Una corte de Rosas y Espinas | Capítulo 35

Portada - Yo te Miro

Una corte de Rosas y Espinas

Una corte de rosas y espinas I

«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»

Capítulo XXXV

Una corte de Rosas y Espinas

Una corte de rosas y espinas I

Capítulo XXXV…

Sentí que recuperaba lentamente los sentidos, y que cada uno era más doloroso que el anterior. Primero oí un sonido de agua que goteaba, después el eco lejano de unos pasos fuertes. Un gusto a cobre en la boca…: sangre. Por encima del silbido de algo que tenía que ser mi nariz aplastada, el olor fuerte y picante del moho y el hedor de los hongos inundaban el aire frío, húmedo. Se me clavaban en las mejillas puntiagudas briznas de paja. Toqué con la lengua mi labio partido y el gesto me llenó de fuego el rostro. Hice una mueca, intenté abrir los ojos, pero solo conseguí separar un poco los párpados hinchados. Lo que veía, borroso, sin duda porque tenía los ojos amoratados, no me alegró el espíritu.

Estaba en una celda, en una prisión. Ya no tenía armas y mis únicas fuentes de luz eran las antorchas que ardían al otro lado de la puerta. Amarantha había dicho que pasaría el tiempo en una celda, pero cuando me senté, con la cabeza tan confusa que casi me desmayé de nuevo, se me aceleró el corazón. Una mazmorra. Examiné los finos rayos de luz que se arrastraban a través de las grietas de la puerta y la pared. Después, con cautela, me toqué la cara.

Dolía…, dolía más que cualquier otra cosa que yo hubiera soportado antes.

Me mordí la lengua para no gritar mientras con los dedos me tocaba la nariz y caían trozos de sangre seca a mi alrededor. Estaba rota. Quebrada. Habría apretado los dientes si no me hubiera estado latiendo la mandíbula en un remolino de agonía.

No podía permitirme el pánico. No, tenía que mantener a raya las lágrimas, tenía que conservar la cordura. Y tenía que revisar mis laceraciones lo mejor que pudiera para después pensar qué hacer. Tal vez podría usar mi camisa para elaborar vendajes…, tal vez me darían agua en algún momento y podría lavarme las heridas. Respirando de forma superficial a causa del dolor del pecho y las costillas, me exploré el resto de la cara. No tenía la mandíbula rota, y aunque se me habían hinchado los ojos y partido el labio, el peor daño era en la nariz.

Me llevé las rodillas al pecho, las apreté con fuerza mientras controlaba la respiración. Había violado una de las reglas de Alis. No había tenido opción. Ver a Tamlin sentado junto a Amarantha…

La mandíbula me dolía, pero apreté los dientes de todos modos. La luna llena… Era cuarto creciente cuando dejé la casa de mi padre. ¿Cuánto tiempo había pasado inconsciente ahí abajo? No era tonta: sabía que no tendría tiempo para prepararme para la primera prueba de Amarantha.

No me permití imaginarme lo que podía tener en mente para mí. Ya tenía bastante con saber que ella esperaba que yo muriera… Había dicho que no quedaría suficiente de mí para que pudiera entretenerse torturándome.

Me abracé las piernas con más fuerza para que no me temblaran las manos. En algún lugar…, no demasiado lejos, empezaron los gritos. Un balido agudo, un ruego, acentuado con crescendos de chillidos que hicieron que la bilis se me atragantara en la garganta. Tal vez yo gritaría así cuando me viera frente a la primera tarea de Amarantha.

Sonó el chasquido de un látigo y el alarido fue más fuerte; a quien estuvieran azotando apenas le daban tiempo para detenerse a tomar aire. Seguramente Clare había gritado así. Y sí, era como si yo misma la hubiera torturado. ¿Qué habría pensado ella…? Todos esos inmortales que deseaban su sangre y su dolor. Me lo merecía…, sí, me merecía cualquier dolor, cualquier sufrimiento que tuviera que afrontar, fuera el que fuese…, por lo que Clare había tenido que tolerar. Pero… pero iba a arreglar las cosas. De alguna forma.

Imagino que me dormí en algún momento, porque desperté cuando la puerta de la celda raspó el suelo de piedra. Olvidé el dolor inmenso de mi cara y me arrastré para esconderme en las sombras del rincón más lejano. Alguien se deslizó en mi celda y cerró la puerta con rapidez…, dejando pasar apenas un rayo de luz.

