
Yo te Quiero
Trilogía de los Sentidos III
«El amor solo existe cuando te atreves a sentirlo todo.»
Capítulo VI
Yo te Quiero
Trilogía de los Sentidos III
Capítulo VI…
No sé dónde estoy ni cómo he llegado aquí. Me pesan los párpados, tengo la mandíbula entumecida y la boca seca.
Abro los ojos con suma fatiga; es el peor despertar de mi vida.
Una tenue luz se filtra por la ventana. Podría ser el atardecer, pero ¿de qué día? Tengo la impresión de haber dormido durante meses… Me siento en un extraño limbo, en una especie de duermevela, a la vez que unas imágenes confusas atraviesan mi mente: un vaivén caótico de gente a mi alrededor, susurros, sombras, la voz de mi padre, mi madre llorando… y, además, superponiéndose a todo, el aroma de Leonardo que se ha escapado, no sé cómo, de la prisión de los recuerdos donde lo encerré y luego tiré la llave. Quizá he estado en coma o he tenido alucinaciones. Con todo, creo que no tomé ninguna droga… Lo último que recuerdo —ahora, por fin, puedo verlo— es la imagen de Lucrezia; luego el coche me atropelló, eso fue lo que sucedió. Y estoy en un hospital, ahora me doy cuenta. Todo es blanco y está muy limpio aquí. El fuerte olor a desinfectante despeja todas mis dudas.
Hago ademán de incorporarme, pero el mareo que siento de inmediato me desanima y vuelvo a dejarme caer sobre la almohada, derrotada.
—Elena…
Es una voz conocida, dulce y tranquilizadora.
En mi campo visual aparece la cara de Martino.
—Hola —murmuro aturdida. Debe de ser la primera palabra que pronuncio en varios días—. ¿Qué ha sucedido?
—Te atropellaron. Debajo de tu casa. —Me acaricia la frente—. Te han dado sedantes para que duermas…, pero no te inquietes, todo va bien.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Un día y medio. Y has estado durmiendo casi todo el tiempo.
Me muevo en la cama, poco a poco vuelvo a tomar posesión de mi cuerpo. Me parece que todos los miembros responden a mi llamada, salvo la pierna derecha. Levanto un poco la cabeza de la almohada y veo que está cubierta por un llamativo vendaje.
—Tienes un tobillo dislocado, dos ligamentos rotos y unas cuantas excoriaciones aquí y allá. Nada grave —me explica Martino esbozando una sonrisa.
Trago saliva, tengo la lengua pegada al paladar.
—Agua… —imploro.
Martino me incorpora un poco y coloca las almohadas que tengo debajo de la espalda; después me sirve un vaso de agua y me ayuda a beber.
—¿Has estado aquí todo el tiempo? —le pregunto con la impresión de haber recuperado la movilidad de la lengua.
Asiente con la cabeza.
—Los médicos me avisaron. Miraron las últimas llamadas que habías hecho con el móvil. Menos mal que no llamaron a tus padres… Me llevé un buen susto, ¿sabes?
—Dios mío, lo siento…
—Chist, lo importante es que estés bien. Me encargué de avisar a todos. Tus padres han venido desde Venecia.
—¿Mis padres? ¿Dónde están?
—En tu casa. Paola los ha albergado. Nos turnamos, me pidieron que los llamase en cuanto te despertaras.
Martino se calla de improviso y pone una expresión extraña. Parece estar buscando las palabras más adecuadas para decirme algo.
—Pero… antes hay otra persona que quiere verte.
—¿Una persona?
—Sí, está aquí fuera.
—¿Quién es?
—Espera…
¿Adónde cree que puedo ir?
Lo veo acercarse a la puerta y salir al pasillo.
Poco después, el perfil de un hombre se recorta en el marco de la puerta, una silueta que sabría dibujar incluso con los ojos vendados, con la inconfundible línea de los hombros y el tórax ancho.
Leonardo.
Lo miro como si fuese un extraterrestre mientras se aproxima a mí. Temo que sea solo una visión, el peor efecto colateral de los sedantes.
Se acerca a la cama y me sonríe.
—Bienvenida de nuevo entre nosotros —me dice—. Te estaba esperando.
¿Él me estaba esperando? Es típico de Leonardo aparecer de golpe en mi vida sin pedir permiso y dar un vuelco a la visión de las cosas que he logrado construir con no poca dificultad.
Su aroma, esa mezcla indefinida a ámbar y a mar, ha impregnado la habitación superponiéndose por un momento al olor aséptico del hospital. De manera que no lo he soñado: ha estado aquí mientras yo estaba inconsciente.
—Entonces, ¿cómo estás? —pregunta como si nos hubiésemos visto anoche.
