Una corte de Rosas y Espinas | Capítulo 32

Portada - Yo te Miro

Una corte de Rosas y Espinas

Una corte de rosas y espinas I

«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»

Capítulo XXXII

Una corte de Rosas y Espinas

Una corte de rosas y espinas I

Capítulo XXXII…

Me concedí un minuto, un minuto solamente, para quedarme así, de rodillas en medio de lo que quedaba del vestíbulo.

Después me puse de pie con mucho cuidado para no tocar el vidrio ni la madera rota…, ni la sangre. Había manchas de sangre en todas partes, charcos y manchurrones sobre las paredes arrasadas.

«Otro bosque —me dije—. Otras huellas para rastrear».

Muy despacio, me moví por el suelo, tratando de entender la información que aquellos restos habían dejado. Había sido una pelea feroz…, y a juzgar por las manchas de sangre, la mayor parte del daño había ocurrido en el mismo momento de la pelea, no después. El vidrio destrozado y las huellas iban y venían desde el frente hasta el fondo de la casa, como si el lugar hubiera estado rodeado. Los intrusos habían tenido que abrirse paso a través de las puertas de entrada; destrozando por completo las que daban al jardín.

«Ningún cuerpo», me repetí una y otra vez. No había cuerpos y la sangre no era tanta. Tenían que estar vivos. Tamlin tenía que estar vivo.

Porque si él había muerto…

Me froté la cara y respiré hondo, temblando. No quería hacer demasiadas conjeturas. Me temblaban las manos cuando me detuve frente a las puertas del comedor, desencajadas y rotas.

No conseguí decidir si ese desperfecto provenía del momento en que él se había enfurecido después de la visita de Rhysand, el día anterior a mi partida, o si lo había causado algún otro después. La gigantesca mesa estaba hecha pedazos, las ventanas rotas, las cortinas convertidas en jirones. Pero no había sangre…, nada de sangre. Y si lograba interpretar las huellas en los pedazos de vidrio…

Estaba esparcido, pero conseguí distinguir dos grupos grandes, uno junto al otro, que empezaban en el sitio en que había estado la mesa. Como si Tamlin y Lucien hubieran estado sentados ahí cuando empezó el ataque y hubiesen salido del comedor sin luchar.

Si yo tenía razón…, entonces estaban vivos. Seguí los rastros hasta el umbral, me puse en cuclillas un momento para descifrar el mensaje de las astillas quebradas, el polvo y la sangre. Se habían encontrado ahí con múltiples pares de huellas y se habían dirigido al jardín…

Oí un crujido en el pasillo. Saqué el cuchillo de caza y me agaché, buscando un lugar para esconderme. Pero todo estaba hecho pedazos. Sin otra opción, me encogí detrás de la puerta abierta. Me puse una mano contra la boca para amortiguar el sonido de mi respiración y espié por la rendija que quedaba entre la pared y la puerta.

Algo entró cojeando en la habitación y olfateó el aire con cuidado. Le veía la espalda solamente…, una espalda cubierta con una capa simple, de altura media… Lo único que tenía que hacer ese inmortal para encontrarme era cerrar la puerta. Tal vez si decidía entrar en el comedor yo podría salir sin hacer ruido, pero eso requeriría que abandonara mi escondite. Tal vez, con suerte, esa figura miraría a su alrededor y se iría.

Volvió a olfatear el aire y a mí se me encogió el estómago. Me había olido. Busqué un punto débil, un lugar para hundir el cuchillo si era necesario.

La figura se volvió un poco en mi dirección.

Salté y la figura gritó cuando empujé la puerta con fuerza.

—Alis…

Ella me miró con la boca abierta, una mano en el corazón, el vestido marrón de siempre roto y sucio, sin delantal. Pero no había sangre, nada de eso, nada excepto esa cojera leve que le provocaba el tobillo derecho cuando se me acercó con rapidez; su piel de color corteza estaba blanca como la de los abedules.

—No puedes estar aquí. —Me cogió el arco, el cuchillo y el carcaj—. Te dijeron que no volvieras.

No me sorprendió que me tuteara. Habían cambiado muchas cosas.

—¿Tamlin está vivo?