—¿Feyre?

Traté de ponerme de pie, pero me temblaban tanto las piernas que no podía moverme.

—¿Lucien? —jadeé yo, y la paja del suelo crujió cuando se dejó caer de rodillas frente a mí.

—Por el Caldero, ¿estás bien?

—La cara…

Una luz pequeña flameó junto a su cabeza, y su ojo de metal se entrecerró. Lucien resopló.

—¿Has perdido la cabeza? ¿Qué estás haciendo aquí?

Luché por contener las lágrimas… Llorar no tenía sentido, de todos modos.

—Volví a la mansión… Alis me dijo… me contó lo de la maldición… Y no podía dejar que Amarantha…

—No deberías haber venido, Feyre —dijo él con voz cortante—. No tendrías que estar aquí. ¿No entiendes todo lo que Tamlin sacrificó para sacarte de Prythian? ¿Cómo has podido ser tan estúpida?

—Bueno, pero ahora estoy aquí —dije con voz más alta de lo aconsejable—. Estoy aquí y no se puede hacer nada al respecto, así que… ¡no te molestes en hablarme de mi cuerpo débil y humano y de mi estupidez! Eso lo sé, y… —Quería cubrirme la cara con las manos pero me dolía demasiado—. Solo… tenía que decirle que lo amo. Comprobar si no era demasiado tarde.

Lucien se puso en cuclillas.

—Así que lo sabes todo.

Me las arreglé para asentir sin desmayarme de dolor. Seguramente vio con claridad mi agonía, porque hizo una mueca.

—Bueno, por lo menos ya no tenemos que mentirte. A ver si te recomponemos un poquito.

—Creo que tengo la nariz rota. Pero nada más. —Mientras lo decía, miré alrededor de él buscando señales de vendajes o agua… Pero no vi nada. Sería magia, entonces.

Lucien dirigió la mirada por encima del hombro, controlando la puerta.

—Los guardias están borrachos, pero el cambio llegará pronto —dijo, y después estudió mi nariz. Traté de soportar el suplicio mientras le permitía tocarla. Hasta el roce de sus dedos me transmitió relámpagos de dolor por todo el cuerpo—. Voy a tener que ponerla en su lugar antes de curarte.

Apreté la boca para ocultar el pánico ciego que sentía.

—Hazlo. Ahora —le dije, antes de que pudiera hundirme en la cobardía y pedirle que no lo hiciera. Él dudó—. Ahora —jadeé.

Con demasiada rapidez para que pudiera seguirlo con la vista, los dedos de Lucien me cogieron la nariz. El dolor me atravesó como una lanza y un crac me sonó en los oídos, en la cabeza; después me desmayé.

Cuando volví en mí, conseguí abrir los dos ojos completamente, y la nariz, mi nariz, estaba en su sitio y no me latía ni hacía que la cara se me partiera de dolor. Lucien estaba agachado sobre mí con el entrecejo fruncido.

—No puedo curarte del todo… Sabrían que alguien te ha ayudado. Todavía tienes los moretones y ese ojo negro está horrible, pero… ya no hay hinchazón.

—¿Y la nariz? —pregunté, tocándola antes de que él contestara.

—Lista…, tan bonita y descarada como siempre. —Me dedicó su sonrisa ladeada. El gesto familiar hizo que se me tensara el pecho casi hasta dolerme.

—Pensé que Amarantha había arrebatado la mayor parte del poder de la corte — me las arreglé para decir. Yo casi no lo había visto hacer magia en la mansión.

Asintió hacia la lucecita que se movía sobre su hombro.

—Ella me devolvió una fracción…, para que convenciera a Tamlin a aceptar la oferta. Pero él sigue negándose. —Levantó el mentón hacia mi cara curada—. Yo sabía que algo bueno saldría de estar aquí abajo.

—¿Así que tú también estás atrapado en Bajo la Montaña? —Un movimiento amargo de la cabeza acompañó su asentimiento. «Sí».

—Ha mandado llamar a todos los altos lores…, incluso los que le juraron obediencia están aquí y tienen prohibido irse hasta que… hasta que terminen tus pruebas.

Hasta que yo estuviera muerta era lo que quería decir en realidad.