—Magullada, pero sigo aquí… En pocas palabras, sobrevivo. —Y no me refiero solo al accidente, sino también al último año de mi vida.
Me he preguntado un millón de veces cómo sería volver a verlo y ahora ni siquiera sé cómo debo sentirme, si feliz o enojada, adulada u ofendida a muerte. Lo cierto es que solo me siento horrible. Supongo que estoy demacrada, con el pelo sucio y esta especie de túnica ridícula por vestido. Una imagen poco agradable. Lo sé, es lo último que debería pensar en este momento, pero quizá debo agradecerle a mi lado más frívolo que me distraiga de otras paranoias mucho más profundas.
Movida por un reflejo condicionado, me llevo una mano al pelo; toco una masa informe y pegajosa. Mis sospechas eran fundadas, pero ya es demasiado tarde.
Leonardo se sienta en la silla que hay al lado de la cama y se inclina hacia mí acodándose sobre las rodillas y juntando las manos, como si estuviese rezando.
—Lo siento, Elena…
—¿Por qué lo sientes?
—Me refiero a lo que ha sucedido… En cierta manera, me considero responsable.
Sus ojos negros parecen tornarse más oscuros y penetrantes, y yo me veo obligada a desviar la mirada para darme un respiro. Me dejan sin aliento. Si bien mi cerebro sigue estando ofuscado, noto que vuelve a funcionar poco a poco. Una voz maligna susurra en mi mente que él solo está aquí por piedad, para lavar su conciencia.
—Tú no tienes nada que ver. Fue un accidente —respondo secamente con los ojos clavados en un punto de la pared blanca que tengo delante. La rabia y la autocompasión se mezclan como un caldo acre en mi vientre—. ¿Quién te contó lo que había pasado? ¿Lucrezia? —le pregunto después a bocajarro a la vez que encuentro el valor suficiente para mirarlo a la cara.
—No. Martino me llamó ayer por la mañana. Buscó mi número en tu teléfono. No lo tenías grabado, pero por suerte aún conservabas mis mensajes.
Me envuelve una repentina oleada de ternura; a pesar de que lo había herido, Martino ha sido capaz de dejar a un lado los celos y de llamar a Leonardo por mí, para que estuviese aquí cuando me despertase. Y ahora se ha eclipsado para dejarnos solos. Es un héroe romántico de otros tiempos que se merece, a decir poco, una dama a su nivel. Yo no, desde luego.
—Cuando ayer le dije a Lucrezia que venía aquí no tuvo el valor de hablar conmigo. Solo me lo contó luego, por la noche, cuando regresé del hospital — susurra, como si quisiera justificarse—. Se ha desequilibrado otra vez. Está convencida de que la engaño…
—Ya me he dado cuenta —lo interrumpo, puede que no tan sarcástica como me gustaría. Comprendo que esa mujer está viviendo un drama personal, pero ahora no puedo perdonarla. No puede pedirme eso.
—Hemos roto. —Leonardo me lo dice así, sin preámbulos, solo debo encontrar el ánimo adecuado para absorber la noticia. Pero no es el mejor momento. Lo miro como si estuviera alelada y él prosigue, consciente de que me debe una explicación —. Después de lo que te hizo tuvimos una violenta discusión y se ha ido de casa.
—Ah… —balbuceo, incapaz de añadir nada más.
—Después de volver juntos solo estuvimos bien una temporada. La convivencia era ya imposible, nos dimos cuenta enseguida. Ella desconfiaba de mí de manera obsesiva, no dejaba de acusarme de que seguía pensando en ti. Decía que me habías hecho algo, que me habías embrujado, porque ya no era el mismo. —Sonríe, pero con tristeza—. Yo le contestaba que estaba loca y que todo se debía a sus celos morbosos…, pero lo cierto es que ella lo había entendido todo mucho antes que yo. Era yo el que estaba loco.
Su mano busca la mía, que está apoyada en la sábana. El contacto con su piel me produce una ligera sacudida.
—Siempre has estado presente, Elena. El problema es que lo he entendido demasiado tarde.
Mi corazón empieza a latir enloquecido. «¡Dejadme salir de aquí! —grita—. ¡Esto es demasiado! ¡Quiero marcharme!».
—Ya…, demasiado tarde —digo con un nudo en la garganta, pasando revista a todas las razones que me han llevado a odiar a este hombre y a desear que desapareciese de mi vida. No puede hacer borrón y cuenta nueva de todo el daño que me ha causado.
—Elena… —prosigue él, pero en ese instante se abre la puerta y mis padres entran en la habitación. Leonardo me suelta la mano y se pone de pie echándose a un lado.
Su afecto me arrolla —es el afecto incondicional de los padres, que no exige nada a cambio— a la vez que trato de asimilar lo que acaba de suceder. Leonardo nunca me ha olvidado. ¿Cómo debería sentirme? ¿Feliz? ¿O aún más cabreada?