—Sí, pero…

Se me aflojaron las rodillas por la sensación de alivio que sentí.

—¿Y Lucien?

—También. Pero…

—Dime lo que pasó, cuéntamelo todo. —Mantenía un ojo en la ventana, escuché por si oía algo en la mansión y los jardines que la rodeaban. Ni un sonido.

Alis me tomó del brazo y me sacó de la habitación. No me habló mientras nos apresurábamos a través de los pasillos vacíos, demasiado silenciosos, arrasados y llenos de sangre pero sin cuerpos. O se habían llevado sus cadáveres o… No quise seguir pensando cuando entramos en la cocina.

Un incendio había devorado esa habitación gigantesca y no quedaban más que cenizas y piedras ennegrecidas. Después de oler un poco y escuchar, buscando señales de peligro, Alis me soltó.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Tenía que volver. Se me ocurrió que algo iba mal… No podía quedarme allí. Tenía que ayudar.

—Él te dijo que no volvieras —ladró Alis.

—¿Dónde está?

Alis se cubrió la cara con las manos largas, huesudas, las puntas de los dedos cogidas al extremo de la máscara, como si estuviera tratando de arrancársela de la cara. Pero la máscara permaneció en su sitio y Alis suspiró mientras bajaba las manos de corteza.

—Ella se lo llevó —contestó, y a mí se me heló la sangre en las venas—. Se lo llevó a su corte Bajo la Montaña.

—¿Ella? ¿Quién? —le pregunté, pero ya sabía la respuesta.

—Amarantha —susurró Alis, y echó una mirada a su alrededor, como si tuviera miedo de decir aquel nombre en voz alta, de que la magia la convocara.

—¿Por qué? ¿Y quién es ella…, qué es ella? Por favor, por favor, dime… dime la verdad.

Alis se estremeció.

—¿Quieres la verdad, muchacha? —dijo—. Entonces te la diré: se lo llevó por la maldición…, porque las siete veces siete años se habían terminado y él no había vencido a la maldición. Ella llamó a todos los altos lores a su corte esta vez…, deseaba que todos presenciaran el momento en que lo destruiría.

—¿Qué es ella…? ¿Y de qué maldición me hablas? —Una maldición…, una maldición que ella le había echado a la Corte Primavera. Una maldición de la que yo ni siquiera había oído hablar.

—Amarantha es la alta reina de esta tierra. La alta reina de Prythian —susurró Alis, con los ojos abiertos por el recuerdo del horror.

—Pero los siete altos lores son los que rigen Prythian por igual. No hay alta reina.

—Así era antes…, así había sido siempre. Hasta hace unos cien años, cuando apareció ella en estas tierras; era la emisaria de Hybern. —Alis sacó una bolsa grande que seguramente había dejado junto a la puerta. Ya estaba medio llena de algo que parecía ropa y comida.

Mientras ella revisaba la cocina destruida, reuniendo los cuchillos y toda la comida que hubiera quedado, me pregunté por la información que me había dado el suriel sobre un rey inmortal, malvado, que había pasado siglos resentido por el tratado que se había visto forzado a firmar y que después había enviado a sus comandantes más letales a infiltrarse en los otros reinos y cortes inmortales para ver si alguien pensaba lo mismo que él, para tantear si tal vez considerarían la idea de reclamar las tierras humanas para ellos. Me apoyé contra una de las paredes manchadas de suciedad.

—Fue de corte en corte —siguió Alis mientras le daba vueltas a una manzana entre las manos para inspeccionarla. Vio que estaba buena y la metió en la bolsa—, hechizó a los altos lores con la promesa de que habría más intercambio entre Hybern y Prythian, más comunicación, más beneficios compartidos. La Flor que Nunca se Marchita, la llamaban. Y durante cincuenta años vivió aquí como cortesana, sin estar atada a ninguna corte, según decía, para compensar sus propios actos y los actos de Hybern durante la guerra.

—¿Ella peleó en la guerra contra los mortales? —Alis dejó de recoger cosas.