—Ese anillo —dije—, ¿es… es realmente el ojo de Jurian? —Lucien se encogió.

—Sí. ¿Así que de verdad lo sabes todo?

—Alis no me dijo qué pasó cuando Jurian y Amarantha estuvieron frente a frente.

—Dejaron asolado todo un campo de batalla y usaron a sus soldados como escudos hasta que murieron casi todos. Jurian tenía alguna protección contra ella, pero una vez que llegaron al combate cuerpo a cuerpo… no le costó demasiado derrotarlo. Entonces lo arrastró de vuelta a su campamento y se tomó mucho tiempo, semanas, para torturarlo y matarlo. Ignoró las órdenes de marchar en ayuda del rey de Hybern… y eso le costó ejércitos a su soberano y al final perdió la guerra. Amarantha se negó a hacer cualquier cosa hasta que hubiera terminado con Jurian. Las únicas partes del cuerpo que quedaron de él fueron el dedo y el ojo. Clythia le había prometido a Jurian que no moriría nunca…, y mientras su hermana mantenga ese ojo preservado en magia, retendrá su alma y su conciencia, y él permanecerá atrapado, mirando. Un castigo adecuado para lo que hizo, pero… —Lucien se tocó el ojo que le faltaba—, pero me alegro de que no me hubiera hecho lo mismo a mí. Se diría que está obsesionada con ese tipo de cosas.

Me eché a temblar. Una cazadora… Amarantha no era mucho más que una cazadora cruel, inmortal, que coleccionaba trofeos para recordar a sus presas y conquistas y se regodeaba con ellos a lo largo de las eras. La rabia, la desesperación y el horror que tenía que aguantar Jurian día tras día, durante toda la eternidad… Merecidos, tal vez, pero peores que nada que yo hubiera podido imaginar. Sacudí la cabeza para sacarme la idea de la mente.

—¿Tamlin está…?

—Él… —Lucien iba a contestar, pero se puso de pie bruscamente cuando oyó algo que los oídos humanos no captaban—. Va a haber un cambio de guardia y vienen hacia aquí. Trata de no morirte, ¿quieres? Ya tengo una larga lista de inmortales que matar…, no necesito añadir más nombres, ni siquiera por el bien de Tamlin.

Razón por la cual, sin duda, había bajado hasta allí.

Y entonces desapareció…, desapareció en la tenue luz. Un momento después, un ojo amarillo manchado de rojo apareció en el agujero de vigilancia de la puerta, me miró con furia y siguió adelante.

Dormitaba y me despertaba a lo largo de un ciclo que tal vez fue de horas, o quizá de días. Me dieron tres comidas miserables, pan duro y agua, y las llevaron a intervalos irregulares, por lo que pude detectar. Lo único que supe cuando se abrió la puerta de la celda en un movimiento brusco fue que mi hambre constante ya no importaba y que era mejor no luchar contra los dos inmortales bajitos, de piel roja, que me arrastraron hasta el salón del trono. Me fijé cuidadosamente en el camino, elegí detalles de los pasillos para acordarme, grietas diferentes en las paredes, escenas de los tapices, una curva distinta a las demás, cualquier cosa que me recordara el camino de salida de las mazmorras.

Esta vez vi algo más de la habitación del trono; por ejemplo, comprobé dónde estaban las salidas. No había ventanas porque estábamos bajo tierra. Y la montaña que había visto pintada en el mapa de la mansión se levantaba en el corazón de esa tierra, lejos de la Corte Primavera y todavía más lejos del muro. Si quería escapar con Tamlin, mi mejor oportunidad sería correr y buscar esa cueva en el vientre de la montaña.

De pie junto a la pared había una multitud de inmortales. Cuando pasamos bajo el umbral traté de no mirar el cuerpo de Clare, que se descomponía clavado en el muro, y me concentré en fijarme tan solo en la corte reunida. Todo el mundo se había puesto ropa elegante, colorida…; todos parecían bien alimentados y limpios. Entre ellos había inmortales enmascarados: la Corte Primavera. Si tenía alguna oportunidad de conseguir aliados, sería entre ellos.

Examiné a la multitud buscando a Lucien, pero no lo encontré, y entonces me empujaron junto a la tarima. Amarantha llevaba un vestido cubierto de rubíes que realzaba su cabello entre rojo y dorado y también los labios, que, cuando dirigí la vista hacia ella, estaban abiertos en una sonrisa viperina.