—¿Estás bien, mi niña? —lloriquea mi madre cogiéndome la cabeza con las manos—. Estás muy pálida.
«Estoy bien, mamá. Solo que, ya sabes…, primero me ha atropellado un coche y ahora me acaban de hacer una declaración de amor con un año de retraso».
Esbozo una sonrisa y trato de dedicarle toda mi atención pasando por alto que me haya llamado «mi niña», lo que, en otras circunstancias, me habría sacado de quicio. Mi padre permanece apartado sin dejar de mirar furtivamente al misterioso intruso. Debería presentarlos. Pero ¿cómo?
—Te presento a Leonardo, un… amigo. —A fin de cuentas, me parece una fórmula aceptable. Y él me sigue el juego mostrando la más reconfortante de las sonrisas.
¡Qué extraño me resulta ver a Elisabetta y Lorenzo Volpe estrechando la mano de Leonardo Ferrante! ¿Quién me iba a decir que asistiría a una escena como esta? Leonardo intercambia unas palabras de rigor y luego se dispone a marcharse. No obstante, antes de salir me mira por última vez y me sonríe para indicarme que piensa volver.
Poco después llegan también Paola y Martino, de manera que mi cama no tarda en ser centro de atenciones y amor; cada vez que aparece alguien nuevo me veo obligada a repetir cómo sucedió el accidente (sin mencionar la presencia de Lucrezia), explicar cómo me siento, rechazar propuestas de comida, bebidas y dádivas de todo tipo. Cuando por fin toca a su fin el horario de visitas y puedo dormir de nuevo, tengo la impresión de haber corrido un maratón agotador, pese a que no me he movido de la cama.
Al día siguiente me visita un médico alto cuya cara recuerda vagamente a la de un caballo. Para empezar comprueba mis reflejos, que la retina no haya sufrido daños; luego inspecciona las excoriaciones que tengo por todas partes —brazos, hombros e incluso en la frente— y, por último, se concentra en mi pierna. El tobillo está hinchado y cubierto de arañazos. El médico lo examina, cura las heridas y luego lo venda de nuevo.
—¿Cuándo podré andar? Pronto, ¿verdad? —le pregunto angustiada. Hace solo dos días que estoy aquí y ya no aguanto más. Más que en una cama, me siento como si estuviera en una jaula.
El médico me explica que deberé llevar un aparato ortopédico y andar con muletas durante unas tres semanas. Pero, añade, si intento moverme solo lo indispensable será mucho mejor.
Lo sabía. La reclusión será larguísima.
—Debe considerarse muy afortunada, señora. Podía haber sido mucho peor. — Como forma de animarme, resulta un tanto extraña, pero aun así lo escucho—. En cualquier caso, en un par de días podrá volver a casa.
Esta sí que es una buena noticia.
Con el tobillo embutido como un salchichón no puedo hacer casi nada, así que ahora se plantea el problema de decidir quién me cuidará. Mis padres dan por supuesto que iré a Venecia con ellos, pero yo eludo la cuestión: no me imagino pasando casi un mes sola con ellos, inmovilizada, a merced de la exaltación culinaria de mi madre y de los relatos teatrales de mi padre.
Confiaba en poder volver a casa con Paola, lejos de las obsesiones de todos, pero estos días tiene que ir a Florencia, adonde la ha enviado por motivos de trabajo el director de restauración de Villa Médicis, quien parece querer ensañarse conmigo, incluso a distancia. Y yo, desde luego, no puedo quedarme sola en ese piso, dado que ni siquiera puedo subir las escaleras.
Gaia no ha dado señales de vida. No sé nada de ella desde el día de la boda, ni siquiera si se ha enterado del accidente. Mi madre ha notado su ausencia y el hecho de que no la haya mencionado desde hace tiempo, y me ha preguntado el motivo; así que me he visto obligada a recordarle que está en el extranjero y decirle que, de todas formas, hemos hablado por teléfono. La echo muchísimo de menos, pero no cederé a la tentación de llamarla. Tampoco jugaré la carta del accidente para darle pena. Aún me queda un poco de dignidad…, quizá.
Es el último día de hospital y estoy desesperada; la idea de vivir con mi familia en Venecia me aterroriza, pero a estas alturas esa opción se está materializando peligrosamente. Casi preferiría quedarme con mis octogenarias compañeras de habitación, que se rompieron el fémur tropezando con la alfombra de la sala, amorosamente cuidada por las enfermeras y aturdida por el olor a cloroformo, por el que a estas alturas tengo ya una adicción malsana.
—Hoy te vienes conmigo.
