese aquí las acuarelas todo sería bien distinto, pero vivir en esta isla me está enseñando que no tiene sentido desearlo todo de inmediato; hay que saber esperar, porque la espera no es tiempo desperdiciado, sino una ocasión preciosa para prepararse lo que está por venir. En Estrómboli he comprendido que nada es previsible, que todo está reducido a la esencia y exige un tiempo de espera: los frutos de la tierra, los barcos del continente que llegan cargados de mercancías y personas, las erupciones del volcán.

Y ahora también hay alguien que me está esperando: Leonardo. En este lugar encantado, solo aquí, podremos fundirnos completamente. Pero ¿de qué forma, dado que él sigue manteniendo las distancias?

La pregunta me acosa sin cesar y ni siquiera me da tregua ahora, mientras desayuno en la terraza. La noche en que Leonardo me habló de la abstinencia sellamos un acuerdo tácito: nos deseamos, pero resistimos. El problema es que cuanto más resistimos más nos deseamos. Estamos explorando los confines de nuestro deseo, tiramos hacia el infinito de una cuerda que, tarde o temprano, se romperá. Solo nos queda descubrir cómo y cuándo.

Bebo un sorbo de zumo y muerdo uno de mis irrenunciables nacatuli, los supercalóricos pastelitos de las Eolias rellenos de almendras, piel de naranja y canela; son deliciosos, me comería un quintal.

—¿Se puede? —Una voz de mujer me llega dulcemente desde la entrada. Leonardo siempre deja la puerta abierta, nunca cierra con llave, ni siquiera de noche, como, por otra parte, hacen todos los isleños.

Me desplazo con la lentitud que, a estas alturas, me caracteriza ya y veo que Nina está en la sala. En una mano lleva una cesta de mimbre llena de toallas secas y en la otra una botella con un contenido misterioso.

—Buenos días —la saludo efusivamente. Adoro a esta señora maravillosa.

—Hola, Elena. —Me sonríe y deja la cesta en el suelo—. Aquí tienes, recién lavadas.

—Gracias, no debería haberse molestado. —Desde que llegamos Nina no hace sino deslomarse por nosotros. Su amabilidad casi me incomoda.

—No te preocupes, lo hago con mucho gusto, de verdad —me tranquiliza ella mientras sus ojos azules brillan con una luz viva—. Te he traído también esto. —Deja la botella en la mesa—. Tienes que probarlo.

—¿Qué es? —pregunto.

—Licor de granada.

—Espléndido. —Sonrío hasta con la mirada—. ¿De manera que este es el famoso licor que solo sabe hacer usted? ¿El de la receta secreta? Leonardo me ha hablado de él, dice que es un elixir, una cosa rarísima…

—Leo exagera siempre. —Cabecea divertida.

Me enternece que lo llame así. Cada vez que lo nombra se le ilumina la cara.

—No creo que exagere —replico convencida—. La otra noche cocinó la pasta con erizos siguiendo su receta. ¡Estaba para chuparse los dedos!

—Gracias, querida —me dedica una amplia sonrisa—, pero él hace tiempo que me superó en la cocina.

—Puede, pero Leonardo me ha confesado también que sin usted nunca habría llegado a ser un chef famoso. Me ha contado muchas cosas de cuando era niño y lo importante que fue usted para él.

Nina exhala un suspiro y sacude la cabeza, como si estuviese persiguiendo un pensamiento propio.

—No puedes imaginarte la felicidad que es tenerlo de nuevo aquí. Hacía muchos años que no volvía y las últimas veces siempre estaba triste, atormentado.

Me mira a los ojos.

—¿Te puedo confesar una cosa? —Me apoya una mano en un hombro y, sin darme tiempo para contestar, prosigue—: Lucrezia nunca me gustó nada. Esa tenía el diablo en el cuerpo, pobrecilla. —Alza los ojos al cielo con un algo de desesperación —. Leonardo la quería mucho, pero no eran felices juntos, era imposible. —Me acaricia tiernamente una mejilla con su mano áspera—. Tú, en cambio, eres tan dulce… Contigo está tranquilo, es feliz, como cuando era niño.

Le sonrío, encantada e incómoda a la vez, deseando con todas mis fuerzas que tenga razón.