La reina de los inmortales chasqueó la lengua.

—Estás realmente espantosa. —Se volvió hacia Tamlin, que permanecía quieto a su lado. Su expresión siguió siendo distante—. ¿No es cierto que ha empeorado mucho?

Él no contestó. Ni siquiera me miró a los ojos.

—¿Sabes? —musitó Amarantha inclinándose sobre el brazo del trono—, anoche no me podía dormir y esta mañana me he dado cuenta de por qué. —Me miró de arriba abajo—. No sé tu nombre. Si tú y yo vamos a ser tan amigas durante los próximos tres meses, debería saber tu nombre, ¿verdad?

Hice un esfuerzo para no asentir. Había algo encantador, cercano, en ella, y una parte de mí empezó a entender por qué los altos lores habían caído bajo su hechizo, por qué habían creído sus mentiras. La odié por eso.

Cuando no contesté, Amarantha frunció el entrecejo.

—Vamos, amor, vamos. Tú sabes mi nombre, ¿te parece justo que yo no sepa el tuyo? —Me puse tensa cuando apareció el attor en medio de la multitud que se separó para dejarlo pasar. Apenas me vio, me sonrió con sus filas y filas de dientes—. Después de todo —Amarantha hizo un gesto elegante con la mano hacia el espacio que había detrás de mí y el cristal que protegía el ojo de Jurian reflejó la luz—, ya sabes la consecuencia de dar nombres falsos. —Una nube oscura me envolvió y sentí la forma de Clare clavada en la pared detrás de mí. Pero mantuve la boca cerrada—. Rhysand —dijo Amarantha, y no necesitó levantar la voz para que él acudiera. Mi corazón pareció pesar como el plomo cuando sonaron a mi espalda esos pasos relajados, ágiles. Se detuvo junto a mí… Demasiado, sí, demasiado cerca para mi gusto.

Con el rabillo del ojo estudié al alto lord de la Corte Noche cuando se inclinó doblándose por la cintura. La noche parecía ondear a su alrededor como una capa casi invisible.

Amarantha levantó las cejas.

—¿Es ella la mujer humana que viste en la propiedad de Tamlin?

Él se sacudió una mota invisible de polvo de la túnica negra antes de mirarme. Sus ojos violeta mostraban aburrimiento… y desdén.

—Supongo.

—Pero ¿me dijiste o no que esa chica era la que viste? —dijo Amarantha alzando el tono mientras señalaba a Clare.

Él se metió las manos en los bolsillos.

—A mí, los humanos me parecen todos iguales. —Amarantha le dedicó una sonrisa artificial.

—¿Y los inmortales?

Rhysand volvió a inclinarse, con tanta suavidad que el gesto parecía más una danza que una reverencia.

—En medio de un mar de caras mundanas, la vuestra es una obra de arte.

Si yo no hubiera estado pisando la línea entre la vida y la muerte, habría resoplado.

«Los humanos me parecen todos iguales…». No lo creía, no, ni por medio segundo. Rhysand conocía mi aspecto con exactitud…, me había reconocido aquel día en la mansión. Me esforcé por hacer que se viera mi rostro lo más neutral que pude, ahora que la atención de Amarantha volvía a dirigirse a mí.

—¿Cómo se llama? —le preguntó a Rhysand.

—¿Y cómo voy a saberlo? Ella me mintió. —O jugar con Amarantha era una diversión para él, una broma, como poner una cabeza en una pica en medio del jardín de Tamlin, o… todo eso era otra vez una intriga cortesana. Me preparé para el roce de esos espolones contra mi mente, me preparé para la orden que, sin ninguna duda, ella estaba a punto de dar.

Mantuve la boca bien cerrada y me quedé quieta. Recé para que Nesta tuviera ya guardias y exploradores a su servicio…, para que hubiera persuadido a mi padre de tomar precauciones.

—Si te gustan tanto los juegos, muchacha, supongo que podemos hacer esto y divertirnos al mismo tiempo —dijo Amarantha. Hizo sonar los dedos hacia el attor, que se metió en la multitud y atrapó a alguien. Su cabello rojo brilló y me tambaleé hacia delante cuando el attor arrastró a Lucien por el cuello de la túnica verde. «No. No».

