
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»
Capítulo XLIV
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
Capítulo XLIV…
Tamlin gritó cuando la daga le cortó la piel y le rompió el hueso. Durante un momento terrible, cuando su sangre me cubrió la mano, pensé que la daga de fresno lo había traspasado.
Pero entonces noté un golpe leve y una reverberación ardiente en la mano en el instante en que la daga tocó algo duro. Tamlin se tambaleó hacia delante, pálido, y arranqué la daga de su pecho. La sangre se escurrió de la madera pulida, y en ese momento levanté la hoja.
La punta se había ondulado, se había doblado sobre sí misma. Tamlin se aferró el pecho mientras jadeaba. La herida ya se estaba curando. Rhysand, a los pies de la tarima, sonreía abiertamente. Amarantha se había puesto de pie con esfuerzo.
Los inmortales murmuraban. Dejé caer la daga y la oí rebotar varias veces sobre el mármol rojo.
«¡Mátala ahora!», quería gritarle a Tamlin, pero él no se movía, con la mano sobre la herida frenando la sangre que salía a borbotones. Demasiado despacio…, se estaba curando demasiado despacio. La máscara no se caía de su rostro. «Mátala ahora».
—La humana ha ganado —dijo alguien entre la multitud.
—Libéralos —fue el eco de otro.
Pero la cara de Amarantha palideció, los rasgos se le retorcieron hasta que realmente pareció una serpiente.
—Los voy a liberar cuando lo crea conveniente. Feyre no especificó cuándo tenía que liberarlos…, solo que tenía que hacerlo… en algún momento. Tal vez lo haga cuando estés muerta —rugió con una sonrisa feroz—. Creíste que cuando dije «libertad instantánea» en cuanto a la adivinanza se aplicaba también a las pruebas, ¿no es cierto? Humana estúpida. Humana imbécil.
Retrocedí cuando bajó de la tarima. Sus dedos se curvaron en garras…, el ojo de Jurian se volvió loco dentro del anillo, la pupila se dilató y se encogió.
—Y tú —me siseó—, tú. —Los dientes le brillaron y se volvieron puntiagudos—. A ti te voy a matar.
Alguien gritó, pero no podía moverme, ni siquiera traté de apartarme cuando algo me golpeó, algo mucho más violento que un relámpago, y caí al suelo pesadamente.
—Voy a hacerte pagar por tu insolencia —siseó Amarantha, y proferí un grito que me dejó la garganta en carne viva cuando un dolor como ninguno que hubiera sentido nunca me atravesó el cuerpo.
Se me quebraban los huesos y mi cuerpo se alzó en el aire y volvió a caer golpeando el suelo; otra oleada de agonía tortuosa.
—Admite que no lo amas y te dejaré ir —jadeó Amarantha, y a través de los ojos anegados de dolor la vi inclinarse hacia mí—. Admite la basura humana cobarde, mentirosa e inconstante que eres.
No quería hacerlo. No iba a decir eso aunque su poder me convirtiera en un charco de sangre en el suelo.
Pero algo me estaba destrozando desde dentro hacia fuera y pataleé, incapaz siquiera de gritar para aliviar el dolor.
—¡Feyre! —rugió alguien. No, no alguien…, Rhysand. Pero Amarantha seguía acercándose.
—¿Crees que eres digna de él? ¿De un alto lord? ¿Crees que eres digna de algo, humana? —Se me dobló la columna y se me rompieron las costillas, una por una.
Rhysand aulló mi nombre de nuevo…, aulló como si yo le importara. Me desmayé, pero ella me hizo recobrar la conciencia para asegurarse de que lo sintiera todo, para asegurarse de que chillara cada vez que me rompiera un hueso.
—¿Qué eres tú? ¿Qué, más que barro y huesos y carne de gusanos? —siguió Amarantha furiosa—. ¿Qué eres comparada con nuestra especie para creer que eres digna de nosotros?
Los inmortales empezaron a gritar, gritaban que eso era hacer trampa, que tenía que liberar a Tamlin de la maldición. La llamaban mentirosa, tramposa. En medio de la niebla que me cegaba, vi a Rhysand agachado junto a Tamlin. No para ayudarlo…, sino para coger la…
—Y vosotros, vosotros sois todos cerdos…, cerdos sucios y traidores.
Yo sollozaba y gritaba cada vez que su pie me pateaba las costillas rotas. Otra vez. Y otra.
—Tu corazón mortal no es nada, nada para nosotros.
Rhysand estaba de pie, el cuchillo ensangrentado entre las manos. Se lanzó hacia Amarantha, rápido como una sombra, con la daga de fresno dirigida directamente a su garganta.
Ella levantó una mano, ni siquiera se molestó en mirar, y él retrocedió, empujado por una pared de luz blanca.
Pero el dolor se detuvo durante un segundo, lo suficiente para que lo viera ponerse de pie apenas tocó el suelo y volverse contra ella con los espolones al descubierto. Se estrelló contra la pared invisible que había levantado Amarantha alrededor de sí misma, y mi dolor disminuyó cuando se volvió hacia él.
—Traidor, basura —le espetó a Rhysand—. Eres tan malo como esas bestias humanas. —Uno por uno, como si los empujase una mano poderosa, los espolones volvieron a meterse bajo la piel y dejaron un rastro de sangre en el camino. Él la maldijo en voz alta, una maldición feroz—. Lo estuviste planeando todo el tiempo…
La magia de Amarantha lo lanzó contra el suelo de nuevo y volvió a golpearlo, con tanta fuerza que su hermosa cabeza se estrelló contra el mármol y el cuchillo se le cayó de los dedos flácidos. Nadie hizo ni un solo movimiento para ayudarlo y ella volvió a golpearlo con su enorme fuerza. El mármol rojo se resquebrajó y las grietas llegaron hasta mí. Esgrimiendo oleada tras oleada de poder, ella siguió su castigo. Rhys gruñó.