—Pero deja que te dé un consejo —prosigue Nina asumiendo de repente un aire sabio y grave—. No dejes que su carácter te impresione. Él hace y deshace como le parece, es caprichoso y despótico, pero, en el fondo, no desea realmente que lo secunden, no quiere a su lado una persona a la que poder manipular como le parezca. Si quieres conservarlo, debes mostrarle que tienes personalidad, que sabes elegir, incluso sin él.

Este momento de complicidad femenina me hace sentirme repentinamente en mi casa, estoy pendiente de los labios de Nina.

—Leonardo siempre ha sido así, desde que era niño —continúa ella—. Debe tener a toda costa lo que quiere, es tan cabezota como una mula, pero, por encima de todo, adora que lo sorprendan. Porque sabe de sobra lo que desea, en cambio lo que realmente lo conquista es lo inesperado.

Estoy atónita. Nina ha dibujado el retrato de Leonardo con una lucidez y una precisión que yo no he logrado adquirir en todos los meses que he sufrido por su causa.

—Gracias por el consejo —le digo a la vez que una idea se va abriendo paso en mi mente.

Eso es lo que debo hacer: la única forma de salir vencedora en el juego de Leonardo es no seguir sus reglas.

Nina hace amago de irse. Mira por un instante mi pierna, que se ha liberado ya del aparato ortopédico.

—Veo que va mucho mejor —observa con alegría.

—Sí, por fin. —Exhalo un suspiro de alivio—. Hoy es el último día que debo llevar el vendaje…, me lo ha dicho el doctor Crisafulli.

—¡Oh, el doctor Crisafulli es buenísimo! —dice ella para tranquilizarme—. Prepara las medicinas con las hierbas que crecen en la isla. No puedes estar en mejores manos.

Me saluda y se marcha. Me quedo sola pensando. Nina me ha revelado algo muy valioso, lo único que debo hacer ahora es comprender cómo debo ponerlo en práctica.

Está anocheciendo y no veo la hora de que regrese Leonardo: él me quitará el vendaje. El doctor Crisafulli le ha explicado cómo debe hacerlo y le ha sugerido que corte unas hojas del aloe que hay en el jardín para hacer unas compresas con su pulpa refrescante. Después me ha recomendado también que no esfuerce los músculos durante, al menos, otra semana más, pero no me importa: estoy en el séptimo cielo, porque me voy a liberar de este cuerpo ajeno que arrastro desde hace muchos días. Y, sobre todo, porque voy a bañarme por primera vez en este mar irresistible.

Me fío ciegamente de las manos de Leonardo, mucho más que de su corazón y su cabeza…

Estoy sentada en la cocina, en una silla de madera, y él está arrodillado delante de mí con una mirada reconfortante y concentrada. Empieza a desenrollar la venda partiendo de la rodilla y baja con calma hasta el tobillo, acariciándome varias veces con los nudillos. Es un toque ligero, casi un cosquilleo, que despierta la piel de su sopor.

—¡Por fin libre! —sentencia Leonardo. Deja la venda en el suelo y me da un masaje con las dos manos.

—Me parece un sueño —digo exultante. No sé qué es lo que me alegra más, si haberme quitado de encima ese tormento o que él me esté tocando después de haberme evitado durante tanto tiempo.

Nos miramos en silencio mientras él prosigue con el masaje milagroso. Curiosamente, el hecho de que mi pierna no esté en las mejores condiciones (el músculo flácido evidencia el tiempo que hace que no me depilo) no me incomoda en lo más mínimo. Siento que la sangre vuelve a fluir por mis venas y que mi cuerpo vuelve a respirar. Leonardo coge una hoja de aloe del tamaño de un filete, la corta con un cuchillo y saca un grumo de materia gelatinosa de color verde pálido.

—¿Seguro que eso funciona? —pregunto haciendo una mueca de asco.

—¡¿Cómo te atreves a dudar del doctor Ferrante?! —me dice burlón—. Mi madre me lo ponía siempre cuando volvía a casa con las rodillas arañadas… Es decir, un día sí y el otro también. Digamos que era un niño más bien turbulento.

Sonrío imaginándomelo a esa edad, corriendo descalzo por las calles de piedra de la isla. Un volcán de carne y hueso.

Leonardo deja caer el aloe en mi rodilla y extiende la pulpa hacia abajo con una lentitud extenuante.