Lucien se defendía del attor, pero no podía hacer nada contra esas uñas parecidas a agujas. El monstruo lo obligó a arrodillarse y sonrió, soltó la túnica de Lucien y se mantuvo cerca.

Amarantha levantó un dedo en dirección a Rhysand. El alto lord de la Corte Noche enarcó una ceja muy bien cuidada.

—Mantén esa mente quieta —le ordenó ella.

Se me desgarró el corazón. Lucien se quedó completamente quieto. El sudor le brillaba en el cuello cuando Rhysand inclinó la cabeza hacia la reina y se dio la vuelta para ponerse frente a él.

Detrás de los dos, abriéndose paso para situarse frente a la multitud, aparecieron cuatro altos fae de gran estatura y de cabello rojo. Algunos eran musculosos, de buen físico, y parecían guerreros listos para entrar en un campo de batalla; otros eran hermosos cortesanos. Todos miraron con fijeza a Lucien… y sonrieron. Los cuatro hijos del alto lord, los cuatro que quedaban en la Corte Otoño.

—¿Cuál es su nombre, emisario? —le preguntó Amarantha a Lucien. Pero este miró a Tamlin, solo eso, antes de cerrar los ojos y erguir los hombros. Rhysand empezó a sonreír y me estremecí cuando recordé la sensación de esas garras invisibles dentro de la mente. Qué fácil hubiera resultado para él aplastarla por completo.

Amarantha suspiró.

—Pensé que habías aprendido la lección, Lucien. Aunque esta vez tu silencio va a condenarte tanto como tu lengua. —Lucien siguió con los ojos cerrados. Listo…, estaba listo para que Rhysand borrara todo lo que era, para que convirtiera su mente, a él incluso, en puro polvo—. ¿Su nombre? —le preguntó ella a Tamlin, y él no le contestó. Los ojos de Tam estaban fijos en los hermanos de Lucien, como si estuviera tratando de ver cuál de ellos mostraba la sonrisa más satisfecha.

Amarantha pasó una uña a lo largo del brazo del trono.

—No creo que tus hermosos hermanos lo sepan, Lucien —ronroneó.

—Si lo supiéramos, señora, seríamos los primeros en decíroslo —manifestó el más alto. Era delgado e iba vestido de forma elegante, un hijo de puta entrenado para la corte en cada centímetro de su cuerpo. Seguramente el mayor, si se tenía en cuenta la forma en que lo miraban incluso los que parecían guerreros de sangre, una mirada llena de deferencia, de prevención y de miedo.

Amarantha le dedicó una sonrisa de agradecimiento y levantó la mano. Rhysand movió la cabeza y entrecerró los ojos, fijos en Lucien.

Este se puso tenso. Un gruñido le salió por la garganta y…

—¡Feyre! —grité—. Me llamo Feyre.

Tuve que esforzarme mucho para no caer de rodillas cuando Amarantha asintió y Rhysand dio un paso atrás. El alto lord de la Corte Noche ni siquiera se había sacado las manos de los bolsillos.

Supongo que ella le había permitido conservar más poder que a los otros. Sin duda si era capaz de infligir tanto daño a pesar de estar sometido a ella. Antes de que ella se lo robara, el poder de Rhysand había sido… extraordinario. Sí, tenía que haberlo sido si esto era solo lo que conservaba de él.

Lucien se dejó caer al suelo temblando. Sus hermanos se adelantaron y el mayor me mostró los dientes en una amenaza silenciosa. Lo ignoré.

—Feyre —dijo Amarantha saboreando mi nombre, el gusto de las dos sílabas sobre la lengua—. Un nombre viejo de nuestros primeros dialectos. Bueno, Feyre — continuó. Cuando me di cuenta de que no iba a preguntar por mi apellido, casi lloro del alivio—. Te prometí una adivinanza.

Todo se volvió espeso y confuso. ¿Por qué Tamlin no hacía nada? ¿Por qué no decía nada? ¿Qué había estado a punto de decir Lucien antes de desaparecer de mi celda?

—Resuelve esto, Feyre, y tú y tu alto lord y toda la corte podréis iros con mi bendición inmediatamente. Veamos si eres lo bastante inteligente como para merecer a uno de mi especie. —Sus ojos oscuros brillaron y me aclaré la mente lo mejor que pude mientras ella hablaba.