—Basta —dejé escapar con la boca llena de sangre mientras trataba de alcanzar los pies de ella con las manos—. Por favor, basta.
Los brazos de Rhys se doblaron cuando intentó levantarse y la sangre le brotó de la nariz, manchando el mármol. Los ojos de color violeta se clavaron en los míos.
El lazo entre los dos se tensó. Pasé de mi cuerpo al suyo y me vi a través de los ojos de él, sangrando y sollozando, rota.
Volví de repente a mi propia mente cuando Amarantha volvió a mirarme.
—¿Basta? ¿Basta? No finjas que él te importa, humana —susurró con voz cantarina, y dobló un dedo. Yo arqueé la columna, sentí que iban a rompérseme las vértebras, y Rhysand aulló mi nombre cuando perdí la conciencia.
Después empezaron los recuerdos…, una colección de los peores momentos de mi vida, una historia completa de desesperación y oscuridad. Llegó la última página y lloré, sin sentir del todo la agonía de mi cuerpo mientras veía a ese joven conejo que sangraba en el claro del bosque, mi cuchillo en su garganta. Mi primera presa, el primer animal que había cazado en mi vida.
Estaba hambrienta, desesperada. Y sin embargo, después, cuando mi familia terminó de devorar el conejo, volví al bosque y lloré durante horas, sabiendo que acababa de cruzar una línea, que ahora mi alma estaba manchada.
—¡Dime que no lo amas! —gritó Amarantha, y la sangre de mis manos se convirtió en la sangre de ese conejo, se convirtió en la sangre de lo que había perdido.
Pero no quise decirlo. Porque amar a Tamlin era lo único que me quedaba, lo único que no podía sacrificar. Un sendero en rojo y negro se abrió a mi visión. Descubrí los ojos de Tamlin, muy abiertos cuando se arrastró hacia Amarantha, mirándome morir, incapaz de salvarme mientras la herida se le curaba lentamente, mientras ella seguía en posesión de su vida y su poder.
Amarantha nunca me hubiera dejado ir con vida, y no iba a dejarlo a él tampoco.
—Basta, Amarantha —le rogó Tamlin sin levantarse, a sus pies, mientras se sujetaba la herida abierta en el pecho—. Basta. Lo lamento…, lamento lo que dije de Cynthia hace ya tantos años. Por favor.
Amarantha lo ignoró, pero yo no podía dejar de mirar. Los ojos de Tamlin eran tan verdes…, verdes como las colinas de su tierra. Un tono de verde que se llevaba los recuerdos que me recorrían, que empujaba y alejaba de mí esa fuerza malvada que me quebraba los huesos, uno por uno, que me partía en dos. Aullé de nuevo cuando se me tensaron las rótulas de las rodillas como si fueran a romperse, pero vi el bosque encantado, vi la tarde en que habíamos estado ahí, tumbados en la hierba, vi la mañana en que habíamos disfrutado de la salida del sol, cuando, durante un momento, un instante apenas, había conocido la verdadera felicidad.
—Di que no lo amas —escupió Amarantha, y mi cuerpo se retorció más y más—. Admite la inconstancia de tu corazón.
—Por favor, Amarantha —gimió Tamlin, y su sangre salpicó el suelo—. Prometo que voy a hacer todo lo que quieras que haga…
—Luego me ocuparé de ti —le ladró ella, y me envió otra vez a un feroz pozo de dolor.
Yo no iba a decirlo, nunca dejaría que ella lo oyera de mis labios. No, aunque me matara. Y si ese había de ser mi final, que lo fuera. Si mi debilidad iba a suponer mi muerte, la aceptaría con todo mi corazón. Si eso era…
Porque aunque mis golpes, todos, dan siempre en el blanco,
cuando mato, lo hago muy muy despacio…
Así habían sido esos últimos tres meses…, una muerte lenta, horrible. Lo que yo sentía por Tamlin era la causa de todo. No había cura…; ni el dolor, ni la ausencia, ni la felicidad.
… pero si me desprecian, me convierto en una bestia
difícil de vencer.
Podía torturarme todo lo que quisiera, pero jamás destruiría lo que yo sentía por él. Nunca haría que Tamlin la deseara a ella…, nunca aliviaría el dolor que le causaba el rechazo del alto lord de Primavera.
El mundo se oscureció a los costados de mi mente y se llevó con eso el filo del dolor.
Pero bendigo a todos los que tienen el coraje de intentarlo.
Durante tanto tiempo había corrido para alejarme de él… Pero abrirme a Tamlin, a mis hermanas…, eso había sido una prueba de coraje tan difícil de superar como mis tres pruebas letales.
—Dilo, bestia asquerosa —siseó Amarantha. Tal vez había mentido al negociar conmigo, pero había jurado otra cosa con la adivinanza…: libertad instantánea, más allá de su voluntad como reina.
La sangre me llenó la boca, estaba tibia cuando se derramó entre los labios. Miré la cara enmascarada de Tamlin una vez más.
—Amor —jadeé mientras el mundo se derrumbaba en una negrura sin fin. Una pausa en la magia de Amarantha—. La respuesta… a la adivinanza… —conseguí decir, ahogándome en mi propia sangre— es… amor.
Los ojos de Tamlin se abrieron cada vez más, y después algo se me quebró para siempre en la columna.
Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
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