—Su historia es una leyenda entre nosotros…, una leyenda y una pesadilla. Era la generala más letal del rey de Hybern, luchó en el frente, masacró a humanos y a cualquier alto fae o inmortal que se atreviera a defenderlos. Pero tenía una hermana menor, Clythia, que peleaba a su lado, tan feroz y maldita como ella…, hasta que Clythia se enamoró de un guerrero mortal: Jurian. —Alis dejó escapar un suspiro tembloroso—. Jurian comandaba enormes ejércitos humanos, pero Clythia lo buscó en secreto y lo amó con una locura que no tenía límites. Estaba demasiado ciega para darse cuenta de que Jurian la estaba utilizando para conseguir información sobre las fuerzas de Amarantha. Esta lo sospechaba, pero no conseguía persuadir a Clythia de que lo dejara…, y no lo mataba porque sabía el dolor que eso le causaría a su hermana. —Alis chasqueó la lengua y empezó a abrir los cajones, buscando en su interior, que estaba todo revuelto—. Amarantha disfrutaba mucho torturando y matando, pero amaba lo suficiente a su hermana como para contenerse con relación a Jurian.

—¿Y qué pasó? —susurré.

—Jurian traicionó a Clythia. Después de meses de aguantarla, de ser su amante, consiguió la información que necesitaba, la torturó y la mató poco a poco, lentamente; la crucificó sobre madera de fresno para que no pudiera moverse mientras él la descuartizaba. Dejó los pedazos abandonados para que Amarantha los viera. Dicen que el odio de Amarantha podría haber derrumbado los cielos si su rey no le hubiera ordenado que se calmara. Pero ella y Jurian tuvieron una última confrontación más tarde…, y desde entonces Amarantha odia a los humanos con rabia infinita.

Alis descubrió algo que parecía un frasco de conservas y lo metió en la bolsa.

—Después de que los dos lados firmaran el tratado —continuó Alis mientras seguía revolviendo cajones—, ella masacró a sus propios esclavos para no tener que liberarlos. —Me puse pálida—. Pero siglos más tarde, los altos lores la creyeron cuando ella les dijo que la muerte de su hermana la había cambiado…, sobre todo cuando abrió las líneas de comercio entre los dos territorios. Los altos lores nunca se enteraron de que los barcos que traían mercancías de Hybern también llevaban en sus bodegas a las fuerzas personales de Amarantha. El rey de Hybern tampoco lo sabía. Pronto todos supieron que en esos cincuenta años ella había decidido que quería conquistar Prythian para obtener poder, y usar nuestras tierras como punto de lanzamiento de un ataque que destruiría tu mundo de una vez y para siempre, con la bendición del rey o sin ella. Por último, hace cuarenta y nueve años, Amarantha dio el golpe.

»Ella sabía perfectamente que, a pesar de su ejército personal, nunca sería capaz de vencer a los altos lores solo por ventaja de número o de poder. Pero era cruel y astuta y esperó hasta que todos confiaron en ella, hasta que se reunieron en un baile en su honor, y esa noche puso en el vino una poción que había robado del libro maldito de hechizos del rey de Hybern. Una vez que hubieron bebido, los altos lores fueron vulnerables frente a ella; la magia que tenían quedó desnuda y ella les robó los poderes, sacándolos del lugar en que se originaban dentro de sus cuerpos… Se los arrancó como si estuviera arrancando una manzana de la rama de un árbol y los dejó solo con lo más básico de la magia. Tu Tamlin…, lo que viste de él, es únicamente una sombra de lo que fue, del poder que tenía antes. Con la fuerza de los altos lores tan disminuida, Amarantha luchó por el control de Prythian y lo consiguió en cuestión de días. Durante cuarenta y nueve años fuimos sus esclavos. Durante cuarenta y nueve años ella ha esperado el momento exacto para violar el tratado y apoderarse de vuestras tierras… y de todos los territorios humanos que queden más allá.

Deseé que hubiera un banco, una silla, para dejarme caer en ellos. Alis cerró de un golpe el último cajón y se fue cojeando hacia la despensa.

—Ahora la llaman la Engañadora, a ella, que engañó a los altos lores y construyó su palacio debajo de la montaña sagrada, en el corazón de nuestra tierra. —Alis hizo una pausa frente a la puerta de la despensa, volvió a cubrirse la cara con las manos y respiró una o dos veces para calmarse.

La montaña sagrada…, ese pico desnudo, monstruoso, que yo había visto en el mural de la biblioteca tantos meses atrás.