Hay quienes me buscan toda una vida pero no nos encontramos,
y quienes reciben mi beso y me rechazan, desagradecidos, desdichados.

A veces, parece que prefiero a los inteligentes, a los bellos, a los altos,
pero bendigo a todos los que tienen el coraje de intentarlo.

En general, cuando actúo, soy de mano suave, dulce, de miel,
pero si me desprecian, me convierto en una bestia difícil de vencer.

Porque aunque mis golpes, todos, dan siempre en el blanco,
cuando mato, lo hago muy muy despacio…

Parpadeé y ella lo repitió, sonriendo al terminar, engreída como un gato. Mi mente era un vacío, una masa totalmente inútil, un espacio en blanco.

¿Algún tipo de enfermedad? Mi madre había muerto de tifus y su prima de malaria después de un viaje a Bharat… Pero ninguno de los síntomas parecía tener nada que ver con la adivinanza. ¿Una persona, tal vez?

Una oleada de risas recorrió a los que estaban reunidos, y las más estruendosas fueron las de los hermanos de Lucien. Rhysand me miraba, envuelto en noche, con una sonrisa leve en la boca.

La solución estaba tan cerca… Una pequeña respuesta y todos seríamos libres. Inmediatamente, había dicho ella…, y en cambio… Eh, un momento: ¿las condiciones de las pruebas eran distintas de las que me había dado para la adivinanza? Amarantha había enfatizado lo de «inmediatamente» cuando hablaba de resolver la adivinanza. No, no tenía tiempo para pensar en eso ahora. Tenía que resolver la adivinanza. Así podríamos ser libres. Libres.

Pero no pude…, ni siquiera se me ocurrió una posibilidad. Habría sido mejor que yo misma me abriera el cuello y terminara allí mismo con mi sufrimiento antes de que ella pudiera hacerme pedazos. Era una tonta, una humana idiota. Miré a Tamlin. El oro en sus ojos titiló un poco, pero su cara no tenía expresión.

—Piénsalo —dijo Amarantha para consolarme, y dirigió una mirada al anillo, al ojo que daba vueltas ahí dentro—. Voy a estar esperando.

Miré a Tamlin. Tenía la mente vacía, girando en un remolino, mientras me empujaban hacia las mazmorras.

Cuando volvieron a cerrar la puerta de mi celda, supe que iba a perder.

Pasé dos días encerrada allí, o por lo menos supuse que eran dos, tomando como referencia las comidas, que habían empezado a ser un poco mejores. Devoré las partes comestibles de las porciones medio cubiertas de moho, y aunque deseaba que Lucien acudiera a verme, nunca lo hizo. Sabía que no me era posible siquiera desear ver a Tamlin.

Tuve muy poco que hacer excepto reflexionar acerca de la adivinanza de Amarantha. Pero cuanto más lo hacía, menos sentido le encontraba. Pensé en varios tipos de venenos y animales ponzoñosos…, pero eso no me sirvió de nada, excepto acrecentar la sensación de ser cada vez más estúpida. Por no mencionar la impresión de que tal vez ella estaba engañándome con esa negociación y que por eso había dicho «inmediatamente» cuando habló de la adivinanza. Tal vez lo que quería decir era que no nos liberaría inmediatamente si yo terminaba con éxito las pruebas. Que podría tomarse todo el tiempo que quisiera para hacerlo. No…, no, me estaba poniendo paranoica. Estaba dándole demasiadas vueltas. Pero la adivinanza podía liberarnos a todos al instante. Tenía que resolverla. Aunque había jurado no pensar demasiado en las tareas que me esperaban, no dudaba de la imaginación de Amarantha, y muchas veces me despertaba sudando después de algún sueño inquieto…, un sueño en el que estaba atrapada dentro de un anillo de cristal, en silencio por toda la eternidad, obligada a ser testigo de ese mundo cruel, sediento de sangre, separada de todo lo que había amado. Amarantha había amenazado con que no quedaría nada de mí, que ella no podría jugar conmigo si fracasaba en una de las pruebas…, y yo recé para que eso fuera verdad. Mejor desaparecer para siempre que sufrir el destino de Jurian.

Sin embargo, un miedo como no había conocido antes me devoró completamente cuando se abrió la puerta de la celda y los guardias de piel roja me dijeron que la luna llena estaba en el centro del cielo.

Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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