Lo ha dicho Leonardo y creo que no he entendido nada. Después de despertarme ha venido a verme todos los días. Con todo, no hemos abordado el tema de lo que sucedió entre nosotros.
Lo miro con aire inquisitivo, puede que haya oído mal.
—Estoy a punto de irme a Estrómboli, donde nací —me explica—. Tengo que hacer una investigación para mi trabajo y, además, quiero respirar un poco el aire de mi tierra. Quiero que vengas conmigo y que pasemos un poco de tiempo juntos.
Así pues, lo había entendido bien. Trato de ganar tiempo; la propuesta me parece absurda e increíblemente atractiva a la vez.
—Bueno, no lo sé… Es que, más que hacerte compañía, sería un estorbo — objeto.
—No lo bastante pesado como para no poder ir a Sicilia —replica él, como si me estuviese sopesando con la mirada.
—No estás hablando en serio.
En cambio, sí. Se sienta en la cama y me escruta con sus ojos penetrantes, a los que no puedo resistirme.
—La belleza de Estrómboli te deslumbrará, te lo aseguro. Además, es el lugar ideal para descansar y cuando se te cure la pierna podrás decidir si marcharte o quedarte más tiempo conmigo.
—Escucha, no debes sentirte obligado a nada. No quiero tu compasión —le digo en un arranque de orgullo. No entiendo por qué me está haciendo esta oferta, de la que desconfío por instinto.
No recoge el guante —no ha cambiado, solo él tiene derecho a provocar— y me acaricia la frente en el punto en que sé que tengo una pequeña herida en vías de curación.
—Elena, es lo que deseo. Punto. Me encantaría que vinieses conmigo. Al menos piénsatelo.
Lo hago. Le doy vueltas toda la tarde y también por la noche, sin llegar a ninguna conclusión. Ir a Estrómboli con Leonardo es una idea disparatada, tan disparatada que me atrae irremediablemente. He pasado el último año intentando olvidarlo y ahora, como es lógico, mi racionalidad se venga planteándome una serie interminable de objeciones: dependería por completo de él y me sentiría incómoda. Además, ¿qué relación tendríamos? ¿Qué seríamos? ¿Un par de amigos que cuidan el uno del otro? ¿Amantes? En pocas palabras, ¿qué pretende Leonardo de mí?, ¿qué significa para nosotros este viaje?
A la mañana siguiente, cuando me dan el alta, aún no he tomado una decisión.
Mis padres vienen a recogerme y al cabo de varios minutos de escenificar el consabido guion de niña enferma con padres aprensivos —¿cómo estoy?, ¿he desayunado ya?, ¿no he olvidado nada en el armario?— me duele la cabeza.
—Ten —dice mi madre tendiéndome un envoltorio de papel del que emana un olor inconfundible a tarta de fruta—. La he hecho esta mañana. Paola ha tenido la amabilidad de dejarme usar la cocina.
—Gracias, mamá, pero ya te he dicho que he comido. En este hospital tienen la extraña costumbre de dar de comer a los enfermos.
—¿Ni siquiera un trozo?
No lo entiende.
—No, de verdad. Pero gracias por el detalle.
—¿Uno pequeño?
En este preciso momento tomo una decisión. Tres semanas de semejante regresión a la infancia, de estas dosis masivas de afecto, pueden ser letales. En el mejor de los supuestos saldría con veinte kilos más y un agotamiento nervioso. De repente, veo con toda claridad lo que debo hacer.
—Escuchad, tengo que deciros una cosa…
Los dos se vuelven hacia mí pendientes de mis labios. Respiro hondo y busco el tono más afable del que soy capaz.
—No vuelvo a Venecia con vosotros.
—¿Eh? —dicen al unísono.
—Leonardo, el amigo que os presenté, me ha invitado a pasar la convalecencia con él, en Estrómboli, y tengo intención de aceptar.
—Pero… ¿estás segura? ¿Y quién se ocupará de ti? —pregunta mi madre.
—¿Es una persona de confianza? ¿Desde cuándo lo conoces? —interviene mi padre en la misma línea.
Respondo a sus preguntas haciendo todo lo posible para tranquilizarlos. Es evidente que la propuesta no les gusta, creo que se estaban ilusionando con la idea de que estuviese un poco en casa con ellos, pero, aun así, son demasiado respetuosos para oponerse. Sobreprotectores sí, pero indiscretos no.
Así pues, los cónyuges Volpe se resignan a volver a la Laguna sin su niña. Los abrazo con fuerza y les repito que estaré bien y que no deben preocuparse por mí. Ahora que he tomado mi decisión, me siento inusualmente serena.
Cuando se marchan cojo el móvil que está en la mesilla y tecleo un número que no usaba desde hace tiempo.
—Hola, soy yo… ¿La invitación sigue en pie?
Este libro es de la autora Irene Cao.
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