—Pero… la enfermedad que se extiende por el territorio… Tamlin dijo que la plaga es la que acabó con el poder…

—La enfermedad es ella —ladró Alis, bajando las manos mientras entraba en la despensa—. No hay ninguna plaga…, solamente ella. Las fronteras se derrumban porque ella ya había previsto destruirlas. Eso la divertía, y por eso mandaba a sus criaturas para atacar nuestras tierras, por eso y para saber cuánta fuerza le quedaba a Tamlin.

Si la plaga era Amarantha, entonces la amenaza contra el reino humano… era ella. Alis salió de la despensa, con los brazos cargados de tubérculos.

—Tú podrías haber sido la indicada para detenerla. —Los ojos de Alis se fijaron en mí con dureza, y ella me mostró los dientes. Eran agudos, estremecedores. Metió los nabos y las remolachas dentro de la bolsa—. Tú podrías haber sido la que lo liberara a él y a su poder, si no hubieras estado tan ciega a tu propio corazón. Humanos… —escupió.

—Yo… yo… —Levanté las manos mostrándole las palmas—. Yo no lo sabía.

—No podías saberlo —replicó Alis con una risa amarga cuando volvió a entrar en la despensa—. Eso era parte de la maldición.

Me daba vueltas la cabeza y me apoyé aún más contra la pared.

—¿Cuál era la maldición? —Peleé contra el tono agudo que me deformaba la voz —. ¿Cuál era? ¿Qué le hizo?

Alis arrancó de los estantes los frascos de especias que quedaban.

—Tamlin y Amarantha se conocían… La familia de él había tenido lazos con Hybern desde siempre. Durante la guerra, la Corte Primavera se alió con Hybern para mantener esclavizados a los humanos. Y el padre de Tamlin, que era un lord feroz y voluble, estaba muy cerca del rey de Hybern, muy cerca de Amarantha. Cuando era un niño, Tamlin lo acompañaba con frecuencia en sus viajes a Hybern. Y así conoció a Amarantha.

Tamlin me había dicho una vez que pelearía para proteger la libertad de cualquiera, que nunca permitiría la esclavitud. ¿Era solamente por la vergüenza que sentía por el legado de su padre o porque él había sabido de alguna forma lo que era estar esclavizado?

—Amarantha empezó a desear a Tamlin…, a desearlo con lujuria, con todo su corazón malvado. Pero él había oído historias sobre la guerra y sabía lo que Amarantha, su propio padre y el rey de Hybern les habían hecho a otros inmortales y a los humanos. Lo que ella le había hecho a Jurian como castigo por la muerte de su hermana. Así que desconfió cuando ella vino aquí y se resistió a sus intentos por llevarlo a su cama… Mantuvo una buena distancia hasta que ella le robó los poderes. Lucien…, Lucien fue a verla como emisario de Tamlin, para tratar de encontrar una solución, alguna forma de paz entre ellos.

La bilis me subió a la garganta.

—Ella se negó y…, bueno, Lucien le dijo que se volviera al agujero de mierda del que había salido. Ella le sacó el ojo para castigarlo. Se lo arrancó con la uña y después le marcó la cara. Lo envió tan ensangrentado… que el alto lord vomitó cuando vio a su amigo.

Yo no podía imaginar el estado de Lucien si había hecho vomitar a Tamlin.

Alis se tocó la máscara. El metal crujió bajo sus uñas.

—Después de eso, organizó una fiesta de máscaras en Bajo la Montaña. Todas las cortes estaban presentes. Una fiesta de disfraces, dijo, para tratar de compensarlos por lo que le había hecho a Lucien; con máscaras para que Lucien no tuviera que mostrar las cicatrices horrendas que le marcaban la cara. La Corte Primavera estaba obligada a ir, todos, incluso los sirvientes, y todos con máscaras, para honrar el poder de cambiar de forma que distinguía a Tamlin, dijo ella. Él estuvo de acuerdo; quería acabar con ese conflicto sin que se produjera ninguna masacre y aceptó llevarnos a todos.

Apreté las manos contra la pared que tenía detrás. Saboreé la frialdad de la piedra, su firmeza.