Siento un frescor agradable que llega directamente a mi barriga. Un frescor casi erótico que se propaga por cada centímetro de la piel cuando él extiende el aloe por la pierna hasta rozarme la ingle.

Estoy en tensión, soy energía a punto de estallar mientras una descarga fluida que parte del ombligo se introduce en mi sexo. Me gustaría coger a Leonardo por el pelo, arrastrar su cara hasta la mía y besarlo con todas las fuerzas que tengo. Miro sus manos, que recorren mi pierna desde el tobillo a la rodilla, esas manos tan sensuales y seguras. Arqueo ligeramente la espalda y me apoyo en el respaldo reclinando la cabeza hacia detrás. Los pezones están duros y los labios reclaman la sangre. Mi cuerpo se debate en una dulce agonía.

Él me observa como un depredador al acecho. Sus dedos aumentan de forma gradual la presión en la carne, suben y bajan por el muslo y en cada ocasión lamen mi placer. Siento que roza las bragas. Ya está, me digo, va a suceder, ahora dará un salto felino y me cogerá…, pero no es así. Cuando estoy al borde de la excitación, Leonardo aparta las manos de mi pierna, como si estuviese ardiendo, se levanta y se limpia los restos de aloe con un trapo.

—Ahora descansa. Yo prepararé la cama —me dice y se aleja sin siquiera mirarme.

Después de haber comido con suma lentitud, ha oscurecido y salimos a la terraza a beber el delicioso licor de granada de Nina. Tiene un aroma intenso, un gusto que no es para todos, pero que pretende conquistarte. Al igual que ha hecho Leonardo conmigo. Mi mente evoca de inmediato la granada que él me hizo conocer con todos los sentidos en Venecia, una tarde de otoño que ahora me parece muy remota. Puede que fuese entonces cuando empecé, de forma inconsciente, a desearlo.

Enciende un cigarrillo y da la primera calada. Echa el humo en un prolongado suspiro pintando el aire de un color blanco evanescente que se disuelve en la claridad de la luna. Da la impresión de que, con ese vapor caliente, esté desafiando al volcán, el alma de la isla.

Hace mucho calor, un calor que despierta los sentidos y enciende la pasión. Con toda probabilidad, una pareja normal ya estaría haciendo el amor.

Mi mirada se desliza de sus labios suaves a su pecho, musculoso y sudado, que asoma como un caparazón debajo de su camisa desabrochada. Me gustaría tener los ojos vendados, porque no puedo resistir más su carga erótica. Sigo estando excitada, no puedo apagar el incendio si no dejo de echar gasolina al fuego. Leonardo me mira impasible exhalando el humo con una lentitud frustrante.

Basta, tengo que alejarme de él. Ahora.

—Entro un momento —le digo levantándome del banco y apoyando mis pies descalzos en el suelo. Es una sensación maravillosa y fresca que me devuelve de inmediato a una dimensión menos provocadora.

Me atraviesa la ropa con la mirada y da otra calada envolviendo el cigarro con los labios. Como debería hacer con mi boca, pienso.

Desaparezco en un abrir y cerrar de ojos recorriendo las habitaciones lo más deprisa que puedo. Entro en el cuarto de baño, abro el grifo del lavabo y me lavo la cara con gestos frenéticos. De improviso, me veo reflejada en el espejo: mis ojos de color avellana brillan de deseo, tengo los labios hinchados, la piel enrojecida por el sol y la vida. El agua resbala por mi cara hasta el cuello mojándome la camiseta y dejando entrever los pechos.

Me siento libre después de mucho tiempo. Sin muletas, sin aparato ortopédico, sin vendas. Sin miedo, por fin. Estoy desnuda, resucitada, y me siento ligera y nueva.

Deseo a Leonardo, el placer que solo él sabe procurarme. Pero Nina fue muy clara: ha llegado el momento de apoderarme de lo que quiero. Quizá fuera ese el significado de sus palabras: para sorprender a Leonardo debo sorprenderme antes a mí misma.

En este momento, por primera vez desde que llegué, apago el cerebro y me abandono a mis fantasías.