De pie en el centro de la cocina, Alis dejó en el suelo la bolsa llena de comida y suministros.

—Cuando todos estuvieron allí, ella declaró que podría haber paz si Tamlin aceptaba unirse a ella como amante y consorte. Pero cuando trató de tocarlo, él se negó y retrocedió. No pensaba ceder después de lo que ella le había hecho a Lucien. Esa noche, delante de todos, dijo que prefería llevarse una humana a su cama, incluso casarse con una, antes que tocarla a ella. Podría haber dejado pasar ese insulto si él no hubiera dicho que hasta la hermana de Amarantha había preferido la compañía de un humano a la de ella, que su propia hermana había preferido a Jurian.

Hice una mueca porque ya sabía lo que iba a contar Alis. Se llevó las manos a las caderas y siguió adelante con la historia:

—Ya puedes imaginar lo bien que le sentó eso a Amarantha. Pero le dijo a Tamlin que tenía el ánimo generoso…, que le daría una oportunidad para romper el hechizo que le había robado los poderes.

»Él le escupió en la cara y ella se rio. Le señaló que tenía siete veces siete años antes de que ella le exigiera que se rindiera y lo obligara a unirse a ella en Bajo la Montaña. Si él quería romper el hechizo, lo único que tenía que hacer era encontrar una joven humana dispuesta a casarse con él. Pero no cualquier humana, tenía que ser una con hielo en el corazón, alguien que odiara a nuestra especie. Una humana capaz de matar a un inmortal. —El suelo se sacudió bajo mis pies y me alegré de tener la pared a mi espalda—. Peor todavía, el inmortal que ella tendría que matar debería ser uno de los hombres de Tamlin…, enviado a través del muro para morir como una oveja en un matadero. La chica únicamente podía entrar en Prythian para que él la cortejase si había matado a uno de sus hombres en un ataque sin provocación…, si lo había matado por odio tan solo, como Jurian había hecho con Clythia… De este modo entendería el dolor de su hermana.

—El tratado…

—Una mentira. El tratado no dice nada de eso, nada. Vosotros podéis matar a tantos inmortales inocentes como queráis y no hay consecuencias. Tú mataste a Andras, enviado por Tamlin. A él le tocaba el sacrificio ese día. —Andras buscaba una cura, le había dicho Tamlin. No un ungüento mágico…, sino una cura para salvar a Prythian de Amarantha, una cura para la maldición.

El lobo… Andras me había mirado cuando lo maté, eso era lo único que había hecho. Me había dejado matarlo porque eso desataría esta cadena de hechos, lo había matado para que Tamlin tuviera una oportunidad de romper el hechizo. Y si Tamlin había enviado a Andras al otro lado del muro con plena conciencia de que muy posiblemente lo estaba mandando a la muerte… Ah, Tamlin…

Alis se agachó a recoger del suelo un cuchillo para la manteca retorcido y doblado, y enderezó la hoja con cuidado.

—Fue una broma, una broma cruel, un castigo inteligente de Amarantha. Vosotros, los humanos, odiáis y teméis tanto a los inmortales que sería imposible que la misma chica que hubiera matado a un inmortal a sangre fría se enamorase de otro. Pero el hechizo de Tamlin solo se rompería si ella hacía eso antes de que terminaran los cuarenta y nueve años…, si esa chica le decía en la cara a Tamlin que lo amaba y si mientras lo decía lo sentía con todo el corazón. Amarantha sabe que los humanos están preocupados por la belleza, y por lo tanto nos impuso llevar máscaras en la cara, también él, para que fuera más difícil encontrar una chica dispuesta a mirar más allá de la máscara, más allá de la naturaleza de los inmortales, y llegar al alma. Después nos hechizó para que no pudiéramos decir nada sobre la maldición. Ni una palabra. Apenas si podíamos decirte alguna que otra palabra sobre nuestro mundo, nuestro destino. Tamlin no podía contarte nada…, nadie podía. Las mentiras sobre la plaga fueron lo que se nos ocurrió, lo mejor que se nos pasó por la cabeza. Que yo pueda explicártelo ahora significa que para ella el juego ha terminado.

Guardó el cuchillo.

—Desde que ella lo maldijo, Tamlin envió todos los días a uno de sus hombres al otro lado del muro. A los bosques, a las granjas, todos bajo la apariencia de lobos para hacer que fuera más fácil que alguno de tu especie quisiera matarlos. Cuando volvían, hablaban de muchachas humanas que salían corriendo o gritaban y rogaban por sus vidas, que ni siquiera levantaban una mano. Cuando no volvían…, el lazo que los unía con Tamlin como lord y señor le decía que los habían matado otros: cazadores humanos, mujeres viejas, tal vez. Durante dos años envió a uno día tras día, y tuvo que elegirlos personalmente. Cuando quedaban solo una docena, se sintió tan abatido que dejó de hacerlo. Abandonó. Y desde entonces permaneció aquí, defendiendo sus fronteras mientras el caos y el desorden reinaban en las otras cortes del reino dominadas por Amarantha. Los otros altos lores también pelearon. Hace cuarenta años, ejecutó a tres de ellos y a la mayor parte de sus familias por haberse confabulado contra ella.

—¿Una rebelión abierta? ¿Qué cortes? —Me enderecé y di un paso para alejarme de la pared. Tal vez encontrara aliados, alguien que me ayudara a salvar a Tamlin.

—La Corte Día, la Corte Verano y la Corte Invierno. Y no…, ni siquiera se puede considerar como una rebelión abierta; no llegó a tanto. Ella usó los poderes de los altos lores para atarlos a la tierra. Así los lores rebeldes trataron de pedir ayuda a los otros territorios fae usando como mensajeros a los humanos que eran lo bastante tontos como para entrar en nuestras tierras…, sobre todo jóvenes mujeres que nos adoraban como si fuéramos dioses. —Los hijos de los benditos. Sí que habían cruzado el muro…, pero no para ser novias. Estaba demasiado abatida por lo que oía para sentir lástima por ellos, enfurecerme por ellos.

»Pero Amarantha atrapó a todas esas mensajeras antes de que dejaran este reino, y… ya te imaginas cómo terminó el asunto para esas jóvenes. Después, cuando también asesinó a los altos lores rebeldes, sus sucesores estaban aterrorizados y no volvieron a desafiarla.

—¿Y dónde se encuentra ahora? ¿Se les permite vivir en sus tierras, como antes a Tamlin?

—No. Los tiene a ellos, a todas las cortes, en Bajo la Montaña, donde los puede atormentar cuando y como quiere. A otros…, si juran obediencia, si se humillan y la sirven, les permite un poco más de libertad para ir y venir de Bajo la Montaña. Nuestra corte permaneció aquí solamente hasta que se le terminó el tiempo a Tamlin… —Alis se estremeció.

—Por esa razón mantuviste escondidos a tus sobrinos…, para apartarlos de esto —dije, mirando la bolsa llena a los pies de las dos.

Alis asintió, y cuando se aproximó a la mesa de trabajo volcada para ponerla en su lugar, me acerqué a ayudarla y las dos gemimos por el esfuerzo.

—Mi hermana y yo servíamos en la Corte Verano, y ella y su compañero estaban entre los que murieron cuando Amarantha invadió la corte por primera vez para vengarse. Yo me llevé a los chicos y escapé antes de que nos arrastrara a todos a Bajo la Montaña. Vine porque era el único lugar al que podía ir, y le pedí a Tamlin que escondiera a mis dos muchachos. Él aceptó…, y cuando le rogué que me dejara ayudarlo, en la forma que pudiera, me dio un lugar aquí, días antes de la fiesta de máscaras que me puso esta cosa horrible en la cara. Así que hace cincuenta años que estoy aquí, viendo cómo se cierra el nudo de la soga de Amarantha alrededor del cuello de Tamlin.

Pusimos la mesa de nuevo en su lugar; las dos jadeábamos un poquito cuando nos apoyamos en ella.