Entro en la habitación —la alcoba matrimonial en la que, desde hace no sé cuántas noches, lucho contra mí misma para no abrazarlo en el sueño— y me siento en el borde de la cama. Miro durante unos segundos la frase en caracteres griegos pintados a mano en la pared: Panta rhei hos potamós, todo fluye como un río. Desde que estoy aquí Heráclito se ha convertido en mi gurú, si es que se puede llamar así. No obstante, es el deseo lo que fluye en mí, poderoso e irrefrenable.

Dejo la puerta abierta para que él pueda oírme, para que sepa lo que me dispongo a hacer. Aferrándome al cabecero de hierro forjado, me tumbo entre las sábanas de lino. Todo fluye, como un río: mi cuerpo, mi deseo, mis manos, los dedos que ya no puedo parar. Tengo que tocarme, lo deseo, y lo haré sola. Sin él. Empiezo a acariciarme entre las piernas, la tela de los pantalones cortos, que presiona mis labios mojados. Al cabo de unos segundos, cuando ya no puedo detenerme, oigo que Leonardo me llama.

—¿Elena? —Su voz es tranquila, no puede imaginar lo que sus ojos están a punto de descubrir.

No respondo. En lugar de eso coloco mejor la almohada que tengo bajo la cabeza.

—¿Dónde estás? —Sus pasos retumban en el pasillo.

De nuevo, no le contesto. Quiero que me encuentre en el silencio ardiente de mi deseo.

Apoyo una mano en la barriga y escucho latir mi corazón sin interrumpir las caricias, lentas y peligrosas, entre mis muslos, sin impedir que mi dedo medio sienta el calor húmedo que tengo dentro.

Cuando estoy a punto de procurarme el placer del que estoy sedienta, llega Leonardo. Aparto poco a poco la mano de mis piernas, a la vez que Leonardo se detiene en el umbral boquiabierto. Tiene una expresión atónita que desconozco y que me turba también a mí. Lo he sorprendido, es evidente.

Se apoya en el marco y, cogiéndose la barbilla con las manos, esboza una sonrisa.

—¿Qué haces? ¿Me estás provocando otra vez? —pregunta, pero en esta ocasión su voz no tiene su habitual firmeza. Suena quebrada, víctima de una especie de temblor.

—No, me estoy provocando a mí misma —respondo con descaro.

Mis ojos lo miran con toda la carga de sensualidad que ya no logro contener. Pero luego los cierro de improviso, indiferente a su presencia, meto de nuevo la mano en los pantalones cortos y bajo un poco la cremallera. Resbalo lentamente bajo las bragas, por el monte de Venus, hasta sentir de nuevo la humedad ardiente que solo lo espera a él.

Entreabro los párpados y veo sus ojos oscuros, curiosos y encendidos. Con la otra mano me acaricio los senos, liberándolos de la camiseta. Noto que los pezones se endurecen bajo mis dedos. Leonardo no se mueve, no dice una palabra, pero su cuerpo habla por él. Nuestras miradas se desafían en el silencio que flota denso sobre nosotros, roto tan solo por el débil sonido de las conchas.

Me quito los pantalones, pero no las bragas, porque quiero sentir el encaje resbalando por mi piel, hacerle cosquillas, arañar mis labios y prepararlos para el placer. Cierro de nuevo los ojos y, forzando la tela, uno los labios y los empujo hacia dentro con una fuerte presión. Todo se hincha, se ensancha, se humedece. Estoy gozando delante de él, estoy poniendo en escena el espectáculo de mis sentidos y, pese a que tengo miedo, por una vez quiero abandonarme solo a mí misma. Quiero ser mía antes que suya.

Me quito las bragas y las abandono entre las sábanas. Estoy completamente desnuda de cintura para abajo. Me acaricio las piernas, las abro delante de él, después deslizo las manos hacia arriba, sin prisa, y apoyo una en los labios, que se cierran al sentirlas. La otra sigue subiendo por la barriga, por el pecho, hasta llegar a la boca, que la acoge con avidez. Sabe a mí, y eso me gusta. Introduzco también los dedos en el sexo y los meto y los saco como si quisiese averiguar el punto exacto donde tiene su origen mi placer. Es increíble cómo todo aquí dentro es húmedo, resbaladizo, líquido.