—Tamlin lo intentó —dijo Alis—. A pesar de los espías de Amarantha, trató de encontrar una forma de romper el hechizo, de hacer algo, de luchar contra la obligación de enviar a sus hombres al otro lado del muro para que los mataran los seres humanos. Se le ocurrió que si la chica humana amaba realmente a alguien, entonces traerla aquí era otra forma de esclavitud. Y pensó que si él realmente se enamoraba de ella, Amarantha haría todo lo posible para destruir a la chica, como le había pasado a su hermana. Así que se pasó décadas negándose a hacerlo, a arriesgarse. Pero este invierno, cuando no quedaban más que unos meses…, estalló. Así, sin más. Envió a los últimos hombres, uno por uno. Y ellos estuvieron dispuestos. A lo largo de todos estos años le habían rogado que los dejara ir. Tamlin estaba desesperado por salvar a los suyos, tan desesperado que aceptó arriesgar las vidas de sus hombres, arriesgar la vida de esa chica humana para salvarnos. Tres días después, Andras se encontró con una chica humana en un claro… y tú lo mataste con odio en tu corazón.

Pero les había fallado. Y al hacerlo los había maldecido a todos.

Había maldecido a todos y cada uno de los que vivían en esas tierras, había maldecido Prythian.

Me sentí agradecida de haberme reclinado sobre el borde de la mesa…; si hubiera estado de pie habría caído desplomada al suelo.

—Tú podrías haber roto el hechizo. —La voz de Alis era un látigo, sus dientes agudos estaban a centímetros de mi cara—. Lo único que tenías que hacer era decirle que lo amabas…, decirle que lo amabas y sentirlo con todo ese inútil corazón humano que llevas en el pecho, y su poder habría vuelto entero a sus manos. Humana estúpida, estúpida.

Con razón Lucien había sentido tanto resentimiento contra mí, y sin embargo había tolerado mi presencia en la corte; con razón había mostrado tanta desilusión cuando me fui. Había discutido con Tamlin para que me dejara quedarme unos días más.

—Lo lamento —dije. Me ardían los ojos. Alis resopló.

—Díselo a Tamlin. Le quedaban solo tres días cuando te fuiste, tres días antes de que se le terminaran los cuarenta y nueve años. Tres días y te dejó ir. En el momento exacto en que se terminaron los siete veces siete años, ella llegó con sus asesinos y lo secuestró con la mayor parte de la corte, y los llevó a Bajo la Montaña, para que fueran sus súbditos. Las criaturas como yo somos demasiado poco importantes para ella…, aunque es capaz de matarnos para divertirse.

Traté de no imaginar la escena.

—Pero ¿y el rey de Hybern? Quiero decir…, si ella conquistó Prythian para sí misma y le robó sus hechizos…, ¿la ve como una rebelde o como una aliada?

—Si está resentido con ella, no ha hecho ningún movimiento para castigarla. Durante cuarenta y nueve años Amarantha ha mantenido estas tierras bajo sus garras. Peor todavía. Después de que cayeron los altos lores, todos los malvados de nuestras tierras, los que eran demasiado horribles hasta para la Corte Noche, se fueron con ella. Lo siguen haciendo. Ella les dio refugio. Pero nosotros sabemos que está preparando un ejército, tomándose su tiempo antes de lanzar un ataque contra tu mundo, armada con los inmortales más letales y feroces de Hybern y Prythian.

—Como el attor —dije, y el horror y el miedo se retorcieron dentro de mis entrañas. Alis asintió—. En el territorio de los humanos —continué—, dicen los rumores que cada vez hay más y más inmortales que pasan por encima del muro para atacar a los humanos. Y si no hay inmortales que puedan cruzar el muro sin su permiso, entonces esto quiere decir que ella está de acuerdo con esos ataques.

Y si yo tenía razón sobre lo que le había pasado a Clare Beddor y a su familia, entonces era que Amarantha les había dado la orden.

Alis quitó con la mano un poco de polvo que yo no veía sobre la mesa en la que nos apoyábamos.

—No me sorprendería que ella mandara a sus cómplices al reino de los tuyos para investigar las fuerzas y debilidades de los humanos antes de la destrucción que espera causar algún día.

Eso era peor…, mucho peor de lo que yo había anticipado cuando les advertí a Nesta y a mi familia que estuvieran alerta y lo abandonaran todo al primer indicio de problemas. Se me revolvía el estómago cuando pensaba en la compañía que tenía Tamlin en ese momento…, me revolvía el estómago pensar en él en medio de esa desesperación, paralizado por la culpa y la pena por haber tenido que sacrificar a sus hombres y no poder decirme la verdad… Y sin embargo, él me había dejado ir. Había dejado que todos sus sacrificios, que el sacrificio de Andras, fueran en vano para dejarme volver a casa.