Me estremezco, pero siento que mis dedos no bastan para abrir las puertas del placer. Deseo más. Quiero sentir el gusto pecaminoso de la plenitud. Leonardo sigue observándome sin moverse. Parece haberse quedado petrificado: me desea, pero sabe que debe dejarme hacerlo sola. Tiendo una mano hacia la mesilla y busco el tarro de su perfume, con aroma a ámbar. Ahí está. Está en mi mano, junto a su imagen. Es una pequeña botella de cristal satinado y con forma sinuosa, una gota alargada como los ungüentarios antiguos. Es lisa y está fresca, insidiosa y dura. Ahora se desliza lentamente por mi barriga, dibuja una espiral alrededor de mi ombligo, luego prosigue hacia abajo, se demora impaciente en mi clítoris y prosigue su descenso. Estoy preparada para recibirla.

La introduzco lentamente, con unos dulces movimientos circulares que me abren poco a poco. No le cuesta, se insinúa en mi interior regalándome un intenso goce. Después empiezo a moverla hacia delante y hacia detrás, arriba y abajo, hasta que la siento en lo más hondo. Y es un instante, la gota que hace rebosar mi río.

Voy a perder el control, olvidándome tanto de él como de mí misma. Una luz estalla y yo me colapso en un rincón oculto de mi alma, donde el dolor y el miedo al pasado se funden y se borran en el placer absoluto que siento ahora. Empujo más deprisa y me abandono por completo. Gimo, grito como nunca lo he hecho. Aprieto los muslos y contraigo los músculos para gozar a fondo, cada vez más. Estoy teniendo un violento orgasmo, el orgasmo que los hombres con los que me he acostado en estos meses no han logrado procurarme, el orgasmo que ya no era capaz de sentir y que, sin embargo, ahora sale desenfrenado: por la boca, por el sexo, por los ojos, por mi piel caliente.

Y todo esto sucede en presencia de Leonardo, que no dice una palabra; en este momento, a sus ojos debo de ser un espectáculo perverso y fascinante. El Éxtasis de la beata Ludovica me vuelve a la mente como una bofetada, con toda su turbadora belleza: el cuerpo que parece a punto de salirse del mármol, la ropa en desorden y el semblante arrobado por algo ingobernable. Así es justamente como me siento: más allá del placer y del dolor, en un estado rayano en el trance. Tengo la impresión de estar flotando por encima de mí misma, como si hubiese dejado mi cuerpo lejos de aquí. Alrededor, todo se está transformando en un sueño: la cama, las paredes, el ruido de las conchas, la respiración de Leonardo, su aroma. La tensión en los músculos se afloja y, a la vez que saco lentamente el frasco de perfume de mi sexo mojado, me deslizo en un espacio en el que no existen ni el deseo ni el miedo, solo una misteriosa paz.

Cuando abro de nuevo los ojos ya no tengo el perfume entre las piernas; ahora está él, su pelo sudado, sus manos grandes, que me acarician, y su boca, que reposa en mi monte de Venus. Está recogiendo los restos de mi placer.

Permanezco tumbada y silenciosa, sin avergonzarme de lo que he hecho, de mi cuerpo desnudo, mis gritos y la forma absoluta en que me he abandonado a mí misma.

Leonardo se echa en la cama a mi lado y me acaricia el pelo con dulzura. Luego me coge la barbilla y gira mi cara de nuevo hacia la suya.

—Lo has conseguido, Elena —susurra mirándome intensamente a los ojos—. Te has regalado el mejor orgasmo de tu vida.

No sé qué decir, cómo continuar, pero le sonrío, porque ha sido él quien me ha incitado a atreverme, a superar el obstáculo, a adentrarme en una parte de mí misma que desconocía. Ha dejado que encontrase sola el camino y por fin estoy aquí, como si hubiese afrontado un largo viaje, cansada, pero feliz.

Miro a Leonardo, consciente de que aún lo necesito. Lo necesito dentro de mí.

Quiero besarlo, pero él se adelanta. Me da un beso vivo, pulsante, vibrante de deseo. Nuestros labios ardientes se encuentran intercambiándose la energía que encierran nuestros cuerpos como si fueran dos vasos comunicantes.

Después, casi sin que me dé cuenta, Leonardo me arranca la camiseta y desliza la lengua por mis pezones.

Va a suceder de nuevo.

Y, por fin, estoy preparada.

Este libro es de la autora Irene Cao.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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