Sabía que si me quedaba, aunque lo liberase, estaría en peligro frente al odio de Amarantha.

«Ni siquiera puedo protegerme a mí mismo contra ellos, contra lo que está pasando en Prythian. Aunque nos enfrentáramos a la plaga, te cazarían…, ella encontraría una forma de matarte».

Recordé su doloroso esfuerzo para halagarme cuando llegué…, pero después había dejado todo eso de lado, había abandonado todo intento de conquistarme cuando me vio tan desesperada por irme, por no tener que volver a dirigirle la palabra. Y se había enamorado de mí a pesar de todo eso, sabía que yo lo amaba y me había echado a pesar de que le quedaban solo unos días. Me había elegido a mí y no a toda su corte, a mí y no a Prythian.

—Si Tamlin estuviera libre…, si tuviera todos sus poderes —dije, mirando un punto negro de la pared—, ¿podría destruir a Amarantha?

—No lo sé. Ella engañó a los altos lores con astucia, no con fuerza. La magia es una cosa muy específica…, le gustan las reglas y ella las manipula muy pero que muy bien. Mantiene su poder encerrado dentro de ella, como si no pudiera usarlo o tuviera acceso a solo una pequeña parte de ese poder. Tiene sus propios poderes letales, claro, así que si terminara en una pelea…

—Pero ¿él es más fuerte? —Me retorcí las manos.

—Es un alto lord —contestó Alis como si eso fuera respuesta suficiente—. Pero ahora eso ya no importa. Él va a convertirse en su esclavo y nosotros vamos a seguir con estas máscaras hasta que acepte ser su amante…, e incluso entonces no va a recuperar todos sus poderes, no del todo. Ella nunca va a dejar que se vayan los que ahora viven en Bajo la Montaña.

Empujé la mesa y enderecé los hombros.

—¿Qué tengo que hacer para llegar a Bajo la Montaña? —Alis hizo chasquear la lengua.

—No puedes ir a Bajo la Montaña. Ningún humano que entra ahí vuelve a salir.

Cerré las manos con tanta fuerza que me clavé las uñas en la piel.

—¿Qué tengo que hacer para llegar hasta allí?

—Eso es un suicidio… Aunque lograras acercarte tanto como para verla, ella te mataría.

Amarantha lo había engañado, le había hecho tanto daño… Les había hecho daño a todos.

—Eres humana —siguió Alis, poniéndose en pie de nuevo—. Tienes la piel fina como el papel.

Seguramente Amarantha se había llevado también a Lucien… Ella, que le había sacado el ojo y le había marcado la cara. ¿Lo habría lamentado su madre?

—Fuiste tan ciega, tanto, que no viste la maldición —siguió diciendo Alis—. ¿Cómo esperas enfrentarte con Amarantha? Vas a empeorar las cosas.

Amarantha se había llevado todo lo que yo quería, todo lo que me había atrevido a desear después de tanto tiempo.

—Muéstrame el camino —dije. Me temblaba la voz, pero no por algo parecido a las lágrimas.

—No. —Alis se cargó la bolsa sobre el hombro—. Vete a casa. Yo te llevaré hasta el muro. No hay nada que hacer aquí. Tamlin va a ser esclavo de Amarantha para siempre, y Prythian quedará bajo su dominio. Esas son las cartas que nos ha dado el destino, es lo que decidieron los remolinos del Caldero.

—Yo no creo en el destino. Y no creo en ningún caldero ridículo. —Alis volvió a negar con la cabeza; el pelo salvaje, castaño, como barro brillaba en la luz mortecina —. Llévame con ella —insistí.

Si Amarantha me desgarraba el cuello, por lo menos estaría haciendo algo por él…, por lo menos moriría tratando de arreglar la destrucción que no había impedido antes, tratando de salvar al pueblo al que había condenado. Por lo menos Tamlin sabría que era por él y que yo lo amaba.

Alis me estudió durante un momento y después se le suavizó la mirada.

—Como quieras.

Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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